LORENZO

servidor

ISAAC ASIMOV's

Marooned off Vesta

Varados Frente a Vesta

—¿Quieres hacer el favor de dejar de caminar de un lado a otro? —dijo Warren Moore desde la cucheta—. Nadie se beneficiará con ello. Piensa en nuestras bendiciones. Estamos herméticamente sellados, ¿no?

Mark Brandon giró para mostrar los dientes y escupir rabiosamente.

—Me alegra que eso te satisfaga. Por supuesto no sabes que nuestras reservas de aire durarán sólo tres días. —Desafiante reanudó su interrumpida caminata.

Moore bostezó, se estiró y adoptó una posición más cómoda antes de contestar.

—El uso de tanta energía sólo ayudará a consumirla más rápidamente. ¿Por qué no sigues el ejemplo de Mike, y tomas las cosas con calma?

"Mike" era Mike Shea, hasta ayer miembro de la tripulación del Silver Queen. Su cuerpo rechoncho descansaba sobre la única silla de la habitación, y sus pies sobre la única mesa. A la mención de su nombre levantó la cabeza, y ensanchó la boca en una sonrisa torcida.

—Hay que esperar que pasen cosas como esta de tanto en tanto —dijo—. Cabalgar los asteroides es un asunto riesgoso. No deberíamos haber tomado el atajo. Hubiésemos demorado más, pero el camino era el único seguro. Pero no, el capitán quería cumplir el horario; tenía que pasar... —Mike escupió con rabia— y aquí estamos...

—¿Qué es el atajo? —preguntó Brandon.

—Pienso que nuestro amigo Mike sugiere que deberíamos haber evitado el cinturón de asteroides, siguiendo una ruta fuera del plano de la elíptica —contestó Moore—. ¿No es así, Mike?

Mike dudó antes de contestar cautelosamente:

—Sí, supongo que es así.

Moore sonrió plácidamente y continuó.

—Bueno, yo no le echaría demasiada culpa al capitán Crane. La pantalla de repulsión debe haber fallado cinco minutos antes de que ese pedazo de granito nos chocara. Eso no fue culpa suya, aunque por supuesto deberíamos haber evitado el depender de la pantalla. La Silver Queen se deshizo en pedazos, y es realmente un milagro que esta parte de la nave permaneciese intacta y, lo que es más, hermética.

—Tienes un concepto curioso acerca de la suerte, Warren —interrumpió Brandon—. Siempre lo has tenido, por lo menos desde que te conozco. Aquí estamos, en la décima parte de una nave espacial, que consiste de sólo tres cuartos intactos, con aire suficiente para tres días y ninguna perspectiva de seguir viviendo después, y tú tienes la infernal osadía de discursear acerca de la suerte.

—Comparado con otros que murieron instantáneamente cuando nos chocó el asteroide, hemos tenido suerte.

—Eso piensas, ¿eh? Bueno, déjame informarte que la muerte instantánea no es tan mala comparada con la que vamos a tener que pasar. Morir sofocado es una manera sumamente desagradable de morir.

Moore aventuró una esperanza.

—Tal vez encontremos una salida...

—¡Por qué no enfrentamos la realidad! —Brandon tenía el rostro encendido y la voz le temblaba—. Estamos condenados les digo. ¡Terminados!

Mike envolvió a ambos con la mirada, dudando, antes de toser para atraer la atención.

—Bueno, señores, ya que todos estamos metidos en el mismo lío no tiene sentido mezquinar las cosas. —Sacó del bolsillo una pequeña botella que contenía un líquido verdoso—. Esto es Jabra, graduación A, y no soy tan orgulloso como para no compartirlo equitativamente.

Al verlo Brandon exhibió el primer signo de agrado en algo más de un día:

—Agua Jabra, de Marte. ¿Por qué no lo dijiste antes? —Una mano firme aprisionó su muñeca en el momento en que estaba por asir la botella. Al levantar la vista se topó con los calmos ojos azules de Warren Moore.

—No seas tonto. No hay suficiente como para mantenernos borrachos durante tres días. ¿Qué quieres hacer? ¿Mamarte ahora y morir 1uego completamente sobrio? Ahorremos esto para las últimas seis horas, cuando; el aire se enrarezca y duela respirar; entonces nos terminaremos la botella y nunca sabremos ni nos importará cómo llegó el final.

Brandon dejó caer la mano.

—Caramba, Warren. Sangrarías hielo si te llegaras a cortar. ¿Cómo puedes pensar tan juiciosamente en un momento como este? —Hizo un gesto y la botella volvió a su lugar. Luego caminó hasta el ojo de buey y miró hacia fuera.

Moore se acercó para poner el brazo cariñosamente sobre el hombro del joven.

