LORENZO

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ISAAC ASIMOV's

Feminine Intuition

Intuición Femenina

presentación en colección 176

Las tres leyes de la robótica:

1. Un robot no puede dañar a  un ser humano ni, por inacción, permitir que un ser humano sea dañado.

2. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por seres humanos, excepto cuando tales órdenes entren en conflicto con la primera ley.

3. Un robot debe proteger su propia existencia siempre y cuando esa protección no entre en conflicto con la primera o la segunda ley.

 

Por primera vez en la historia de la U.S. Robots & Mechanical Men Inc., un robot había sido destruido por accidente en la propia Tierra.

No había nadie a quien culpar. El vehículo aéreo había sido derribado en pleno vuelo y un incrédulo comité de investigación se preguntaba si realmente osaría anunciar la evidencia de que el aparato había sido golpeado por un meteorito. Nada más pudo haber tenido la velocidad suficiente para evitar la desviación automática; nada más pudo haber causado el desastre salvo una explosión nuclear, y eso quedaba descartado.

Asóciese a ello un informe sobre un destello detectado en medio de la noche justo antes de la explosión del vehículo -y no por cualquier aficionado, sino por el Observatorio Flagstaff- y la localización de un fragmento de hierro de considerables dimensiones y claramente meteórico, recientemente incrustado en el suelo a una milla del lugar del suceso. ¿A qué otra conclusión se podía llegar?

Aun así, nunca antes había ocurrido nada parecido y el cálculo de las probabilidades en contra del suceso arrojaba cifras monstruosas. Pero incluso los hechos más colosalmente improbables pueden producirse alguna vez.

Los cómo y los porqué eran considerados de importancia secundaria en las oficinas de la U.S. Robots. La verdadera cuestión era que un robot había sido destruido.

Ello, por sí solo, era preocupante.

El hecho de que JN-5 hubiera sido un prototipo, el primero, después de cuatro intentos anteriores, en actuar sobre el terreno, era aun más preocupante.

El hecho de que JN-5 fuese un tipo radicalmente nuevo de robot, bastante diferente de cualquier cosa jamás construida hasta el momento, resultaba abismalmente preocupante.

El hecho de que aparentemente JN-5 hubiera logrado algo de incalculable importancia antes de su destrucción y que ese logro podía haberse perdido para siempre, situaba el desánimo completamente más allá de cualquier palabra.

Apenas parecía digno de mención que, junto con el robot, también había fallecido el Robosicólogo en Jefe de la U.S. Robots.

Clinton Madarian se había unido a la firma diez años atrás. Durante cinco de esos años había trabajado sin quejarse bajo la gruñona supervisión de Susan Calvin.

La brillante capacidad de Madarian era bastante obvia y Susan Calvin le había ascendido calladamente por encima de otros hombres mayores que él. En todo caso, ella no se habría dignado a dar las razones de esto al director de investigación, Peter Bogert, pero lo cierto es que no fueron necesarias. O, más bien, eran obvias.

Madarian era la absoluta antítesis de la famosa doctora Calvin en varios aspectos muy notorios. No era tan obeso como le hacía parecer su destacado doble mentón, pero aun así tenía una figura que imponía respeto, en tanto que Susan pasaba prácticamente desapercibida. El grueso rostro de Madarian, la mata de relucientes cabellos castaño rojizos, el cutis rojizo y la voz atronadora, la risa sonora y, por encima de todo, la irreprimible confianza en sí mismo y la vehemencia con que anunciaba sus éxitos, hacían que todos los demás en la habitación sintieran que había escasez de espacio.

Cuando finalmente Susan Calvin se retiró (rehusándose de antemano a cooperar con cualquier cena de homenaje que pudiera organizarse en su honor, de una manera tan firme que su jubilación ni siquiera se comunicó a las agencias de noticias), Madarian tomó su lugar.

Llevaba exactamente un día en el cargo cuando puso en marcha el proyecto JN.

Significaba el mayor compromiso de fondos en un solo proyecto jamás realizado por la U.S. Robots, pero Madarian le quitó importancia a ese detalle con un cordial movimiento de mano.

—Vale cada uno de esos centavos, Peter —dijo—. Y espero que convenzas de eso al Consejo de Directores.

—Dame razones —dijo Bogert, preguntándose si Madarian accediese. Susan Calvin jamás había dado razones.

—Desde luego —dijo, sin embargo, Madarian, y se instaló confortablemente en el gran sillón del despacho del director.

Bogert se quedó mirándolo con algo que era casi sobrecogimiento. Su propio cabello, negro en otro tiempo, estaba ahora casi blanco y dentro de una década seguiría a Susan hacia el retiro. Significaría el fin del equipo original que había convertido a la U.S. Robots en una empresa de alcance mundial que era rival de gobiernos nacionales en importancia y complejidad. De algún modo, ni él ni los que se habían ido antes que él, habían llegado a hacerse cargo de la enorme expansión de la empresa.

Pero esta era una nueva generación. Los nuevos hombres se sentían a sus anchas con el Coloso. Carecían de ese toque de maravilla que a ellos les hubiera hecho caminar de puntillas por incredulidad. De modo que siguieron adelante, y eso era bueno.

—Propongo iniciar la construcción de robots sin restricciones —dijo Madarian.

—¿Sin las tres leyes? Seguramente...

—No, Peter. ¿Sólo se te ocurren esas restricciones? ¡Qué diablos! Tú colaboraste en el diseño de los primeros cerebros positrónicos. ¿Tengo que decirte que, además de las tres leyes, no existe un solo circuito de esos cerebros que no esté cuidadosamente diseñado e inalterable? Tenemos robots programados para tareas específicas, dotados de capacidades específicas...

—Y tú propones...

