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John
Harman estaba sentado ante su escritorio, cavilando, cuando yo entré a la
oficina esa mañana. Para entonces ya era un espectáculo habitual verlo
contemplando el Hudson, con la cabeza apoyada en una mano, una mueca de
malhumor contorsionando su rostro: un espectáculo demasiado habitual.
Parecía injusto que el pobre tipo estuviera allí royéndose las uñas día
tras día, cuando tenía derecho a recibir todas las alabanzas y la
adulación del mundo. Me
dejé caer en una silla. —¿Vio
el editorial del Clarion de hoy, jefe? —pregunté. Volvió
hacia mí sus ojos cansados e inyectados de sangre. —No,
no lo he visto. ¿Qué dicen? ¿Otra vez quieren hacer caer sobre mí la
venganza de Dios? —su voz estaba imbuida de un amargo sarcasmo. —Ahora
van un poco más lejos, jefe —respondí—. Escuche esto: "Mañana
es el día en que John Harman intentará profanar los cielos. Mañana,
desafiando a la opinión y a la conciencia del mundo, este hombre desafiará
a Dios. "No
se le ha concedido al hombre la libertad de ir a todos los lugares a los
que su ambición y su deseo lo lleven. Hay cosas que por siempre se le
negarán, y aspirar a las estrellas es una de ellas. Como Eva, John Harman
desea comer la fruta prohibida, y como Eva sufrirá en consecuencia un
justo castigo. "Pero
no es suficiente esta mera charla. Si le permitimos que desate la venganza
de Dios, el pecado es de la humanidad, no solo de Harman. Al permitirle
llevar a cabo sus malignos planes, nos hacemos cómplices de su crimen, y
la venganza divina caerá sobre todos por igual. "Es,
por lo tanto, esencial que se tomen medidas para impedir que Harman
despegue en su así llamado cohete espacial mañana. El gobierno, al
rehusarse a tomar dichas medidas, está forzando a la acción violenta. Si
no hace nada por confiscar el cohete o por llevar a Harman a prisión,
nuestra furiosa ciudadanía puede llegar a tener que tomar el asunto en
sus manos." En
un acceso de furia, Harman saltó de su silla y, arrebatándome el periódico
de las manos, lo arrojó con ira a un rincón. —Están
llamando abiertamente a un linchamiento —bramó—. ¡Mira esto! Lanzó
cinco o seis sobres hacia mí. Con una mirada bastó para que me diera
cuenta de lo que eran. —¿Más
amenazas de muerte? —pregunté. —Sí,
exactamente eso. He tenido que hacer arreglos para que volvieran a
aumentar el número de policías que patrullan el edificio y para obtener
una escolta de policía motorizada para cuando cruce el río rumbo al
campo de pruebas mañana. Caminó
de arriba abajo por el cuarto con agitados trancos. —No
sé qué hacer, Clifford. He trabajado casi diez años en el Prometheus.
Me he esclavizado, he gastado una fortuna, he abandonado todo lo que hace
la vida digna de ser vivida... ¿y para qué? Para que un puñado de
tontos predicadores vuelva contra mí el sentimiento público, al punto de
que ni siquiera mi vida está segura. —Está
adelantado a los tiempos, jefe —me encogí de hombros en un gesto de
resignación que hizo que su furia se desatara contra mí. —¿Qué
quieres decir con "adelantado a los tiempos"? Estamos en 1973.
El mundo ya ha estado listo para los viajes espaciales durante medio
siglo. Cincuenta años atrás la gente hablaba, soñaba con el día en que
el hombre pudiera liberarse de la Tierra y sondear las profundidades del
espacio. Durante cincuenta años, la ciencia ha avanzado pulgada a pulgada
hacia esa meta, y ahora... ahora finalmente lo he logrado ¡y mira! Dices
que el mundo no está listo para mí. —Los
años de las décadas del 20 y del 30 fueron años de anarquía,
decadencia y confusión, si recuerda algo de historia —le acoté con
suavidad—. No puede aceptarlos como criterio. —Lo
sé, lo sé. Vas a decirme que la Primera Guerra de 1914 y la Segunda de
1940. Es historia antigua para mí; mi padre luchó en la Segunda y mi
abuelo en la Primera. Sin embargo, esos fueron los días en que la ciencia
floreció. Los hombres no temían
entonces; de algún modo soñaban y se arriesgaban. No había nada
semejante al conservadurismo en cuanto a los asuntos mecánicos o científicos.