—¿Por qué amargarse, viejo? No puedes aguantar este ritmo. Dentro de veinticuatro horas estarás completamente loco.

No recibió contestación. Brandon tenía la mirada fija en el globo que llenaba la casi totalidad del ojo de buey.

—Mirar a Vesta tampoco servirá de mucho —agregó Moore.

Mike Shea se acercó.

—Estaríamos a salvo con sólo estar allá abajo, en Vesta. Hay gente allí. ¿A qué distancia estamos?

—No a más de trescientas o cuatrocientas millas a juzgar por su tamaño —contestó Moore—. No olvidemos que su diámetro es de sólo doscientas millas.

—Trescientas millas de la salvación —murmuró Mike—. Lo mismo sería si estuviésemos a un millón. Si por lo menos hubiese un medio de salir de la órbita que ha adoptado este maldito fragmento; alguna manera de darnos un empujón para empezar a caer. No habría peligro de estrellarnos porque el enano ese no tiene suficiente gravedad para aplastar un merengue.

—Tiene suficiente como para mantenernos en la órbita —retrucó Brandon—. Debe habernos atraído mientras estábamos inconscientes, después del choque. Lástima que no llegamos más cerca, tal vez podríamos haber aterrizado.

—Curioso lugar, Vesta —observó Mike Shea—. He estado allí dos o tres veces. ¡Un bodrio! Todo cubierto de una sustancia como nieve, sólo que no es nieve. No recuerdo cómo se llama.

—¿Carbón dióxido congelado? —aventuró Moore.

—Sí, hielo seco, así es ésa cosa carbonífera. Dicen que es eso lo que le da su brillo a Vesta.

—¡Claro! Eso le daría un alto albedo.

Mike le endilgó una mirada cargada de sospecha a Moore, y decidió dejar pasar el asunto.

—Es difícil ver nada a causa de la nieve, pero si se mira con atención —señaló con el dedo— se puede ver una especie de mancha gris. Creo que es la cúpula de Bennett, que es donde tienen el observatorio. Y allá está la cúpula de Calorn, un depósito de combustible. Hay muchas más, pero no alcanzo a verlas.

Vaciló antes de dirigirse a Moore.

—Escucha, jefe. He estado pensando. ¿No nos estarán buscando al haberse enterado del accidente? ¿Y no les sería fácil encontrarnos, viendo lo cerca que estamos de Vesta?

Moore sacudió la cabeza.

—No Mike, nadie se va a enterar del accidente hasta el momento en que la Silver Queen no aparezca a horario. Cuando el asteroide nos embistió no tuvimos tiempo de mandar un S.O.S. —Luego de lanzar un suspiro, continuó—: Tampoco nos buscarán desde Vesta. Somos tan chiquitos que aun a esta distancia no podrían vernos a menos que supiesen qué es lo que están buscando y exactamente dónde mirar.

—Hum. —Mike arrugó la frente señal de profundos pensamientos—. Entonces tendremos que llegar a Vesta antes de que expire el plazo de tres días.

—Tienes la clave del asunto, Mike. Si supiésemos cómo encararlo...

De pronto Brandon explotó.

—Por amor de Dios dejen de hablar pavadas y hagan algo. ¡Hagan algo!

Moore se encogió de hombros y sin contestar volvió a la cucheta. Se estiró cómodamente, aparentando no tener preocupaciones, pero una pequeña arruga entre los ojos delataba su  concentración. No existía la más mínima duda; estaban en pésima situación y tal vez por veinteava vez pasó revista a los acontecimientos del día anterior.

Después del choque con el asteroide que desgarró la llave, él se había apagado como una vela. Por cuánto tiempo no sabía, por habérsele roto el reloj y no existir otro. Cuando volvió en sí se encontró que él, su compañero de cabina Brandon y Mike Shea; un miembro de la tripulación, eran los únicos ocupantes de lo que quedaba del Silver Queen.

Este trozo giraba ahora en órbita en torno a Vesta, y por el momento la situación era más o menos cómoda. La reserva de alimentos alcanzaba para una semana. Además había un Gravitador regional bajo la habitación que los mantenía y los mantendría en peso normal por tiempo indefinido, por cierto por mucho más de lo que alcanzaría el aire. El sistema de iluminación no era satisfactorio pero se había mantenido hasta el momento.

Sin embargo no existía duda de dónde se encontraba el meollo de la cuestión. ¡Aire para tres días! No es que faltasen otros factores descorazonantes, como ser la falta de calefacción aunque se necesitaría mucho tiempo para que la nave inyectase suficiente calor en el vacío de espacio como para llegar a incomodarlos. Lo más importante era que ese resto de aeronave carecía de medios de comunicación y de un mecanismo de propulsión. Moore suspiró. Un solo reactor a combustible en buenas condiciones y asunto arreglado, pues un solo envión, bien orientado; los haría llegar sanos y salvos a Vesta.

