LORENZO

servidor

ISAAC ASIMOV's

Stranger in Paradise

Extraño en el Paraíso

1

Eran hermanos. No en el sentido de que ambos eran seres humanos, ni por haberse compartido la misma guardería. ¡En absoluto! Eran hermanos en el verdadero sentido biológico de la palabra. Eran parientes, para usar un término que se había vuelto ligeramente arcaico desde siglos atrás, antes de la Catástrofe, cuando ese fenómeno tribal, la familia, tenía todavía alguna validez.

¡Qué embarazoso resultaba! Anthony casi lo había olvidado a lo largo de los años transcurridos desde la niñez. Hubo épocas en que ni siquiera le había dedicado el más ligero pensamiento durante meses seguidos. Pero ahora, desde que había vuelto a estar en contacto con William, se encontró viviendo un tiempo de agonía.

Podría no haber sido tan malo si las circunstancias lo hubieran hecho obvio desde el principio; si, como en los días anteriores a la Catástrofe -Anthony había sido alguna vez un gran lector de historia-, hubieran compartido el apellido y de esa única manera hacer alarde de la relación.

En los tiempos actuales cada cual adoptaba el apellido que le quedaba bien, por supuesto, y lo cambiaba tantas veces como deseaba. Después de todo, lo que realmente importaba era la cadena de símbolos, y ésta era codificada y atribuida a cada cual desde el nacimiento.

William se llamaba Anti-Aut. Insistía en ese nombre con una especie de sobrio profesionalismo. Era cosa suya, desde luego, pero también un aviso de mal gusto personal. Anthony eligió Smith cuando cumplió trece años y nunca tuvo el impulso de cambiarlo. Era simple, fácil de decir, y bastante personal, ya que jamás había conocido a nadie que hubiera escogido ese nombre. En algún tiempo fue muy corriente -entre los pre-Catastrofales-, lo cual tal vez explicaba su rareza ahora.

Pero la diferencia de nombres no significaba nada cuando los dos estaban juntos. Se parecían.

Si hubieran sido mellizos... pero entonces nunca se permitía llegar a término uno de cada par de óvulos fecundados. Solo era que, ocasionalmente, la similitud física sucedía en situaciones de no-mellizos, especialmente cuando el parentesco estaba de ambos lados. Anthony Smith era cinco años más joven, pero ambos tenían nariz ganchuda, pestañas espesas, el mismo hoyuelo apenas perceptible en el mentón, ese condenado azar del diseño genético. Cuando los padres repetían, por alguna pasión hacia la monotonía, estaban buscando esto.

Al principio, ahora que estaban juntos, mostraron esa mirada sorprendida seguida de un cuidado silencio. Anthony trató de ignorar el asunto, pero por pura perversidad -o perversión- era seguro que William decía:

—Somos hermanos.

—¿De veras? —decía el otro, permaneciendo así por sólo un momento como si quisiera preguntarle si eran hermanos de sangre. Y luego triunfaban los buenos modales y se alejaba como si fuera un asunto sin interés. Por supuesto, eso sucedía sólo raramente. La mayoría de las personas del Proyecto sabían -¿cómo impedirlo?- y evitaban la situación.

No es que William fuera un mal tipo. En absoluto. Si no hubiera sido hermano de Anthony, o si lo hubieran sido, pero de aspecto suficientemente diferente para ocultar el hecho, se hubieran llevado de maravilla.

Pero tal como era...

No lo hacía más fácil el que hubieran jugado juntos de niños, y que hubieran compartido las primeras etapas de educación en la misma guardería, por algunas exitosas maniobras por parte de Madre. Después de haber dado a luz dos hijos del mismo padre y habiendo alcanzado su límite, de este modo (pues no había cumplido los rigurosos requisitos para tener un tercer hijo), concibió el plan de poder visitar a los dos en un solo viaje. Era una mujer extraña.

William dejó la guardería primero, naturalmente, ya que era el mayor. Se había dedicado a las ciencias -ingeniería genética. Anthony se enteró de ello, cuando todavía estaba en la guardería, a través de una carta de su madre. Por aquel entonces tenía edad suficiente para hablarle con firmeza a la matrona, y esas cartas terminaron. Pero siempre recordó la última por la agonía de vergüenza que le trajo.

Anthony acabó dedicándose también a las ciencias. Había demostrado tener talento en ese aspecto y le instaron a hacerlo. Recordaba haber sentido el loco temor -y profético, ahora se daba cuenta- de llegar a encontrarse con su hermano y acabó en la telemetría, lo más alejado de la ingeniería genética que se pueda imaginar... O lo que uno podía pensar.

Entonces, a través de todo el elaborado desarrollo del Proyecto Mercurio, las circunstancias esperaban.

Sucedió entonces que llegó el momento, cuando el Proyecto parecía encontrarse en punto muerto; y se hizo una sugerencia que salvaba la situación, y al mismo tiempo precipitaba a Anthony en el dilema que le habían preparado sus padres. Y lo mejor y más irónico de todo eso era que Anthony, con toda inocencia, había hecho la sugerencia.

2

William Anti-Aut sabía del Proyecto Mercurio, pero sólo de la manera que sabía sobre la manida Sonda Estelar que había iniciado su recorrido antes de que él naciera y que continuaría después de su muerte; y de la manera que sabía de la colonia de Marte y de los continuos intentos de establecer colonias similares en los asteroides.

Tales cosas estaban en la distante periferia de su mente y sin real importancia. Según recordase, ningún aspecto del esfuerzo espacial había logrado acercarse al centro de sus intereses, hasta el día en que el periódico incluyó fotografías de algunos de los hombres comprometidos en el Proyecto Mercurio.

Lo primero que captó la atención de William fue el hecho de que uno de ellos era identificado como Anthony Smith. Recordaba el extraño nombre que había escogido su hermano, y recordaba el Anthony. Seguro que no podían existir dos Anthony Smith.

Luego había mirado la fotografía en sí y había una cara inconfundible. Se miró en el espejo en un repentino gesto espontáneo de comprobar su sospecha. Una cara inconfundible.

Se sintió divertido, pero también inquieto, ya que no ignoraba la posibilidad de bochorno. Hermanos de sangre, para usar la frase desagradable. Pero ¿qué había que hacer con eso? ¿Cómo corregir el hecho de que ni su padre ni su madre tenían imaginación?

Debió haberse guardado el impreso en el bolsillo, impensadamente, cuando se preparaba para salir hacia el trabajo, pues se lo encontró a la hora del almuerzo. Volvió a mirarlo. Anthony se veía despierto. Era una reproducción bastante buena... los impresos eran de una muy buena calidad en esos tiempos.

Su compañero de mesa, Marco Comoquiera-se-llame-esa-semana, preguntó con curiosidad:

—¿Qué estás mirando, William?

En un impulso, William le pasó el impreso y dijo:

—Ése es mi hermano. —Fue como agarrar el toro por los cuernos.

Marco lo examinó, frunciendo el entrecejo, y dijo:

—¿Cuál? ¿El hombre que está a tu lado?

—No, el hombre que es yo. Quiero decir el hombre que se ve como yo. Él es mi hermano.

Esta vez hubo una pausa más larga. Marco le devolvió el impreso y dijo, con la voz cautelosamente llana:

—¿Hermano de los mismos padres?

—Sí.

—Ambos, padre y madre.

—Sí.

—¡Ridículo!

—Lo supongo —suspiró William—. Bien, de acuerdo con esto, está en telemetría, en Texas, y yo estoy en autística aquí. ¿Qué importancia puede tener entonces?

William no lo recordó más y más tarde, ese día, tiró el impreso. No quería que su actual compañera de cama lo encontrara. Ella tenía un sentido del humor grosero que William encontraba cada vez más fastidioso. Le alegraba bastante que ella no tuviera ganas de tener un niño. Él mismo había tenido uno algunos años atrás. Esa pequeña morena, Laura o Linda, con uno u otro nombre, había colaborado.

