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Geoffrey
agitaba su copa y sonreía como un lobo. Sus cejas hirsutas, aún oscuras
se inclinaban hacia arriba y su prolija barba grisácea parecía
retorcerse. Daba la impresión de un Satán amistoso. Les
dijo a los Viudos Negros, reunidos en su cena mensual: —Permítanme
presentarles a mi invitado: Latimer Reed, joyero. Y permítanme aclarar de
inmediato que no nos trae ningún crimen por resolver, ningún misterio
por develar. No le han robado nada; no ha sido testigo de ningún
asesinato; no está enredado en ningún círculo de espías. Ha venido,
pura y simplemente, a hablarnos sobre joyería, contestar nuestras
preguntas, y ayudarnos a pasar un momento cordial. Y,
en verdad, bajo la firme mirada de Avalon, la atmósfera fue durante la
cena serena y descansada y hasta Emmanuel Rubin, el erudito enciclopédico
siempre dispuesto a la gresca, logró no levantar la voz. Muy satisfecho,
Avalon dijo, cuando sirvieron el brandy: —Caballeros,
se acerca el interrogatorio de sobremesa, y sin un problema sobre el que
tengamos que devanarnos los sesos. Henry, puedes descansar. Henry,
que estaba despejando la mesa con la callada eficiencia de costumbre que
lo habría convertido en un mozo sin igual aún cuando no hubiese
demostrado, una y otra vez, tener una conciencia sin par de lo obvio,
dijo: —Gracias,
señor Avalon. Sin embargo confío en que no seré excluido del proceso. Rubin
clavó en Henry una mirada de búho a través de los gruesos lentes y dijo
en alta voz: —Henry,
esa falsa modestia estruendosa no te sienta. Sabes que formas parte de
nuestra pequeña banda, con todos los beneficios que eso conlleva. —Si
es así —dijo Roger Halsted, el profesor de matemáticas de voz suave,
mientras probaba el brandy e invitando abiertamente a la discusión—: ¿por
qué se encarga de la mesa? —Elección
personal, señor —dijo Henry con rapidez, y la boca abierta de Rubin
volvió a cerrarse. —Procedamos
—dijo Avalon—. Esta vez Tom Trumbull no está presente, así que como
anfitrión te designo a ti, Mario, como interrogador en jefe. Mario
Gonzalo, un artista nada desdeñable, estaba dándole los toques finales a
la caricatura de Reed, que iba a agregarse a la ya larga hilera que
decoraba la habitación privada del restaurant de la Quinta Avenida donde
se llevaban a cabo las cenas del club de los Viudos Negros. Tal
vez Gonzalo había exagerado la cúpula calva de la cabeza de Reed y la
solemne extensión de su labio superior saliente, y había destacado por
demás la leve tendencia a dejar caer la mandíbula. De hecho había más
de un rasgo de sabueso en la caricatura, pero Reed sonrió cuando vio el
resultado y no pareció ofenderse. Gonzalo
alisó el perfecto nudo Windsor de su corbata rosa y blanca y dejó que la
chaqueta azul se abriera con descuidada negligencia cuando se echó hacia
atrás y dijo: —¿Cómo
justifica su existencia, señor Reed? —¿Cómo
dice, caballero? —dijo Reed con voz levemente metálica. Sin
cambiar el tono o el énfasis, Gonzalo dijo: —¿Cómo
justifica su existencia, señor Reed? Reed
miró los cinco rostros que rodeaban la mesa y sonrió: una sonrisa que
por algún motivo no disminuyó mucho la tristeza esencial de su expresión.
—Jeff
me advirtió —dijo—, que me interrogarían después de la cena, pero
no me dijo que me desafiarían a justificarme a mí mismo. —Siempre
es mejor tomar a un hombre por sorpresa —dijo Avalon, sentencioso. —¿Qué
puede servir para justificar a cualquiera de nosotros? —dijo Reed—.
Pero si debo decir algo, diría que ayudo a aportar belleza a otras vidas.
