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Cuando
Tom Trumbull llegó -tarde, por supuesto- al banquete del club de los
Viudos Negros, y pidió su whisky con soda, le salió al encuentro James
Drake, que exhibía una expresión bastante furtiva. Drake
hizo un gesto con la cabeza, hacia un rincón. Trumbull
lo siguió, quitándose el abrigo mientras caminaba, con el rostro tostado
y surcado de arrugas haciendo la pregunta antes que su voz: —Tom,
he traído a un físico como invitado. —¿Y?
—Bueno,
tiene un problema y creo que cae dentro de tu campo. —¿Un
código secreto? —Algo
por el estilo. Números, en todo caso. No tengo todos los detalles.
Supongo que los tendremos después de cenar. Pero no es eso lo que
importa. ¿Me ayudarás si se hace necesario controlar a Jeff Avalon? Trumbull
dirigió la mirada al otro lado de la habitación, donde Avalon estaba
enfrascado en una conversación formal con quien era sin duda el invitado
de la noche, ya que se trataba del único extraño presente. —¿Qué
hay de malo con Jeff? —dijo Trumbull. No parecía haber nada mal en
Avalon, que estaba parado erguido y alto como siempre, como si pudiese
hacerse pedazos en caso de relajarse. El bigote y la pequeña barba grises
estaban aseados y prolijos como siempre y exhibía la sonrisa meticulosa
que insistía en emplear con los extraños—. Se lo ve muy bien. —Tú
no estuviste la última vez. —dijo Drake—. Jeff piensa que el club se
está convirtiendo en una reunión mensual con acertijo. —¿Y
qué hay de malo? —preguntó Trumbull mientras se pasaba las manos sobre
el ondeado cabello canoso para aplastar el desorden provocado por el
viento, afuera. —Jeff
piensa que tendríamos que ser una organización puramente social. Buena
conversación y cosas así. —De
todos modos tenemos eso. —Así
que cuando se presente el problema, ayúdame a aplastarlo si se pone gruñón.
Tienes voz fuerte y yo no. —De
acuerdo. ¿Le hablaste a Manny? —Demonios,
no. Se pasaría al otro bando con tal de llevar la contraria. —Quizás
tengas razón. ¡Henry! —Trumbull agitó el brazo—. Henry, hazme un
favor. Este whisky con soda no será suficiente. Afuera hace frío y me
costó conseguir un taxi así que... Henry
sonrió discretamente, su rostro liso aparentando veinte años menos que
los sesenta con que contaba. —Supuse
que sería así, señor Trumbull. El segundo está listo. —Henry,
eres un diamante de primera agua —opinión que con seguridad compartían
todos los miembros del club. —Les
daré una demostración —dijo Emmanuel Rubin. Se había quejado de la
sopa que, según sostenía, tenia una pizca de puerro de más, lo que
bastaba para hacerla inconsumible por un ser humano, y el hecho de que se
encontrara en una evidente minoría de uno, hacía que el resto de sus
puntos de vista fuesen más enfáticos—. Les mostraré que cualquier
idioma en realidad es un complejo de idiomas. Escribiré una palabra en
cada uno de estos dos trozos de papel. La misma palabra. Te daré uno a
ti, Mario... y uno a usted, señor... El
segundo fue a parar a las manos del doctor Samuel Puntsch que, como ocurría
con frecuencia con los invitados del club, había mantenido un discreto
silencio durante las preliminares. Puntsch
era un hombre pequeño, delgado, vestido con una gama de colores fúnebres
que le habrían sentado a Avalon. Miró el papel y alzó sus modestas
cejas. —Ninguno
de los dos diga nada —dijo Rubín—. Sólo tienen que escribir el número
de la sílaba que lleva el acento en la pronunciación. Es una palabra de
cuatro sílabas, así que escriban uno, dos, tres o cuatro. Mario
Gonzalo, el afable artista del club de los Viudos Negros, acababa de
completar el bosquejo del doctor Puntsch, y lo dejó a un lado. Miró la
palabra que estaba en el papel ante él, escribió una cifra sin vacilar,
y se lo pasó a Rubin. Puntsch hizo lo mismo. Rubin
dijo, con satisfacción indescriptible: —Deletrearé
la palabra. Es el vocablo inglés u—n—i—o—n—i—z—e—d, y
Mario dice que se acentúa en la primera sílaba. —Se
pronuncia unionized (sindicalizado) —dijo Mario—. Se refiere a una
industria cuya fuerza de trabajo se ha organizado en un sindicato. Puntsch
rió. —Sí,
entiendo. Yo la pronuncié unionaized (no ionizado); se refiere a una
sustancia que no se divide en iones en una solución. Yo acentúo la
segunda sílaba. —Exacto.
La misma palabra para el ojo, pero distinta para hombres de campos
distintos. Roger y Jim estarían de acuerdo con el doctor Puntsch. Lo sé.
Y Tom, Jeff y Henry es probable que estuviesen de acuerdo con Mario.