Ninguna teoría era demasiado radical para proponer, ningún
descubrimiento demasiado revolucionario para publicar. Hoy, la podredumbre
ha invadido el mundo, ya que una gran visión, como los viajes espaciales,
es llamada "desafío a Dios". Su
cabeza se agachó lentamente, y se volvió para ocultar sus labios
temblorosos y las lágrimas en sus ojos. Luego volvió a erguirse
repentinamente, con ojos centelleantes. —Pero
ya les mostraré. Seguiré con todo, a pesar del infierno, el Cielo y la
Tierra. He puesto demasiado en esto como para abandonarlo ahora. —Cálmese,
jefe —le aconsejé—. Esto no le hará nada bien mañana, cuando suba a
esa nave. Tal vez sus posibilidades de salir con vida no sean muchas
ahora; entonces ¿cómo serán si comienza despedazado por la excitación
y las preocupaciones? —Tienes
razón. No pensemos más en eso. ¿Dónde está Shelton? —En
el Instituto arreglando para que nos envíen las placas fotográficas
especiales. —Hace
mucho que se ha ido, ¿no es cierto? —No
demasiado; pero escuche, jefe, hay algo raro en él. No me gusta. —¡Cabeza
hueca! Ha trabajado conmigo dos años, y no tengo quejas. —Muy
bien —separé las manos con resignación—. Si no quiere escucharme, no
me escuche. Lo mismo lo pesqué leyendo uno de los infernales panfletos
que escribe Otis Eldredge. Ya los conoce: "Ten cuidado, oh humanidad,
pues el día del juicio se acerca. El castigo a vuestros pecados se
aproxima. Arrepentios y salvaos". Y todo el resto de la basura
tradicional. Harman
gruñó de disgusto. —¡Predicador
barato! Supongo que el mundo jamás superará a los de su clase. No
mientras existan suficientes tarados. Aún así, no puedes condenar a
Shelton solamente porque los lea. Yo mismo leí uno una vez, —Dice
que lo recogió de la vereda y lo leyó por "ociosa curiosidad",
pero estoy seguro de haberlo visto cuando lo sacaba de la billetera. Además,
va a la iglesia todos los domingos. —¿Es
eso un crimen? ¡Todo el mundo
lo hace, ahora! —Sí,
pero no todos van a la Sociedad Evangélica del Siglo Veinte. Es de
Eldredge. Harman
se sobresaltó. Evidentemente, era la primera noticia que tenía. —Bien,
eso es algo, ¿no es cierto? Tendremos que vigilarlo, entonces. Pero
después de eso, las cosas comenzaron a ocurrir y olvidamos todo lo
relativo a Shelton, hasta que fue demasiado tarde. No
quedaban muchas cosas por hacer ese último día antes de la prueba, y me
dirigí hacia el otro cuarto, donde me dediqué al informe final de Harman
para el Instituto. Mi trabajo era corregir cualquier error o equivocación
que se hubiera deslizado, pero me temo que no fui muy minucioso. Para
decir la verdad, no podía concentrarme. A intervalos de pocos minutos, caía
en una profunda meditación. Parecía
extraño que hubiera tanto alboroto por los viajes espaciales. Cuando
Harman anunció la inminente perfección del Prometheus, seis meses atrás,
los círculos científicos se habían mostrado jubilosos. Por supuesto,
fueron cautelosos en sus declaraciones y midieron todo lo que dijeron,
pero había un real entusiasmo. Sin
embargo, las masas no lo tomaron así. Puede parecerles extraño a
ustedes, los del siglo veintiuno, pero quizá debimos haberlo esperado en
aquellos días de 1973. La gente no era muy progresista en ese entonces.
Durante años había existido un vuelco hacia la religión, y cuando las
iglesias se opusieron unánimemente al cohete de Harman... bien, así era
la cosa. Al
principio, la oposición se limitó a la iglesia y creímos que
desaparecería espontáneamente. Pero no. Los periódicos se hicieron
cargo de ella, y difundieron la nueva fe, literalmente. El pobre Harman se
convirtió en un anatema para el mundo en un lapso notablemente breve, y
ahí empezaron sus problemas. Recibió
amenazas de muerte, y advertencias acerca de la venganza divina a diario.
Ni siquiera podía caminar por la calle con tranquilidad. Docenas de
sectas, a ninguna de las cuales pertenecía -era uno de los raros
librepensadores de la época, lo que era algo más en su contra- lo
excomulgaron y lo condenaron a un interdicto especial. Y, lo que es más,
Otis Eldredge y su Sociedad Evangélica comenzaron a sublevar al
populacho. Eldredge
era un extraño personaje, uno de esos genios a su modo que aparecen de
tanto en tanto. Dotado de una labia privilegiada y un vocabulario
corrosivo, conseguía hipnotizar a las multitudes. Veinte mil personas
eran como arcilla en sus manos, en caso de que consiguiera ser escuchado.
Y durante cuatro meses, rugió en contra de Harman; durante cuatro meses,
una caudalosa cascada de denuncia brotó de él en un frenesí oratorio. Y
durante cuatro meses, los ánimos del mundo se caldearon. Pero
Harman no se amilanó. En su pequeño cuerpo de un metro cincuenta y
cinco, había tanta energía como en seis hombres de un metro ochenta. Con
obstinación casi divina -sus enemigos decían casi diabólica- se negó a
ceder ni una pulgada. Sin embargo, su firmeza externa era para mí, que lo
conocía bien, solo un imperfecto disfraz de la gran tristeza y amarga
desilusión que había en su interior. El
timbre de la puerta interrumpió mis pensamientos en ese punto, y la
sorpresa me hizo poner de pie. Los visitantes eran muy escasos en esos días. Miré
por la ventana y vi una figura alta e imponente que hablaba con el
sargento Cassidy. Enseguida lo identifiqué como Howard Winstead, el
director del Instituto. Harman se apresuraba para recibirlo, y después de
un corto intercambio de palabras, entraron los dos a la oficina. Los seguí,
sintiendo curiosidad por saber qué sería lo que había traído a
Winstead, que era más político que científico. Al
principio, Winstead no parecía ni siquiera sentirse cómodo; no era el
diplomático de siempre. Eludió, embarazoso, los ojos de Harman y farfulló
algunos convencionalismos con respecto al tiempo. Luego fue al grano con
una brusquedad directa y poco diplomática. —John
—dijo—. ¿Qué te parecería si postergáramos la prueba por un
tiempo? —En
realidad quieres decir que la abandonemos por completo, ¿no es cierto?
Bien, no lo haré, y es definitivo. Winstead
alzó la mano. —Espera,
John, no te excites. Déjame exponer mi punto de vista. Ya sé que el
Instituto estuvo de acuerdo en darte carta blanca, y también sé que
pagaste por lo menos la mitad de los gastos de tu propio bolsillo, pero...
no puedes seguir con esto. —¿Así
que no puedo? —Harman resopló despectivamente. —Óyeme
ahora, John. Sabes de ciencia, pero no sabes de la naturaleza humana como
yo. Este no es el mundo de los "Años Locos", te des cuenta o
no. Ha habido profundos cambios desde 1940. Se
lanzó a lo que a todas luces era un discurso cuidadosamente preparado. —Después
de la Primera Guerra Mundial, como sabes, el mundo todo se alejó de la
religión y se volcó a liberarse de los convencionalismos. La gente
estaba asqueada y desilusionada, cínica y sofisticada. Eldredge los llama
"perversos y pecadores". A pesar de eso, la ciencia floreció:
algunos dicen que siempre sucede así en períodos poco convencionales.