—¿Qué
tipo de belleza? —preguntó Gonzalo—. ¿Belleza artística? —y alzó
la caricatura. Reed
rió. —Formas
menos discutibles de belleza, espero. Extrajo
un pañuelo del bolsillo interno del saco y, al desenvolverlo con cuidado
sobre la mesa, expuso más o menos una docena de trozos de mineral
centelleantes, de colores profundos. —Todos
los hombres están de acuerdo en la belleza de las joyas —dijo—. Es
algo independiente del gusto subjetivo. —Alzó una piedrita color rojo
profundo y las luces le arrancaron destellos. James
Drake carraspeó y dijo con el tono suave y ronco de costumbre: —¿Siempre
lleva esas cosas consigo? —No,
por supuesto que no —dijo Reed—. Sólo cuando quiero entretener o
mostrar. —¿En
un pañuelo? —dijo Drake. —Seguro,
¿por qué no? —estalló Rubín de inmediato—. Si lo asaltan,
guardarlos en un cofrecito cerrado con llave no le serviría de nada. Sólo
lograría perder también el valor del cofrecito. —¿Alguna
vez lo asaltaron? —preguntó Gonzalo. —No
—dijo Reed—. Mi mejor defensa es que se sabe que nunca llevo nada de
valor encima. Me esfuerzo por hacer que eso se sepa lo más ampliamente
posible, y también por justificarlo. —No
parece —dijo Drake. —Estoy
mostrando belleza, no valor —dijo Reed— ¿Les importaría pasarse esto
entre ustedes, caballeros? No
hubo ningún movimiento inmediato y después Drake dijo: —Henry,
¿quisieras cerrar la puerta con llave, por favor? —De
acuerdo, señor —dijo Henry, y lo hizo. Reed parecía sorprendido. —¿Por
qué cerrar la puerta con llave? Drake
carraspeó por segunda vez y apagó el despreciable resto de su cigarrillo
con un pulgar y un índice manchados de nicotina. —Me
temo que, con el tipo de record que tenemos en nuestras cenas mensuales,
estas cosas serán pasadas y desaparecerá una. —Esa
es una observación de mal gusto, Jim —dijo Avalon, ceñudo. —Caballeros
—dijo Reed—, no hay necesidad de preocuparse. Estas piedras pueden
desaparecer todas sin que yo pierda mucho o algún otro gane algo. Dije
que estaba mostrando belleza y no valor. Lo que estoy sosteniendo es un
rubí, es cierto, pero sintético. Hay algunas otras piedras sintéticas y
aquí tenemos un ópalo irreparablemente rajado. Otras están acribilladas
de fallas. Serían inútiles para cualquiera y estoy seguro de que Henry
puede abrir la puerta. —No
—dijo Halsted, tartamudeando apenas por la excitación reprimida—,
estoy de acuerdo con Jim. Algo va a pasar, es el destino. Apostaría a que
el señor Reed ha incluido algo de valor, tal vez por accidente, y que
justo eso se perderá. Sencillamente no creo que podamos terminar una
noche sin enfrentarnos con un problema. —Esta
vez no —dijo Reed—. Conozco cada una de estas piedras y, si gustan,
las miraré otra vez. —Así lo hizo y después las empujó al centro de
la mesa—. Simples baratijas que sirven para satisfacer el ansia innata
del hombre por la belleza. —¿Que
sin embargo sólo los ricos pueden costearse? —gruñó Rubin. —No
es cierto, señor Rubin. No es cierto. Estas piedras no tienen un precio
terrible, y hasta la joyería costosa se exhibe con frecuencia a todos los
ojos... y hasta el propietario no puede hacer más que mirar lo que posee,
aunque con mayor frecuencia que los demás. Las tribus primitivas podían
fabricar adornos tan satisfactorios para ellos como lo es la joyería para
nosotros con dientes de tiburón, colmillos de morsa, conchillas, o
corteza de abedul. La belleza es independiente del material, o de las
reglas estéticas fijas, ya mi modo yo soy su servidor. —Pero
usted prefiere vender las formas más costosas de belleza, ¿no es así?
—preguntó Gonzalo. —Muy
cierto —dijo Reed—. Estoy sujeto a las leyes económicas, pero eso
tuerce lo menos posible mi apreciación de la belleza, hasta donde me es
posible. Rubin
sacudió la cabeza. Tenía la barba rala erizada y su voz, asombrosamente
llena para alguien tan pequeño, se alzó apasionada: —No,
señor Reed, si usted se considera sólo un suministrador de belleza, está
siendo hipócrita. Lo que usted vende es escasez. Un rubí sintético es
tan bello como uno natural e imposible de distinguir químicamente. Pero
el rubí natural es más raro, más escaso, más difícil de obtener, y en
consecuencia más caro y buscado con más ansiedad por aquellos que pueden
adquirirlo. Puede tratarse de belleza, pero es una belleza destinada a
servir a la vanidad personal. »Una
copia de la “Mona Lisa”, correcta hasta la última resquebrajadura de
pintura, es sólo una copia, que no vale más que cualquier mamarracho, y
si hubiese mil copias, la pintura auténtica seguiría siendo invalorable
porque sería el único original y reflejaría su carácter único sobre
su propietario. Pero eso, como verá, no tiene nada que ver con la
belleza. —Es
fácil quejarse de la humanidad —dijo Reed—. La escasez no aumenta el
valor a los ojos de los vanidosos, y supongo que algo que sea lo bastante
raro y, al mismo tiempo, notable alcanzaría un precio enorme aunque no
hubiera belleza en él... —Un
autógrafo raro —murmuró Halsted. —Sin
embargo —dijo Reed con firmeza—, la belleza siempre es un factor de
realce, y yo sólo vendo belleza. Algunas de mis mercancías también son
raras, escasas, pero nada de lo que vendo, o me importa vender, es raro
sin ser hermoso. —¿Qué
más vende además de belleza y escasez? —dijo Drake. —Utilidad,
señor —dijo Reed de inmediato—. Las joyas son un medio de almacenar
riqueza compacta y permanente de un modo independiente de las
fluctuaciones del mercado. —Pero
pueden robarse —dijo Gonzalo con tono acusador. —Por
cierto —dijo Reed—. Sus mismos valores (belleza, carácter compacto,
permanencia) hacen que sean para un ladrón más útiles que cualquier
otro objeto. El equivalente en oro sería mucho más pesado; el
equivalente en cualquier otra cosa mucho más voluminoso. —Latimer
comercia en valores eternos —dijo Avalon, con una nítida sensación de
gloria refleja por la profesión de su huésped. —No
siempre —dijo Rubin con bastante cólera—. Algunas mercancías del
negocio de joyería tienen un valor sólo transitorio, porque la rareza
puede desaparecer. Hubo una época en que podían usarse copas de oro en
ocasiones moderadamente importantes pero, para la auténtica culminación
de la vanidad, se exhibía el cristal tallado veneciano... hasta que los
procesos de fabricación del vidrio mejoraron al extremo de que ese tipo
de objetos bajó al quinto o décimo nivel. »En
la década de 1880, el Monumento a Washington fue recubierto con nada
menos que aluminio y, en unos pocos años, el proceso Hall abarató el
aluminio y logró que la capa del monumento fuera totalmente común. El
valor también puede cambiar con el cambio de las leyendas. Mientras el
alicorno (el cuerno del unicornio) tuvo fama de incluir propiedades
afrodisíacas, los cuernos de los narvales y los rinocerontes fueron
valiosos. Un pañuelo de tejido tieso que podía limpiarse arrojándolo a
las llamas era invalorable por su mágica negativa a arder... hasta que se
conocieron bien las propiedades de los asbestos. »Cualquier
cosa que se vuelve escasa por accidente (la primera edición de un libro
sin ningún valor, escaso porque era sin ningún valor) se vuelve
invalorable para los coleccionistas. Y la joyería sintética de todo tipo
aún puede hacer que sus mercancías dejen de tener valor, señor Reed. —Tal
vez los bienes bellos individuales puedan perder parte de su valor —dijo
Reed—, pero la joyería es sólo el material en bruto de lo que vendo.
