LORENZO

servidor

ISAAC ASIMOV's

Good Taste

Buen Gusto

Introducción correspondiente a la colección Los Vientos de Cambio

A finales de 1975, Alan Bechtold, que dirige una pequeña empresa editora semiprofesional a la que llama Apocalypse Press, tuvo la idea de editar una serie de historias de ciencia ficción, en edición limitada, escritas especialmente con ese fin. Al cabo de un año de su publicación, todos los derechos de esas historias revertirían de nuevo al autor.

Me sentí intrigado por la proposición y, en enero de 1976, escribí Buen Gusto, que, con franqueza, me gustó enormemente. Tenía la impresión de haber conseguido elaborar en la historia un fondo social realmente fascinante. Bechtold publicó el relato, pero otros autores que habían prometido enviarle historias no lo hicieron y, desgraciadamente, el proyecto no tuvo continuidad.

De modo que, una vez hubo transcurrido el año, sometí la historia a George Scithers, para mi propia revista, que en ese momento acababa de ver la luz. Buen Gusto apareció en el número de otoño de 1977 de Asimov’s.


No estaba claro que hubiese sucedido (la familia no se habría sentido desdichada ni el mundo de Gammer aturdido y hasta horrorizado) si Chawker Menor no hubiese realizado el Grand Tour.

No era exactamente ilegal efectuar el Grand Tour pero, al menos en Gammer, no era socialmente aceptable. El viejo Chawker estuvo en contra desde el principio, para hacerle justicia, pero Lady Chawker se puso al lado de su hijo, y las madres, a veces, no son comprendidas. Chawker era su segundo hijo (los dos varones), y ya no iba a tener otros, por lo que no era extraño que le apoyara.

El hijo más joven había deseado ver los Otros Mundos de la Órbita, prometiendo no estar fuera de casa más de un año. Ella lloró y se preocupó, y empezó a decaer trágicamente, hasta que finalmente se le secaron los ojos y le habló seriamente al viejo Chawker... Su hijo se había marchado.

Bien, había vuelto precisamente al cumplirse el año, pues era un joven muy fiel a su palabra (aparte de que al día siguiente habría cesado el apoyo del viejo Chawker, con toda seguridad) y la familia lo festejó.

El Viejo llevaba una camisa negra muy brillante, pero no permitió que se relajaran las arrugas de su rostro, ni se humilló a pedir detalles. No tenía interés, ninguna clase de interés, en los Otros Mundos, con sus extrañas costumbres ni con sus pastos primitivos (no mejores que los de la Tierra, de la que los habitantes de Gammer nunca hablaban).

—Tu piel está sucia —rezongó—, y estropeada, Chawker Menor.

El empleo de todo el nombre demostraba su descontento.

Chawker se echó a reír y la piel clara de su cara, más bien delgada, se arrugó.

—Estuve a la sombra tanto como pude, mi Viejo, pero eso no es muy fácil en los Otros Mundos.

Lady Chawker tampoco había permanecido antes durante largo tiempo en la sombra.

—No estaba sucio, Viejo —intervino anhelosamente—. Respira calor.

—Del sol —se quejó el Viejo—, y seguramente habrá comido la bazofia que tienen allí.

—No, pero visité los criaderos de hongos.

Chawker Mayor tenía tres años más que el Menor, era más ancho de cara y pesaba más, pero aparte del gran parecido, se le veía dividido entre la envidia hacia su hermano por haber visitado los Otros Mundos y la revulsión que tal idea le producía. Dijo:

—¿Comiste sus materias primas, Menor?

—Algo tenía que comer —se defendió Chawker Menor—. Naturalmente, tenía tus paquetes de comida, Mi Lady, que a veces fueron unos salvavidas para mí.

—Supongo —masculló el viejo Chawker— que allí los alimentos son incomibles. ¿Quién sabe la porquería que habrá en ellos?

—Vamos, mi Viejo, —exclamó Chawker. Luego hizo una pausa como tratando de escoger sus palabras y acabó por encogerse de hombros.— Bueno, mantienen juntos el cuerpo y el alma, y uno acaba por acostumbrarse a ellos. No diré nada más... ¡Oh, Mi Lady, estoy tan contento por estar nuevamente en casa! ¡Estas luces son tan cálidas y amables...!

—Veo que te has hartado del sol —comentó el Viejo—. Pero tuviste que irte. Bien, bienvenido seas otra vez al mundo interior con la luz y el calor bajo el control del bloqueo que realizamos a los rayos del sol. Bienvenido al seno del pueblo, como dice el refrán.

