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Introducción correspondiente a la colección Los Vientos de Cambio Creencia fue publicada originalmente en el número de octubre de 1953 de la revista Astounding Science Fiction, y esa es la causa porque no haya sido publicada hasta hoy en ninguna de mis otras recopilaciones de relatos. En 1966, Ted Carnell, un agente literario británico, me dijo que la New English Library deseaba editar una recopilación de historias mías, y pueden estar seguros que no encontré ninguna buena razón para objetar nada. En consecuencia, en 1967 la New English Library publicó Through a Glass, Clearly, que incluía cuatro de mis historias. En la década y media transcurrida desde entonces, el libro ha estado en las librerías (tanto en tapas duras como de bolsillo) en varias reediciones. Sin embargo, resultó que el libro sólo podía circular en Gran Bretaña y en unas cuantas naciones más, que no incluían los Estados Unidos. De modo que decidí que no había ninguna razón para que yo no pudiera incluir las cuatro historias en una u otra de las recopilaciones de relatos míos publicadas en Estados Unidos. Tres de ellas, Breeds There a Man?, The C-Chute y It’s Such a Beautiful Day, aparecieron en mi antología Nightfall and Other Stories, [1] en 1969. Creencia escapó, de algún modo, y no sé por qué. Por supuesto, me gustaba la historia, pese a que John Campbell, el director de Astounding, me obligó a efectuar algunos cambios con los que yo no estaba completamente de acuerdo. (No, no conservo el manuscrito original; de otro modo lo hubiera usado aquí.) En cualquier caso, aquí está la historia..., una docena de años más tarde. Incidentalmente, no quiero decir con eso que Creencia haya permanecido fuera del alcance de los lectores estadounidenses durante todo ese tiempo. Ha aparecido en siete antologías distintas..., pero eso no es lo mismo que aparecer en una de mis propias recopilaciones. Al menos, no lo es para mí. |
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—¿Has
soñado alguna vez que estabas volando? —preguntó el doctor Roger
Toomey a su esposa. Jane
Toomey alzó la vista. —¡Por
supuesto! Sus
rápidos dedos no dejaron de manipular ágilmente el hilo del que estaba
surgiendo un intrincado e inútil tapete para la mesa. El aparato de
televisión emitía un apagado murmullo, y las imágenes de la pantalla
apenas atraían la atención. —Todo
el mundo sueña con volar en un momento u otro —dijo Roger—. Es algo
universal. Yo lo he hecho muchas veces. Eso es lo que me preocupa. —Lamento
decírtelo, pero no sé adónde quieres ir a parar, querido —dijo Jane. Fue
contando puntadas en voz baja. —Cuando
piensas un poco en ello —prosiguió él—, hace que te maravilles. No
es realmente en volar en lo que sueñas. No tienes alas; yo al menos no
las he tenido nunca. No hay ningún esfuerzo implicado en ello.
Simplemente estás flotando. Eso es. Flotando. —Cuando
vuelo —dijo Jane—, no recuerdo ninguno de los detalles. Excepto en una
ocasión en que aterricé en el tejado del ayuntamiento y no llevaba nada
de ropa. De todos modos, en el sueño nadie parece prestarte atención
cuando sueñas que estás desnuda. ¿Nunca te has dado cuenta de eso? Te
mueres de vergüenza, pero la gente simplemente pasa por tu lado sin
mirarte. Tiró
del hilo, y el ovillo cayó de la cesta y rodó por el suelo. No le prestó
atención. Roger
agitó lentamente la cabeza. Su rostro estaba pálido y absorto en la
duda. Todo él parecía ángulos, con sus altos pómulos, su larga y
afilada nariz y las entradas en la frente, que se iban haciendo más
pronunciadas con los años. Tenía treinta y cinco. —¿No
te has parado nunca a pensar en lo que te hace soñar que estás flotando?
—dijo. —No,
nunca. Jane
Toomey era rubia y menuda. Su belleza era del tipo frágil, de esas que no
se imponen a uno sino que lo van ganando inconscientemente. Poseía los
brillantes ojos azules y las sonrosadas mejillas de una muñeca de
porcelana. Tenía treinta años. —Muchos
sueños son sólo la interpretación que la mente realiza de un estímulo
imperfectamente comprendido —dijo Roger—. Los estímulos se ven
forzados a un contexto razonable en una fracción de segundo. —¿De
qué estás hablando, querido? —Mira,
en una ocasión soñé que me hallaba en un hotel, asistiendo a una
convención de física. Estaba con viejos amigos. Todo parecía
absolutamente normal. De pronto, hubo una confusión de gritos, y sin
ninguna razón me vi presa del pánico. Eché a correr hacia la puerta,
pero no quiso abrirse. Uno a uno, mis amigos desaparecieron. No tuvieron
problemas para abandonar la habitación, pero yo no pude ver cómo lo habían
conseguido. Les grité, y me ignoraron. »En
mi interior empezó a crecer la seguridad en que el hotel era pasto de las
llamas. No olía a humo. Simplemente, sabía que había un incendio. Eché
a correr hacia la ventana, y pude ver una escalera de incendios en el
exterior del edificio. Corrí a todas las ventanas, pero ninguna conducía
a la escalera de incendios. Ahora me hallaba completamente solo en la
habitación. Me asomé a la ventana, llamando desesperadamente. Nadie me
oyó. »Entonces
llegaron los coches de bomberos, pequeñas manchas rojas atravesando las
calles. Recuerdo eso claramente. Las sirenas de alarma resonaban
fuertemente para despejar el tráfico. Podía oírlas, cada vez más
fuertes, hasta que el sonido llegó a hender mi cabeza. Me desperté y,
por supuesto, el despertador estaba sonando. »Ahora
bien, no pude haber soñado un sueño tan largo destinado a llegar al
momento en que empezara a sonar la alarma del despertador, a fin que ésta
encajara perfectamente en la trama del sueño. Es mucho más razonable
suponer que el sueño se inició en el momento en que la alarma empezó a
sonar, y comprimió toda su sensación de duración en una fracción de
segundo. Se trataba simplemente de un dispositivo de justificación de mi
cerebro para explicar aquel repentino sonido que penetraba en el silencio. Jane
estaba frunciendo el ceño. Dejó a un lado su labor. —¡Roger!
Te has comportado de un modo extraño desde que has vuelto de la
universidad. No has cenado nada, y ahora esta ridícula conversación.
Nunca te he visto tan morboso. Lo que necesitas es una dosis de
bicarbonato. —Necesito
algo más que eso —dijo él en voz baja—. Veamos, ¿cómo empieza un
sueño de estar flotando? —Si
no te importa, cambiemos de tema. Se
levantó, y con dedos firmes subió el volumen del televisor. Un joven
caballero de mejillas hundidas y una sentimental voz de tenor le manifestó,
melodiosamente, su eterno amor. Roger
volvió a bajar la voz del aparato y se quedó de pie con la espalda
cubriendo la pantalla. —¡Levitación!
—exclamó—. Eso es. Existe alguna forma en que los seres humanos
pueden conseguir flotar. Tienen la capacidad para ello. Simplemente, se
trata que ellos no saben cómo usar esa capacidad..., excepto cuando están
durmiendo. Entonces, a veces se elevan sólo un poquito, una décima de
milímetro quizá. No lo suficiente para que alguien se dé cuenta de ello
aunque esté observando, pero sí para desencadenar la sensación
adecuada, que desencadena un sueño en el que uno está flotando. —Roger,
estás delirando. Me gustaría que lo dejaras. De veras. Él
siguió adelante con su idea. —A
veces volvemos a bajar lentamente, y la sensación desaparece. Otras
veces, el control de flotación termina bruscamente, y caemos. Jane, ¿nunca
has soñado que estabas cayendo? —Sí,
por sup... —Te
hallas colgando en la fachada de un edificio, o sentado en el borde de una
silla, y de repente te estás cayendo. Es la horrible sensación de la caída
la que te despierta de golpe, jadeante, el corazón palpitando locamente.
Has caído de verdad. No hay otra explicación. La
expresión de Jane, que había pasado lentamente del desconcierto a la
preocupación, se disolvió de pronto en una tímida sonrisa. —Roger,
maldito diablo. ¡Me has engañado! ¡Eres un canalla! —¿Qué? —Oh,
no. No sigas con eso. Sé exactamente lo que has estado haciendo. Has
estado imaginando el argumento para una historia y estás probándolo
conmigo. Debería conocerte lo suficiente como para no escucharte. Roger
pareció sorprendido, incluso un poco confuso. Avanzó hasta el sillón de
ella y se la quedó mirando. —No,
Jane. —No
veo por qué no. Has estado hablando acerca de escribir relatos desde que
te conozco. Si realmente tienes un argumento, lo mejor que puedes hacer es
escribirlo. No sirve de nada utilizarlo únicamente para asustarme. Sus
dedos empezaron a moverse de nuevo a medida que recuperaba el ánimo. —Jane,
esto no es ninguna historia. —Pero,
¿qué otra cosa...? —Cuando
me desperté esta mañana, ¡caí al colchón! Ella
se lo quedó mirando, sin parpadear. —Soñé
que estaba volando —prosiguió él—. Fue un sueño claro y preciso.
Recuerdo cada uno de sus minutos. Me hallaba tendido de espaldas cuando me
desperté. Me sentía cómodo, y completamente feliz. Sólo me pregunté
por qué el techo parecía tan extraño. Bostecé y me desperecé, y toqué
el techo. Durante un minuto, simplemente me quedé mirando a mi brazo
alzado, que se apoyaba con fuerza contra el techo. »Entonces
me di la vuelta. No moví un músculo, Jane. Simplemente me di la vuelta,
todo de una pieza, porque deseaba hacerlo. Allí estaba, a metro y medio
sobre la cama. Tú estabas en la cama, durmiendo. Me asusté. No sabía cómo
bajar, pero en el instante mismo en que pensé en bajar, caí. Caí
lentamente. Todo el proceso estaba bajo un perfecto control. »Me
quedé inmóvil en la cama durante quince minutos antes de atreverme a
moverme. Luego me levanté, me lavé, me vestí, y me fui al trabajo. Jane
forzó una sonrisa. —Querido,
hubiera sido mejor que escribieras todo eso. Pero no te preocupes.
