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Éste es el cuarto de una serie de artículos que escribí para una empresa de ingeniería de Chicago. Los dos primeros -fueron reimpresos en mi recopilación de ensayos Science Past - Science Future ("Doubleday", 1975), bajo los títulos "Tecnología y la ascensión del hombre" y "Tecnología y el progreso de los Estados Unidos". El tercero apareció en mi recopilación de ensayos The Beginning and the End, bajo el título "Tecnología y energía". En el epílogo de este artículo, dije: "El restante artículo que titulé Tecnología y comunicación -fue encargado y pagado, estando prevista su publicación en el verano de 1976. Sin embargo, a pesar de diversas averiguaciones, no he podido descubrir su paradero. Por tal razón no puedo incluirlo aquí. Si algún día aparece finalmente, lo destinaré a alguna futura recopilación. " Recibí la versión publicada, finalmente, en mayo de 1977, de modo que aquí está, según lo prometido. A propósito, este ensayo me dio bastantes quebraderos de cabeza. Trata del pasado del esfuerzo humano, lo que me impulsó a creer que debería aparecer en este libro entre El dios llameante y Antes de las bacterias. Sin embargo, también se mueve en el terreno del futuro y, por último, decidí que este aspecto era más importante y que sería conveniente incluirlo en una parte más posterior del libro. Y así lo hice. |
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Tecnología y comunicación |
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La habilidad de comunicarse es una de las señales de que se está vivo. Incluso las más simples criaturas pueden alterar su entorno mediante la secreción de alguna sustancia química que provoque alguna respuesta apropiada en otra criatura. Una polilla hembra, al soltar una pequeña cantidad de una sustancia particular, puede comunicar el concepto "estoy dispuesta", y las polillas macho percibirán el olor a más de un kilómetro de distancia. Cuanto más compleja es una criatura, superior es su habilidad para comunicar mensajes con mayor detalle. Las aves poseen varios tipos de llamadas, los mamíferos tienen diversos movimientos, sonidos y gestos, y todo ello significa algo y es reconocido por otros miembros de su especie o individuos ajenos a la misma. Cuando una mofeta nos da la espalda y levanta la cola, o cuando una pantera gruñe y tensa sus músculos, la persona inteligente (o cualquier otra criatura lo bastante despierta como para reconocer la señal) huye a toda velocidad. Sin embargo, un determinado conjunto de sonidos y gestos no basta para que un animal sea como un ser humano. Al chimpancé se le pueden enseñar docenas de gestos distintos, pero tiene unas posibilidades expresivas muy limitadas, relacionadas en gran medida con sus deseos físicos y temores inmediatos. Incluso la mayor habilidad del Homo sapiens para crear gestos resulta restringida. Tratemos de enseñar a alguien a hacer algo en apariencia tan simple como mover debidamente un palo de golf, y comprobaremos cuan pronto perdemos la paciencia. La ineficacia de los gestos, aun cuando estén apoyados por sofisticadas señales, es lo que hace tan excitante el juego de charadas. Mientras los seres humanos tuvieron como único medio de comunicación sus gestos, resulta dudoso que ni siquiera su mayor cerebro los colocara muy por encima del chimpancé en el desarrollo de la organización social o de la tecnología. Sólo con gestos, un ser humano no puede transmitir a otro más que elementos de información sumamente primitivos. Cada ser humano está condenado a trabajar sólo con las ideas que únicamente él puede generar a partir de un comienzo proporcionado por una simple estructura social que se ocupa de sus necesidades físicas básicas. Lo que se necesita es alguna forma de comunicación que sea lo bastante compleja y versátil para transmitir información abstracta de un ser humano a otro, de forma clara y segura. En la cultura humana, universalmente, esta forma de comunicación ha sido el lenguaje. La información se ha transmitido modulando el sonido de modo para hacer posible que cada idea sea representada económica y únicamente por una combinación de fonemas. El nacimiento del lenguaje sólo se produjo cuando el cerebro se hubo desarrollado hasta el punto de que el centro del habla fue lo suficiente complejo para permitir la necesaria y delicada manipulación de labios, lengua y paladar que controlaran los sonidos e hicieran posible producirlos rápidamente. (El chimpancé no aprende a hablar porque, simplemente, no puede hablar; los centros del habla en su cerebro no están lo bastante desarrollados. El delfín, con un cerebro tan complejo como el nuestro, aparentemente puede hablar, pero no sabemos lo suficiente acerca de su lenguaje para juzgar la naturaleza o eficiencia de éste.) |