Había pasado un tiempo de eso, al menos un año, cuando el asunto de Randall apareció. Si William no había vuelto a pensar en su hermano antes de eso -y no lo había hecho-, no tuvo tiempo de hacerlo después, por cierto.

Randall tenía dieciséis años cuando William supo de él por primera vez. Había llevado una vida cada vez más aislada y la guardería de Kentucky donde era criado había decidido eliminarlo y, por supuesto, fue sólo ocho o diez días antes de la eliminación cuando a alguien se le ocurrió informarlo al Instituto para las Ciencias del Hombre de Nueva York (Instituto Homológico era su nombre corriente).

William recibió su informe junto con los de varios otros y no había nada en la descripción de Randall que llamara particularmente su atención. Sin embargo, era el tiempo de uno de esos tediosos viajes en transporte masivo por las guarderías y había una probabilidad en West Virginia. Allí fue -y quedó tan decepcionado que juró cincuenta veces que en adelante haría esas visitas por imagen televisada-, y entonces, ya que se había llegado hasta allí, pensó que bien podía llegar a la guardería de Kentucky antes de regresar a casa.

No esperaba nada.

Todavía no habían pasado diez minutos de estudio del patrón genético de Randall cuando ya estaba llamando al Instituto para realizar un cálculo de computadora. Luego se reclinó en el asiento y transpiró ligeramente ante el pensamiento de que sólo un impulso de último momento le había llevado hasta allí, y que sin ese impulso Randall habría sido eliminado silenciosamente en una semana o menos. Para expresarlo con todo detalle, una droga hubiera penetrado sin dolor a través de la piel y el torrente sanguíneo, y el chico se habría sumido en un tranquilo sueño que se profundizaría gradualmente hasta la muerte. La droga tenía un nombre oficial de veintitrés sílabas, pero William la llamaba «nirvanamina», como todo el mundo.

—¿Cuál es su nombre completo, matrona? —preguntó William.

—Randall Nowan, profesor —dijo la matrona de la guardería.

—¡Nadie![1] —explotó William.

—Nadie —deletreó la matrona—. Lo escogió el año pasado.

—¿Y no significó nada para usted? ¡Es lo mismo que Nadie! ¿No se le ocurrió informar sobre este joven el año pasado?

—No parecía... —comenzó a decir la matrona, agitada.

William la hizo callar con un gesto. ¿De qué servía? ¿Cómo podía saberlo ella? No había nada en la pauta genética que diera aviso según los habituales criterios de manual. Era una combinación sutil combinación descubierta por William y su equipo tras veinte años de experimentos con niños autistas... y era una combinación que jamás habían visto realmente.

¡Tan cerca de la eliminación!

Marco, que era el hombre práctico del grupo, se quejaba de que las guarderías estaban demasiado ansiosa por abortar antes del plazo y por eliminar después. Sostenía que debía permitirse el desarrollo de todas las pautas genéticas con el propósito de un seguimiento inicial y que no debería haber ninguna eliminación sin consultar con un homologuista.

—No hay suficientes homologuistas —dijo calmadamente William.

—Al menos podríamos correr todas las pautas genéticas a través de la computadora —dijo Marco.

—¿Para guardar todo lo que podamos obtener para nuestros fines?

—Para cualquier fin homológico, aquí o donde sea. Debemos estudiar pautas genéticas en acción si queremos comprendernos apropiadamente, y son las pautas anormales y monstruosas las que nos proporcionan la mayor parte de la información. Nuestros experimentos sobre autismo nos han enseñado más sobre homología que la suma total existente hasta la fecha en que comenzamos.

William, quien todavía prefería el ritmo de la frase «la fisiología genética del hombre» en vez de «homología», sacudió la cabeza.

—Es lo mismo, tenemos que obrar con cautela. Sobrevivimos apenas por escaso permiso social, concedido a regañadientes, por muy útiles que sean nuestros experimentos. Estamos jugando con vidas.

—Vidas inútiles. A punto de eliminación.

—Una eliminación rápida y placentera es una cosa. Nuestros experimentos, habitualmente prolongados y algunas veces inevitablemente desagradables, es otra.

—A veces les ayudamos.

—Y a veces no les ayudamos.

En verdad era una discusión inútil, pues no había forma de llegar a un acuerdo. Todo se resumía a que había demasiado pocas anomalías interesantes disponibles para los homologuistas y que no había manera de presionar a la humanidad para estimular una mayor producción. El trauma de la Catástrofe permanecería de varias maneras, incluyendo ésa.

El impulso incesante hacia la exploración espacial podía explicarse (y algunos sociólogos lo hacían) en el conocimiento, gracias a la Catástrofe, de la fragilidad de la vida sobre el planeta.

Bien, daba igual...

Nunca hubo nada parecido a Randall Nowan. No para William. El lento progreso del autismo característico de esa pauta genética tan absolutamente rara significaba que se podía obtener más información sobre Randall que sobre cualquier paciente anterior a él. Incluso  captaron en el laboratorio algunos débiles destellos finales de su manera de pensar, antes de que se cerrara por completo y se recogiera finalmente dentro de los muros de su piel... indiferente, inalcanzable.

Entonces, iniciaron el lento proceso mediante el cual Randall, sometido a estímulos artificiales por crecientes períodos de tiempo, reveló los mecanismos internos de su cerebro y por tanto dio pistas del mecanismo interno de todos los cerebros, tanto de los llamados normales como de los semejantes al suyo.

La información que estaban reuniendo era tan vasta que William comenzó a sentir que su sueño de revertir el autismo era más que un simple sueño. Sentía una cálida satisfacción por haber escogido el nombre de Anti-Aut.

Y estaba casi en la cumbre de la euforia inducida por el trabajo con Randall cuando recibió la llamada de Dallas, cuando comenzaron las fuertes presiones -ahora, en esos momentos- para que abandonara su trabajo y se ocupase de un nuevo problema.

Más tarde, recordando, jamás logró averiguar qué le había llevado finalmente a acceder a realizar una visita a Dallas. Por supuesto, podía ver cuánta suerte había tenido... pero, ¿qué le había convencido para hacerla? ¿Podía haber tenido, aun desde el principio, una vaga idea inconsciente de cómo podría acabar todo? Sin duda, era imposible.

¿Sería el recuerdo inconsciente de ese periódico, de esa fotografía de su hermano? Imposible, sin duda.

Pero se dejó persuadir para hacer esa visita, y cuando la unidad de poder de la micro-pila cambió el tono de su suave zumbido y la unidad agrav tomó el control para el descenso final, recordó esa fotografía hasta -o al menos se movió hacia la parte consciente de su memoria.

Anthony trabajaba en Dallas y -William lo recordaba ahora- en el Proyecto Mercurio. Eso era lo que decía la leyenda. Tragó saliva mientras la suave sacudida le indicaba que el viaje había terminado. Esto sería incómodo.

3

Anthony estaba esperando en la zona de recepción para saludar al experto que llegaba. No estaba solo, por supuesto. Era parte de una importante delegación -cuyo tamaño era una indicación bastante cruda de la desesperación a que se habían visto reducidos- y estaba entre los niveles menos importantes. Es que estaba allí sólo porque había hecho la sugerencia inicial.

Sentía una ligera pero persistente inquietud ante ese pensamiento. Se había colocado en la línea de fuego. Había recibido aprobación considerable por ello, pero siempre estaba esa tenue insistencia en que la sugerencia era suya; y si resultaba un fracaso, cada uno de ellos se retirarían de la línea de fuego y le dejarían en punto cero.

Más tarde, hubo ocasiones en que meditó sobre la posibilidad de que el vago recuerdo de un hermano homologuista le hubiera sugerido la idea. Podía haber sido, pero no tenía que haber sido así. La sugerencia era tan sensatamente inevitable, en realidad, que sin duda hubiera tenido la misma idea aunque su hermano hubiera sido algo tan inocuo como un escritor de ficción, o aunque no hubiera tenido ningún hermano.