Desde el punto de vista de la ciencia, fue una "Edad de Oro". »Sin
embargo, conoces la historia económica y política de la época. Fue un
período de caos político y anarquía internacional; un período
irracional, suicida, demente, que culminó con la Segunda Guerra Mundial.
Y así como la Primera Guerra condujo a un período de sofisticación, la
Segunda inició un retorno a la religión. »La
gente estaba harta de los 'Años Locos'. Se habían saturado de ellos, y
lo que más temían era volver a caer en ellos. Para impedir esa
posibilidad, relegaron las costumbres de esas décadas. Sus motivos, como
ves, eran comprensibles y loables. Toda la libertad, la sofisticación, la
falta de convencionalismo se habían perdido, habían sido barridas hasta
desaparecer. Ahora vivimos en una segunda época victoriana; y es
comprensible, porque la historia de la humanidad es como un péndulo, y en
este momento oscila hacia la religión y los convencionalismos. »Una
sola cosa queda de esos días de hace medio siglo. Y esa cosa es el
respeto de la humanidad por la ciencia. Tenemos prohibiciones: el
cigarrillo está prohibido para las mujeres, lo mismo que los cosméticos;
los vestidos escotados y las faldas cortas no se conocen; el divorcio está
mal visto. Pero la ciencia no ha sido restringida... todavía. »A
la ciencia le corresponde, entonces, ser circunspecta, para evitar
enardecer a la gente. Sería muy fácil hacerles creer -y Otis Eldredge en
sus discursos casi lo ha conseguido- que fue la ciencia la que causó los
horrores de la Segunda Guerra Mundial. La ciencia aventajó a la cultura,
dirán, la tecnología aventajó a la sociología, y fue ese desequilibrio
el que casi destruyó al mundo. De algún modo, me inclino a creer que en
eso, no están tan lejos de la verdad. »¿Pero
sabes lo que pasaría si alguna vez
se llegara a eso? La investigación científica sería prohibida; o,
si no van tan lejos, sería estrictamente regulada para que se ahogara en
su propia decadencia. Sería una calamidad de la cual la humanidad no se
recobraría ni en un milenio. »Y
tu vuelo de prueba puede precipitar todo esto. Estás enardeciendo al público
hasta un grado tal, que se hará difícil calmarlo. Te lo advierto, John.
Tú sufrirás las consecuencias". Durante
un minuto reinó un absoluto silencio, luego Harman forzó una sonrisa. —Vamos,
Howard, estás dejando que unas sombras en la pared te asusten. ¿Estás
tratando realmente de decirme que crees en serio que el mundo está a
punto de sumergirse en una segunda Época Oscura? Después de todo, los
hombres inteligentes están del lado de la ciencia, ¿no es cierto? —Si
lo están, no quedan muchos, por lo que veo. Winstead
sacó una pipa de un bolsillo y la llenó de tabaco antes de proseguir. —Hace
dos meses Eldredge formó una Liga de Virtuosos -la llaman LV- y ha
crecido increíblemente. Hay veinte
millones de miembros en los Estados Unidos solamente. Eldredge alardea
de que después de las próximas elecciones el Congreso será suyo, y
aparentemente parece haber más verdad que farsa en lo que dice. Ya ha
habido agotadores cabildeos a favor de una ley que prohíba los
experimentos con cohetes, y se han sancionado leyes de ese tipo en
Polonia, Portugal y Rumania. Sí, John, estamos peligrosamente próximos a
una abierta persecución de la ciencia. Winstead
fumaba ahora con rápidas y nerviosas aspiraciones. —¡Pero
si tengo éxito, Howard, si tengo éxito! ¿Qué sucederá entonces? —¡Bah!
Ya sabes la chance que tienes. Tus propias estadísticas te dan una chance
sobre diez de salir con vida. —¿Qué
significado tiene eso? El próximo que experimente aprenderá de mis
errores, y las posibilidades mejorarán. Así es el método científico. —El
populacho no «sabe nada de métodos científicos, y no quiere saber.
Bien, ¿qué dices? ¿Lo postergarás? Harman
saltó sobre sus pies, y su silla se dio vuelta bruscamente. —¿Sabes
lo que me estás pidiendo? ¿Quieres que abandone así como así el
trabajo de toda mi vida, mi sueño? ¿Piensas que voy a quedarme sentado
esperando que tu querido público
se vuelva benévolo? ¿Piensas que cambiarán durante el tiempo que me queda de vida? »Esta
es mi respuesta: tengo el inalienable derecho de buscar el conocimiento.
La ciencia tiene el inalienable derecho de progresar y desarrollarse sin
interferencias. El mundo, al interferir conmigo, está equivocado; yo
estoy en lo cierto. Y encontraré oposición, pero de ninguna
manera renunciaré a mis derechos. Winstead
sacudió la cabeza con pesar. —Estás
equivocado, John, cuando hablas de derechos "inalienables". Lo
que tú llamas un "derecho" es apenas un privilegio, que generalmente se acepta. Lo que está bien, es lo que la sociedad
acepta; lo que no acepta, está mal. —¿Acaso
tu amigo Eldredge estaría de acuerdo con esa definición de su
"virtud"? —preguntó Harman con amargura. —No,
no lo estaría; pero eso es irrelevante. Tomemos el caso de esas tribus
africanas que solían ser caníbales. Eran educados como caníbales,
tienen una larga tradición de canibalismo, y su sociedad acepta esa práctica.
