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James
Drake no era el único fumador, ni mucho menos, de la pequeña sociedad de
los Viudos Negros, pero por cierto hacía la contribución individual más
importante al dosel que por lo común se cernía sobre los banquetes
mensuales de esa augusta congregación, Tal
vez fuese por ese motivo que Thomas Trumbull, con una expresión hosca,
cuando llegó hacia el final de la hora del cóctel, como lo hacía por lo
común, y una vez que se quitó la sed con un whisky con soda que le fue
alcanzado diestramente y sin demora por el invalorable Henry, dobló su
solapa ostentosamente en dirección a Drake. —¿Qué
es eso? —preguntó Drake, bizqueando a través del humo de su
cigarrillo. —¿Por
qué demonios no lo lees y te enteras? —dijo Trumbull con una ferocidad
aún mayor que la que acostumbraba—. Es decir, si la nicotina te ha
dejado vista suficiente como para leer. La
solapa de Trumbull llevaba un distintivo que decía: "Gracias por no
fumar". Drake,
una vez que la miró pensativo, dejó escapar una bocanada de humo en
dirección del distintivo, y dijo: —De
nada. Siempre me gusta ayudar. —Por
Dios —dijo Trumbull—, soy un miembro de la minoría más oprimida del
mundo. Quien no fuma no tiene derechos que un fumador se sienta obligado a
observar. Dios mío, ¿acaso no puedo pretender a un poco de aire
razonablemente limpio y sin contaminar? Emmanuel
Rubin se acercó a ellos. Su barba rala y dispersa se erizó -señal
segura de que estaba por pontificar- y sus ojos parpadearon como los de un
búho detrás del grosor amplificante de sus anteojos. —Si
vives en Nueva York —dijo—, inhalas en humo de automóviles el
equivalente de dos paquetes de cigarrillos diarios, así que ¿qué
importa? —Y encendió ostentosamente un cigarrillo. —Mayor
razón aún para que no quiera más humo encima del que ya respiro —dijo
Trumbull ceñudo. —No
vas a decirme que crees esa basura acerca de... —dijo Drake con su suave
voz ronca. —Sí,
la creo —estalló Trumbull—. Si quieres arriesgarte a ataques al corazón,
enfisema y cáncer de pulmón, es asunto tuyo, y deseo que disfrutes de
cualquiera de esas cosas o de todas. No me meteré con tu placer por nada
del mundo si deseas hacerlo aparte, en un cuarto cerrado. ¿Pero por qué
demonios debo respirar yo tu humo sucio y correr el riesgo de enfermar
para que tú puedas darte tu perverso placer? Se
detuvo porque Drake, que visiblemente intentaba no hacerlo, tenía uno de
sus escasísimos ataques de tos. Trumbull
parecía complacido. —Que
tosas bien —dijo—. ¿Cuándo fue la última vez que pudiste respirar
libremente? Roger
Halsted, que fumaba de vez en cuando pero no lo estaba haciendo en ese
momento, dijo, con el leve tartamudeo que a veces lo afligía: —¿Por
qué estás tan trastornado, Tom? ¿Qué hace que esta reunión sea
distinta de cualquier otra? —Nada,
nada, pero ya he soportado bastante. Estoy harto. Cada vez que llego a
casa después de una noche con ustedes, montones de basura humeante, mis
ropas apestan y tengo que quemarlas. —Creo
que lo que pasa —dijo Drake— es que encontró ese distintivo en el
tacho de basura del subte, buscando un diario, y eso lo convirtió en
misionario. —Me
siento como un misionero —dijo Trumbull—. Me gustaría hacer aprobar
una ley por el Congreso que colocara el tabaco en la misma categoría de
la marihuana y el haschich. Por Dios, la evidencia del daño fisiológico
causado por el tabaco es infinitamente más fuerte que la de cualquier daño
causado por la marihuana. Geoffrey
Avalon, siempre sensible a cualquier referencia a su profesión de
abogado, bajó los ojos con austeridad desde su metro ochenta y dijo: —No
aconsejaría otra ley para legislar la moral. Algunos de los mejores
hombres de la historia trataron de reformar el mundo decretando leyes
contra las malas costumbres, y no hay datos de que alguna de ellas
funcionara. Tengo la edad suficiente como para recordar la época de la
Prohibición en este país. —Tú
fumas en pipa —dijo Trumbull—. Eres parte interesada. ¿Acaso soy el
único que no fuma aquí? —Yo
no fumo —dijo Mario Gonzalo, alzando la voz. Estaba en otro rincón,
hablando con el invitado. —Perfecto
entonces —dijo Trumbull—. Acércate, Mario. Eres el anfitrión de la
noche. Dispón una ley contra el cigarrillo. —No
ha lugar. No ha lugar —dijo Rubin con ardor—. El anfitrión sólo
puede legislar en asuntos del club, no sobre la moral privada. No puede
ordenar que los socios se saquen la ropa, o se paren de cabeza y silben
“Dixie”, o que dejen de fumar... o que empiecen a fumar, si vamos al
caso. —Podría
hacerse —dijo Halsted con suavidad— Si el anfitrión propone la medida
y se la somete a voto, pero los fumadores están en una mayoría de cuatro
