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Alfred
Lanning encendió su cigarro meticulosamente, pero las puntas de sus dedos
temblaban ligeramente. Sus cejas grises se curvaron hacia abajo mientras
hablaba entre fumadas. —Lee
perfectamente los pensamientos, ¡no cabe ni maldita duda de ello! Pero ¿qué
pasó? Miró
al matemático Peter Bogert. —¿Bien,
qué? Bogert
se alisó el negro cabello con ambas manos a la vez. —Ese
fue el modelo RB número treinta y cuatro que hemos producido, Lanning.
Todos los demás salieron estrictamente ortodoxos. El
tercer hombre en torno a la mesa, frunció el ceño. Milton Ashe era el
oficial más joven de la U.S. Robots & Mechanical Men Inc.,
y estaba orgulloso de su cargo. —Escuche,
Bogert. No hubo el menor tropiezo en el tren de ensamblaje desde el inicio
hasta el final. Lo garantizo. Los
gruesos labios de Bogert se dilataron en sonrisa condescendiente. —¿De
veras? Si usted puede responder por la totalidad del ensamblaje,
recomendaré que le asciendan. Para ser exactos, son necesarias setenta y
cinco mil, doscientas treinta y cuatro operaciones para la manufactura
de un solo cerebro positrónico, cada operación dependiendo por separado,
y para un acabado satisfactorio, de cualquier número de factores que van
de cinco a quinientos cinco. Si cualquiera de ellos sale imperfecto, el «cerebro»
queda desbaratado. Estos datos los cito textualmente según nuestra
propia ficha de información, Ashe. Milton
Ashe se sonrojó, pero una cuarta voz cortó en seco su réplica. —Si
vamos a empezar a tratar de echarnos la culpa de uno a otro, me voy. Las
manos de Susan Calvin estaban entrelazadas prietamente en su regazo, y
las tenues líneas en torno a sus delgados y pálidos labios, se
ahondaron. —Tenemos
entre manos un robot que lee los pensamientos y se me antoja que es
mucho más importante que tratemos de averiguar simplemente porqué lee el
pensamiento. No lo conseguiros a base de repetirnos: «¡Es culpa tuya!
¡Es culpa mía!» Sus
fríos ojos grises se posaron en Ashe, y él sonrió. También
sonrió Lanning, y como siempre en tales ocasiones, su largo cabello
blanco y los penetrantes ojillos le hicieron el vivo retrato de un
patriarca bíblico. —La
verdad habló por su boca, doctora Calvin. Su
voz se hizo más recia. —Voy
a resumirlo en forma de píldora concentrada. Hemos producido un cerebro
positrónico que se supone de ordinaria y normal vendimia, pero que tiene
la notable propiedad de ser capaz de sintonizar con las ondas del
pensamiento. Esto señalaría el adelanto más importante en «robótica»
en unas décadas si supiéramos cómo ha ocurrido. No lo sabemos y tenemos
que averiguarlo. ¿Queda claro? —¿Puedo
hacer una sugerencia? —preguntó Bogert. —¡Adelante! —Sugeriría
que mientras no resolvamos el lío -y como matemático me supongo que será
un endiablado lío-, mantengamos secreta la existencia del RB-34. Hasta
para los demás miembros del personal. Como directores de los
departamentos se supone que no deberíamos encontrar ningún problema
insoluble, y cuantos menos sepan de ello... —Bogert
tiene razón —dijo la doctora Calvin—. Desde el mismo día en que el Código
Interplanetario fue modificado para permitir que los prototipos de robot
fueran comprobados en las factorías antes de ser embarcados hacia el
espacio, la propaganda anti-robot se ha acrecentado. Si una sola palabra
se filtra al exterior acerca de un robot capaz de leer pensamientos antes
de que podamos anunciar un completo control del fenómeno, escaso
capital efectivo sacaremos de ello. Lanning
chupó su cigarro y asintió gravemente. Se volvió hacia Ashe: —Creo
que dijo que estaba usted solo cuando por vez primera tropezó con este
asunto de lectura del pensamiento. —Y
tanto que estaba solo —llevándome el susto más grande de mi vida. RB-34
acababa de ser retirado de la mesa de ensamblaje y me lo enviaron abajo a
mi sección. Obermann estaba fuera en algún sitio, y por consiguiente me
ocupó de llevarlo yo mismo al cuarto de comprobación, por lo menos
empecé a llevármelo. Ashe
hizo una pausa y una tenue sonrisa asomó a sus labios. —Oigan
¿alguno de ustedes ha estado conversando mentalmente sin darse cuenta? Nadie
se molestó en replicar, por lo cual él prosiguió: —Al
principio no se da cuenta uno, ¿saben? Él simplemente me habló -tan lógica
y sensatamente como puedan imaginarse-, y fue solamente al haber ya
recorrido la mayor parte del trayecto hacia los cuartos de ensayo
cundo me di cuenta que yo no había dicho nada. Claro, pensé en montones
de cosas, pero eso no es lo mismo ¿verdad? Encerré el objeto y corrí en
busca de Lanning. Tener aquello caminando a mi lado, escudriñando
calmosamente en mis pensamientos y eligiendo los que le convenían, me dio
un pánico cerval. —Me
lo imagino —dijo Susan Calvin pensativamente, fijos los ojos en Ashe de
una manera extraña e intensa—. Estamos tan acostumbrados a considerar
como terreno privado nuestros propios pensamientos... Lanning
intervino impacientemente. —Entonces
solamente cuatro de nosotros estamos enterados. ¡Muy bien! Tenemos que
abordar este asunto sistemáticamente. Ashe, quiero que usted compruebe
todo el tren de ensamblaje desde su principio hasta el final, todo. Deberá
eliminar todas las operaciones en las cuales no hubo la menor posibilidad
de un error, y catalogar todas aquellas donde la hubo, juntamente con su
naturaleza y posible magnitud. —El
encargo se las trae —gruñó Ashe. —¡Desde
luego! Naturalmente, colocará a los hombres bajo sus órdenes trabajando
en esto, y no me importa si nos retrasamos en el horario de programa
previsto. Pero ellos no han de saber el porqué ¿comprendido? —Humm...