El problema estaba en los planetas interiores. La Luna y Marte estaban colonizados. Habían llegado a los asteroides más grandes y a los satélites de Júpiter, y estaba en progreso un viaje pilotado a Titán, el gran satélite de Saturno, a través de una giro acelerado en torno a  Júpiter. Sin embargo, aunque había planes para enviar hombres en un viaje de ida y vuelta de siete años de duración hasta el exterior del sistema solar, todavía no existía la posibilidad de un acercamiento tripulado a los planetas interiores, por temor al Sol.

Venus era el menos atractivo de los dos mundos situados dentro de la órbita de la Tierra. Mercurio, en cambio...

Anthony aún no se había incorporado al equipo cuando Dmitri Large[1] (en realidad era bastante bajo) había dado la charla que impresionó al Congreso Mundial lo suficiente para que concediera los fondos que harían posible el Proyecto Mercurio.

Anthony había escuchado las cintas, y había oído la exposición de Dmitri. Existía una firme tradición que afirmaba que había sido extemporánea, y tal vez lo fuera, pero estaba perfectamente construida y contenía, en esencia, todas y cada una de las líneas de actuación seguidas por el Proyecto Mercurio a partir de entonces.

Y el concepto más importante señalado fue que sería un error esperar a que la tecnología hubiera avanzado hasta el punto de hacer factible una expedición pilotada a través de los rigores de la radiación solar. Mercurio era un medio ambiente único que podía enseñarles mucho, y desde la superficie de Mercurio podrían efectuarse observaciones continuadas del Sol, que no podían ser hechas de ninguna otra manera.

... Siempre y cuando un sustituto del hombre -un robot, en suma- pudiera ubicarse en  el planeta.

Podía construirse un robot con las características físicas requeridas. Los aterrizajes suaves eran fáciles de lograr. Pero una vez que hubiera aterrizado el robot, ¿qué harían con él?

El robot podía hacer observaciones y dirigir sus acciones sobre la base de esas observaciones, pero el Proyecto quería que sus acciones fuesen intrincadas y sutiles, al menos potencialmente, y no sabían en absoluto qué observaciones podría hacer.

Para prever todas las posibilidades razonables y permitir toda la complejidad deseada, el robot necesitaría contener una computadora (algo que en Dallas llamaban «cerebro», pero Anthony detestaba ese hábito verbal... tal vez, dudaría más tarde, porque el cerebro era el campo de estudio de su hermano) lo suficientemente compleja y versátil para poder ser incluida en la misma categoría que un cerebro de mamífero.

Sin embargo, era imposible construir nada que fuera al mismo tiempo lo suficientemente portátil para trasladarlo a Mercurio y descargarlo allí... o si se lograba trasladar y descargar, que tuviera la movilidad suficiente para ser de alguna utilidad al robot que planeaban. Tal vez algún día lo hicieran posible los dispositivos positrónicos con que estaban jugando los roboticistas, pero ese día no había llegado aún.

La alternativa era que el robot remitiese a la Tierra cada observación en el momento mismo de realizarla, y una computadora en la Tierra podría dirigir cada una de sus acciones sobre la base de esas observaciones. En resumidas cuentas, el cuerpo del robot estaría allí y su cerebro aquí.

Una vez tomada esta decisión, los técnicos clave fueron los telemetristas y fue cuando Anthony se incorporó al Proyecto. Se convirtió en uno de los que trabajaban en el diseño de métodos para recibir y devolver impulsos a través de distancias de 50 a 140 millones de millas,  hacia, y a veces por encima, de un disco solar capaz de interferir con esos impulsos de la manera más feroz.

Tomó su trabajo con pasión y (al final concluyó) con habilidad y éxito. Fue él, más que ningún otro, quien había diseñado las tres estaciones conmutadoras lanzadas en órbita permanente alrededor de Mercurio, las Orbitadoras de Mercurio. Cada una de ellas era capaz de enviar y recibir impulsos de Mercurio a la Tierra y de la Tierra a Mercurio. Cada una era capaz de resistir las radiaciones solares más o menos permanentes y, sobre todo, cada una podía filtrar las interferencias solares.

Tres Orbitadoras equivalentes fueron ubicadas a una distancia de poco más de un millón de millas de la Tierra, en los extremos norte y sur  del plano de la eclíptica de modo que podían recibir los impulsos de Mercurio y retransmitirlos a la Tierra -o viceversa- incluso cuando Mercurio estaba detrás del Sol e inaccesible a la recepción directa desde cualquier estación sobre la superficie terrestre.

Con lo cual quedaba sólo el robot; un maravilloso ejemplo de la combinación de las artes de los roboticistas y los telemetristas. Era el más complejo de diez modelos sucesivos, con un volumen ligeramente superior al doble de un hombre y cinco veces su masa, y era capaz de sentir y hacer bastante más que un hombre... si podía ser dirigido.

Rápidamente se hizo evidente todo lo compleja que tendría que ser la computadora para dirigir al robot, ya que cada respuesta tenía que ser modificada para permitir variaciones en la posible percepción. Y mientras que cada respuesta imponía la certeza de mayor complejidad en las posibles variaciones de percepción, las anteriores respuestas tenían que ser reforzadas y fortalecidas. Parecía interminable, como un juego de ajedrez, y los telemetristas comenzaron a utilizar la computadora para programar la computadora que diseñaba el programa para la computadora que programaría la computadora de control del robot.

No había nada más que confusión. El robot estaba en una base en los espacios desiertos de Arizona y funcionaba bien. Pero la computadora de Dallas no lograba manejarlo de manera satisfactoria; ni siquiera bajo las condiciones perfectamente conocidas de la Tierra. ¿Cómo podría entonces...?

Anthony recordaba la fecha en que había hecho la sugerencia. Había sido el siete de abril de 553. La recordaba por una cosa, porque recordaba haber pensado ese día que el siete de abril había sido una festividad importante en la región de Dallas en el mundo de los pre-Catastrofales, medio milenio atrás, bueno, 553 años atrás, para ser exactos.

Fue durante la cena, y una buena cena, por cierto. Había un ajuste cuidadoso de la ecología de la región y el personal del Proyecto tenía alta prioridad a la hora de recolectar los alimentos disponibles, de modo que había un desusado nivel de elección en los menús, y Anthony se había decidido por el pato asado.

El pato asado estaba muy bueno y le hizo algo más comunicativo que lo habitual. De hecho, todos estaban de un humor bastante locuaz y Ricardo dijo:

—Jamás lo haremos. Tenemos que admitirlo. Jamás lo haremos.

Imposible decir cuántos habían pensado igual, ni cuántas veces, pero era regla que nadie lo declarara abiertamente. Un abierto pesimismo podía ser el último golpe necesario para que cesaran las subvenciones (estaban llegando con mayores dificultades cada año desde hacía cinco) y si había alguna posibilidad, la habrían perdido.

Anthony, de costumbre poco dado a un optimismo extraordinario, pero transformado por el pato, dijo:

—¿Por qué no podemos hacerlo? Dame por qué y te refutaré.

Era un desafío directo, y los ojos negros de Ricardo se empequeñecieron al instante.

—¿Quieres que te diga por qué?

—Seguro —Ricardo giró su silla y enfrentó completamente a Anthony—. Vamos, no es ningún misterio. Dmitri Large no lo dirá abiertamente en un informe, pero tú sabes y yo sé que para llevar adelante el Proyecto Mercurio apropiadamente, necesitaremos una computadora tan compleja como un cerebro humano, esté situada en Mercurio o aquí, y no podemos construirla. Luego, ¿qué nos deja excepto jugar con el Congreso Mundial y recibir dinero para trabajos ficticios y asuntos sin importancia?