Simplemente has estado trabajando demasiado. —¡Por
favor! No seas trivial. —La
gente trabaja demasiado, aunque tú digas que es trivial. Lo que ocurrió
fue que soñaste quince minutos más de lo que creíste que habías soñado. —No
era un sueño. —Por
supuesto que lo era. Soy incapaz de contar las veces que he soñado que me
despertaba, me vestía y preparaba el desayuno; luego me despertaba
realmente, y descubría que tenía que hacerlo todo de nuevo. Incluso he
soñado que estaba soñando, si entiendes lo que quiero decir. Puede ser
terriblemente confuso. —Mira,
Jane. He acudido a ti con un problema debido a que tú eres la única a la
que siento que puedo acudir. Por favor, tómame en serio. Los
azules ojos de Jane se abrieron mucho. —¡Querido!
Te estoy tomando tan en serio como me es posible. Tú eres el profesor de
física, no yo. Eres tú quien sabe de gravitación, no yo. ¿Me tomarías
tú en serio si yo te dijera que me había encontrado flotando de pronto? —No.
Y eso es lo peor de todo. No quiero creer en ello, pero lo he vivido. No
era un sueño, Jane. Intenté decirme a mí mismo que sí lo era. No
tienes ni idea de cómo me he hablado a mí mismo de ello. Cuando iba
hacia la universidad, estaba seguro que había sido un sueño. ¿No has
notado algo extraño en mí en el desayuno? —Sí,
ahora que pienso en ello, sí lo he notado. —Bien,
no era nada demasiado extraño, o lo hubieras mencionado. De todos modos,
di perfectamente mi clase de las nueve. A las once, había olvidado todo
el incidente. Entonces, justo antes de la comida, necesité un libro.
Necesitaba..., bien, el título del libro no importa; simplemente lo
necesitaba. Estaba en un estante de arriba, pero podía alcanzarlo.
Jane... Se
detuvo. —Bien,
prosigue, Roger. —Mira,
¿has intentado alguna vez alcanzar una cosa que está a sólo un palmo de
distancia? Te inclinas y automáticamente das un paso hacia ella mientras
la tomas. Es algo por completo involuntario. Se trata simplemente de la
coordinación refleja de tu cuerpo. —De
acuerdo. ¿Y? —Me
tendí hacia el libro, y automáticamente di un paso hacia arriba. ¡En el
aire, Jane! ¡En el mismo aire! —Voy
a llamar a Jim Sarle, Roger. —No
estoy enfermo, maldita sea. —Creo
que debería hablar contigo. Es un amigo. No será una visita médica.
Simplemente hablará contigo. El
rostro de Roger enrojeció con repentina irritación. —¿Y
qué bien puede hacerme eso? —Ya
veremos. Ahora siéntate, Roger. Por favor. Se
dirigió al teléfono. Él
la detuvo sujetándola por la muñeca. —No me crees. —Oh, Roger. —No
me crees. —Sí
te creo. Claro que te creo. Simplemente quiero... —Sí.
Simplemente quieres que Jim Sarle hable conmigo. Así es como me crees. Te
estoy diciendo la verdad, pero tú quieres que hable con un psiquiatra.
Mira, no tienes que creer en mi palabra. Puedo probarlo. Te probaré que
puedo flotar. —Te
creo. —No
seas tonta. Sé cuándo me están engañando. ¡Quédate quieta! Ahora obsérvame. Retrocedió
hasta el centro de la habitación y, sin ningún preliminar, se alzó del
suelo. Quedó suspendido, con las puntas de sus zapatos a quince centímetros
de la alfombra. Los
ojos y la boca de Jane se convirtieron en tres redondas «O». —Baja,
Roger —musitó—. Por todos los cielos, baja. Él
descendió de nuevo, y sus pies tocaron el suelo sin el menor ruido. —¿Lo
has visto? —Oh,
Dios mío. Dios mío. Se
lo quedó mirando, entre asustada y trastornada. En
el aparato de televisión, una mujer pechugona cantaba con voz apagada que
volar muy alto con algún tipo en el cielo era su idea de nada en
absoluto. Roger
Toomey miró a la oscuridad del dormitorio. —Jane
—susurró. —¿Qué? —¿No
duermes? —No. —Yo
tampoco puedo dormir. Estoy sujetando constantemente la cabecera de la
cama para asegurarme que no... Ya sabes. Su
mano avanzó inquieta y acarició el rostro de ella. Jane se echó hacia
atrás, apartando bruscamente la cabeza, como si la mano de él estuviera
cargada de electricidad. —Lo
siento —dijo al cabo de un momento—. Estoy un poco nerviosa. —No
te preocupes. De todos modos, voy a levantarme. —¿Qué
vas a hacer? Tienes que dormir. —Bueno,
no puedo, así que no tiene sentido que te mantenga despierta a ti también. —Quizá
no ocurra nada. No tiene que ocurrir todas las noches. No había ocurrido
antes de la noche pasada. —¿Cómo
lo sé? Quizá simplemente nunca subí tanto. Quizá nunca me desperté y
me encontré en esa situación. De todos modos, ahora es distinto. Se
sentó en la cama, las piernas dobladas, los brazos abrazando sus
rodillas, la cabeza apoyada en ellos. Echó la sábana a un lado y frotó
su mejilla contra la suave franela del pijama. —Ahora
todo será inevitablemente distinto. Mi mente está llena de ello. Cuando
me duerma, cuando no me mantenga conscientemente anclado abajo..., sé que
ascenderé. —No
veo por qué. Eso debe representar un cierto esfuerzo. —Ese
es el detalle. No representa ningún esfuerzo. —Pero
estás luchando contra la gravedad, ¿no? —Lo
sé, pero pese a todo no representa ningún esfuerzo. Mira, Jane, si al
menos pudiera comprenderlo, no importaría tanto. Bajó
las piernas de la cama y se puso en pie. —No
quiero hablar de ello. —Yo
tampoco —murmuró su esposa. Se
echó a llorar, luchando contra los sollozos y convirtiéndolos en
estrangulados gemidos, que sonaban mucho peor. —Lo
siento, Jane —dijo Roger—. Te estoy excitando demasiado. —No,
no es eso. Pero no me toques. Simplemente..., simplemente déjame sola. Roger
dio unos pasos inseguros, apartándose de la cama. —¿Adónde
vas? —preguntó ella. —Al
sofá del estudio. ¿Puedes ayudarme? —¿Cómo? —Quiero
que me ates. —¿Atarte? —Con
un par de cuerdas. No muy apretadas, de modo que pueda darme la vuelta si
quiero. ¿Te importa? Los
pies desnudos de Jane estaban buscando ya sus zapatillas en el suelo, al
lado de su cama. —De
acuerdo —dijo con un suspiro. Roger
Toomey se sentó en el pequeño cubículo que pasaba por ser su despacho y
miró al montón de papeles de examen que tenía delante. En aquellos
momentos no sabía cómo iba a hacer para calificarlos. Había
dado cinco clases sobre electricidad y magnetismo desde la primera vez que
había flotado. Las había dado como había podido, aunque no demasiado
bien. Los estudiantes le hacían preguntas ridículas, de modo que
probablemente no estaba siendo tan claro como acostumbraba a ser. Hoy
se había ahorrado una clase poniendo un examen sorpresa. No se había
molestado en preparar uno; había echado mano de las copias de uno
preparado algunos años antes. Ahora
tenía los papeles con las respuestas, y tenía que calificarlos. ¿Por qué?
¿Importaba realmente lo que decían? ¿Importaba realmente algo? ¿Era
tan importante saber las leyes de la física? ¿Cuáles eran en realidad
esas leyes? ¿Acaso existía alguna? ¿O
todo era tan sólo una masa de confusión de la cual jamás podría
extraerse nada coherente? ¿Era el Universo, con toda su armoniosa
apariencia, el simple caos original, aguardando todavía a que el Espíritu
asomara su rostro de las profundidades? El
insomnio tampoco ayudaba. Incluso atado en el sofá, dormía tan sólo a
intervalos, y siempre con pesadillas. Alguien
llamó a la puerta. —¿Quién
es? —gritó furiosamente Roger. Una
pausa, y luego la insegura respuesta. —Soy
la señorita Harroway, doctor Toomey. Le traigo las cartas que me dictó. —Está
bien, entre, entre. No se quede ahí. La
secretaria del departamento abrió la puerta el mínimo indispensable, y
deslizó su delgado y poco atractivo cuerpo al interior del despacho.