Ocurre en un millón de sitios distintos. Fuga significa cosas distintas
para un psiquiatra y un músico. La frase “planchar un traje”
significa una cosa para un amante del siglo diecinueve y otra para un
sastre del siglo veinte. No hay dos personas que tengan exactamente el
mismo idioma. Roger
Halsted, el profesor de matemáticas, dijo con la leve vacilación que
casi llegaba a ser un tartamudeo: —Hay
suficiente superposición como para que no importe realmente, ¿verdad? —Sí,
casi todos podemos entendernos —dijo Rubin, quejoso—, pero hay menos
superposición de la que tendría que haber. Cada pequeño fragmento de la
cultura desarrolla su propio vocabulario para formar un grupo exclusivo.
Hay un millón de muros verbales detrás de los que se ocultan los tontos
y eso, no crea más que incomodidad... —Era
la tesis de Shaw en Pigmalión —gruñó Trumbull. —¡No!
Estás equivocado, Tom. Shaw creía que era el resultado de la educación
defectuosa. Yo afirmo que es deliberado y que trabaja más en la creación
de la atmósfera correcta para que el mundo se derrumbe, que la propia
guerra. —y atacó su trozo de carne asada con un corte feroz de su
cuchillo. —Sólo
Manny podría ir del vocablo inglés “unionized” a la destrucción de
la civilización en una docena de frases —dijo Gonzalo filosóficamente,
y le pasó el bosquejo a Henry para que se lo entregara a Puntsch. Puntsch
le dirigió una sonrisita temblorosa, porque destacaba sus orejas más de
lo que un purista habría creído coherente con un buen aspecto. Henry lo
colocó en la pared con los demás. Quizás
fuese inevitable que la discusión se desviara de las iniquidades del
idioma privado a los juegos de palabras y Halsted logró cierto grado de
silencio a los postres al exigir que le dieran la palabra inglesa cuya
pronunciación cambiaba cuando iba con mayúscula. Después, cuando todos
se rindieron, Halsted dijo lentamente: —Yo
diría que “polish” (pulir), se convierte en “Polish” (polaco), ¿no
es así?[1] Avalon
frunció extraordinariamente el entrecejo, con las cejas frondosas
agazapadas sobre los ojos. —Al
menos eso es menos ofensivo que los chistes de polacos que tengo que
aguantar a veces. —¿Después
del café probaremos con algo un poco más complicado? —dijo Drake, con
el pequeño bigote gris crispado. Avalon
disparó una mirada de sospecha en dirección a Puntsch y, con una expresión
melancólica, observó cómo Henry servía el café. —¿Brandy,
señor? —dijo Henry. Puntsch levantó los ojos y dijo: —Bueno,
sí, gracias. La comida estuvo muy bien, mozo. —Me
alegro, señor —dijo Henry—. El club de los Viudos Negros es una
preocupación especial para la casa. Drake
estaba golpeando su vaso de agua con una cuchara. —He
traído conmigo a Sam Puntsch —dijo, tratando de elevar su voz, siempre
ronca y confusa—, en parte porque trabajaba para la misma firma para la
que yo trabajo en New Jersey, aunque no en la misma sección. No sabe nada
sobre química orgánica; lo sé porque lo oí discutir una vez sobre el
tema. Por otro lado, es un físico más que pasable, según me han dicho.
En parte también lo traje porque tiene un problema y le dije que viniese
y nos entretuviera con él, y espero que no tengas objeciones, Jeff. Geoffrey
Avalon hizo girar lentamente la copa de brandy entre dos dedos y dijo con
tono hosco: —Esta
organización no tiene reglamentos, Jim, así que te seguiré la corriente
y trataré de pasarla bien. Pero debo decir que me gustaría relajarme un
poco en estas reuniones; aunque tal vez no sea más que un proceso de
calcificación del viejo cerebro. —Bueno,
no te preocupes, haremos que Tom sea el interrogador en jefe. —Si
el señor Avalon... —dijo Puntsch. —No
le hagas caso al señor Avalon —dijo Drake de inmediato. Y
el propio Avalon dijo: —Oh,
no se preocupe, doctor Puntsch. El grupo es lo bastante amable como para
permitir que me encocore de vez en cuando. —¿Quieren
permitirme encarar el asunto? —dijo Trumbull, ceñudo—. Doctor Puntsch:
¿cómo justifica su existencia? —¿Justificarla?