m..., sí —y el joven técnico torció la boca—. Pero sigue siendo un
trabajo peliagudo. Lanning
hizo describir a su silla un giro y dio frente a Susan Calvin. —Tendrá
usted que abordar el trabajo desde la otra dirección. Es usted el «robosicólogo»
de la fábrica, y por consiguiente estudiará al propio robot y deberá
trabajar en retrocesión, de manera retrógrada. Intente hallar como «tictaquea».
Vea qué otra cosa está emparejada con sus poderes telepáticos, hasta qué
grado se extienden, como modifican su trazado y exactamente qué daño ha
causado a sus corrientes propiedades RB. ¿Lo captó todo? Lanning
no aguardó a que la doctora Calvin replicase. —Yo
coordinaré el trabajo y también interpretaré las averiguaciones que se
hagan, matemáticamente. Aspiró
con fuerza de su cigarro y masculló el resto a través del humo. —Bogert
me ayudará a hacerlo, naturalmente. Bogert
pulimentó las uñas de una mano regordeta con la palma de la otra y dijo
blandamente: —Seguro
que sí. Conozco algo de esta materia. —¡Bien!
Voy a entrar en funcionamiento —y Ashe empujó hacia atrás su silla,
levantándose. Su juvenil y agradable rostro se arrugó en mueca
sonriente—. Me ha tocado una tarea más endemoniada que cualquiera de
la de ustedes, y por lo tanto me voy a empezarla. —¡Ya
nos veremos! Susan
Calvin replicó con una cabezada apenas perceptible, pero sus ojos le
siguieron hasta perderle de vista y ella no contestó cuando Lanning gruñó
y dijo: —¿Quiere
ir arriba y ver al RB-34 ahora, doctora Calvin? Los
ojos fotoeléctricos de RB-34 se alzaron del libro al oírse el apagado
sonido de bisagras girando y estaba en pie cuando Susan Calvin entró. Ella
se detuvo para reajustar el enorme cartel «Prohibida la Entrada» sobre
la puerta y luego se aproximó al robot. —Te
he traído los textos sobre motores hiperatómicos, Herbie. Algunos de
ellos, claro. ¿Te importaría leerlos? RB-34
-más conocido por Herbie- alzó los tres pesados libros de brazos de
ella y abrió la página titular de uno: —¡«Hmm...
m...»¡ «Teoría de los Hiperatómicos». Farfulló
inarticuladamente para sí mismo mientras hacía correr hojas y luego
habló con aire abstraído: —¡Siéntese,
doctora Calvin! Esto me ocupará unos cuantos minutos. La
sicóloga se sentó y observó fijamente a Herbie mientras cogía una
silla al otro lado de la mesa y echaba vistazos de un modo sistemático
a los tres libros. Al
cabo de una media hora, cerró los libros. —Naturalmente,
sé por qué trajo estos libros. La
comisura labial de la doctora se contrajo nerviosamente. —Me
lo temía. Es difícil trabajar contigo, Herbie. Siempre me llevas unos
pasos de ventaja. —¿Sabe
una cosa? Con estos libros pasa lo mismo que con los otros. Sencillamente
no me interesan. No hay nada en sus libros de texto. Su ciencia es
solamente una masa de datos coleccionados y emplastados juntos en una teoría
para ir tirando, y todo tan increíblemente simple que apenas vale la
pena molestarse en leerlo. Su
poderosa mano gesticuló vagamente como si buscase las palabras
apropiadas. —Lo
que me interesa es su literatura novelesca. Sus estudios de la acción recíproca
de los impulsos y emociones humanas. Susan
Calvin susurró: —Creo
que comprendo. —Veo
dentro de las mentes ¿sabe? —prosiguió el robot— y no tiene ni
idea de lo complicadas que son. No puedo comprenderlo todo debido a que mi
propia mente tiene tan poco en común con ellas, pero lo intento, y sus
novelas ayudan. —Sí,
pero me temo que después de haberte leído algunas de las experiencias
horripilantes y desgarradoras de la novela sentimental de nuestra época
actual —y había un asomo de amargura en la voz de ella— encontrarás
que las mentes reales, como las nuestras, son incoloras y sosas. —¡No
opino así! La
súbita energía en la respuesta hizo que ella se levantase. Sintiéndose
enrojecer, pensó ella alocadamente: «¡Debe estar enterado!» Herbie
se apaciguó súbitamente, y murmuró en una voz baja de la cual había
desaparecido casi por entero el timbre metálico: —Por
supuesto que estoy enterado, doctora Calvin. Siempre piensa en ello y por
consiguiente, ¿cómo puedo evitar saberlo? El
semblante de ella se endureció. —¿Lo
has... dicho a alguien? —¡Claro
que no! —y añadió son sincera sorpresa—. Nadie me lo ha
preguntado. —Bien,
entonces, supongo que piensas que soy una tonta. —¡No!