Anthony mostró una sonrisa complaciente y dijo:

—Eso es fácil de refutar. Tú mismo nos has dado la respuesta. (¿Estaba de broma? ¿Era la cálida sensación del pato en el estómago? ¿Un deseo de embromar a Ricardo?... ¿O sería la influencia de algún recuerdo inconsciente de su hermano? Más tarde no tuvo manera de asegurarlo)

—¿Qué respuesta? —Ricardo se había levantado. Era bastante alto y desusadamente delgado y siempre llevaba su bata blanca descosida. Cruzó los brazos e hizo todo el esfuerzo para alzarse por encima de Anthony -aún sentado- como un metro desplegado—. ¿Qué respuesta?

—Has dicho que necesitábamos una computadora tan compleja como  un cerebro humano. Muy bien, entonces, la construiremos.

—El caso, idiota, es que no podemos...

—Nosotros no podemos. Pero hay otros.

—¿Qué otros?

—La gente que trabaja con cerebros, por supuesto. Nosotros sólo entendemos de mecánica del estado sólido. No tenemos idea de la manera en que un cerebro humano es complejo, ni dónde, ni su alcance. ¿Por qué no conseguimos a un homologuista y que él diseñe una computadora?

Y, dicho esto, Anthony se sirvió una gran porción de relleno y lo paladeó complacido. Después de tanto tiempo, todavía recordaba el sabor de ese relleno, aunque no podía recordar detalladamente lo que había sucedido a continuación.

Le pareció que nadie lo había tomado en serio. Se oyeron risas y la reacción general fue pensar que Anthony había salido de un atolladero con un astuto sofisma, de modo que las risas eran a expensas de Ricardo. (Por supuesto, más tarde todos aseguraron haber tomado la sugerencia en serio.)

Ricardo se encendió, señaló a Anthony con un dedo y dijo:

—Escribe eso. Te desafío a que hagas esa sugerencia por escrito.

(Al menos así lo recordaba Anthony. Posteriormente, Ricardo declaró que su comentario había sido: «¡Buena idea! ¿Por qué no la presentas formalmente, Anthony?»)

Fueran como fueran, Anthony la presentó por escrito.

A Dmitri Large le gustó la idea. En una conversación privada, palmeó a Anthony en la espalda y declaró que él mismo había estado especulando en esa dirección... aunque no se ofreció tomar atribuciones en el informe. (Por si la cosa resultaba un fracaso, pensó Anthony).

Dmitri Large condujo la búsqueda del homologuista adecuado. A Anthony no se le ocurrió que debiera interesarse. No sabía nada de homología ni de homologuistas... a excepción, por supuesto, de su hermano, y no había pensado en él. No conscientemente.

De modo que Anthony estaba allí en la zona de recepción, en un rol menor, cuando se abrió la puerta del vehículo aéreo y varios hombres salieron y bajaron, y en la corriente de los apretones de manos que comenzaron a intercambiar, se encontró mirando su propia cara.

Le ardieron las mejillas y deseó con todas sus fuerzas encontrarse a mil kilómetros de allí.

4

Más que nunca, William deseó haberse acordado antes de su hermano. Debía de haberse... Sin duda debía de haberse acordado.

Pero estaba el halago de la solicitud y el entusiasmo que había comenzado crecer dentro de él. Tal vez evitó recordarlo deliberadamente.

Para empezar, tuvo el estímulo de que Dmitri Large viniera a verle en persona. Había venido desde Dallas a Nueva York en avión y eso había sido muy excitante para William, cuyo vicio secreto era leer novelas de misterio. En esas novelas hombres y mujeres siempre viajaban en medios de transporte masivos cuando el sigilo era deseable. Después de todo, los transportes electrónicos eran del dominio público... al menos en las novelas, donde cada rayo radiante de cualquier tipo era invariablemente empleado.

William lo dijo en una especie de morboso intento de bromear, pero Dmitri parecía no estar escuchando. Tenía la mirada fija en la cara de William y sus pensamientos parecían estar en otra parte.

—Lo siento —dijo al fin—. Me recuerda a otra persona.

 (Y aun así William no había caído en la cuenta. ¿Cómo era posible?, tendría ocasión de preguntarse.)

Dmitri Large era un hombre pequeño y rechoncho quien parecía estar en perpetua alegría incluso cuando declaraba estar preocupado o molesto. Tenía una nariz redonda y bulbosa, mejillas pronunciadas y blandura por todos lados. Enfatizaba su apellido y añadía con una rapidez que hizo suponer a William que lo decía con frecuencia:

—La talla no es lo único grande que hay, amigo mío[1].

William opuso numerosas objeciones en la conversación que siguió. No sabía nada sobre computadoras. ¡Nada! No tenía la más leve idea de cómo funcionaban o cómo se programaban.

—No importa, no importa —dijo Dmitri, descartando ese detalle con un expresivo gesto de la mano—. Nosotros sabemos de computadoras; nosotros podemos instalar los programas. Usted sólo díganos lo que debemos hacerle hacer a una computadora para que funcione como un cerebro y no como una computadora.

—No estoy seguro de saber lo suficiente sobre cómo funciona un cerebro humano para poderle decir eso, Dmitri —dijo William.

—Usted es el mejor homologuista del mundo —dijo Dmitri—. Lo he comprobado cuidadosamente.

Y eso puso fin a la discusión.

William le escuchaba con desolación creciente. Suponía que era inevitable. Sumerja a una persona en una especialidad en particular bastante profundo y bastante tiempo y comenzará automáticamente a suponer que los especialistas en todos los otros campos son brujos, juzgando la amplitud de su sabiduría por la amplitud de la propia ignorancia... Y mientras el tiempo pasaba, William supo mucho más del Proyecto Mercurio de lo que en ese momento le importaba saber.

—¿Por qué usar una computadora, entonces? —dijo al fin—. ¿Por qué poner a uno de sus propios hombres, o sus relevos, a recibir el material desde el robot y remitirle las instrucciones?

—Oh, oh, oh —exclamó Dmitri, rebotando casi en su silla por su ansiedad—. Verá, usted no se da cuenta. Los hombres son demasiado lentos en analizar rápidamente todo el material que enviará el robot... temperaturas y presiones de los gases... intensidad del flujo de rayos cósmicos y de los vientos solares, y composiciones químicas, y texturas del suelo, y fácilmente tres docenas más de temas... y entonces decidir cuál debe ser el próximo paso. Un ser humano simplemente guiaría al robot, y de manera poco eficaz; una computadora sería el robot.

»Y además —continuó—, los hombres también son demasiado rápidos. Cualquier tipo de radiación demora de diez a veintidós minutos para hacer toda la vuelta entre Mercurio y la Tierra, según en qué lugar de la órbita esté cada uno. No podemos hacer nada con eso. Uno recibe una observación, uno da una orden, pero mucho ha sucedido entre el momento de efectuar la observación y el momento de recibir la respuesta. Los hombres no pueden adaptarse a la lentitud de la velocidad de la luz, una computadora, en cambio, puede tenerla en cuenta... Venga a ayudarnos, William.

—Ciertamente puede venir a consultarme siempre que considere que pueda serle útil en algo —respondió William en tono sombrío—. Mi canal privado de televisión está a su disposición.

—No busco un simple asesoramiento. Tiene que venir conmigo.

—¿En un medio de transporte masivo? —dijo William, horrorizado.

—Sí, por supuesto. Es imposible llevar un proyecto como éste con dos personas sentadas en los extremos opuestos de un rayo láser y con un satélite de comunicaciones en medio. A la larga, sería demasiado caro, demasiado incómodo, y por supuesto, carece de toda privacidad...

Era como una novela de misterio, decidió William.

—Venga a Dallas —dijo Dmitri— y le permítame enseñarle lo que tenemos allí. Permítame mostrarle nuestras instalaciones. Charle con algunos de nuestros expertos en computadoras. Permítales beneficiarse de su manera de pensar.

