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La
Base Hiper había vivido para aquel día. Ocupando toda la tribuna de la
sala de observación, en un orden de precedencia estrictamente dictado por
el protocolo, había un grupo de oficiales, científicos, técnicos y
otros que solamente podían ser catalogados con la calificación general
de «personal». De acuerdo con sus temperamentos individuales, aguardaban
esperanzados, intranquilos, conteniendo el aliento, ansiosos, o temerosos
de aquella culminación de sus esfuerzos. El
hueco interior del asteroide conocido como la Base Hiper se había
convertido para aquel día en el centro de una esfera de férrea seguridad
que se extendía a más de quince mil kilómetros a su alrededor. Ninguna
nave podía entrar en aquella esfera y sobrevivir. Ningún mensaje podía
abandonarla sin escrutinio previo. A
mil quinientos kilómetros de distancia, más o menos, un pequeño
asteroide se movía exactamente en la órbita en la que había sido
emplazado un año antes, una órbita que circundaba la Base Hiper en un círculo
tan perfecto como era posible. El número de identidad del pequeño
asteroide era H937, pero nadie en la Base Hiper lo llamaba de otro modo
que Él. («¿Has estado en él hoy?» «El general está en él, echando
humo», y finalmente el pronombre personal había alcanzado, la dignidad
de la mayúscula.) En
Él, desocupado ahora que se aproximaba el segundo cero, estaba la Parsec,
la única nave de su clase jamás construida en la historia del hombre.
Aguardaba, sin tripulación humana, lista para su despegue hacia lo
inconcebible. Gerald
Black que, como uno de los brillantes ingenieros etéricos jóvenes,
ocupaba un puesto de primera fila, hizo chasquear sus amplios nudillos, se
secó las sudorosas palmas en la manchada bata blanca, y dijo ácidamente: —¿Por
qué no va a molestar usted al general, o a la dama que lo acompaña? Nigel
Ronson, de la Interplanetary Press, miró brevemente a través del estrado
hacia el resplandeciente general de división Richard Kallner y a la
anodina mujer que estaba a su lado, apenas distinguible junto al rutilante
uniforme del hombre. —Lo
haría —dijo—, pero estoy interesado en las noticias. Ronson
era bajo y regordete. Llevaba el pelo cuidadosamente peinado al cepillo,
cortado a menos de un centímetro, el cuello de la camisa abierto, y las
perneras de sus pantalones largas hasta los tobillos, en una fiel imitación
de los periodistas que eran más populares en la televisión. Sin embargo,
era un buen periodista. Black
era robusto, y su negro pelo dejaba poco espacio para su frente, pero su
cerebro era tan hábil como sus gruesos dedos torpes. Dijo: —Ellos
tienen todas las noticias. —Tonterías
—replicó Ronson—. Kallner no tiene apenas cuerpo bajo todos esos
entorchados. Quíteselos, y no encontrará más que un transmisor enviando
órdenes a los de abajo y cargando su responsabilidad a los de arriba. Black
estuvo a punto de sonreír, pero reprimió su sonrisa. —¿Qué
hay acerca de la doctora? —preguntó. —La
doctora Susan Calvin, de la Compañía de Robots y Hombres Mecánicos de
los Estados Unidos —entonó el periodista—. La dama tiene hiperespacio
en el corazón y helio liquido en los ojos. Pasaría a través del sol y
saldría por el otro lado envuelta en llamas congeladas. Black
se acercó un poco más a la sonrisa. —¿Qué
le parece el director Schloss, entonces? —Sabe
demasiado —dijo Ronson sin reflexionar—. Pero con el tiempo que pierde
alimentando la débil llamita de la inteligencia en sus oyentes y
disminuyendo la antorcha de su propio cerebro por miedo a cegarlos
permanentemente con su deslumbrante fuerza, termina siempre por no decir
nada. Esta
vez Black mostró sus dientes. —Entonces
dígame por qué me ha escogido a mí. —Muy
fácil, doctor. Lo observé, e imaginé que era usted demasiado feo como
para ser estúpido y demasiado listo como para perderse una posible
oportunidad de hacerse un paco de buena publicidad personal. —Recuérdeme
que le dé un puñetazo algún día —dijo Black—. ¿Qué es lo que
quiere saber? El
hombre de la Interplanetary Press señaló hacia el pozo y preguntó: —¿Va
a funcionar eso? Black
miró también hacia abajo, y sintió un vago estremecimiento, como si
acabara de recibir una ráfaga del tenue viento nocturno marciano. El pozo
era una enorme pantalla de televisión, dividida en dos. Una mitad era una
vista general de Él. En la gris superficie llena de cráteres de Él se
hallaba la Parsec brillando tenuemente a la débil luz del sol. La
otra mitad mostraba la sala de control de la Parsec. No había vida
en aquella sala de control. En el asiento del piloto había un objeto cuya
vaga humanidad no ocultaba en ningún momento el hecho de que era tan sólo
un robot positrónico. —Físicamente,
amigo, eso funcionará —dijo Black—. El robot lo hará hasta su
objetivo y regresará. ¡Espacio!, qué éxito tuvimos con esa parte del
asunto. Yo la presencié toda. Vine aquí dos semanas después de obtener
mi graduación en física etérica y he estado aquí, sin tomarme
vacaciones ni permisos, desde entonces. Estaba aquí cuando enviamos la
primera pieza de alambre de hierro a la órbita de Júpiter y la hicimos
volver a través del hiperespacio…, y conseguimos tan sólo limaduras de
hierro. Estaba aquí cuando enviamos ratones blancos hasta allí y los
hicimos volver y conseguimos carne picada de ratón. »Después
de eso pasamos seis meses estableciendo un hipercampo estable. Tuvimos que
eliminar intervalos tan pequeños como diezmilésimas de segundo de punto
a punto a fin de hacer viable el hiperviaje. Después de eso, los
ratoncitos blancos empezaron a regresar intactos. Recuerdo cómo estuvimos
una semana celebrándolo cuando un ratón blanco regresó vivo y vivió
diez minutos antes de morir. Ahora viven durante tanto tiempo como podemos
seguir cuidándolos. —¡Espléndido!
—dijo Ronson. Black
le miró de soslayo. —Dije:
físicamente, funcionará. Esos ratoncitos blancos que regresan… —¿Sí? —Carecen
de mente. Ni siquiera una pequeña mente tipo ratón. No comen. Tienen que
ser alimentados a la fuerza. No se emparejan. No corren. Se quedan
sentados. Sentados. Sentados. Eso es todo. Finalmente arreglamos las cosas
para enviar un chimpancé. Fue lastimoso. Era algo demasiado parecido a un
ser humano como para que el contemplarlo fuera soportable. Regresó
convertido en un montón de carne que podía hacer unos limitados
movimientos arrastrantes. Podía mover los ojos, y a veces podía
escarbar. Gemía y se sentaba sobre sus propios excrementos sin moverse en
absoluto. Alguien le pegó un tiro un día, y todos nos sentimos
agradecidos por ello. Le diré esto, amigo: nada que haya ido nunca al
hisperespacio ha vuelto trayéndose su mente consigo. —¿Puedo
publicar eso? —Después
de este experimento, quizá. Esperan grandes cosas de él. Black
alzó ligeramente una comisura de la boca. —¿Usted
no? —¿Con
un robot en los controles? No. Casi
automáticamente, la mente de Black regresó a aquel interludio, hacía
algunos años, cuando había sido inconscientemente responsable de casi la
pérdida de un robot. Pensó en los robots Nestor que habían llenado la
Base Hiper con su conocimiento adquirido y sus perfeccionistas
imperfecciones. ¿De qué servía hablar de robots? Él no era, por
naturaleza, un misionero. Pero
entonces Ronson, llenando el prolongado silencio con un poco de charla
intrascendente, dijo, mientras reemplazaba el chicle de su boca con una
nueva barra: —No
me diga que es usted un antirrobots. Siempre he oído decir que los científicos
eran el único grupo que no es antirrobots. La
paciencia de Black se rompió. Dijo: —Eso
es cierto, y ahí está el problema. La tecnología funciona a base de
robots. Cualquier trabajo tiene que tener un robot al lado, o el ingeniero
a cargo se siente estafado. Desea usted un sujeta-puertas: compre un robot
con unos pies pesados. Eso es cierto. Estaba
hablando con una voz baja e intensa, dirigiendo directamente las palabras
al oído de Ronson. —Eh,
yo no soy un robot. No la tome conmigo. Soy un hombre. Homo sapiens.