La arruga entre los ojos se hizo más pronunciada. ¿Qué hacer? Tenían un solo traje espacial para los tres, un radiador de calor y un detonador. Esa era la suma total de elementos espaciales hallados al cabo de una cuidadosa búsqueda por las partes accesibles de la nave. Una situación bastante desesperante, sin duda alguna.

Volvió a encogerse de hombros, se levantó, y se sirvió un vaso de agua, que tragó mecánicamente mientras su mente seguía considerando el problema. De pronto tuvo una idea, y se quedó mirando el vaso vacío que tenía en la mano.

—Oye, Mike, ¿cómo andamos de agua? Qué raro que no haya pensado en ello antes.

Mike abrió los ojos al máximo, esbozando un gesto de divertida sorpresa.

—¿No lo sabía, jefe?

—¿Sabía qué?

—Que tenemos toda el agua con que salimos. —Agitó la mano en un gesto que abarcaba todo, pero al notar la expresión de total desconcierto de Moore, creyó necesario ampliar su declaración— ¿No se da cuenta? Nos queda el tanque principal donde está almacenada la totalidad del stock de agua de la nave. —Señaló una de las paredes.

—¿Quieres decir que hay un tanque lleno de agua lindando con nosotros?

Mike asintió vigorosamente.

—Sí, una tina cúbica de cien pies por lado, ¡y tres cuartos llena!

Moore no salía de su asombro.

—Setecientos cincuenta mil pies cúbicos de agua —agregando de pronto—: ¿y cómo es que no se ha perdido por uno de los caños rotos?

—No tiene más que una salida principal que corre a  lo largo del corredor frente a esta pieza. Yo estaba arreglando ese caño cuando nos agarró el asteroide y alcancé a cerrarlo. Cuando recobré el conocimiento abrí el caño que conduce a nuestra canilla, y esa es la única salida que existe ahora.

Una curiosa sensación comenzó a gestarse en su interior; una idea semi—formada en su mente que por más que Moore quisiese no podía sacar a la luz. Sólo sabía que lo que acababa de escuchar encerraba algo importante, esquivo aún, pero importante.

Entretanto Brandon que había estado escuchando a Shea en silencio, emitió una breve carcajada desprovista de todo humor.

—Por lo visto el destino se está divirtiendo a costa nuestra. En primer lugar nos coloca al alcance de un sitio seguro, y enseguida se encarga de que no podamos llegar a él. Después nos provee de comida para una semana, aire para tres días, y agua para un año. Agua para un año, ¿entienden? Suficiente para beber, para hacer gárgaras, para lavarse y bañarse y... cualquier cosa que uno desee. ¡Agua... al diablo con el agua!

—Vamos, Mark, tómalo en solfa —dijo Moore intentando quebrar la melancolía del joven—. Haz de cuenta que somos un satélite Vesta, y lo somos. Tenemos nuestro propio período de revolución y de rotación; un ecuador y un eje. Nuestro "polo Norte" está ubicado más o menos en la parte superior del ojo de buey, apuntando hacia Vesta, y el "Sur" en dirección opuesta, atravesando el tanque de agua. Como satélite tenemos una atmósfera y ahora, como ves, un océano recientemente descubierto. Hablando en serio no estamos tan mal. Nuestra atmósfera se mantendrá durante los tres días, podremos comer doble ración y beber agua hasta el cansancio. Qué diablos, tenemos agua para tirar...

La idea en gestación de pronto maduró, y el gesto displicente con que acompañó la declaración anterior quedó congelado en el aire. Cerró la boca con firmeza a la vez que levantaba la cabeza, pero Brandon, sumido en sus propios pensamientos, no se percató de los extraños gestos de Moore.

—¿Por qué no completas tu analogía de un satélite? —preguntó con desprecio—. ¿O en tu calidad de Optimista Profesional ignoras los hechos desagradables? Si yo fuera tú continuaría en esta forma: —imitando la voz de Moore prosiguió—: Hasta el presente el satélite es habitable y se encuentra habitado, pero debido a una inminente pérdida de aire se espera que en tres días se convertirá en un mundo muerto. Bueno, ¿por qué no contestas? ¿por qué insistes en hacer una broma de todo esto? No ves que... ¿qué pasa...?

Dijo esto en tono de sorpresa, y en verdad los gestos de Moore lo justificaban. Se había puesto de pie, y luego de darse un fuerte palmazo en la frente, quedó callado e inmóvil, mirando la lejanía a través de párpados que gradualmente se iban entornando. De pronto estalló.