Llevaba un montón de papeles en la mano. A cada uno de ellos iba unida
una copia en papel amarillo, y un sobre con membrete y la dirección ya
puesta. Roger
estaba ansioso por librarse de ella. Ese fue su error. Se tendió hacia
delante para tomar las cartas mientras ella se aproximaba, y notó que
abandonaba la silla. Avanzó
casi medio metro hacia delante, todavía en posición sentada, antes de
conseguir impulsarse violentamente hacia atrás, perdiendo el equilibrio y
dando una voltereta en el proceso. Era demasiado tarde. Era
absolutamente demasiado tarde. La señorita Harroway dejó caer las cartas
de su temblorosa mano. Gritó y se dio la vuelta, golpeando la puerta con
el hombro, rebotando en el pasillo, y echando a correr con un fuerte
repiqueteo de sus altos tacones. Roger
se puso en pie, frotándose una dolorida cadera. —Maldita
sea —exclamó furioso. Pero
no podía evitar el ver la escena desde el punto de vista de ella. Imaginó
cómo debía haberse desarrollado todo a sus ojos: un hombre ya adulto,
flotando suavemente fuera de su silla y deslizándose hacia ella en posición
sentada. Recogió
las cartas y cerró la puerta de su despacho. Ya era tarde; los pasillos
debían estar vacíos; además, ella probablemente se expresaría de forma
incoherente. Sin embargo... Aguardó ansioso la llegada de gente. No
ocurrió nada. Quizá la mujer estuviera tendida en algún sitio,
desvanecida. Roger sintió la necesidad de ir a ver lo que le había
ocurrido y ayudarla si era necesario, pero le dijo a su conciencia que se
fuera al diablo. Hasta que descubriera exactamente qué era lo que no
funcionaba en él, cuál era el origen de aquella loca pesadilla, no debía
hacer nada por revelarla. Es
decir, nada más de lo que ya había hecho. Hojeó
las cartas; una para cada uno de los físicos teóricos seleccionados
entre los más importantes del país. Su propio talento era insuficiente
para resolver aquel asunto. Se
preguntó si la señorita Harroway habría captado el contenido de las
cartas. Esperaba que no. Lo había arropado deliberadamente en lenguaje técnico;
más, quizá, de lo necesario. En parte para ser discreto, y en parte para
impresionar a los destinatarios con el hecho que él, Toomey, era un legítimo
y capacitado científico. Una
a una, metió las cartas en los sobres adecuados. Los mejores cerebros del
país, pensó. ¿Podrían ayudarle? No
lo sabía. La
biblioteca estaba tranquila. Roger Toomey cerró el Journal of
Theoretical Physics, lo colocó a un lado, y se quedó mirando sombríamente
su contraportada. ¡El
Journal of Theoretical Physics! ¿Qué
contribución había hecho ninguno de aquellos hombres a la erudita
parcela de absurdo conocimiento? Aquel pensamiento le desgarró. Hasta hacía
muy poco tiempo habían sido para él las mayores lumbreras del mundo. Y
sin embargo seguía haciendo todo lo posible por vivir según sus códigos
y su filosofía. Con la ayuda cada vez más renuente de Jane, había
efectuado mediciones. Había intentado pesar el fenómeno en la balanza,
extraer sus correlaciones, evaluar sus cantidades. Había intentado, en
pocas palabras, vencerlo de la única forma que sabía, convirtiéndolo
simplemente en otra expresión de las eternas líneas de comportamiento
que todo el universo debía seguir. (Que
debía seguir. Así lo decían las mentes más preclaras.) Sólo
que no había nada que medir. No había absolutamente ninguna sensación
de esfuerzo en su levitación. En un espacio cerrado —no se había
atrevido a hacer comprobaciones al aire libre, por supuesto—, podía
alcanzar el techo tan fácilmente como alzarse un par de centímetros,
excepto que requería más tiempo. Tenía la sensación que con tiempo
suficiente podría seguir alzándose de forma indefinida; ir hasta la
Luna, si era necesario. Podía
llevar pesos mientras levitaba. El proceso se hacía más lento, pero no
se apreciaba el menor incremento en el esfuerzo. El
día anterior había acudido a Jane sin advertirla, con un cronómetro en
la mano. —¿Cuánto
pesas? —le preguntó. —Cuarenta
y cuatro —respondió ella. Le
miró, desconcertada. Él
la sujetó por la cintura con un brazo. Jane intentó soltarse, pero él
no le prestó atención. Juntos, empezaron a ascender a paso de tortuga.
Ella se aferró a él, blanca y rígida por el terror. —Veintidós
minutos, trece segundos —dijo él cuando su cabeza tocó el techo. Cuando
estuvieron de nuevo abajo, Jane se soltó de un tirón y salió
apresuradamente de la sala. Algunos
días antes Roger había pasado por delante de una báscula pública,
descuidadamente instalada en una esquina junto a un drugstore. La
calle estaba vacía, de modo que subió a la báscula y echó una moneda.
Aunque ya sospechaba algo así, se sorprendió al descubrir que pesaba
doce kilos. Empezó
a llevar montones de monedas en los bolsillos y a pesarse en todas las
condiciones. Era más pesado los días de viento fuerte, como si
necesitara más peso para impedir ser arrastrado. El
ajuste era automático. Fuera lo que fuese lo que lo hacía levitar,
mantenía un equilibrio entre comodidad y seguridad. Sin embargo, podía
reforzar el control consciente sobre su levitación del mismo modo que podía
hacerlo sobre su respiración. Podía subir a una báscula y obligar a la
aguja a subir hasta casi su peso normal, y por supuesto a bajar hasta la
nada. Dos
días antes se había comprado una báscula y había intentado medir a qué
velocidad podía cambiar de peso. No sirvió de nada. La velocidad, fuera
cual fuese, era superior a la capacidad de reacción de la aguja. Todo lo
que hizo fue acumular datos sobre módulos de compresibilidad y momentos
de inercia. Bien...,
¿y a qué le conducía todo aquello? Se
puso en pie y salió cansadamente de la biblioteca, con los hombros caídos.
Fue sujetándose a mesas y sillas mientras caminaba hacia un lado de la
habitación, y allí mantuvo la mano apoyada contra la pared. Tenía la
sensación que debía hacerlo así. El contacto con la materia le mantenía
constantemente informado de su posición con relación al suelo. Si su
mano perdía el contacto con una mesa o se deslizaba hacia arriba por la
pared..., cuidado entonces. El
pasillo contenía el escaso número habitual de estudiantes. Los ignoró.
En aquellos últimos días, habían ido aprendiendo gradualmente a dejar
de saludarle. Roger imaginó que algunos de ellos pensaban que era un tipo
raro, y probablemente muchos empezaban a sentir antipatía hacia él. Pasó
junto al ascensor. Ya nunca lo tomaba; especialmente para bajar. Cuando el
ascensor iniciaba su movimiento hacia abajo, le resultaba imposible no
flotar en el aire, aunque sólo fuera por unos momentos. No importaba que
se preparara para combatir el momento; flotaba, y la gente podía volverse
y mirarle. Avanzó
una mano hacia la barandilla en el arranque de la escalera y, justo antes
que su mano la tocara, uno de sus pies tropezó con el otro. Fue el tropezón
más desmañado que se pueda imaginar. Tres semanas antes, Roger hubiera
rodado escalera abajo. Esta
vez, su sistema autónomo se hizo cargo de las cosas, e inclinándose
hacia delante, los brazos abiertos, los dedos de las manos extendidos, las
piernas semidobladas, flotó hacia abajo como un planeador. Parecía estar
suspendido por hilos. Estaba
demasiado desconcertado para contenerse, demasiado paralizado por el
horror como para hacer algo. A medio metro de la ventana del piso de
abajo, se detuvo automáticamente y flotó. Había
dos estudiantes en el piso donde fue a parar, ambos apretados contra la
pared, otros tres en el arranque de la escalera, dos en el piso de más
abajo, y uno en el descansillo junto a él, tan cerca que casi podían
tocarse. Todo
estaba muy silencioso. Todos le estaban mirando. Roger
se enderezó en el aire, descendió hasta el suelo, y echó a correr
escalera abajo, empujando bruscamente a un estudiante fuera de su camino. Las
conversaciones se transformaron en una única exclamación a sus espaldas. —¿El
doctor Morton desea verme? Roger
se volvió en su sillón, sujetándose firmemente a uno de sus brazos. La
nueva secretaria del departamento asintió. —Sí,
doctor Toomey. Se
marchó rápidamente. En el poco tiempo que llevaba allí desde que la señorita
Harroway presentara su dimisión, se había enterado que el doctor Toomey
tenía algo «raro». Los estudiantes le evitaban. En su clase de hoy, los
asientos de atrás habían estado llenos de murmullos de estudiantes. Los
asientos de delante habían permanecido desocupados. Roger
miró al pequeño espejo de pared cerca de la puerta. Se ajustó la
chaqueta y se sacudió un hilo, pero esa operación hizo poco por mejorar
su apariencia. Su tez era cada vez más amarillenta. Había perdido al
menos cuatro kilos desde que todo aquello empezara, aunque por supuesto no
tenía forma de saber exactamente cuánto había perdido. Su aspecto
general era enfermizo, como si su digestión estuviera perpetuamente en
contra de él y venciera todos los combates. No
sentía ninguna aprensión acerca de aquella entrevista con el jefe del
departamento. Había alcanzado un pronunciado cinismo referente a los
incidentes de levitación. Aparentemente, los testigos no hablaban. La señorita
Harroway no lo había hecho. No había ninguna señal indicando que los
estudiantes que le habían visto en la escalera lo hubieran hecho tampoco. Con
un último toque al nudo de su corbata, abandonó el despacho. |
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El
despacho del doctor Philip Morton no estaba muy lejos al fondo del
pasillo, lo cual era un hecho que Roger tenía que agradecer. Cultivaba
cada vez más la costumbre de andar con una sistemática lentitud. Alzaba
un pie y lo adelantaba, observando. Luego alzaba el otro pie y lo
adelantaba, observando también. Avanzaba decididamente encorvado, mirándose
los pies. El
doctor Morton frunció el ceño cuando Roger entró. Tenía unos ojos
pequeños, y exhibía un hirsuto bigote mal recortado y un traje desaliñado.
Poseía una moderada reputación en el mundo científico, y una decidida
inclinación a dejar las tareas de enseñanza en manos de los miembros de
su departamento. —Mire,
Toomey —dijo—, he recibido una carta de lo más extraña de Linus
Deering. Usted le escribió el... —Consultó un papel sobre su
escritorio—. El veintidós del mes pasado. ¿Es ésta su firma? Roger
miró y asintió. Ansiosamente, intentó leer del revés la carta de
Deering. Aquello era inesperado. De las cartas que había enviado el día
del incidente con la señorita Harroway, hasta aquel momento sólo cuatro
habían sido contestadas. Tres
de ellas habían consistido en frías respuestas de un solo párrafo, que
decían más o menos: «Acuso recibo de su carta del veintidós. No creo
que pueda ayudarle en el asunto que me plantea». Una cuarta, la de
Ballantine, del Northwestern Tech, había sugerido torpemente un instituto
de investigaciones psíquicas. Roger no pudo decidir si estaba intentando
ayudarle o si le insultaba. Deering,
de Princeton, haría el número cinco. Había puesto grandes esperanzas en
Deering. El
doctor Morton carraspeó fuertemente y se ajustó las gafas. —Quiero
leerle lo que dice. Siéntese, Toomey, siéntese. Dice: «Querido Phil...». El
doctor Morton alzó brevemente la vista, con una sonrisa fatua. —Linus
y yo nos conocimos en las reuniones de la Federación el año pasado
—explicó—. Tomamos unas cuantas copas juntos. Es un tipo encantador. Se
ajustó de nuevo las gafas, y volvió a la carta: —«Querido
Phil: ¿Hay un tal doctor Roger Toomey en tu departamento? Recibí una
carta suya realmente extraña el otro día. Te aseguro que no sé qué
hacer con ella. Al principio pensé olvidarla, como una más de esas
cartas de chiflados que recibimos todos. Luego pensé que puesto que la
carta llevaba el membrete de tu departamento, tú deberías saber algo
sobre ello. Claro que es posible que alguien esté utilizando a tu
personal como parte de un embaucamiento. Te adjunto la carta del doctor
Toomey para que la examines. Espero poder visitar algún día vuestra
parte del país...» Bien, el resto es personal. El
doctor Morton dobló la carta, se quitó las gafas, las colocó en un
estuche de piel, y se metió este en el bolsillo superior de su chaqueta.