Ha estado a punto de romperme un hueso. ¿No es eso una prueba? Pero
una vez lanzado, Black necesitaba algo más que una frivolidad para
detenerle. —¿Sabe
usted cuánto tiempo se ha perdido preparando todo esto? —preguntó—.
Hemos construido un robot perfectamente generalizado y le hemos dado una
orden. Punto. Yo oí dar esa orden. La he memorizado. Breve y concisa: «Toma
la palanca con una presión firme. Tira de ella firmemente hacia ti. ¡Firmemente!
Mantén tu presión hasta que el tablero de control te informe que has
pasado dos veces a través del hiperespacio». »De
modo que, a la hora cero, el robot agarrará la palanca de control y tirará
de ella firmemente hacia sí. Sus manos han sido calentadas hasta la
temperatura de la sangre. Una vez la palanca de control se halla en posición,
la expansión calorífica completa el contacto y se inicia el hipercampo.
Si le ocurre algo a su cerebro durante el primer viaje a través del
hiperespacio; no importa. Todo lo que necesita hacer es mantener la posición
un microinstante, y la nave regresará y el hiperespacio se desconectará.
Nada puede ir mal. Luego estudiaremos todas sus relaciones generalizadas y
veremos lo que ha ido mal, si es que algo ha ido mal. Ronson
parecía desconcertado. —Todo
eso tiene sentido para mí. —¿De
veras? —preguntó Black amargamente—. ¿Y qué es lo que aprenderá
usted del cerebro de un robot? El suyo es positrónico, el nuestro es
celular. El suyo es metálico, el nuestro es proteínico. No son lo mismo.
No hay punto de comparación. Sin embargo, estoy convencido de que sobre
las bases de lo que aprendan, o crean que han aprendido del robot, enviarán
a hombres al hiperespacio. ¡Pobres diablos!… Mire, no se trata de una
cuestión de morir. Se trata de volver sin mente. Si hubiera visto usted
al chimpancé, sabría lo que quiero decir. La muerte es algo limpio y
definitivo. Lo otro… —¿Ha
hablado usted a alguien de esto? —preguntó el periodista. —Sí
—dijo Black—. Dicen lo mismo que usted. Dicen que soy un antirrobots,
y eso lo arregla todo para ellos. Mire a Susan Calvin, ahí. Puede ver que
ella no es antirrobots. Vino especialmente de la Tierra para observar este
experimento. Si hubiera habido un hombre a los controles, ella ni siquiera
se habría molestado. ¡Pero qué importa! —Eh
—dijo Ronson—, no se detenga ahora. Hay más. —¿Más
qué? —Más
problemas. Usted ha explicado lo del robot. Pero ¿por qué todas esas
repentinas medidas de seguridad? —¿Eh? —Oh,
vamos. De pronto, no puedo enviar mis transmisiones. De pronto, las naves
no pueden acercarse a esta zona. ¿Qué es lo que está pasando? Esto tan
sólo es otro experimento. El público sabe acerca del hiperespacio y de
lo que sus chicos están intentando hacer, así que ¿por qué todo este
secreto? La
resaca de la irritación estaba fluyendo todavía sobre Black, irritación
contra los robots, irritación contra Susan Calvin, irritación ante el
recuerdo de aquel robot perdido en el pasado. Descubrió que le quedaba
todavía un poco de irritación para dirigirla contra aquel irritante
periodista pequeño y sus irritantes preguntas pequeñas. “Veamos
cómo se lo toma”, se dijo a sí mismo. —¿De
veras desea saberlo? —preguntó. —Apueste. —De
acuerdo. Nunca habíamos iniciado un hipercampo para un objeto que tuviera
más de una millonésima del tamaño que éste. Eso significa que el
hipercampo que pronto va a ser iniciado es algo así como un millón de
millones de veces más energético que cualquier otra cosa que jamás
hayamos manejado. No estamos seguros de lo que puede hacer. —¿Qué
quiere decir? —La
teoría nos dice que la nave será limpiamente depositada en las cercanías
de Sirio y limpiamente devuelta aquí. Pero ¿qué cantidad de volumen de
espacio alrededor de la Parsec será arrastrado con ella? Es difícil
decirlo. Todavía no sabemos lo suficiente acerca del hiperespacio. El
asteroide en el cual se halla posada la nave puede ir con ella y, ¿sabe?,
si nuestros cálculos resultan apenas un poco equivocados, es posible que
nunca sea devuelto aquí. Puede regresar, digamos, a treinta mil millones
de kilómetros de distancia. Y existe una posibilidad de que sea
arrastrado algo más que el simple asteroide. —¿Cuánto
más? —preguntó Ronson. —No
podemos saberlo. Hay un elemento de incertidumbre estadística. Es por eso
por lo que ninguna nave debe acercarse demasiado. Es por eso por lo que
mantenemos las cosas en secreto hasta que el experimento haya terminado
felizmente. Ronson
tragó audiblemente saliva. —Supongamos
que alcanza la Base Hiper. —Existe
la posibilidad —dijo Black serenamente—. No muchas posibilidades, o de
otro modo el director Schloss no estaría aquí, se lo aseguro. De todos
modos, existe una posibilidad matemática. El
periodista miró su reloj. —¿Cuándo
ocurrirá todo eso? —Dentro
de unos cinco minutos. ¿Está usted nervioso? —No
—dijo Ronson pero se sentó muy pálido y no hizo más preguntas. Black
se inclinó sobre la barandilla de la tribuna. Los últimos minutos
estaban acabándose. ¡El
robot se movió! Hubo
una masa de humanidad inclinándose hacia delante ante aquella señal de
movimiento, y las luces descendieron a fin de realzar la luminosidad de la
escena de abajo. Pero de momento sólo había sido el primer movimiento.
Las manos del robot se acercaron a la barra de contacto. Black
aguardó al segundo final, cuando el robot tirara de la palanca hacia sí.
Black podía imaginar un buen número de posibilidades, y todas ellas
saltaron de forma casi simultánea en su mente. Primero
se produciría el corto parpadeo que indicaría la partida a través del
hiperespacio y el regreso. Pese a que el intervalo de tiempo sería
notablemente corto, el regreso no se produciría exactamente en el mismo
punto de la partida, y además habría como un parpadeo. Siempre lo había. Luego,
cuando la nave regresara, podría descubrirse quizá que los dispositivos
que mantenían la estabilidad del campo sobre el enorme volumen de la nave
habían resultado inadecuados. El robot podía ser tan sólo un amasijo de
acero. La nave podía ser un amasijo de acero. O
sus cálculos podían haberse excedido algo y la nave no regresar jamás.
O peor aún, la Base Hiper podía ser arrastrada junto con la nave y no
regresar jamás tampoco. O,
por supuesto, todo podía ir bien. La nave podía parpadear y regresar en
perfecto estado. El robot, con su mente intocada, podía alzarse de su
asiento y señalar así el completo éxito del primer viaje de un objeto
construido por el hombre más allá del control gravitatorio del Sol. El
último minuto iba desgranándose. Finalmente
llegó el último segundo, y el robot aferró la palanca de control y tiró
firmemente de ella hacia sí… ¡Nada! Ningún
parpadeo. ¡Nada! La
Parsec nunca abandonó el espacio normal. El
general de división Kallner se quitó la gorra para secarse su brillante
frente, y al hacerlo dejó al descubierto una cabeza calva que hubiera
envejecido diez años su apariencia si su tensa expresión no lo hubiera
hecho ya. Había pasado casi una hora desde el fracaso de la Parsec,
y no se había hecho nada. —¿Cómo
ocurrió? ¿Cómo ocurrió? No lo comprendo. El
doctor Mayer Schloss, que a los cuarenta años era el «gran viejo» de la
joven ciencia de las matrices de los hipercampos, dijo impotente: —No
hay nada erróneo en la teoría de base. Apostaría mi vida en ello. Tiene
que haber algún fallo mecánico en algún lugar de la nave. Nada más.