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El lenguaje, por vez primera, ofreció una forma de comunicación, un método para transmitir información que podía vincular una especie tanto en el tiempo como en el espacio. Con el habla, los pertenecientes a una generación anterior podían legar su experiencia, sus ideas, su penosamente obtenida sabiduría a sus hijos, y ello no sólo mediante demostración, sino con explicación. De este modo, podían transmitirse no sólo hechos, sino deducciones y abstracciones. La nueva generación podía empezar con eso y construir encima, de forma que fue posible desarrollar una auténtica tecnología. Donde sólo existe el habla, la clave para una cuidadosa transmisión de información de generación en generación, se basa en la memoria, y esto presenta sus limitaciones. Se pueden transmitir sorprendentes cantidades de información durante un período de tiempo, especialmente si se pone en alguna forma de verso en el que el ritmo y la rima sirvan de auxiliares de la memoria; sin embargo, ello es inviable por la clase de aburridas estadísticas que abundan en cualquier sociedad compleja. Indudablemente, situamos el comienzo de las civilizaciones en el momento en que se descubrió la escritura: un método para congelar el lenguaje y permitir transmitir ilimitadas cantidades de información exacta. La sociedad más compleja que conocemos y que carecía de escritura fue la civilización inca del Perú precolombino. No obstante, los incas poseían un sistema auxiliar de la memoria, basándose en cuerdas anudadas, lo cual les permitía mantener un registro de cuestiones estadísticas. Con la escritura fueron posibles las mucho más complejas sociedades de los Imperios del mundo antiguo tales como Roma y China. La escritura en sí representa un proceso más bien tedioso, y el proceso de hacer duplicados consume mucho tiempo y energía, con lo cual es reducido el número de libros y corto el contenido de éstos. Además, tantas copias podían inducir a error. Las personas que sabían leer y escribir en una civilización de escritura eran muy pocas, puesto que muy poca gente tenía acceso a los textos. Los registros estadísticos, aun cuando fueran cuidadosos, raras veces existían en muchas copias, y la destrucción de unos pocos templos podía significar la pérdida de todos los registros escritos de una sociedad en particular. Al escribir sólo a mano, las particularmente grandes complejidades de una civilización industrial iban a ser difíciles de mantener. Sin embargo, para ir más allá de la simple escritura era preciso un mayor progreso tecnológico. No se puede decir que la tecnología hubiese estado ausente de la escritura. Si bien la creación de símbolos y (algo mucho más sofisticado) de un alfabeto constituía un salto puramente intelectual, convertir esto en algo práctico requería la puesta a punto de una superficie para escribir y de un instrumento. Un estilete podía grabar marcas en una superficie de arcilla húmeda, un cincel podía esculpirlas en la piedra, una brocha podía extender la tinta sobre el papiro o el pergamino, algunas alternativas eran más fáciles, o más baratas, otras más permanentes, pero todas ellas eran trabajosas y lentas. |
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En 1450, el inventor alemán Johann Gutenberg creó el arte de imprimir con tipos móviles. El concepto era bastante simple mirado a posteriori, pero Gutenberg tuvo que encontrar una aleación metálica adecuada para fundir los tipos, una aleación que se fundiera fácilmente y que se ensanchara muy poco al enfriarse, a fin de producir claros perfiles. Tuvo que idear las técnicas adecuada; para mantener los tipos cuidadosamente alineados y que presionaran el papel con firmeza. La cuestión del papel fue, por supuesto, esencial para una tecnología práctica de la impresión. Primero había sido hecho de corteza, cáñamo y trapos, en China, en el año 100 de nuestra Era. El conocimiento de esta técnica se extendió lentamente hacia Occidente, llegando a Alemania un siglo antes del descubrimiento de Gutenberg. Los antiguos no habían conocido nada tan barato y útil como el papel, el cual se fue haciendo cada vez más barato y práctico una vez se hubieron desarrollado las técnicas para producirlo de la pulpa de