Supongo que podríamos decir que intentar que nuestra civilización dure más
de una generación es una especie de justificación. —¿En
qué consiste ese intento? —En
hallar una fuente de energía permanente, segura y limpia. —¿De
qué tipo? —Energía
por fusión. ¿Va a pedirme detalles? Trumbull
sacudió la cabeza. —No,
a menos que se relacionen con el problema que lo preocupa. —Sólo
de manera tangencial; lo que es una ventaja. —La voz de Puntsch era
aguda, y pronunciaba con meticulosidad las palabras, como si en una época
hubiese tenido ambiciones de locutor de radio. Dijo—: En realidad, lo
que dijo hace un rato el señor Rubin es muy cierto. Todos tenemos nuestro
idioma privado, a veces más de lo necesario, y no me agradaría la
posibilidad de tener que entrar en muchos detalles sobre el asunto de la
fusión. Gonzalo,
que estaba vestido con una gama de diversos tonos de rojo, y que dominaba
la mesa visualmente aún más que de costumbre, murmuró: —Me
gustaría que la gente dejara de decir que Rubin tiene razón... —¿Qué
quisieras, que mientan? —preguntó Rubin, alzando la cabeza de inmediato
y con la barba rala erizada. —Cállense,
los dos —gritó Trumbull—. Doctor Puntsch, permítame decirle lo que sé
sobre la energía por fusión y deténgame si me equivoco demasiado. Es un
tipo de energía nuclear que se produce cuando se obliga a átomos pequeños
a combinarse en átomos mayores. Se emplea hidrógeno pesado extraído del
océano, se lo fusiona hasta llegar al helio, y se produce energía que
nos durará por unos cuantos millones de años. —Sí,
en rasgos generales es como usted dice. —Pero
aún no la tenemos, ¿verdad? —No,
hasta hoy no la tenemos. —¿Por
qué no, doctor? —Ah,
señor Trumbull, supongo que no desea una conferencia de dos horas. —No,
señor, ¿qué le parece una conferencia de dos minutos? Puntsch
rió. —Dos
minutos es todo lo que puede permanecer alguien sentado y quieto. El
problema es que tenemos que calentar nuestro combustible hasta una
temperatura mínima de cuarenta y cinco millones de grados centígrados, o
sea unos ochenta millones de Farenheit. Después tenemos que mantener el
combustible en fusión (hidrógeno pesado, como usted dijo, más tritio,
que es una variedad particularmente pesada) a esa temperatura el tiempo
suficiente como para que prenda fuego, por así decir, y debemos
mantenerlo todo en su lugar con fuertes campos magnéticos mientras eso
ocurre. »Hasta
ahora, no podemos conseguir la temperatura necesaria producida con la
rapidez necesaria, o mantener el campo magnético en funcionamiento el
tiempo suficiente, como para que se encienda el combustible. Otra
posibilidad sería liberar energía mediante laser, pero necesitamos
lasers más fuertes que los que tenemos hasta ahora, o campos magnéticos
más fuertes y mejor diseñados que aquellos con los que contamos. Una vez
que lo logremos y encendamos el combustible, eso será un paso importante,
pero Dios sabe que quedarán muchos problemas de ingeniería por resolver
antes de que empecemos realmente a hacer funcionar la Tierra con energía
por fusión. —¿Cuándo
cree que llegaremos a ese primer paso; cuándo cree que contaremos con el
encendido? —dijo Trumbull. —Es
difícil decirlo. Los físicos norteamericanos y soviéticos han avanzado
centímetro a centímetro hacia eso desde hace un cuarto de siglo. Creo
que casi hemos llegado. Tal vez pasen cinco años más. Pero hay
imponderables. Una intuición afortunada podría hacer que fuese este año.
Dificultades imprevistas podrían llevarnos al siglo veintiuno. —¿Podemos
esperar hasta el siglo veintiuno? —intervino Halsted. —¿Esperar?
—dijo Puntsch. —Usted
dijo que están tratando de lograr que la civilización dure más de una
generación desde ahora. Eso suena como si no creyese que podemos esperar
hasta el siglo veintiuno. —Entiendo.
Me gustaría ser optimista en ese punto, señor —dijo Puntsch con
gravedad—, pero no puedo. Al paso que vamos, nuestro petróleo estará
casi agotado en el año 2000. Volver al carbón nos presentará una
cantidad de problemas y apoyarnos en los reactores regeneradores por fisión
implica hacerse cargo de cantidades enormes de desechos radioactivos. Me
sentiría ciertamente incómodo si no tenemos reactores por fusión en
funcionamiento, digamos, en el año 2010. —Apres
moi, le déluge —dijo Avalon. —Tal
vez el diluvio llegue después de su muerte, señor Avalon —dijo Puntsch
con un matiz de aspereza—. ¿Tiene hijos? Avalon,
que tenía dos hijos y varios nietos, pareció incomodarse y dijo: —Pero
quizás la energía por fusión postergue el diluvio y entiendo que usted
se siente inclinado a ser optimista en cuanto a la llegada de la fusión. —Sí,
en eso tiendo a ser optimista. —Bueno,
sigamos —dijo Trumbull—. Usted trabaja en la firma de Jim Drake.
Siempre pensé que era una de esas casas productoras de drogas. —Es
muchísimo más que eso —dijo Drake, mientras miraba con tristeza lo que
quedaba de un paquete de cigarrillos, como preguntándose si encendería
otro o descansaría diez minutos. —Jim
trabaja en la sección de química orgánica —dijo Puntsch—. Yo
trabajo en física de los plasmas. —Una
vez estuve allí, para visitar a Jim —dijo Rubin—, y di una vuelta por
la planta. No vi ningún Tokamak. —¿Qué
es un Tokamak? —preguntó Gonzalo de inmediato. —Es
un dispositivo dentro del cual pueden disponerse campo magnéticos
estables (bastante estables en todo caso) para confinar al gas súper-caliente.