—Lo había dicho una docena de veces—. Creí que todo había sido
comprobado —había dicho también. —Lo
ha sido, señor, lo ha sido. Sin embargo… Y
así. Permanecían
sentados mirándose mutuamente en la oficina de Kallner, que había sido
despejada ahora de todo el personal y a la que no se permitía entrar a
nadie. Ninguno de los dos se atrevía a mirar a la tercera persona
presente. Los
delgados labios de Susan Calvin y sus pálidas mejillas no mostraban
ninguna expresión. Dijo fríamente: —Pueden
consolarse con lo que les dije antes. Es dudoso que todo esto hubiera
resultado algo útil. —Ahora
no es momento para viejas discusiones —gruñó Schloss. —No
estoy discutiendo nada. La Compañía de Robots y Hombres Mecánicos de
los Estados Unidos se limita a proporcionar robots fabricados según
especificaciones concretas para cualquier utilización legal por parte de
un comprador legal. Nosotros hicimos nuestra parte. Sin embargo, les
informamos que no podíamos garantizarles poder extraer conclusiones
referentes al cerebro humano a partir de nada que pudiera ocurrirle al
cerebro positrónico. Nuestra responsabilidad termina aquí. No hay nada
que discutir. —Gran
espacio —dijo el general Kallner, en un tono que hizo que la imprecación
sonara débil—, no discutamos sobre eso. —¿Qué
otra cosa podemos hacer? —murmuró Schloss, volviendo nuevamente al tema
pese a todo—. Hasta que no sepamos exactamente lo que ocurre a la mente
en el hiperespacio no podemos hacer ningún progreso. La mente de un robot
es al menos capaz de análisis matemático. Es un inicio, una forma de
empezar. Y hasta que no lo intentemos… —Alzó la vista bruscamente—.
Pero el asunto no es su robot, doctora Calvin. No estamos preocupados por
él o por su cerebro positrónico. Maldita sea, mujer… —su voz alcanzó
los límites del grito. La
robopsicóloga lo redujo al silencio con una voz que apenas se levantó un
poco por encima de su monótono nivel. —Nada
de histerismos, por favor. A lo largo de toda mi vida he asistido a muchas
crisis, y nunca he visto que ninguna se resolviera por la histeria. Deseo
respuestas a algunas preguntas. Los
gruesos labios de Schloss temblaron, y sus ojos profundos hundidos
parecieron retirarse aún más en sus órbitas, dejando pozos de sombras
en su lugar. Dijo ásperamente: —¿Tiene
usted algunos conocimientos de ingeniería etérica? —Esa
es una pregunta irrelevante. Soy robopsicóloga jefe de la Compañía de
Robots y Hombres Mecánicos de los Estados Unidos. Hay un robot positrónico
sentado a los controles de la Parsec. Como todos tales robots, es
alquilado y no vendido. Tengo derecho a pedir información relativa a
cualquier experimento en el cual se halle implicado tal robot. —Hable
con ella, Schloss —ladró el general Kallner—. Tiene…, tiene razón. La
doctora Calvin volvió sus pálidos ojos hacia el general, que había
estado presente en la época del asunto del robot perdido, y que por lo
tanto cabía esperar que no cometería el error de subestimarla. (Schloss
estaba enfermo cuando ocurrió todo aquello, de modo que lo sabía todo de
oídas, lo cual no es tan efectivo como la experiencia personal. ) —Gracias,
general —dijo. Schloss
miró impotente de uno a la otra y murmuro: —¿Qué
es lo que quiere saber? —Obviamente,
mi primera pregunta es: ¿cuál es su problema, si no se trata del robot? —Pero
si el problema es lo más obvio del mundo. La nave no se ha movido. ¿Acaso
no puede verlo? ¿Está usted ciega? —Lo
veo perfectamente. Lo que no veo es su obvio pánico acerca de algún
fallo mecánico. ¿Acaso su gente no espera fallos de tanto en tanto? —Son
los gastos —murmuró el general—. La nave es infernalmente cara. El
Congreso Mundial… las asignaciones de fondos… —Calló. —La
nave aún sigue ahí. Una ligera revisión, una corrección, y ya está.
No puede crear tantos problemas. Schloss
se había recuperado un poco. La expresión de su rostro era la de un
hombre que ha atrapado su alma con ambas manos, la ha agitado
violentamente, y la ha puesto en pie. Su voz adoptó incluso un tono de
paciencia. —Doctora
Calvin, cuando hablo de fallo mecánico, quiero decir algo como un relé
trabado por una mota de polvo, una conexión impedida por una mancha de
grasa, un transistor inutilizado por una momentánea expansión de calor.
Una docena de cosas así. Un centenar de cosas así. Cualquiera de ellas
puede ser algo solamente temporal. Puede dejar de tener efecto en
cualquier momento. —Lo
cual significa que en cualquier momento la Parsec puede cruzar el
hiperespacio y volver después de todo. —Exactamente.
¿Comprende usted ahora? —En
absoluto. ¿No es eso precisamente lo que quieren ustedes? Schloss
hizo un movimiento como si quisiera atrapar un doble puñado de pelo y
tirar fuertemente de él. —Usted
no es un ingeniero etérico —dijo. —¿Es
eso lo que le ata la lengua, doctor? —Habíamos
preparado la nave —dijo Schloss desalentadamente— para efectuar un
salto desde un punto definido del espacio tomando como referencia el
centro de gravedad de la galaxia a otro punto. El regreso tenía que
efectuarse al punto original, corregido por el movimiento del
sistema—solar. En la hora que ha pasado desde que la Parsec
hubiera debido moverse, el sistema solar ha variado su posición. Los parámetros
originales a los cuales está ajustado el hiperespacio ya no son
aplicables. Las leyes normales del movimiento no se aplican al
hiperespacio, e iba a tomarnos una semana de computaciones calcular un
nuevo juego de parámetros. —¿Quiere
decir que si la nave se mueve ahora regresará a algún punto impredecible
a miles de kilómetros de distancia? —¿Impredecible?
—Schloss sonrió huecamente—. Sí, podría llamarlo así. La Parsec
puede terminar en la nebulosa de Andrómeda o en el centro del sol. En
cualquier caso, las posibilidades de volver a verla alguna vez están en
contra nuestra. Susan
Calvin asintió. —Entonces
la situación es que si la nave desaparece, como puede hacerlo en
cualquier momento, unos cuantos miles de millones de dólares del dinero
de los contribuyentes desaparecerán de forma irrecuperable y, podríamos
decir, a causa de su impericia. El
general de división Kallner no hubiera saltado más perceptiblemente si
le hubieran clavado profundamente una aguja en las posaderas. La
robopsicóloga continuó: —De
alguna forma, entonces, el mecanismo del hiperespacio de la nave debe ser
desconectado, y lo más pronto posible. Hay que desconectar o arrancar o
saltar algo —terminó diciendo, casi hablando para sí misma. —No
es tan sencillo —dijo Schloss—. No puedo explicárselo completamente,
puesto que no es usted una experta en etérica. Es como intentar cortar un
circuito eléctrico normal cortando unos cables de alta tensión con unas
tijeras de podar. Puede ser desastroso. Será desastroso. —¿Quiere
decir usted que cualquier intento de cortar el mecanismo puede lanzar a la
nave al hiperespacio? —Cualquier
intento al azar es muy probable que lo haga. Las hiperfuerzas no están
limitadas por la velocidad de la luz. Es muy probable que no posean ningún
limite de velocidad en absoluto. Eso hace las cosas extremadamente difíciles.
La única solución razonable es descubrir la naturaleza del fallo y
aprender de ella una forma segura de desconectar el campo. —¿Y
cómo se propone hacer eso, doctor Schloss? —Me
parece que lo único que podemos hacer —dijo Schloss— es enviar a uno
de nuestros robots Néstor… —¡No!
