LORENZO

servidor

ISAAC ASIMOV's

The Iron Gem

La Joya de Hierro

Geoffrey agitaba su copa y sonreía como un lobo. Sus cejas hirsutas, aún oscuras se inclinaban hacia arriba y su prolija barba grisácea parecía retorcerse. Daba la impresión de un Satán amistoso.

Les dijo a los Viudos Negros, reunidos en su cena mensual:

—Permítanme presentarles a mi invitado: Latimer Reed, joyero. Y permítanme aclarar de inmediato que no nos trae ningún crimen por resolver, ningún misterio por develar. No le han robado nada; no ha sido testigo de ningún asesinato; no está enredado en ningún círculo de espías. Ha venido, pura y simplemente, a hablarnos sobre joyería, contestar nuestras preguntas, y ayudarnos a pasar un momento cordial.

Y, en verdad, bajo la firme mirada de Avalon, la atmósfera fue durante la cena serena y descansada y hasta Emmanuel Rubin, el erudito enciclopédico siempre dispuesto a la gresca, logró no levantar la voz. Muy satisfecho, Avalon dijo, cuando sirvieron el brandy:

—Caballeros, se acerca el interrogatorio de sobremesa, y sin un problema sobre el que tengamos que devanarnos los sesos. Henry, puedes descansar.

Henry, que estaba despejando la mesa con la callada eficiencia de costumbre que lo habría convertido en un mozo sin igual aún cuando no hubiese demostrado, una y otra vez, tener una conciencia sin par de lo obvio, dijo:

—Gracias, señor Avalon. Sin embargo confío en que no seré excluido del proceso.

Rubin clavó en Henry una mirada de búho a través de los gruesos lentes y dijo en alta voz:

—Henry, esa falsa modestia estruendosa no te sienta. Sabes que formas parte de nuestra pequeña banda, con todos los beneficios que eso conlleva.

—Si es así —dijo Roger Halsted, el profesor de matemáticas de voz suave, mientras probaba el brandy e invitando abiertamente a la discusión—: ¿por qué se encarga de la mesa?

—Elección personal, señor —dijo Henry con rapidez, y la boca abierta de Rubin volvió a cerrarse.

—Procedamos —dijo Avalon—. Esta vez Tom Trumbull no está presente, así que como anfitrión te designo a ti, Mario, como interrogador en jefe.

Mario Gonzalo, un artista nada desdeñable, estaba dándole los toques finales a la caricatura de Reed, que iba a agregarse a la ya larga hilera que decoraba la habitación privada del restaurant de la Quinta Avenida donde se llevaban a cabo las cenas del club de los Viudos Negros.

Tal vez Gonzalo había exagerado la cúpula calva de la cabeza de Reed y la solemne extensión de su labio superior saliente, y había destacado por demás la leve tendencia a dejar caer la mandíbula. De hecho había más de un rasgo de sabueso en la caricatura, pero Reed sonrió cuando vio el resultado y no pareció ofenderse.

Gonzalo alisó el perfecto nudo Windsor de su corbata rosa y blanca y dejó que la chaqueta azul se abriera con descuidada negligencia cuando se echó hacia atrás y dijo:

—¿Cómo justifica su existencia, señor Reed?

—¿Cómo dice, caballero? —dijo Reed con voz levemente metálica.

Sin cambiar el tono o el énfasis, Gonzalo dijo:

—¿Cómo justifica su existencia, señor Reed?

Reed miró los cinco rostros que rodeaban la mesa y sonrió: una sonrisa que por algún motivo no disminuyó mucho la tristeza esencial de su expresión.

—Jeff me advirtió —dijo—, que me interrogarían después de la cena, pero no me dijo que me desafiarían a justificarme a mí mismo.

—Siempre es mejor tomar a un hombre por sorpresa —dijo Avalon, sentencioso.

—¿Qué puede servir para justificar a cualquiera de nosotros? —dijo Reed—. Pero si debo decir algo, diría que ayudo a aportar belleza a otras vidas.

—¿Qué tipo de belleza? —preguntó Gonzalo—. ¿Belleza artística? —y alzó la caricatura.

Reed rió.

—Formas menos discutibles de belleza, espero.

Extrajo un pañuelo del bolsillo interno del saco y, al desenvolverlo con cuidado sobre la mesa, expuso más o menos una docena de trozos de mineral centelleantes, de colores profundos.

—Todos los hombres están de acuerdo en la belleza de las joyas —dijo—. Es algo independiente del gusto subjetivo. —Alzó una piedrita color rojo profundo y las luces le arrancaron destellos.

James Drake carraspeó y dijo con el tono suave y ronco de costumbre:

—¿Siempre lleva esas cosas consigo?

—No, por supuesto que no —dijo Reed—. Sólo cuando quiero entretener o mostrar.

—¿En un pañuelo? —dijo Drake.

—Seguro, ¿por qué no? —estalló Rubín de inmediato—. Si lo asaltan, guardarlos en un cofrecito cerrado con llave no le serviría de nada. Sólo lograría perder también el valor del cofrecito.

—¿Alguna vez lo asaltaron? —preguntó Gonzalo.

—No —dijo Reed—. Mi mejor defensa es que se sabe que nunca llevo nada de valor encima. Me esfuerzo por hacer que eso se sepa lo más ampliamente posible, y también por justificarlo.