madera. La imprenta cundió más que cualquier avance tecnológico anterior en la Historia, y revolucionó por completo la vida humana. Resultó posible producir numerosos ejemplares de cada libro, todos exactamente iguales, y ello de forma muy sencilla, rápida y barata. Con ello aumentaron enormemente los conocimientos y las facilidades para aprender. A partir de entonces creció el número de personas que supieron leer y escribir, pues empezaron a abundar los textos. Ello supuso que, finalmente, fuera posible para todo el mundo obtener algo de instrucción, hasta entonces reservada a unos pocos. Conforme se extendía la cultura por la sociedad, resultó posible que fueran surgiendo competentes científicos y técnicos. Además, los pensamientos y descubrimientos de científicos y técnicos, una vez impresos, pudieron circular rápidamente por toda Europa, de modo que los científicos y técnicos no sólo trabajaron con sus propias ideas, sino con las de sus colegas en el terreno intelectual. La imprenta significó que, por vez primera, fuera posible una comunidad de pensamiento contemporáneo, lo cual impulsó de forma insólita los progresos científicos y tecnológicos. No cabe duda de que no se debió a una casualidad que la revolución científica de mediados del siglo XVI arrancara una vez se hubo consolidado el uso de la imprenta en el continente. Los progresos tecnológicos en el arte de la imprenta mejoraron el invento original de Gutenberg. Con el paso de los siglos, creció en volumen y rapidez la producción de la palabra impresa. Como consecuencia de esto, el pensamiento humano se enriqueció de forma geométrica. |
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La imprenta totalmente metálica fue inventada en Gran Bretaña en 1795, y en 1844, el inventor norteamericano Richard Hoe creó la imprenta rotativa, que era capaz de producir ocho mil copias por hora. Hacia 1880, el inventor alemán residente en Norteamérica Ottmar Merganthaler inventó la linotipia, que podía componer y rectificar automáticamente las líneas. Mientras tanto, se inventó el arte de la fotografía y se pudieron reproducir las ilustraciones igual que los textos. En el pasado siglo ya había sido casi completamente automatizado el proceso completo de impresión. En un terreno similar, el inventor norteamericano Christopher Latham Sholes ideó la primera máquina de escribir en 1867. De este modo se introdujo en el hogar una forma de impresión. Asimismo, este instrumento ayudó a sacar a las mujeres de sus casas y a introducirlas en las oficinas. Las técnicas de impresión han alcanzado ahora el punto en que pueden ser producidos millones de ejemplares de libros cada año, de revistas cada mes y de periódicos cada día. El torrente de información ha alcanzado la suficiente magnitud como para llegar a todo el mundo. Resulta verdaderamente muy difícil estar al tanto de todas las novedades que se producen cada día, aun cuando se refieran a una parcela reducida. Se dice que la cantidad de información científica generada en los laboratorios, observatorios y estudios del mundo se dobla cada década, de modo que el número de publicaciones científicas publicadas en esta última década iguala al número total publicado en todos los años precedentes. Si la Humanidad desea continuar haciendo progresar sus conocimientos, tecnología y (esperémoslo) su inteligencia, tendrán que producirse nuevas y profundas innovaciones en el terreno de manipular la información. Si la cantidad de información ha crecido más allá de la capacidad del cerebro humano para almacenarla de forma segura y utilizarla rápidamente, entonces deberá desarrollarse algún instrumento mecánico para este propósito. Probablemente, la computadora electrónica puede ser la respuesta. Creada alrededor de cinco siglos después de la imprenta, es muy posible que la computadora revolucione la sociedad del mismo modo en que lo hizo el anterior invento. Lo que es más, la computadora hará mucho más con mayor rapidez, ya que la aceleración general del progreso tecnológico ha hecho avanzar a la computadora cada vez más de década en década de lo que avanzó la imprenta de siglo en siglo. El número exacto de cambios sociales que puede producir un cambio revolucionario en la tecnología es algo difícil de prever. Sin embargo, podemos hacer algunas predicciones... Una computadora electrónica es, esencialmente, un aparato almacenador de información que puede, si se desea, proporcionar una información determinada o, si se le dan instrucciones, manipular varias informaciones en su banco