No sea estúpido —interrumpió Susan Calvin. Gélidamente,
Schloss dijo: —Los
Néstor están familiarizados con los problemas de ingeniería etérica.
Serán ideales… —Completamente
descartado. Usted no puede utilizar uno de nuestros robots positrónicos
para una finalidad como esa sin mi permiso. No lo tiene, y no lo tendrá. —¿Cuál
es la alternativa? —Tiene
que enviar usted a uno de sus ingenieros. Schloss
agitó violentamente la cabeza. —Imposible.
El riesgo implicado es demasiado grande. Si perdemos una nave y un
hombre… —Sea
como sea, no usará usted un robot Néstor —dijo el general—. Todo
este problema ha de llegar a las más altas esferas. —Yo
de usted no lo haría aún —dijo ásperamente Susan Calvin—. Lo único
que conseguirá será ponerse a disposición de la benevolencia del
gobierno si lo hace sin ninguna sugerencia o plan de acción. No va a
salir muy bien parado, estoy segura. —Pero
¿qué podemos hacer? —preguntó el general, usando de nuevo su pañuelo. —Envíe
a un hombre. No hay otra alternativa. Schloss había palidecido más allá
de un gris ceniciento. —Es
fácil de decir. Envíe a un hombre. Pero ¿a quién? —He
estado considerando ese problema. ¿No hay aquí un joven, creo que su
nombre es Black, al que tuve ocasión de conocer en mi anterior visita a
la Base Hiper? —¿El
doctor Gerald Black? —Creo
que sí. Por aquel entonces estaba soltero. ¿Sigue estándolo? —Sí,
creo que sí. —Entonces
sugeriría que lo trajeran aquí, dentro de quince minutos, y que mientras
tanto yo tenga acceso a sus antecedentes. Suavemente
se había hecho la dueña de la situación, y ni Kallner ni Schloss
hicieron ningún intento por disputarle su autoridad. Black
había visto a Susan Calvin a distancia en aquella su segunda visita a la
Base Hiper. No había hecho ningún movimiento por acortar aquella
distancia. Ahora que había sido llamado a su presencia, se dio cuenta de
que estaba mirándola con revulsión y desagrado. Apenas se dio cuenta de
la presencia del doctor Schloss y del general Kallner de pie a su lado. Recordó
la última vez que se había enfrentado a ella, siendo sometido a una fría
disección en beneficio de un robot perdido. Los
fríos ojos grises de la doctora Calvin se clavaron firmemente en sus
ardientes ojos marrones. —Doctor
Black —dijo—, creo que comprende usted la situación. —Sí
—dijo Black. —Habrá
que hacer algo. La nave es una inversión demasiado grande como para
perderla. La mala publicidad significaría probablemente el fin del
proyecto. Black
asintió. —He
estado pensando en eso. —Espero
que haya pensado usted también en que será necesario que alguien aborde
la Parsec, descubra lo que ha fallado y… esto… lo desactive. Hubo
una momentánea pausa. Black dijo secamente: —¿Qué
estúpido haría algo así? Kallner
frunció el ceño y miró a Schloss, que se mordió los labios y dejó que
sus ojos se perdieran en la nada. —Por
supuesto —dijo Susan Calvin—, hay la posibilidad de una activación
accidental del hipercampo, en cuyo caso la nave puede ir a parar más allá
de cualquier posible alcance. Por otra parte, puede regresar a algún
lugar dentro de los limites del sistema solar. Si es así, no se regateará
ningún dinero o esfuerzo por recuperar hombre y nave. —¡Idiota
y nave! —exclamó Black—. Es sólo una corrección. Susan
Calvin prescindió del comentario. —Le
he pedido permiso al general Kallner para depositar esa responsabilidad
sobre sus hombros. Es usted quien irá. No
hubo la menor pausa entonces. Black, de la forma más clara posible, dijo: —Señora,
no me estoy presentando voluntario. —Ni
siquiera suman una docena los hombres de la Base Hiper que poseen los
conocimientos suficientes como para tener una oportunidad de realizar esta
operación con éxito. De aquellos que conozco, le he seleccionado a usted
sobre la base de nuestro anterior conocimiento. Usted aportará a esa
tarea una comprensión… —Mire,
no me estoy presentando voluntario. —No
tiene elección. ¿Se da cuenta de su responsabilidad? —¿Mi
responsabilidad? ¿Qué es lo que la hace mía? —El
hecho de que usted es el más adecuado para el trabajo. —¿Sabe
usted el riesgo? —Creo
que sí —asintió Susan Calvin. —Yo
sé que no. Usted nunca vio a ese chimpancé. Mire, cuando he dicho «idiota
y nave», no estaba expresando una opinión. Estaba constatando un hecho.
Arriesgaré mi vida si debo hacerlo. No alegremente quizá, pero la
arriesgaré. Arriesgar el convertirme en un idiota, pasar el resto de mi
vida en un embrutecimiento animal, es algo a lo que no voy a arriesgarme,
eso es todo. Susan
Calvin miró pensativamente al sudoroso e irritado rostro del joven
ingeniero. —¡Envíe
a uno de sus robots, a uno de sus preciosos NS-2! —gritó Black. Los
ojos de la psicóloga reflejaron una especie de frío resplandor. Dijo
deliberadamente: —Sí,
el doctor Schloss ha sugerido eso. Pero los robots NS-2 son alquilados por
nuestra firma, no vendidos. Cada uno de ellos vale millones de dólares,
ya lo sabe. Yo represento a la compañía y he decidido que son demasiado
caros como para arriesgarlos en un asunto como éste. Black
alzó las manos. Se cerraron engarfiadamente y temblaron cerca de su
pecho, como si estuviera conteniéndolas a duras penas. —¿Me
está diciendo…, me está diciendo usted que quiere que vaya yo en vez
de un robot porque yo resulto menos caro? —Si
quiere mirarlo desde esa óptica, sí. —Doctora
Calvin —dijo Black—, antes la veré en el infierno. —Puede
que esa afirmación sea casi literalmente cierta, doctor Black. Como le
confirmará el general Kallner, se le ordena que acepte esta misión. Según
tengo entendido, usted se halla aquí sometido a leyes cuasi militares, y
si se niega usted a obedecer, es posible que sea sometido a consejo de
guerra. Eso significaría la prisión de Mercurio, y creo que se trata de
algo lo suficientemente parecido al infierno como para hacer su afirmación
incómodamente cierta si es que yo llego a visitarle alguna vez, lo cual
no es probable. Por otra parte, si acepta usted abordar la Parsec y
realizar su trabajo, eso significará una gran promoción para su carrera. Black
la miró con llameantes y enrojecidos ojos. Susan Calvin añadió: —Concédanle
cinco minutos para pensar en todo esto, general Kallner, y preparen una
nave. Dos
guardias de seguridad escoltaron a Black fuera de la habitación. Gerald
Black sentía frío. Sus
miembros se movían como si no formaran parte de él. Era como si
estuviera observándose a sí mismo desde algún lugar remoto y seguro,
observándose a sí mismo abordar una nave y prepararse para el despegue
hacia Él y la Parsec. No
podía creerlo. De pronto había inclinado la cabeza y había dicho: —Está
bien, iré. Pero
¿por qué? Nunca
se había considerado a sí mismo como perteneciente al tipo héroe.
Entonces, ¿por qué? Parcialmente, por supuesto, había la amenaza de la
prisión en Mercurio. Parcialmente, había la horrible reluctancia de
aparecer como un cobarde ante los ojos de aquellos que le conocían, esa
profunda cobardía que está más allá de todas las bravatas del mundo. Pero,
principalmente, había algo más. Ronson,
de la Interplanetary Press, había parado un momento a Black mientras éste
se encaminaba a la nave. Black contempló el enrojecido rostro de Ronson y
preguntó: —¿Qué
es lo que quiere? —¡Escuche!