contra dos, Tom. —Un
momento —dijo Trumbull—. Queda Henry. Él es socio. ¿Qué dices,
Henry? Henry,
el mozo perenne del club de los Viudos Negros, acababa de terminar de
oredenar la mesa. Alzó su rostro suave y sin arrugas que, como siempre,
desmentía el hecho de que tuviese sesenta años, y dijo: —Por
mi parte no fumo y recibiría con agrado una prohibición al respecto,
pero no la exijo. —Aunque
lo hiciera —dijo Rubin— sería cuatro contra tres, aún una mayoría a
favor del vicio. —¿Y
el invitado? —dijo Trumbull, tenaz—. Señor... —Hilary
Evans —dijo Avalon con severidad. Se tomaba muy a pecho no olvidar el
nombre de un invitado, al menos durante la noche de la cena. —¿De
qué lado está, señor Evans? —dijo Trumbull. Hilary
Evans era bajo y rechoncho, de mejillas regordetas, rosadas y suaves. Tenía
boca pequeña y ojos que se movían veloces detrás de los lentes
levemente coloreados de sus gafas con montura metálica. Su cabello,
sorprendentemente moreno si se tenía en cuenta la claridad de su tez,
estaba peinado liso hacia atrás. Podía tener alrededor de cuarenta y
cinco años. Dijo
con voz de tenor: —De
vez en cuando fumo y con frecuencia no me importa que los demás lo hagan,
pero tengo motivos recientes para simpatizar con usted, señor. El acto de
fumar ha sido causa de desdicha para mí. Trumbull,
con un ojo casi cerrado al alzar el costado de la boca en un gruñido,
pareció a punto de insistir con el asunto, pero Rubin dijo de inmediato: —Cinco
contra tres. Asunto terminado —y Henry anunció imperturbable que la
cena estaba servida. Trumbull
se las ingenió para sentarse junto a Gonzalo, el otro no fumador
presente, y le preguntó en voz baja: —¿Quién
es este Evans? —Es
el encargado de personal de una firma en cuya campaña publicitaria trabajé
—dijo Gonzalo—. Él me entrevistó y, aunque es un tipo medio raro,
nos llevamos bien. Pensé que podía ser interesante. —Eso
espero —dijo Trumbull—, aunque no me cae muy bien un tipo que vota con
el enemigo aunque simpatice conmigo. —No
conoces los detalles —dijo Gonzalo. —Tengo
la intención de averiguarlos —dijo Trumbull, hosco. Fue difícil
apartar la conversación de la cena del tema del tabaco. Avalon, que había
reducido su segunda copa a la mitad de costumbre y después la había
dejado en paz con severidad, observó que fumar cigarrillos era el único
vicio nuevo introducido por el hombre moderno. —¿Y
el LSD y las drogas alucinógenas? —dijo Gonzalo de inmediato y Avalon,
una vez que lo pensó por un instante, reconoció la derrota. Rubin
exigió en alta voz la definición de “vicio”. Dijo: —Cualquier
cosa que a uno no le guste es un vicio. Si lo apruebas, no lo es. Más de
un cruzado por la temperancia ha tenido una adicción tan feroz a la
comida como la que cualquiera puede tenerla por la bebida. —Y Rubin, que
era delgado, apartó la sopa a medio tomar, con una expresión de
ostentosa virtud. Halsted,
que no era delgado, murmuró: —No
hay muchas calorías en la liviana sopa de tortuga. —Escuchen
—dijo Trumbull—, no me importa lo que hagan, o si se trata de un vicio
o una virtud, mientras se lo guarden para ustedes y para los que también
lo practiquen. Si beben whisky y yo no quiero hacerlo, no entra alcohol en
mi sangre; si quieren pescar a una dama, no hay riesgo de que yo me pesque
lo que la acompañe. Pero cuando chupan un cigarrillo yo huelo el humo, yo
lo recibo en mis pulmones, yo corro el riesgo de cáncer. —Muy
cierto —dijo Evans de pronto—. Mala costumbre —y miró con rapidez a
Drake, que estaba sentado junto a él y que cambió el cigarrillo a la
otra mano, la más apartada de Evans. Avalon
carraspeó. —Caballeros,
no hay censura contra el tabaco que pueda considerarse nueva. Hace más de
tres siglos y medio Jaime I de Inglaterra escribió un libro llamado
Ataque al tabaco en el que repetía todos los puntos que Tom pudo
presentar, si se tienen en cuenta los adelantos científicos adquiridos
desde entonces. —¿Y
sabes qué tipo de persona era Jaime I? —dijo Rubín con un
resoplido—. Sucio y estúpido. —No
realmente estúpido —dijo Avalon—. Enrique IV de Francia lo llamó el
“tonto más sabio de la Cristiandad” pero eso sólo indicaba que carecía
de juicio más que de ciencia. —A
eso yo le llamo estupidez —dijo Rubin. —Si
carecer de juicio fuese el criterio a seguir, pocos de nosotros escaparíamos
—dijo Avalon. —Tú
encabezarías la lista, Avalon —dijo Trumbull, y después permitió que
su expresión se suavizara cuando Henry ubicó una generosa tajada de
pastel de pacana, cargada de helado, ante él. Había pocas cosas que
Trumbull aprobara más que el pastel de pacana. Cuando
estaba terminando el café, Gonzalo dijo: —¡Caballeros!