—Que en cada nivel por debajo de las tres leyes los circuitos tengan extremos abiertos. No es difícil.

—No es difícil, desde luego —dijo secamente Bogert—. Las cosas inútiles nunca son difíciles. Lo difícil es fijar los circuitos y conseguir que el robot sea de alguna utilidad.

—Pero, ¿por qué es difícil? Fijar los circuitos requiere una gran cantidad de esfuerzo por el Principio de Incertidumbre en las partículas de la masa de positrones, y el efecto de la incertidumbre debe ser minimizado. Sin embargo, ¿por qué minimizarlo? Si nos arreglamos para que el Principio tenga justo el peso suficiente para permitir que los circuitos se interconecten de manera impredecible...

—Tendremos un robot imprevisible.

—Tendremos un robot creativo —dijo Madarian, con algo de impaciencia—. Peter, si hay algo que tiene el cerebro humano que jamás ha tenido un cerebro robótico, es ese rastro de imprevisión derivado de los efectos de la incertidumbre a nivel subatómico. Reconozco que este efecto jamás ha sido demostrado experimentalmente dentro del sistema nervioso, pero sin él, el cerebro humano no sería superior al cerebro robótico, en principio.

—Y crees que si introduces ese efecto en el cerebro robótico, el cerebro humano no será superior a aquél, en principio.

—Eso es lo que pienso, exactamente —dijo Madarian. Y continuaron charlando un largo rato a partir de allí.

 

Era evidente que el Consejo de Directores no tenía la intención de dejarse convencer fácilmente.

Scott Robertson, el principal accionista de la compañía, dijo:

—Ya es bastante difícil controlar la industria de los robots tal como está, con la hostilidad del público hacia los robots siempre a punto de estallar. Si el público imagina que los robots estarán incontrolados... Oh, no me vengan ahora con las tres leyes. El hombre medio no creerá que las tres leyes puedan protegerlo una vez haya oído mencionar la palabra «incontrolado».

—Entonces no la utilicen —dijo Madarian—. Digan que el robot es... «intuitivo».

—Un robot intuitivo —musitó alguien—. ¿Un robot mujer?

Una sonrisa se extendió por toda la mesa de conferencias.

Madarian aprovechó esa ocasión.

—Muy bien. Un robot mujer. Nuestros robots son asexuados, evidentemente, y también lo será éste, pero siempre los tratamos como si fueran varones. Les ponemos nombres de hombre y nos referimos a ellos en masculino. Éste en concreto, si consideramos la naturaleza de la estructura matemática del cerebro que he propuesto, entraría dentro del sistema de coordenadas JN. El primer robot sería el JN-1, y había dado por sentado que se llamaría John-1... Me temo que ése es el nivel de originalidad del roboticista medio. Pero, ¿por qué no llamarlo Jane-1, maldita sea? Si el público se entera de lo que estamos haciendo, diremos que estamos construyendo un robot femenino, con intuición.

Robertson meneó la cabeza:

—¿Y qué diferencia habrá? Lo que estás diciendo es que planeas quitar la última barrera que, en principio, mantiene el cerebro robótico en un nivel inferior al del cerebro humano. ¿Cuál supones que será la reacción del público a eso?

—¿Acaso piensas hacerlo público? —dijo Madarian. Reflexionó un poco y luego añadió—: Mira. Algo en lo que cree el público en general es que las mujeres no son tan inteligentes como los hombres.

Hubo una instantánea mirada temerosa en el rostro de más de uno de los hombres en la mesa y echaron un rápido vistazo de un lado al otro como si Susan Calvin todavía estuviera en el lugar acostumbrado.

—Si anunciamos un robot femenino —dijo Madarian—, no importa qué sea. El público asumirá automáticamente que es una retrasada mental. Sólo publicitaremos al robot como Jane-1 y no tenemos que decir nada más. Estamos a salvo.

—En realidad —dijo pausadamente Peter Bogert—, eso no es todo. Madarian y yo hemos repasado cuidadosamente los cálculos matemáticos, y la serie JN, llámese John o Jane, sería bastante segura. Serían menos complejos y con menor capacidad intelectual, en un sentido ortodoxo, que muchas otras series que hemos diseñado y construido. Sólo tendríamos el único factor adicional de..., bien, comencemos a acostumbrarnos a llamarlo «intuición».

—¿Quién sabe qué hará ese factor? —musitó Robertson.

—Madarian ha sugerido una de las cosas que podría hacer. Como todos saben, el salto espacial ha sido desarrollado en principio. Es posible para los hombres alcanzar lo que es, en efecto, hipervelocidad más allá de la de la luz y visitar otros sistemas estelares y regresar en un período de tiempo insignificante... semanas a lo sumo.

—Eso no es nuevo para nosotros —dijo Robertson—. Podría haberse logrado sin robots.

—Exactamente, y no nos está sirviendo de nada porque no podemos usar el impulsor de hipervelocidad excepto tal vez en una demostración, de manera que la U.S. Robots tenga un poco de crédito. El salto espacial es arriesgado, consume una terrible cantidad de energía y, por tanto, es enormemente caro. Si pensamos usarlo a pesar de todo, sería bueno poder informar la existencia de un planeta habitable. Llámenle necesidad psicológica. Gastemos unos veinte mil millones de dólares en un solo salto espacial, e informemos nada más que datos científicos, y el público querrá saber por qué se ha despilfarrado su dinero. Informemos la existencia de un planeta habitable y nos convertiremos en un Colón interestelar, y nadie se preocupará por el dinero.

—¿Y entonces?