—balbuceó Ronson—. Cuando vuelva, quiero la exclusiva. Arreglaré las
cosas para que le paguen lo que usted pida…, cualquier cosa… Black
lo apartó a un lado de un empujón, y siguió su camino. La
nave tenía dos tripulantes. Ninguno de ellos le habló. Sus miradas
pasaron por encima y por debajo y por los lados de él. A Black no le
importó. A medida que se acercaban a la Parsec, se mostraron tan
asustados como un gatito deslizándose furtivamente hacia el primer perro
que ve en su vida. Podía hacerlo sin ellos. Sólo
había un rostro que seguía viendo constantemente. La ansiosa expresión
del general Kallner y la mirada de sintética determinación del rostro de
Schloss se puntuaban momentáneamente tan sólo en su conciencia. Casi
inmediatamente desaparecían. Era el impasible rostro de Susan Calvin el
que no se apartaba de su imaginación. Su tranquila inexpresividad
mientras él abordaba la nave. Se
quedó contemplando la negrura en la que había desaparecido la Base Hiper,
engullida por el espacio… ¡Susan
Calvin! ¡La doctora Susan Calvin! ¡La robopsicóloga Susan Calvin! ¡El
robot que hablaba como una mujer! ¿Cuáles
eran las tres leyes?, se preguntó. Primera Ley: protegerás al robot con
toda tu mente y todo tu corazón y toda tu alma. Segunda Ley: protegerás
los intereses de la Compañía de Robots y Hombres Mecánicos de los
Estados Unidos siempre que no interfieran con la Primera Ley. Tercera Ley:
tomarás en consideración a los seres humanos, siempre que no interfieran
ni con la Primera ni con la Segunda Ley. ¿Había
sido joven alguna vez?, se preguntó salvajemente. ¿Había sentido alguna
vez una auténtica emoción? ¡Espacio!
En aquellos momentos deseaba hacer algo…, algo que borrara aquella
helada mirada en medio de aquel rostro. ¡Y
lo haría! Por
las estrellas, lo haría. Si salía cuerdo de aquella aventura la aplastaría,
a ella y a su compañía y a toda aquella horrible raza de robots. Ese era
el pensamiento que le impulsaba, más que el miedo a la prisión o el
deseo de prestigio social. Ese era el pensamiento que casi había hecho
desaparecer su miedo. Casi. Uno
de los pilotos murmuró, sin mirarle: —Puede
saltar usted desde aquí. La tenemos a un kilómetro debajo de nosotros. —¿No
van a aterrizar? —preguntó amargamente Black. —Tenemos
órdenes estrictas de no hacerlo. La vibración del aterrizaje podría… —¿Qué
hay acerca de la vibración de mi aterrizaje? —Yo
sólo cumplo órdenes —dijo el piloto. Black
no respondió; se metió en su traje y aguardó a que se abriera la
compuerta interna. Había una bolsa de herramientas firmemente unida al
metal del traje, en su cadera derecha. En
el momento en que entraba en la escotilla, los auriculares dentro de su
casco retumbaron: —Suerte,
doctor. Necesitó
un momento para darse cuenta de que las palabras procedían de los dos
hombres a bordo de la nave, una pausa en su ansiedad por alejarse de aquel
peligroso volumen de espacio en el cual iba a sumergirse él. —Gracias
—dijo Black torpemente, medio resentidamente. Y
luego estuvo afuera en el espacio, girando lentamente sobre sí mismo como
resultado del ligeramente descentrado impulso de sus pies contra la
compuerta exterior. Pudo
ver a la Parsec aguardándole, y mirando entre sus piernas en el
momento preciso de empezar a girar pudo ver el prolongado silbido de los
chorros laterales de la nave que lo había traído hasta allí mientras
daba media vuelta para regresar. ¡Estaba
solo! ¡Espacio, estaba solo! ¿Se
había sentido tan solo alguna vez, algún hombre, en toda la historia? ¿Llegaría
a darse cuenta de ello, si… si ocurría algo?, se preguntó
enfermizamente. ¿Habría un breve momento, por pequeño que fuera, de
realización? ¿Sentiría su mente huir de él y la luz de la razón y los
pensamientos difuminarse y desaparecer? ¿O
bien ocurriría repentinamente, como el preciso corte de un afilado
cuchillo? En
cualquier caso… El
pensamiento del chimpancé, los ojos vacuos, estremeciéndose con
inciertos terrores, se presentó vívido en su mente. El
asteroide estaba ahora a siete metros más abajo. Avanzaba por el espacio
con un movimiento absolutamente constante. Fuera de la industria humana,
ni un solo grano de arena de su superficie se había agitado a lo largo de
astronómicos períodos de tiempo. En
la absoluta inmovilidad de Él, alguna pequeña partícula de arena trabó
algún delicado mecanismo a bordo de la Parsec, o una mota de
impureza en el refinado aceite que bañaba algún engranaje lo había
encallado. Quizá
fuera necesaria tan sólo una pequeña vibración, un ligero temblor
originado por la colisión de masa contra masa para liberar aquella parte
móvil, reanudando la acción interrumpida, creando el hipercampo, haciéndolo
florecer como una rosa abriéndose increíblemente. Su
cuerpo estaba a punto de entrar en contacto con Él, y juntó sus piernas
en su ansiedad de «golpearlo delicadamente». No sentía el menor deseo
de tocar el asteroide. Su piel se erizó con una intensa aversión. Fue
acercándose. Ahora…
ahora… ¡Nada!
Sólo el progresivo contacto con el asteroide, los arriesgados momentos de
la presión lentamente progresiva resultante de una masa de cien kilos (él
más el traje) poseyendo una inercia pero ningún peso apreciable. Black
abrió lentamente los ojos y permitió que la luz de las estrellas
penetrara en ellos. El sol era un mármol resplandeciente, con el brillo
amortiguado por el escudo polarizante de su placa visora. Las estrellas
eran correspondientemente débiles, pero su disposición era familiar. Con
el sol y las constelaciones normales, todavía estaba dentro del sistema
solar. Incluso podía divisar la Base Hiper, un pequeño y débil
creciente. Se
envaró sorprendido ante la repentina voz que sonó en sus oídos. Era
Schloss. —Le
tenemos en nuestro campo de visión, doctor Black —dijo Schloss—. ¡No
está solo! Black
sintió deseos de reír ante su elaborada fraseología, pero se limitó a
decir, con una voz clara y baja: —Cállese.
Si lo hace, no me distraerá. Una
pausa. La voz de Schloss, más contemporizadora: —Si
va informando usted a medida que progrese, eso aliviará la tensión. —Recibirán
toda la información que necesiten cuando regrese. No antes. Lo
dijo amargamente, y amargamente también sus dedos enfundados en metal
avanzaron hacia el panel de control en su pecho y desconectaron la radio
de su traje. Ahora podían seguir hablándole al vacío. Tenía sus
propios planes. Si salía cuerdo de aquello, aquél iba a ser su espectáculo. Se
apoyó sobre los pies con infinitas precauciones, y se irguió sobre Él.
Se tambaleó ligeramente a medida que sus involuntarios movimientos
musculares, impulsando a causa de la casi total ausencia de gravedad una
interminable serie de desequilibrios, lo empujaron hacia uno y otro lado.
En la Base Hiper había un campo pseudogravitatorio que creaba una
similitud con la Tierra. Black observó que una parte de su mente se
mantenía lo suficientemente lúcida como para captar aquella diferencia y
apreciarla in absentia. El
sol había desaparecido tras un risco. Las estrellas giraban visiblemente,
siguiendo el ritmo del período de una hora de rotación del asteroide. Podía
ver la Parsec desde donde estaba, y avanzó lentamente hacia ella,
cuidadosamente…, casi de puntillas. (Ninguna vibración. Ninguna vibración.
