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Introducción correspondiente a la colección Los Vientos de Cambio Sucede que, además de ser un escritor profesional, soy también un orador profesional. Llevo hablando (por dinero) treinta años, y calculo que lo hago bastante bien. Existe una organización que edita un anuario titulado Encuentre al Orador Adecuado, en el cual varias agencias de oradores anuncian a sus representantes (y pueden estar seguros que mi agente me menciona en su anuncio). La organización pensó que podía realzar su edición de 1981 con un relato, y naturalmente pensaron en mí. Acepté, pensando que sería una agradable combinación de mis dos carreras; escribí ¡Punto de Ignición! en enero de 1981, y apareció en el anuario. Puesto que estoy seguro que los lectores de dicho anuario son limitados, incluyo el relato aquí con placer, sabiendo que de este modo llegará a un mercado más adecuado a la ciencia ficción. |
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—Déjeme
decirlo claramente —murmuró Anthony Myers, inclinándose por encima de
su escritorio hacia el hombre sentado en el sillón frente a él—. ¿Su
computadora no escribe el discurso? —No,
usted lo hace. O alguna otra persona. Nicholas
Jansen estaba completamente tranquilo. Era un hombre pequeño, muy
elegantemente vestido, con una corbata estilo antiguo que no parecía
cohibirle en absoluto en un mundo de jerseys de cuello alto. —Lo
que he desarrollado es una serie de palabras —explicó—, frases, párrafos,
que inducen reacciones en grupos específicos de gente, divididos según
el sexo, edad, grupos étnicos, lenguaje, ocupación, lugar de residencia,
o casi cualquier otra cosa concebible. Si puede usted describir con
suficiente detalle el público al que su hombre se dirige, entonces yo
puedo proporcionarle exactamente la clase de cosas que su charla debe
incluir. Cuanto más sepamos de la audiencia, con mayor precisión podrá
producir mi programa de computadora las palabras y frases clave. Tejiéndolas
hasta formar un discurso... —¿Es
eso posible? ¿Tendrán sentido? —Eso
depende de la habilidad de quien escriba el discurso, pero realmente no
importa. Si golpea usted un tambor, puede conseguir que la audiencia se
agite hasta que sus pies y sus corazones resuenen al ritmo de éste; hasta
que alcancen el punto de ignición. El sentido es algo análogo al tono,
pero un tambor no tiene que golpear según el tono; simplemente, establece
un ritmo. Usted puede introducirle tanto tono como desee, pero es el ritmo
lo que tiene que conseguir. ¿Comprende? Myers
se frotó la mandíbula y se quedó mirando pensativamente al otro hombre. —¿Ha
probado usted eso antes? Jansen
sonrió ligeramente. —Sólo
de forma extraoficial. Limitada. Pero sé de qué estoy hablando. Soy un
oclologista... —¿Un
qué? —Un
estudioso de la psicología de masas, y el primero, que yo sepa, que ha
computarizado completamente el asunto. —Y
sabe usted que funciona..., en teoría. —No,
sé que puede funcionar..., en teoría. —Y
desea probarlo conmigo. ¿Y si no funciona? —Entonces,
¿qué tiene usted que perder? No le estoy pidiendo ningún pago. Será
una experiencia útil para mi trabajo, y si debe creer en lo que he oído,
su hombre está perdido si no utiliza mis servicios. Myers
tamborileó suavemente con los dedos sobre el escritorio. —Mire
—dijo—, déjeme explicarle lo de mi hombre. Tiene muy buena presencia.
Posee una espléndida voz. Es amigable, y se puede confiar en él.
Adecuadamente manejado, podría hacer de él un ejecutivo de empresa, o un
embajador, o el presidente de los Estados Unidos. El problema es que no
tiene talento para hablar, y yo tengo que proporcionárselo. Pero a lo que
no puedo ayudarle es a pronunciar sus discursos de forma que convenza a la
gente que realmente él tiene talento para la oratoria. Eso es lo que no
es capaz de hacer, ni siquiera aunque el discurso le sea dado escrito
hasta la última palabra. El discurso puede ser inteligente, pero él es
incapaz de pronunciarlo de una forma que haga que él parezca inteligente.