—Entonces, ¿dónde vamos a encontrar un planeta habitable? O dicho de otro modo: ¿en qué estrella dentro del alcance del salto espacial hasta ahora desarrollado, cuál de las trescientas mil estrellas y sistemas estelares situados en el radio de trescientos años luz tiene la mejor probabilidad de contar con un planeta habitable? Hemos obtenido una enorme cantidad de detalles sobre cada una de las estrellas de nuestro vecindario de trescientos años-luz y la idea de que casi cada una de ellas cuenta con un sistema planetario. Pero, ¿cuál posee un planeta habitable? ¿Cuál debemos visitar?... Lo ignoramos.

—¿Cómo podría ayudarnos ese robot Jane? —quiso saber uno de los directores.

Madarian estuvo a punto de responder, pero le hizo un leve gesto a Bogert y éste comprendió. La opinión del director tendría más peso. A Bogert, particularmente, no le gustaba la idea; si la serie JN resultaba un fracaso, se estaba poniendo a sí mismo en una exposición suficiente para que se le pegaran los dedos pringosos de la culpa. Por otra parte, el retiro no estaba tan lejano, y si funcionaba, se iría en medio de un resplandor de gloria. Tal vez sólo era el aura de confianza de Madarian, pero Bogert había llegado a creer sinceramente que la cosa funcionaría.

—Muy bien puede ser —dijo— que en algún lugar de las bibliotecas de datos que tenemos de esas estrellas, haya métodos para calcular las probabilidades de la presencia de planetas habitables semejantes a la Tierra. Todo lo que necesitamos es comprender los datos apropiadamente, mirarlos de manera apropiadamente creativa, hacer las correlaciones correctas. Aún no lo hemos hecho. O si algún astrónomo lo ha hecho, no ha tenido la perspicacia suficiente para darse cuenta que lo ha hecho.

»Un robot de tipo JN podría hacer las correlaciones con mucha mayor rapidez y exactitud que un hombre. Sería capaz de hacer y rechazar en un solo día tantas correlaciones como un hombre en diez años. Además, trabajaría realmente al azar, en tanto que un hombre tendría fuertes prejuicios basados en preconceptos previos y en lo que ya se cree.

Hubo un silencio considerable después de eso. Finalmente, Robertson dijo:

—Pero es sólo cuestión de probabilidad, ¿no es así? Supongan que el robot dijese: «La estrella con mayores probabilidades de contar con un planeta habitable en un radio de tantos y tantos años luz es Squidgee-17», o lo que sea, y nos trasladamos allí y descubrimos que una probabilidad es sólo una probabilidad y que a fin de cuentas allí no había ningún planeta habitable. ¿Dónde nos dejaría eso?

Madarian intervino en esta oportunidad:

—Todavía ganamos. Sabemos cómo llegó el robot a esa conclusión porque él -ella- nos lo diría. Es posible que ello nos permita ganar una comprensión en algunos detalles astronómicos y sacar provecho de todo el asunto, aun cuando ni siquiera llegásemos a efectuar el salto espacial. Además, podemos calcular los cinco sitios de más probable localización de planetas, y la probabilidad de que en uno de los cinco hubiese uno habitable sería superior a 0,95. Sería casi seguro...

Y continuaron un largo rato después de eso.

 

Los fondos concedidos eran bastante insuficientes, pero Madarian confiaba en el hábito de tirar buen dinero detrás del malo. Con doscientos millones a punto de perderse irrevocablemente, cuando otros cien millones podrían salvar todo, los otros cien millones seguramente serían votados.

Finalmente, Jane-1 fue construida y presentada. Peter Bogert lo -la- examinó gravemente.

—¿Por qué esa cintura estrecha? —dijo—. Seguramente produce debilidad mecánica.

Madarian rió entre dientes.

—Escucha, si vamos a llamarla Jane, no tiene sentido hacer que se vea como Tarzán.

Bogert sacudió la cabeza.

—No me gusta. Pronto la hincharás más arriba para producir el efecto de unos senos, y sería una idea nefasta. Si las mujeres comienzan a hacerse de la idea de que los robots se pueden ver como ellas, puedo decirte exactamente qué tipo de ideas perversas tendrán, y realmente recibirás hostilidad de su parte.

—Es posible que en eso tengas razón —dijo Madarian—. Ninguna mujer quiere sentirse reemplazable por algo con ninguno de sus defectos. De acuerdo.

 

Jane-2 no tenía la cintura estilizada. Era un robot sombrío que raras veces se movía, y hablaba aun con menos frecuencia.

Durante su construcción, Madarian sólo había corrido ocasionalmente hasta Bogert con temas de noticias, y ese había sido señal segura de que las cosas no iban muy bien. La efervescencia de Madarian en momentos de éxito resultaba arrolladora. No habría vacilado en invadir el dormitorio de Bogert a las tres de la madrugada con una noticia de última hora en lugar de esperar a la mañana. Bogert estaba seguro de eso.

Ahora Madarian parecía deprimido, y su expresión habitualmente florida casi apagada, sus mejillas rollizas estaban como desinfladas.

—No hablará —dijo Bogert, con la sensación de certeza.

—Oh, ella habla. —Madarian se sentó pesadamente y comenzó a mordisquearse el labio inferior—. Al menos, algunas veces —dijo.

Bogert se levantó y dio una vuelta alrededor del robot.

—Y cuando habla, no tiene sentido, supongo. Bien, si no habla, no es mujer, ¿verdad?

Madarian intentó esbozar una débil sonrisa y luego renunció a ello.

—El cerebro, aislado, funcionaba.

—Lo sé —dijo Bogert.

—Pero una vez que el cerebro estuvo a cargo del aparato físico del robot, fue necesariamente modificado, por supuesto.

—Por supuesto —convino Bogert, sin saber qué decir.

—Pero imprevisible y frustrante. El problema es que cuando se opera con un cálculo de incertidumbre de n dimensiones, las cosas son...