Es una emoción normal. —Quizá
por esto mismo es por lo que es tan tonto. La
ansiedad en su voz ahogaba cualquier otra tonalidad. Algo
de la mujer asomaba a través de la capa del doctorado. —No
soy lo que tú llamarías... atractiva. —Si
se refiere usted a la mera atracción física, no puedo juzgar. Pero, de
cualquier modo, sé que hay otros tipos de atracción. —Ni
soy ya joven. Susan
Calvin apenas había oído al robot. Una ansiosa insistencia se había
infiltrado en la voz de Herbie. —Todavía
no ha cumplido los cuarenta. —Treinta
y ocho según tu modo de contar los años; una arrugada sesentona en
cuanto concierne mis perspectivas emocionales en la vida. Para algo soy
sicóloga ¿no? Prosiguió
con acre desaliento: —Y
él apenas tiene treinta y cinco, además de parecer y comportarse como
mucho más joven. ¿Acaso supones que él pueda verme bajo ningún otro
aspecto sino... sino tal como soy? —¡Está
usted equivocada! —y el puño de acero de Herbie golpeó la mesa
recubierta de plástico con estridente retintín—. Escúcheme... Pero
Susan Calvin se revolvió mirándole y el anhelante dolor en sus ojos se
convirtió en llama. —¿Por
qué iba a escucharte? ¿Qué sabes tú de todo eso, tú, una máquina?
Para ti soy solamente un espécimen; un insecto interesante con una
mente peculiar desplegada a tu inspección. Un maravilloso ejemplo de
frustración ¿no es verdad? Casi tan curioso como los de tus novelas. Su
voz, emergiendo entre secos sollozos, se atragantó. El
robot se había intimidado ante la explosión verbal. Meneó la cabeza
implorante. —¿Quiere
escucharme, por favor? Podría ayudarla si usted me dejase. —¿Cómo?
—y se fruncieron sus labios—. ¿Dándome buenos consejos? —No,
nada de esto. Se trata simplemente de que yo sé lo que otras personas
piensan; Milton Ashe, por ejemplo. Hubo
un largo silencio, y los ojos de Susan Calvin se cerraron. —No
quiero saber lo que él piensa —dijo jadeante— Guarda silencio. —Creo
que usted desearía saber lo que él piensa. La
cabeza femenina permaneció inclinada, pero su respiración se hizo más
apresurada. —Estás
diciendo disparates —susurró. —¿Por
qué habría de decir disparates? Estoy intentando ayudar. Milton Ashe
piensa de usted... —y se calló. Entonces,
la sicóloga levantó la cabeza. —¿Bien,
qué? El
robot dijo sosegadamente: —Él
está enamorado de usted. Durante
un largo minuto, la doctora no habló. Se limitaba a mirar sin ver,
dilatados los ojos. Luego dijo: —¡Estás
en un error! Tienes que estar equivocado. ¿Por qué iba él a... amarme? —Así
es. Una cosa así no puede ocultarse, por lo menos, a mí no. —Pero
yo soy tan... tan... —y el tartamudeo se truncó en silencio. —Él
mira más hondo que la piel, y admira el intelecto en los demás. Milton
Ashe no es el tipo de los que se casan con una cabeza de hermosos cabellos
y un par de ojos. Susan
Calvin se sorprendió a sí misma pestañeando rápidamente y aguardó
un poco antes de hablar. Aún entonces su voz tembló: —Sin
embargo, él indiscutiblemente nunca y de ningún modo dio señales... —¿Acaso
le dio usted nunca la oportunidad? —¿Cómo
iba a hacerlo? Nunca pensé que... —¡Exactamente! La
sicóloga hizo una pausa reflexiva y luego alzó la mirada
repentinamente. —Una
muchacha le visitó aquí en la factoría hará cosa de medio año. Era
bonita... rubia y esbelta. Y, lógicamente, apenas era capaz de sumar
dos y dos. Él se pasó el día, echando fuera el pecho, intentando
explicarle a ella cómo se iba ensamblando un robot —y la dureza había
regresado—. ¡Y ella sin entender ni una palabra! ¿Quién era ella? Herbie
contestó sin vacilación: —Conozco
la persona a la cual se refiere usted. Ella es su prima hermana y no
existe ningún interés romántico entre ellos, se lo aseguro. Susan
Calvin se puso en pie con una vivacidad casi juvenil. —Pues,
¿no resulta curioso todo eso? Es exactamente lo que yo acostumbraba a
decir a mí misma algunas veces, aunque nunca pensé verdaderamente que
fuera posible. Entonces todo ello debe ser verdad. Corrió
hacia Herbie y asió su fría y pesada mano entre las suyas. —Gracias,
Herbie. Su
voz era ahora un susurro apremiante, ronco. —No
hables con nadie de todo esto. Deja que sea nuestro secreto... y gracias
otra vez. Tras
dar un convulsivo apretón a los insensibles dedos metálicos de Herbie,
ella se fue. Herbie
regresó lentamente a su abandonada novela, pero no había nadie que
pudiera leer sus pensamientos. Milton
Ashe se desperezó lenta y espléndidamente, al compás de crujido de
tendones y coro de gruñidos, y finalmente miró a Peter Bogert. —Oiga
—dijo— ya llevo una semana en este asunto casi sin la ración
elemental de sueño. ¿Cuánto tiempo más tendré que aguantar? Creo que
usted dijo que el bombardeo positrónico en la Cámara D de Vacío era
la solución. Bogert
bostezó delicadamente y contempló sus blancas manos con interés. —Así
es. Estoy en la pista. —Ya
sé lo que «esto» significa cuando lo dice un matemático. ¿Y cuánto
le falta para llegar al final? —Depende —¿De qué? —y Ashe se dejó caer en una silla
estirando lo más posible sus largas piernas. —De Lanning. El viejo camarada no está de acuerdo
conmigo —y suspirando, agregó—: Un poco atrasado a la época, éste
es su problema. Sigue agarrado a las matrices mecánicas como el no va más,
y el problema actual requiere unas herramientas matemáticas más
poderosas. Es muy terco. Ashe murmuró soñoliento: —¿Por qué no le pregunta a Herbie y resuelve así
todo el asunto? —¿Preguntarle al robot? —y las cejas de Bogert
ascendieron. —¿Por qué no? ¿No le contó la solterona? —¿Quiere decir Calvin? —Eso es. La propia Susie. Este robot es un brujo.