de memoria y, después, brindar los resultados. Podemos imaginar, finalmente, una inmensa biblioteca computadorizada, de extensión mundial, en la cual la acumulada información de la Humanidad podría ser incorporada o consultada a voluntad. Una asociación entre hombre y máquina podría hacer más en el sentido de ahondar en el conocimiento de las reglas del Universo ("las leyes de la Naturaleza"), sus usos y consecuencias, que cualquiera de ambas partes podría hacer por separado. No solamente tendríamos que alimentar la computadora con información abstracta relativa al Universo que nos rodea. También podría ser el almacén de la muy personal y siempre cambiante información acerca de cada uno de nosotros. Con la ayuda de una completa computadorización, el mundo podría contar con un censo instantáneo, con lo cual sería posible estar al tanto de las enormemente complejas estadísticas de su población, algo muy útil a la hora de tomar cualquier decisión gubernamental. La computadorización, de este modo, podría ser la clave del primer sistema genuinamente democrático, ya que el peso de los intereses individuales, necesidades y opiniones podría ser calculado, con bastante exactitud, por primera vez en la Historia. Al poseer un registro detallado de cada individuo, éste se convierte más en una persona y deja de ser una estadística, con lo cual la sociedad se mostraría más sensible hacia él como individuo. Una vez se contara con la existencia de suficiente información almacenada en una red cibernética mundial, en una forma capaz de manipulación instantánea, también podríamos imaginar un mundo sin dinero... algo que representaría un paso más en un cambio que se ha movido hacia adelante en la misma dirección a lo largo de la historia de la civilización. Los últimos cinco mil años han conocido la creciente espiritualización de las transacciones financieras, y ello a un paso acelerado. Al principio, los seres humanos realizaban trueques, intercambiando directamente objetos materiales y servicios. Las monedas de metal se pusieron después en uso como una medida universal de intercambio. El papel moneda, arbitrariamente marcado, resultó más eficaz que las monedas. Los cheques, que son billetes personales de cualquier cuantía, aún resultaron más convenientes. Las tarjetas de crédito, por último, concentraron todos los cheques del mes en uno solo. |
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Las cosas se han venido perfeccionando constantemente, pero la tendencia ha sido crear una sociedad cada día más compleja. El metal posee un valor intrínseco, mientras que el papel tiene sólo el valor que le confiere la estabilidad económica de la sociedad que lo emite. Los cheques suponen una vasta red de contabilidad en el sistema bancario, y las tarjetas de crédito exigen el empleo de computadoras. Para continuar en esta dirección, debemos imaginarnos poniendo todos los asuntos financieros en la computadora y permitiendo que pequeñas corrientes eléctricas hagan todo lo necesario para realizar lo que siempre ha sido (aunque muy espiritualizado) una forma de trueque. Supongamos que se colocan en la red cibernética las disponibilidades dinerarias de todo el mundo (la cantidad a ser empleada en transacciones financieras), y que todos pudiéramos ser registrados en un aparato apropiado que se pudiera accionar con una impresión digital, un golpe de voz, un compuesto químico de transpiración, o algo aún más sutil. Con cualquier manipulación apropiada, una persona podría siempre saber la situación exacta de su dinero. Supongamos que cualquier transacción en la que tuviera que participar una persona -ganar, depositar, invertir o gastar cualquier suma de dinero- se llevara a cabo sólo cuando los aparatos de cada parte de la transacción fueran colocados en la boca de una computadora, la cual transferiría entonces las sumas pertinentes, mediante impulsos electrónicos, de una tarjeta a otra. Los impuestos también podrían automatizarse. El Gobierno podría asignarse automáticamente una participación en el dinero de cada transacción, basando su imposición en el tamaño del negocio y de los bienes del individuo que recibe el dinero. Se tendrían que atender cuidadosamente otras complejidades y realizarse ajustes (de una forma más justa, equitativa y adecuada a la persona de lo que ahora es posible), de un modo u otro, al final del año fiscal. La manipulación computadorizada de la información puede ser proclive a abusos, desde luego. Existe el riesgo de abuso en casi todo, y desear las ventajas