—¿Inciertas? —dijo Bogert. Estaba sorprendido ante su propia reacción. La inversión de la compañía ya había alcanzado dimensiones considerables y habían transcurrido casi dos años; sin embargo, los resultados, para decirlo amablemente, eran decepcionantes. Con todo, allí estaba azuzando a Madarian y divirtiéndose con todo el asunto.

Casi furtivamente, Bogert se preguntaba si la ausente Susan Calvin no le estaría azuzando a él. Madarian era de una efervescencia y efusividad muy superiores a las que jamás hubiera podido llegar a manifestar Susan cuando las cosas iban bien. También era muchísimo más vulnerable en los momentos bajos, cuando las cosas no marchaban bien, y era precisamente bajo presión cuando Susan nunca se quebraba. Madarian constituía un blanco casi perfecto como compensación por el blanco que nunca se había permitido ser Susan.

Madarian no reaccionó ante el último comentario de Bogert, como tampoco hubiera reaccionado Susan Calvin; pero no por desprecio, que hubiera sido la reacción de Susan, sino porque no lo oyó.

—El problema es el asunto del reconocimiento —dijo, argumentando—. Tenemos a Jane-2 correlacionando magníficamente. Puede hacer correlaciones sobre cualquier tema, pero una vez que lo ha hecho, no puede reconocer un resultado valioso de otro inservible. Decidir cómo programar un robot para que distinga una correlación significativa cuando se ignora qué correlaciones hará, no es problema sencillo.

—Imagino que ya has pensado en reducir el potencial de la conexión de diodos W-21 y saltar a través de...

—No, no, no, no... —La voz de Madarian se desvaneció en un susurrante disminuendo[1]—. No podemos hacer que vaya vomitando todo. Podemos hacer eso nosotros mismos. El punto es lograr que reconozca la correlación crucial y que saque la conclusión. Una vez hecho esto, ¿lo ves?, un robot Jane respondería por intuición. Sería algo que no lograríamos nosotros mismos excepto por un rarísimo golpe de suerte.

¾Me parece —dijo secamente Bogert— que si tuvieras un robot así le harías hacer rutinariamente lo que, entre los seres humanos, sólo es capaz de hacer un genio ocasional.

Madarian asintió vigorosamente.

¾Exactamente, Peter. Lo habría dicho si no hubiera temido asustar a los ejecutivos. Por favor, no lo repitas delante de ellos.

—¿De verdad quieres un robot genio?

—¿Qué son las palabras? Estoy intentando conseguir un robot con la capacidad de establecer correlaciones al azar a enorme velocidad, junto con un cociente de alto reconocimiento de significación clave. Y estoy intentando poner esas palabras dentro de ecuaciones de campo positrónico. También pensé que lo tenía, pero no. Aún no.

Miró a Jane-2 con ojos de descontento y preguntó:

—¿Cuál es la mejor significación que has logrado, Jane?

La cabeza de Jane-2 giró para mirar a Madarian, pero no emitió ni un solo sonido, y Madarian suspiró resignado:

—Ha introducido la pregunta en los bancos de correlación.

—No estoy segura —dijo al fin Jane-2 sin entonación. Era el primer sonido que pronunciaba. Madarian levantó la mirada.

—Está haciendo el equivalente a la formulación de ecuaciones con soluciones indeterminadas.

—Lo suponía —dijo Bogert—. Escucha, Madarian, ¿puedes lograr algo a partir de aquí, o lo abandonamos ahora y dejamos nuestras pérdidas en quinientos millones?

—Oh, lo conseguiré —musitó Madarian.

 

Jane-3 no lo fue. Nunca llegó ni siquiera a estar activada y Madarian estaba hecho una furia.

Fue un error humano. Culpa suya, si alguien quería ser completamente preciso. Aunque Madarian estaba completamente humillado, los demás mantuvieron la calma. Que quien jamás haya cometido un error en las terriblemente complicadas matemáticas del cerebro positrónico complete el primer memorando de rectificación.

Pasó casi un año antes de que Jane-4 estuviera lista. Madarian estaba eufórico otra vez.

—Lo hace —anunció—. Posee un buen cociente de alta identificación.

Tenía la confianza suficiente para presentarla delante del Consejo de Dirección y hacerla resolver problemas. No problemas matemáticos; cualquier robot podía hacerlo; sino problemas formulados en términos deliberadamente engañosos sin llegar a ser inexactos.

—La verdad es que eso no cuesta mucho —dijo luego Bogert.

—Claro que no. Es una cosa elemental para Jane-4, pero tenía que mostrarles algo, ¿no?

—¿Sabes cuánto llevamos gastado hasta el momento?

—Vamos, Peter, no me vengas con eso. ¿Sabes cuánto recuperaremos? Estas cosas no caen en saco roto, ya lo sabes. He pasado más de tres años infernales sobre este asunto, si lo quieres saber, pero al fin he desarrollado nuevas técnicas de cálculo que ahorrarán un mínimo de cincuenta mil dólares en cada nuevo tipo de cerebro positrónico que diseñemos, de ahora en adelante. ¿De acuerdo?

—Bien...

—No me vengas con bien. Así es. Y tengo la sensación, personal, de que el cálculo de la incertidumbre n-dimensional puede tener cualquier cantidad de otras aplicaciones, si tenemos el ingenio necesario para descubrirlas, y mis robots Jane las descubrirán. Una vez que tenga exactamente lo que quiero, la nueva serie JN quedará amortizada en el plazo de cinco años, aunque tripliquemos la inversión realizada hasta ahora.

—¿Qué quieres decir con eso de «exactamente lo que quieres»? ¿Qué tiene de malo Jane-4?

—Nada. Es decir, no gran cosa. Va por el buen camino, pero puede ser mejorada e intento hacerlo. Cuando la diseñé creía saber hacia dónde iba. Ahora que la he puesto a prueba ya hacia dónde voy. Tengo la intención de llegar hasta allí.