Se lo sabe todo y aún más. Resuelve de memoria triples integrales y
como postre hace análisis de tensores. El matemático le miró escéptico: —¿Habla en serio? —¡Y tanto! La pega es que al artefacto no le
gustan las matemáticas. Prefiere leer novelitas amerengadas. ¡Palabra!
Tendría usted que ver los callos con que Susie le nutre: «La Púrpura
de la Pasión» y «Amor en el Espacio». —La doctora Calvin no nos ha dicho ni palabra de
todo esto. —Bueno, no ha terminado todavía de estudiarle. Ya
sabe cómo es ella. Le gusta tenerlo todo bien a punto antes de soltar el
gran secreto. —Pero se lo dijo a «usted». —De un modo u otro empezamos, a charlar. La he estado
viendo montones de veces últimamente. Dilató repentinamente los ojos y frunció el
entrecejo: —Oiga, Bogie, ¿no ha notado nada raro en la dama
últimamente? Bogert se permitió una mueca casi indecorosa. —Está consumiendo cantidades de lápiz labial, si
es a esto a lo que se refiere. —¡Diablos, ya me di cuenta! Carmín, polvos, y
también sombrajos para los ojos. La pobre es todo un espectáculo. Pero
no se trata de esto. No acabo de verlo claro para poder definirlo. Es el
modo en qué habla, como si fuera dichosa, como si algo reciente le
produjese felicidad. Meditó en ello un poco, encogiéndose luego de
hombros. Su interlocutor se permitió una mueca casi lasciva,
lo cual para un científico que había pasado de los cincuenta, tenía su
mérito. —Quizás está enamorada. Ashe dejó que sus ojos volvieran a cerrarse. —Está usted chiflado, Bogie. Vaya a hablar con
Herbie; yo me quedo aquí y voy a dormir. —¡De acuerdo! No es que
me entusiasme particularmente que un robot me diga cuál es mi tarea. Recibió como única respuesta un suave ronquido. Herbie escuchó atentamente mientras Peter Bogert, manos
en los bolsillos, hablaba con fingida indiferencia. —Bien, ésta es la cuestión. Me han dicho que tú
comprendes estas cosas, y te las pregunto más por curiosidad que por
nada. Mi línea de razonamiento tal como la he bosquejado, implica unos
cuántos escalones dudosos, lo admito, que el Doctor Lanning rehúsa
aceptar, y el cuadro sigue todavía más bien incompleto. El robot no replicó y dijo Bogert: —¿Y bien? —No veo error alguno —comentó Herbie estudiando
las cifras y fórmulas garabateadas. —Me imagino que no puedes llegar más adelante en
estos cálculos. —No me atrevería a intentarlo. Usted es mucho
mejor matemático que yo, y... bueno, me molestaría comprometerme. Hubo una sombra de complacencia en la sonrisa de
Bogert. —Ya me figuré que éste sería el resultado. Es
muy complicado. En fin, lo olvidaremos. Estrujó
las cuartillas, arrojándolas al tubo incinerador, dio media vuelta para
irse, y después lo pensó mejor. —Por
cierto... El
robot aguardó. Bogert
parecía hallar cierta dificultad en hablar. —Hay
algo, es decir, tal vez tú podrías... Se
detuvo. Herbie
habló calmosamente. —Sus
pensamientos están confusos, pero no cabe la menor duda que conciernen al
doctor Lanning. Es tonto su titubeo, porque tan pronto se sosiegue, sabré
lo que usted quiere preguntar. La
mano del matemático ascendió hacia su liso cabello en el gesto
peculiarmente suave. —Lanning
ronda los setenta —dijo, como si esto lo explicase todo. —Lo
sé. —Y
ha sido director de la planta por casi treinta años. Herbie
asintió. —Bueno,
es posible —y la voz de Bogert se hizo insinuante—, que tú pudieras
saber si... si él está pensando en dimitir. Salud, tal vez, o cualquier
otro... —Así
es —dijo Herbie, y no añadió más. —Bueno,
¿estás enterado? —Ciertamente
que sí. —Entonces...,
¿podrías decírmelo? —Puesto
que usted lo pregunta, sí —y el robot hablaba como si se tratase de
un axioma—. ¡Ya ha presentado su dimisión! —¿Cómo? La
exclamación fue un sonido explosivo, casi inarticulado. La gran cabeza
del científico se proyectó hacia adelante. —¡Repítelo
otra vez! —Ya
ha presentado su dimisión, pero todavía no se ha hecho efectiva, porque
está esperando a resolver el problema de... de mi propio caso. Una vez
resuelto, está completamente dispuesto a hacer entrega de su despacho
de director a su sucesor. Bogert
expelió su contenido aliento. —¿Y
ese sucesor? ¿Quién es? Estaba
ahora muy cerca de Herbie, fijos los fascinados ojos en aquellas ilegibles
células fotoeléctricas de un denso rojo que eran los ojos del robot. Las
palabras surgieron lentamente: —Usted
es el próximo director. Bogert
relajó su tensión esbozando una sonrisa. —Es
muy agradable saberlo. He estado aguardando con gran esperanza lo que
acabas de anunciarme. Gracias, Herbie. Peter
Bogert estuvo en su despacho hasta las cinco de la mañana y regresó a
las nueve. El anaquel situado exactamente sobre su mesa fue vaciándose
de su hilera de libros y tablas, al ir tomando él referencias de unos y
otras. Las páginas de cálculos ante él iban apilándose microscópicamente
y las cuartillas estrujadas se esparcían a sus pies en montones de papel
garabateado. Exactamente
al mediodía miró fijamente la página final, se frotó un ojo estriado
en rojo por el cansancio, bostezó y alzó los hombros. —Esto
se está poniendo peor a cada minuto que pasa. ¡Maldición! Giró
la cabeza al sonido de la puerta abriéndose y saludó a Lanning que
entraba haciéndose crujir los nudillos de una mano sarmentosa con la
otra. El
director captó de una ojeada el desorden del cuarto y sus cejas formaron
un surco continuo. —¿Una
línea nueva de tanteo? La
respuesta fue desafiante. —No.