¡Caballeros! Creo que es ahora de que dejemos lo general para
concentrarnos en lo específico. Ahora nuestro invitado es el tema y
quisieras tú, Tom... —No
sólo deseo emprender el interrogatorio —dijo Trumbull con presteza—,
insisto en ello. Hagamos silencio. Henry, puedes servir el brandy cuando
gustes. Señor Evans, en esta organización se acostumbra plantear al
invitado, como primera pregunta, cómo justifica su existencia. En este
caso, le diré cómo puede usted justificar su existencia en lo que a mí
se refiere. Por favor cuénteme por qué tiene motivos recientes para
simpatizar con mi punto de vista sobre quienes fuman, aunque usted mismo
fume a veces. ¿Ha sido engañado por la industria del tabaco? Evans
sacudió la cabeza y sonrió brevemente. —No
tiene nada que ver con la industria del tabaco. Me gustaría que así
fuera. Trabajo para una firma inversora y mis motivos tienen que ver con
las actividades que allí desempeño. —¿En
qué sentido? Evans
parecía bastante melancólico. —Seria
difícil explicarlo adecuadamente —dijo—. Podría decir que una cuestión
relacionada con el acto de fumar arruinó bastante una foja mía hasta
entonces perfecta en el sentido de Sherlock Holmes. Pero —y aquí suspiró—,
para ser honestos, preferiría no hablar de eso. —¿Sherlock
Holmes? —dijo Gonzalo, encantado—. Henry, si... Trumbull
agitó un brazo Imperioso. —Cállate,
Mario. Señor Evans, creo que el precio de la comida es un intento honesto
de su parte por explicar con exactitud a qué se refiere. Tenemos tiempo y
escucharemos. Evans
suspiró otra vez. Se ajustó los anteojos y dijo: —Señor
Gonzalo, al invitarme usted me dijo que me interrogarían. Debo confesar
que no pensaba que iban a poner el dedo en la llaga desde un principio. —Señor
—dijo Trumbull—, no hago más que continuar con su propia observación.
Sólo usted tiene la culpa, por hacerla. Por favor no eche a perder
nuestro juego. —No
se preocupe, señor Evans —dijo Gonzalo—. Le dije que nada de lo que
se cuente en esta habitación se repetirá fuera de ella. —¡Jamás!
—dijo Trumbull con energía. —No
hay el menor elemento criminal o poco ético en lo que me pasó —dijo
Evans—. Se trata simplemente de que me veré obligado a... disminuirme a
mí mismo. Pienso que podría convertirse con facilidad en motivo de burla
si se llega a conocer en general que... —No
se divulgará —dijo Trumbull y, adelantándose a la próxima observación
con un gesto de cansada experiencia, prosiguió—: Tampoco nuestro
estimado mozo será un problema para usted. De todos nosotros, Henry es el
más confiable. Evans
carraspeó y sostuvo la copa de brandy entre el pulgar y el índice. —Ocurre
que soy encargado de personal. Mi tarea es ayudar a decidir si ésta o
aquella persona debe ser contratada, despedida, ascendida o relegada. A
veces llego a ser el tribunal supremo, porque he demostrado ser un experto
en la tarea. Dado que me han asegurado el carácter confidencial de lo que
afirme, puedo permitirme la auto-alabanza. —Diga
la verdad aunque sea auto-alabanza —dijo Trumbull—. ¿En qué sentido
ha demostrado ser un experto? —Cuando
se contrata a un hombre para un puesto delicado —dijo Evans— y muchos
de nuestros puestos son delicados porque por lo común manejamos enormes
cantidades de dinero, nosotros, como es lógico, nos apoyamos en toda
clase de datos de referencia que el solicitante, ya sea de afuera o esté
por obtener un ascenso interno, tal vez no tenga en cuenta. Sabemos mucho
sobre su medio ambiente, su carácter, su personalidad, su experiencia. »Sin
embargo eso no basta, como comprenderán. Saber que una persona se ha
desempeñado bien en cierto puesto no es un augurio seguro de que se
desempeñará bien en un cargo más responsable, o simplemente distinto.
Saber que se ha desempeñado bien en el pasado no nos indica bajo qué
tensiones está que pueden llevarlo a desempeñarse mal en el futuro.