—¡Lo tengo! ¿Cómo no pensé en ello antes? —Después el resto de su discurso se hizo ininteligible, mientras Brandon y Shea lo observaban, mudos y perplejos.

Cuando Mike sacó a relucir la botella de Jabra, Moore la apartó con impaciencia, y entonces, sin previo aviso, Brandon lo calzó con un puñetazo que lo mandó al piso.

—¿A santo de qué hiciste eso? —se quejo Moore frotándose el mentón, sorprendido ante la inesperada acción de Brandon que siguió gritando.

—Ponte de pie y lo haré de nuevo. No aguanto más; estoy harto de ser sermoneado y de escuchar tus pavadas. Tú eres el que se está volviendo loco.

—Loco no, tal vez un poco sobreexcitado, pero por amor de Dios escuchen. Creo saber cómo...

—Sí ¿eh? ¿Crees saber? Bueno, no lo acepto. Vas a alimentar nuestras esperanzas con algún plan idiota, para luego descubrir que no va, pero yo le voy a encontrar un verdadero uso al agua; te voy a ahogar en ella y así ahorrar un poco del aire.

Moore perdió el dominio de sí mismo.

—Mira, Mark, no te incluyo en esto. Lo voy a intentar solo. No necesito tu ayuda ni la quiero. Si estás tan seguro de morir, tienes un radiador de calor y un detonador: las dos armas en las cuales se puede confiar. Elige y mátate; Shea y yo no vamos a impedirlo.

El labio de Brandon se curvó en un débil y postrer gesto de desafío, pero enseguida capituló, total y abyectamente.

—Está bien, Warren, estoy contigo. Creo que no sabía muy bien lo que estaba haciendo. No me siento bien, Warren yo...

—Está bien, muchacho —dijo Moore, genuinamente apenado—. Sé cómo te sientes pues estoy en el mismo brete, pero no debes rendirte. Pelea o te volverás loco de remate. Ahora trata de dormir y deja que yo me encargue de todo. Todavía vamos a salir de ésta.

Brandon llevó su mano a la frente dolorida, trastabilló hasta la cucheta y se dejó caer. Un llanto silencioso lo sacudió mientras Moore y Shea hacían de incómodos espectadores.

 

Por fin Moore codeó a Mike.

—Vamos —susurró— manos a la obra; a hacer historia. El compartimiento número cinco está al final del corredor, ¿verdad? —Ante el asentimiento de Shea preguntó—: ¿Está herméticamente cerrado?

—Bueno —repuso Shea luego de pensarlo bien— la puerta interna sí, pero no sé si la externa. Puede muy bien haberse convertido en un colador. Cuando inspeccioné la pared para saber si seguía hermética no me animé a abrir la puerta interna, pues de haberle pasado algo a la externa ¡zas! —y acompañó la exclamación con un gesto por demás expresivo.

—Entonces —dijo Moore— nos corresponde averiguar de inmediato el estado de la puerta externa. De alguna manera tendré que salir y arriesgarme. ¿Dónde está el traje espacial?

Descolgó la solitaria prenda de su lugar en el armario, lo colocó sobre su hombro y salieron al largo pasillo, pasando frente a puertas cerradas, barreras herméticas tras las cuales quedaban las cavidades abiertas que antes fueran cuartos de pasajeros. Al final del pasillo se detuvieron frente a la puerta hermética del compartimiento número cinco, que Moore inspeccionó cuidadosamente.

—Parece estar bien pero por supuesto no puede saberse qué hay fuera. ¡Dios mío, espero que funcione! —Frunció el ceño y agregó—: Claro que podríamos usar la totalidad del pasillo como un compartimiento estanco, con la puerta de nuestra habitación como puerta interna y ésta como la externa, pero eso significaría la pérdida de la mitad de nuestra reserva de aire, y no nos podemos permitir ese lujo... por ahora.

Volviéndose hacia Shea dio la orden.

—El indicador muestra que la cerradura fue usada la última vez para entrar, de modo que tendría que estar llena de aire. Abre la puerta apenas un poquito, y si hay ruido de aire ciérrala de inmediato.

—Va —contestó Shea, y movió la palanca una línea. El mecanismo había sufrido ante el impacto del choque, y el suave y silencioso accionar de antes había sido reemplazado por un áspero y arrastrado ruido. Sin embargo seguía funcionando. Una tenue línea negra apareció a la izquierda de la cerradura para indicar que la puerta había cedido un cuarto de pulgada.