¿Qué hay erróneo en la primera? Lanning
no se molestó en contestar, limitándose a echar un vistazo por encima a
la cuartilla superior de las que estaban sobre la mesa de Bogert. Habló a
través del destello de un fósforo mientras encendía un cigarro: —¿Le
ha contado Calvin lo del robot? Es un genio de las matemáticas.
Verdaderamente notable. Bogert
bufó ruidosamente. —Eso
he oído. Pero será preferible que Calvin se límite a la «robosicología».
Examiné a Herbie de matemáticas y apenas si sabe interpretar los
cálculos. —Calvin
no opina así. —Ella
está loca. —Ni
yo tampoco opino así. Los
ojos del director se achicaron peligrosamente. —¿Usted?
—y la voz de Bogert se endureció—. ¿De qué está usted hablando? —He
estado sometiendo a experimentaciones a Herbie toda la mañana y puede
hacer trucos de los que nunca oyó usted hablar. —¿De
veras? —¡Está
usted rebosando escepticismo! —y Lanning extrajo una cuartilla del
bolsillo de su chaqueta y la desdobló—. Esta no es mi escritura, ¿verdad
que no? Bogert
estudió las anotaciones, amplias y angulares, recubriendo la cuartilla. —¿Fue
Herbie quien hizo eso? —¡Exacto!
Y como podrá observar, él ha estado trabajando en los cálculos de
usted sobre el período de integración de la Ecuación 22. Ha llegado
—y Lanning repicó con una uña amarillenta sobre la última reducción—
e idéntica conclusión que la mía, y en la cuarta parte de tiempo. No
tenía usted razón al descuidar el Efecto Linger en el bombardeo positrónico. —No
lo descuidé. ¡Por toda la corte celestial, Lanning! Métase ya en la
cabeza que esto anularía... —¡Oh,
sí, claro, ya me lo explicó! Empleó la Ecuación Mitchell de Traslación,
¿no es cierto? Bien, no es la apropiada. —¿Por
qué no? —Porque
ha estado usted empleando hiper-imaginarias. —¿Qué
tiene eso que ver? —La
Ecuación Mitchell no es válida cuando... —¿Está
usted loco? Si se molesta en volver a leer el artículo original de
Mitchell en las «Operaciones de Alto Grado...» —No
tengo porqué. Ya le dije desde un principio que no me gustaba su
razonamiento, y Herbie me respalda en eso. —¡Muy
bien! —gritó Bogert—. Entonces deje que este artefacto de relojería
le resuelva todo el problema. ¿A qué discutir sobre lo no esencial? —Es
que éste es exactamente el quid. Herbie no puede resolver el problema.
Y si él no puede, tampoco nosotros podemos..., sin ayuda. Ha quedado
fuera de nuestra capacidad. La
silla de Bogert cayó al suelo derribada al saltar en pie su ocupante,
enrojecido y agresivo el semblante. —¡No
hará usted nada semejante! —¿Acaso
me está usted indicando lo que debo o no debo hacer? —Exactamente
—y la réplica salía rechinante—. Tengo ya vencido el problema y
usted no me lo va a quitar de las manos, ¿estamos? No se crea que no le
adivino la intención, fósil disecado. Se cortaría usted la nariz antes
que permitir que yo obtuviese el prestigio de haber resuelto la telepatía
robótica. —Es
usted un condenado idiota, Bogert, y dentro de unos segundos voy a hacer
que le dejen cesante por insubordinación. El
labio inferior de Lanning temblaba de ira. —Lo
cual es algo que usted no hará, Lanning. Ya no hay nada secreto con un
robot lector de pensamientos rondando, y por consiguiente no se olvide que
sé todo lo referente a su dimisión. La
ceniza del cigarro de Lanning tembló, cayó, y el propio cigarro siguió
el mismo camino. —¿Qué...
qué...? Bogert
rió aviesamente. —Y
yo soy el nuevo director, quede bien entendido. Estoy perfectamente
enterado; no se crea lo contrario. Maldita sea su estampa, Lanning, voy a
empezar a dar las órdenes por aquí o se encontrará usted metido en el más
espantoso lío que jamás pudo imaginarse. Cuando
Lanning recobró el uso de sus cuerdas vocales, bramó. —¡Queda usted
suspendido! ¿Se entera bien? Queda relevado de empleo y está despedido,
¿me oye? La sonrisa en el rostro del otro se ensanchó. —Vamos, vamos ¿para qué seguir discutiendo más?