Queda aún la belleza de la combinación, del engarce, el trabajo
individual y creativo del artesano. En cuanto a las cosas cuyo valor
depende sólo de su escasez, no comercio con ellas; no comerciaré con
ellas; no les tengo simpatía, no me interesan. Yo mismo poseo algunas
cosas que son al mismo tiempo raras y hermosas (es decir, las poseo sin
intención de venderlas) y espero que nada que sea feo y valorado sólo
por su rareza. O casi nada, en todo caso. Pareció
advertir por primera vez que las joyas que había repartido un momento
antes descansaban ante él. —Ah,
¿han terminado, caballeros? —las atrajo hacia él con la mano
izquierda—. Están todas, hasta la última. Sin omisiones. Sin
sustituciones. Todas las necesarias. —Las miró individualmente—. Les
mostré éstas, caballeros, porque hay algo interesante relacionado con
cada una de ellas... —Aguarde
—dijo Halsted—. ¿A qué se refería cuando dijo “casi nada”? —¿Casi
nada? —dijo Reed, confundido. —Usted
dijo que no poseía nada sólo porque fuese raro. Después dijo “casi
nada”. El
rostro de Reed se iluminó. —Ah,
mi amuleto. Lo tengo en alguna parte —buscó en el bolsillo—. Aquí
está. Pueden mirarlo, caballeros. Es bastante feo, pero en realidad me
molestaría más perder esto que cualquiera de las joyas que traje
conmigo. Le
pasó el amuleto a Drake, que estaba sentado a su izquierda. Drake
lo hizo girar en sus manos. Era de dos o tres centímetros de ancho, con
forma ovoide, negro y finamente agujereado. —Es
de metal —dijo—. Parece hierro meteórico. —Por
lo que sé es exactamente eso —dijo Reed. El objeto pasó de mano en
mano y volvió a él. —Es
mi joya de hierro —dijo Reed—. Rechacé quinientos dólares por ella. —¿Quién
demonios ofrecería quinientos dólares por eso? —preguntó Gonzalo,
visiblemente asombrado. Avalon
carraspeó. —Supongo
que un coleccionista de meteoritos podría hacerlo, si por cualquier
motivo tuviese un interés científico especial. La verdadera pregunta,
Latimer, es por qué diablos rechazaste la oferta. —Oh
—y Reed pareció pensativo por un momento—. No lo sé en realidad.
Para ser desagradable, quizás. No me gustó el sujeto. —¿El
tipo que te ofreció el dinero? —preguntó Gonzalo. —Sí.
Drake
tendió la mano hacia el trozo de metal negro y, cuando Reed se lo dio por
segunda vez, lo estudió con más esmero, haciéndolo girar una y otra
vez. —¿Sabe
si esto tiene algún valor científico? —Sólo
por el hecho de ser meteórico —dijo Reed—. Lo llevé al Museo de
Historia Natural y se interesaron en tenerlo para su colección si a mí
me interesaba donarlo sin cargo. No quise, y no conozco la profesión del
hombre que quiso comprarlo. No recuerdo muy bien el incidente (fue hace
diez años) pero estoy seguro de que no me impresionó como un científico
de ningún tipo. —¿Nunca
lo viste desde entonces? —preguntó Drake. —No,
aunque en esa época estaba seguro de que sí lo vería. Para ser francos,
durante un tiempo se me ocurrieron las cosas más dramáticas. Pero no
volví a verlo nunca. Sin embargo fue después de eso que empecé a usarlo
como amuleto. —Lo colocó otra vez en el bolsillo—. Después de todo
no hay muchos objetos tan poco atractivos por los que yo rechazaría
quinientos dólares. Rubin,
ceñudo, dijo: —Olfateo
un misterio aquí... —¡Por
Dios, no tengamos misterio! —explotó Avalon—. Esta es una reunión
social. Latimer, me aseguraste que no ibas a plantearnos ningún acertijo.