Para ellos, el canibalismo está
bien, y ¿por qué no? Lo que te
demuestra cuán relativa es la idea, y cuán pueril es tu concepción de
tu "inalienable" derecho a hacer experimentos. —Tú
sabes, Howard, erraste tu vocación al no ser abogado —Harman se estaba
enojando de verdad—. Has estado echando mano de cuanto apolillado
argumento se te ocurrió. Por amor de Dios, hombre, ¿acaso tratas de
fingir que rehusarse a adaptarse al rebaño es un crimen? ¿Abogas por la
uniformidad absoluta, por lo corriente, lo ortodoxo, lo cotidiano? La
ciencia moriría más rápido con el programa que tú sustentas que con
las prohibiciones gubernamentales. Harman
se puso de pie y su dedo acusador señaló al otro. —Estás
traicionando a la ciencia y a la tradición de esos gloriosos rebeldes
como Galileo, Darwin, Einstein, y otros. Mi cohete despega mañana tal
como se había programado, a pesar de tu opinión y de todos los estirados
de los Estados Unidos. Así será, y me rehúso a seguir escuchándote. Así
que puedes irte. El
director del Instituto se volvió hacia mí, con el rostro alterado. —Usted
es mi testigo, joven; traté de prevenir a este redomado tonto, a este...
loco fanático. Bufó un poco, y salió a grandes trancos, el vivo retrato
de la furibunda indignación. Harman
se volvió hacia mí después de esta partida. —Bien,
¿qué te pareció? Supongo que estarás de acuerdo con él. Había
una sola respuesta posible, y yo la usé. —Me
paga para que cumpla órdenes, jefe. Así que estoy de su lado. En
ese momento llegó Shelton y Harman nos encomendó a ambos que revisáramos
los cálculos de la órbita de vuelo por enésima vez, mientras él se iba
a acostar. El
día siguiente, 15 de julio, amaneció en todo su esplendor, y Harman,
Shelton y yo estábamos casi alegres cuando cruzamos el Hudson hacia el
sitio donde el Prometheus -custodiado por una adecuada escolta policial-
se erguía con deslumbrante grandeza. A
su alrededor, contenida por las sogas a una distancia aparentemente
segura, se agitaba una muchedumbre de gigantescas proporciones. La mayoría
parecían hostiles, vociferantes. En realidad, durante un fugaz momento,
mientras la escolta motorizada nos abría camino entre la multitud, los
gritos e imprecaciones que hirieron nuestros oídos casi me convencieron
de que debíamos haber escuchado a Winstead. Pero
Harman no prestó ninguna atención, aparte de una irónica mueca al oír
el grito de: "Ahí va John Harman, hijo de Belial." Con calma,
dirigió nuestra tarea de inspección. Examiné las paredes externas de
treinta centímetros de espesor y busqué filtraciones en las tomas de
aire, asegurándome de que el purificador de aire funcionara. Shelton
examinó la pantalla protectora y los tanques de combustible. Finalmente,
Harman se probó el tosco traje espacial, y al encontrarlo apropiado,
anunció que estaba listo. La
muchedumbre se agitó. Sobre una improvisada plataforma de madera erigida
en medio de la confusión de la turba, apareció una figura llamativa.
Alta y delgada, de rostro ascético, ojos ardientes y hundidos,
entrecerrados y atisbantes; una melena espesa y blanca que coronaba todo
lo demás: Otis Eldredge. La muchedumbre lo reconoció de inmediato y lo
vivó. El entusiasmo fue en aumento y muy pronto la turbulenta masa humana
enronqueció gritando su nombre. Alzó
una mano pidiendo silencio, se volvió hacia Harman, quien lo contempló
con sorpresa y disgusto, y lo señaló con un dedo largo y huesudo. —John
Harman, hijo del diablo, súbdito de Satán, estás aquí con un propósito
maligno. Estás a punto de emprender un blasfemo intento de desgarrar el
velo a través del cual no le está al hombre permitido pasar. Estás
probando el fruto prohibido del Paraíso, pero ten cuidado de no probar al
mismo tiempo los frutos del pecado. La
muchedumbre lo vivó haciéndose eco de sus palabras y él prosiguió: —El
dedo de Dios te señala, John Harman, No permitirá que se profanen sus
obras. Hoy morirás, John Harman. —Su voz aumentó en intensidad y sus
últimas palabras fueron pronunciadas con fervor profético. Harman
se alejó con desdén. —¿Hay
algún medio, oficial, de hacer circular a los espectadores? —dijo con
voz alta y clara dirigiéndose a un sargento de policía—. Durante el
vuelo de prueba pueden ocurrir algunas explosiones, y la muchedumbre se ha
acercado demasiado. —Si
teme ser linchado, señor Harman, será mejor que lo diga —respondió el
policía con tono seco y poco amistoso—. Sin embargo, no debe
preocuparse. Los contendremos. En cuanto al peligro... de ese artefacto—... —Olfateó audiblemente en dirección al Prometheus,
provocando un torrente de gritos y burlas. Harman
no dijo nada más, sino que subió a la nave en silencio. Y cuando lo
hizo, una extraña quietud se apoderó de la multitud, una palpable tensión.
Nadie intentó abalanzarse sobre la nave, algo que yo había creído
inevitable. Por el contrario, el mismo Otis Eldredge les gritó a todos
que retrocedieran. —Dejad
al pecador librado a sus pecados —gritó—. "La venganza es mía",
dijo el Señor. Cuando
el momento se acercaba, Shelton me dio un codazo. —Salgamos
de aquí —me susurró con tensa voz—. Esos gases del cohete son
veneno. Diciendo
esto, rompió a correr, haciéndome ansiosas señas para que lo siguiera. No
habíamos llegado aún al borde de la muchedumbre cuando oí un terrible
rugido a mis espaldas. Una ola de aire caliente cayó sobre mí. Oí el
sibilante y aterrador sonido de un objeto que pasaba a toda velocidad, y
fui arrojado al suelo con violencia. Durante unos minutos yací atontado,
con los oídos silbándome y la cabeza vacilante. Cuando
me tambaleé hasta ponerme de pie como un borracho, vi un espantoso espectáculo.