No, no tenemos ninguno. No estamos haciendo nada por el estilo. Estamos más
bien en el extremo teórico del asunto. Cuando se nos ocurre algo que
promete, tenemos acuerdos con instalaciones mayores que nos permiten
ponerlo aprueba. —¿Y
qué gana la firma? —preguntó Gonzalo. —Nos
permiten hacer un poco de investigación básica. Siempre se le encuentra
utilidad. La firma produce tubos fluorescentes de distintos tipos y
cualquier cosa que averigüemos sobre el comportamiento de los gases
calientes (plasma, los llaman) y los campos magnéticos siempre puede
ayudar a la producción de fluorescentes más baratos y mejores. Esa es la
justificación práctica de nuestro trabajo. —¿Y
han dado con algo que prometía? —dijo Trumbull—. Respecto a la fusión,
quiero decir, en fluorescentes. Puntsch
empezó una sonrisa y la dejó desaparecer lentamente. —Ese
es el asunto. No sé. Halsted
se llevó la mano a la rosada delantera calva del cráneo y dijo: —¿Ese
es el problema que nos trajo? —Sí
—dijo Puntsch. —Bueno,
entonces suponga que nos lo cuenta, doctor. Puntsch
carraspeó y frunció los labios por un instante, mirando a los hombres
que rodeaban la mesa del banquete y apartándose para permitir que Henry
le volviera a llenar la taza de café. —Jim
Drake me explicó —dijo—, que todo lo que se dice en este cuarto es
confidencial; que todos —fijó los ojos brevemente en Henry— son
personas de confianza. Hablaré sin reservas, entonces. Tengo un colega
que trabaja en la firma. Se llama Matthew Revsof y Drake lo conoce. Drake
asintió. —Lo
conocí una vez en tu casa. —Revsof
está a medio camino entre la brillantez y la demencia —dijo Puntsch—,
lo cual a veces es bueno para un físico teórico. Sin embargo, significa
que es excéntrico y difícil de tratar en ocasiones. Hemos sido buenos
amigos, sobre todo porque nuestras esposas se llevan particularmente bien.
La cuestión se transformó en uno de esos asuntos familiares en que los
hijos de ambas partes nos emplean casi como padres intercambiables, dado
que vivimos sobre la misma calle. »Ahora
Revsof está en el hospital. Hace dos meses que está allí. Debo explicar
que se trata de un hospital mental y que protagonizó un episodio violento
que lo llevó allí y sobre el que no tiene importancia entrar en
detalles. Sin embargo el hospital no tiene apuro en dejarlo libre y eso
crea un problema. »Fui
a visitarlo alrededor de una semana después de que lo hospitalizaran.
Parecía perfectamente normal, perfectamente alegre; lo puse al día sobre
el trabajo que se llevaba a cabo en la sección y no tuvo problemas en
seguirme. Pero después quiso hablarme en privado. Insistió en que la
enfermera se fuese y en que cerraran la puerta. »Me
hizo jurar que guardaría el secreto y me dijo que sabía con exactitud cómo
diseñar un Tokamak de tal modo que produjera un campo magnético
totalmente estable que retendría un plasma de densidades moderadas
durante un tiempo indefinido. Me dijo algo así: “Lo elaboré el mes
pasado. Por eso me metieron aquí. Como es natural, lo prepararon los soviéticos.
El material está en la caja fuerte de casa; los diagramas, los análisis
teóricos, todo”. Rubin,
que había escuchado con un ceño indignado, interrumpió: —¿Es
posible? ¿Es él el tipo de persona que puede hacer eso? ¿El trabajo
estaba en una etapa en que semejante adelanto...? Puntsch
sonrió con cansancio. —¿Cómo
puedo contestarle? La historia de la ciencia está plagada de adelantos
revolucionarios que exigían pequeños momentos de penetración que
cualquiera podría haber tenido, pero que en lo concreto sólo una persona
tuvo. Sin embargo le diré esto. Cuando alguien que está en un hospital
mental le dice a uno que cuenta con algo que ha estado eludiendo a los físicos
más inteligentes del mundo durante unos treinta años, y que los rusos lo
persiguen, uno no se siente muy inclinado a creerle. Todo lo que traté de
hacer fue calmarlo. »Pero
mis esfuerzos sólo lograron excitarlo. Me dijo que tenía la intención
de recibir el reconocimiento por la cuestión; no iba a permitir que nadie
le robase la prioridad mientras estaba en el hospital. Yo tenía que
montar guardia ante la caja fuerte y asegurarme que nadie la violara. Él
estaba seguro de que espías rusos tratarían de preparar un asalto, y
afirmaba una y otra vez que yo era él único en quien podía confiar y
que en cuanto saliera del hospital anunciaría el descubrimiento y
prepararía un artículo descriptivo para poder poner a salvo la
prioridad. Dijo que me permitiría ser el coautor. Como es natural, accedí
a todo sólo para mantenerlo tranquilo, y conseguir que la enfermera
regresara en cuanto le fuera posible. —Los
científicos norteamericanos y soviéticos están cooperando en la
investigación sobre fusión, ¿no es así? —dijo Halsted. —Sí,
desde luego —dijo Puntsch—. El propio Tokamak es de origen soviético.
La cuestión de los espías rusos sólo pertenece a la fantasía
recalentada de Revsof. —¿Lo
ha visitado desde entonces? —dijo Rubin. —Unas
pocas veces. Se adhiere a su teoría. Eso me fastidia. No le creo. Pienso
que está loco. Y sin embargo algo en mi interior dice: ¿y si no es así?