Podemos no saber hasta qué punto disimula. La mente humana es un
misterio, caballeros. »Puede
ocurrir, entonces, que en ciertas ocasiones quede un margen de duda, a
pesar de toda la información que tenemos, y es entonces que lo dejan
librado a mi juicio. Durante muchos años mis juicios se han visto
justificados por la experiencia subsiguiente con los elegidos para uno u
otro puesto, y en muchos casos por experiencia indirecta con los que he
rechazado. Al menos así fue hasta... Evans
se quitó los anteojos y se frotó los ojos como consciente de que la visión
interna le había fallado... —Mis
superiores me estiman lo suficiente como para afirmar que un error en
veintitrés años es perdonable, pero eso no ayuda. En el futuro no
confiarán en mí como lo han hecho antes, y con razón, porque actué
demasiado pronto, y basado en un prejuicio. Gonzalo,
que le estaba dando los toques finales al bosquejo del invitado, que lo
hacía parecer extraordinariamente remilgado con la boca reducida a un
lugar. Dijo: —¿Contra
quién o contra qué tenías prejuicios? —Espero
que contra los artistas —dijo Rubin. —Dejen
hablar al pobre hombre —dijo Trumbull—. ¿El prejuicio tenía algo que
ver con fumar? Evans
se volvió a colocar los anteojos con cuidado y clavó los ojos en
Trumbull. —Tengo
un sistema que es imposible describir en palabras, porque se basa en parte
en la intuición y en parte en la experiencia. Soy un observador atento de
las insignificancias del comportamiento humano. Me refiero a las cosas
pequeñas. Elijo algo altamente característico de una persona en
particular, basado en un sentido instintivo que parezco tener. »Podría
tratarse del modo de fumar, por ejemplo. Si es así, tomo en cuenta cómo
maneja la persona el cigarrillo; cómo juguetea con él; el modo en que da
las pitadas; el intervalo entre pitadas; hasta dónde fuma la colilla; cómo
la apaga. Hay una complejidad infinita en la interacción entre una
persona y su cigarrillo. O cualquier otra cosa: un broche de corbata, los
dedos, la mesa que está ante ella. He estudiado la complejidad del
comportamiento minúsculo durante toda mi vida adulta, primero por
curiosidad y diversión y, muy pronto, con seria atención. Drake
sonrió apenas y dijo: —¿Quiere
usted decir que esas cositas le indican algo sobre la gente que
entrevista? —Sí,
así es —dijo Evans enfáticamente. —Está
bien. Ahí es donde entra el ángulo típico de Sherlock Holmes. ¿Y qué
puede decirnos de nosotros, entonces? Evans
sacudió la cabeza. —He
estado prestando poca atención profesional a cualquiera de ustedes.
Aunque lo hubiese hecho las condiciones no son adecuadas aquí para mis
propósitos y carezco del conocimiento auxiliar que investigaciones más
comunes habrían colocado sobre mi escritorio. Puedo decir muy poco sobre
ustedes. —De
todos modos esto no es un juego de salón, Jim —dijo Trumbull—. El señor
Evans puede decir que eres un adicto al tabaco que deja caer ceniza en la
sopa... Evans
pareció sorprenderse y dijo con rapidez: —A
decir verdad, el doctor Drake dejó caer ceniza en la sopa... —Y
yo también lo noté —dijo Trumbull—. ¿Cuáles son las condiciones
adecuadas para que usted estudie a la víctima? —Las
condiciones que he ido uniformando con los años. La persona que voy a
entrevistar entra a mi oficina sola. Se sienta en cierta silla bajo
determinada luz. Está bajo determinada presión y no hago nada por
aliviarla. Me lleva cierto tiempo elegir lo que observaré en detalle, y
después empezamos. —¿Qué
pasa si no encuentra nada que observar? —preguntó Gonzalo—. ¿Qué
pasa si la persona es un vacío completo? —Eso
nunca pasa. Siempre surge algo. —¿Surgió
algo cuando me entrevistó a mí? Evans
sacudió la cabeza. —Nunca
discuto ese tipo de cosas con los individuos implicados, pero puedo
decirle algo. Había un espejo en la habitación. Gonzalo
soportó la risa general y dijo: —Un
hombre apuesto tiene sus problemas. —Alguien
tenía que decírtelo un día —dijo Trumbull—. Señor Evans, ¿podría
ir al grano de su relato: sus dificultades? Evans
asintió y adquirió una expresión de infelicidad. Se volvió levemente y
le dijo a Henry: —¿Podría
traerme otra taza de café, por favor? —Claro
que sí, señor —dijo Henry. Evans
bebió un sorbo y dijo pensativo: —El
problema es que he observado el modo de fumar con tanta meticulosidad en
tantas ocasiones que he desarrollado un rechazo por los fumadores; un
prejuicio, si quieren; aunque yo mismo fume a veces. No llega a ser tan
intenso como le suyo, señor Trumbull, pero a veces estalla y en una ocasión
lo hizo para mi desgracia. »La
historia tiene que ver con dos hombres que habían trabajado en una
sucursal nuestra; podemos llamarlos... eh, Williams y Adams. Avalon
carraspeó y dijo: —En
su lugar, señor Evans, emplearía los nombres auténticos. Es muy
probable que durante la conversación lo haga, de todos modos. Recuerde
que aquí habla en confianza. —Aún
así intentaré la sustitución —dijo Evans—. Los dos hombres eran de
aspecto muy distinto. Williams era un hombre grande, corpulento, un poco
agachado de hombros y con un modo lento de hablar. Adams era más pequeño,
más derecho, y podía llegar a ser muy elocuente. »Los
dos tenían alrededor de treinta años; los dos eran igualmente hábiles,
según parecía, y habían desempeñado el empleo con la misma
efectividad; los dos parecían tener cualidades para una vacante clave que
se presentó en la oficina central. Los dos eran solteros, los dos
bastantes retraídos. Ambos llevaban vidas tranquilas y no parecían
demostrar elementos de inestabilidad en sus relaciones sociales... —¿A
qué se refiere? —interrumpió Halsted—. ¿Inestabilidad? —Ninguno
de los dos jugaba hasta llegar a extremos peligrosos —dijo Evans—.