Entrelazó los dedos y se inclinó hacia delante. —Bien
—dijo—, creo que no hay necesidad en que le lea su propia carta. ¿Se
trata de alguna broma? ¿Un engaño? —Doctor
Morton —dijo Roger lentamente—, estaba hablando en serio. No veo nada
malo en mi carta. La envié a unos cuantos físicos. Habla por sí misma.
He hecho observaciones de un caso de levitación, y deseaba información
acerca de posibles explicaciones teóricas a un tal fenómeno. —¡Levitación!
¿De veras? —Es
un caso auténtico, doctor Morton. —¿Lo
observó usted personalmente? —Por
supuesto. —¿Nada
de hilos ocultos? ¿Nada de espejos? Mire, Toomey, usted no es un experto
en estos fraudes. —Fue
una serie absolutamente científica de observaciones. No hay ninguna
posibilidad de fraude. —Hubiera
debido consultarme, Toomey, antes de enviar esas cartas. —Quizá
hubiera debido hacerlo, doctor Morton, pero francamente, pensé que podría
mostrarse usted... reacio. —Bien,
gracias. Hubiera debido esperar algo así. Y con el membrete del
departamento. Me siento realmente sorprendido, Toomey. Mire, su vida es
suya. Si desea usted creer en la levitación, adelante, pero hágalo
estrictamente en su tiempo libre. En bien del departamento y de la
universidad, debería resultarle obvio que este tipo de cosas no pueden
interferir con sus asuntos docentes. »De
hecho, observo que ha perdido usted algo de peso recientemente, ¿no es así,
Toomey? Sí, no tiene en absoluto buen aspecto. Si yo fuera usted, iría a
ver a un médico. Un especialista de los nervios, quizá. —¿No
cree que sería mejor un psiquiatra? —dijo Roger amargamente. —Bien,
eso es enteramente asunto suyo. En cualquier caso, un poco de descanso... El
teléfono había sonado, y la secretaria había atendido la llamada. Ahora
le había hecho una seña al doctor Morton, y éste tomó su extensión. —¿Sí...?
—dijo—. Ah, doctor Smithers, sí... Hummm... Sí... ¿Relativo a quién?...
Bueno, de hecho, está aquí conmigo precisamente ahora... Sí... Sí,
inmediatamente. Colgó
el teléfono, y miró pensativo a Roger. —El
decano desea vernos a los dos. —¿Acerca
de qué, señor? —No
lo ha dicho. —Se levantó y se dirigió hacia la puerta—. ¿Viene,
Toomey? —Sí,
señor. Roger
se puso en pie despacio, anclándose cuidadosamente con la puntera de sus
zapatos en la parte inferior del escritorio del doctor Morton mientras lo
hacía. El
decano Smithers era un hombre delgado con un largo rostro ascético. Su
dentadura postiza encajaba tan mal en su boca que hacía que al pronunciar
las sibilantes sonaran como un medio silbido. —Cierre
la puerta, señorita Bryce —dijo—, y no me pase ninguna llamada telefónica
hasta que la avise. Siéntense, caballeros. Se
los quedó mirando ominosamente, y añadió: —Creo
que será mejor que vaya directamente al asunto. No sé exactamente lo que
está haciendo el doctor Toomey, pero debe pararlo. El
doctor Morton se volvió hacia Roger, sorprendido. —¿Qué
ha estado usted haciendo? Roger
se alzó de hombros con desaliento. —Nada
que yo pueda evitar. Después
de todo, había subestimado las habladurías de los estudiantes. —Oh,
vamos, vamos. —El decano mostró impaciencia—. Estoy seguro que no
conozco lo suficiente de la historia como para juzgar, pero parece que es
usted el centro de todas las habladurías; habladurías que son
completamente impropias del espíritu y la dignidad de esta institución. —No
sé nada de todo eso —dijo el doctor Morton. El
decano frunció el ceño. —Entonces
parece usted más bien sordo. Me resulta sorprendente la forma en que el
cuerpo docente puede permanecer en la completa ignorancia de asuntos que
saturan por entero el cuerpo estudiantil. Nunca antes me había dado
cuenta de ello. Yo mismo lo oí por accidente; por un accidente muy
afortunado, de hecho, puesto que conseguí interceptar a un periodista que
llegó esta mañana buscando a alguien llamado «el doctor Toomey, el
profesor volante». —¿Qué?
—gritó el doctor Morton. Roger
escuchó con desaliento. —Eso
es lo que dijo el periodista. Cito sus propias palabras. Parece que uno de
nuestros estudiantes llamó a su periódico. Eché al periodista e hice
venir al estudiante a mi despacho. Según él, el doctor Toomey voló...,
y utilizo la palabra «voló» porque así fue como insistió el
estudiante en llamarlo..., bajando todo un tramo de escalones y volviendo
a subirlos luego. Afirmó que hubo docenas de testigos. —Solamente
los bajé —murmuró Roger. El
decano Smithers estaba ahora recorriendo arriba y abajo la alfombra de su
despacho. Parecía ser presa de una elocuencia febril. —Ahora
escuche, Toomey. No tengo nada contra las representaciones de aficionados.
Desde mi llegada a este puesto he luchado denodadamente contra la
pomposidad y la falsa dignidad. He animado el hermanamiento entre los
distintos cuerpos de la facultad, y jamás he puesto objeción a una
confraternización razonable con los estudiantes. Así que no puedo
objetar nada si desea usted ofrecerles un espectáculo a sus estudiantes,
en su propia casa. »Seguramente
se dará usted cuenta de lo que puede ocurrirle a la universidad si la
prensa irresponsable la toma con nosotros. ¿Debemos dejar que el delirio
hacia un profesor volante sustituya al delirio hacia los platillos
volantes? Si los periodistas entran en contacto con usted, doctor Toomey,
espero que niegue categóricamente todos los hechos que se le imputan. —Comprendo,
decano Smithers. —Confío
en que logremos salimos de este incidente sin daño apreciable. Debo
pedirle, con toda la firmeza que me confiere mi cargo, que nunca repita
su..., esto..., hazaña. Si vuelve a ocurrir, me veré obligado a
solicitar su dimisión. ¿Ha comprendido bien, doctor Toomey? —Sí
—dijo Roger. —En
ese caso, buenos días, caballeros. El
doctor Morton condujo a Roger de vuelta a su despacho. Esta vez, despidió
a su secretaria y cerró cuidadosamente la puerta tras él. —Por
todos los cielos, Toomey —murmuró—, ¿tiene esta locura alguna conexión
con su carta acerca de la levitación? Los
nervios de Roger estaban a punto de estallar. —¿No
resulta obvio? En esas cartas me refería a mí mismo. —¿Puede
usted volar? ¿Quiero decir, levitar? —Puede
utilizar la palabra que más le guste. —Nunca
he oído de tal... Maldita sea, Toomey, ¿le vio alguna vez levitar la señorita
Harroway? —En
una ocasión. Fue un accid... —Por
supuesto. Ahora todo resulta obvio. Estaba tan histérica que era difícil
entender lo que decía. Contó que usted saltó hacia ella. Sonaba como si
estuviera acusándole de..., de... —El doctor Morton parecía
azorado—. Bueno, yo no la creí. Era una buena secretaria, entiéndalo,
pero obviamente no una de esas destinadas a atraer la atención de un
hombre. Me sentí realmente aliviado cuando se fue. Pensé que la próxima
vez se presentaría con un revólver, o acusándome a mí... Usted...,
usted levitó, ¿no? —Sí. —¿Cómo
lo hace? Roger
agitó la cabeza. —Ese
es mi problema. No lo sé. El
doctor Morton se permitió una sonrisa. —¿Seguro
que no repele la ley de la gravedad? —Sí,
creo que es eso. Debe haber algo relacionado con la antigravedad mezclado
en el fenómeno, no sé cómo. La
indignación del doctor Morton ante el hecho que una broma como aquella
fuera tomada en serio era evidente. —Mire,
Toomey, eso no es algo que pueda tomarse a risa. —Tomarse
a risa. Santo cielo, doctor Morton, ¿tengo el aspecto de estarme riendo? —Bueno...,
necesita usted un descanso. Sin discusión. Un poco de descanso, y esa
tontería suya pasará. Estoy seguro de ello. —No
es ninguna tontería. —Roger agitó un momento la cabeza, luego dijo,
con tono tranquilo—: Le diré una cosa, doctor Morton, ¿le gustaría
colaborar conmigo en esto? En cierto sentido, es algo que puede abrir
nuevos horizontes en las ciencias físicas. No sé como funciona;
simplemente no puedo concebir ninguna solución. Los dos, juntos... La
expresión de horror del doctor Morton era a aquellas alturas
inconfundible. —Sé
que suena extraño —insistió Roger—. Pero se lo demostraré. Es algo
completamente auténtico. Querría que no lo fuese. —Oh,
vamos. —El doctor Morton saltó de su silla—. No se canse. Necesita
usted urgentemente un descanso. No creo que deba aguardar hasta junio. Márchese
a casa ahora mismo. Veré que se le siga abonando su sueldo, y yo mismo me
encargaré de sus clases. Solía hacerlo antes, ya sabe. —Doctor
Morton, esto es importante. —Lo
sé, lo sé. —El doctor Morton le dio una palmada en el hombro—. De
todos modos, muchacho, tiene usted muy mal aspecto. Hablando francamente,
tiene usted un aspecto infernal. Necesita un largo descanso. —Puedo
levitar. —La voz de Roger estaba subiendo nuevamente de volumen—.
Usted intenta librarse de mí porque no me cree. ¿Piensa que estoy
mintiendo? ¿Cuáles podrían ser mis motivos? —Se
está excitando innecesariamente, muchacho. Déjeme llamar por teléfono.