que nos podría reportar una sociedad más compleja significa aceptar el riesgo inherente de mayor oportunidad de abuso. (Un indigente no puede temer que le roben joyas, pero a la mayoría de la gente le gustaría ser rica y aceptarían el riesgo de ser robados.) En este sentido, el uso de computadoras, aunque pueda parecer un riesgo de pérdida de nuestra intimidad y entrañar un riesgo de oculta manipulación fraudulenta y corrupción, puede proporcionar las técnicas necesarias para evitar el abuso. De vez en cuando, uno lee noticias acerca de computadoras que hacen cosas increíblemente estúpidas, o que son burladas por alguien poco escrupuloso, pero ello es siempre el resultado de una programación inadecuada y se trata de un error humano. Según las computadoras se hacen más avanzadas y complejas, es de suponer que podrán llegar a "aprender" cada vez mejor a reconocer las programaciones defectuosas y a cuestionarlas. Cada vez será más difícil burlarlas. Conforme la posibilidad de evasión de impuestos e irregularidades financieras se vaya haciendo más difícil, la gente dejará de intentarlo, con lo cual la honradez será inevitable y, por lo tanto, de buen tono. Un televisor puede sólo recibir programas procedentes de complejas emisoras situadas a una distancia determinada. Esto significa que nuestra comunicación es sensible a la cantidad y a la distancia, de modo que un televisor debe ajustar su servicio a los deseos comunes de millones y no puede servirnos particularmente con todos nuestros caprichos y sutilezas. Lo que se necesita es un cambio electrónico análogo al de la escritura y la imprenta. Las comunicaciones electrónicas deben ser tan extensas y flexibles que llegue a establecerse una clase de "capacidad de leer y escribir electrónica"; cada persona tendrá en propiedad y utilizará su propia longitud de onda electrónica para la transmisión y recepción, igual que las personas podemos ahora poseer y leer (e incluso escribir) nuestros propios libros. Se ha dado un gran paso en esta dirección con el desarrollo de satélites de comunicaciones que pueden servir de enlaces, recibiendo señales de un punto sobre la superficie de la Tierra y enviándolas a otro. Tres de tales enlaces, adecuadamente colocados, bastarían para cubrir la Tierra y hacer todos los puntos de su superficie accesibles a todos los demás puntos. Tales enlaces por satélite harían desaparecer el factor distancia. Ligeras alteraciones en la orientación podrían enviar señales a puntos situados a millares de kilómetros de su origen, y no sería más difícil o caro estar en contacta con el otro lado de la Tierra que con el otro lado de la ciudad. En 1965 fue lanzado el Early Bird, el primer satélite de comunicaciones comerciales, que pesaba algo más de veinte kilos. Poseía la capacidad de 240 circuitos telefónicos y un canal de TV. En 1971 se lanzó el Intelsat IV, que pesaba cerca de una tonelada. Poseía una capacidad de 6.000 circuitos telefónicos y doce canales de TV. Ahora el sistema "Intelsat" tiene siete satélites en órbita y se utiliza en 115 terminales en tierra, distribuidas en 65 naciones. Existen 6. 500 circuitos telefónicos a pleno rendimiento y la inversión mundial en este sistema y otros parecidos asciende a mil millones de dólares. Pero esto es sólo el comienzo. Mientras los satélites de comunicaciones se vean confinados al espectro de las ondas radiofónicas, existirá un límite para el número de circuitos y canales que puedan ser establecidos. La comunicación seguirá dependiendo de la cantidad. Sin embargo, llegará el día en que los rayos láser serán utilizados en las comunicaciones, desnudos y sin protección en el vacío del espacio, pero utilizando finas fibras ópticas aquí en la Tierra. Dado que los rayos láser están compuestos de ondas lumínicas, que son millones de veces más cortas que las ondas radiofónicas, si se utilizaran tales rayos habría lógicamente millones de veces más espacios para canales y circuitos separados. |