Había llegado el momento de mostrarse firme, pensó William.

—Dmitri —dijo—, ya tengo mi propio trabajo aquí. Un trabajo importante que no deseo abandonar. Para hacer lo que usted me pide tendría que permanecer varios meses alejado de mi laboratorio.

—¡Meses! —dijo Dmitri, claramente sorprendido—. Mi querido William, podrían ser muy bien años. Pero no dudo que ése será su trabajo.

—No, no lo será. Sé cuál es mi trabajo, y dirigir un robot en Mercurio no forma parte de él.

—¿Por qué no? Si lo hace bien, aprenderá más sobre el cerebro simplemente por intentar que una computadora funcione como uno, y luego acabará regresando aquí, mejor equipado para hacer lo que ahora considera su trabajo. ¿Y no tiene colaboradores que puedan continuar trabajando mientras usted esté fuera? ¿Y no puede mantenerse en constante contacto con ellos por rayos láser y por televisión? ¿Y no puede visitar Nueva York de vez en cuando? Por breves períodos.

William cedió. La idea de trabajar en el cerebro desde otra perspectiva dio en el blanco. A partir de ese momento, se encontró buscando excusas para ir -al menos visitar- al menos para ver cómo era todo... Siempre podría volver.

Luego llevó a Dmitri a visitar las ruinas del Antiguo Nueva York, que aquél admiró con ingenuo entusiasmo (pero entonces no había espectáculo más magnífico que el inútil gigantismo de los pre-Catastrofales del Antiguo Nueva York). William comenzó a preguntarse si el viaje tal vez no le ofrecería también la oportunidad de ver algunos panoramas a su vez.

Incluso comenzó a pensar que por algún tiempo había estado considerando la posibilidad de buscar una nueva compañera de cama, y que sería más conveniente encontrar una en otra zona geográfica, donde no estuviera permanentemente.

... O era que incluso entonces, cuando no sabía nada excepto los más rudimentarios principios de lo que se necesitaba, ya había percibido, como el destello de un distante relámpago, lo que podía hacerse.

De modo que eventualmente fue a Dallas, descendió sobre el techo y allí, con el rostro radiante, estaba otra vez Dmitri. Entonces el hombre pequeño achicó los ojos, dio media vuelta y dijo:

—Lo sabía... ¡Qué parecido más extraordinario!

William abrió los ojos y allí, retrocediendo visiblemente, estaban los suficientes elementos de su propia cara para tener la inmediata certeza de que Anthony estaba delante de él.

Leyó fácilmente en la cara de Anthony el ferviente deseo de enterrar la relación. Todo lo que William tenía que decir era: «¡Realmente, qué extraordinario!», y dejarlo pasar. Después de todo, las pautas genéticas de la humanidad eran lo suficientemente complejas para permitir parecidos en cualquier grado razonable, aun sin parentesco.

Pero William era un homologuista y nadie puede trabajar con los secretos del cerebro humano sin volverse insensible frente a sus peculiaridades, de modo que dijo:

—Estoy seguro de que es Anthony, mi hermano.

—¿Su hermano? —preguntó Dmitri.

—Mi padre tuvo dos varones con la misma mujer: mi madre. Eran personas excéntricas —explicó William.

Luego avanzó un paso, con la mano extendida, y Anthony no tuvo más remedio que estrechársela... El incidente fue tema de todas las conversaciones, el único tema, durante varios días.

5

Para Anthony fue pequeño consuelo que William quedara bastante compungido cuando se dio cuenta de lo que había hecho.

Esa noche se sentaron a charlar después de la cena y William dijo:

—Mis disculpas. Pensé que si pasábamos lo peor de una buena vez todo terminaría. Pero no parece haber sido así. No he firmado ningún papel, no he contraído ningún compromiso formal. Me marcharé.

—¿De qué serviría? —dijo Anthony, con descortesía—. Todo el mundo ya lo sabe. Dos cuerpos y una cara. Es suficiente para hacerme vomitar.

—Si me marcho...

—No puedes marcharte. Todo este asunto es idea mía.

—¿Traerme a mí, aquí? —Los pesados párpados de William se levantaron tanto como podían y sus cejas se arquearon.

—No, por supuesto que no. Traer a un homologuista. ¿Cómo iba a saber que te mandarían a ti?

Pero si me marcho...

—No. Lo único que podemos hacer ahora es resolver el problema, si es posible. Luego... ya no tendrá importancia.

(Todo es perdonado a los que triunfan, pensó)

—No sé si podré...

—Tendremos que intentarlo. Dmitri nos lo recordará. “Es una oportunidad demasiado buena. Sois hermanos” —dijo Anthony, imitando la voz de tenor de Dmitri— “y os entendéis. ¿Por qué no trabajar juntos?” —Luego continuó enfadado, con su propia voz—: De modo que debemos. Para empezar, ¿en es lo que haces, William? Quiero decir, más precisamente de lo que es capaz de explicar la palabra «homología» en sí.

William suspiró.

—Bueno, acepta mis excusas, por favor... Trabajo con niños autistas.

—Temo no saber lo que eso significa.

—Sin entrar en una larga disertación, me ocupo de niños que no tienen contacto con el mundo, que no se comunican con los demás, sino que se hunden en sí mismos y viven tras una muralla de piel, inaccesibles en cierto modo. Espero ser capaz de curarlo algún día.

—¿Por eso te haces llamar Anti-Aut?

—En realidad, sí.

Anthony rió brevemente, pero no estaba realmente divertido.

William adoptó un aire frío.

—Es un nombre sincero.

—Estoy seguro que lo es —murmuró precipitadamente Anthony, y no fue capaz de encontrar una disculpa más específica. Con esfuerzo, logró volver al tema: —¿Y estás logrando algún progreso?

—¿Hacia la curación? No, no tanto. Pero hacia la comprensión, sí. Y cuanto más comprenda...

A medida que iba hablando, la voz de William se fue haciendo más cálida y su mirada más distante. Anthony lo reconoció como lo que era: el placer de hablar de lo que llena el corazón y la mente, desplazando prácticamente a todo lo demás. También él lo sentía con bastante frecuencia.

Escuchó todo lo atentamente que pudo algo que en realidad no comprendía, pues eso era lo que debía hacer. Él también hubiera esperado otro tanto de William.

¡Con qué nitidez lo recordaba! En aquel momento había creído que no, pero en ese entonces, por supuesto, no era consciente de lo que estaba sucediendo. Al hacer memoria, retrospectivamente, encontró que recordaba frases enteras, prácticamente palabra por palabra.

—Y pensamos —dijo William— que el niño autista no estaba fallando al recibir las impresiones, ni siquiera que las interpretara de manera extraña. Más bien, las desaprobaba y las rechazaba, sin perder la potencialidad de comunicarse plenamente si encontraba alguna impresión que aprobara.

—Ah —dijo Anthony, articulando sólo un sonido suficiente para indicar que estaba escuchando.

—Tampoco se le puede persuadir de que salga de su autismo de una manera corriente, porque nos desaprueba tanto como al resto del mundo. Pero si le ponemos en arresto consciente...

—¿En qué?

—Es una técnica que poseemos, en la cual el cerebro se disocia efectivamente del cuerpo y puede ejecutar sus funciones sin referencia con el cuerpo. Es una técnica bastante sofisticada concebida en nuestro propio laboratorio; en realidad... —Hizo una pausa.

—¿Por tú mismo? —preguntó amablemente Anthony.

—En realidad, sí —dijo William, ruborizándose un poco, pero evidentemente complacido—. En arresto consciente podemos suministrar al cuerpo fantasías especialmente diseñadas y observar el cerebro por electroencefalogramas diferenciales. De una vez, podemos aprender más sobre el individuo autista; qué tipo de impresiones sensoriales desea más; y aprendemos más acerca del cerebro en general.