¿Qué pasa si en la caja fuerte de su casa hay algo por lo que el mundo
entero daría sus colmillos colectivos? —Cuando
él salga... —dijo Halsted. —No
es tan fácil —dijo Puntsch—. Cualquier demora es riesgosa. Este es un
campo en el que trabajan con vehemencia muchos cerebros. Cualquier día,
algún otro puede hacer el descubrimiento de Revsof (suponiendo que Revsof
haya descubierto algo realmente) y entonces perderá la prioridad y el
reconocimiento, y por lo que sé, un premio Nobel. Y si lo consideramos
desde un punto de vista más amplio, la firma perderá una suma
considerable de reconocimiento por reflejo y la oportunidad de un aumento
sustancioso de su prosperidad. Todos los empleados de la firma perderán
la oportunidad de beneficiarse con el aumento general de prosperidad que
podría experimentar la firma. Como ven, caballeros, tengo un interés
personal en esto, y también Jim Drake lo tiene, si vamos al caso. »Pero
yendo incluso más allá... El mundo está comprometido en una carrera que
tal vez no gane, Incluso si obtenemos la respuesta a un campo magnético
estable, habrá que pasar por una buena cantidad de trabajo de ingeniería,
como dije antes, y, en el mejor de los casos, pasarán años antes de que
la energía por fusión esté disponible para el mundo: años que quizás
no podamos permitirnos. En ese caso, no es seguro perder tiempo esperando
que Revsof salga. —Si
él sale pronto... —dijo Gonzalo. —Pero
no es así. Eso es lo peor —dijo Puntsch—. Puede no salir nunca. Él
está desmejorando. —Supongo,
señor —dijo Avalon con su voz profunda y solemne—, que habrá
explicado a su amigo las ventajas de una acción inmediata. —Lo
he hecho —dijo Puntsch—. Se lo expliqué con el mayor cuidado posible.
Le dije que abriría la caja fuerte ante testigos legales, y le llevaría
todo para que lo firme personalmente. Dejaríamos los originales y tomaríamos
copias. Le expliqué lo que él mismo podría perder con la demora. Todo
lo que ocurrió fue que él... bueno, por último me atacó. Me han pedido
que no lo visite hasta nuevo aviso. —¿Y
la esposa? —dijo Gonzalo—. ¿Sabe algo sobre esto? Usted dijo que era
buena amiga de su esposa. —Y
lo es. Es una muchacha maravillosa y comprende a la perfección lo difícil
de la situación. Está de acuerdo en que hay que abrir la caja fuerte. —¿Le
ha hablado ella a su esposo? —preguntó Gonzalo. Puntsch
vaciló. —Bueno,
no. No le han permitido verlo. Él... él... Esto es ridículo pero no
puedo evitarlo. Pretende que Bárbara, su esposa, está pagada por la Unión
Soviética. Para ser francos, fue a Bárbara a quien él... cuando lo
llevaron al hospital... —Está
bien —dijo Trumbull con un gruñido—, ¿pero no puede usted hacer que
Revsof sea declarado incompetente y que traspasen el control de la caja
fuerte a la esposa? —En
primer lugar, es algo complicado. Bárbara tendría que dar testimonio de
una cantidad de cosas que no desea testimoniar. Ella... ella lo ama. —No
quiero ser brutal —dijo Gonzalo—, pero usted dijo que Revsof está
desmejorando. Si muerte... —Desmejorando
en el aspecto mental, no físico. Tiene treinta y ocho años y podría
vivir cuarenta años más sin dejar de estar loco un solo día. —¿Con
el tiempo su esposa no se verá obligada a pedir que lo declaren
incompetente? —¿Pero
cuándo será? —dijo Puntsch—. Y todo esto no es aún el problema que
quiero plantear. Le había explicado a Bárbara con exactitud cómo
procedería para proteger la prioridad de Matt. Abriría la caja fuerte y
Bárbara pondría sus iniciales y contaría cada hoja de papel que hubiese
adentro. Yo sacaría fotocopia de todo y le entregaría a ella una
declaración ante escribano público en el sentido de que había hecho eso
y que daba cuenta de que todo lo que había sacado de la obra de Revsof.
Los originales y la declaración ante escribano serían devueltos a la
caja y yo trabajaría con las copias. »Vean,
ella me dijo desde un principio que tenía la combinación. Era cuestión
de superar en primer lugar la sensación que yo sentía de estar
traicionando la confianza de alguien, y en segundo término, de superar
los escrúpulos de ella. El asunto no me gustaba, pero sentía que estaba
sirviendo a una causa más alta y por fin Bárbara accedió. Decidimos que
si alguna vez Revsof estaba lo bastante cuerdo como para volver a casa,
pensaría que habíamos hecho lo indicado. Y su prioridad estaría
protegida. —Entonces
entiendo que abrió la caja fuerte —dijo Trumbull. —No
—dijo Puntsch—. No lo hice. Probé la combinación. Bárbara me la dio
y no funcionó. La caja sigue cerrada. —Podría
haberla forzado —dijo Halsted. —No
puedo obligarme a hacerlo —dijo Puntsch— Una cosa es que la esposa me
dé la combinación Otra muy distinta es... Halsted
sacudió la cabeza. —Quiero
decir: ¿la señora Revsof no puede pedir que fuercen la caja? —No
creo que ella pediría eso —dijo Puntsch—. Significaría la intervención
de extraños. Sería un acto de violencia contra Revsof, en cierto
sentido, y... ¿Por qué no funciona la combinación? Ese es el problema. Trumbull
puso las manos sobre la mesa y se inclinó hacia adelante. —Doctor
Puntsch: ¿nos está pidiendo que contestemos esa pregunta? ¿Que le
digamos cómo usar la combinación que tiene? —Más
o menos. —¿Ha
traído la combinación? —¿Se
refiere al trozo de papel concreto en el que estaba escrita la combinación?