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Con un virtualmente ilimitado número de canales y circuitos disponibles, cada persona podría disponer de su teléfono portátil, equipado tanto para imagen como para sonido, y con circuito propio. Cuando quisiera podría establecer contacto con cualquier otra persona en la Tierra. En un mundo enlazado por computadoras, la palabra impresa podría ser transmitida fácil y ampliamente, de modo que cada individuo recibiría correo facsímil transmitido desde un punto a otro cualquiera en una fracción de segundo. Asimismo, caso de desearlo, también podrían aparecer en el equivalente de la pantalla del televisor de canal privado facsímiles de documentos, revistas y diarios. Y, del mismo modo, un individuo podría, en cualquier momento, poner en marcha la red cibernética centralizada a fin de obtener cualquier libro, cualquier periódico, cualquier información. Los símbolos electrónicos permanecerían en la pantalla de televisión mientras fuera necesario, siendo borrados al tener que remplazarse por otros símbolos. Pero entonces no todo estaría a nuestra permanente disposición visual. Comprobar el informe meteorológico, o la lista de precios del supermercado, o los últimos resultados del béisbol, es estar en posesión de algo efímero que sólo requiere un vistazo. Y cualquier cosa que necesite retenerse puede ser impresa y guardada en forma de hoja, o colección de hojas. Todo ello conduciría a un extraordinario nivel de democracia informativa. Todas las personas del mundo podrían disponer del producto masivo del pensamiento humano, y cada cual podría recoger y elegir lo que más gracia le hiciera, o más necesitara, para un breve vistazo o una permanente posesión física. Y todo esto supondría un gran paso para hacer posible el crecimiento de un mundo homogéneamente desarrollado geográfica y socialmente. El lenguaje de la computadora puede, por supuesto, ser traducido a cualquier idioma, y no existe ninguna razón por la cual un individuo no pueda conversar con una computadora y obtener la información que necesite en francés, bantú, hebreo o camboyano. De hecho, una buena organización cibernética podría ofrecer al mundo un instrumento de traducción casi instantánea, lo cual haría poseer a la Humanidad, por primera vez, una sola lengua. Sin embargo, sería de suma conveniencia para la Humanidad adoptar algún lenguaje común, a fin de hacer más directo y simple el uso de la computadora mundial. Esto no quiere decir que deban dejar de emplearse los idiomas locales; significa más bien que todo el mundo será bilingüe, hablando sus lenguas maternas entre sus paisanos y la "terrestre" con las computadoras y el resto del mundo. Para seguir la ley del mínimo esfuerzo, el terrestre tendría que ser equivalente, en parte o enteramente, al inglés. Ya hay más gente que habla inglés como primer o segundo idioma que otra cualquier lengua. Sumemos a estos factores el que las computadoras han sido desarrolladas principalmente en países de lengua inglesa, y el inglés puede ser una opción natural para el terrestre. |
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Los prejuicios nacionales y las necesidades de la computadora podrían obligar a una modificación. El inglés, tal como es ahora, es un idioma gloriosamente flexible, perfectamente adaptado a las necesidades de la literatura, pero existen numerosos cambios que pueden convertirlo en una herramienta más eficiente para la transmisión de información a través de las computadoras. La naturaleza de los cambios podría ser determinada, en parte, por un análisis en computadora de los diversos idiomas del mundo. Otra consecuencia de la transmisión de información por vía cibernética sería una fundamental alteración de la actitud del mundo hacia la educación. A través de la historia, el énfasis en la educación ha sido la uniformidad. Un profesor enseña a muchos estudiantes y, en una extensa zona, todos los maestros utilizan el mismo método, y los estudiantes se ven sometidos al mismo sistema de exámenes. Esto significa que se puede prestar poca atención a diferencias individuales en talentos y aspiraciones entre los estudiantes. Cualquier estudiante demasiado distinto a los demás en este aspecto quizá se considerará un fracasado, aun cuando las diferencias supongan gran inteligencia o talento mal aprovechados. Cuando las computadoras ofrezcan más información que cualquier maestro, en un plan individual, cada estudiante particular podrá ajustar a sus condiciones particulares una educación dirigida por computadora. La naturaleza del tema estudiado, la profundidad con que es estudiado, e incluso la manera en que se hace, puede ser ajustada a las necesidades del estudiante en particular, así como a sus deseos y personalidad. Además, la educación podría convertirse en un proceso lo bastante bien regulado como para adaptarse no sólo a la gente joven, a quien siempre ha estado principalmente dirigida, sino a personas de cualquier edad. De hecho, esta ampliación del proceso educativo puede llegar a convertirse en una imperiosa necesidad. Ya que el índice de