—No parece —dijo Drake.

—Estoy mostrando belleza, no valor —dijo Reed— ¿Les importaría pasarse esto entre ustedes, caballeros?

No hubo ningún movimiento inmediato y después Drake dijo:

—Henry, ¿quisieras cerrar la puerta con llave, por favor?

—De acuerdo, señor —dijo Henry, y lo hizo. Reed parecía sorprendido.

—¿Por qué cerrar la puerta con llave?

Drake carraspeó por segunda vez y apagó el despreciable resto de su cigarrillo con un pulgar y un índice manchados de nicotina.

—Me temo que, con el tipo de record que tenemos en nuestras cenas mensuales, estas cosas serán pasadas y desaparecerá una.

—Esa es una observación de mal gusto, Jim —dijo Avalon, ceñudo.

—Caballeros —dijo Reed—, no hay necesidad de preocuparse. Estas piedras pueden desaparecer todas sin que yo pierda mucho o algún otro gane algo. Dije que estaba mostrando belleza y no valor. Lo que estoy sosteniendo es un rubí, es cierto, pero sintético. Hay algunas otras piedras sintéticas y aquí tenemos un ópalo irreparablemente rajado. Otras están acribilladas de fallas. Serían inútiles para cualquiera y estoy seguro de que Henry puede abrir la puerta.

—No —dijo Halsted, tartamudeando apenas por la excitación reprimida—, estoy de acuerdo con Jim. Algo va a pasar, es el destino. Apostaría a que el señor Reed ha incluido algo de valor, tal vez por accidente, y que justo eso se perderá. Sencillamente no creo que podamos terminar una noche sin enfrentarnos con un problema.

—Esta vez no —dijo Reed—. Conozco cada una de estas piedras y, si gustan, las miraré otra vez. —Así lo hizo y después las empujó al centro de la mesa—. Simples baratijas que sirven para satisfacer el ansia innata del hombre por la belleza.

—¿Que sin embargo sólo los ricos pueden costearse? —gruñó Rubin.

—No es cierto, señor Rubin. No es cierto. Estas piedras no tienen un precio terrible, y hasta la joyería costosa se exhibe con frecuencia a todos los ojos... y hasta el propietario no puede hacer más que mirar lo que posee, aunque con mayor frecuencia que los demás. Las tribus primitivas podían fabricar adornos tan satisfactorios para ellos como lo es la joyería para nosotros con dientes de tiburón, colmillos de morsa, conchillas, o corteza de abedul. La belleza es independiente del material, o de las reglas estéticas fijas, ya mi modo yo soy su servidor.

—Pero usted prefiere vender las formas más costosas de belleza, ¿no es así? —preguntó Gonzalo.

—Muy cierto —dijo Reed—. Estoy sujeto a las leyes económicas, pero eso tuerce lo menos posible mi apreciación de la belleza, hasta donde me es posible.

Rubin sacudió la cabeza. Tenía la barba rala erizada y su voz, asombrosamente llena para alguien tan pequeño, se alzó apasionada:

—No, señor Reed, si usted se considera sólo un suministrador de belleza, está siendo hipócrita. Lo que usted vende es escasez. Un rubí sintético es tan bello como uno natural e imposible de distinguir químicamente. Pero el rubí natural es más raro, más escaso, más difícil de obtener, y en consecuencia más caro y buscado con más ansiedad por aquellos que pueden adquirirlo. Puede tratarse de belleza, pero es una belleza destinada a servir a la vanidad personal.

»Una copia de la “Mona Lisa”, correcta hasta la última resquebrajadura de pintura, es sólo una copia, que no vale más que cualquier mamarracho, y si hubiese mil copias, la pintura auténtica seguiría siendo invalorable porque sería el único original y reflejaría su carácter único sobre su propietario. Pero eso, como verá, no tiene nada que ver con la belleza.

—Es fácil quejarse de la humanidad —dijo Reed—. La escasez no aumenta el valor a los ojos de los vanidosos, y supongo que algo que sea lo bastante raro y, al mismo tiempo, notable alcanzaría un precio enorme aunque no hubiera belleza en él...

—Un autógrafo raro —murmuró Halsted.

—Sin embargo —dijo Reed con firmeza—, la belleza siempre es un factor de realce, y yo sólo vendo belleza. Algunas de mis mercancías también son raras, escasas, pero nada de lo que vendo, o me importa vender, es raro sin ser hermoso.

—¿Qué más vende además de belleza y escasez? —dijo Drake.

—Utilidad, señor —dijo Reed de inmediato—. Las joyas son un medio de almacenar riqueza compacta y permanente de un modo independiente de las fluctuaciones del mercado.

—Pero pueden robarse —dijo Gonzalo con tono acusador.

—Por cierto —dijo Reed—. Sus mismos valores (belleza, carácter compacto, permanencia) hacen que sean para un ladrón más útiles que cualquier otro objeto. El equivalente en oro sería mucho más pesado; el equivalente en cualquier otra cosa mucho más voluminoso.

—Latimer comercia en valores eternos —dijo Avalon, con una nítida sensación de gloria refleja por la profesión de su huésped.