¿Cree usted que puede escribir un discurso mejor que el que pueda
escribirle yo? —No
mejor. Sólo más convincente. Puedo hacer que él pulse los botones
adecuados para que el auditorio entre en ignición. —¿Qué
quiere decir con «ignición»? —Que
se enciendan. ¿No es eso lo que significa «ignición»? Cada multitud
tiene su punto de ignición, pero cada multitud requiere algo distinto
para inflamarse. —Puede
que me esté vendiendo usted un puñado de tonterías, señor Jansen. No
existe ningún discurso tan a prueba de fallos que un orador torpe no
pueda estropearlo. —Al
contrario. Cuanto más torpe sea el orador, más fácilmente podrá
pronunciar su discurso, ya que no estará pensando en él por sí mismo.
¿Puedo conocer a su hombre? Es decir, si desea usted mis servicios. —Comprenderá
usted que todo lo que se ha dicho aquí es confidencial. —Por
supuesto. Ya que mi intención es utilizar esto, en último término, con
fines comerciales, estoy todavía más interesado que usted en que todo
resulte de lo más confidencial. Barry
Winston Bloch aún no había llegado a la cuarentena. En su juventud había
sido jugador semiprofesional de béisbol. Había conseguido su
licenciatura en una universidad del medio oeste sin demasiado esfuerzo, y
había tenido un éxito moderado como vendedor. Su apariencia llamaba la
atención, no porque fuera atractivo, sino porque parecía físicamente
poderoso, y daba la impresión de poseer una sabiduría natural. Su pelo
empezaba a mostrar estrías grisáceas, tenía una forma de echar la
cabeza hacia atrás y sonreír cálidamente que inspiraba confianza. Normalmente,
bastaba una hora para darse cuenta que tras aquella amabilidad no había
otra cosa que un poco más de amabilidad. En
aquel momento, Bloch se sentía incómodo. Desde que se había unido a
Myers, se sentía incómodo muy a menudo. Deseaba tener éxito en la vida;
su anhelo secreto era formar parte del Congreso, y a veces se preguntaba
si no hubiera llegado a ser un gran evangelista. Sin embargo, el problema
era que la gente lo ponía nervioso. Una vez había agotado su enorme
sonrisa, tenía que hablar, y nunca tenía nada en particular que decir. Y
nadie había conseguido nunca hacerle sentir tan incómodo como aquel
hombrecillo de ojos de lince, que permanecía sentado allí absolutamente
inmóvil mientras Bloch leía sus discursos. Ya era bastante malo hablarle
a un público de verdad, que se agitaba, tosía y parecía estar aburrido
al ver que no terminaba. Aquel hombrecillo -tenía que recordar que su
nombre era Jansen-, que nunca reaccionaba de ninguna manera, le coartaba. Bueno,
sí reaccionaba..., reaccionaba de una sola manera: tendiéndole
invariablemente otro discurso para que lo leyera. Cada uno era un poco
distinto del anterior, y cada uno le interesaba de alguna forma, pero
nunca tenía la sensación que el otro le hiciera justicia. Hacía que se
sintiera en cierto modo triste..., y avergonzado. El
manuscrito que le fue entregado aquel día parecía peor que todos los demás.
Lo miró con desmayo. —¿Qué
son todas esas acotaciones? Myers
adoptó el tono suave que casi siempre utilizaba con Bloch. —Bien,
B. B. —dijo—, el señor Jansen te lo explicará. —Son
directrices —empezó éste—. Es algo que tiene usted que aprender;
pero no le va a resultar difícil. Un guión significa una pausa, y un
subrayado significa un énfasis. Una flecha hacia abajo delante de una
palabra quiere decir que debe bajar usted un par de notas el tono de su
voz; una flecha hacia arriba significa que tiene que elevarlo. Una flecha
curvada hacia abajo quiere decir que debe adoptar un tono desdeñoso. Si
se curva hacia arriba, su voz se alzará airadamente. Un paréntesis
significa una breve sonrisa; un doble paréntesis, una sonrisa más
amplia; un triple paréntesis, una risita. Nunca debe reír francamente.
Una línea encima de una palabra quiere decir que debe adoptar una expresión
ceñuda; una doble línea significa que debe repetir. Un asterisco... —No
voy a poder recordar todo eso —dijo Bloch. Desde
detrás de Bloch, Myers dijo sin palabras, y con gesto preocupado: «No
creo que pueda». Jansen
no pareció inmutarse por la doble negativa. —Lo
conseguirá, con un poco de práctica. La apuesta es alta, y bien merece
preocuparse un poco. —Adelante,
B. B. —le animó Myers—. Simplemente léalo, y el señor Jansen le
ayudará sobre la marcha. Pareció
como si Bloch quisiera seguir objetando, pero su innata amabilidad venció.