Haré que alguien le lleve a casa. —Le
digo que puedo levitar —gritó Roger. El
doctor Morton se puso rojo. —Mire,
Toomey, no sigamos discutiendo eso. No me importaría aunque se echase a
volar por los aires en este mismo momento. —¿Quiere
decir que ver no significa creer, en lo que a usted respecta? —¿En
la levitación? Por supuesto que no. —El jefe del departamento estaba
casi vociferando—. Si le viera a usted volar, iría a ver a un
optometrista o a un psiquiatra. Antes creeré que estoy loco que el que
las leyes de la física... Se
interrumpió, y carraspeó fuertemente. —Bien,
como ya he dicho, no discutamos sobre eso. Voy a llamar por teléfono. —No
es necesario, señor. No es necesario —dijo Roger—. De acuerdo. Me
tomaré un descanso. Adiós. Salió
rápidamente, caminando con más brío que nunca lo había hecho en los últimos
días. El doctor Morton, de pie, las manos apoyadas planas sobre su
escritorio, se quedó contemplando con alivio la espalda de Toomey
mientras se alejaba. James
Sarle, el médico, se hallaba en la sala de estar cuando Roger llegó a
casa. En el momento en que este cruzó la puerta, el médico estaba
encendiendo su pipa con una mano de recios nudillos rodeando la cazoleta.
Sacudió el fósforo para apagarlo, y su rubicundo rostro se frunció en
una sonrisa. —Hola,
Roger. ¿Dimitiendo de la raza humana? No he sabido nada de ti desde hace
más de un mes. Sus
negras cejas se juntaron sobre el puente de la nariz, dándole una
apariencia más bien condescendiente, que de alguna forma le ayudaba a
establecer una atmósfera adecuada con sus pacientes. Roger
se volvió hacia Jane, que permanecía hundida en un sillón. Como de
costumbre últimamente, su rostro mostraba una expresión de lánguido
agotamiento. —¿Por
qué lo has traído aquí? —le dijo Roger. —¡Alto!
Alto, hombre —dijo Sarle—. Nadie me ha traído. Esta mañana encontré
a Jane en el centro, y me invité. Soy más grande y fuerte que ella; no
pudo impedirlo. —Se
encontraron por simple coincidencia, supongo. ¿Das hora también para tus
coincidencias? Sarle
se echó a reír. —Digámoslo
de esta otra forma: ella me habló un poco de lo que ha estado pasando aquí. —Siento
que no estés de acuerdo, Roger —dijo Jane débilmente—, pero ha sido
la primera oportunidad que he tenido de hablar con alguien que pueda
comprender. —¿Qué
te hace pensar que él pueda comprender? Dime, Jim, ¿crees su historia? —No
es una cosa fácil de creer —dijo Sarle—. Lo admito. Pero lo estoy
intentando. —Está
bien, supón que vuelo. Supón que me pongo a levitar ahora mismo. ¿Qué
harías? —Supongo
que desmayarme. Quizá exclamara: «¡Santo Dios!». Quizá me echara a reír
a carcajadas. ¿Por qué no lo probamos, y vemos lo que pasa? Roger
se lo quedó mirando fijamente. —¿De
veras deseas verlo? —¿Por
qué no iba a desearlo? —Aquellos
que lo han visto hasta ahora se han puesto a gritar, han echado a correr o
se han quedado helados de horror. ¿Podrás soportarlo, Jim? —Yo
creo que sí. —De
acuerdo. Roger
se deslizó medio metro hacia arriba, y ejecutó diez veces un lento entrechat.
Se quedó en el aire, las puntas de los pies apuntando hacia abajo, las
piernas juntas, los brazos graciosamente extendidos en una amarga parodia
de saludo. —Mejor
que Nijinski, ¿eh, Jim? —preguntó. Sarle
no hizo ninguna de las cosas que había sugerido que podía hacer. Excepto
agarrar su pipa como si estuviera a punto de caérsele, no hizo
absolutamente nada. Jane
había cerrado los ojos. Las lágrimas asomaban quietamente por entre sus
párpados. —Baja,
Roger —dijo Sarle. Roger
bajó. Tomó asiento y dijo: —Escribí
a una serie de físicos, hombres de gran reputación. Les expliqué la
situación de una forma impersonal. Dije que pensaba que todo esto debería
ser investigado. La mayor parte de ellos me ignoraron. Uno escribió al
viejo Morton para preguntarle si yo era un farsante o estaba loco. —Oh, Roger —murmuró Jane. —¿Tú
crees que se trata de algo malo? El decano me llamó hoy a su despacho. Me
dijo que tenía que dejar de hacer esos juegos de salón. Parece que me caí
por la escalera y automáticamente levité hasta abajo. Morton dice que no
creerá que puedo volar ni siquiera aunque me vea en plena acción. En
este caso ver no significa creer, dice, y en consecuencia me ordena que me
tome un descanso. No pienso volver allí. —Roger
—dijo Jane, abriendo mucho los ojos—. ¿Estás hablando en serio? —No
puedo volver. Me dan asco, todos ellos. ¡Científicos! —Pero,
¿qué vas a hacer? —No
lo sé. —Roger hundió la cabeza entre las manos. Con voz ahogada,
dijo—: Dímelo tú, Jim. Tú eres el psiquiatra. ¿Por qué no me creen? —Quizá
se trate de un asunto de autoprotección, Roger —dijo Sarle
lentamente—. A la gente no le gustan las cosas que no puede comprender.
Incluso hace algunos siglos, cuando muchas personas creían en la
existencia de habilidades extranaturales, como volar sobre palos de
escoba, por ejemplo, casi siempre se suponía que esos poderes eran
originados por las fuerzas del mal. »La
gente aún sigue creyendo eso. Puede que no haya muchos que crean todavía
literalmente en el diablo, pero la creencia generalizada en que todo lo
extraño es malo subsiste. Lucharán contra la idea de creer en la
levitación..., o se asustarán mortalmente si se ven obligados a tragar
el hecho. Esa es la verdad, así que enfréntate a ella. Roger
meneó la cabeza. —Tú
estás hablando de gente, y yo hablo de científicos. —Los
científicos también son gente. —Ya
sabes lo que quiero decir. Tengo aquí un fenómeno. No es brujería. No
he hecho ningún trato con el diablo. Jim, tiene que existir una explicación
natural. No sabemos todo lo que hay que saber sobre gravitación.
Realmente, apenas sabemos nada. ¿No crees que es concebible que exista
algún método biológico de anular la gravedad? Quizá yo sea una mutación
de algún tipo. Quizá posea un..., bueno, llamémosle un músculo..., que
puede anular la gravedad. Al menos puede anular el efecto de la gravedad
en mí mismo. Bien, investiguemos eso. ¿Por qué quedarnos sentados con
las manos cruzadas? Si conseguimos dominar la antigravedad, imagina lo que
eso representará para la raza humana. —Espera
un momento, Roger —dijo Sarle—. Piensa un poco en el asunto. ¿Por qué
te sientes tan infeliz al respecto? Según Jane, estabas casi loco de
miedo el primer día que te ocurrió, antes que tuvieras ninguna forma de
saber que la ciencia iba a ignorarte y que tus superiores iban a mostrarse
tan poco cooperativos. —Eso
es cierto —murmuró Jane. —¿Por
qué te ocurrió eso? —continuó Sarle—. Lo que tenías entre las
manos era un nuevo, grande y maravilloso poder; una repentina liberación
del horrible empuje de la gravedad. —Oh,
no digas tonterías —murmuró Roger—. Fue... horrible. No podía
comprenderlo. Y sigo sin poder. —Exacto,
muchacho. Era algo que no podías comprender y, en consecuencia, algo
horrible. Eres un físico. Sabes qué es lo que hace funcionar al
Universo. O si no lo sabes, sabes que hay otros que sí lo saben. Aunque
nadie comprenda un determinado punto, sabes que algún día alguien lo
comprenderá. La palabra clave es comprender. Forma parte de tu
vida. Ahora te encuentras frente a frente con un fenómeno que consideras
que viola una de las leyes básicas del Universo. Los científicos dicen:
dos masas se atraen mutuamente según una regla matemática
preestablecida. Es una propiedad inalienable de la materia y del espacio.
No hay excepciones. Y ahora tú eres una excepción. —¿Y
cómo? —acotó Roger sombríamente. —¿No
lo entiendes, Roger? —prosiguió Sarle—. Por primera vez en la
historia, la Humanidad posee realmente lo que considera leyes
inquebrantables. Repito, inquebrantables. En las culturas primitivas, un
hechicero podía utilizar un encantamiento para producir lluvia. Si no
funcionaba, eso no trastornaba la validez de la magia. Simplemente
significaba que el chamán había olvidado alguna parte del encantamiento,
o había roto un tabú, o había ofendido a un dios. En las modernas
culturas teocráticas, los mandamientos de la deidad son inquebrantables.
Sin embargo, si un hombre quebranta los mandamientos y pese a ello
prospera, eso no significa que esa religión en particular no sea válida.
Los caminos de la providencia son admitidos como misteriosos, y todo el
mundo sabe que en algún lugar le aguarda al culpable un invisible
castigo. »Hoy,
sin embargo, existen leyes que realmente no pueden ser quebrantadas, y una
de ellas es la ley de la gravedad. Funciona incluso cuando el hombre que
la invoca ha olvidado murmurar lo de esto más eso más eso otro igual a
aquello de más allá al cuadrado. Roger
consiguió esbozar una torcida sonrisa. —Estás
completamente equivocado, Jim. Las leyes inquebrantables han sido
quebrantadas constantemente, una y otra vez. La radiactividad era algo
imposible cuando fue descubierta. La energía surgió de la nada;
cantidades increíbles de ella. Era algo tan ridículo como la levitación. —La
radiactividad era un fenómeno objetivo que podía ser transmitido y
reproducido. El uranio velaba la película fotográfica para todo el
mundo. Un tubo de Crookes podía ser construido por cualquiera y producía
un flujo de electrones de idénticas características para todo el mundo.