—Ah —dijo Anthony, y esta vez fue un “ah” real—. Y todo eso que has aprendido sobre cerebros... ¿podrías adaptarlo al funcionamiento de una computadora?

—No —dijo William—. Imposible. Ya se lo dije a Dmitri. No entiendo nada de computadoras y tampoco sé lo suficiente sobre cerebros.

—Y si yo te enseñara sobre computadoras y te explicara detalladamente lo que necesitamos, ¿qué dirías?

—No puede ser. Yo...

—Hermano —dijo Anthony, y trató de decir una palabra impresionante—. Me debes algo. Por favor, intenta pensar sinceramente en nuestro problema. Lo que sepas sobre el cerebro... por favor, adáptalo a nuestras computadoras.

William se agitó incómodo y dijo:

—Entiendo tu posición. Lo intentaré. Lo intentaré sinceramente.

6

William lo había intentado, y como había vaticinado Anthony, les habían dejado trabajar juntos. Al principio, se topaban de vez en cuando con otras personas y William trató de utilizar el valor del impacto del anuncio de que eran hermanos, ya que de nada les hubiera servido negarlo. Eventualmente eso terminó y llegó una declaración de no interferencia. Cuando William se acercaba a Anthony, o Anthony se acercaba a William, todos los que podían estar presentes en ese momento se desvanecían silenciosamente en los muros.

Incluso comenzaron a habituarse a su mutua compañía y a veces los dos charlaban casi como si no existiera ningún parecido entre ellos y no tuvieran recuerdos comunes de infancia.

Anthony explicó los requisitos de la computadora en un lenguaje razonablemente no-técnico y, después de pensarlo mucho, William explicó cómo le parecía a él que una computadora podía hacer -más o menos- el trabajo de un cerebro.

—¿Sería eso posible? —preguntó Anthony.

—No lo sé —dijo William—. Y no estoy ansioso de probarlo. Puede que no funcione. Pero puede que sí.

—Tendríamos que hablar con Dmitri Large.

—Discutámoslo nosotros primero y veamos qué hemos obtenido. Podemos ir a verle con la propuesta más razonable que logremos concebir. O bien, podemos no ir.

Anthony titubeó:

—¿Iremos a verle los dos? —preguntó.

—Tú serás mi portavoz —dijo William con consideración—. No hay necesidad de que nos vean juntos.

—Gracias, William. Si la cosa resulta, reconoceré todo el mérito que te corresponda.

—Eso no me preocupa —dijo William—. Si la cosa resulta, yo seré el único capaz de hacerla funcionar, supongo.

Lo discutieron todo en cuatro o cinco reuniones, y si Anthony no hubiera sido pariente y si no hubiera sido tan bochornoso, William se hubiera sentido orgulloso del hermano menor, sin más complicaciones, por su rápida comprensión de un campo extraño.

Luego hubo largas entrevistas con Dmitri Large. De hecho, hubo entrevistas con todo el mundo. Anthony pasó días interminables hablando con ellos, y luego vinieron a ver a William por separado. Y eventualmente, tras una agotadora gestación, quedó autorizado lo que sería llamado Computadora Mercurio.

William regresó entonces a Nueva York con cierto alivio. No tenía planes de permanecer en Nueva York (¿hubiera pensado que era posible dos meses atrás?), pero había mucho que resolver en el Instituto Homológico.

Por supuesto, para explicar a su propio grupo de laboratorio lo que estaba sucediendo y por qué tenía que irse y cómo continuarían ellos sus proyectos sin él, se necesitaron más entrevistas. Luego siguió una llegada mucho más esmerada a Dallas con el equipo esencial y dos jóvenes ayudantes, para lo que sería una estancia de duración ilimitada.

Y William ni siquiera miró hacia atrás, hablando en sentido figurado. Su propio laboratorio y las necesidades del mismo se desvanecieron de sus pensamientos. Se había comprometido por completo con su nueva tarea.

7

Ésa fue la peor época para Anthony. El alivio durante la ausencia de William no había penetrado muy profundo y comenzó la nerviosa agonía de preguntarse si tal vez, contra toda esperanza, podía no regresar. ¿Podía decidir el envío de un suplente, alguna otra persona, cualquier otra? ¿Cualquiera con una cara diferente de modo que Anthony no se sintiera como la mitad de un monstruo con dos cuerpos y cuatro piernas?

Pero era William. Anthony había observado el avión de carga aproximándose silenciosamente a través del cielo, había observado la descarga a la distancia. Pero incluso desde esa distancia, finalmente vio a William.

Así estaban las cosas. Anthony se marchó. Esa tarde fue a ver a Dmitri.

—No es necesario que me quede, Dmitri. Hemos resuelto los detalles y alguien más puede continuar.

—No, no —dijo Dmitri—. La idea fue tuya en primer lugar. Debes continuarla. No tiene sentido dividir innecesariamente los méritos.

(Anthony pensó: Nadie más se arriesgaría. Todavía hay posibilidad de fracaso. Debí haberlo sabido).

Lo había sabido, pero dijo sin inmutarse:

—Comprenderás que no puedo trabajar con William.

—Pero, ¿por qué no? —Dmitri fingió sorpresa—. Han estado haciéndolo bien juntos...

—He estado estrujando mis tripas por ello, Dmitri, y ya no resisten más. ¿Supones que no sé lo que parece?

—¡Mi buen amigo! Le da demasiada importancia. Seguro que los hombres los miran. Son humanos, después de todo. Pero ya se acostumbrarán. Yo me he acostumbrado.

(No es verdad, gordo embustero, pensó Anthony).

—Yo no me he acostumbrado —dijo.

—No lo miras apropiadamente. Sus padres eran raros... pero, después de todo, lo que hicieron no era ilegal, sólo raro, sólo raro. No tienes la culpa, ni William. No se puede culpar a ninguno de ustedes.

—Llevamos el estigma —dijo Anthony haciendo un rápido gesto con la mano hacia su rostro.

—No es el estigma que piensas. Yo veo diferencias. Eres claramente más joven de apariencia. Tu cabello es más ondulado. Hay similitud sólo a primera vista. Vamos, Anthony, habrá todo el tiempo que quieran, toda la ayuda que necesiten, todo el equipo que puedan utilizar. Estoy seguro de que todo funcionará maravillosamente. Piensa en la satisfacción...

Anthony flaqueó, por supuesto, y aceptó ayudar a William a instalar el equipo. William también parecía seguro de que todo saldría maravillosamente. No con tanto frenesí como Dmitri, sino con una especie de serenidad.

—Sólo es cuestión de conexiones adecuadas —dijo—, aunque debo admitir que es un «sólo» bastante enorme. Te encargarás de proyectar las impresiones sensoriales sobre una pantalla independiente para que podamos ejercer..., bien, no puedo decir control manual, ¿verdad?... para que podamos ejercer un control intelectual para dominarlo, si es necesario.

—Puede hacerse —dijo Anthony.

—Entonces, comencemos... Mira, necesitaré al menos una semana para organizar las conexiones y asegurarme de las instrucciones...

—Programar —dijo Anthony.

—Bien, éste es tu terreno, así que utilizaré tu terminología. Mis ayudantes y yo programaremos la Computadora Mercurio, pero no a tu manera.

—Así lo espero. Querríamos que un homologuista instalara un programa mucho más sutil que cualquier cosa que un simple telemetrista pudiera hacer.

No intentó ocultar la ironía contra sí mismo de sus palabras.

William dejó pasar el tono y aceptó las palabras.

—Empezaremos por algo sencillo —dijo—. Haremos caminar al robot.

8

Una semana después, el robot caminó en Arizona, a mil millas de distancia. Caminó muy rígido, a veces se cayó, y a veces su tobillo chocó contra un obstáculo, y otras veces giró sobre un pie y echó a andar en una nueva dirección inesperada.

—Es un bebé que aprende a caminar —dijo William. Dmitri venía de vez en cuando para enterarse de los progresos.