—No siempre —dijo Rubin con bastante cólera—. Algunas mercancías del negocio de joyería tienen un valor sólo transitorio, porque la rareza puede desaparecer. Hubo una época en que podían usarse copas de oro en ocasiones moderadamente importantes pero, para la auténtica culminación de la vanidad, se exhibía el cristal tallado veneciano... hasta que los procesos de fabricación del vidrio mejoraron al extremo de que ese tipo de objetos bajó al quinto o décimo nivel.

»En la década de 1880, el Monumento a Washington fue recubierto con nada menos que aluminio y, en unos pocos años, el proceso Hall abarató el aluminio y logró que la capa del monumento fuera totalmente común. El valor también puede cambiar con el cambio de las leyendas. Mientras el alicorno (el cuerno del unicornio) tuvo fama de incluir propiedades afrodisíacas, los cuernos de los narvales y los rinocerontes fueron valiosos. Un pañuelo de tejido tieso que podía limpiarse arrojándolo a las llamas era invalorable por su mágica negativa a arder... hasta que se conocieron bien las propiedades de los asbestos.

»Cualquier cosa que se vuelve escasa por accidente (la primera edición de un libro sin ningún valor, escaso porque era sin ningún valor) se vuelve invalorable para los coleccionistas. Y la joyería sintética de todo tipo aún puede hacer que sus mercancías dejen de tener valor, señor Reed.

—Tal vez los bienes bellos individuales puedan perder parte de su valor —dijo Reed—, pero la joyería es sólo el material en bruto de lo que vendo. Queda aún la belleza de la combinación, del engarce, el trabajo individual y creativo del artesano. En cuanto a las cosas cuyo valor depende sólo de su escasez, no comercio con ellas; no comerciaré con ellas; no les tengo simpatía, no me interesan. Yo mismo poseo algunas cosas que son al mismo tiempo raras y hermosas (es decir, las poseo sin intención de venderlas) y espero que nada que sea feo y valorado sólo por su rareza. O casi nada, en todo caso.

Pareció advertir por primera vez que las joyas que había repartido un momento antes descansaban ante él.

—Ah, ¿han terminado, caballeros? —las atrajo hacia él con la mano izquierda—. Están todas, hasta la última. Sin omisiones. Sin sustituciones. Todas las necesarias. —Las miró individualmente—. Les mostré éstas, caballeros, porque hay algo interesante relacionado con cada una de ellas...

—Aguarde —dijo Halsted—. ¿A qué se refería cuando dijo “casi nada”?

—¿Casi nada? —dijo Reed, confundido.

—Usted dijo que no poseía nada sólo porque fuese raro. Después dijo “casi nada”.

El rostro de Reed se iluminó.

—Ah, mi amuleto. Lo tengo en alguna parte —buscó en el bolsillo—. Aquí está. Pueden mirarlo, caballeros. Es bastante feo, pero en realidad me molestaría más perder esto que cualquiera de las joyas que traje conmigo.

Le pasó el amuleto a Drake, que estaba sentado a su izquierda.

Drake lo hizo girar en sus manos. Era de dos o tres centímetros de ancho, con forma ovoide, negro y finamente agujereado.

—Es de metal —dijo—. Parece hierro meteórico.

—Por lo que sé es exactamente eso —dijo Reed. El objeto pasó de mano en mano y volvió a él.

—Es mi joya de hierro —dijo Reed—. Rechacé quinientos dólares por ella.

—¿Quién demonios ofrecería quinientos dólares por eso? —preguntó Gonzalo, visiblemente asombrado.

Avalon carraspeó.

—Supongo que un coleccionista de meteoritos podría hacerlo, si por cualquier motivo tuviese un interés científico especial. La verdadera pregunta, Latimer, es por qué diablos rechazaste la oferta.

—Oh —y Reed pareció pensativo por un momento—. No lo sé en realidad. Para ser desagradable, quizás. No me gustó el sujeto.

—¿El tipo que te ofreció el dinero? —preguntó Gonzalo.

—Sí.

Drake tendió la mano hacia el trozo de metal negro y, cuando Reed se lo dio por segunda vez, lo estudió con más esmero, haciéndolo girar una y otra vez. 

—¿Sabe si esto tiene algún valor científico?

—Sólo por el hecho de ser meteórico —dijo Reed—. Lo llevé al Museo de Historia Natural y se interesaron en tenerlo para su colección si a mí me interesaba donarlo sin cargo. No quise, y no conozco la profesión del hombre que quiso comprarlo. No recuerdo muy bien el incidente (fue hace diez años) pero estoy seguro de que no me impresionó como un científico de ningún tipo.

—¿Nunca lo viste desde entonces? —preguntó Drake.

—No, aunque en esa época estaba seguro de que sí lo vería. Para ser francos, durante un tiempo se me ocurrieron las cosas más dramáticas. Pero no volví a verlo nunca. Sin embargo fue después de eso que empecé a usarlo como amuleto. —Lo colocó otra vez en el bolsillo—. Después de todo no hay muchos objetos tan poco atractivos por los que yo rechazaría quinientos dólares.

Rubin, ceñudo, dijo:

—Olfateo un misterio aquí...

—¡Por Dios, no tengamos misterio! —explotó Avalon—. Esta es una reunión social. Latimer, me aseguraste que no ibas a plantearnos ningún acertijo.