Tú... —Yo
he intentado transmitir... —Lo
sé. Pero, ¿puedes decirme, por ejemplo, cómo puedo yo levitar? —Por
supuesto que no. —Eso
limita a los demás únicamente a la observación, sin reproducción
experimental. Y sitúa tu levitación en el mismo plano que la evolución
estelar, algo acerca de lo cual se puede teorizar, pero con lo que nunca
se podrá experimentar. —Sin
embargo, hay científicos dispuestos a dedicar sus vidas a la astrofísica. —Los
científicos son gente. No pueden alcanzar las estrellas, así que se
aproximan lo más que pueden. Pero sí pueden alcanzarte a ti, y ser
incapaces de tocar tu levitación es algo que los pondrá furiosos. —Jim,
ni siquiera lo han intentado. Hablas como si yo hubiera sido estudiado,
pero lo cierto es que ni siquiera han tomado en consideración el
problema. —No
tienen por qué hacerlo. Tu levitación forma parte de un tipo de fenómenos
que nunca son tomados en consideración. La telepatía, la clarividencia,
la presciencia, y un millar de otros poderes extranaturales, nunca han
sido investigados con seriedad, ni siquiera cuando han sido descritos con
todas las apariencias de credibilidad. Los experimentos de Rhine sobre la
percepción extrasensorial han irritado a un número mayor de científicos
que los que puedan haberse sentido intrigados. Así que entiéndelo, no
necesitan estudiarte para saber que no desean estudiarte. Lo saben por
anticipado. —¿Y
eso te parece divertido, Jim? Científicos negándose a investigar hechos;
dándole la espalda a la verdad. Y tú te limitas a quedarte ahí sentado,
sonriente y haciendo alegres afirmaciones. —No,
Roger, sé que todo esto es serio. Y no pretendo justificar a la
Humanidad, de veras. Estoy ofreciéndote mis pensamientos, una opinión.
¿Acaso no te das cuenta? Lo que intento en realidad es ver las cosas tal
como son. Eso es lo que tendrías que hacer tú. Olvida tus ideales, tus
teorías acerca de cómo debería actuar la gente. Considera lo que está
haciendo. En el momento en que una persona es orientada a enfrentarse a
los hechos antes que a las ilusiones, los problemas tienden a desaparecer.
Al final, caen en su auténtica perspectiva y se vuelven resolubles. Roger
se agitó inquieto. —¡Chácharas
psiquiátricas! Eso es como poner los dedos en las sienes de un hombre y
decir: «¡Ten fe y estarás curado!». Si el pobre tipo no resulta
curado, es simplemente porque no ha sabido acumular la suficiente fe. El
hechicero nunca pierde. —Quizá
tengas razón, pero déjame ver, ¿cuál es tu problema? —Nada
de catecismo, por favor. Sabes muy bien cuál es mi problema. —Levitas.
¿Es eso? —Digamos
que sí. La situación es esa, en una primera aproximación. —No
eres serio, Roger, pero probablemente tengas razón. Eso es tan sólo una
primera aproximación. Después de todo, eres tú quien se está
enfrentando al problema. Jane me ha dicho que has estado experimentando. —¡Experimentando!
Buen Dios, Jim, no estoy experimentando. Estoy dando palos de ciego. Para
experimentar necesito cerebros de primera clase y un buen equipo. Necesito
un equipo de investigación, y no lo tengo. —Entonces,
¿cuál es tu problema? Segunda aproximación. —Ya
entiendo lo que pretendes —dijo Roger—. Mi problema es conseguir un
equipo investigador. ¡Pero lo he intentado! Lo he intentado hasta que me
he cansado de intentarlo. —¿Cómo
lo has intentado? —He
enviado cartas. He pedido... Oh, ya basta, Jim. No me apetece pasar por
esa rutina del «tiéndete en el diván». Sabes muy bien lo que he estado
haciendo. —Sé
lo que le has dicho a la gente: «Tengo un problema, ayúdenme». ¿Has
intentado alguna otra cosa? —Mira,
Jim, estoy tratando con científicos adultos. —Lo
sé. Así que razonas que una petición directa es suficiente. De nuevo
nos hallamos con las teorías ante los hechos. Te he explicado ya las
dificultades inherentes a tu petición. Cuando agitas el pulgar en una
carretera estás haciendo una petición directa, pero de todos modos la
mayor parte de los coches pasan de largo. El asunto es que la petición
directa ha fracasado. Así que, ¿cuál es tu problema? ¡Tercera
aproximación! —¿Encontrar
otro enfoque al asunto que no falle? ¿Es eso lo que quieres decirme? —Eres
tú quien lo ha dicho, ¿no? —Es
algo que ya sé sin necesidad que tú me lo digas. —¿De
veras? Estás dispuesto a abandonar la universidad, dejar tu trabajo,
renunciar a la ciencia. ¿Cuál es tu consistencia, Roger? ¿Abandonar un
problema cuando tus primeros esfuerzos fallan? ¿Rendirte cuando una teoría
se muestra inadecuada en un primer momento? La misma filosofía de la
ciencia experimental que se aplica a los objetos inanimados puede
aplicarse también a la gente. —De
acuerdo. ¿Qué sugieres que intente? ¿Soborno? ¿Amenazas? ¿Lágrimas? James
Sarle se puso en pie. —¿De
veras deseas una sugerencia? —Sí,
adelante. —Haz
lo que te dijo el doctor Morton. Tómate unas vacaciones, y al diablo con
la levitación. Es un problema para el futuro. Duerme en la cama, y flota
o no flotes; ¿cuál es la diferencia? Ignora la levitación, ríete de
ella, o incluso disfruta con ella. Haz lo que quieras menos preocuparte
por ella, porque no es problema tuyo. Ahí está el quid de la cuestión.
No es tu problema inmediato. Dedica tu tiempo a considerar cómo hacer que
los científicos estudien algo que no desean estudiar. Ese es el problema
inmediato, y precisamente a ese problema es al que no le has dedicado nada
de tu tiempo hasta ahora. Sarle
se dirigió al armario del vestíbulo y tomó su abrigo. Roger lo acompañó.
Transcurrieron unos minutos de silencio. Luego,
Roger dijo sin alzar la vista: —Quizá
tengas razón, Jim. —Quizá
la tenga. Inténtalo, y luego llámame. Adiós, Roger. |
||||||||
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Roger
Toomey abrió los ojos y parpadeó al brillante sol matutino que entraba
en el dormitorio. Llamó: —¡Jane!
¿Dónde estás? —En
la cocina —respondió la voz de Jane—. ¿Dónde creías? —Ven,
¿quieres? Jane
acudió. —El
tocino no se fríe solo, ya lo sabes —protestó. —Escucha,
¿he flotado esta noche? —No
lo sé. Dormía. —Eres
una gran ayuda. —Se levantó de la cama y metió los pies en las
zapatillas—. Sea como fuere, creo que no lo he hecho. —¿Crees
haber olvidado cómo hacerlo? Había
una repentina esperanza en su voz. —No
lo he olvidado. ¡Mira! —Se deslizó hasta el comedor sobre un cojín de
aire—. Sólo que tengo la sensación de no haber flotado. Creo que llevo
ya tres noches así. —Bien,
eso es estupendo —dijo Jane. Había vuelto a la cocina—. Eso es lo que
ha conseguido un mes de descanso. Si hubiera llamado a Jim desde un
principio... —Oh,
por favor, no volvamos con eso. Un mes de descanso, tonterías. Se trata
simplemente de lo que el domingo pasado decidí que tenía que hacer.
Desde entonces estoy relajado. Eso es todo. —¿Qué
es lo que vas a hacer? —Cada
primavera, el Northwestern Tech da una serie de seminarios sobre temas de
física. Asistiré a ellos. —Quieres
decir que vas a ir a Seattle. —Por
supuesto. —¿De
qué temas van a tratar? —¿Y
eso qué importa? Simplemente deseo ver a Linus Deering. —Pero
ese es uno de los que te llamaron loco, ¿no? —Lo
hizo. —Roger atacó sus huevos revueltos—. Pero también es el mejor
en su campo. Alargó
un brazo hacia la sal, y se alzó unos centímetros de la silla al
hacerlo. No hizo ningún caso. —Creo
que quizá pueda convencerle —dijo. Los
seminarios de primavera del Northwestern Tech se habían convertido en una
institución conocida a nivel nacional desde que Linus Deering pasara a
formar parte de la facultad. Era el presidente, y proporcionaba a todos
los actos su tono distintivo. Él presentaba a los oradores, conducía los
coloquios, hacía los resúmenes de las sesiones de la mañana y de la
tarde, y era el alma de la jovialidad en la cena de clausura al final de
la semana de trabajo. Roger
Toomey sabía todo eso por informes de terceros. Ahora podía observar
directamente la forma de actuar del profesor Deering. Este era un hombre
de algo menos que mediana estatura, tez oscura, y una lujuriante y
característica mata de ondulado cabello castaño. Cuando no se hallaba
ocupada en activa conversación, su boca grande y de labios finos exhibía
perpetuamente el asomo de una traviesa sonrisa. Hablaba rápidamente y con
fluidez, sin apoyarse en notas, y siempre parecía efectuar sus
comentarios desde un nivel de superioridad que era aceptado de modo automático
por sus oyentes. Al
menos, así habían sido las cosas en la primera mañana del seminario.
Fue tan sólo durante la sesión de la tarde cuando sus oyentes empezaron
a observar cierta vacilación en sus comentarios. Más aún, había cierta
intranquilidad en él mientras se sentaba en el estrado durante la entrega
de las notas previstas a los asistentes. Ocasionalmente, miraba de forma
furtiva hacia la parte de atrás del auditorio. Roger
Toomey, sentado en la última fila, observaba tensamente todo aquello. Su
temporal deslizamiento hacia la normalidad, que había empezado cuando
pensó por primera vez que había una forma de salirse de todo aquello,
estaba cediendo. En
el pullman hasta Seattle, no había dormido. Había tenido visiones
de sí mismo flotando hacia arriba al ritmo del traqueteo de las ruedas, o
deslizándose suavemente más allá de las cortinas y por el pasillo, o
siendo despertado de modo embarazoso por los gritos y protestas de un
revisor. De modo que había asegurado las cortinas con imperdibles, pero
no había logrado nada con ello; no había conseguido ninguna sensación
de seguridad; no había dormido excepto unas cuantas cabezadas. Durante
el día se había adormecido varias veces en su asiento, mientras las
montañas pasaban rápidamente al otro lado de la ventanilla, y había
llegado a Seattle por la tarde con tortícolis, dolor en las
articulaciones, y una sensación general de desesperanza. Había
tomado su decisión de acudir al seminario demasiado tarde como para
conseguir una habitación individual en los dormitorios del instituto.