Ninguno de los dos exhibía costumbres sexuales o personales que variaran
hasta tal punto con sus alrededores sociales como para hacerlos notables más
allá de lo común. Ninguno de los dos dejaba ver simpatías o antipatías
intensas que pudieran llevarlos a actos inesperados. Se habían hecho
amigos de un modo indulgente mientras trabajaban en la misma oficina pero
era sintomático de su muta carencia de intensidad emocional que, aunque
se trataba de la amistad más estrecha que ambos habían tenido, no era más
que una relación casual. Rubin
se echó hacia atrás en la silla, y dijo: —Bueno,
eso agita mi alma de escritor. Tenemos aquí dos tipos mansos, que
recorren el sendero de la vida sobre caminos paralelos, los dos serenos y
blandengues: y ahora descubren que compiten por el mismo empleo, un empleo
con más dinero y prestigio, y de pronto los corderos se transforman en
leones y se vuelven el uno contra el otro... —Nada
de eso —dijo Evans con impaciencia—. Había competencia entre los dos,
desde luego. Eso no podía evitarse. Pero ni antes ni después hubo
indicios de que la rivalidad tuviera una salida violenta. »Los
dos habían aprovechado la política de la compañía de alentar una mayor
educación y se habían anotado en cursos de computación que nosotros
supervisábamos. Ambos se habían destacado. Era difícil elegir entre
ellos. Todos los datos con que contábamos indicaban, algo bastante
sorprendente, que Williams (el lento y chapucero Williams) era en realidad
el más inteligente de los dos, por un pelo. Sin embargo había dudas; por
algún motivo no parecía más inteligente que el veloz organizado Adams.
Así que lo dejaron a mi cargo, con la confianza que solía tener en mis métodos...
—¿Pretende
usted decirnos que su compañía sabía que usted juzgaba a los hombres
por el modo en que jugueteaban con clips y cosas así? —dijo Trumbull. —Lo
sabían —dijo Evans un poco a la defensiva—, pero también sabían que
mis recomendaciones demostraban ser invariablemente precisas en los
resultados. ¿Qué más podían pedir? Terminó
su café y prosiguió. —Vi
a Williams primero, porque tenla la sospecha de que podía ser el hombre
indicado. No iba a rechazar al mejor cualificado simplemente porque
hablara con lentitud. Supongo —y suspiró—, que todo habría sido
distinto por completo si hubiese visto antes a Adams pero no podemos
acomodar las circunstancias pasadas a nuestra conveniencia, ¿verdad? »Williams
parecía claramente nervioso, pero en verdad eso no era poco común. Le
hice algunas preguntas de rutina mientras estudiaba su conducta. Noté que
movía el índice derecho sobre el escritorio como si escribiera palabras,
pero se detuvo cuando me sorprendió mirándole la mano; tendría que
haber sido más cuidadoso entonces. No había decidido realmente qué
estudiar, cuando él tomó los cigarrillos y los fósforos. —¿Qué
cigarrillos? —preguntó Rubin. —Siempre
tengo un paquete de cigarrillos sin abrir sobre el escritorio, junto con
una caja de fósforos, algunos clips, un bolígrafo, y otros objetos pequeños
que la persona entrevistada pueda tomar con facilidad. Existe una gran
tendencia a tocarlos y eso me puede ser útil. Por ejemplo, con frecuencia
juegan con el paquete de cigarrillos, pero rara vez lo abren. »Sin
embargo Williams abrió el paquete y eso me tomó por sorpresa, debo
confesarlo. Su expediente no había mencionado que fuese muy fumador, y
para que alguien se sirva los cigarrillos del entrevistador sin permiso
sería necesaria una fuerte adicción. Evans
cerró los ojos como si proyectara la escena sobre la superficie interna
de los párpados, y dijo: —Ahora
puedo entenderlo. Tomé conciencia de una incongruencia en lo que pasaba
cuando él se llevó el cigarrillo a los labios en un intento de fingir
serenidad que fracasó por completo. Fue entonces que empecé a observar,
dado que la incompatibilidad de la arrogancia que lo llevó a tomar un
cigarrillo sin permiso y la timidez con que manejaba el cigarrillo me llamó
la atención. »Tenía
los labios secos, así que tuvo que quitarse el cigarrillo por un momento,
y humedecerse los labios con la lengua. Después volvió a colocárselo en
los labios y lo dejó allí como si tuviera miedo de que se le cayera.