—Es extraordinario —solía decir.

Anthony no pensaba lo mismo. Pasaron semanas, luego meses. El robot había hecho más y más, progresivamente, a medida que la complejidad de la programación de la Computadora Mercurio aumentaba, progresivamente. (William tenía tendencia a referirse a la Computadora Mercurio como cerebro, pero Anthony no lo toleraba.) Y todo lo que sucedía no resultaba bastante bueno.

—Los resultados no son demasiado satisfactorios, William —dijo al fin Anthony. No había dormido en toda la noche anterior.

—¿No es extraño? —dijo fríamente William—. Yo iba a decirte que pienso que ya casi lo hemos logrado.

Anthony conservó la compostura con dificultad. La tensión de trabajar con William y de observar las torpes evoluciones del robot era más de lo que podía soportar.

—Voy a renunciar, William. Todo este trabajo. Lo siento... No es por ti.

—Pero sí que lo es, Anthony.

—No es sólo por ti, William. Es un fracaso. No lo conseguiremos. Ves con qué torpeza se mueve el robot, aunque está en la Tierra, sólo a mil millas de aquí, con el tiempo de señal de sólo una minúscula fracción de segundo. En Mercurio, habrá  minutos de retardo, minutos que deberá tener en cuenta la Computadora Mercurio. Es una locura creer que funcionará.

—No renuncies, Anthony —dijo William—. No puedes renunciar ahora. Sugiero que enviemos el robot a Mercurio. Estoy convencido de que ya está listo.

Anthony soltó una carcajada ruidosa e insultante.

—Estás loco, William.

—No lo estoy. Tú pareces creer que todo será más difícil en Mercurio, pero no lo será. Es más difícil en la Tierra. Este robot está diseñado para un tercio de la gravedad normal de la Tierra y está trabajando en Arizona en plena gravedad. Está diseñado para 400º C, y se tiene 30º C. Está diseñado para vacío y está trabajando sumergido en una sopa atmosférica.

—El robot puede soportar la diferencia.

—La estructura metálica puede, supongo, pero ¿y la Computadora que tenemos aquí? No trabaja bien con un robot que no está en el ambiente para el que ha sido diseñado... Mira, Anthony, si quieres una computadora tan compleja como un cerebro, debes permitir peculiaridades... Ven, hagamos un trato. Si tú presionas conmigo para conseguir que envíen el robot a Mercurio, tomará unos seis meses, y yo me tomaré un permiso sabático durante ese período. Te librarás de mí.

—¿Y quién se ocupará de la Computadora Mercurio?

—Ahora ya entiendes cómo funciona, y mis dos hombres estarán aquí para ayudarte.

Anthony sacudió la cabeza, desafiante.

—No puedo cargar con la responsabilidad de la computadora y no quiero cargar con la responsabilidad de sugerir que se envíe el robot a Mercurio. No resultará.

—Estoy seguro de sí.

—No puedes estar seguro. Y la responsabilidad es mía. Yo soportaré la culpa. No te afectará.

Anthony recordó todo más tarde como el momento crucial. William podría haberlo dejado pasar. Anthony habría renunciado. Y todo se hubiera perdido.

Pero William dijo:

—¿Que no me afectará? Mira, papá tenía esa cosa por mamá. De acuerdo. Yo también lo siento. Lo siento tanto como el que más, pero ya está hecho, y tiene una consecuencia graciosa. Cuando hablo de papá, quiero decir tu papá, también, y hay montones de pares de personas que pueden decir lo mismo: dos hermanos, dos hermanas, un hermano y una hermana. Y digo mamá, quiero decir tu mamá, y hay montones de pares que pueden decir lo mismo, también. Pero no conozco a ningún otro par, ni he oído hablar de otro par, que comparta ambos padre y madre.

—Ya lo sé —dijo Anthony con expresión ceñuda.

—Sí, pero míralo desde mi punto de vista —se apresuró a decir William—. Soy un homologuista. Trabajo con patrones genéticos. ¿Has pensado alguna vez en nuestros patrones genéticos? Compartimos ambos padres, lo que significa que nuestros patrones se asemejan más que cualquier otro par de este planeta. Nuestras mismas caras lo demuestran.

—También lo sé.

—De modo que si este proyecto fuera a funcionar, y tú fueras a ganar gloria con él, significaría que tu patrón genético habría resultado sumamente útil para la humanidad -y significaría mucho mi patrón genético también... ¿No lo ves, Anthony? Comparto tus padres, tu rostro, tu patrón genético, y por tanto tu gloria o tu fracaso. Serán míos tanto como tuyos, y si recibo cualquier crédito o culpa, serán casi tan tuyos como míos, también. Tu éxito tiene que interesarme. Tengo un motivo para ello que nadie más en la Tierra tiene... un motivo totalmente egoísta, tan egoísta que no deberías dudar de su existencia. Estoy de tu lado, Anthony, ¡porque tú casi eres yo!

Se quedaron mirándose un largo rato, y por primera vez Anthony lo hizo sin prestar atención al rostro que compartían.

¾Entonces —dijo William—, vamos a pedir que envíen el robot a Mercurio.

Y Anthony se dio por vencido. Y después de que Dmitri hubo aprobado la solicitud -después de todo, la estaba esperando-, Anthony pasó buena parte del día en profunda reflexión.

Entonces, buscó a William y le dijo:

—¡Escúchame!

Siguió una larga pausa que William no rompió. Anthony dijo otra vez:

—¡Escúchame!

William esperó pacientemente.

—En realidad —dijo Anthony—, no tienes por qué marcharte. Estoy seguro de que no te gustaría dejar la Computadora Mercurio atendida por otro que no seas tú.

—¿Quieres decir que tú intentas marcharte? —preguntó William.

—No, yo también me quedaré —dijo Anthony.

—No necesitamos vernos mucho el uno al otro.

Para Anthony, todo este diálogo había sido como hablar con un par de manos apretadas sobre su tráquea. La presión pareció aumentar, pero consiguió pronunciar la declaración más dura de todas.

—No tenemos que evitarnos el uno al otro. No tenemos por qué hacerlo.

William sonrió, bastante indeciso. Anthony no sonrió en absoluto; se marchó rápidamente.

9

William levantó la vista de su libro. Hacía al menos un mes que había dejado de sentirse vagamente sorprendido cuando Anthony entraba.

—¿Sucede algo malo? —preguntó.

—¿Quién puede decirlo? Están entrando en el aterrizaje suave. ¿Está en marcha la Computadora Mercurio?

William sabía que Anthony conocía perfectamente el estado de la Computadora, pero dijo:

—Para mañana por la mañana, Anthony.

—¿Hay algún problema?

—Absolutamente ninguno.

—Entonces tendremos que esperar al aterrizaje suave.

—Sí.

—Algo saldrá mal —afirmó Anthony.

—Seguro que es pan comido para los de cohetería. No sucederá nada malo.

—Tanto trabajo perdido...

—Aún no está perdido. Y no se perderá.

—Tal vez tengas razón —convino Anthony. Hundió las manos en los bolsillos y se alejó. Se detuvo junto antes de tocar la puerta—: ¡Gracias!

—¿Por qué, Anthony?

—Por... tranquilizarme.

William sonrió irónico y se sintió aliviado por no mostrar sus emociones.

10

Prácticamente todo el personal del Proyecto Mercurio estaba allí para presenciar el momento crucial. Anthony, que no tenía nada que hacer, permaneció muy atrás, con la vista fija en los monitores. Habían activado al robot y comenzaban a llegar mensajes visuales.

Al menos, los mensajes llegaban en su equivalente visual y sólo mostraban un brillo débil que era, presumiblemente, la superficie de Mercurio.