¡No hubo ruido de escape de aire!, y la expresión ansiosa de Moore cedió un poco. Sacó un cartoncito del bolsillo y lo sostuvo contra la abertura. De haber escape de aire el cartón se hubiese mantenido allí, empujado por el escape de gas, pero cayó al piso. Mike Shea humedeció un dedo y lo puso frente a la misma hendija.

—Gracias a Dios —dijo— ni señales de corriente.

—Bien —dijo Moore— Muy bien. Abrela más. Vamos.

Otra línea y la hendija se ensanchó, siempre sin escape de aire. Lenta, muy lentamente, línea tras línea, crujiendo, se fue abriendo más y más. Ambos hombres retuvieron la respiración, temerosos de que la puerta exterior aunque no estuviese perforada, hubiese recibido golpes capaces de debilitarla y hacer que en cualquier momento se desplomase. ¡Pero se mantuvo! y Moore, loco de contento, comenzó a meterse dentro del traje espacial.

—Las cosas van muy bien, Mike. Ahora siéntate y espérame. No sé cuánto voy a tardar, pero regresaré. ¿Dónde está el radiador de calor?

—¿Pero qué vas a hacer? —preguntó Shea mientras le pasaba el rayo.

Moore hizo una pausa antes de ajustarse el casco.

—¿No me escuchaste decir adentro que teníamos agua suficiente como para tirar? Bien, lo he estado pensando y la idea no es tan mala. La voy a tirar. —Sin otra explicación se metió en la compuerta, dejando tras de sí a un muy intrigado Mike Shea.

 

Con el corazón palpitando aceleradamente Moore esperó a que se abriese la puerta externa. Su plan era de una simpleza extraordinaria, pero tal vez difícil de llevar acabo.

Hubo ruido de engranajes y chirrido de ruedas; con un suspiro huyó el aire. La puerta, luego de correr unas pulgadas se atascó, y por un instante el descorazonado Moore pensó que no llegaría a abrirse, pero después de un breve forcejeo cedió.

Colocó el garfio magnético y con extrema cautela sacó un pie al vacío. Torpemente y a tientas llegó al costado de la nave. Nunca había salido al espacio, y dominado por un enorme miedo se adhirió como un mosca a su precario asidero. Por un momento lo dominó el vértigo, obligándolo a cerrar los ojos, y a permanecer cinco minutos aferrado a la superficie lisa de lo que fuera el Silver Queen. El garfio magnético lo sostuvo firmemente, y cuando abrió de nuevo los ojos fue para descubrir que en cierta medida la confianza en sí mismo había retornado.

Una mirada en torno le permitió ver estrellas en lugar de la visión de Vesta que les permitía el ojo de buey. Ansiosamente buscó ese pequeño punto blanco—azulado que era la Tierra, y recordó la frecuencia con que le había divertido eso de que lo primero que buscaban los viajeros del espacio al mirar las estrellas era la Tierra.. Sin embargo, en ese momento, la situación no le impresionó como divertida, y su búsqueda resultó infructuosa pues desde donde se encontraba no se veía la Tierra, oculta sin duda junto al Sol detrás de Vesta.

Con todo había mucho más que no podía dejar de notarse; Júpiter a la izquierda, a simple vista un globo brillante del tamaño de una pequeña arveja. También Saturno, un planeta igualmente brillante, de magnitud negativa, rivalizando con Venus vista desde la Tierra.

Moore había supuesto que podría ver un buen número de asteroides —atascados como ellos en el cinturón del asteroide— pero encontró el espacio sorprendentemente vacío. Por un momento creyó ver pasar un cuerpo a unas millas de distancia, pero tan rápida fue la impresión que no hubiese podido jurar que no fuera un producto de su fantasía.

Y, por supuesto, allí estaba Vesta, casi debajo suyo, un globo llenando casi un cuarto del cielo; un globo flotante, blanco como la nieve, hacia el cual se iban sus ojos plenos de intensa esperanza. Y pensó que una fuerte patada contra el costado de la nave, un fuerte envión, podría tal vez impulsarlo hacia Vesta donde quizá lograra aterrizar sano y salvo para buscar ayuda para los otros. Pero las posibilidades de que sólo conseguiría colocarse en nueva órbita en torno a Vesta eran demasiado grandes, y descartó la idea en aras de algo mejor.

Recordó entonces que no tenía tiempo para perder; e hizo una revisión ocular del flanco de la nave, buscando el tanque de agua, pero lo único que vio fue una selva de paredes retorcidas. Luego de un instante de vacilación decidió que la solución residía en llegar hasta el ojo de buey iluminado de su pieza, y desde allí al tanque. Con cuidado se arrastró a lo largo de la pared, pero cuando aún faltaban unos cinco metros para llegar a la compuerta se encontró de improviso con un enorme boquete que reconoció como perteneciente a la que fuera la habitación contigua al extremo del corredor. Un frío le corrió por todo el cuerpo al encarar otra nueva posibilidad: la de encontrarse con el cadáver entumecido de algún pasajero, a la mayoría de los cuales conocía personalmente, en uno de los cuartos, pero logró dominarse, obligándose a continuar el precario viaje hacia el objetivo.