Reed
parecía honestamente confundido. —No
estoy planteando ningún acertijo. En lo que me concierne, la historia no
significa nada. Me ofrecieron quinientos dólares; los rechacé; y ahí
termina todo. Rubin
alzó la voz indignado. —El
misterio consiste en el motivo de la oferta de quinientos dólares. Es un
brote legítimo del interrogatorio y exijo el derecho de examinar la
cuestión. —¿Pero
qué sentido tiene un examen? —dijo Reed—. No sé por qué él ofreció
quinientos dólares a menos que creyese en la ridícula historia que
contaba mi bisabuelo. —Allí
reside el valor del examen. Ahora sabemos que hay una ridícula historia
relacionada con el objeto. ¿Cuál era la ridícula historia que contaba
su bisabuelo? —La
historia de cómo el meteorito, suponiendo que eso fuera, llegó a
pertenecer a mi familia... —¿Quiere
usted decir que es una herencia? —preguntó Halsted. —Si
algo sin el menor valor puede ser una herencia, lo es. En todo caso mi
bisabuelo lo envió a casa desde el Lejano Oriente en 1856 con una carta
que explicaba las circunstancias. Yo mismo vi la carta. No se las puedo
citar palabra por palabra, pero puedo darles una idea del sentido. —Adelante
—dijo Rubin. —Bueno:
por empezar la década de 1850 fue la época del clíper en los mares, el
Yankee Clipper, como saben, y los marinos norteamericanos vagaban por el
mundo hasta que primero la Guerra Civil y después el continuo desarrollo
del barco a vapor le pusieron punto final a los barcos a vela. Sin
embargo, no tengo la intención de contar un cuento chino de marineros. No
podría. No sé nada sobre naves y no podría distinguir un bauprés de
una bitácora si es que las dos cosas existen. Sin embargo, lo menciono
para explicar que mi bisabuelo (que llevaba mi nombre; o más bien cuyo
nombre yo llevo) se las ingenió para ver mundo. Hasta allí la historia
es concebible. Entre eso y el hecho de que también se llamaba Latimer
Reed, cuando joven yo tenía tendencia a querer creer en él. »Como
saben, en aquellos días el mundo islámico estaba en gran parte cerrado
para los hombres del Occidente cristiano. El Imperio Otomano aún incluía
vastos territorios de los Balcanes y el difuso recuerdo de la época en
que amenazaba a toda Europa seguía brindándole un eco de remoto poder. Y
la propia Península árabe era, para el Occidente, una mezcla mística de
sheiks y camellos del desierto. »Como
es lógico, la antigua ciudad de la Meca estaba cerrada para los que no
fuesen musulmanes y una de las hazañas riesgosas que podía llevar acabo
un europeo o un norteamericano era aprender árabe, vestirse como un árabe,
desarrollar cierto conocimiento de la cultura y la religión musulmanas, y
participar de algún modo en el ritual del peregrinaje a la Meca y volver
para contar el cuento. Mi bisabuelo pretendía haberlo cumplido. —¿Pretendía?
—interrumpió Drake—. ¿Mentía? —No
sé —dijo Reed—. No tengo evidencias aparte de esa carta que envió
desde Hong Kong. No había motivo aparente para mentir dado que no tenía
nada que ganar con ello. Desde luego, simplemente puede haber querido
divertir a mi bisabuela y destacarse ante ella. Había estado lejos de
casa por tres años y se había casado sólo tres años antes de
embarcarse. Y la leyenda familiar afirmaba que era una gran pareja de
enamorados. —Pero
cuando regresó... —empezó Gonzalo. —Nunca
regresó —dijo Reed—. Cerca de un mes después de escribir la carta
murió en circunstancias desconocidas y lo enterraron en algún lugar de
ultramar. Como es lógico la familia sólo se enteró más tarde. Mi
abuelo tenía sólo cuatro años cuando murió su padre y fue criado por
mi bisabuela. Mi abuelo tuvo cinco hijos y tres hijas y soy el segundo
hijo de su cuarto hijo y ésa es en pocas palabras la historia de mi
familia. —Muerto
en circunstancias desconocidas —dijo Halsted—. Ahí hay todo tipo de
posibilidades. —A
decir verdad —dijo Reed—, la leyenda familiar pretende que su
personificación de un árabe fue descubierta, que le siguieron la pista
hasta Hong Kong y más allá, y que lo asesinaron. Pero sabrán que no hay
ninguna evidencia de ello. La única información que tenemos sobre su
muerte es la de los marineros que trajeron una carta de alguien que
anunciaba su muerte. —¿Existe
esa carta? —preguntó Avalon, interesado a pesar suyo. —No.
Pero no importa dónde y cómo murió... o incluso si murió, si vamos al
caso. El hecho es que nunca volvió a casa. Por supuesto, la familia
siempre se ha inclinado a creer la historia, porque es dramática y
encantadora y ha sido distorsionada hasta hacerla irreconocible. Tengo una
tía que una vez me contó que lo hizo pedazos una turba aullante de
derviches que descubrieron su impostura en una mezquita. Decía que fue
porque él tenía ojos azules. Todo inventado, desde luego; quizás sacado
de una novela. —¿Tenía
ojos azules? —dijo Rubin. —Lo
dudo —dijo Reed—. En la familia todos tenemos ojos marrones. Pero en
realidad no lo sé. —¿Pero
qué tiene que ver su joya de hierro, su amuleto? —dijo Halsted. —Oh,
venía con la carta —dijo Reed—. En realidad era un pequeño paquete,
y mi amuleto era lo más importante de la carta. Lo enviaba como recuerdo
de su hazaña. Tal vez sepan que la ceremonia central del peregrinaje a la
Meca son los ritos en la Kaaba, el objeto más sagrado del mundo islámico.