Reed parecía honestamente confundido.

—No estoy planteando ningún acertijo. En lo que me concierne, la historia no significa nada. Me ofrecieron quinientos dólares; los rechacé; y ahí termina todo.

Rubin alzó la voz indignado.

—El misterio consiste en el motivo de la oferta de quinientos dólares. Es un brote legítimo del interrogatorio y exijo el derecho de examinar la cuestión.

—¿Pero qué sentido tiene un examen? —dijo Reed—. No sé por qué él ofreció quinientos dólares a menos que creyese en la ridícula historia que contaba mi bisabuelo.

—Allí reside el valor del examen. Ahora sabemos que hay una ridícula historia relacionada con el objeto. ¿Cuál era la ridícula historia que contaba su bisabuelo?

—La historia de cómo el meteorito, suponiendo que eso fuera, llegó a pertenecer a mi familia...

—¿Quiere usted decir que es una herencia? —preguntó Halsted.

—Si algo sin el menor valor puede ser una herencia, lo es. En todo caso mi bisabuelo lo envió a casa desde el Lejano Oriente en 1856 con una carta que explicaba las circunstancias. Yo mismo vi la carta. No se las puedo citar palabra por palabra, pero puedo darles una idea del sentido.

—Adelante —dijo Rubin.

—Bueno: por empezar la década de 1850 fue la época del clíper en los mares, el Yankee Clipper, como saben, y los marinos norteamericanos vagaban por el mundo hasta que primero la Guerra Civil y después el continuo desarrollo del barco a vapor le pusieron punto final a los barcos a vela. Sin embargo, no tengo la intención de contar un cuento chino de marineros. No podría. No sé nada sobre naves y no podría distinguir un bauprés de una bitácora si es que las dos cosas existen. Sin embargo, lo menciono para explicar que mi bisabuelo (que llevaba mi nombre; o más bien cuyo nombre yo llevo) se las ingenió para ver mundo. Hasta allí la historia es concebible. Entre eso y el hecho de que también se llamaba Latimer Reed, cuando joven yo tenía tendencia a querer creer en él.

»Como saben, en aquellos días el mundo islámico estaba en gran parte cerrado para los hombres del Occidente cristiano. El Imperio Otomano aún incluía vastos territorios de los Balcanes y el difuso recuerdo de la época en que amenazaba a toda Europa seguía brindándole un eco de remoto poder. Y la propia Península árabe era, para el Occidente, una mezcla mística de sheiks y camellos del desierto.

»Como es lógico, la antigua ciudad de la Meca estaba cerrada para los que no fuesen musulmanes y una de las hazañas riesgosas que podía llevar acabo un europeo o un norteamericano era aprender árabe, vestirse como un árabe, desarrollar cierto conocimiento de la cultura y la religión musulmanas, y participar de algún modo en el ritual del peregrinaje a la Meca y volver para contar el cuento. Mi bisabuelo pretendía haberlo cumplido.

—¿Pretendía? —interrumpió Drake—. ¿Mentía?

—No sé —dijo Reed—. No tengo evidencias aparte de esa carta que envió desde Hong Kong. No había motivo aparente para mentir dado que no tenía nada que ganar con ello. Desde luego, simplemente puede haber querido divertir a mi bisabuela y destacarse ante ella. Había estado lejos de casa por tres años y se había casado sólo tres años antes de embarcarse. Y la leyenda familiar afirmaba que era una gran pareja de enamorados.

—Pero cuando regresó... —empezó Gonzalo.

—Nunca regresó —dijo Reed—. Cerca de un mes después de escribir la carta murió en circunstancias desconocidas y lo enterraron en algún lugar de ultramar. Como es lógico la familia sólo se enteró más tarde. Mi abuelo tenía sólo cuatro años cuando murió su padre y fue criado por mi bisabuela. Mi abuelo tuvo cinco hijos y tres hijas y soy el segundo hijo de su cuarto hijo y ésa es en pocas palabras la historia de mi familia.

—Muerto en circunstancias desconocidas —dijo Halsted—. Ahí hay todo tipo de posibilidades.

—A decir verdad —dijo Reed—, la leyenda familiar pretende que su personificación de un árabe fue descubierta, que le siguieron la pista hasta Hong Kong y más allá, y que lo asesinaron. Pero sabrán que no hay ninguna evidencia de ello. La única información que tenemos sobre su muerte es la de los marineros que trajeron una carta de alguien que anunciaba su muerte.

—¿Existe esa carta? —preguntó Avalon, interesado a pesar suyo.

—No. Pero no importa dónde y cómo murió... o incluso si murió, si vamos al caso. El hecho es que nunca volvió a casa. Por supuesto, la familia siempre se ha inclinado a creer la historia, porque es dramática y encantadora y ha sido distorsionada hasta hacerla irreconocible. Tengo una tía que una vez me contó que lo hizo pedazos una turba aullante de derviches que descubrieron su impostura en una mezquita. Decía que fue porque él tenía ojos azules. Todo inventado, desde luego; quizás sacado de una novela.

—¿Tenía ojos azules? —dijo Rubin.

—Lo dudo —dijo Reed—. En la familia todos tenemos ojos marrones. Pero en realidad no lo sé.