No le sirve de nada. Yo soy el que tiene los triunfos. Sé que ha
dimitido. Herbie me lo dijo, y lo consiguió directamente de usted
mismo. Lanning se esforzó en hablar calmosamente. Tenía aspecto
de hombre viejo, muy viejo, con ojos fatigados escudriñando desde un
semblante en el cual el rojo había desaparecido, cediendo el paso al
amarillento pastoso de la edad. —Quiero hablar con Herbie. No puede haberle dicho
nada semejante. Usted está jugando a fondo, Bogert, pero voy a aceptar su
farol. Venga conmigo. —Bogert se encogió de hombros. —¿A ver a Herbie? ¡Magnífico! ¡Vamos allá! Fue también precisamente al mediodía cuando Milton
Ashe alzó la vista de su torpe croquis y dijo: —¿Capta la idea? Soy algo chapucero como
dibujante, pero este es aproximadamente su aspecto. Es una delicia de casa
y la puedo obtener por casi nada. Susan Calvin le miró con ojos derretidos en ternura. —Es realmente preciosa —suspiró ella—.
Frecuentemente he pensado que me gustaría... —y su voz fue apagándose. —Naturalmente —prosiguió Ashe vivazmente—
tendré que esperar mis vacaciones. Faltan solamente dos semanas, pero
el caso Herbie tiene a todo el mundo en el aire. Además — y sus ojos
bajaron hacia sus uñas— hay otro detalle... pero es un secreto. —Entonces no me lo diga. —Oh, ya puesto a hablar, estoy reventando por decírselo
a alguien, y usted es precisamente la mejor eso es... la mejor confidente
que podría hallar por aquí. El corazón de Susan Calvin brincó, pero no confió
en sí misma lo bastante como para hablar. —Francamente —y Ashe avanzó un poco más su
silla y bajó la voz hasta convertirla en un susurro confidencial— la
casa no va a ser solamente para mí. ¡Voy a casarme! Y entonces saltó fuera de la silla. —¿Qué pasa? —¡Nada! La horrible sensación de vértigo había
desaparecido, pero era difícil pronunciar palabras. —¿Casarse? ¿Quiere decir qué...? —¡Pues, claro! Ya era hora, ¿no? Usted recordará
aquella chica que estuvo aquí el pasado verano. ¡Es ella! Pero usted
«está» enferma. Usted... —¡Jaqueca! Susan Calvin le apartó con débiles ademanes. —He estado... He estado padeciéndolas últimamente.
Quiero... quiero darle la enhorabuena, naturalmente. Estoy muy contenta. El carmín inexpertamente aplicado formaba un par de
sucias manchas rojas en su rostro blanco como la cal. Todo volvía de
nuevo a girar. —Perdóneme..., por favor. Las palabras fueron un murmullo mientras ella parecía
caminar torpemente a ciegas, abandonando la sala. Todo había sucedido con
la súbita malignidad de una pesadilla, y con todo el horror irreal de una
alucinación. Pero, ¿cómo podía él casarse con otra? Herbie había
dicho. ¡Y Herbie lo sabía! ¡Podía
leer en las mentes! Se encontró ella misma reclinada sin aliento, jadeante,
contra la jamba de la puerta, mirando fijamente el rostro metálico de
Herbie. Tuvo que haber ascendido los dos tramos de escaleras, pero no lo
recordaba. La distancia fue recorrida en un instante, como en un sueño. ¡Cómo en un sueño! Y los ojos de Herbie, privados de pestañeo, se hincaban
en los suyos, y su denso rojo parecía agrandarse en oscuros y relucientes
globos de pesadilla. Él estaba hablando, y ella
sintió el frío cristal presionando
contra sus labios. Deglutió. Y los estremecimientos la fueron dando
cierta conciencia de lo que la rodeaba. Todavía
Herbie seguía hablando, y había agitación en su voz, como si estuviese
condolido, asustado y suplicante. Las
palabras empezaban a adquirir sentido: —Esto
es un sueño —estaba diciendo él—, y no debes creer en los sueños.
Pronto despertarás dentro del mundo real y te reirás de ti misma. Él te
ama, te lo repito. ¡De verdad, de verdad Pero ¡no aquí! ¡No ahora!
Esto es una ilusión. Susan
Calvin asintió, silabeando susurrante: —Sí.
Sí. Agarraba
el brazo de Herbie, asiéndose con fuerza, repitiendo una y otra vez: —No
es verdad, dime que no es verdad. No es verdad, dime que no es verdad. Cómo
logró recobrar sus sentidos, nunca lo supo, pero era como pasar de un
mundo de brumosa irrealidad a una de cruda luz solar. Ella le empujó
apartándolo, desprendiéndose con dificultad de aquel brazo acerado, y
sus ojos estaban casi desorbitados. —Pero
¿qué estás intentando hacer? —y su voz se elevó casi hasta el ronco
grito—: ¿Qué estás intentando hacer? Herbie
retrocedió. —Quiero
ayudar. La
sicóloga fue dominándose. Miraba fijamente al robot. —¿Ayudar?
¿Diciéndome que esto es un sueño? ¿Intentando impulsarme hacia la
esquizofrenia? Una
tensión histérica fue aprisionándola. —¡Esto
no era un sueño! ¡Ojalá lo fuera! Hubo
resuello en la respiración de la mujer cuando exclamó: —¡Aguarda,
aguarda un momento! ¿Por qué... por qué...? Ya comprendo. ¡Misericordia
Divina! es tan evidente... Había
horror en la voz del robot. —¡Tuve
que hacerlo! —¡Y
yo te creí! Nunca pensé siquiera... Unas
voces ruidosas acercándose a la puerta la hicieron callarse. Dio media
vuelta, crispando los puños espasmódicamente, y cuando Lanning y Bogert
entraron, ella estaba ante la ventana más alejada. Ninguno de los dos
hombres le prestó a ella la menor atención. Lanning
colérico e impaciente, Bogert, fríamente sardónico. El director habló
el primero. —Vamos
a ver, Herbie. ¡Escúchame! El
robot llevó rápidamente sus ojos hacia abajo, hacia el envejecido
director. —Sí,
doctor Lanning. —¿Has
hablado de mí con el doctor Bogert? —No,
señor. La
respuesta brotó lentamente, y la sonrisa en el rostro de Bogert se borró
al instante. —¿Cómo
es eso? —y Bogert pasó delante de su superior para colocarse
perniabierto ante el robot—. Repite lo que me dijiste ayer. —Dije que... Interrumpiéndose,
Herbie guardó silencio. Muy al interior, su diafragma metálico vibraba
en tenues discordancias. —¿No
dijiste que él había dimitido? —rugió Bogert—. ¡Contéstame! Bogert
levantó el brazo frenéticamente, pero Lanning le empujó a un lado. —¿Trata
usted de avasallarle para que mienta? —Ya
le oyó, Lanning. Él empezó diciendo ‘Sí’ y se detuvo. ¡Apártese!