Unas sombras cruzaron por la pantalla, probablemente irregularidades de esa superficie. Anthony no podía decirlo a simple vista, pero los que estaban en los controles y analizaban los datos con métodos más sutiles que los disponibles para un ojo desnudo, parecían tranquilos. No estaba encendida ninguna de las lucecitas rojas que podían haber indicado emergencia. Anthony prestaba más atención a los observadores clave que a la pantalla.

Debería estar allí abajo con William y los demás, junto a la computadora. Ésta comenzaría a funcionar después de terminado el aterrizaje suave. Debería estar allí. Pero no podía.

Las sombras cruzaron la pantalla a mayor velocidad. El robot estaba descendiendo. ¿Demasiado rápido? ¡Sin duda, demasiado rápido!

Hubo un último borrón y una imagen fija, un cambio de foco donde el borrón se oscureció y seguidamente se hizo más tenue. Se oyó un sonido y transcurrieron varios segundos antes de que Anthony lograra darse cuenta de que el sonido estaba diciendo: «¡Aterrizaje suave logrado! ¡Aterrizaje suave logrado!»

Entonces, se levantó un murmullo que se convirtió en un excitado zumbido de felicitaciones, hasta que hubo un nuevo cambio en la pantalla, y el sonido de las palabras y las risas humanas se apagó como si hubieran chocado contra un muro de silencio.

Porque la pantalla cambió; cambió y se hizo nítida. Bajo la brillante luz del sol, resplandeciendo a través de la pantalla cuidadosamente filtrada, pudieron ver un montón de rocas, blanco encendido de un lado, negro tinta del otro. El montón se movió hacia la derecha, luego hacia la izquierda, como si un par de ojos mirasen a la derecha y a la izquierda. Una mano metálica apareció en la pantalla como si los ojos estuvieran mirando una parte de sí mismo.

Y fue la voz de Anthony que anunció:

—La Computadora está en acción.

Escuchó las palabras como si alguien más las hubiera gritado y salió de la habitación y corrió escaleras abajo a través de un pasillo, mientras oía crecer el rumor de las voces a sus espaldas.

—William —exclamó mientras irrumpía en la sala de la Computadora—, es perfecto, es...

Pero William había levantado la mano.

—Shh. Por favor. No quiero que reciba ninguna sensación violenta excepto las del robot.

—¿Quieres decir que puede oírnos? —susurró Anthony.

—Tal vez no, pero no lo sé.

En la sala de la Computadora Mercurio había otra pantalla, más pequeña. La escena que allí se veía era diferente y cambiante; el robot se estaba moviendo.

—El robot está tanteando el terreno —dijo William—. Estos pasos tienen que ser inseguros. Hay un retraso de siete minutos entre estímulo y respuesta y debemos tenerlo en cuenta.

—Pero ya camina más seguro de lo que nunca caminó en Arizona. ¿No crees, William? ¿No lo crees?

Anthony estaba sujetando el hombro de William, sacudiéndolo, sin quitar los ojos de la pantalla.

—Estoy seguro que sí, Anthony —respondió William.

El sol se incendiaba sobre un mundo cálido y contrastado en blanco y negro, de sol blanco contra cielo negro, y de blanco terreno ondulado moteado de sombras negras. El brillante olor dulce del sol sobre cada centímetro cuadrado de metal expuesto, contrastando con la penetrante ausencia de olor del otro lado.

Levantó la mano y la miró, contando los dedos. Caliente-caliente-caliente... girándolos, colocando cada dedo -uno por uno- a la sombra de los otros, y el calor que moría lentamente en un cambio de tacto le hacía sentir el limpio y cómodo vacío.

Pero no totalmente vacío. Se enderezó y levantó ambos brazos por encima de su cabeza, estirándolos, y los puntos sensibles de cada muñeca sintieron los vapores... el tenue, vago toque de estaño y plomo deslizándose a través de la saturación de mercurio.

El sabor más denso subió desde los pies; toda la variedad de silicatos, señalados por el claro toque -juntos y separados- y el fuerte olor de cada ion metálico. Movió lentamente un pie a través del crujiente polvo recocido, y sintió los cambios como una suave sinfonía, no completamente casual.

Y sobre todo, el sol. Levantó la mirada hacia él, grande, lleno, brillante y caliente, y escuchó su alegría. Observó el lento ascenso de prominencias alrededor de su borde y escuchó el crujiente sonido de cada una; y los demás ruidos felices sobre la ancha cara. Cuando atenuaba la luz de fondo, el rojo de las ascendentes hebras de hidrógeno se destacaba en estallidos de suave contralto, y el profundo bajo de las manchas entre el apagado silbido de los filamentos deshilachados y móviles, y el suave lamento ocasional de un destello, el ping-pong de los rayos gamma y las partículas cósmicas, y sobre todo ello, en todas direcciones, el suave, vacilante y siempre renovado suspiro de la sustancia solar ascendiendo y retrayéndose eternamente en un viento cósmico que llegaba hasta él y le bañaba de gloria.

Saltó, y se elevó lentamente en el aire con una libertad que nunca había sentido, y cuando tocó tierra volvió a saltar, y corrió, y saltó, y volvió a correr, con un cuerpo que respondía perfectamente a ese mundo glorioso, ese paraíso en que ahora se encontraba.

Como un extraño, por tanto tiempo y tan perdido... por fin en el paraíso.

—Está todo bien —dijo William.

—Pero ¿qué está haciendo? —exclamó Anthony.

—Está todo bien. La programación funciona. Ha probado sus sentidos. Ha estado haciendo las diversas observaciones visuales. Ha atenuado el sol y lo ha estudiado. Ha analizado la atmósfera y la naturaleza química del suelo. Todo funciona.

—Pero ¿por qué está corriendo?

—Yo diría que ha sido idea suya, Anthony. Si quieres programar una computadora tan compleja como un cerebro, tienes que esperar que se le ocurran ideas propias.

—¿Correr? ¿Saltar? —Anthony miró a William con rostro ansioso—. Se hará daño. Tú puedes manipular la computadora. Imponte. Haz que se detenga.

—No —replicó William con decisión—. No lo haré. Correré el riesgo de que se haga daño. ¿No comprendes? Está feliz. Se encontraba en la Tierra, un mundo para el que nunca estuvo equipado. Ahora está en Mercurio, con un cuerpo perfectamente adaptado a su entorno, tan perfectamente adaptado como pudieron hacerlo un centenar de especialistas. Es el paraíso para él; deja que lo disfrute.

—¿Que lo disfrute? Es un robot.

—No estoy hablando del robot. Me refiero al cerebro... el cerebro, que está vivo aquí.

La Computadora Mercurio, encerrada en vidrio, cuidadosa y delicadamente cableada, con su integridad muy sutilmente preservada, respiraba y vivía.

—Randall está en el paraíso —dijo William—. Ha encontrado el mundo por el cual huyó autísticamente de éste. A cambio del mundo al que su viejo cuerpo no se adaptaba en absoluto, ahora tiene un mundo en el que encaja perfectamente su nuevo cuerpo.

Anthony contempló la pantalla maravillado.

—Parece que se está calmando.

—Por supuesto —dijo William—, y por su alegría hará su trabajo lo mejor que pueda.

Anthony sonrió y dijo:

—Entonces, ¿lo hemos conseguido, tú y yo? ¿Vamos a reunimos con los demás y a permitir que nos llenen de lisonjas, William?

—¿Juntos? —dijo William.

Y Anthony le cogió del brazo.

—¡Juntos, hermano!

[1] Nowan en inglés se pronuncia de manera muy parecida a no one, esto es, nadie. (Nota del traductor)
[1]  Large, alto o grande, en inglés. (Nota del traductor)
[1] Large, alto o grande, en inglés. (N.  del T.)
al remate en colección 176

PRIMERA APARICIÓN

EN COLECCIÓN

EN ANTOLOGÍA

If: Worlds of Science Fiction (mayo/junio 1974)

The Bicentennial Man and Other Stories

The Complete Robot

The Complete Stories V2

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Notas sobre el documento