Evidentemente, todas las reservas de combustible del Prometheus habían
explotado al mismo tiempo, y había un abismal agujero en el sitio en que
la nave había estado un momento antes. El suelo estaba sembrado de
fragmentos. Los gritos de los heridos eran desgarradores y los cuerpos
mutilados; pero no trataré de describirlos. Un
débil gruñido que provenía de mis pies atrajo mi atención. Una mirada,
y jadeé de horror, porque era Shelton, con la parte posterior de su
cabeza convertida en una masa sanguinolenta. —Yo
lo hice —su voz era ronca y triunfal pero tan baja que apenas si pude oírlo—.
Yo lo hice. Yo rompí los compartimientos de oxígeno líquido y cuando la
chispa llegó a la mezcla acetílica toda la maldita cosa explotó.
—Jadeó y trató de moverse pero no pudo—. Un fragmento debe haberme
alcanzado, pero no me importa. Moriré sabiendo que... Su
voz no era más que un áspero susurro y en su rostro había una extática
expresión de martirio. Murió, y no pude lograr que mi corazón lo
condenara. Entonces pensé por primera vez en Harman. Ya habían llegado
ambulancias de Manhattan y de Jersey City, y una se había apresurado
hacia una zona boscosa a alrededor de quinientos metros de distancia
donde, entre las copas de los árboles, colgaba un astillado fragmento del
compartimiento delantero del Prometheus. Me arrastré hasta allí tan rápido
como pude; pero sacaron a Harman y se alejaron con golpes de sirena mucho
antes de que yo lograra llegar. Después de eso, no me quedé. La
muchedumbre desorganizada no pensaba en otra cosa que no fueran los
muertos y los heridos ahora, pero
cuando se recuperara, y sus pensamientos se inclinaran hacia la venganza,
mi vida no valdría un centavo. Seguí los dictados de la mejor parte del
valor, y desaparecí silenciosamente. La
semana siguiente trascurrió en un frenesí. Durante ese tiempo, me oculté
en la casa de un amigo, porque hubiera sido apreciar poco mi vida si me
hubiera permitido salir y ser reconocido. El mismo Harman estaba en el
hospital de Jersey City, solo con heridas y cortes superficiales, gracias
a la fuerza de retroceso de la explosión y al salvador bosquecillo de árboles
que amortiguó la caída del Prometheus. Sobre él cayó el embate de la
ira del mundo. Nueva
York, y el resto del mundo también, estuvieron a punto de volverse locos.
Todos los últimos periódicos de la ciudad salían con gigantescos
titulares, "28 Muertos - 73 Heridos - El Precio del Pecado"
impresos en letras rojo sangre. Los editoriales bramaban pidiendo la vida
de Harman, demandando que fuera arrestado y condenado por asesinato en
primer grado. El
temido grito "A lincharlo" se alzó en los cinco condados, y
miles de miles cruzaron el río y convergieron hacia Jersey City. Los
encabezaba Otis Eldredge, con las dos piernas entablilladas, animando a la
muchedumbre desde un auto abierto, a medida que marchaban. Era un
verdadero ejército. El
alcalde de Jersey City, Carson, llamó a todos los policías disponibles y
telefoneó frenéticamente a Trenton pidiendo la milicia estatal. Nueva
York se puso severa en todos los puentes y túneles que partían de la
ciudad; pero ya habían salido muchos miles. Hubo
encarnizadas batallas en la costa de Jersey ese dieciséis de julio. La
policía, muy superada en número, apaleó indiscriminadamente, pero en
forma gradual fue repelida. La policía montada atropelló implacablemente
a la multitud pero fue absorbida y por fin desmontada por la absoluta
superioridad numérica. Solo cuando se usó gas lacrimógeno se pudo
detener a la turba, e incluso entonces no se replegaron. Al
día siguiente, se declaró la ley marcial, y la milicia estatal entró en
Jersey City. Ese fue el fin de los linchadores. Eldredge fue llamado a
conferenciar con el alcalde, y después de la conferencia ordenó a sus
seguidores que se dispersaran. En
una declaración para los periódicos, el alcalde Carson dijo: "John
Harman debe pagar por su crimen, pero es esencial que pague legalmente. La
justicia debe seguir su curso, y el estado de Nueva Jersey tomará todas
las medidas necesarias." Para
el final de la semana, había retornado una especie de normalidad y Harman
salió del candelero. Dos semanas más tarde apenas si había una palabra
sobre él en los periódicos, excepto las casuales referencias que aparecían
en la nueva ley anti-cohete de Zittman que acababa de ser aprobada unánimemente
en las dos cámaras del Congreso. Sin
embargo, Harman seguía aún en el hospital. No se había tomado ninguna
medida legal en su contra, pero parecía que una especie de prisión
"para su propia protección" sería su eventual destino. Por lo
tanto, me puse en acción. Temple
Hospital está situado en un solitario y suburbano distrito de Jersey City,
y una oscura noche sin luna pude invadir fácilmente sus premisas sin ser
advertido. Con una facilidad que me sorprendió, me deslicé por una
ventana del sótano, aporreé a un somnoliento interno hasta dejarlo sin
sentido y me encaminé hacia el cuarto 15E, que en los libros figuraba
como el de Harman. —¿Quién
anda allí? —el sorprendido grito de Harman sonó como música en mis oídos. —¡Sh!
¡Silencio! Soy yo, Cliff McKenny. —¡Tú!