No. Bárbara lo conserva y la comprendo. Sin embargo, si quiere que la
escriba, no hay problema. La recuerdo muy bien —Sacó una libretita del
bolsillo interior del saco, arrancó una hoja de papel, y escribió con
rapidez—. ¡Aquí está! 12R 27 15 Trumbull
la miró con solemnidad, después le pasó el papel a Halsted, que estaba
a su izquierda. La hoja recorrió la mesa y regresó a él. Trumbull
entrelazó los dedos y miró solemnemente el trozo de papel. —¿Cómo
sabe que ésta es la combinación de la caja fuerte? —Bárbara
afirma que lo es. —¿No
le parece improbable, doctor Puntsch, que el hombre que usted describió
deje la combinación en cualquier parte? Una vez obtenida la combinación,
da lo mismo que tenga la caja sin cerrar. Esta hilera de símbolos puede
no tener nada que ver con la caja. Puntsch
suspiró. —Las
cosas son distintas. No es que la caja haya tenido alguna vez en su
interior algo de valor intrínseco. No hay nada de gran valor intrínseco
en la casa de Revsof, o en la mía, si vamos al caso. No somos ricos y no
somos blancos ideales para el robo. Revsof compró la caja hace unos cinco
años y la hizo instalar porque pensaba que con el tiempo podía querer
guardar papeles en ella. Ya entonces tenía ese fetichismo acerca de
perder la prioridad, pero sólo últimamente llegó al extremo de la
paranoia. Tomó nota de la combinación para su uso personal, para poder
abrirla él mismo. »Bárbara
encontró la anotación un día y preguntó qué era y él dijo que era la
combinación de su caja fuerte. Ella dijo: “Bueno, no la dejes en
cualquier parte” y la guardó en un sobrecito en uno de sus propios
cajones, con la sensación de que algún día él podría necesitarla. Al
parecer nunca se presentó la ocasión, y estoy seguro de que él se olvidó
del asunto. Pero ella no se olvidó, y dice que está segura de que nunca
la tocaron. —Él
puede haber hecho cambiar la combinación —dijo Rubin. —Eso
significaría la entrada de un cerrajero en la casa. Bárbara dice que está
segura de que no pasó. —¿Eso
es todo lo que está escrito en la hoja? —dijo Trumbull—. ¿Sólo seis
números y una letra del alfabeto? —Eso
es todo. —¿Y
en el dorso de la hoja? —Nada.
—Como
comprenderá, doctor Puntsch —dijo Trumbull—, esto no es un código, y
yo no soy experto en cerraduras de combinación. ¿Qué aspecto tiene la
cerradura? —Muy
común. Estoy seguro de que Revsof no podía costearse una caja fuerte muy
compleja. Hay un círculo con números del 1 al 30 y una perilla con un
pequeño señalador en el centro. Bárbara vio trabajar a Matt con la caja
y no hay mayores complejidades. Hace girar la perilla y la abre. —¿Ella
nunca lo ha hecho? —No.
Ella dice que no. —¿Ella
no puede decirle por qué la caja no se abre cuando usted emplea la
combinación? —No,
no puede. Y sin embargo parece bastante simple. La mayor parte de las
cerraduras de combinación que he usado (en realidad todas) tienen
perillas que uno hace girar primero en una dirección, después en la
otra, después otra vez en la primera dirección. De acuerdo a la
combinación, me parece claro que tenía que hacer girar la perilla
primero a la derecha[2]
hasta que el señalador estuviese en el doce, después a la izquierda
hasta el veintisiete, después otra vez a la derecha hasta el quince. —Yo
tampoco veo que pueda significar otra cosa —dijo Trumbull. —Pero
no funciona —dijo Puntsch—. Marqué la combinación doce, veintisiete,
quince una docena de veces. Lo hice con cuidado, asegurándome de que el
pequeño señalador estuviese centrado en cada línea. Traté de hacer
vueltas extras; ya saben, a la derecha hasta doce, después una vuelta
completa a la izquierda y después hasta veintisiete, después una vuelta
completa a la derecha y después hasta quince. Intenté hacer una vuelta
completa en una dirección y no en la otra. Intenté otros trucos,
tironear de la perilla, apretarla. Lo intenté todo. —¿Dijo
“Sésamo, ábrete”? —dijo Gonzalo, con una sonrisa. —No
se me ocurrió —dijo Puntsch, sin sonreír—, pero si se me hubiese
ocurrido, lo habría intentado. Bárbara dice que nunca notó que él
hiciese algo especial, pero desde luego, puede haberse tratado de algo
poco notable y en ese sentido no lo observó con mucha atención. No se le
ocurrió que alguna vez tendría que saberlo. —Permítame
darle otro vistazo —dijo Halsted. Miró la combinación con seriedad—.