—¿Pero qué tiene que ver su joya de hierro, su amuleto? —dijo Halsted.

—Oh, venía con la carta —dijo Reed—. En realidad era un pequeño paquete, y mi amuleto era lo más importante de la carta. Lo enviaba como recuerdo de su hazaña. Tal vez sepan que la ceremonia central del peregrinaje a la Meca son los ritos en la Kaaba, el objeto más sagrado del mundo islámico.

—En realidad es una reliquia del mundo preislámico —dijo Rubin—. Mahoma era un político astuto y práctico, sin embargo, y la absorbió. Si no puedes con ellos, únete a ellos.

—Sin duda —dijo Reed con indiferencia—. La Kaaba es un cubo amplio, irregular (de hecho la palabra “cubo” viene de “Kaaba”) y en su ángulo sur, a un metro y medio del suelo, está lo que llaman la Piedra Negra, que está partida y sostenida por fajas metálicas. Muchos creen que la Piedra Negra es un meteorito.

—Es probable —dijo Rubin—, una piedra del cielo, enviada por los dioses. Naturalmente sería reverenciada. Lo mismo puede decirse de la Estatua original de Artemisa en Efeso... la así llamada Diana de los Efesios.

—Dado que Tom Trumbull está ausente —dijo Avalon—, supongo que me toca a mí hacerte callar, Manny. Cállate, Manny. Deja hablar a nuestro invitado.

—Sea como fuere, eso es casi todo —dijo Reed—. Mi joya de hierro llegó en el paquete con la carta, y mi bisabuelo decía en la carta que era un trozo de la Piedra Negra que había logrado arrancar.

—Por Dios —murmuró Avalon—. Si lo hizo, no recriminaría a los árabes por matarlo.

—Si es un trozo de la Piedra Negra —dijo Drake—, me atrevería a decir que sería bastante valiosa para un coleccionista.

—Invalorable para un musulmán piadoso, me imagino —dijo Halsted.

—Sí, sí —dijo Reed, impaciente—, si es un trozo de la Piedra Negra. ¿Pero cómo van a demostrar semejante cosa? ¿Podemos llevarla de vuelta a la Meca y ver si encaja en alguna cachadura, o hacer una complicada comparación química de mi amuleto con el resto de la Piedra Negra?

—Estoy seguro de que el gobierno de Arabia Saudita no permitiría ninguna de las dos cosas.

—Ni yo estoy interesado en solicitarlo —dijo Reed—. Desde luego, en mi familia es artículo de fe que el objeto es una astilla de la Piedra Negra y de vez en cuando se contaba la historia a las visitas y sacaban todo el paquete, con la carta y la piedra. Siempre impresionaba.

»Después, poco antes de la Primera Guerra Mundial, hubo una especie de alarma. Mi padre era un muchacho entonces y me contó la historia cuando yo mismo lo era, así que está bastante enrevesada. Me impresionó de chico, pero cuando medité en ello ya grande, me di cuenta de que carecía de consistencia.

—¿Cuál era la historia? —preguntó Gonzalo.

—Un asunto con extranjeros de turbante merodeando alrededor de la casa, sombras misteriosas durante el día y sonidos extraños por la noche —dijo Reed—. El tipo de cosas que imaginaría la gente después de leer relatos sensacionalistas.

Rubin, que como escritor por lo común reaccionaría ante el último adjetivo, estaba en esta ocasión tan interesado que no lo hizo. Dijo:

—La implicación es que se trataba de árabes que estaban detrás de la Piedra Negra. ¿Pasó algo?

—Si te pones a hablar de muertes misteriosas, Latimer —dijo Avalon—, sabré que estás inventando todo.

—Sólo estoy diciendo la verdad —dijo Reed—. No hubo muertes misteriosas. En la familia todos, desde el bisabuelo en adelante, murieron de viejos, por enfermedad, o debido a accidentes insospechables. Nunca se presentó la menor sospecha de violencia. Y respecto al cuento del extranjero de turbante, no pasó nada. ¡Nada! Que es uno de los motivos por los que descarté toda la cuestión.

—¿Alguien intento alguna vez robar la astilla? —dijo Gonzalo.

—Nunca. El embalaje original con la astilla y la carta permaneció en un cajón sin llave durante medio siglo. Nadie le prestó la menor atención y estuvo perfectamente a salvo. Como vieron aún tengo la astilla —y se palmeó el bolsillo.

—En realidad —prosiguió—, el asunto se habría olvidado del todo de no ser por mí. Alrededor de 1950, sentí renacer el interés. No recuerdo claramente por qué. Acababa de establecerse la nación de Israel y el Medio Oriente aparecía mucho en las noticias. Tal vez fuese ése el motivo. Sea como fuere, llegué a pensar en la antigua historia familiar y saqué el objeto del cajón y lo desempolvé.

Reed extrajo la joya de hierro con gesto abstraído y la sostuvo en la palma de la mano.

—A mí me parecía meteórica aunque, desde luego, en la época de mi bisabuelo los meteoritos no eran tan conocidos para el público como ahora. Así que, como dije antes, la llevé al Museo de Historia Natural. Alguien dijo que era meteórica y si no quería donarla. Dije que era una herencia familiar y no podía hacerlo, pero (y ése fue el punto clave para mí) le pregunté si había indicios de que hubiese sido arrancada de un meteorito mayor.