 

Jane-5 fue la respuesta. Madarian tardó más de un año en construirla y esta vez no expresó ninguna reserva; su confianza era absoluta.

Jane-5 era más baja que el robot promedio, y más delgada. Sin ser una caricatura de una mujer como había sido Jane-1, lograba tener un aire de feminidad a pesar de la ausencia de un solo rasgo claramente femenino.

—Es su manera de tenerse pararse —dijo Bogert. Sus brazos colgaban graciosamente y, por alguna razón, el torso producía la impresión de curvarse ligeramente cuando el robot se volvía.

—Escúchala... —dijo Madarian—. ¿Cómo te sientes, Jane?

—Muy bien de salud, gracias —dijo Jane-5, y la voz era precisamente la de una mujer; era un dulce y casi inquietante contralto.

—¿Por qué has hecho esto, Clinton? —dijo Peter, sorprendido y comenzando a fruncir el ceño.

—Es psicológicamente importante —dijo Madarian—. Quiero que las personas piensen en ella como en una mujer; que la traten como a una mujer; que le expliquen.

—¿Qué personas?

Madarian se metió las manos en los bolsillos y se quedó mirando a Bogert pensativo.

—Me gustaría que organizaras las cosas para que Jane y yo viajemos a Flagstaff.

Bogert no pudo dejar de advertir que Madarian no había dicho Jane-5. Esa vez había omitido el número. Ésa era la Jane.

¿A Flagstaff? ¿Por qué? —preguntó indeciso.

—Porque es el centro mundial de planetología general, ¿no es así? Allí es donde estudian las estrellas e intentan calcular las probabilidades de planetas habitables, ¿no es cierto?

—Ya lo sé, pero está en la Tierra.

—Bien, y seguro que lo sé.

—Los movimientos de robots sobre la Tierra están estrictamente controlados. Y el viaje es innecesario. Trae una biblioteca de libros sobre planetología general aquí y deja que Jane se empape con ellos.

¡No! Peter, quieres meterte en la cabeza que Jane no un robot lógico ordinario; ella es intuitiva.

—¿Entonces?

—Entonces, ¿cómo podemos saber lo que ella necesita, qué puede serle útil, qué la inspirará? Podemos emplear cualquier modelo metálico de la fábrica para leer libros; esos son datos congelados, y además desactualizados. Jane debe tener información viva; debe tener tonos de voz, debe tener información lateral; incluso debe tener completas irrelevancias. ¿Cómo demonios sabremos qué o cuándo algo hará clic-clic dentro de ella y caerá en un patrón? Si lo supiéramos, no la necesitaríamos para nada, ¿no crees?

Bogert empezaba a sentirse acosado.

—Entonces trae aquí a los hombres, los planetologistas generales —dijo.

—Sería inútil. Estarían fuera de su elemento. No reaccionarían con naturalidad. Quiero que Jane les observe trabajar; quiero que vea sus instrumentos, sus oficinas, sus escritorios, que sepa todo lo que pueda sobre ellos. Quiero que arregles su traslado a Flagstaff. Y realmente me gustaría no discutirlo más.

Por un instante casi había sonado como Susan. Bogert hizo una mueca y dijo:

—Es complicado arreglar algo así. Transportar un robot experimental...

—Jane no es experimental. Es la quinta de la serie.

—Las otras cuatro no eran realmente modelos funcionando.

Madarian levantó las manos con un gesto de impotente frustración.

—¿Y quién te obliga a decírselo al Gobierno?

—No estoy preocupado por el Gobierno. Es posible hacerle comprender que hay casos especiales. Es la opinión pública. Hemos adelantado mucho en cincuenta años y no me propongo retroceder veinticinco porque tú hayas perdido el control de un...

—No perderé el control. Haces comentarios absurdos. ¡Mira! La U.S. Robots puede costear un avión privado. Podemos aterrizar calladamente en el aeropuerto comercial más próximo y perdernos entre cientos de aterrizajes similares. Podemos arreglar que nos espere un gran vehículo terrestre con un acoplado cerrado y que nos transporte a Flagstaff. Jane será embalada y será obvio que alguna pieza de equipo absolutamente no robótico está siendo transportada hacia los laboratorios. Nadie nos mirará dos veces. Los hombres de Flagstaff estarán alertas y se les dirá el motivo exacto de la visita. Tendrán todas las razones del mundo para cooperar y evitar las filtraciones.

Bogert caviló:

—La parte arriesgada será el avión y el vehículo terrestre. Si algo le pasa al embalaje...

—No ocurrirá nada.

—Podríamos salvarnos si Jane fuera desactivada durante el transporte. Entonces, si alguien averigua que está adentro...

—No, Peter. No podemos hacer eso. Uh, uh. No a Jane-5. Mira, ha estado asociando libremente desde que fue activada. La información que posee puede ser congelada durante desactivación, pero nunca las libres asociaciones. No, señor, nunca puede ser desactivada.

—Pero, entonces, si de alguna manera se descubre que estamos transportando un robot activado...

—No se sabrá.

Madarian se mantuvo firme y finalmente despegó el avión. Era un último modelo de Computo-jet automático, pero llevaba un piloto humano -un empleado de la U.S. Robots- como respaldo. El embalaje que contenía a Jane llegó a salvo al aeropuerto, fue transferido al vehículo terrestre, y llegó a los Laboratorios de Investigación de Flagstaff sin incidentes.

 

Peter Bogert recibió la primera llamada de Madarian apenas una hora después de su llegada a Flagstaff. Madarian estaba extático y, como era propio de él, no pudo esperar para informar.