Parecía cada vez más nervioso y ahora yo no observaba otra cosa que su
mano y el cigarrillo. Estaba seguro de que me dirían todo lo que deseaba
saber. Le oí encender un fósforo Y, aún sosteniendo el cigarrillo, lo
encendió con el fósforo en la mano izquierda. »Pareció
vacilar, dio una o dos pitada cortas mientras yo observaba y después,
como conciente de algún modo de que a mí no me impresionaba su actuación,
inhaló profundamente, y de inmediato entró en un ataque prolongado y al
parecer peligroso de tos. Resultó que no fumaba. Evans
abrió los ojos. —Eso
surgió de inmediato, desde luego. Al parecer, tuvo la impresión de que
si fumaba me impresionaría como un tipo mundano y competente. Sabía que
tenía aspecto de chapucero y quería contrarrestarlo. Hizo exactamente lo
contrario. Fue un intento de usarme, de hacerme pasar por tonto, y yo
estaba furioso. Traté de no demostrarlo, pero supe de inmediato que bajo
ninguna circunstancia recomendaría a Williams para el trabajo. »Y
eso fue desastroso desde luego. Si hubiese visto primero a Adams,
seguramente lo habría entrevistado de modo más meticuloso. Como se
dieron las cosas, una vez descartado Williams, me temo que traté a Adams
sin atención. Lo recomendé después de la más sencilla interacción. ¿Es
de asombrarse que mi prejuicio contra el cigarrillo se haya intensificado
y que me sienta ahora más inclinado que antes a simpatizar con su punto
de vista, señor Trumbull? —Entiendo
que el señor Adams demostró ser incompetente en el empleo. —Para
nada —dijo Evans—. Durante dos años lo cumplió del modo que yo había
predicho en mi informe después del examen inadecuado. En realidad, fue
brillante. En una cantidad de casos tomó decisiones que mostraron auténtico
coraje que al concretarse demostraron ser correctas. »De
hecho estaba a la espera de otro ascenso cuando un día desapareció, y
con él más de un millón de dólares en bienes de la compañía. Cuando
se estudió la cuestión, parecía que había sido lo bastante inteligente
y arriesgado como para jugar exitosamente con una computadora, y que sus
valientes decisiones, que todos habíamos aplaudido, formaban parte del
juego. Si yo lo hubiese examinado a fondo como debiera haberlo hecho, no
se me habría pasado por alto ese rasgo de astucia y paciencia. Era obvio
que había planeado el trabajo durante años y que había estudiado
computación con esa idea y con el objeto de tener cualidades para el
puesto que por fin obtuvo. Desastroso, realmente desastroso. —Más
de un millón es algo desastroso, estoy de acuerdo —dijo Drake. —No,
no —dijo Evans—. Me refiero al golpe que recibió mi orgullo ya mi
posición dentro de la compañía. En el aspecto financiero, no es un gran
golpe. Estábamos asegurados y tal vez recuperemos lo robado algún día.
A decir verdad, se hizo justicia, de un modo un poco crudo. Adams no se
salió con la suya; en realidad está muerto —Evans sacudió la cabeza y
pareció deprimirse. »Además
de forma bastante brutal, me temo —prosiguió—. Se había perdido, con
deliberación y éxito, en una de las conejeras de la ciudad, disfrazado más
por un nuevo estilo de vida que por algo físico, vivía de sus ahorros y
no tocaba lo que había robado, y esperaba paciente que el tiempo le diera
una relativa seguridad. Pero peleó con alguien y lo acuchillaron. Lo
llevaron a la morgue y fue identificado por las huellas dactilares. Eso
pasó hace unos seis meses. —¿Quién
lo mató? —preguntó Gonzalo. —Eso
no se sabe. La teoría de la policía es ésta: el índice de intimidad de
un barrio bajo es escaso y de algún modo tiene que haberse divulgado el
hecho de que Adams tenía algo oculto. Tal vez bebió un poco para olvidar
la vida bastante miserable que llevaba mientras esperaba para estar a
salvo y rico, y tal vez habló un poco de más. Alguien trató de
participar del botín; Adams se resistió; y Adams murió. —¿Y
quien lo mató se apoderó del botín? —La
policía cree que no —dijo Evans—. Nada de lo robado salió a la
superficie en los seis meses posteriores al asesinato de Adams. Además
podría haber tenido la paciencia de sentarse sobre una fortuna y quedarse
oculto, pero el ladrón promedio no lo haría. Así que la policía piensa
que el tesoro sigue donde Adams lo guardó. Halsted
hizo el gesto característico de rozarse con una mano su alta frente, como
controlando si el cabello había vuelto a su sitio original, y dijo
pensativo: —¿No
pueden revisar el conocimiento de la compañía sobre los detalles de la
vida y la personalidad de Adams y elaborar una especie de perfil psicológico
que indique dónde podrían estar ubicados los bienes robados? —Yo
mismo lo hice —dijo Evans—, pero la respuesta con la que dimos fue que
un hombre como Adams los ocultaría de modo muy ingenioso. Y eso no nos
sirve de nada. —Tengo
una idea —dijo Avalon, dando un fuerte golpe con la mano sobre la
mesa—. ¿Dónde está Williams? El otro hombre, el que perdió, quiero
decir. —Sigue
en el antiguo empleo, y desempeñándose bien —dijo Evans. —Bueno,
podrían consultarlo a él —dijo Avalon—. Eran amigos. Podría saber
algo que la compañía no sabe, algo vital que él ni soñaría que es
vital. —Sí
—dijo Evans secamente—. Eso se nos ocurrió y lo entrevistamos. Fue inútil.