»La observó con cuidado, primero a ojo, después con una lupa, y por último dijo que no podía ver señales de eso. Dijo que debían de haberla encontrado exactamente en la condición en que yo la tenía. Dijo que el hierro meteórico es especialmente duro y resistente porque incluye níquel. Se parece más al acero de aleación y no podría ser arrancada, dijo, sin señales evidentes de manipulación.

»Bien, eso daba por terminada la cuestión, ¿verdad? Regresé y saqué la carta y la leí. Incluso estudié el embalaje original. Había unos garabatos chinos borroneados y el nombre y la dirección de mi abuela en un inglés desteñido y anguloso. No se podía sacar nada de eso. No pude distinguir el sello del correo pero no había motivos para suponer que no fuese de Hong Kong. De todos modos, decidí que se trataba de un fraude amistoso. El bisabuelo Latimer habría recogido el meteorito en alguna parte, y probablemente había pasado cierto tiempo en el mundo árabe, y no pudo resistir la tentación de tejer un cuento chino.

—Y un mes más tarde murió en circunstancias misteriosas —dijo Halsted.

—Sólo murió —dijo Reed—. No hay motivo para creer que la muerte fuese misteriosa. En aquella época la vida era relativamente breve. Cualquiera de una cantidad de enfermedades contagiosas podía matar. De todos modos, ése es el fin de la historia. Sin encanto. Sin misterio.

Gonzalo se opuso vociferando de inmediato:

—Ese no es el fin de la historia. Ni siquiera es el principio. ¿Qué pasa con la oferta de quinientos dólares?

—¡Oh, eso! —dijo Reed—. Eso ocurrió en 1962 ó 1963. Era una cena y hubo algunas discusiones violentas sobre el Medio Oriente y yo había tomado una actitud pro árabe como una especie de abogado del diablo (fue mucho antes de la Guerra de los Seis Días, desde luego) y eso me trajo a la mente el meteorito. Aún se estaba cubriendo de polvo en el cajón y lo saqué.

»Recuerdo que estábamos todos sentados a la mesa y que hice circular el paquete y que todos lo miraron. Algunos trataron de leer la carta, pero no era fácil hacerlo porque la letra era anticuada y enrevesada. Algunos me preguntaron qué eran los caracteres chinos del paquete y como es lógico yo no lo sabía. Sólo por el gusto de ser dramático, conté lo de los misteriosos extranjeros con turbante de la época de mi padre y subrayé la muerte misteriosa del bisabuelo, y no mencioné las razones que tenía para estar seguro de que se trataba de un engaño. Por divertirme.

»Sólo una persona pareció tomárselo en serio. Era un extraño, amigo de un amigo. Es decir, habíamos invitado a un amigo, y cuando dijo que tenía un compromiso, dijimos, está bien, que tu amigo te acompañe. Ese tipo de cosa, entienden. Ya no recuerdo su nombre. Todo lo que recuerdo de su persona es que tenía escaso cabello rojizo y que no participó mucho de la conversación.

»Cuando todos se disponían a irse, se me acercó vacilante y preguntó si podía ver el objeto una vez más. No había motivos para negárselo, desde luego. Sacó el meteorito del envoltorio (era lo único que parecía interesarle) y se acercó a la luz con él. Lo estudió largo rato; recuerdo que me impacienté un poco; y después dijo: “Escuche, colecciono objetos raros. Me pregunto si me permitiría quedarme con él. Le pagaría, por supuesto. ¿Cuánto le parece que vale?”

»Reí y dije que no pensaba venderlo y él barbotó una oferta de cinco dólares. Me resultó bastante ofensivo. Quiero decir: si fuera a vender una herencia familiar con seguridad no sería por cinco dólares. Le di una negativa brusca y decisiva y tendí la mano para que me devolviera el objeto. Me resultaba una persona tan desagradable que recuerdo haber pensado que podía robarlo.

»Me lo devolvió de mala gana y recuerdo que miré el objeto de nuevo para ver qué podía tener de tan atractivo para él, pero seguía pareciendo lo que era, un feo trozo de hierro. Como ven, aunque yo sabía que su rasgo interesante residía en su historia posible y no en su aspecto, simplemente no podía asignarle valor a nada que no fuese bello.

»Cuando alcé los ojos, él estaba leyendo otra vez la carta. Tendí la mano y también me la entregó. Dijo: “¿Diez dólares?” Y yo dije sólo: “¡No!”

Reed tomó un sorbo del café que Henry acababa de servirle. Dijo:

—Todos los demás se habían ido. El amigo de este hombre lo esperaba, el hombre que era mi amigo en un principio, Jansen. Él y la esposa se mataron en un accidente automovilístico al año siguiente, en el mismo coche junto al que estaba de pie entonces, esperando al hombre que había llevado a casa. Si uno se detiene a pensarlo, el futuro es atemorizante. Por suerte, rara vez lo hacemos.

»De todos modos, el hombre que quería el objeto se detuvo en la puerta y me dijo con rapidez: “Escuche, me gusta realmente ese trocito de metal. A usted no le sirve de nada y le daré quinientos dólares por él. ¿Qué le parece? Quinientos dólares. No se porte como un cerdo goloso.”