Esto no es más que una copia, doctor Puntsch. No puede ser exactamente
como se la veía. Me parece evidente aquí, pero usted puede haberla
copiado sólo como creía que era. ¿No es posible que algunos de los números
del original sean equívocos, como para que usted confunda un siete con un
uno, por ejemplo? —No,
no —dijo Puntsch, sacudiendo la cabeza con vigor—. No hay posibilidad
de error. Se lo aseguro. —¿Qué
me dice de los espacios? —dijo Halsted—. ¿Estabas espaciado
exactamente así? Puntsch
tomó el papel y lo miró otra vez. —Oh,
entiendo lo que quiere decir. No, en realidad no había espacios. Yo los
puse porque era así como la veía. En realidad el original es una línea
corrida de símbolos, sin ningún espaciado especial. Sin embargo no
importa, ¿verdad? No se lo puede dividir de otro modo. La escribiré otra
vez sin espacios. Escribió
por segunda vez bajo la primera línea y le alcanzó el papel a Halsted. 1
2 R 2 7 1 5 —No
se la puede dividir de otro modo —dijo— No se puede tener un 2710 un
715. Los números sólo llegan a treinta. —Ahora
bien —murmuró Halsted—, olviden los números. ¿Qué me dicen de la
letra R? —Se pasó la lengua por los labios, en obvio disfrute de la nítida
atmósfera de suspenso que se había centrado ahora en él—. Supongan
que dividimos así la combinación: 12
R27 15 Levantó
el papel para que lo viese Puntsch, y después los demás. —En
esta división, es el número veintisiete el que tendría la inicial de
“right” (derecha), así que son los otros dos números los que habría
que girar ala izquierda. En otras palabras, los números son doce,
veintisiete y quince, de acuerdo pero habría que hacerlos girar a
izquierda, derecha, izquierda, en vez de derecha, izquierda, derecha. —¿Por
qué poner la R allí? —protestó Gonzalo. —Todo
lo que él necesita es un pequeño dato recordatorio. Sabe cuál es la
combinación. Si recuerda que el número central es hacia la derecha, sabe
que los otros dos son hacia la izquierda. —Pero
eso no es un gran adelanto —dijo Gonzalo—. Si sólo pone los tres números,
es ya sea izquierda, derecha, izquierda, o si no derecha, izquierda,
derecha. Si no funciona en un sentido, prueba con el otro. Tal vez la R
quiera decir otra cosa. —No
se me ocurre qué —dijo Puntsch con tristeza. —El
símbolo sólo podría ser una R, ¿verdad, doctor Puntsch? —dijo
Halsted. —Solamente
—dijo Puntsch—. Admito que no pensé en asociar la R con el segundo número,
pero de todos modos no importa. Cuando la combinación no funcionó haciéndola
girar en el orden derecha, izquierda, derecha, me desesperé lo suficiente
como para probarla no sólo en el orden izquierda, derecha, izquierda,
sino también en derecha, derecha, derecha e izquierda, izquierda,
izquierda. En todos los casos lo intenté con y sin vueltas completas
entremedio. No funcionó nada. —¿Por
que no probar con todas las combinaciones? Sólo serían muchas. —Calcula
cuántas, Mario —dijo Rubin—. El primer número podría ser cualquiera
del uno al treinta en cada dirección; lo mismo pasaría con el segundo;
también con el tercero. El número total de combinaciones posibles,
teniendo en cuenta las dos direcciones para cada número, sería sesenta
veces, sesenta veces sesenta, o sea más de doscientos mil. —Creo
que la forzaría mucho antes de llegar a probarlas todas —dijo Puntsch
con evidente disgusto. Trumbull
se volvió hacia Henry, que había estado de pie junto al copero con una
expresión de atención en el rostro. —¿Has
ido siguiendo todo esto, Henry? —Sí,
señor —dijo Henry—, pero no he visto las cifras escritas. —¿Me
permite, doctor Puntsch? —dijo Trumbull—. Él es el mejor de nosotros,
en realidad. Le
alcanzó la hoja con los tres números escritos de tres maneras distintas.
Henry
las examinó con gravedad y sacudió la cabeza. —Lo
siento. Se me había ocurrido algo, pero veo que estaba equivocado. —¿Qué
se te había ocurrido? —preguntó Trumbull. —Se
me había ocurrido que la letra R podía estar escrita con minúscula. Veo
que está en mayúscula. Puntsch
parecía asombrado. —Aguarden,
aguarden. Henry, ¿tiene importancia eso? —Podría
ser, señor. No pensamos con frecuencia que la tenga, pero hace un momento
el señor Halsted explicó que la palabra inglesa “polish” (pulir), se
convertía en “Polish” (polaco), y cambiaba de pronunciación
simplemente debido a la mayúscula. —Pero
es una minúscula en el original, sabe —dijo Puntsch lentamente—.