Vean, la amistad entre ambos había sido bastante poco profunda, desde un
principio, pero había cesado por completo... después del incidente de
las entrevistas. »Parece
que Adams, con motivos supuestamente amistosos, le aconsejó a Williams
que fumara para demostrar serenidad e indiferencia. Adams le había dicho
que su aspecto de grandullón de movimientos y palabras lentas hacía una
mala primera impresión y que tenía que hacer algo al respecto. »La
repetición frecuente del consejo de Adams hizo efecto justamente en el
momento equivocado para Williams. Sentado en mi oficina y con una aguda
conciencia de que su aspecto dejaba que desear, no pudo resistir la
tentación de tomar los cigarrillos... con resultados desastrosos. El
pobre hombre culpaba a Adams de lo ocurrido, aunque él actuó y tiene que
aguantar la responsabilidad él mismo. Sin embargo, eso terminó con la
amistad y no pudimos enterarnos de nada útil por boca de Williams. —¡Aguarden
un momento! ¡Aguarden un momento! —interrumpió Gonzalo, excitado—.
¿Acaso Adams no podría haberlo preparado con deliberación de ese modo;
algo como hipnotizar a Williams para que actuara? ¿No podría haberlo
preparado como para que Williams decidiera tomar el cigarrillo en un
momento crucial? La entrevista sería el momento crucial; Williams quedaría
eliminado; Adams obtendría el empleo. —No
acepto semejante maquiavelismo —dijo Evans—. ¿Cómo podía saber
Adams que habría cigarrillos a mano justo en esa ocasión? Demasiado
improbable. —Además
—dijo Avalon— ese tipo de manipulación de los seres humanos, digna de
halago, funciona bien en escena pero no en la vida real. Después
de eso se hizo un silencio y Trumbull dijo al fin: —Eso
es todo, supongo. Un pillo, ahora muerto, y un montón de bienes robados,
ocultos en alguna parte. No podemos hacer mucho con eso. Creo que ni
siquiera Henry podría hacer algo con eso. —Miró hacia Henry, que
estaba pacientemente parado junto al copero—. ¡Henry! ¿Por casualidad
podrías decirnos dónde puede estar el escondite del botín mal habido? —Creo
que sí, señor —dijo Henry con calma. —¿Qué?
—dijo Trumbull. —¿Bromea?
—dijo Evans en dirección a Trumbull. —Creo
que es posible —dijo Henry—, sobre la base de lo que oímos esta
noche, elaborar lo que puede haber pasado en realidad, —¿Qué
otra cosa puede haber pasado en realidad fuera de lo que les conté?
—dijo Evans, indignado—. Esto no tiene sentido. —Creo
que tendríamos que escuchar a Henry, señor Evans —dijo Trumbull—. Él
también tiene un sexto sentido. —Bueno
—dijo Evans—, entonces tiene la palabra. —Se
me ocurre —dijo Henry— que debido al tonto comportamiento del señor
Williams en la entrevista usted se vio obligado prácticamente a
recomendar al señor Adams... sin embargo cuesta creer que el señor
Williams fuera tan estúpido como para imaginar que podría fingir que
fumaba si no era un fumador. Es bien sabido que quien no fuma toserá si
inhala humo de cigarrillo por primera vez. —Williams
dice que Adams le engañó y lo llevó a hacerlo —dijo Evans—. Es más
probable que se tratara de estupidez. Tal vez cueste creer que una persona
pueda ser estúpida, pero bajo presión algunas personas muy inteligentes
hacen estupideces y ésta fue una de esas ocasiones. —Puede
ser —dijo Henry— y puede ser que estemos considerando las cosas al revés.
Tal vez no fue Adams quien engañó a Williams y lo llevó a tratar de
fumar, obligándolo a usted a recomendar a Adams para el empleo. Puede ser
que Williams lo hiciera deliberadamente para obligarlo a usted a
recomendar a Adams para el empleo, —¿Por
qué iba a hacerlo? —dijo Evans. —¿No
podrían haber trabajado los dos en combinación... con Williams como
cerebro de la pareja? Williams dispuso que Adams hiciera el trabajo
concreto mientras él permanecía en las sombras y dirigía las
actividades. ¿Y no podría Williams preparar después un asesinato con la
misma inteligencia con que había preparado el robo, y quedarse con las
ganancias? Y si así fuera, ¿no sería de esperar que en este momento
Williams conociese el lugar exacto donde están los bienes robados? Evans
se limitó a mirarlo incrédulo y le tocó a Trumbull expresar con
palabras la estupefacción general: —Has
sacado eso del aire, Henry. —Pero
encaja, señor Trumbull. Adams no podría haber preparado el intento de
fumar. No habría sabido que los cigarrillos estaban allí. Williams lo
sabía; estaba sentado allí. Tal vez se le había ocurrido otra cosa para
hacer entrar por la fuerza a Adams en el empleo pero, al ver los
cigarrillos, los empleó. —Pero
sigue siendo algo sin fundamento, Henry. No hay evidencias. —Piénsenlo
—dijo Henry con vehemencia—. Alguien que no fuma difícilmente pueda
fingir que es un fumador. Toserá; nada podrá impedirlo. Pero cualquiera
puede toser a voluntad; una tos nunca necesita ser auténtica. ¿Y si en
realidad Williams era un consumado fumador que había dejado de fumar
alguna vez? Para él habría sido lo más fácil del mundo fingir que era
un no fumador fingiendo que tosía sin control. Evans
sacudió la cabeza con obstinación. —No
hay nada que indique que Williams fue un fumador. —¿Seguro?