»Puedo hacer concesiones por su evidente ansiedad, pero fue ofensivo en exceso. Dijo “como un cerdo goloso”, recuerdo las palabras. Después de eso, no se lo habría vendido ni por un millón. Con gran frialdad le dije que no estaba en venta por ningún precio, y metí el meteorito, que aun seguía en mi mano, en el bolsillo con un gesto definitivo.

»Se le ensombreció el rostro y gruñó que lo lamentaría y que habría algunos no tan amables como para ofrecer dinero, y después se fue. El meteorito estuvo en mi bolsillo desde entonces. Es el feo amuleto por el que he rechazado quinientos dólares —rió en silencio y dijo—: y ésa es toda la historia.

—¿Y nunca averiguó por qué le ofreció quinientos dólares por esa cosa? —dijo Drake.

—A menos que creyese que era un trozo de la Piedra Negra, no puedo imaginar el motivo —dijo Reed.

—¿Nunca volvió a presentar una oferta?

—Nunca. Fue hace más de diez años v no volví a oír hablar de él. Y ahora que Jansen y la esposa han muerto, ni siquiera sé quién es o cómo se lo podría localizar si yo decidiera venderlo.

—¿Qué quiso decir con la amenaza acerca de otros que no sería tan amables como para ofrecer dinero? —dijo Gonzalo.

—No sé —dijo Reed—. Supongo que se refería a extranjeros misteriosos de turbante como los que yo había mencionado. Creo que sólo intentaba asustarme para que vendiera.

—Dado que a pesar de todo se ha presentado un misterio —dijo Avalon—, supongo que tendríamos que considerar las posibilidades. El motivo obvio para la oferta es, como usted dijo, que él creyese que el objeto era un trozo de la Piedra Negra.

—Si es así —dijo Reed— fue el único presente que lo hizo. No creo que nadie más tomara la historia en serio ni por un instante. Además, aunque fuese una astilla de la Piedra Negra y el tipo fuese un coleccionista, ¿de qué le habría servido sin una prueba convincente? Podía tomar cualquier trozo de escoria de hierro y etiquetarlo “trozo de la Piedra Negra” y no le sería menos útil que el mío.

Avalon dijo:

—¿Piensas que podría haberse tratado de un árabe que sabía que una astilla del tamaño de tu objeto había sido robada de la Piedra Negra un siglo antes y la deseaba por motivos religiosos?

—No me pareció árabe —dijo Reed—. Y si lo fuera, ¿por qué no volvió a hacer la oferta? ¿O por qué no hizo allí un intento de arrebatármela por la fuerza?

—Examinó el objeto con cuidado —dijo Drake—. ¿Piensa usted que vio algo en él que lo convenció de su valor... sea cual fuere ese valor?

—¿Cómo puedo refutarlo? —dijo Reed—. Salvo que, sea lo que fuere lo que él vio, por cierto yo nunca lo vi. ¿Y ustedes?

—No —admitió Drake.

—Me parece que no podremos desentrañar esto —dijo Rubin—. Simplemente no tenemos bastante información. ¿Qué dices tú, Henry?

Henry, que había escuchado todo con su atención silenciosa de costumbre, dijo:

—Me estaba preguntando por algunos detalles.

—Adelante entonces, Henry —dijo Avalon—. ¿Por qué no continuar con el interrogatorio del invitado?

—Señor Reed —dijo Henry—, cuando usted mostró el objeto a sus invitados en esa ocasión, en 1962 ó 1963, dice que hizo circular el paquete. ¿Se refiere al envoltorio original en el que habían llegado la carta y el meteorito, con el contenido intacto?

—Sí. Oh, sí. Era un tesoro de familia.

—¿Pero a partir de 1963, señor, usted ha llevado el meteorito en el bolsillo?

—Sí, siempre —dijo Reed.

—¿Significa eso, señor, que usted ya no tiene la carta?

—Por supuesto que no significa eso —dijo Reed indignado—. Por cierto que tenemos la carta. Admitiré que después de la amenaza del sujeto me preocupé un poco así que la puse en un sitio más seguro. Desde el punto de vista de la familia es un documento encantador, se trate o no de un engaño.

—¿Dónde la guarda ahora? —preguntó Henry.

—En una pequeña caja fuerte empotrada que empleo para documentos y a veces para joyas.

—¿La ha visto hace poco, señor?

Reed exhibió una ancha sonrisa.

—Empleo la caja fuerte con frecuencia, y la veo en cada ocasión. Le doy mi palabra, Henry, la carta está segura; tan segura como el amuleto en mi bolsillo.

—Entonces ya no guarda la carta en la envoltura original —dijo Henry.

—No —dijo Reed—. El envoltorio era más útil como recipiente para el meteorito. Ahora que lo llevo en el bolsillo, no tenía sentido guardar sólo la carta en el paquete.

Henry asintió.

—¿Y qué hizo entonces con el envoltorio, señor?

Reed parecía confundido.

—Bueno, nada.

—¿No lo tiró?

—No, por supuesto que no.

—¿Sabe dónde está?

Reed frunció lentamente el entrecejo. Por último dijo:

—No, creo que no.

—¿Cuándo lo vio por última vez?