mortalidad descendió en el pasado siglo mientras que aumentó la natalidad, la población mundial no sólo creció, sino que cambió la proporción de las edades. Un elevado porcentaje de personas son hoy viejas. Por ejemplo, en 1900 el 4 por ciento de los norteamericanos tenía más de 65 años; en 1970, la cifra ascendió a cerca del 10 por ciento, y para el año 2000 se espera que alcance el 12 por ciento. Este envejecimiento gradual de la población podría incluso acelerarse si se conserva la civilización en el siglo XXI, ya que la presión demográfica puede forzar un mayor descenso del índice de nacimientos mientras que los avances médicos pueden hacer descender el índice de mortalidad. Pronto ya no sería posible hacer recaer únicamente sobre los jóvenes la carga de la innovación y de la creatividad, mientras que los adultos maduros fueran adoptando una actitud pasiva. No habría suficientes jóvenes para mantener el lastre de tantos viejos. La solución sería poner la educación al alcance de todo el mundo, sin tener en cuenta la edad. Al encomendar a las computadoras el proceso educacional, no hay razón por la que los seres humanos dejen de estudiar y aprender lo que les interesa mientras vivan. En realidad, el mero hecho de hacer tal cosa podría mantener su cerebro más vivaz y funcional, aumentaría su creatividad y los haría más aptos para contribuir a la felicidad del mundo. |
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La educación del futuro será orientada, inevitablemente, a lo que hoy llamamos ocio. Desde la Revolución Industrial, las máquinas han realizado cada vez más la ingrata labor muscular que había convertido a la mayoría de hombres y mujeres en animales de trabajo. En consecuencia, la gente ha tenido que trabajar cada vez menos horas en menesteres que cada vez son más de carácter administrativo, intelectual, de supervisión y de servicios. Sin embargo, buena parte de los nuevos trabajos son tan ingratos mentalmente como lo era físicamente el trabajo preindustrial. Las computadoras y la automatización aliviarían la carga del trabajo repetitivo y tedioso. Se considerará que cualquier trabajo realizable por una máquina estará por debajo de la dignidad humana. En un mundo de computadoras pervivirán la curiosidad humana y la innovación. Con un mundo movido por las máquinas, los seres humanos serán libres para escoger sus intereses. El ocio no será igual que el actual; hoy es posible pasarse viendo la televisión en un estado de semicoma durante seis horas al día sin tener otra cosa mejor que hacer. En lugar de ello, la posibilidad de una educación mediante computadoras puede despertar en cada individuo complejos intereses que, de otro modo, jamás llegaría a sospechar que posee. Habrá muchos seres humanos que se sentirán interesados en la investigación científica, en las exploraciones espaciales, en el gobierno, la medicina, el arte, la música o la literatura, y muchos en ayudar a las computadoras a llevar el mundo, convirtiéndolo en un lugar estimulante en el que vivir. Otros, en distinto nivel, preferirán dedicarse a entretenimientos tales como el deporte, la filatelia, las excursiones o el ajedrez. Algunos incluso (si bien cuesta imaginarlo) sólo querrán comer, dormir y hacer el amor. ¿Cuál es la diferencia? Si la sociedad funciona y si el individuo es feliz, ¿quién debe preocuparse de la ruta exacta que cada individuo siga hacia la felicidad, mientras no se cruce en el camino de su vecino? Sólo mediante la tecnología avanzada podemos esperar que cada individuo sea capaz de asimilar a voluntad los conocimientos de nuestro mundo, educándose a su manera, a la velocidad que desee y estudiando el tema de su predilección. Únicamente con la tecnología avanzada podremos tener un gobierno realmente democrático y capaz de ocuparse de cada persona. Pero, ¿y si le damos la espalda a la tecnología? Aun cuando pudiéramos hacer tal cosa sin provocar una catástrofe (si lo hiciéramos la provocaríamos), ello supondría involucionar a un mundo de trabajo mental y físico en el cual la gente sería esclava del trabajo, sin poder participar de los frutos del ingenio humano porque no tendrían tiempo para ello. Sólo unos pocos grupos de personas podrían ser tratados individualmente, pues no habría técnicas para extenderlo a todo el mundo. Casi todos los humanos nos veríamos forzados a realizar un trabajo tan infrahumano que una máquina cualquiera podría hacer mejor. Eso sí que sería una auténtica deshumanización. |
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