Compartir una habitación era, por supuesto, algo totalmente no viable. Se
registró en un hotel del centro de la ciudad, cerró la puerta con llave,
cerró y aseguró todas las ventanas, colocó su cama contra la pared y la
cómoda contra la parte de la cama que quedaba abierta, y luego durmió. No
recordó haber soñado, y cuando despertó por la mañana seguía tendido
entre las sábanas. Se sintió aliviado. Cuando
llegó, temprano, al Auditorio de Física del campus del instituto,
encontró, como esperaba, un amplio salón y poca gente. Las sesiones del
seminario se celebraban tradicionalmente una vez iniciadas las vacaciones
de Pascua, y los estudiantes no solían asistir a ellas. Unos cincuenta físicos
se sentaban en un auditorio diseñado para albergar a cuatrocientos, apiñados
a los dos lados del pasillo central junto al podio. Roger
se sentó en la última fila, donde no podía ser visto por ningún transeúnte
ocasional que mirara por las altas y estrechas ventanas centrales de las
puertas del auditorio, y donde los demás asistentes deberían girar la
cabeza en un ángulo de casi ciento ochenta grados para mirarle. Excepto,
por supuesto, el conferenciante en la plataforma..., y el profesor Deering. Roger
no prestó mucha atención al desarrollo de las sesiones. Se concentró
enteramente en aprovechar los momentos en que Deering se hallaba solo en
la plataforma; cuando solamente Deering podía verle. A
medida que Deering iba mostrándose obviamente más nervioso, Roger iba
siendo más atrevido. Durante el resumen final de la tarde, efectuó su
mejor demostración. El
profesor Deering se detuvo bruscamente en mitad de una frase pobremente
construida y absolutamente carente de significado. Su audiencia, que
llevaba cierto tiempo agitándose en sus asientos, se inmovilizó también,
y lo miró interrogativamente. Deering
alzó la mano y dijo, casi jadeando: —¡Usted!
¡Eh, usted! Roger
Toomey permanecía sentado con una expresión de completo relajamiento...,
en el centro mismo del pasillo. La única silla que tenía debajo estaba
compuesta por setenta centímetros de vacío aire. Sus piernas estaban
tendidas hacia delante, apoyadas en el respaldo de otro asiento, también
de aire. Cuando
Deering señaló, Roger se deslizó rápidamente hacia un lado. En el
momento en que cincuenta cabezas se volvieron hacia él, estaba sentado
tranquilamente en una prosaica silla de madera. Roger
miró a uno y otro lado, luego clavó los ojos en Deering, que seguía señalándole
con el dedo, y se levantó. —¿Me
habla usted a mí, profesor Deering? —preguntó, con apenas un ligero
temblor en la voz, el cual testimoniaba la salvaje batalla que se
desarrollaba en su interior a fin de mantener su tono frío y sorprendido. —¿Qué
es lo que está haciendo? —preguntó Deering, sintiendo que estallaba
toda su tensión de la mañana. Algunos
de los oyentes se estaban poniendo en pie para ver mejor. Una conmoción
inesperada es algo que aprecian tanto un conjunto de físicos
investigadores como una multitud en un juego de béisbol. —No
estoy haciendo nada —contestó Roger—. No le comprendo. —¡Márchese
de aquí! ¡Abandone esta sala! Deering
estaba fuera de sí a causa de sus emociones entremezcladas, o de otro
modo quizá no hubiera dicho aquello. En cualquier caso, Roger suspiró y
aprovechó agradecido la oportunidad. Con
voz fuerte y clara, esforzándose para ser oído por encima del clamor que
iba ascendiendo, dijo: —Soy
el profesor Roger Toomey, de la universidad de Carson. Soy miembro de la
Asociación Norteamericana de Física. Envié mi solicitud para asistir a
estas sesiones, la solicitud fue aceptada, y he pagado mi cuota de
inscripción. Tengo derecho a estar sentado aquí, y aquí seguiré
sentado. Deering
sólo consiguió decir ciegamente: —¡Márchese! —No
pienso hacerlo —dijo Roger. Estaba temblando con una auténtica rabia
artificialmente autoimpuesta—. ¿Por qué razón debo marcharme? ¿Qué
es lo que he hecho? Deering
se pasó una temblorosa mano por el pelo. Fue absolutamente incapaz de
responder. Roger
aprovechó su ventaja. —Si
intenta usted expulsarme de estas sesiones sin una causa justificada,
puede estar seguro que presentaré una demanda al instituto. Precipitadamente,
Deering dijo: —Doy
por clausurada la sesión del primer día del Seminario de Primavera sobre
los Recientes Avances de las Ciencias Físicas. Nuestra próxima sesión
tendrá lugar en esta sala mañana a las nueve de la... Roger
abandonó apresuradamente la sala mientras el hombre aún seguía
hablando. Aquella
noche hubo una llamada en la puerta de la habitación de Roger en el
hotel. Le sorprendió, inmovilizándole en su silla. —¿Quién
es? —preguntó. La
respuesta le llegó en voz baja y ansiosa. —¿Puedo
verle? Era
la voz de Deering. El hotel de Roger, así como el número de su habitación,
estaban por supuesto registrados en la secretaría del seminario. Aunque
sin esperarlo demasiado, Roger había confiado en que los acontecimientos
de aquel día tendrían una inmediata consecuencia. Abrió
la puerta y dijo, rígidamente: —Buenas
noches, profesor Deering. Deering
entró en la habitación y miró a su alrededor. Llevaba un ligero gabán,
que no hizo ningún ademán de quitarse. Mantenía el sombrero sujeto en
la mano, y Roger no hizo ningún gesto para que lo dejara en alguna parte. —Profesor
Roger Toomey, de la universidad de Carson, ¿no es así? —dijo Deering
con cierto énfasis, como si el nombre tuviera significado para él. —Sí.
Siéntese, profesor. Deering
siguió de pie. —Bien,
¿de qué se trata? —empezó—. ¿Qué es lo que persigue usted? —No
le comprendo. —Estoy
seguro que sí. No ha preparado usted toda esta ridícula bufonada para
nada. ¿Está intentando ridiculizarme, o espera mi colaboración para algún
ridículo fraude? Quiero que sepa que no va a conseguir nada. Y no intente
utilizar la fuerza aprovechando mi estancia aquí. Tengo amigos que saben
exactamente dónde estoy en este momento. Le aconsejo que diga la verdad y
luego abandone inmediatamente la ciudad. —¡Profesor
Deering! Esta es mi habitación. Si ha venido aquí para intimidarme, le
pido que se marche ahora mismo. Si no lo hace, llamaré para que lo echen. —¿Pretende
usted continuar esta..., esta persecución? —Nunca
le he perseguido, en ningún momento. Ni siquiera le conozco, señor. —¿No
es usted el Roger Toomey que me escribió una carta relativa a un caso de
levitación que deseaba que yo investigara? Roger
se quedó mirando al hombre. —¿De
qué carta habla? —Entonces,
¿lo niega? —Por
supuesto que lo niego. ¿De qué está usted hablando? ¿Tiene acaso esa
carta? El
profesor Deering apretó fuertemente los labios. —Eso
no importa. ¿Niega usted que permanecía suspendido por hilos en medio
del pasillo en la sesión de esta tarde? —¿Suspendido
por hilos? No le comprendo en absoluto. —¡Estaba
usted levitando! —¿Tendrá
la bondad de marcharse de aquí, profesor Deering? Creo que no se
encuentra usted bien. El
físico alzó la voz. —¿Niega
que estaba levitando? —Creo
que está usted loco. ¿Intenta decir que hice arreglos mágicos en su
auditorio? Nunca había estado en él antes de hoy, y cuando llegué usted
ya estaba presente. ¿Encontró hilos o alguna otra cosa parecida después
que yo me fuera? —No
sé cómo lo hizo, ni me importa. Pero, ¿niega acaso que estaba
levitando? —Por
supuesto que lo niego. —Yo
lo vi. ¿Por qué miente ahora? —¿Me
vio usted levitar? Profesor Deering, ¿quiere decirme cómo es posible
eso? Supongo que su conocimiento de las fuerzas gravitatorias es lo
bastante amplio como para decirle que la auténtica levitación es un
concepto que carece de sentido excepto en el espacio exterior. ¿Pretende
gastarme una broma? —Cielos
—dijo Deering con voz estridente—, ¿por qué no reconoce usted la
verdad? —Pero
si lo estoy haciendo... ¿Supone acaso que adelantando una mano y haciendo
un pase místico..., así..., puedo salir volando por los aires? Y
eso fue precisamente lo que hizo, su cabeza rozando el techo. La
cabeza de Deering saltó hacia atrás, mirando hacia arriba. —¡Ah!
Eso..., eso... Roger
regresó al suelo, sonriendo. —No
puede usted estar hablando en serio —dijo. —Lo
ha hecho de nuevo. Sí, lo ha hecho. —¿He
hecho el qué, señor? —Levitar.