Y aquí se encontró con la primera dificultad práctica. El cuarto en sí, en muchas de sus partes, estaba hecho de materiales no—ferrosos sobre los cuales era nula la acción del garfio magnético, creado para ser utilizado solamente sobre el casco exterior, y mientras pensaba en esto Moore se vio repentinamente flotando hacia abajo, precisamente por culpa de la acción nula del garfio. Boqueando se agarró de la primera saliente que halló a su paso, y lentamente fue saliendo de su precaria situación. Descansó un momento, casi sin aliento. Teóricamente, vista la acción negativa de Vesta, su peso en el espacio tendría que equivaler a cero, pero el Gravitador regional bajo su pieza estaba funcionando, y sin el equilibrio de los otros Gravitadores tendía a colocarlo bajo tensiones variables y repentinamente mutables conforme iba cambiando su posición. Si de buenas a primeras dejaba de funcionar el garfio podría verse despedido de la nave, ¿y entonces qué...? Evidentemente la cosa iba a resultar más difícil de lo pensado.

Adelantó por pulgadas, tanteando cada punto para comprobar si se aferraba el garfio. Por momentos se veía obligado a emprender largos rodeos para lograr avanzar unos pocos pies, y en otros a trepar y resbalar sobre pequeños trozos de material no—ferroso. Y constantemente sentía el tirón cansador del Gravitador, cambiando de sentido a medida que progresaba, colocando pisos horizontales y paredes verticales en ángulos inverosímiles.

Con cuidado fue investigando cada objeto que encontró, pero en vano. Todo artículo suelto, sillas y mesas habían sido despedidos al primer encontronazo, y eran ahora cuerpos independientes del sistema solar. Sin embargo, logró rescatar un pequeño largavistas y una lapicera fuente, los que metió en su bolsillo. En el momento carecían de todo valor, pero de alguna manera parecían conferir mayor realismo al macabro viaje a través del flanco de una nave muerta.

Durante quince minutos, veinte, media hora, adelantó lentamente hacia donde pensó que debería encontrarse el ojo de buey, sintiendo el sudor que le llenaba los ojos y convertía sus cabellos en una masa de esparto. Sintió que sus músculos comenzaban a dolerle a causa de la desacostumbrada tensión, y que su mente, ya tensa por efecto de los acontecimientos de la víspera comenzaba a vacilar y a tenderle pequeñas celadas.

Su esfuerzo comenzó a parecerle eterno, algo que siempre existió y existiría siempre, haciendo que el objetivo se le antojase carente de importancia. El momento en que estuvo con Brandon y Shea, una hora atrás, parecía perdido en un lejano y nebuloso pasado, y los momentos normales de dos días antes totalmente olvidados. Sólo tenía conciencia de la necesidad de seguir moviéndose, y únicamente las paredes retorcidas, únicamente la vital necesidad de llegar a un incierto destino, tenían cabida en su mente alterada. Agarrándose, forzándose, tirando, buscando la aleación ferrosa; entrar y salir de cavidades que fueron cuartos... Tentar y tirar... tentar y tirar... y de pronto... una luz.

Se detuvo. De no haber estado aferrado a la pared hubiese caído. La luz, que resultó ser el ojo de buey, en cierta forma aclaraba las cosas. El ojo de buey... no los muchos oscuros y silenciosos que había pasado en su viaje, sino un ojo de buey vivo y alumbrado. Detrás estaba Brandon. Respiró profundamente y se sintió mejor; la mente despejada.

Ahora el camino se mostraba claro, y se arrastró hacia esa chispa de vida. Más, más, y más cerca hasta que pudo tocarlo. ¡Había llegado!

Sus ojos absorbieron el cuarto familiar, exento de felices asociaciones en su mente, pero real, casi natural. Brandon dormía, tirado en la cucheta, el rostro, cansado y arrugado, surcado de tanto en tanto por una sonrisa.

Alzó el puño para golpear. Sentía un urgente deseo de hablar con alguien, así fuese por signos, pero a último momento se contuvo. Tal vez el chico estuviese soñando con su casa. Era joven y sensible y había sufrido mucho. Decidió dejarlo dormir. Tiempo habría para despertarlo cuando -y siempre y cuando- su plan se concretara.