—En
realidad es una reliquia del mundo preislámico —dijo Rubin—. Mahoma
era un político astuto y práctico, sin embargo, y la absorbió. Si no
puedes con ellos, únete a ellos. —Sin
duda —dijo Reed con indiferencia—. La Kaaba es un cubo amplio,
irregular (de hecho la palabra “cubo” viene de “Kaaba”) y en su ángulo
sur, a un metro y medio del suelo, está lo que llaman la Piedra Negra,
que está partida y sostenida por fajas metálicas. Muchos creen que la
Piedra Negra es un meteorito. —Es
probable —dijo Rubin—, una piedra del cielo, enviada por los dioses.
Naturalmente sería reverenciada. Lo mismo puede decirse de la Estatua
original de Artemisa en Efeso... la así llamada Diana de los Efesios. —Dado
que Tom Trumbull está ausente —dijo Avalon—, supongo que me toca a mí
hacerte callar, Manny. Cállate, Manny. Deja hablar a nuestro invitado. —Sea
como fuere, eso es casi todo —dijo Reed—. Mi joya de hierro llegó en
el paquete con la carta, y mi bisabuelo decía en la carta que era un
trozo de la Piedra Negra que había logrado arrancar. —Por
Dios —murmuró Avalon—. Si lo hizo, no recriminaría a los árabes por
matarlo. —Si
es un trozo de la Piedra Negra —dijo Drake—, me atrevería a decir que
sería bastante valiosa para un coleccionista. —Invalorable
para un musulmán piadoso, me imagino —dijo Halsted. —Sí,
sí —dijo Reed, impaciente—, si es un trozo de la Piedra Negra. ¿Pero
cómo van a demostrar semejante cosa? ¿Podemos llevarla de vuelta a la
Meca y ver si encaja en alguna cachadura, o hacer una complicada comparación
química de mi amuleto con el resto de la Piedra Negra? —Estoy
seguro de que el gobierno de Arabia Saudita no permitiría ninguna de las
dos cosas. —Ni
yo estoy interesado en solicitarlo —dijo Reed—. Desde luego, en mi
familia es artículo de fe que el objeto es una astilla de la Piedra Negra
y de vez en cuando se contaba la historia a las visitas y sacaban todo el
paquete, con la carta y la piedra. Siempre impresionaba. »Después,
poco antes de la Primera Guerra Mundial, hubo una especie de alarma. Mi
padre era un muchacho entonces y me contó la historia cuando yo mismo lo
era, así que está bastante enrevesada. Me impresionó de chico, pero
cuando medité en ello ya grande, me di cuenta de que carecía de
consistencia. —¿Cuál
era la historia? —preguntó Gonzalo. —Un
asunto con extranjeros de turbante merodeando alrededor de la casa,
sombras misteriosas durante el día y sonidos extraños por la noche
—dijo Reed—. El tipo de cosas que imaginaría la gente después de
leer relatos sensacionalistas. Rubin,
que como escritor por lo común reaccionaría ante el último adjetivo,
estaba en esta ocasión tan interesado que no lo hizo. Dijo: —La
implicación es que se trataba de árabes que estaban detrás de la Piedra
Negra. ¿Pasó algo? —Si
te pones a hablar de muertes misteriosas, Latimer —dijo Avalon—, sabré
que estás inventando todo. —Sólo
estoy diciendo la verdad —dijo Reed—. No hubo muertes misteriosas. En
la familia todos, desde el bisabuelo en adelante, murieron de viejos, por
enfermedad, o debido a accidentes insospechables. Nunca se presentó la
menor sospecha de violencia. Y respecto al cuento del extranjero de
turbante, no pasó nada. ¡Nada! Que es uno de los motivos por los que
descarté toda la cuestión. —¿Alguien
intento alguna vez robar la astilla? —dijo Gonzalo. —Nunca.
El embalaje original con la astilla y la carta permaneció en un cajón
sin llave durante medio siglo. Nadie le prestó la menor atención y
estuvo perfectamente a salvo. Como vieron aún tengo la astilla —y se
palmeó el bolsillo. —En
realidad —prosiguió—, el asunto se habría olvidado del todo de no
ser por mí. Alrededor de 1950, sentí renacer el interés. No recuerdo
claramente por qué. Acababa de establecerse la nación de Israel y el
Medio Oriente aparecía mucho en las noticias. Tal vez fuese ése el
motivo. Sea como fuere, llegué a pensar en la antigua historia familiar y
saqué el objeto del cajón y lo desempolvé. Reed
extrajo la joya de hierro con gesto abstraído y la sostuvo en la palma de
la mano. —A
mí me parecía meteórica aunque, desde luego, en la época de mi
bisabuelo los meteoritos no eran tan conocidos para el público como
ahora. Así que, como dije antes, la llevé al Museo de Historia Natural.