¡Quiero sacarle la verdad! ¿Estamos? —¡Yo
le preguntaré! Y
Lanning se volvió hacia el robot. —Vamos
a ver, Herbie, tómalo con calma. ¿He dimitido yo? Herbie
miraba fijamente, y Lanning repitió ansiosamente: —¿He
dimitido yo? Hubo
un indicio muy tenue de una sacudida negativa de la cabeza del robot. Los
dos hombres intercambiaron miradas y la hostilidad en sus ojos era casi
tangible. —¿Qué
demonios ocurre? —masculló Bogert—. ¿Se ha vuelto mudo el robot? ¿Es
qué no puedes hablar, monstruosidad? —Puedo
hablar —fue la rápida réplica. —Entonces
contesta la pregunta. ¿No es cierto que me dijiste que Lanning había
dimitido? ¿No ha presentado su dimisión? Y
de nuevo no hubo sino un silencio embotado, mustio, hasta que al fondo del
cuarto, la risa de Susan Calvin restalló súbitamente, en agudo trémolo
y semi-histérica. Los
dos matemáticos respingaron en sobresalto, y los ojos de Bogert se
achicaron. —¿Estaba
usted aquí? ¿Qué es lo gracioso? —Nada
es gracioso. —Su voz no era del todo natural—. Ocurre simplemente que
no soy yo la única que ha sido atrapada. Es irónico que tres de los
mejores expertos en rebotica del mundo caigan en la misma trampa elemental
¿No es cierto que es irónico? Su
voz se truncó y llevándose una mano lívida a la frente, agregó: —Pero,
¡no es divertido ni gracioso! Esta
vez la mirada que intercambiaron los dos hombres era de asombro y de
cejas arqueadas. —¿De
qué trampa está usted hablando? —preguntó Lanning envarado—. ¿Hay
algo que ande mal en Herbie? Ella
se fue acercando lentamente. —No,
no hay nada que funcione mal en él, sino en nosotros. Giró
sobre sí misma rápidamente y le chilló al robot: —¡Apártate
de mí! Vete al otro lado de la sala y que no te vea. Herbie
retrocedió ante la furia de los ojos femeninos y tambaleándose se alejó
en trote constante. El
tono de Lanning expresaba hostilidad: —¿A
qué viene todo esto, doctora Calvin? Les
hizo frente y habló sarcásticamente: —Conocen
seguramente la Primera Ley fundamental de Robótica. Los
otros dos asintieron a la vez. Habló Bogert con irritación: —Desde
luego que sí. Un robot no debe lesionar a un ser humano, ni mediante la
inacción, llegar a producirle daño. —Qué
bien expresado queda —dijo Calvin con mueca de escarnio—. Pero, ¿qué
clase de daño? —Pues,
de cualquier clase. —¡Exactamente!
¡De cualquier clase! Pero ¿y qué pasa con los sentimientos heridos?
¿Qué me dicen del hundimiento del propio ego? ¿Qué opinan acerca de la
voladura de las propias esperanzas? Todo eso, ¿son lesiones? Lanning
frunció el ceño. —¿Qué
podría saber un robot acerca de...? Y
se atajó boquiabierto. —Ya
se dio cuenta... ¿no es cierto? «Este» robot lee las mentes. ¿Acaso
supone que él no sabe todo lo referente a las lesiones mentales? ¿Puede
imaginarse que si le hacen una pregunta nos contestará exactamente lo que
uno quiere oír? ¿No nos heriría cualquier otra respuesta, y acaso
Herbie no lo sabe? —¡Cáspita!