Nunca se me ocurrió escribirla de ese modo. Siempre uso mayúsculas
cuando escribo. Qué raro. Hubo
una leve sonrisa en el rostro de Henry. Dijo: —¿Quisiera
escribir la combinación con minúscula, señor? Puntsch,
un poco ruborizado, escribió: 1 2 r 2 7 1 5 Henry miró la línea y dijo:
—Ya
que después de todo se trata de una r minúscula, puedo hacer una
pregunta más. ¿Hay alguna otra diferencia entre esto y el original? —No
—dijo Puntsch. Después, a la defensiva—: Ninguna diferencia
significativa. La cuestión del espaciado y la mayúscula no ha cambiado
nada, ¿ verdad? Desde luego, el original no está escrito con mi letra. —¿Está
escrito con la letra de alguien, señor? —dijo Henry, sereno. —¿Qué?
—Quiero
decir: ¿el original está dactilografiado, doctor Puntsch? El
rubor del doctor Puntsch se hizo más profundo. —Sí,
ahora que lo pregunta, estaba dactilografiado. Eso tampoco significa nada.
Si hubiese aquí una máquina de escribir, se lo dactilografiaría,
aunque, desde luego, no sería el mismo tipo de máquina que el del
original, tal vez. —En
la oficina de este piso hay una máquina de escribir —dijo Henry—. ¿Le
importaría dactilografiar la línea, doctor Puntsch? —En
absoluto —dijo Puntsch, desafiante. Regresó en dos minutos, durante los
cuales nadie dijo una palabra en la mesa. Le alcanzó el papel a Henry,
con la serie de número dactilografiados bajo las cuatro líneas de números
manuscritos: 1
2 r 2 7 1 5 —¿Así
se los veía? —dijo Henry—. ¿La máquina de escribir con que se hizo
el original no tenía un tipo de letra especialmente poco común? —No.
Lo que acabo de dactilografiar es casi idéntico al original. Henry
le pasó el papel a Trumbull, que lo miró y lo hizo circular. —Supongo
que si abre la caja-fuerte —dijo Henry—, es probable que no encuentre
nada de importancia. —Yo
también lo supongo —estalló Puntsch—. Estoy casi seguro. Sería
desilusionante pero mucho mejor que quedarse aquí preguntándomelo. —En
ese caso, señor —dijo Henry— quisiera decir que el señor Rubin habló
esta noche de idiomas privados. La máquina de escribir también tiene un
idioma privado. La máquina de escribir común emplea el mismo símbolo
para el número uno y la minúscula de la duodécima letra del alfabeto. »Si
usted hubiese querido abreviar las palabras “right” y “left” con
las iniciales manuscritas, no habría habido problema, ya que ninguna
forma de la escritura a mano puede llevar a la confusión. Si hubiese
empleado una máquina de escribir y las abreviaba con mayúsculas habría
sido una notación clara. Al emplear minúsculas, es posible leer la
combinación como 12 right (derecha), 27, 15; o tal vez 12, right 27, 15;
o como left (izquierda) 2, right 27, left 5. El 1 en 12 y 15 no es el número
1 sino la minúscula de la letra L y quiere decir left, izquierda. Revsof
sabía lo que estaba mecanografiando y él no se confundía. Podía
confundir a otros. Puntsch
miró los símbolos con la boca abierta. —¿Cómo
se me pasó por alto? —Un
momento antes —dijo Henry—, usted había hablado de momentos de
penetración que podía tener cualquiera pero en realidad sólo una
persona tenía. Fue el señor Gonzalo quien dio en la tecla. —¿Yo?
—dijo Gonzalo con vigor. —El señor Gonzalo se preguntó por qué tenia que haber sólo una letra —dijo Henry—, y a mí me pareció que tenía razón. Seguramente el doctor Revsof indicaría la dirección de todos los números, o de ninguno. Como una letra estaba presente sin lugar a dudas, me pregunté si no estarían también las otras dos. |
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| Postfacio | ||||||||
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Este
relato apareció en el número de setiembre de 1974 del Ellery Queen's
Mystery Magazine, con el título “Todo depende de cómo se lo
mire”, Una vez más prefiero el título más breve, así que le
devuelvo el mío: “Los tres números”. A
veces me preguntan de dónde saco las ideas, en realidad me lo preguntan
con frecuencia. No hay ningún gran secreto. Las saco de todo lo que
experimento, y usted también puede hacerlo, si desea trabajar en ello. Por
ejemplo sé que tengo un posible relato de los Viudos Negros cuando puedo
pensar en algo que puede considerarse de dos o más maneras, con sólo
Henry considerándolo en la manera correcta. Así
que una vez, sentado ante mi máquina de escribir, deseé tener una idea
para un relato del club de los Viudos Negros (porque tenía ganas de
escribir eso más que la tarea que debía enfrentar en el día). Decidí
mirar la máquina de escribir y ver si había alguna ambigüedad útil que
pudiese extraer del teclado. Después de pensarlo un poco, extraje una y
tuve mi relato. |
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| [1] En inglés las nacionalidades van con mayúscula, y en este caso la pronunciación de los ejemplos es distinta. (N. del T.) | ||||||||
| [2] En inglés, R es abreviatura de right (derecha). A su vez left es izquierda. Es necesario dejar los vocablos ingleses para que sea inteligible la solución del enigma. (N. del T.) | ||||||||
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