¿Qué estás haciendo aquí? —Tratando
de sacarlo de aquí. Si no sale, es probable que se quede aquí el resto
de su vida. Venga, vámonos. Mientras
hablábamos lo ayudé a ponerse la ropa, y en un momento estábamos deslizándonos
por el corredor. Habíamos salido a salvo y nos metimos en mi auto que
esperaba antes de que Harman reuniera sus desperdigados pensamientos y
comenzara a hacer preguntas. —¿Qué
pasó desde aquel día? —fue su primera pregunta—. No recuerdo nada
desde que puse en marcha los reactores del cohete hasta que me desperté
en el hospital. —¿Ellos
no le dijeron nada? —Ni
una maldita cosa —maldijo Harman—. Pregunté hasta quedarme ronco. Así
que le conté toda la historia, desde la explosión en adelante. Sus ojos
se agrandaron por la impresión y la sorpresa cuando le conté de los
heridos y los muertos, y se colmaron de salvaje furia cuando escuchó lo
de la traición de Shelton. El relato de los disturbios y del intento de
linchamiento causó una maldición ahogada que surgió de sus tensos
labios. —Por
supuesto que los periódicos bramaron "asesinato" —concluí—
pero no consiguieron cargarlo con eso.
Probaron con homicidio sin premeditación, pero había muchos testigos
oculares que oyeron su pedido de que se dispersara la multitud y la
cortante negativa del sargento de policía. Eso por supuesto lo absolvió
de toda culpa. El mismo sargento de la policía murió en la explosión, y
no pudieron cargárselo a él. »Sin
embargo, con Eldredge rugiendo para descubrir su escondite, no estará
nunca a salvo. Lo mejor sería que se fuera mientras puede hacerlo. Harman
asintió. —Eldredge
sobrevivió a la explosión, ¿no es cierto? —Sí,
mala suerte. Se rompió las dos piernas, pero hace falta más que eso para
cerrarle la boca. Otra
semana pasó hasta que llegamos a nuestro futuro refugio, la granja de mi
tío en Minnesota. Allí, en una solitaria y apartada comunidad rural, nos
quedamos hasta que se aplacó el alboroto causado por la desaparición de
Harman y la rutinaria persecución de los fugitivos se esfumó de modo
gradual. La búsqueda, a propósito, fue indudablemente breve, porque las
autoridades parecían más aliviadas que preocupadas por la desaparición. La
paz y la quietud hicieron maravillas con Harman. En seis meses parecía un
hombre nuevo, listo para considerar un segundo intento de viaje espacial.
Parecía que ni todas las desventuras del mundo podían detenerlo cuando
había puesto su corazón en algo. —Mi
error la primera vez —me dijo un día invernal— fue anunciar el
experimento. Debería haber tomado en cuenta la opinión pública, como
dijo Winstead. Esta vez, sin embargo —se frotó las manos y miró
pensativamente a la distancia— lo haré de manera sigilosa. El
experimento se hará en secreto, en absoluto secreto. Me
reí sombríamente. —Tendrá
que ser así. ¿Sabe que todos los experimentos futuros en cohetería,
incluso las investigaciones totalmente teóricas, son un crimen castigado
con la muerte? —¿Tienes
miedo, entonces? —Por
supuesto que no, jefe. Solo estoy afirmando un hecho. Y aquí hay otro
simple hecho: no podemos construir una nave los dos solos, lo sabe. —He
pensado en eso y he ideado un método, Cliff. Lo que es más, también
puedo ocuparme del aspecto financiero. Tendrás que viajar un poco, sin
embargo. »Primero,
tendrás que ir a Chicago y buscar la firma Roberts & Scranton y
retirar todo lo que queda de la herencia de mi padre —agregó en un
doloroso paréntesis— que se gastó en gran parte en la otra nave.
Luego, localiza a tantos como puedas del viejo grupo: Harry Jenkins, Joe
O'Brien, Neil Stanton -todos ellos- y vuelve tan rápido como puedas.
Estoy cansado de demoras. Dos
días más tarde, salí para Chicago. Conseguir el consentimiento de mi tío
fue asunto fácil. —Es
lo mismo comprometerse por un cordero que por un rebaño de ovejas —gruñó—
así que sigue adelante. Ya estoy en un lío, y puedo afrontar un poco más,
creo. Me
llevó un viaje largo y más charla suave y persuasiva conseguir que
vinieran cuatro hombres: los tres mencionados por Harman y otro más, un
tal Saúl Simonoff. Con esa fuerza básica y con el medio millón que le
quedaba a Harman de los muchos millones que le había dejado su padre, nos
pusimos a trabajar. La
construcción del Nuevo Prometheus es una historia en sí misma, una larga
historia de cinco años de desesperanza e inseguridad. Poco a poco,
comprando rieles en Chicago, placas de berilo en Nueva York, una célula
de vanadio en San Francisco, y diversos artículos en todos los rincones
del país, construimos la nave gemela de la desafortunada Prometheus. Las
dificultades fueron casi insuperables. Para impedir que se sospechara de
nosotros, hacíamos nuestras adquisiciones espaciadamente, y también nos
preocupamos para que los pedidos fueran enviados a diversos lugares. Para
esto requerimos la cooperación de varios amigos, quienes, para
asegurarnos, no sabían exactamente en qué se usaban las adquisiciones. Tuvimos
que depurar nuestro propio combustible, diez toneladas, y quizás ese fue
el trabajo más duro de todos; por cierto que nos llevó mucho tiempo. Y
finalmente, el dinero de Harman disminuyó, y nos enfrentamos con nuestro
mayor problema: la necesidad de economizar. Desde el principio habíamos
sabido que el Nuevo Prometheus no sería tan grande ni tan elaborado como
el primero, pero pronto advertimos que debíamos reducir el equipo hasta
un punto peligrosamente próximo al margen mínimo de seguridad. La
pantalla protectora era apenas satisfactoria y todos los intentos de