Colocó el manuscrito en el atril y empezó a leerlo. Se encalló, miró
al manuscrito con el ceño fruncido, empezó de nuevo, y finalmente se
detuvo. Jansen
se explicó, y Bloch empezó de nuevo. Pasaron una hora con los tres
primeros párrafos antes de hacer una pausa. —Es
horrible —dijo Myers. —¿Cómo
se las arregló usted la primera vez que intentó conducir una bicicleta?
—se interesó Jansen. Bloch
repitió todo el discurso de principio a fin dos veces aquel día, y dos
veces más el segundo día. Fue preparado un segundo discurso, no
exactamente igual, pero sí desprovisto también de contenido real. Al
cabo de una semana, Bloch dijo: —Estoy
empezando a captarlo. Tengo la impresión que empieza a sonar bien. —Yo
también lo creo —dijo Myers, con falsa esperanza. Más
tarde, Jansen le dijo a Myers: —Lo
está haciendo mejor de lo que esperaba. Está adquiriendo una cierta
potencialidad, pero... —Pero,
¿qué? Jansen
se alzó de hombros. —Nada.
Ya veremos. —Creo
que ya está preparado para enfrentarse al público —dijo Jansen—,
siempre que se trate de un público homogéneo que podamos analizar
atentamente. —La
Asociación Norteamericana de Tejedores Textiles necesita un orador, y
creo que puedo colocarles a B. B. ¿Puede arreglárselas usted con ese
tipo de público? —¿Tejedores?
—dijo Jansen, pensativo—. La posición económica debe ser homogénea,
y sospecho que el nivel educativo no será demasiado alto. Pero necesitaría
un análisis de las ciudades y estados que representan, y qué porcentaje
viene de cada uno de los diversos tamaños de establecimientos. También
edad, sexo y todo lo demás, por supuesto. —Veré
lo que puedo conseguir del sindicato, pero no disponemos de mucho tiempo. —Intentaremos
trabajar rápido. Tenemos ya bien sentadas las bases. Su hombre está
aprendiendo cómo pronunciar un discurso. Myers
se echó a reír. —Ha
llegado al punto en que ya casi me convence hasta a mí... Ya sabe, no le
quiero en el Congreso. Lo quiero en la televisión, vendiendo mis
ideas..., las suyas, quiero decir... —Sus
ideas, quiere decir —dijo Jansen fríamente—. Él no tiene
ninguna. —Eso
no importa. Creo que estoy depositando demasiadas esperanzas en esto... Bloch
se las arregló bien en el cóctel de la ANTT. Siguió las instrucciones,
sonrió, habló un poco pero no demasiado, contó uno o dos chistes
inofensivos y dejó caer unos cuantos nombres, y la mayor parte del tiempo
hizo lo posible por escuchar y asentir. Sin
embargo, Myers, desde su mesa junto a la presidencia, sentía una ligera
tensión. Si B. B. fallaba, podían intentarlo de nuevo, pero si fallaba
él, ¿quedaría lo suficiente como para que valiera la pena intentarlo de
nuevo? Aquella podía ser la prueba definitiva que le demostrara, a él,
que B. B. simplemente no servía. ¡Qué desperdicio, con aquella
apariencia! ¡Con aquella cabeza de senador romano que tenía! Miró
de soslayo a Jansen, sentado a su izquierda. El hombrecillo parecía
completamente tranquilo, pero había una ligera contracción en sus cejas,
como si una secreta preocupación le estuviera royendo. Terminó
la cena, se efectuaron los diversos anuncios oficiales, se dieron las
gracias al comité, la gente fue sentándose en el estrado a medida que
era presentada...; todos los enloquecedores detalles que no parecían
tener otra finalidad que acumular más tensión sobre el orador. Myers
miró ansiosamente a Bloch, captó su mirada de respuesta, y cruzó
brevemente los dedos. «¡Adelante y consíguelo, B. B.!» ¿Lo
haría? El discurso parecía extraño, casi quijotesco. Quedaría extraño
en los periódicos, si alguna vez alcanzaba las columnas de noticias; pero
estaba lleno de botones listos para ser pulsados..., según Jansen y su
computadora. Bloch
estaba poniéndose en pie. Avanzó con paso firme hacia el atril, y colocó
el manuscrito ante él. Siempre había sido bueno en eso; lo hacía de una