Alguien dijo que era meteórica y si no quería donarla. Dije que era una
herencia familiar y no podía hacerlo, pero (y ése fue el punto clave
para mí) le pregunté si había indicios de que hubiese sido arrancada de
un meteorito mayor. »La
observó con cuidado, primero a ojo, después con una lupa, y por último
dijo que no podía ver señales de eso. Dijo que debían de haberla
encontrado exactamente en la condición en que yo la tenía. Dijo que el
hierro meteórico es especialmente duro y resistente porque incluye níquel.
Se parece más al acero de aleación y no podría ser arrancada, dijo, sin
señales evidentes de manipulación. »Bien,
eso daba por terminada la cuestión, ¿verdad? Regresé y saqué la carta
y la leí. Incluso estudié el embalaje original. Había unos garabatos
chinos borroneados y el nombre y la dirección de mi abuela en un inglés
desteñido y anguloso. No se podía sacar nada de eso. No pude distinguir
el sello del correo pero no había motivos para suponer que no fuese de
Hong Kong. De todos modos, decidí que se trataba de un fraude amistoso.
El bisabuelo Latimer habría recogido el meteorito en alguna parte, y
probablemente había pasado cierto tiempo en el mundo árabe, y no pudo
resistir la tentación de tejer un cuento chino. —Y
un mes más tarde murió en circunstancias misteriosas —dijo Halsted. —Sólo
murió —dijo Reed—. No hay motivo para creer que la muerte fuese
misteriosa. En aquella época la vida era relativamente breve. Cualquiera
de una cantidad de enfermedades contagiosas podía matar. De todos modos,
ése es el fin de la historia. Sin encanto. Sin misterio. Gonzalo
se opuso vociferando de inmediato: —Ese
no es el fin de la historia. Ni siquiera es el principio. ¿Qué pasa con
la oferta de quinientos dólares? —¡Oh,
eso! —dijo Reed—. Eso ocurrió en 1962 ó 1963. Era una cena y hubo
algunas discusiones violentas sobre el Medio Oriente y yo había tomado
una actitud pro árabe como una especie de abogado del diablo (fue mucho
antes de la Guerra de los Seis Días, desde luego) y eso me trajo a la
mente el meteorito. Aún se estaba cubriendo de polvo en el cajón y lo
saqué. »Recuerdo
que estábamos todos sentados a la mesa y que hice circular el paquete y
que todos lo miraron. Algunos trataron de leer la carta, pero no era fácil
hacerlo porque la letra era anticuada y enrevesada. Algunos me preguntaron
qué eran los caracteres chinos del paquete y como es lógico yo no lo sabía.
Sólo por el gusto de ser dramático, conté lo de los misteriosos
extranjeros con turbante de la época de mi padre y subrayé la muerte
misteriosa del bisabuelo, y no mencioné las razones que tenía para estar
seguro de que se trataba de un engaño. Por divertirme. »Sólo
una persona pareció tomárselo en serio. Era un extraño, amigo de un
amigo. Es decir, habíamos invitado a un amigo, y cuando dijo que tenía
un compromiso, dijimos, está bien, que tu amigo te acompañe. Ese tipo de
cosa, entienden. Ya no recuerdo su nombre. Todo lo que recuerdo de su
persona es que tenía escaso cabello rojizo y que no participó mucho de
la conversación. »Cuando
todos se disponían a irse, se me acercó vacilante y preguntó si podía
ver el objeto una vez más. No había motivos para negárselo, desde
luego. Sacó el meteorito del envoltorio (era lo único que parecía
interesarle) y se acercó a la luz con él. Lo estudió largo rato;
recuerdo que me impacienté un poco; y después dijo: “Escuche,
colecciono objetos raros. Me pregunto si me permitiría quedarme con él.
Le pagaría, por supuesto. ¿Cuánto le parece que vale?” »Reí
y dije que no pensaba venderlo y él barbotó una oferta de cinco dólares.
Me resultó bastante ofensivo. Quiero decir: si fuera a vender una
herencia familiar con seguridad no sería por cinco dólares. Le di una
negativa brusca y decisiva y tendí la mano para que me devolviera el
objeto. Me resultaba una persona tan desagradable que recuerdo haber
pensado que podía robarlo. »Me
lo devolvió de mala gana y recuerdo que miré el objeto de nuevo para ver
qué podía tener de tan atractivo para él, pero seguía pareciendo lo
que era, un feo trozo de hierro. Como ven, aunque yo sabía que su rasgo
interesante residía en su historia posible y no en su aspecto,
simplemente no podía asignarle valor a nada que no fuese bello. »Cuando
alcé los ojos, él estaba leyendo otra vez la carta. Tendí la mano y
también me la entregó. Dijo: “¿Diez dólares?” Y yo dije sólo: “¡No!”
Reed
tomó un sorbo del café que Henry acababa de servirle. Dijo: —Todos
los demás se habían ido. El amigo de este hombre lo esperaba, el hombre
que era mi amigo en un principio, Jansen. Él y la esposa se mataron en un
accidente automovilístico al año siguiente, en el mismo coche junto al
que estaba de pie entonces, esperando al hombre que había llevado a casa.
Si uno se detiene a pensarlo, el futuro es atemorizante. Por suerte, rara
vez lo hacemos. »De
todos modos, el hombre que quería el objeto se detuvo en la puerta y me
dijo con rapidez: “Escuche, me gusta realmente ese trocito de metal. A
usted no le sirve de nada y le daré quinientos dólares por él. ¿Qué
le parece? Quinientos dólares. No se porte como un cerdo goloso.” »Puedo
hacer concesiones por su evidente ansiedad, pero fue ofensivo en exceso.
