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Baranov
suspiró. —No
quiero dar la impresión de no haber tenido nunca éxito en mis relaciones
Con el bello sexo, pero debo admitir que para lograrlo hay que hacer el
esfuerzo de mostrarse seductor. Y no siempre vale la pena. El
respetable ámbito de nuestro club no solían ser caja de resonancia de
reminiscencias amatorias y, en lo que a mí respecta, no estaba desde
luego interesado en escuchar las de Baranov. —No
tiene por qué implicar un esfuerzo —dije—. En algunos hombres, el
despliegue de simpatía es una segunda naturaleza. Al
decir esto, me erguí un poco, como un pavo real. Jennings, en cambio,
manifestó Con bastante malignidad: —Te
he visto correr tras ellas sin mayor éxito... En tu caso, probaría otros
recursos. Entonces,
desde las profundidades del sillón, del cual podría haber jurado que
provenían los leves suspiros de un rítmico ronquido, llegó la voz de
Griswold. —Conocí
una vez a un hombre irresistible para las mujeres. Nunca necesitó
recurrir a la seducción. Por el solo hecho de existir, las atraía como
abejas a un panal. —Hombre
afortunado —comentó Baranov. —Depende
de tu concepto de lo que es la fortuna —dijo Griswold—. Una de esas
mujeres lo mató... No
voy a mencionar su nombre —dijo Griswold— ni los de las mujeres
involucradas. El hecho provocó un escándalo bastante sonado hace varias
décadas. Hoy está olvidado y más vale que así sea. No hay por qué
resucitar un pasado desagradable para sobrevivientes y descendientes. Me
consultó sobre el caso la policía. En realidad, el jefe, que era muy
amigo mío y conocía mi facilidad para llegar al fondo de las cosas y
para pescar al vuelo todo aquello que otros no suelen advertir . —Griswold
—me dijo—, están implicadas en este caso cuatro mujeres y cualquiera
de ellas podría ser la asesina. Cada una de ellas tenía su motivo, los
medios y la oportunidad, de modo que sólo se trata de identificar a la
que cometió el crimen. —Pero
la policía puede hacerlo, ¿no? Sobre todo si investigan a fondo. Tienen
pocos sospechosos. —Es
cierto —dijo el jefe de policía—, pero llevará tiempo y hombres,
que, en este momento, no puedo darme el lujo de desperdiciar. Si usted se
limita a entrevistar a cada una de las mujeres, estoy seguro de que podrá
identificar de inmediato a la culpable. Siempre
me satisface ayudar a la policía, de modo que acepté dedicar un día al
misterio... tiempo que no solía conceder fácilmente porque en esos días
estaba muy ocupado. En
cuanto a ustedes, puedo identificar muy bien a las cuatro mujeres por el
color del pelo: una lo tenía negro, otra castaño, otra rojizo y otra
rubio. Al parecer no eran las únicas mujeres en la vida del hombre, pero
sí eran las que lo habían visitado en las primeras horas de la noche
fatal. Todas habían sido rechazadas con mayor o menor firmeza, pues, Don
Irresistible había encontrado una nueva amiga que, por el momento al
menos, lo había puesto fuera de circulación. Como es natural, las cuatro
se sentían profundamente agraviadas. Una de ellas se sintió tan afectada
que ya avanzada la noche volvió para suplicarle que no la abandonara. Según
parece, la negativa del hombre fue férrea, de modo que la mujer tomó un
cuchillo de la cocina que estaba en algún lugar del departamento y se lo
enterró con la mayor limpieza en el pecho. Y mantuvo la suficiente
presencia de ánimo como para borrar las huellas del mango antes de
retirarse. Tal es, por lo menos, la reconstrucción del crimen. Las
huellas digitales halladas en el resto del departamento no tenían mayor
importancia: las cuatro mujeres lo habían visitado. Había testigos en
cuanto al hecho de que una de ellas había vuelto, pero no fue posible
identificarla a causa de la oscuridad reinante, aparte de que se la vio sólo
fugazmente. Ninguna
de las cuatro contaba con una coartada satisfactoria para el período en
cuestión. Todas estaban muy nerviosas, furiosas por haber sido rechazadas
y cualquiera de ellas podría haber sido la que echara mano al cuchillo.