Las palabras parecían suplicar en su mente.) Antes
de darse cuenta exactamente de la distancia que había recorrido, se
hallaba ya en la nave. Estaba a los pies de la hilera de asideros que
conducían a la compuerta exterior. Hizo
una pausa allí. La
nave parecía completamente normal. O al menos parecía normal excepto el
círculo de aceradas protuberancias que la rodeaba aproximadamente a un
tercio de su longitud, y un segundo círculo a dos tercios. En el momento
preciso, esas protuberancias se convertirían en los polos energéticos
del hipercampo. Un
extraño deseo de tender la mano hacia uno de ellos y sujetarlo dominó a
Black. Era uno de esos impulsos irracionales, como el momentáneo
pensamiento: «¿Y si diera un salto?», que surge de forma casi
inevitable cuando uno mira hacia abajo desde la parte superior de un alto
edificio. Black
inspiró profundamente y se sintió pegajoso por el sudor mientras tendía
los dedos de ambas manos y suavemente, muy suavemente, apoyaba las dos
palmas planas contra el costado de la nave. ¡Nada! Alcanzó
el asidero inferior y se izó lentamente, cuidadosamente. Deseó
poseer la experiencia en manipulación a gravedad cero de los hombres que
habían construido aquel artefacto. Era necesario ejercer una fuerza
considerable para vencer la inercia y detenerse de nuevo. Si no detenías
tu impulso a tiempo perdías el equilibrio y te estrellabas contra el
costado de la nave. Trepó
lentamente, impulsándose con la punta de los dedos, sus piernas y caderas
oscilando hacia la derecha cuando su brazo izquierdo se alzaba, hacia la
izquierda cuando el que lo hacía era su brazo derecho. Una
docena de asideros, y sus dedos flotaron sobre el contacto que abriría la
compuerta exterior. El marcador de seguridad era una pequeña mancha
verdosa. Vaciló
una vez más. Aquella iba a ser la primera vez que utilizara la energía
de la nave. Su mente recorrió los diagramas del trazado eléctrico y las
distribuciones de fuerzas. Si pulsaba el contacto, la energía sería
bombeada de la micropila hacia el mecanismo que abriría la masiva plancha
metálica que constituía la compuerta exterior. ¿Y? ¿De
qué servía preocuparse? A menos que tuviera alguna idea de lo que
funcionaba mal, no había forma de decir cuál sería el efecto de aquella
diversión de energía. Suspiró, y pulsó el contacto. Suavemente,
sin ninguna sacudida ni sonido, un segmento de la nave se deslizó y se
abrió. Black echó una última mirada a las amistosas constelaciones (no
habían cambiado), y penetró en la suavemente iluminada cavidad. La
compuerta exterior se cerró tras él. Ahora,
otro contacto. Había que abrir la compuerta interior. Hizo una nueva
pausa para considerar la situación. La presión del aire en el interior
de la nave descendería ligeramente cuando se abriera la compuerta
interior, y pasarían algunos segundos antes de que los electrolizadores
de la nave pudieran compensar la pérdida. ¿Y?
La placa trasera Bosch, por nombrar uno de los dispositivos, era sensitiva
a la presión, pero seguramente no tan sensitiva. Suspiró
de nuevo, más suavemente (la piel de su miedo estaba volviéndose
callosa), y pulsó el contacto. La compuerta interior se abrió. Penetró
en la sala de pilotaje de la Parsec, y su corazón dio un extraño
vuelco cuando lo primero que vio fue la visiopantalla, conectada a recepción
y salpicada de estrellas. Se obligó a sí mismo a mirarla. ¡Nada! Casiopea
era visible. Las constelaciones eran normales, y él estaba dentro de la Parsec.
De alguna forma, tenía la sensación de que lo peor había pasado.
Habiendo ido tan lejos y siguiendo dentro del sistema solar, habiendo
conservado su mente hasta allí, sintió que algo ligeramente parecido a
la confianza empezaba a volver a él. Había
una calma casi sobrenatural en torno a la Parsec. Black había
estado en muchas naves en su vida, y en ellas siempre había habido el
sonido de la vida, aunque fuera tan sólo el rumor de unos pasos o el
canturreo de un camarero en un pasillo. Allí, el propio latido de su
corazón parecía como amortiguado hasta hacerse casi inaudible. El
robot en el asiento del piloto le daba la espalda. Aunque no dio ninguna
indicación de ello, era indudable que había registrado su presencia allí. Black
desnudó sus dientes en una sonrisa salvaje y dijo secamente: —¡Suelta
la palanca! ¡Ponte en pie! El
sonido de su voz retumbó como un trueno en el angosto espacio. Demasiado
tarde, temió que las vibraciones del aire despertadas por su voz pudieran
desencadenar todo el proceso, pero las estrellas en la visiopantalla
permanecieron inmutables. El
robot, por supuesto, no hizo el menor movimiento. No podía recibir
sensaciones de ninguna clase. Ni siquiera podía responder a la Primera
Ley. Había quedado inmovilizado en la eterna mitad de lo que debía haber
sido un proceso casi instantáneo. Recordó
las órdenes que había recibido. No permitían ninguna interpretación
equívoca: «Toma la palanca con una presión firme. Tira de ella
firmemente hacia ti. ¡Firmemente! Mantén tu presión hasta que el
tablero de control te informe que has pasado dos veces a través del
hiperespacio». Bien,
aún no había pasado a través del hiperespacio ni una sola vez.
Cautelosamente, avanzó hacia el robot. Permanecía sentado allí con la
palanca firmemente sujeta entre sus rodillas. Eso tenía que haber llevado
el mecanismo disparador hasta el punto de contacto. Luego la temperatura
de sus manos mecánicas habrían acoplado ese disparador, al estilo de una
termocupla, lo suficiente como para que el contacto se estableciera
realmente. Black echó una mirada automática a la lectura del termómetro
situado en el tablero de control. Las manos del robot estaban a 37 centígrados,
tal como correspondía. Estupendo,
pensó sardónicamente. Estoy a solas con esta máquina, y no puedo hacer
absolutamente nada. Lo
que le hubiera gustado hacer hubiera sido tomar una barra metálica y
reducir aquel robot a virutas. Gozó con aquel pensamiento. Imaginó el
horror de Susan Calvin (si es que algún horror podía asomarse en medio
de todo aquel hielo, era el horror de ver a un robot destrozado). Como
todos los robots positrónicos, aquél pertenecía a la U. S. Robots, había
sido construido allí, había sido probado allí. Tras
extraer todo el jugo que le fue posible de aquella imaginaria venganza, se
tranquilizó y miró a su alrededor en la nave. Después
de todo, lo que había conseguido hasta entonces era cero. Lentamente,
se quitó el traje. Lo colgó cuidadosamente de una percha. Con cautela,
fue de compartimiento en compartimiento, estudiando los enormes circuitos
del motor hiperatómico, siguiendo los cables, inspeccionando los relés
de campo. No
tocó nada. Había una docena de formas de desactivar el Hipercampo, pero
cada una de ellas podía ser desastrosa a menos que supiera como mínimo
aproximadamente dónde estaba el error y pudiera orientarse a partir de
aquel extremo. Volvió
al panel de control, y gritó exasperado a la grave impasibilidad de las
amplias espaldas del robot: —Dime,
¿quieres? ¿Qué es lo que fue mal? Sintió
la necesidad de atacar al azar la maquinaria de la nave. Hacerla pedazos y
terminar con todo. Reprimió firmemente el impulso. Aunque le tomara una
semana, debía deducir, de alguna manera, el punto correcto de ataque. Le
debía eso a la doctora Susan Calvin y a sus planes para con ella. Se
volvió lentamente sobre sus talones y consideró la situación. Cada
parte de la nave, desde el motor en sí hasta el último conmutador, había
sido comprobada exhaustivamente una y otra vez en la Base Hiper. Era casi
imposible creer que algo pudiera ir mal. No había nada a bordo de la
nave.. . Bueno,
sí, había una cosa, por supuesto. ¡El robot! Había sido probado por la
U. S. Robots, por unos malditos diablos que afirmaban ser competentes. Eso
era lo que decía desde siempre todo el mundo: un robot siempre hará
mucho mejor cualquier trabajo. Era
la frase habitual, basada en parte en las propias campañas publicitarias
de la U. S. Robots. Podían construir un robot que fuera mucho mejor que
cualquier hombre para cualquier trabajo específico. No «tan bueno como
un hombre», sino «mejor que un hombre». Y
mientras Gerald Black miraba al robot y pensaba en eso, sus cejas se
contrajeron bajo la estrecha frente y su mirada osciló entre la sorpresa
y una loca esperanza. Se
acercó y rodeó al robot. Contempló sus brazos sujetando la palanca de
control en posición de disparo, sujetándola eternamente a menos que la
nave diera finalmente el salto o la energía del robot se agotara. —Apostaría
–jadeó Black—. Apostaría… Retrocedió,
pensó profundamente y dijo: —Tiene
que ser eso. Conectó
la radio de la nave. Estaba sintonizada ya con la Base Hiper. Le ladró al
micrófono: —Eh,
Schloss. Schloss
respondió inmediatamente. —Gran
espacio, Black… —Déjese
de tonterías dijo Black crispadamente—. No haga frases. Sólo quiero
estar seguro de que me está escuchando. —Sí,
naturalmente. Estamos todos aquí. Mire… Pero
Black desconectó el audio. Sonrió con un lado de la boca hacia la cámara
de televisión de la sala de pilotaje; y eligió una porción del
mecanismo del hipercampo que fuera visible desde ella. No sabía cuánta
gente podía haber en la sala de recepción. Puede que solamente
estuvieran Kallner, Schloss y Susan Calvin. Puede que estuviera todo el
personal. En cualquier caso, iba a darles algo digno de ver. La
caja de relés número 3 era adecuada para sus propósitos, decidió.