Dijo “como un cerdo goloso”, recuerdo las palabras. Después de eso,
no se lo habría vendido ni por un millón. Con gran frialdad le dije que
no estaba en venta por ningún precio, y metí el meteorito, que aun seguía
en mi mano, en el bolsillo con un gesto definitivo. »Se
le ensombreció el rostro y gruñó que lo lamentaría y que habría
algunos no tan amables como para ofrecer dinero, y después se fue. El
meteorito estuvo en mi bolsillo desde entonces. Es el feo amuleto por el
que he rechazado quinientos dólares —rió en silencio y dijo—: y ésa
es toda la historia. —¿Y
nunca averiguó por qué le ofreció quinientos dólares por esa cosa?
—dijo Drake. —A
menos que creyese que era un trozo de la Piedra Negra, no puedo imaginar
el motivo —dijo Reed. —¿Nunca
volvió a presentar una oferta? —Nunca.
Fue hace más de diez años v no volví a oír hablar de él. Y ahora que
Jansen y la esposa han muerto, ni siquiera sé quién es o cómo se lo
podría localizar si yo decidiera venderlo. —¿Qué
quiso decir con la amenaza acerca de otros que no sería tan amables como
para ofrecer dinero? —dijo Gonzalo. —No
sé —dijo Reed—. Supongo que se refería a extranjeros misteriosos de
turbante como los que yo había mencionado. Creo que sólo intentaba
asustarme para que vendiera. —Dado
que a pesar de todo se ha presentado un misterio —dijo Avalon—,
supongo que tendríamos que considerar las posibilidades. El motivo obvio
para la oferta es, como usted dijo, que él creyese que el objeto era un
trozo de la Piedra Negra. —Si
es así —dijo Reed— fue el único presente que lo hizo. No creo que
nadie más tomara la historia en serio ni por un instante. Además, aunque
fuese una astilla de la Piedra Negra y el tipo fuese un coleccionista, ¿de
qué le habría servido sin una prueba convincente? Podía tomar cualquier
trozo de escoria de hierro y etiquetarlo “trozo de la Piedra Negra” y
no le sería menos útil que el mío. Avalon
dijo: —¿Piensas
que podría haberse tratado de un árabe que sabía que una astilla del
tamaño de tu objeto había sido robada de la Piedra Negra un siglo antes
y la deseaba por motivos religiosos? —No
me pareció árabe —dijo Reed—. Y si lo fuera, ¿por qué no volvió a
hacer la oferta? ¿O por qué no hizo allí un intento de arrebatármela
por la fuerza? —Examinó
el objeto con cuidado —dijo Drake—. ¿Piensa usted que vio algo en él
que lo convenció de su valor... sea cual fuere ese valor? —¿Cómo
puedo refutarlo? —dijo Reed—. Salvo que, sea lo que fuere lo que él
vio, por cierto yo nunca lo vi. ¿Y ustedes? —No
—admitió Drake. —Me
parece que no podremos desentrañar esto —dijo Rubin—. Simplemente no
tenemos bastante información. ¿Qué dices tú, Henry? Henry,
que había escuchado todo con su atención silenciosa de costumbre, dijo: —Me
estaba preguntando por algunos detalles. —Adelante
entonces, Henry —dijo Avalon—. ¿Por qué no continuar con el
interrogatorio del invitado? —Señor
Reed —dijo Henry—, cuando usted mostró el objeto a sus invitados en
esa ocasión, en 1962 ó 1963, dice que hizo circular el paquete. ¿Se
refiere al envoltorio original en el que habían llegado la carta y el
meteorito, con el contenido intacto? —Sí.