comunicación radial tuvieron que ser abandonados forzosamente. Y
mientras trabajábamos durante años, allá en la apartada zona boscosa
del norte de Minnesota, el mundo seguía su curso, y las profecías de
Winstead resultaron asombrosamente certeras. Los
acontecimientos de esos cinco años -de 1973 hasta 1978- son muy conocidos
por los escolares de hoy, ya que ese período fue la culminación de lo
que ahora llamamos la "Era Neo-Victoriana". Los sucesos de esos
años parecen increíbles desde nuestra perspectiva actual. La
prohibición de toda investigación de los viajes espaciales fue sólo el
comienzo, pero fue un pobre comienzo comparado con las medidas anticientíficas
que se tomaron en los años posteriores. En las siguientes elecciones
parlamentarias, las de 1974, se tuvo como resultado un Congreso en el cual
Eldredge controlaba a los diputados y equilibraba la balanza del poder en
el Senado. Por
lo tanto, no se perdió tiempo. En la primera sesión del nonagésimo
tercer Congreso, la famosa ley Stonely-Carter fue sancionada. Instituía
el Organismo Examinador Federal de la Investigación Científica -el OEFIC-
al que se le dio amplios poderes para decidir la legalidad de todas las
investigaciones del país. Todos los laboratorios, industriales o académicos,
se vieron obligados a archivar información anticipada acerca de cualquier
proyecto de investigación para entregarla a este nuevo Organismo que podía,
y así lo hizo, prohibir absolutamente todo lo que desaprobaba. La
inevitable apelación a la Suprema Corte sucedió el 9 de noviembre de
1974, en el caso de Westly vs. Simmons, en el que Joseph Westly, de
Stanford, sostuvo su derecho a continuar sus investigaciones acerca de la
energía atómica, basándose en la inconstitucionalidad de la ley Stonely-Carter. ¡Cómo
seguimos ese caso nosotros cinco, aislados entre las nevadas del Medio
Oeste! Nos hicimos mandar todos los periódicos desde Minneapolis y St.
Paul, aunque nos llegaban con dos días de retraso, y devorábamos cada
palabra publicada sobre el caso. Durante esos dos meses de suspenso, todo
trabajo en el Nuevo Prometheus cesó por completo. Al
principio se rumoreaba que la Corte declararía inconstitucional a la ley,
y para protestar contra esta eventualidad, se organizaron desfiles
monstruos en todas las grandes ciudades. La Liga de los Virtuosos hizo
notar su poderosa influencia -y hasta la Suprema Corte se sometió a ella.
Cinco votaron a favor de la constitucionalidad, y cuatro en contra. La ciencia estrangulada por el voto de un solo hombre. Y
sin duda que fue estrangulada. Los miembros del organismo eran hombres de
Eldredge, le pertenecían en cuerpo y alma, y no se aprobaba nada que no
tuviera un uso industrial inmediato. —La
ciencia ha llegado demasiado lejos —dijo Eldredge en un famoso discurso
de esa época—. Debemos detenerla indefinidamente, y permitir que el
mundo tenga tiempo de ponerse a su altura. Solo de ese modo, y confiando
en Dios, podremos conseguir una prosperidad universal y permanente. Pero
ésta fue una de las últimas declaraciones de Eldredge. Nunca se había
recuperado del todo de la fractura de piernas que había sufrido aquel
desgraciado día de julio de 1973, y la esforzada vida que había llevado
desde entonces minó su constitución más allá de lo tolerable. El 2 de
febrero de 1976, falleció en medio de un acongojado duelo, sin igual
desde el asesinato de Lincoln. Su muerte no tuvo efectos inmediatos en el
curso de los acontecimientos. Las reglas del OEFIC se hicieron, en
realidad, más estrictas con el paso de los años. La ciencia se debilitó
y sofocó tanto que, una vez más, las universidades se vieron obligadas a
reimplantar la filosofía y los clásicos como materias principales, y
ante eso el alumnado decreció a su punto más bajo desde el principio del
siglo veinte. Estas
condiciones prevalecieron, más o menos, en todo el mundo civilizado,
alcanzaron su nivel más bajo en Inglaterra, y tal vez un poco menos en
Alemania, que fue la última en caer bajo la influencia
"Neo-Victoriana". El
nadir de la ciencia llegó en la primavera de 1978, apenas un mes antes de
la terminación del Nuevo Prometheus, al aprobarse el "Edicto de
Pascua", sancionado el día antes de Pascua. De acuerdo con él, toda investigación o experimentación independiente, fue prohibida
en forma absoluta. El OEFIC se reservaba en adelante el derecho de
permitir solamente las investigaciones que se requirieran
específicamente. John
Harman y yo, de pie frente al reluciente metal del Nuevo Prometheus, ese
domingo de Pascua, nos sentíamos de un modo muy distinto: yo, con una
profunda depresión; él, de un talante casi jovial. —Bien,
Clifford, muchacho —dijo—, la última tonelada de combustible, unos
pocos toques finales, y estoy listo para mi segundo intento. Esta vez no
hay ningún Shelton entre nosotros. Harman
tarareó un himno religioso. Eso era lo único que se oía por la radio en
esos días, y hasta nosotros los rebeldes los cantábamos a fuerza de oírlos
tantas veces. —No
vale la pena, jefe —gruñí ácidamente—. Diez a uno a que usted
termina en algún lugar del espacio, pero, aunque regrese, es casi seguro
que lo ahorcarán. No podemos ganar. Sacudí
con pena la cabeza. —¡Bah!
Este estado de cosas no puede durar, Cliff. —Yo
creo que sí. Winstead tenía razón esa vez. El péndulo oscila, y desde
1945 está oscilando en contra nuestra. Estamos adelantados a los tiempos,
o atrasados. —No
hables de ese tonto de Winstead. Estás cometiendo el mismo error que él.