Estaba situada en un hueco de la pared, cubierta con una lisa tapa
protectora sellada al frío. Black rebuscó en su bolsa de herramientas y
sacó la bifurcada desoldadora de punta roma. Apartó la percha con su
traje espacial colgado (tras girar éste de modo que la bolsa de
herramientas quedara a su alcance), y se volvió hacia la caja de relés. Ignorando
un último estremecimiento de aprensión, Black alzó el desoldador y
estableció contacto en tres puntos separados a lo largo de la soldadura
en frío. El campo de fuerza de la herramienta actuó diestra y rápidamente,
mientras el mango se calentaba ligeramente en su mano cuando el flujo de
energía brotó y salió. El panel quedó suelto. Miró
rápidamente, casi involuntariamente, a la visiopantalla de la nave. Las
estrellas eran normales. Él también se sentía normal. Aquel
era el último brote de ánimo que necesitaba. Alzó el pie y estrelló el
tacón contra el delicado mecanismo que llenaba el hueco en la pared. Hubo
un estallido de cristales rotos, el metal se retorció, y se vio inundado
por un breve chorro de gotitas de mercurio… Respirando
pesadamente, Black conectó de nuevo la radio. —¿Sigue
todavía ahí, Schloss? —Sí,
pero… —Entonces
permítame informarle que el hipercampo a bordo de la Parsec ha
sido desactivado. Vengan a buscarme. Gerald
Black no se sentía más héroe que cuando partió hacia la Parsec,
pero tampoco menos. Los hombres que lo llevaron hasta el pequeño
asteroide acudieron a buscarle. Esta vez aterrizaron. Le dieron amistosas
palmadas en la espalda. La
Base Hiper era una enorme masa de personal que aguardaba su llegada, y
Black fue vitoreado. Saludó a la multitud y sonrió, como era la obligación
de un héroe, pero no sentía ningún triunfo en su interior. Todavía no.
Sólo anticipación. El triunfo vendría más tarde, cuando se encontrara
con Susan Calvin. Hizo
una pausa antes de descender de la nave. La buscó, y no consiguió verla.
El general Kallner estaba allí, aguardándole, recuperada toda su
severidad militar y con una fingida expresión aprobadora firmemente
pegada a su rostro. Mayer Schloss le sonrió nerviosamente. Ronson, de la
Interplanetary Press, lo saludó frenéticamente. Susan Calvin no era
visible por ningún lado. Apartó
a un lado a Kallner y Schloss cuando bajó de la nave. —Primero
quiero darme un baño y comer un poco. No
había ninguna duda, al menos por el momento, de que podría imponer su
voluntad sobre el general o sobre cualquier otro. Los
guardias de seguridad abrieron camino para él. Se bañó y comió
tranquilamente en la intimidad, una intimidad que él mismo había
querido. Luego llamó a Ronson de la Interplanetary, y habló brevemente
con él. Aguardó la llamada que inevitablemente debería venir a
continuación, y al no recibirla se relajó como nunca antes lo había
hecho. Todo había ido mucho mejor de lo que había esperado. El propio
fallo de la nave había conspirado perfectamente con él. Finalmente
llamó a la oficina del general y exigió una conferencia. Eso era lo que
había conseguido… poder exigir. El general de división Kallner dijo
simplemente: —Sí,
señor. Estaban
juntos de nuevo. Gerald
Black, Kallner, Schloss…, incluso Susan Calvin. Pero
era Black quien dominaba ahora. La robopsicóloga, inexpresiva como
siempre, se mostraba tan poco impresionada con el triunfo como hubiera
podido mostrarse con el desastre, pero parecía resentirse un poco con un
sutil cambio de actitud por el hecho de no ser ahora el foco de la atención. El
doctor Schloss se mordisqueó una uña y empezó a decir, cautelosamente: —Doctor
Black, nos sentimos muy agradecidos por su valor y por su éxito.
—Luego, como si con ello hubiera abierto un camino, siguió—: De todos
modos, destrozar la caja de relés con el tacón fue imprudente y…,
bien, fue una acción que no parecía abocada al éxito. —Fue
una acción que difícilmente no hubiera tenido éxito —dijo Black—.
¿Sabe? —aquella era la bomba número uno—, en aquel momento sabía ya
lo que había fallado. Schloss
se puso en pie de un salto. —¿Realmente?
¿Está usted seguro? —Vaya
usted mismo a comprobarlo. Ahora ya no hay ningún peligro. Le diré dónde
tiene que mirar. Schloss
volvió a sentarse, lentamente esta vez. El general Kallner se mostró
entusiasmado. —Bien,
eso es estupendo, si es cierto. —Es
cierto —dijo Black. Sus ojos se desviaron hacia Susan Calvin, que no
dijo nada. Black
estaba gozando con su sensación de poder. Dejó caer la bomba número
dos. —Era
el robot, por supuesto. ¿Ha oído eso, doctora Calvin? Susan
Calvin habló por primera vez. —Lo
he oído. De hecho, lo esperaba. Era la única pieza de equipo a bordo de
la nave que no había sido probada en la Base Hiper. Por
un momento Black se sintió frustrado. —Usted
no me habló de nada de eso —dijo. —Como
insinuó varias veces el doctor Schloss —dijo la doctora Calvin—, yo
no soy una experta en etérica. Mi suposición, que no era más que eso,
podía estar muy bien equivocada. Creí que no tenía derecho a
condicionar de ninguna forma su misión. —De
acuerdo —murmuró Black—. ¿Acaso imaginó también cómo falló? —No. —Bien,
falló porque fue construido mejor que un hombre. Ahí estuvo el fallo. ¿No
es extraño que el fallo resida en la especialidad misma de la U. S.