Oh, sí. Era un tesoro de familia. —¿Pero
a partir de 1963, señor, usted ha llevado el meteorito en el bolsillo? —Sí,
siempre —dijo Reed. —¿Significa
eso, señor, que usted ya no tiene la carta? —Por
supuesto que no significa eso —dijo Reed indignado—. Por cierto que
tenemos la carta. Admitiré que después de la amenaza del sujeto me
preocupé un poco así que la puse en un sitio más seguro. Desde el punto
de vista de la familia es un documento encantador, se trate o no de un
engaño. —¿Dónde
la guarda ahora? —preguntó Henry. —En
una pequeña caja fuerte empotrada que empleo para documentos y a veces
para joyas. —¿La
ha visto hace poco, señor? Reed
exhibió una ancha sonrisa. —Empleo
la caja fuerte con frecuencia, y la veo en cada ocasión. Le doy mi
palabra, Henry, la carta está segura; tan segura como el amuleto en mi
bolsillo. —Entonces
ya no guarda la carta en la envoltura original —dijo Henry. —No
—dijo Reed—. El envoltorio era más útil como recipiente para el
meteorito. Ahora que lo llevo en el bolsillo, no tenía sentido guardar sólo
la carta en el paquete. Henry
asintió. —¿Y
qué hizo entonces con el envoltorio, señor? Reed
parecía confundido. —Bueno,
nada. —¿No
lo tiró? —No,
por supuesto que no. —¿Sabe
dónde está? Reed
frunció lentamente el entrecejo. Por último dijo: —No,
creo que no. —¿Cuándo
lo vio por última vez? Esta
vez la pausa también fue larga. —Tampoco
lo sé. Henry
pareció perderse en sus pensamientos. —Bien,
Henry, ¿qué tienes en mente? —Sólo
me preguntaba —dijo Henry mientras recogía serenamente las copas de
brandy de la mesa—, si ese hombre en realidad quería el meteorito. —Lo
cierto es que me ofreció dinero por él. —dijo Reed. —Sí
—dijo Henry—. Primero sumas tan pequeñas que no lo tentarían a usted
a entregarlo, y que él podía pagar si usted respondía a su lance. Después
una suma mayor expresada en términos lo bastante ofensivos como para
asegurarse de que usted se negaría. Y por último, una amenaza misteriosa
que nunca se concretó. —¿Pero
por qué iba a hacer todo eso si no deseaba mi joya de hierro? —dijo
Reed. —Tal
vez para lograr precisamente lo que logró —dijo Henry—: convencerlo
de que deseaba el meteorito y mantener su atención bien fija en eso. Le
entregó el meteorito cuando usted tendió la mano; le devolvió la
carta... ¿pero le devolvió el envoltorio original? —No
recuerdo que se lo llevara —dijo Reed. —Pasó
hace diez años —dijo Henry—. Hizo que usted mantuviera su atención
fija en el meteorito Hasta usted mismo lo examinó y durante ese tiempo no
lo miró a él, estoy seguro. ¿Puede afirmar que haya visto el envoltorio
desde entonces, señor? Reed
sacudió lentamente la cabeza. —No
puedo afirmarlo. ¿Quiere usted decir que concentró de tal modo mi atención
en el meteorito que pudo irse con el envoltorio sin que yo lo notara? —Me
temo que sí. Usted colocó el meteorito en su bolsillo, la carta en su
caja de seguridad, y al parecer no volvió a pensar en el envoltorio. Este
hombre, cuyo nombre no conoce ya quien ya no puede identificar debido a la
muerte de sus amigos... ha tenido el envoltorio durante diez años sin
problemas. Ya esta altura a usted le resultaría imposible identificar lo
que él se llevó. —Ya
lo creo que puedo —dijo Reed con energía—, si pudiese verlo. Tenía
el hombre y la dirección de mi bisabuela encima. —Tal
vez él no haya conservado el envoltorio propiamente dicho —dijo Henry. —Ya
sé —exclamó Gonzalo de pronto—. Se trataba de esos caracteres
chinos. De algún modo pudo entenderlos y se llevó el paquete para
hacerlos descifrar con exactitud. El mensaje era importante. La
sonrisa de Henry era casi imperceptible. —Esa
es una idea romántica que no se me había ocurrido, señor Gonzalo, y no
creo que sea muy probable. Yo pensaba en otra cosa. Señor Reed, usted tenía
un paquete procedente de Hong Kong en 1856 y en ese época Hong Kong ya
era una posesión británica. —Tomada
en 1848 —dijo Rubin brevemente. —Y
creo que los ingleses ya habían establecido el sistema moderno de
distribución postal. —Rowland
Hill —dijo Rubin de inmediato— en 1840. —Bien
—dijo Henry—, ¿entonces el paquete original podía tener una
estampilla? Reed
parecía alarmado. —Ahora
que le menciona, me parece recordar que había algo parecido a una
estampilla negra. ¿Un perfil de mujer? —La
joven Victoria —dijo Rubin. —¿Y
podía tratarse de una estampilla rara? —dijo Henry. Gonzalo
alzó los brazos. —¡Blanco!
Reed
se quedó sentado con la boca bien abierta. Después dijo: —Usted
debe de tener razón, desde luego. Me pregunto cuánto perdí. —Nada
más que dinero, señor —murmuró Henry—. Las antiguas estampillas
inglesas no eran bellas. |
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| Postfacio | ||||||
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“La
joya de hierro” apareció en el número de julio de 1974 del Ellery
Queen's Mystery Magazine con el título de “Una astilla de la Piedra
Negra”. Por lo común, cuando da lo mismo, prefiero el título más
corto, así que aquí les devuelvo mi título original. (No siempre me
niego a aceptar cambios. El primer relato de esta colección se llamaba
“Nadie los persigue” cuando lo escribí. La revista lo cambió a
“Cuando nadie los persigue” y acepto la palabra adicional como una
mejora.) Escribí
este relato a bordo del Canberra, que me llevó sobre el mar de ida y
vuelta a la costa africana en el verano de 1973, para presenciar un
eclipse solar total: el primer eclipse solar total que veía en mi vida.
El cielo sabe que me mantuvieron ocupado, porque a bordo era
conferenciante, y di ocho conferencias sobre la historia de la astronomía,
para no mencionar el tiempo que me llevó ser afable y encantador con las
mil doscientas mujeres de a bordo. (Tendrían que verme siendo afable y
encantador. A algunas les costó librarse.) De
todos modos encontré tiempo para esconderme en el camarote de vez en
cuando y escribir a mano “La joya de hierro”. Lo que ahora me confunde
cuando lo recuerdo, sin embargo, es por qué el relato no tiene nada que
ver con un eclipse solar cuando eso (y las mil doscientas mujeres) era
todo lo que tuve en la cabeza durante el crucero. |
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