forma tan sencilla y natural que el público nunca pensaba ni por asomo
que su discurso iba a ser leído. Bloch
sonrió a su público y empezó a hablar lentamente. («No esperes
demasiado para adquirir velocidad, B. B.») No
lo hizo. Aceleró el ritmo. A veces, se detenía brevemente para descifrar
un símbolo, pero por fortuna aquello parecía deliberado, el tipo de
pausa pensativa que uno espera de la juiciosa madurez. Luego
empezó a hablar más rápida y emocionalmente y, para su sorpresa, Myers
sintió como si los tambores empezaran a batir. Allí estaban las frases
clave, exactamente con el énfasis requerido, y en respuesta pudo oír
agitarse a la audiencia. Las
risas brotaron en el momento oportuno, y en otro momento sonó un asomo de
aplausos. Myers nunca antes había oído que los aplausos interrumpieran a
Bloch. El
rostro de Bloch parecía un poco enrojecido ahora, y en un momento
determinado golpeó el atril con el puño, y la pequeña lamparilla se
tambaleó. («¡No la derribes, B. B.!») El público pateó en respuesta. Myers
sintió que la excitación subía también en su interior, aunque sabía
lo exactamente que el discurso había sido preparado. Se inclinó hacia
Jansen. —Está
logrando la ignición de la audiencia, ¿no cree? Jansen
asintió una sola vez. Sus labios apenas se movieron. —Sí.
Y quizá... Bloch
había hecho una breve pausa en su alocución, lo suficiente para
convertir a la audiencia en un nudo de tensión; de pronto, bajó
salvajemente su mano al atril, arrugó el manuscrito hasta convertirlo en
una masa amorfa, y lo arrojó a un lado. —No
necesito esto —dijo, dando a su voz una aguda y clara nota de
triunfo—. No lo deseo. Lo escribí desapasionadamente antes de tenerlos
a todos ustedes delante de mí. Déjenme hablarles ahora con el corazón,
tal como acuden las palabras a mi boca, aquí de pie delante de ustedes; déjenme
decirles a todos ustedes, amigos y norteamericanos, lo que veo en el mundo
de hoy, y lo que desearía ver... Y créanme, amigos míos, las dos cosas no...
son... lo... mismo. La
respuesta fue un rugido. Myers
se aferró alocadamente a Jansen. —¡No
puede hablar por sí mismo! Pero
sí podía, y lo hizo. Habló entre aplausos y gritos. Apenas importaba el
que fuera oído o no. Alzó ambos brazos como para abrazar a su audiencia,
y una voz gritó: —¡Sigue
adelante! ¡Díselo! Bloch
se lo dijo. Lo que dijo exactamente apenas importaba, pero cuando terminó,
hubo una impresionante y jubilosa ovación, con todo el mundo puesto en
pie. —¿Qué
ha ocurrido? —preguntó Myers a través del ruido. Estaba
aplaudiendo tan fuertemente como todos los demás. Jansen
permaneció sentado, en una extraña actitud derrumbada. Aferró a Myers,
lo atrajo hacia sí, y dijo con voz temblorosa: —¿No
se da cuenta de lo que ha ocurrido? Era una posibilidad entre un millón.
Hacia el final, empecé a preguntarme si era posible. Puede ocurrir... —¿De
qué demonios está hablando? —La
audiencia entró en ignición, y Bloch estaba hablándole a una audiencia
en ignición por primera vez en su vida, y los oradores tienen también su
punto de ignición. El propio Bloch entró en ignición, y un orador en
ignición puede arrastrar a la opinión pública y mover montañas. —¿Quién?
¿B. B.? —Sí. —Bien,
eso es estupendo. —¿De
veras? Cuando entra en ignición, adquiere poder, y si descubre que lo
tiene, ¿para qué le necesita a usted? ¿O a mí? Y si las cosas ocurren
así, ¿hasta dónde llegará? Ha habido grandes carismáticos antes, que
no siempre han conducido a las masas a la gloria. Bloch
estaba con ellos. La gente se arremolinaba a su alrededor. Le dijo a Myers,
en voz baja y casi sin aliento: —¡Ha
sido fácil! ¡Me sentí grande! Se
volvió hacia los que le rodeaban, riendo, dominándolos sin ningún
problema. Myers se lo quedó mirando, confuso; Jansen se lo quedó mirando, aterrado. |
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