La quinta mujer, la amiga nueva, se presentó inmediatamente. No tenía
motivos para cometer el crimen y sí una coartada. Decididamente no estaba
entre las sospechosas. Entrevisté
a las cuatro y comprobé el asombro de cada una de ellas al enterarse de
la existencia de las otras. El asombro no podía ser fingido ante un
investigador tan hábil como yo. No pude evitar sentir un profundo respeto
por la habilidad de Don Irresistible para mantener en cada una el
convencimiento de ser la única en la vida de ese hombre. Pelo
Negro afirmó que la víctima era irresistible. —Había
algo en él... —dijo. —¿Exactamente,
qué? —pregunté. —No
creo que pueda precisarlo. —¿Sumamente
apuesto? (Yo sabía que no lo era. Había visto su fotografía.) —No.
Solamente pasable. —¿Hermosa
voz? —No
especialmente hermosa. —¿Educado?
¿Culto? ¿Ingenioso? —¿A
quién le importan esas cosas? —¿Bueno
en la cama? —Bastante.
Pero me sentí atraída por él antes de llegar a esa etapa. —Pero
usted no sabe con exactitud qué lo hacía tan atrayente. —No
sabría expresarlo. Las
cuatro mujeres se mostraron de acuerdo sobre ese punto. Nadie pudo
especificar concretamente qué lo hacía irresistible, pero todas
concordaron en que lo era. Pregunté
a Pelirroja si el hombre usaba alguna loción para afeitarse
particularmente exquisita. —No
usaba ningún tipo de perfume —dijo—. Jabón sin perfume. Desodorante
sin perfume. Es algo que me gustaba en él. No soporto los perfumes
intensos ni en mí ni en los hombres. Era
algo que las cuatro mujeres tenían en común. Ninguna de ellas tendía a
ahogarlo a uno en una pesada ola de sustancias químicas olorosas. Pelo
Castaño fue la única que mostró pesar. Todo el tiempo parecía sorberse
las lágrimas y tenía los ojos enrojecidos. Afirmó que no creía que
ninguna de ellas pudiese haberlo matado. —¿No
sintió despecho ante su cínica conducta? —le pregunté. —Me
daba rabia, pero sólo cuando estaba lejos de él. Fuera de su presencia
sentía verdadera indignación. —Pelo Castaño se sonó la nariz—. En
cambio cuando lo veía, desaparecía. Lo único que sabía era que quería
estar junto a él. Simplemente, tenía algo. Estoy segura de que las otras
sentían lo mismo que yo. Simplemente,
tenía algo. Era lo único que podía arrancarle a las cuatro. La Rubia
daba la impresión de ser la menos inteligente, la más dispuesta a
hablar. —¿Cómo
lo conoció? —le pregunté. —Fue
en una fiesta. Nadie nos presentó. Lo vi algo apartado en un rincón y no
me llamó la atención. Tenia un aspecto bastante común y no atrajo
demasiado mi mirada. Pero luego, al pasar a su lado, no pude dejar de
advertir algo atrayente en él. Me detuve, y le dije: "¡Holal"
Él levantó la vista, me sonrió y me dijo: " ¿Qué tal?" y así
fue como nos conocimos. —¿Algo
en la sonrisa? —sugerí—. ¿Cierta osadía? —No
diría eso... Era una sonrisa como todas. Hablamos un rato. No recuerdo de
qué. —¿Pero
recuerda que fue una conversación fascinante? ¿Brillante, diría? —No...