Robots? Según tengo entendido, construyen robots que son mejores que los
seres humanos. Estaba
asaeteándola con sus palabras, pero ella no mordió el anzuelo. En vez de
ello, se limitó a suspirar. —Mi
querido doctor Black, no soy responsable de los eslóganes de nuestro
departamento de publicidad. Black
se sintió frustrado de nuevo. No era una mujer fácil de manejar. —Su
gente construyó un robot para reemplazar al hombre en los controles de la
Parsec —dijo—. Tenía que tirar de la palanca de control hacia
sí, colocarla en posición, y dejar que el calor de sus manos
estableciera el contacto final. Bastante sencillo, ¿no cree, doctora
Calvin? —Bastante
sencillo, doctor Black. —Y
si el robot no hubiera sido construido mejor que un ser humano, la cosa
hubiera funcionado. Desgraciadamente, la U. S. Robots se sintió obligada
a hacerlo mejor que un hombre. Al robot se le dijo que tirara de la
palanca firmemente. Firmemente. La palabra fue repetida, reforzándola,
enfatizándola. Así que el robot hizo lo que se le había dicho. Tiró de
ella firmemente. Ese fue el fallo. Era fácilmente diez veces más fuerte
que un ser humano ordinario para el cual había sido diseñada la palanca
de control. —¡Está
usted insinuando…? —Estoy
diciendo que la palanca se dobló. Se torció lo suficiente como para
desplazar el mecanismo disparador. Cuando el calor de la mano del robot
accionó la termocupla, ésta no hizo contacto. —Sonrió—. Esto no es
simplemente el fallo de un robot, doctora Calvin. Es el símbolo del fallo
de la idea del robot. —Oh,
vamos, doctor Black —dijo heladamente Susan Calvin—, está ahogando
usted la lógica en un mar de psicología misionera. El robot estaba
equipado de fuerza bruta, pero también de la necesaria comprensión. Si
los hombres que le dieron sus órdenes hubieran utilizado términos
cuantitativos en vez del estúpido adverbio «firmemente», eso no hubiera
ocurrido. Si hubieran dicho: «Aplica una presión de veintidós
kilogramos», todo hubiera ido bien. —Está
diciendo usted —murmuró Black— que las ineptitudes de un robot deben
ser suplidas por la ingeniosidad y la inteligencia de un hombre. Le
aseguro que la gente de la Tierra lo verá de este modo, y no se sentirá
muy dispuesta a perdonar a la U. S. Robots por este fracaso. —Un
momento, Black —dijo rápidamente el general de división Kallner,
cargando de nuevo su voz de autoridad—. Todo lo que ha ocurrido es
obviamente información clasificada. —De
hecho —dijo Schloss repentinamente—, su teoría aún no ha sido
comprobada. Enviaremos un equipo a la nave para averiguarlo. Puede que a
fin de cuentas la culpa no fuera del robot. —Ustedes
se encargarán de demostrarlo, ¿verdad? Me pregunto si la gente creerá a
una parte interesada. Aparte de lo cual, tengo otra cosa que decir.
—Entonces lanzó la bomba número tres—. A partir de este momento,
dimito de mi puesto en este proyecto. Renuncio. —¿Por
qué? —preguntó Susan Calvin. —Porque,
como usted bien ha dicho, doctora Calvin, soy un misionero —dijo Black,
sonriendo—. Tengo una misión. Creo que le debo a la gente de la Tierra
el decirles que la era de los robots ha alcanzado un punto en el cual la
vida humana es considerada menos valiosa que la vida de un robot. Ahora
resulta posible ordenarle a un hombre que corra un peligro porque un robot
es algo demasiado precioso como para someterlo a él. Creo que los
terrestres deben oír esto. Hay muchos hombres que tienen muchas reservas
respecto a los robots. La U. S. Robots aún no ha conseguido que el uso de
los robots sea permitido en el planeta Tierra. Creo que lo que tengo que
decir, doctora Calvin, completará el asunto. A causa del trabajo de hoy,
doctora Calvin, usted y su compañía y sus robots serán borrados de la
faz del sistema solar. Estaba
poniéndola sobre aviso, lo sabía, pero no quería perderse esta escena.
Había vivido para aquel instante desde que había partido hacia la Parsec,
y no quería renunciar a él. Exultó
ante el momentáneo resplandor en los pálidos ojos de Susan Calvin y el
ligero rubor en sus mejillas. Pensó: ¿cómo te sientes ahora, señora
científica? —No
se le permitirá dimitir, Black —dijo Kallner—. Como tampoco va a
permitírsele… —¿Cómo
cree que podrá detenerme, general? Soy un héroe, ¿no se han dado
cuenta? Y la vieja madre Tierra aprecia mucho a sus héroes. Siempre lo ha
hecho. Querrán saber más de mí, y creerán todo lo que yo les diga. Y
no les gustará que nadie se interponga en mi camino, no mientras siga
siendo un héroe reciente. Ya he hablado con Ronson, de la Interplanetary
Press, y le he dicho que tenía algo grande que comunicar, algo que iba a
hacer saltar de sus asientos a las grandes personalidades tanto del
gobierno como del mundo científico, de modo que la Interplanetary se
halla la primera en la cola, aguardando a oír mis noticias. De modo que,
¿qué pueden hacerme ustedes excepto pegarme un tiro? Y creo que será
peor si intentan hacerlo. La
venganza de Black estaba completa. No se había guardado nada. Lo había
dicho todo, hasta la última palabra. Se levantó para irse. —Un
momento, doctor Black —dijo Susan Calvin. Su suave voz estaba teñida de
autoridad. Black
se volvió involuntariamente, como un escolar ante la voz de su maestra,
pero contrarrestó ese gesto con un acento deliberadamente burlón cuando
dijo: —Tiene
usted alguna afirmación que hacer, supongo. —En
absoluto —dijo ella modestamente—. Usted se ha explicado por mí, y lo
ha hecho muy bien. Lo elegí porque sabía que usted comprendería, aunque
pensé que comprendería antes. Había tenido un contacto con usted antes,
sabía que no le gustaban los robots y que, en consecuencia, no se haría
ilusiones respecto a ellos. Por sus antecedentes, que pedí ver antes de
que le fuera confiada la misión, supe que usted había expresado su
desaprobación a este experimento de enviar un robot a través del
hiperespacio. Sus superiores consideraron que este era un punto en contra
de usted, pero yo pensé que era a su favor. —¿De
qué está usted hablando, doctora, si me disculpa mi rudeza? —Del
hecho de que debería haber comprendido por qué un robot no podía ser
enviado a esta misión. ¿Qué es lo que dijo usted mismo? Algo acerca de
las ineptitudes de un robot teniendo que ser equilibradas por la
ingeniosidad y la inteligencia de un hombre. Exacto, joven, exacto. Los
robots no son ingeniosos. Sus mentes son finitas, y pueden ser calculadas
hasta el último decimal. Ése, de hecho, es mi trabajo. »Si
a un robot se le da una orden, una orden precisa, puede seguirla. Si la
orden no es precisa, no puede corregir su propio error sin otras órdenes.
¿No es eso lo que usted informó respecto al robot de la nave? ¿Cómo
podemos pues enviar a un robot a descubrir un fallo en un mecanismo cuando
no podemos transmitirle órdenes precisas, puesto que no sabemos nada
respecto al fallo? «Encuentra lo que ha fallado» no es una orden que
puedas darle a un robot: sólo a un hombre. El cerebro humano, hasta ahora
al menos, está más allá de todo cálculo. Black
se sentó bruscamente y se quedó mirando desanimado a la psicóloga. Sus
palabras golpearon duramente en un sustrato de comprensión que hasta
entonces había estado recubierto de emociones. Se sintió incapaz de
refutarla. Peor que eso, lo invadió una sensación de derrota. —Podría
haberme dicho eso antes de que me fuera —murmuró. —Podía
—admitió la doctora Calvin—, pero observé su miedo natural por su
cordura. Una preocupación tan abrumadora hubiera podido ofuscar fácilmente
su eficiencia como investigador, y se me ocurrió dejarle pensar que mi único
motivo para enviarle era que un robot valía más. Eso, creí, lo pondría
furioso, y la furia, mi querido doctor Black, es a veces una emoción muy
útil. Al menos, un hombre furioso nunca se siente tan asustado como lo
estaría de otro modo. Y funcionó perfectamente, creo. Cruzó
blandamente las manos sobre su regazo, y consiguió ofrecer lo más
cercano a una sonrisa que había conseguido en su vida. —Que
me condene —masculló Black. —Ahora,
si quiere aceptar usted mi consejo —dijo Susan Calvin—, vuelva a su
trabajo, acepte su estatus de héroe, y dígale a su amigo periodista los
detalles de su gran hazaña. Dele las grandes noticias que le prometió. Lentamente,
reluctantemente, Black asintió. Schloss
pareció aliviado; Kallner mostró una sonrisa llena de dientes. Tendieron
sus manos, sin haber dicho una palabra en todo el rato mientras Susan
Calvin estuvo hablando, y sin decir nada ahora. Black
estrechó sus manos con una cierta reserva y dijo: —Es
su parte la que debería ser dada a conocer, doctora Calvin. —No
sea estúpido, joven —dijo Susan Calvin heladamente—. Este es mi
trabajo. |
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