Las tendencias duran centurias o milenios, no años o décadas. Durante
quinientos años nos hemos movido hacia la ciencia. No puedes revertir eso
en treinta años. —¿Y
entonces qué es lo que estamos haciendo? —pregunté sarcásticamente. —Estamos
atravesando una momentánea reacción contra el período de adelantos
demasiado rápidos de "los Años Locos". Una reacción igual
sucedió en la Edad Romántica -el primer Período Victoriano- después de
los adelantos demasiado rápidos de la Edad de la Razón del siglo
dieciocho. —¿En
realidad lo cree? —estaba impresionado por su seguridad evidente. —Por
supuesto. Este período tiene una perfecta analogía con los espasmódicos
"renacimientos religiosos" que solían aquejar a las pequeñas
ciudades de la zona bíblica de América hace más o menos un siglo.
Durante quizás una semana, todo el mundo era religioso, y la virtud
reinaba triunfante. Luego, uno por uno, volvían a las andadas, y el
Diablo recobraba su dominio. »En
realidad, incluso ahora hay síntomas de reincidencia. La LV ha caído en
una disputa tras otra desde la muerte de Eldredge. Ya ha habido una docena
de cismas. Los extremos en los que caen aquellos que detentan el poder nos
favorecen, pues el país está cansándose rápidamente de ellos. Y
así terminó la discusión... yo totalmente derrotado, como siempre. Un
mes más tarde, el Nuevo Prometheus estaba listo. No era de ningún modo
tan resplandeciente y hermoso como el original, y mostraba muchos rastros
de construcción casera, pero estábamos orgullosos de él, orgullosos y
triunfantes. —Voy
a tratar otra vez, hombres —la voz de Harman era áspera y su pequeño
esqueleto vibraba de felicidad— y tal vez no lo logre, pero eso no me
importa. Sus
ojos brillaban de anticipado placer. —Finalmente
saldré disparado hacia el vacío, y el sueño de la humanidad se hará
realidad. Una vuelta alrededor de la Luna y regreso; seré el primero que
vea la otra cara. Vale la pena arriesgarse. —No
tiene combustible suficiente para aterrizar en la Luna, jefe, y es una lástima
—dije. —Eso
no importa. Habrá otros vuelos después de éste, mejor preparados y
mejor equipados. Ante
eso, un susurro pesimista corrió por el pequeño grupo que lo rodeaba,
pero él no le prestó atención. —Adiós
—dijo—. Los veré pronto. Y
con una mueca alegre, se trepó a la nave. Quince
minutos más tarde, los cinco estábamos sentados alrededor de la mesa del
comedor, ceñudos, perdidos en nuestros pensamientos, con los ojos fijos
en el lugar donde una quemada zona del suelo marcaba el sitio en el que
había estado el Nuevo Prometheus hasta unos minutos antes. —Tal
vez sea mejor para él si no regresa
—Simonoff expresó en voz alta el pensamiento que estaba en la mente de
todos nosotros—. Creo que no lo tratarán muy bien si lo hace. Y
todos asentimos sombríamente. Qué
tonta me parece esa predicción tres décadas más tarde. El
resto de la historia no es en realidad mía, porque no vi a Harman hasta
un mes después de que su azaroso viaje concluyera con un feliz
aterrizaje. Fue
casi treinta y seis horas después del despegue que un proyectil pasó
disparado sobre Washington para sepultarse en el fango después de cruzar
el Potomac. Los
investigadores llegaron a la escena del aterrizaje quince minutos más
tarde, y en otros quince minutos estuvo allí la policía, pues se
descubrió que el proyectil era un cohete. Miraron con involuntario
respeto al cansado y desgreñado hombre que se tambaleó al salir de él,
al borde del colapso. Había
un absoluto silencio cuando el hombre sacudió su puño frente a los
atontados espectadores y les gritó: —Vamos,
cuélguenme, tontos. Pero he llegado a la Luna, y no pueden colgar eso.
Busquen al OEFIC. Tal vez declaren que el vuelo es ilegal, y por lo
tanto, inexistente —se rió débilmente y súbitamente se desmayó. —Llévenlo
al hospital. Está enfermo —gritó alguien. Completamente
inconsciente, Harman fue cargado en un auto policial y trasladado, en
tanto que la policía formaba una guardia alrededor del cohete. Funcionarios
del gobierno llegaron a investigar la nave, leyeron la bitácora,
inspeccionaron los dibujos y fotografías que había tomado a la Luna, y
finalmente partieron en silencio. La multitud se hizo más grande y se
difundió la noticia de que un hombre había llegado a la Luna. Curiosamente,
hubo poco resentimiento por el hecho. Los hombres estaban impresionados y
respetuosos; la muchedumbre murmuraba y echaba inquisitivas miradas al
desvaído cuarto menguante, que apenas se distinguía bajo el brillante
sol. Por encima de todo, había caído un inquietante manto de silencio,
el silencio de la indecisión. Luego,
en el hospital, Harman reveló su identidad y el voluble mundo se
enloqueció. Hasta el mismo Harman estaba atontado por la sorpresa ante el
rápido cambio de la opinión mundial. Parecía casi increíble, y sin
embargo era verdad. El descontento secreto, combinado con el heroico
relato del hombre que se había enfrentado con obstáculos abrumadores -la
clase de relato que ha conmovido el corazón de los hombres desde el
principio del tiempo- sirvió para que todo el mundo cayera en una
creciente corriente de anti-victorianismo. Y Eldredge había muerto: nadie
podía remplazado. Poco
después vi a Harman en el hospital. Estaba reclinado, y aún
semisepultado entre los papeles, las cartas y los telegramas. Me hizo una
mueca y asintió. —Bien,
Cliff —susurró— el péndulo ha vuelto a oscilar. |
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