El mensaje llegó vía rayos láser, protegido, desordenado y normalmente impenetrable, pero Bogert se sentía exasperado. Sabía que podía ser descifrado si alguien con la suficiente habilidad tecnológica -el Gobierno por ejemplo- se lo proponía. La única verdadera seguridad estribaba en el hecho de que el Gobierno no tenía motivos para intentarlo. Al menos Bogert lo esperaba.

—Por el amor de Dios, ¿tenías que llamar? —exclamó.

Madarian le ignoró por completo.

—Ha sido una inspiración —farfulló—. Absolutamente genial, te lo digo.

Bogert se quedó un instante con los ojos fijos en el auricular. Entonces, gritó con incredulidad:

—¿Quieres decir que tienes la respuesta? ¿Ya?

—¡No, no! Danos un poco de tiempo, maldita sea. Quiero decir que el asunto de la voz ha sido una inspiración. Escucha, después que nos trasladaron desde el aeropuerto hasta el edificio principal de Flagstaff, desembalamos a Jane y ella salió de la caja. Cuando eso sucedió, cada hombre presente en el lugar dio un paso atrás. ¡Asustados! ¡Imbéciles! Si ni siquiera los científicos son capaces de comprender la significación de las leyes de la robótica, ¿qué podemos esperar del individuo medio sin ninguna formación? Durante un minuto me dije: «Todo habrá sido inútil. No hablarán. Sólo pensarán en encontrar alguna escapatoria rápida por si ella pierde el juicio y serán incapaces de pensar en otra cosa».

—Bien, entonces, ¿adónde quieres ir a parar?

—Pues entonces ella les saludó de manera rutinaria: «Buenas tardes, caballeros. Estoy encantada de conocerles», dijo. Y lo pronunció en hermoso contralto... Y eso fue todo. Un hombre se arregló la corbata y otro se pasó los dedos por los cabellos. Lo que de verdad me sorprendió fue que el tipo más viejo del lugar controló que su bragueta estuviera realmente cerrada. Ahora, todos están locos por ella. Todo lo que necesitaron fue la voz. Ella ya no es un robot; ella es una chica.

—¿Quieres decir que están hablando con ella?

—¡Qué si están hablando con ella! Ya lo creo. Debería haberle programado entonaciones sensuales. De haberlo hecho ahora estarían pidiéndole citas. Hablando de reflejos condicionados. Escucha, los hombres responden a las voces. En los momentos más íntimos, ¿miran acaso? Lo importante es la voz en el oído...

—Sí, Clinton, me parece recordar. ¿Dónde está ahora Jane?

¾Con ellos. No la dejarían ir.

—¡Maldita sea! Vete con ella. No la pierdas de vista, hombre.

Las posteriores llamadas de Madarian, durante su estancia de diez días en Flagstaff, se hicieron menos frecuentes, y se volvieron progresivamente menos exaltadas.

Jane estaba escuchando atentamente, informaba, y de vez en cuando respondía. Seguía siendo popular. Se le permitía entrar en todas partes. Pero no se había resultados.

—¿Nada en absoluto? —dijo Bogert.

Madarian se puso en el acto a la defensiva.

—No puede decirse que nada en absoluto. Es imposible decir nada en absoluto con un robot intuitivo. No sabes qué puede estar ocurriendo en su interior. Esta mañana le ha preguntado a Jensen lo que había desayunado.

—¿Rossiter Jensen, el astrofísico?

—Sí, por supuesto. Luego resultó que esta mañana no había desayunado. Bueno, una taza de café.

—Conque Jane está aprendiendo a tener charlas intrascendentes. Eso difícilmente puede compensar el gasto...

—Oh, no seas majadero. No era charla intrascendente. Nada es charla intrascendente para Jane. Lo ha preguntado porque tenía algo que ver con algún tipo de correlación cruzada que estaba formulando en su mente.

—¿Qué puede...?

—¿Cómo voy a saberlo? Si lo supiera, yo mismo sería Jane y no la necesitarías a ella. Pero tiene que significar algo. Jane está programada con una alta motivación para obtener una respuesta a la cuestión de un planeta de habitabilidad y distancia óptimas y...

—Entonces, hazme saber cuando lo haya logrado y no antes. Realmente no es necesario para mí recibir una descripción paso a paso de las correlaciones posibles.

Realmente no esperaba que le notificaran el éxito. Con cada día, fue apagándose el entusiasmo de Bogert, de modo que cuando por fin recibió la noticia, no estaba preparado. Y la recibió al final de todo.

Esa última ocasión, cuando llegó el mensaje culminante de Madarian, éste le habló casi en un susurro. La exaltación había descrito un círculo completo y Madarian había caído en una reverente parsimonia.

—Lo hizo —dijo—. Ella lo hizo. Y también cuando yo ya estaba a punto de darme por vencido. Después de haber recibido toda la información disponible y la mayor parte por duplicado o triplicado, sin decir jamás una palabra que pareciera sonar a algo... Ahora estoy en el avión, de regreso. Acabamos de despegar.

Bogert consiguió recuperar el aliento.

—No juegues conmigo, hombre. ¿Tienes la respuesta? Si es así, dímelo. Dilo sin rodeos.

—Ella tiene la respuesta. Me ha dado la respuesta. Me ha dado los nombres de tres estrellas situadas en un radio de ochenta años luz con entre un sesenta y un noventa por ciento de probabilidades, dice ella, de poseer un planeta habitable cada una. Al menos en un caso, la probabilidad es de 0,972. Es casi seguro. Y esto es sólo lo menos. Una vez de regreso, podrá darnos la línea exacta de razonamiento que la condujo a esta conclusión, y puedo vaticinar que toda la ciencia de la astrofísica y la cosmología quedarán...

—¿Estás seguro...?