Localizó la pared dentro del cuarto tras la cual estaba ubicado el tanque de agua, y después procuró ubicarla desde afuera... No resultó difícil. La pared se destacaba visiblemente, y Moore no pudo menos que maravillarse del hecho de que no hubiese resultado dañada. ¡Tal vez el destino no había sido tan irónico como pensaron!

Pese a encontrarse al otro lado de los restos del Silver Queen no tuvo dificultad en llegar. Lo que fue un corredor lo condujo directamente. Antes, cuando la nave estaba intacta, ese corredor había sido nivelado y horizontal, pero ahora bajo la atracción despareja del Gravitador regional semejaba una ladera empinada. Sin embargo el camino resultó fácil, y dado que el material era acero-berilo, Moore no tuvo problemas para agarrarse a medida que se deslizaba por los pocos metros que lo separaban del tanque.

Y llegó la crisis; el último tramo. Pensó que le convendría descansar, pero la excitación que crecía con cada instante le dijo que era ahora o nunca. Consiguió ubicarse sobre la pequeña plataforma que formaba el piso del corredor, en el centro de la base del tanque, y comenzó a trabajar.

"Lástima, se dijo, que el caño principal apunta en dirección contraria. Si hubiese estado bien ahorraría mucho trabajo, pero, en fin..." Suspiró y se concentró en el trabajo. Ajustó el radiador de calor al máximo, y las emanaciones invisibles se concentraron sobre un punto más o menos a un pie del piso del tanque. Poco a poco comenzaron a notarse los efectos del rayo sobre las moléculas de la pared. Un redondel del tamaño de una moneda empezó a brillar inciertamente bajo el punto de foco del arma, brillando un momento y apagándose al siguiente mientras Moore procuraba afirmar su brazo cansado. Finalmente lo apoyó sobre el filo de la plataforma con lo cual obtuvo mejor resultado.

Lentamente se coloreó el círculo. El rojo profundo y agresivo del primer momento se convirtió en cereza, y a medida que el calor iba haciendo su efecto, la brillantez pareció irradiar en círculos semejantes a los del blanco de un polígono de tiro, cada rojo más y más profundo. La pared en torno se volvió incómodamente caliente, y Moore debió cuidarse de tocarla con el metal de su traje. A poco se calentó también la plataforma, y debió recurrir a maldiciones, en especial contra los fabricantes de trajes espaciales, para calmarse... ¿Por qué —se preguntó— no pueden hacer trajes que rechacen el calor de la misma manera que lo retienen?" Pero salió a relucir lo que Brandon había llamado el Optimista Profesional, y con el sabor de la sal en la boca se dedicó a consolarse a sí mismo mientras apretaba los dientes y trabajaba. "Supongo que podría haber sido peor. Por lo menos estas dos pulgadas de pared no representan gran obstáculo. ¿Qué hubiese pasado si el tanque estuviera contra el casco en sí, y hubiese tenido que perforar a través del grosor de un pie de esto?"

Llegó el momento en que el color del círculo alcanzó el amarillo—naranja, y comprendió que el punto en que se derrite la aleación de acero—berilo estaba próximo, y de allí en más sólo pudo observar los progresos a intervalos bien espaciados y de escasísima duración. Entonces sacó la conclusión de que si quería culminar su obra era imprescindible actuar con rapidez. En primer lugar el radiador de calor no estaba cargado al máximo cuando empezó, y al ritmo al cual había generado energía durante los últimos diez minutos, lógico era suponer que estaba próximo a agotarse, y justo cuando estaba llegando al término de la parte plástica de la pared. Dominado por la impaciencia metió la punta del rayo en el centro del agujero para retirarlo de inmediato. Una profunda depresión se había formado en el metal blando, pero aún no se había logrado la perforación. Con todo, el resultado le satisfizo. Estaba llegando. De haber habido aire entre él y la pared sin duda hubiese oído el murmullo y el silbido del agua hirviendo. La presión aumentaba, ¿pero cuánto aguantaría aún esa pared debilitada?

Entonces, repentinamente sin que Moore se percatara de ello, llegó el final feliz. Una pequeña fisura se formó al fondo del agujerito hecho por el rayo, y en un santiamén el agua burbujeante encontró su salida. El blando metal cedió y del orificio del tamaño de una arveja, silbando y rugiendo, emergió una nube de vapor que envolvió a Moore, y a través de esa niebla vio cómo el vapor se condensaba casi de inmediato, para convertirse en bolitas de hielo que desaparecían rápidamente. Durante quince minutos miró salir el vapor, hasta que percibió que una suave presión lo estaba alejando de la nave. Una alegría indescriptible lo dominó al darse cuenta de que esto obedecía a una aceleración de la nave, y que sólo su propia inercia lo retenía. Había terminado su trabajo exitosamente, y ese chorro de vapor estaba haciendo las veces de cohete propulsor. Inició el regreso.