—dijo Henry—. ¿Acaso es sensato, señor, que usted se concentre de
tal modo en una variedad en particular del modo de comportarse cuando
entrevista a un candidato? ¿No podría pasársele por alto algo crucial
que no integra el modo de comportarse inmediato que usted estudia? —No
—dijo Evans con frialdad. —Usted
observaba el cigarrillo, señor, y nada más —dijo Henry—. No
observaba el fósforo con el que lo encendieron. Usted dijo que oyó
raspar el fósforo, no lo vio. —Sí,
¿y con eso qué? —En
estos días, sólo se emplean los fósforos para los cigarrillos —dijo
Henry—. Alguien que no fuma en una era en que la electricidad lo hace
todo y hasta las cocinas a gas tienen llama piloto, puede pasar fácilmente
años sin raspar un fósforo. De eso se desprende que un no fumador que no
puede inhalar humo sin toser no puede manejar una caja de fósforos con
destreza. Sin embargo usted describió a Williams como que sostenía el
cigarrillo con la mano derecha y empleaba sólo la izquierda para
encenderlo. —Sí.
—Un
fumador poco hábil —dijo Henry—, con seguridad habría usado las dos
manos para encender el cigarrillo, una para sostener la caja de fósforos
y una para sacar el fósforo y frotarlo contra la parte áspera. Un
fumador habilidoso que fingiera ser poco hábil podría concentrarse tanto
en asegurarse que manejaba el cigarrillo con el correspondiente toque de
aficionado como para olvidarse de hacer lo mismo con el fósforo. En
verdad, olvidándose por completo del fósforo, podría, abstraído,
emplear el tipo de técnica que sólo un consumado fumador podría haber
aprendido y encender el fósforo con una sola mano. Le he visto hacer algo
semejante al doctor Drake. Drake,
que durante el último minuto había reído para sus adentros hasta
provocarse un ataque de tos, logró decir: —Ya
no lo hago con frecuencia, porque ahora uso encendedor, pero es algo así.
Sostuvo
una caja de fósforos en la mano izquierda, dobló en dos uno de los fósforos
con el pulgar izquierdo para que la cabeza entrara en contacto con la
parte áspera de la caja. Un rápido golpe lo encendió. —Eso
es lo que tiene que haber hecho Williams —dijo Henry—, y ese modo de
encender el fósforo con una sola mano señala a un fumador consumado con
mucho mayor seguridad que aquella con la que cualquier cantidad de datos
pueda separar a un no fumador. Si la policía investiga lo suficiente en
su vida pasada, llegarán a una época en que fumaba. Su actuación en su
oficina, señor Evans, parecerá entonces exactamente lo que fue: una
actuación. —Por
Dios, sí —dijo Trumbull—, y puede preservar el carácter confidencial
del club. Sólo cuéntele a la policía lo que usted recuerda: lo que
recuerda realmente, lo que nos contó esta noche. —Pero
no haberme dado cuenta de eso —dijo Evans, confundido—, me hará
parecer más tonto Que nunca. —No —dijo Henry con suavidad—, si su declaración lleva a la solución del crimen. |
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| Postfacio | ||||||||
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“Prohibido
fumar”, apareció en el número de diciembre de 1974 del Ellery
Queen's Mystery Magazine con el título de “Confesiones de un
fumador de cigarrillos norteamericano”. Cada
vez soy más fanático en el asunto de los cigarrillos. En este relato
Trumbull expresa mis puntos de vista. No permito que se fume ni en mi
departamento ni en mi oficina, pero uno se ve limitado en sus poderes
dictatoriales en otros sitios. A decir verdad las reuniones del club Arañas
Puerta-Trampa son espantosas por el humo... como casi todas las reuniones
a las que asisto. Como
es lógico, no hay nada que yo pueda hacer directamente, salvo quejarme
cuando la ley me apoya. (Una vez le arrebaté el cigarrillo de la mano a
una mujer que fumaba bajo un cartel de “Prohibido fumar” en un
ascensor y que no quiso apagarlo cuando le pedí, cortésmente, que lo
hiciera). Sin embargo ayuda un poco escribir un relato que expresa mis
puntos de vista. |
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