Simplemente, ha levitado. No puede usted negarlo. Los
ojos de Roger se pusieron serios. —Creo
que está usted enfermo, señor. —Sé
lo que he visto. —Quizá
necesite usted un descanso. Ya sabe, el exceso de trabajo... —Eso
no ha sido una alucinación. —¿Quiere
que le prepare algo de beber? Roger
se dirigió hacia su maleta, mientras Deering le seguía los pasos con
ojos desorbitados. Los tacones de sus zapatos flotaban en el aire a cinco
centímetros del suelo. Deering
se dejó caer en el sillón que Roger había dejado. —Sí,
por favor —dijo débilmente. Roger
le trajo la botella de whisky, observó al otro beber, luego siguió
apretando: —¿Cómo
se siente ahora? —Oiga
—dijo Deering—, ¿ha descubierto usted alguna forma de neutralizar la
gravedad? Roger
se lo quedó mirando. —Piense
un poco, profesor. Si yo tuviera el secreto de la antigravedad, no lo
utilizaría para gastarle bromas a usted. En estos momentos estaría en
Washington. Me habría convertido en un secreto militar. Sería... ¡Bien,
no estaría aquí! Seguro que todo eso le resulta obvio. Deering
saltó en pie. —¿Tiene
usted intención de asistir a las sesiones que faltan? —Por
supuesto. Deering
asintió, se encasquetó con un manotazo el sombrero sobre la cabeza, y
salió a toda prisa. Durante
los siguientes tres días, el profesor Deering no presidió las sesiones
del seminario. No fue dada la menor razón de su ausencia. Roger Toomey,
atrapado entre la esperanza y la aprensión, se sentó junto a los demás
asistentes e intentó no hacerse notar. No tuvo éxito por completo. El
ataque público de Deering había hecho que la gente reparara en él,
mientras que su propia y vehemente defensa le había proporcionado una
especie de popularidad de David contra Goliat. Roger
regresó a su habitación del hotel el jueves por la noche después de una
cena no demasiado satisfactoria, y permaneció de pie en el umbral, con
una pierna dentro de la habitación. El profesor Deering le estaba mirando
fijamente desde el interior. Y otro hombre, con un sombrero de fieltro
gris echado hacia atrás sobre su cabeza, estaba sentado en la cama de
Roger. Fue
el desconocido quien habló. —Entre,
Toomey. Roger
entró. —¿Qué
ocurre? El
desconocido abrió su billetero y presentó un documento plastificado a
Roger. —Soy
Cannon, del FBI —dijo. —Tiene
usted influencia con el Gobierno, profesor Deering, lo reconozco —dijo
Roger. —Un
poco —admitió Deering. —Bien,
¿estoy arrestado? —preguntó Roger—. ¿Cuál es mi crimen? —Tómeselo
con calma —dijo Cannon—. Hemos estado recopilando algunos datos acerca
de usted, Toomey. ¿Es esta su firma? Mostró
una carta, desde la distancia suficiente para que Roger pudiera verla,
pero no tomarla. Era la carta que Roger le había escrito a Deering y que
este había enviado a Morton. —Sí
—dijo Roger. —¿Y
esta otra? El
agente federal tenía todo un fajo de cartas. Roger
se dio cuenta que Cannon debía haber recogido todas las cartas que él
había enviado, menos aquellas que habían sido rotas por sus
destinatarios. —Todas
son mías —dijo débilmente. Deering
resopló. —El
profesor Deering nos ha dicho que puede usted flotar —dijo Cannon. —¿Flotar?
¿Qué demonios quiere decir con eso? —Flotar
en el aire —dijo Cannon estólidamente. —¿Cree
usted en todas las locuras de ese tipo que le cuentan? —No
estoy aquí para creer o no creer, doctor Toomey —dijo Cannon—. Soy un
agente del Gobierno de los Estados Unidos, y tengo una misión que
cumplir. Si yo fuera usted, cooperaría. —¿Cómo
puedo cooperar en algo así? Si yo acudiera a usted diciéndole que el
profesor Deering podía flotar en el aire, me tendría usted tendido en el
sillón de un psiquiatra en un abrir y cerrar de ojos. —El
profesor Deering ha sido examinado por un psiquiatra a petición propia
—dijo Cannon—. De todos modos, el Gobierno tiene la costumbre de
escuchar muy seriamente al profesor desde hace un cierto número de años.
Además, puedo decirle que disponemos también de pruebas adicionales. —¿Como
cuáles? —Un
grupo de estudiantes de su universidad lo vieron a usted flotar. Y también
una mujer que había sido la secretaria del jefe de su departamento.
Tenemos testimonios de todos ellos. —¿Qué
clase de testimonios? ¿Testimonios que puedan ustedes presentar como
pruebas fehacientes y mostrar a mi representante en el Congreso? —Doctor
Toomey —interrumpió ansiosamente el profesor Deering—, ¿qué gana
usted negando el hecho que puede levitar? Su propio decano admite que ha
hecho usted algo parecido. Me dijo que le informará oficialmente que su
contrato con la universidad será cancelado al final del año académico.
El hombre no haría eso por nada. —Eso
no importa —dijo Roger. —Pero,
¿por qué no admite que yo le vi levitar? —¿Y
por qué debería hacerlo? —Me
gustaría indicarle, doctor Toomey —dijo Cannon—, que si posee usted
un artilugio que contrarresta la gravedad, sería de gran importancia para
nuestro Gobierno. —¿De
veras? Supongo que habrán investigado ustedes mis antecedentes en busca
de alguna posible deslealtad. —La
investigación se halla en curso —confirmó el agente. —Muy
bien —dijo Roger—. Planteemos un caso hipotético. Supongamos que
admito que puedo levitar. Supongamos que no sé cómo lo consigo.
Supongamos que no tengo nada que entregarle al Gobierno, excepto mi cuerpo
y un problema insoluble. —¿Cómo
puede saber que es insoluble? —dijo Deering ansiosamente. —En
una ocasión le pedí que estudiara ese fenómeno —observó Roger
suavemente—. Usted se negó. —Olvide
eso. Mire. —Deering hablaba rápidamente, con urgencia—. Usted no
tiene ninguna posición en este momento. Yo puedo ofrecerle una en mi
departamento como profesor adjunto de física. Sus deberes como profesor
serán únicamente nominales. Dedicará todo su tiempo a la levitación.
¿Qué le parece? —Suena
atractivo —dijo Roger. —Creo
que puedo decirle que dispondrá de fondos ilimitados por parte del
Gobierno. —¿Y
qué es lo que tengo que hacer? ¿Simplemente admitir que puedo levitar? —Sé
que puede hacerlo. Yo lo vi. Deseo que se lo muestre ahora al señor
Cannon. Las
piernas de Roger se alzaron, y tensó el cuerpo hasta adoptar una posición
horizontal al nivel de la cabeza de Cannon. Se volvió hacia un lado, y
pareció descansar en el aire sobre su codo derecho. El
sombrero de Cannon cayó desmayadamente sobre la cama. —Flota
—jadeó el agente. Deering
se mostraba casi incoherente por la excitación. —¿Lo
ve? —Por
supuesto que lo veo. —Entonces
informe de ello. Póngalo tal cual en su informe, ¿me ha entendido? Haga
un informe completo del hecho. Así no volverán a decir que hay algo que
no va bien en mi cabeza. Nunca dudé ni por un segundo de lo que había
visto. Pero
no se habría mostrado tan feliz si esto último hubiera sido
completamente cierto. —Ni
siquiera sé el clima que hay en Seattle —se quejó Jane—, y hay un
millón de cosas que tengo que hacer. —¿Necesitas
ayuda? —preguntó Jim Sarle desde su confortable posición en las
profundidades del sillón. —No
hay nada que tú puedas hacer. Oh, Dios mío. Y
salió volando de la habitación, pero al contrario que su esposo, lo hizo
solamente en sentido figurado. Roger Toomey entró. —Jane,
¿todavía no tenemos las cajas para los libros? Ah, hola, Jim. ¿Cuándo
has llegado? ¿Y dónde está Jane? —Llegué
hace un minuto, y Jane está en la otra habitación. Tuve que abrirme
camino entre policías. Muchacho, estás auténticamente rodeado. —Hummm
—dijo Roger, ausente—. Les hablé de ti. —Sé
que lo hiciste. Me han hecho jurar que mantendré el secreto. Les dije
que, en cualquier caso, era un asunto de secreto profesional. ¿Por qué
no dejas que los de las mudanzas se encarguen de todo? Es el Gobierno
quien paga, ¿no? —Los
de las mudanzas no lo harían bien —dijo Jane, entrando de nuevo
apresuradamente y dejándose caer en el sofá—. Necesito un cigarrillo. —Haz
un pausa, Roger —dijo Sarle—, y cuéntame lo que pasó. Roger
sonrió tímidamente. —Tal
como dijiste, Jim, aparté de mi mente el problema equivocado y me centré
en el auténtico problema. Tenía la impresión que me encontraría
siempre enfrentado a dos alternativas. O estaba loco, o cometía un
fraude. Deering lo dijo claramente en su carta a Morton. El decano supuso
que estaba cometiendo un fraude, y Morton supuso que estaba loco. »Pero
suponiendo que pudiera demostrarles a todos que realmente podía
levitar... Bien, Morton me dijo lo que ocurriría en ese caso. O bien yo
estaría cometiendo un fraude, o el testigo estaría loco. Morton dijo que
si me veía volar, preferiría creer que estaba loco antes que aceptar la
evidencia. Por supuesto, tan sólo estaba siendo retórico. Ningún hombre
creerá jamás en su propia locura mientras exista la más mínima
evidencia de lo contrario. Yo contaba con eso. »De
modo que cambié de táctica. Acudí al seminario de Deering. No le dije a
él que podía flotar; se lo demostré, y luego negué que lo hubiera
hecho. La alternativa era clara. O yo estaba mintiendo, o él, no yo, fíjate
bien, él, estaba loco. Resultaba obvio que antes creería en la
levitación que dudar de su propia cordura, una vez hallándose sometido
realmente a la prueba. Todas sus acciones posteriores, sus intimidaciones,
su viaje a Washington, su oferta de un trabajo, fueron dirigidas únicamente
a reivindicar su propia cordura, no a ayudarme. —En
otras palabras —dijo Sarle—, convertiste tu levitación en su problema
y no en el tuyo. —¿Tenías
algo así en mente cuando tuvimos nuestra charla, Jim? —preguntó Roger. Sarle
meneó la cabeza. —Tenía
vagas nociones al respecto, pero un hombre debe resolver sus propios
problemas si quiere solucionarlos efectivamente. ¿Crees que ahora
resolverán el principio de la levitación? —No
lo sé, Jim. Sigo sin poder comunicar los aspectos subjetivos del fenómeno.
Pero eso no importa. Los investigaremos, y eso es lo que cuenta. —Golpeó
su puño derecho contra la palma de su mano izquierda—. En lo que a mí
respecta, lo importante es que he conseguido que me ayuden. —¿De
veras? —preguntó suavemente Sarle—. Yo diría más bien que lo
importante es que les has permitido obligarte a que tú les ayudes a
ellos, lo cual es muy distinto. |
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[1] Nightfall and Other Stories fue publicada en español en 1977 por Luis de Caralt Editor, dividida en tres volúmenes titulados Los ojos hacen algo más que ver. La máquina que ganó la guerra y Cuarta generación. Sin embargo, en la edición española no figuran todos los relatos que aparecían en la edición original estadounidense. (N. del T.) |
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