—¿Crees que estoy teniendo alucinaciones? Incluso tengo un testigo. El pobre tipo saltó dos pies cuando Jane repentinamente comenzó a soltar la respuesta en su magnífica voz...

Y allí fue cuando el meteorito golpeó y en la consiguiente destrucción del avión que siguió, Madarian y el piloto quedaron reducidos a trocitos de carne sanguinolenta y ningún resto aprovechable de Jane fue recuperado.

 

En la U.S. Robots no se había visto nunca un desaliento tan profundo. Robertson intentó consolarse pensando que la misma integridad de la destrucción había encubierto totalmente las ilegalidades en que había incurrido la empresa.

Peter sacudía la cabeza y se lamentaba.

—Hemos perdido la mejor oportunidad que jamás ha tenido la U.S. Robots de lograr una imagen pública intachable; de superar el condenado complejo de Frankenstein. Habría sido un gran paso para los robots que uno de ellos obtuviese la solución del problema del planeta habitable, después de que otros robots ya habían contribuido a descubrir el salto espacial. Los robots nos hubieran abierto la galaxia. Y si al mismo tiempo hubiéramos podido hacer avanzar los conocimientos científicos en una docena de direcciones distintas, como sin duda hubiéramos hecho... Oh, Dios, es imposible calcular los beneficios que ello hubiera reportado a la raza humana, y a nosotros, naturalmente.

—Podríamos construir otras Janes, ¿no? —dijo Robertson—. ¿Aun sin Madarian?

—Desde luego que sí. Pero ¿podemos contar con que vuelva a establecerse la correlación adecuada otra vez? ¿Quién sabe cuan baja era la probabilidad de ese resultado final? ¿Y si Madarian hubiera tenido un fantástico trozo de suerte de principiante? ¿Y entonces un trozo de mala suerte, aun más fantástico? Un meteorito haciendo blanco en... Es simplemente increíble...

—No pudo haber sido dirigido —dijo Robertson en un vacilante susurro—. Quiero decir, si no debíamos saberlo, y si el meteorito fue un dictamen... de...

Enmudeció bajo la mirada inquisitiva de Bogert.

—No es una pérdida total, supongo —dijo Bogert—. Las otras Janes podrán sernos útiles de alguna manera. Y podemos dotar a otros robots de voces femeninas, si eso puede contribuir a favorecer su aceptación por parte del público, aunque me pregunto qué dirán las mujeres. ¡Si sólo supiéramos qué dijo Jane-5!

—En su última llamada, Madarian dijo que había un testigo.

—Lo sé —dijo Bogert—. He estado pensando en eso. ¿Creen que no me he puesto en contacto con Flagstaff? Nadie en todo el lugar le oyó decir a Jane nada fuera de lo corriente, nada que sonase como una respuesta al problema del planeta habitable, y desde luego cualquiera de ellos hubiera reconocido la respuesta, caso de producirse..., o al menos la hubiera reconocido como una respuesta posible.

—¿Podía Madarian haber estado mintiendo? ¿O loco? ¿Podía haber estado intentando protegerse a sí mismo...?

—¿Quieres decir que tal vez estuviera intentando salvar su reputación, fingiendo que tenía la respuesta y luego manipular a Jane para que no pueda hablar, y decir: «Oh, lo siento, algo sucedió accidentalmente. ¡Oh, maldición!»? No lo aceptaré ni por un instante. También podrías suponer que organizó la caída del meteorito.

—¿Qué podemos hacer, entonces?

—Regresar a Flagstaff —dijo Bogert abatido—. La respuesta debe estar allí. Tengo que profundizar más, eso es todo. Iré y charlaré con un par de hombres del departamento de Madarian. Tenemos que registrar ese lugar de arriba abajo y de punta a punta.

—Pero, aun si hubiera un testigo y lo hubiese oído todo, ¿de qué nos serviría, si ya no tenemos a Jane para que explique el proceso?

—Cualquier pequeña cosa es útil. Jane dijo los nombres de las estrellas; probablemente los números de catálogo -ninguna de las estrellas con nombre tiene la menor probabilidad. Si alguien puede recordar lo que dijo y realmente recuerda el número de catálogo, o lo oyó con la claridad suficiente para poder recuperarlo a través de una Psicosonda si carece del recuerdo consciente... entonces tendremos algo. Con los resultados del final y los datos que alimentaron a Jane al principio, podríamos reconstruir la línea de razonamiento; podríamos recuperar la intuición. Si lo hacemos, ganaríamos el juego...

Bogert regresó al cabo de tres días, silencioso y totalmente deprimido. Cuando Robertson le preguntó ansioso por los resultados, sacudió la cabeza.

—¡Nada!

—¿Nada?

—Absolutamente nada. He hablado con cada hombre de Flagstaff -cada científico, cada técnico, cada estudiante- que tuvieron algo que ver con Jane; todos los que al menos la habían visto. La cantidad no era grande; debo darle crédito a Madarian por tanta discreción. Sólo permitió que la vieran quienes poseían conocimiento planetológico para entregarle. En conjunto, eran treinta y tres los que habían visto a Jane y sólo doce de ellos habían hablado con ella más que casualmente.

»Repitieron una y otra vez todo lo que había dicho Jane. Recordaban todo muy bien. Son hombres de agudo ingenio que participaban en un experimento crucial relacionado con su especialidad, de modo que tenían todas las motivaciones para recordar. Y se encontraban ante un robot parlante, algo sorprendente de por sí, el cual además hablaba como una actriz de la televisión. No podían olvidar.

—Tal vez una Psicosonda... —sugirió Robertson.

—Si alguno de ellos tuviera la más remota idea de que algo había sucedido, le sacaría su consentimiento para realizar la Prueba. Pero no tenemos la menor excusa y no podemos sondear a dos docenas de hombres que se ganan la vida con su cerebro. Sinceramente, no serviría. Si Jane hubiera mencionado tres estrellas y hubiera dicho que poseían planetas habitables, hubiera sido como instalar cohetes en el cerebro. ¿Cómo podría alguno haberlo olvidado?