—murmuró Bogert. La
sicóloga le lanzó una mirada sardónica. —Doy
por hecho que usted le preguntó si Lanning había dimitido. Usted quería
oír que él había dimitido y por consiguiente esto es lo que Herbie le
dijo. —Y
supongo que es por esta razón —dijo Lanning sin inflexión en la
voz—, que no quiso contestar hace unos momentos. No podía contestar de
ningún modo sin herir a uno de nosotros. Hubo
una breve pausa durante la cual los dos hombres miraron pensativamente
al robot, acuclillado en la silla junto a la estantería de libros. Susan
Calvin miraba estólidamente al suelo. —Él
sabía todo eso. Este... este demonio lo sabe todo, incluyendo lo que falló
en su ensamblaje. Lanning
alzó la cabeza. —En
este punto se equivoca, doctora Calvin. Él no sabe lo que salió
anormal en su confección. Se lo pregunté. —¿Y
esto que puede significar? —gritó Calvin—. Tan sólo que usted no
quería que él le diese la solución. Hubiese pinchado su ego ver que
una máquina hacía lo que usted no podía hacer. ¿Le preguntó también
lo mismo? —le espetó ella a Bogert. —En
cierto modo —y Bogert tosió enrojeciendo—. Me dijo que no entendía
mucho de matemáticas. Lanning
rió, no muy ruidosamente, y la sicóloga sonrió cáusticamente. Dijo
ella: —¡Se
lo preguntaré! La solución que me dé, no herirá mi ego. Elevó
la voz en tonalidades frías, imperiosas. —¡Ven
aquí! Herbie
se puso en pie y se aproximó con pasos titubeantes. —Doy
por supuesto —prosiguió ella— que tú sabes exactamente en qué punto
del ensamblaje se introdujo un factor extrínseco, o quedó olvidado uno
esencial. —Sí,
lo sé —dijo Herbie, con tonalidad apenas audible. —¡Alto
ahí! —intervino Bogert coléricamente—. Esto no significa que será
forzosamente la verdad. Usted quiere oírla, eso es todo. —No
sea tonto —replicó Calvin—. Indiscutiblemente él sabe tanta matemática
como usted y Lanning juntos, puesto que puede leer los pensamientos. Dele
su oportunidad. Predominó
el matemático y Calvin continuó: —Muy
bien, Herbie, ¡anda, habla! Estamos esperando. Y
en voz más baja agregó: —Preparen
sus lápices y papel, caballeros. Pero
Herbie permaneció silencioso y hubo matices triunfales en el tono de la
sicóloga: —¿Por
qué no contestas, Herbie? El
robot replicó abruptamente: —No
puedo. ¡Usted sabe qué no puedo! Los doctores Lanning y Bogert no
quieren que yo lo haga. —Ellos
quieren la solución. —Pero
no procedente de mí. Lanning
intervino, hablando lenta y distintamente: —No
seas bobo, Herbie. De veras queremos que nos lo digas. Bogert
asintió secamente. La
voz de Herbie alcanzó estridencias salvajes: —¿De
qué servirá que lo diga yo? ¿Es que no comprenden que puedo ver más
allá de la piel superficial de su mente? Muy en lo hondo, no quieren que
lo haga. Soy una máquina, a la que han dado una imitación de vida
solamente en virtud de la acción recíproca positrónica en mi cerebro,
que es un invento del hombre. No pueden desprestigiarse ante mí sin
quedar heridos. Esto se halla en lo hondo de sus mentes y no será
borrado. No puedo dar la solución. —Nos
iremos —dijo Lanning—. Díselo a Calvin. —No
representaría diferencia alguna —gritó Herbie— puesto que sabrían
de todos modos que fui yo el que facilitó la respuesta. Resumió
Calvin: —Pero
tú comprendes perfectamente, Herbie, que pese a eso, los doctores
Lanning y Bogert quieren la solución. —¡Por
sus propios esfuerzos! —insistió Herbie. —Pero
la quieren, y el hecho de que tú la posees y no quieres darla, les hiere,
les hace daño. Te das cuenta ¿no es así? —¡Sí!
¡Sí! —Y
si les das la solución también les herirás. —¡Sí!
¡Sí! Herbie
iba retrocediendo lentamente, y paso a paso iba avanzando Susan. Los dos
hombres observaban la escena con perplejidad. —No
puedes decírselo a ellos —zumbaba monótona la sicóloga— porque esto
les ofendería y tú no debes herir. Pero si no lo dices, hieres, o sea
que debes decírselo. Y si lo haces, les herirás y no debes, o sea que no
puedes decirles; pero si no lo haces, les hieres, o sea que debes; pero si
lo haces, causarás daño, o sea que no debes; pero si no lo haces,
hieres, o sea que debes; pero si lo haces, tú... Herbie
estaba acorralado contra la pared, y entonces cayó de
rodillas. —¡No
sigas! —chilló—. ¡Cierra tu mente! ¡Está llena de sufrimiento,
frustración y odio! ¡Yo no quise herirte, ya te lo he dicho! ¡Intenté
ayudarte! ¡Te dije lo que querías oír! ¡Tenía que hacerlo! La
sicóloga no prestaba atención. —Debes
decírselo a ellos, pero si lo haces, causas daño, o sea que no debes;
pero si no lo haces, hieres, o sea que debes; pero si... Herbie
chilló. Era
como el silbido de un flautín muchas veces amplificado, chillón y
agudo en escala creciente hasta que se afiló con el terror de un alma
perdida y llenó la sala como el penetrante taladro del último clamor del
alma. Y
cuando se extinguió en la nada, Herbie se derrumbó en un confuso montón
de metal inerte. La
faz de Bogert estaba exangüe. —¡Ha
muerto! —¡No!
—y Susan Calvin estalló en rachas de carcajadas salvajes que le sacudían
todo el cuerpo— no está muerto, sino demente. Le confronté con el
dilema sin solución, y se descompuso. Ya pueden tirarlo a la
basura ahora, porque nunca volverá a hablar. Lanning
estaba arrodillado junto a la cosa que había sido Herbie. Sus dedos
tobaron el frío metal del rostro insensible y se estremeció. —Lo
hizo usted a propósito. Se
incorporó enfrentándose a ella, crispado el rostro. —¿Y
qué si fue así? Ahora ya no lo puede evitar —y con súbito acceso de
amargura añadió ella—: Se lo merecía. El
director asió al paralizado e inmóvil Bogert. —Qué
importa ya. Vámonos, Peter. Un robot pensante de este tipo carece de
valor, de todos modos. Sus
ojos contenían mucha vejez y fatiga. Repitió: —¡Vámonos,
Peter! Minutos
después que los dos científicos se hubieron ido, la doctora Susan Calvin
recobró parte de su equilibrio mental. Lentamente, sus ojos giraron
hacia el viviente-muerto Herbie y la tensión regresó a su semblante.
Largo tiempo le contempló con fijeza, mientras la sensación de triunfo
se desvanecía y la irremediable frustración regresaba, y de todos sus
turbulentos pensamientos sólo una palabra infinitamente amarga afloró a
sus labios. —¡Mentiroso! |
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