Si grandes fueron los horrores y los peligros del viaje de ida, mayores debieron haber sido los del regreso. Estaba muchísimo más cansado, le dolían los ojos al extremo de que se encontraba casi ciego, y al loco tironear del Gravitador se agregaba la fuerza inducida por la variable aceleración de la nave. Sin embargo nada de eso le molestó, y más adelante ni siquiera recordaba el doloroso viaje.

Nunca supo cómo logró desandar el camino y llegar a salvo. La mayor parte del tiempo estuvo perdido en un vaho de felicidad, casi sin percatarse de lo que estaba sucediendo. Un único pensamiento ocupaba su mente: regresar deprisa para divulgar la feliz noticia de su liberación.

De pronto se encontró frente a la compuerta, casi sin darse cuenta de que era la compuerta. Sin comprender por qué tocó el botón de señal. Algún secreto instinto le dijo que eso era lo que debía hacer. Lo esperaba Mike Shea.

Sintió un crujido y otros ruidos, y la puerta externa comenzó a abrirse, se trabó en el mismo lugar que cuando la abrieron, pero una vez más lograron zafarla de su atascadura. Se cerró detrás de sus espaldas, se abrió la puerta interior y cayó en brazos de Mike Shea. Como en sueños se sintió medio levantado y medio arrastrado hasta su habitación. Le arrancaron el traje. Sintió que un líquido abrasador le quemaba la garganta; se atragantó, tragó y sintió que renacía. Mike Shea puso la botella a buen recaudo.

Las imágenes difusas y oscilantes de Brandon y Shea cobraron cuerpo, y Moore limpió la traspiración de su cara con mano temblorosa y ensayó una débil sonrisa.

—No —protestó Brandon— no digas nada. Tienes que descansar. Estás medio muerto.

Moore sacudió la cabeza, y con voz ronca y quebrada narró lo mejor que pudo los acontecimientos de las últimas dos horas. Un relato incoherente, apenas entendible pero maravillosamente impresionante. Quienes escuchaban apenas si respiraron mientras duró.

—¿Quieres decir, entonces —tartamudeó Brandon— que el chorro de agua nos está empujando hacia Vesta como si fuera un cohete propulsor?

—Exacto... la misma cosa... como un cohete propulsor, —jadeó Moore—. Acción y reacción. Está ubicado... lado opuesto... por eso nos empuja... hacia Vesta.

Shea estaba bailando frente al ojo de buey.

—Tienes razón, Brandon. Puede verse la cúpula de Bennett con toda claridad. Estamos llegando, estamos llegando.

Moore sintió que sus fuerzas volvían.

—Nos estamos aproximando en una senda espiral a causa de la órbita original. Probablemente aterricemos en cinco o seis horas. El agua durará un buen rato y la presión sigue siendo fuerte dado que el agua sale en forma de vapor.

—¿Vapor, a la baja temperatura del espacio? —preguntó Brandon extrañado.

—Vapor a la baja presión del espacio —corrigió Moore—. El punto de ebullición del agua cae con la presión, y es muy bajo en el vacío. Incluso el hielo tiene suficiente presión de vapor como para elevarse. En realidad se hiela y hierve simultáneamente, yo lo vi. —Sonrió, y luego de una breve pausa se dirigió a Brandon—. ¿Y, cómo te sientes ahora? ¿Mejor, verdad?

Brandon se puso colorado y bajó la vista. Por un momento buscó palabras para responder, para decir al cabo, en voz muy baja.

—Debo haberme portado como un imbécil y un cobarde. Su... supongo que no merezco esto después de haberme venido abajo y dejado que todo el peso de nuestra salvación caiga sobre ti. Quisiera que me molieses a palos por haberte pegado. Te aseguro que me sentiría mejor si lo hicieras... —y por lo visto hablaba en serio.

Moore lo hizo callar con un cariñoso empujón.

—Olvídalo. Nunca sabrás lo cerca que estuve de venirme abajo. —Levantando la voz para acallar cualquier intento de nuevas disculpas por parte de Brandon dijo—: Eh, Mike, déjate de mirar por ese ojo de buey y trae la botella de Jabra.

Mike obedeció al instante, trayendo con él tres unidades Plexatron para usar como copas. Moore llenó cada una de ellas justo hasta el borde. Iba a emborracharse con ganas.

—Caballeros —dijo solemnemente— un brindis. —Los tres levantaron sus jarros al unísono— Caballeros, brindo por la provisión de un año de buen H2O que supimos tener.

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Amazing Stories (marzo 1939)
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The Best of Isaac Asimov

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Actualización 5 de junio de 2004

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