—Entonces, tal vez uno de ellos mienta —dijo Robertson sombrío—. Quiere la información para su propio uso; para obtener el crédito más tarde.

—¿Y de qué le serviría? —dijo Bogert—. En primer lugar, todos los empleados saben exactamente por qué estaban allí Madarian y Jane. En segundo lugar, también saben por qué fui allí. Si en cualquier momento futuro, cualquier hombre en Flagstaff aparece con una teoría de un planeta habitable que sea sorprendentemente nueva y distinta, pero válida, todos los demás hombres en Flagstaff y todo el personal de la U.S. Robots sabrán en el acto que la ha robado. Jamás lograría salirse con la suya.

—Entonces, el mismo Madarian estaba equivocado de alguna manera.

—Tampoco veo cómo puedo creer eso. Madarian tenía una personalidad irritante -todos los robosicólogos tienen personalidades irritantes, creo, lo cual debe ser la razón porque trabajan con robots y no con seres humanos- pero no era tonto. No pudo equivocarse en algo así.

—Entonces...

Pero Robertson había agotado las posibilidades. Habían llegado hasta un muro blanco y por unos minutos se quedaron mirándolo desconsolados.

Finalmente Robertson recuperó el movimiento.

—Peter...

—¿Sí?

—Preguntemos a Susan.

Bogert se puso tenso.

—¿Cómo?

—Que le preguntemos a Susan. Llamémosla y le pidamos que venga.

—¿Por qué? ¿Qué puede hacer ella?

—No lo sé. Pero es robosicóloga también, y podría comprenda a Madarian mejor que nosotros. Además, ella... Oh, qué demonios, siempre tuvo más seso que cualquiera de nosotros.

—Tiene casi ochenta años.

—Y tú tienes setenta. ¿Qué hay con eso?

Bogert suspiró. ¿Habría perdido su lengua corrosiva algo de su aspereza en esos años de retiro?

—Bueno, se lo pediré —dijo.

 

Susan Calvin entró en el despacho de Bogert con una lenta ojeada a su alrededor antes de fijar la mirada en el Director de Investigaciones. Había envejecido mucho desde su jubilación. Tenía los cabellos de un tenue color blanco y el rostro arrugado. Estaba tan frágil que casi parecía transparente, y sólo sus ojos, penetrantes y fríos, parecían retener todo lo que había sido.

Bogert se adelantó con gesto cordial y le alargó la mano.

—¡Susan!

Susan Calvin la tomó y dijo:

—Tienes bastante buen aspecto, Peter, para ser un anciano. En tu lugar, yo no esperaría al año que viene. Retírate ahora y da paso a los jóvenes... Y Madarian ha muerto. ¿Me has llamado para pedirme que vuelva a ocupar mi antiguo puesto? ¿Estás decidido a conservar los ancianos hasta pasado un año de su verdadera muerte física?

—No, no, Susan. Te he llamado... —Se interrumpió. Después de todo, no tenía ni la menor idea de cómo empezar.

Pero Susan leyó sus pensamientos con la misma facilidad de siempre. Se sentó con la precaución nacida en articulaciones rígidas y dijo:

¾Peter, me has llamado porque estás en un gran apuro. De lo contrario, hubieras preferido verme muerta que a menos de una milla de ti.

—Vamos, Susan...

—No pierdas el tiempo con palabras bonitas. Nunca tenía tiempo que perder cuando estaba en mis cuarenta años y desde luego tampoco ahora. La muerte de Madarian y tu llamada son ambos desusados, de modo que debe de haber una relación. Dos eventos desusados sin relación tienen una probabilidad demasiado baja para preocuparme. Empieza desde el principio y no te preocupes si pareces ser un tonto. Hace tiempo que sé que lo eres.

Bogert aclaró la garganta tristemente y comenzó. Susan le escuchó con atención, levantando de vez en cuando la arrugada mano para interrumpirle y hacerle alguna pregunta.

Llegados a cierto punto soltó un bufido.

—¿Intuición femenina? ¿Para eso queríais el robot? Vaya con los hombres. Enfrentan a una mujer que llega a una conclusión correcta e son incapaces de aceptar el hecho de que su inteligencia es igual o superior, y entonces inventan algo llamado intuición femenina.

—Oh, sí, Susan, pero déjame continuar...

Continuó. Al oír que Jane tenía voz de contralto, Susan dijo:

—Algunas veces es una elección difícil entre sentir repugnancia del sexo masculino, o simplemente desecharlo por despreciable.

—Bueno, déjame continuar... —dijo Bogert.

Cuando hubo terminado, Susan dijo:

—¿Puedo tener uso privado de esta oficina por una hora o dos?

—Sí, pero...

—Quiero revisar los distintos registros -la programación de Jane, las llamadas de Madarian, tus entrevistas en Flagstaff —dijo ella—. Supongo que puedo utilizar este precioso teléfono de rayos láser protegido y tu terminal de la computadora si deseo.

—Sí, por supuesto.

—Bien, entonces, vete de aquí, Peter.

 

Aún no habían transcurrido cuarenta y cinco minutos cuando Susan Calvin se acercó renqueando a la puerta, la abrió y llamó a Bogert.

Cuando llegó, Robertson venía con él. Ambos entraron y Susan saludó a este último con un «Hola, Scott», no demasiado entusiasta.

Bogert intentó desesperadamente adivinar los resultados en el rostro de Susan, pero sólo vio las facciones de una ceñuda vieja dama que no tenía intenciones de facilitarle las cosas.

—¿Crees que hay algo que pu