No la recuerdo en lo más mínimo. Tiene que haber sido una conversación
como cualquier otra. De todos modos, me llevó a su departamento y estar
con él fue algo maravilloso. —¿Habilidoso
en la cama? —No
estaba mal, pero los he conocido mejores. Lo que sé es que fue
maravilloso estar con él. La
Rubia estaba en total acuerdo con Pelo Castaño en cuanto a que en
presencia de Don Irresistible jamás habría podido dañarlo, hiciera él
lo que hiciera. Las cuatro mujeres estaban de total acuerdo. Existía
la posibilidad de que tuviesen razón. Quizá ninguna de ellas lo hubiera
matado. Podría haber sido un ladrón de sexo masculino. Según cabe
presumir, Don Irresistible no ejercía su fascinación con los hombres. Un
llamado telefónico al jefe de policía desvirtuó la posibilidad. No había
señales de que la entrada hubiera sido forzada y no se habían llevado
nada. Además, la persona que vieron entrar en el departamento esa noche
tarde era una mujer. La opinión al respecto de dos testigos fue
terminante. ¿Qué
tipo de fascinación era la de Don Irresistible? De alguna manera estaba
convencido de que si lograba descubrirlo, podría solucionar el misterio. No
voy a negar que jugué con la idea del hechizo. ¿Tenía
Don Irresistible algún truco mágico que le daba esos resultados? ¿Ejercía
algún tipo de sortilegio en sus víctimas, no en sentido figurado, sino
literal? Tenia
mis dudas. Después de todo, una de sus víctimas se volvió contra él y
lo mató. Si él recurría a algún tipo de truco mágico, por cierto debía
ser suficientemente hábil para que no le fallase en momentos decisivos.
No, su don tenía que ser natural y le falló en el momento crucial. ¿En
qué había consistido su don y de qué manera le falló? Me
comuniqué una vez más por teléfono con cada una de las mujeres. —¿Alguna
vez se comunicó por teléfono con él?— les pregunté sucesivamente. Todas
habían hablado por teléfono con él. —¿Le
creaba la conversación una cálida atmósfera amorosa? Cada
una de las mujeres pensó un rato y por fin decidió que las
conversaciones telefónicas no habían tenido particular importancia. —¿Le
gustaba que él la tuviese entre sus brazos? —Hasta
el éxtasis. —¿Aún
en la oscuridad? Pelirroja
dijo con vehemencia: —En
la oscuridad era mejor aún. Me podía concentrar más en él. Las
otras opinaron lo mismo. Por
fin, decidí que contaba con todos los elementos de juicio. Antes de
medianoche hice llegar mi respuesta al jefe de policía. Me había llevado
un día de trabajo encontrarla y desde luego acerté, porque... Jennings
era el más próximo a Griswold y logró pisarle un pie antes de que se
volviera a dormir. —No
te duermas —le dijo—. ¿Cuál era el secreto de su fascinación? —¡Ay!
—se quejó Griswold y luego, soplando detrás de su bigote, nos miró
indignado—. Es imposible que no lo sepan. Si descartan lo sobrenatural
los sortilegios y las pociones, todo se reduce a los sentidos. Hay tres
sentidos de larga distancia: la vista, el oído y el olfato. Resulta obvio
que Don Irresistible era un hombre del montón y con una voz vulgar.
Cualquiera de las mujeres podía mirarlo desde lejos o hablar por teléfono
con él sin caer presa de su encanto. Para ser seducidas era necesario
aproximarse y la proximidad involucra el sentido del olfato. —Pero
no usaba perfume —observé—. Tú mismo lo dijiste. —Ni
más ni menos. Pero existen olores naturales. El olor de la traspiración
reciente puede ser afrodisíaco. Se han localizado compuestos en la
traspiración limpia de los hombres que las mujeres hallan atrayentes.
Tienen olor a sándalo, según creo. Sin duda, buena parte de la atracción
entre los sexos es resultado de estos sutiles mensajes químicos pero, en
nuestra sociedad, con su énfasis en los perfumes artificiales intensos de
todo género, los olores naturales se diluyen. Don Irresistible no usaba
esencias ni perfumes. Tenía un olor natural pronunciado, sospecho, y las
mujeres que al igual que él tampoco usaban perfumes y cuyo sentido del
olfato era por lo tanto más fino, lo hallaban atractivo. Y lo hallaban
atractivo en esta época insensible a los aromas sutiles, sin saber
siquiera por qué. Ahí tenía que estar la clave. —Sí
—dijo Baranov—. Pero, ¿quién lo mató, entonces? —Es
evidente. Yo les dije que Pelo Castaño era la única que parecía
apesadumbrada. Tenía la nariz húmeda y los ojos enrojecidos. Puede haber
sido el pesar, pero también los síntomas de un catarro nasal. En
condiciones normales hubiera sido sin duda incapaz de hacerle daño a su
amigo, como dijo. Pero a causa de su resfrío, había perdido
transitoriamente el sentido del olfato. Transitoriamente era inmune a Don
Irresistible. Transitoriamente nada le impedía acuchillarlo... y lo
acuchilló. |
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