Esta vez la pausa también fue larga.

—Tampoco lo sé.

Henry pareció perderse en sus pensamientos.

—Bien, Henry, ¿qué tienes en mente?

—Sólo me preguntaba —dijo Henry mientras recogía serenamente las copas de brandy de la mesa—, si ese hombre en realidad quería el meteorito.

—Lo cierto es que me ofreció dinero por él. —dijo Reed.

—Sí —dijo Henry—. Primero sumas tan pequeñas que no lo tentarían a usted a entregarlo, y que él podía pagar si usted respondía a su lance. Después una suma mayor expresada en términos lo bastante ofensivos como para asegurarse de que usted se negaría. Y por último, una amenaza misteriosa que nunca se concretó.

—¿Pero por qué iba a hacer todo eso si no deseaba mi joya de hierro? —dijo Reed.

—Tal vez para lograr precisamente lo que logró —dijo Henry—: convencerlo de que deseaba el meteorito y mantener su atención bien fija en eso. Le entregó el meteorito cuando usted tendió la mano; le devolvió la carta... ¿pero le devolvió el envoltorio original?

—No recuerdo que se lo llevara —dijo Reed.

—Pasó hace diez años —dijo Henry—. Hizo que usted mantuviera su atención fija en el meteorito Hasta usted mismo lo examinó y durante ese tiempo no lo miró a él, estoy seguro. ¿Puede afirmar que haya visto el envoltorio desde entonces, señor?

Reed sacudió lentamente la cabeza.

—No puedo afirmarlo. ¿Quiere usted decir que concentró de tal modo mi atención en el meteorito que pudo irse con el envoltorio sin que yo lo notara?

—Me temo que sí. Usted colocó el meteorito en su bolsillo, la carta en su caja de seguridad, y al parecer no volvió a pensar en el envoltorio. Este hombre, cuyo nombre no conoce ya quien ya no puede identificar debido a la muerte de sus amigos... ha tenido el envoltorio durante diez años sin problemas. Ya esta altura a usted le resultaría imposible identificar lo que él se llevó.

—Ya lo creo que puedo —dijo Reed con energía—, si pudiese verlo. Tenía el hombre y la dirección de mi bisabuela encima.

—Tal vez él no haya conservado el envoltorio propiamente dicho —dijo Henry.

—Ya sé —exclamó Gonzalo de pronto—. Se trataba de esos caracteres chinos. De algún modo pudo entenderlos y se llevó el paquete para hacerlos descifrar con exactitud. El mensaje era importante.

La sonrisa de Henry era casi imperceptible.

—Esa es una idea romántica que no se me había ocurrido, señor Gonzalo, y no creo que sea muy probable. Yo pensaba en otra cosa. Señor Reed, usted tenía un paquete procedente de Hong Kong en 1856 y en ese época Hong Kong ya era una posesión británica.

—Tomada en 1848 —dijo Rubin brevemente.

—Y creo que los ingleses ya habían establecido el sistema moderno de distribución postal.

—Rowland Hill —dijo Rubin de inmediato— en 1840.

—Bien —dijo Henry—, ¿entonces el paquete original podía tener una estampilla?

Reed parecía alarmado.

—Ahora que le menciona, me parece recordar que había algo parecido a una estampilla negra. ¿Un perfil de mujer?

—La joven Victoria —dijo Rubin.

—¿Y podía tratarse de una estampilla rara? —dijo Henry.

Gonzalo alzó los brazos.

—¡Blanco!

Reed se quedó sentado con la boca bien abierta. Después dijo:

—Usted debe de tener razón, desde luego. Me pregunto cuánto perdí.

—Nada más que dinero, señor —murmuró Henry—. Las antiguas estampillas inglesas no eran bellas.

Postfacio

“La joya de hierro” apareció en el número de julio de 1974 del Ellery Queen's Mystery Magazine con el título de “Una astilla de la Piedra Negra”. Por lo común, cuando da lo mismo, prefiero el título más corto, así que aquí les devuelvo mi título original. (No siempre me niego a aceptar cambios. El primer relato de esta colección se llamaba “Nadie los persigue” cuando lo escribí. La revista lo cambió a “Cuando nadie los persigue” y acepto la palabra adicional como una mejora.)

Escribí este relato a bordo del Canberra, que me llevó sobre el mar de ida y vuelta a la costa africana en el verano de 1973, para presenciar un eclipse solar total: el primer eclipse solar total que veía en mi vida. El cielo sabe que me mantuvieron ocupado, porque a bordo era conferenciante, y di ocho conferencias sobre la historia de la astronomía, para no mencionar el tiempo que me llevó ser afable y encantador con las mil doscientas mujeres de a bordo. (Tendrían que verme siendo afable y encantador. A algunas les costó librarse.)

De todos modos encontré tiempo para esconderme en el camarote de vez en cuando y escribir a mano “La joya de hierro”. Lo que ahora me confunde cuando lo recuerdo, sin embargo, es por qué el relato no tiene nada que ver con un eclipse solar cuando eso (y las mil doscientas mujeres) era todo lo que tuve en la cabeza durante el crucero.

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EN COLECCIÓN EN ANTOLOGÍA PRIMER TÍTULO
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Actualización 4 de mayo de 2004

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