—Sí, me alegro de haber estado allí —asintió Chawker Menor—. Ocho mundos diferentes ofrecen una visión única.

—Que es preferible no tener jamás —concluyó el Viejo.

—No lo sé —repuso Chawker Menor.

Su párpado derecho tembló ligeramente al mirar a su hermano. Chawker Mayor apretó los labios, pero no contestó.

Fue un festín. Todos tuvieron que reconocerlo, y al final fue el propio Chawker Menor el primero en abandonar la mesa. No le quedaba más remedio, puesto que Lady continuaba dándole muestras de lo que parecía una despensa sin fondo.

—Mi Lady —le dijo él con cariño—, mi lengua está ya fatigada. No es capaz de seguir gustando más cosas.

—¿Ya no tienes gusto? —preguntó ella—. ¿Qué clase de tontería es ésa? Tú posees la habilidad del Gran Viejo. A los seis años de edad eras ya un gran Gustador, y nos diste muchas pruebas de ello. No existía un aditivo que no pudieras detectar, incluso cuando no sabías pronunciar adecuadamente su nombre.

—Las papilas del gusto se deterioran cuando no se usan —refunfuñó malignamente el viejo Chawker—, y un viaje a los Otros Mundos estropea a los hombres.

—¿Sí? Veamos —sonrió Lady—. Menor mío, dile a tu refunfuñante Viejo lo que has comido.

—¿Por orden?

—Sí. Enséñale cómo te acuerdas.

Chawker Menor cerró los ojos.

—Oh. no es una prueba justa —gimió—. Me gustaban tanto los sabores que no me he parado a analizarlos... y hace ya tanto tiempo...

—Sólo disculpas, Lady —se burló el Viejo.

—Lo intentaré —decidió Chawker Menor apresuradamente—. En primer lugar, la materia prima base de todo son los tanques de hongos de la Sección Oriental, en el Corredor 13, creo, a menos que se hayan producido grandes cambios durante mi ausencia.

—No, has acertado —exclamó Lady con satisfacción.

—Y fue muy caro —añadió el Viejo.

—La vuelta del hijo pródigo —terció Chawker Mayor, con acidez—, y debemos ofrecerle los hongos más gordos, como dice el refrán. Bien, nombra los aditivos, si puedes, Menor.

—Pues... el primer toque era Mañana de Primavera con Hojas A Refrescadas, y otro toque, sólo un toque, de clavo en rama.

—Muy bien —aplaudió Lady, sonriendo.

Chawker Menor siguió con su lista y con los ojos cerrados. Su memoria parecía ir hacia atrás y hacia adelante, recordando el sabor y la consistencia de las muestras. Llegó a la octava y calló.

—Ésta me intriga —murmuró.

—¿No detectaste nada? —sonrió maliciosamente Chawker Mayor.

—Claro que sí. Casi todo. Había Cordero Juguetón... no, Cordero Saltarín, sólo Juguetón aunque a punto de ser Saltarín.

—Vamos, deja ya eso, que es fácil —le desafió Chawker Mayor—. ¿Qué más había?

—Menta-Verde, con un toque de Menta-Agria, ambas cosas, y una pizca de Sangre Brillante... Pero había algo más que no logro identificar.

—¿Era bueno? —se interesó Chawker Mayor.

—¿Bueno? Ni me lo preguntes. Todo era bueno. Todo ha sido suculento. Y lo que no logro identificar parecía más suculento todavía. Como Seto-en-Flor, pero mejor.

—¿Mejor? —Chawker Mayor estaba entusiasmado—. ¡Es mío!

—¿Cómo dices?

El Viejo intervino con un gesto de aprobación.

—Mi hijo, más hogareño que tú, se ha portado muy bien en tu ausencia. Ha inventado un programa computado que ha diseñado y producido tres nuevas moléculas de sabor compatibles con la vida, sumamente prometedoras. El mismo Gran Viejo Tomasz ha dado una de las cámaras-lengua a la construcción del Mayor, la misma que tú probaste, hijo mío, y dio su aprobación.

—En realidad —expresó Chawker Mayor—, no dijo nada, mi Viejo.

—Su expresión valió tanto como unas palabras —aclaró Lady.

—Estupendo —sonrió Chawker Menor, un poco molesto por no ser ya el principal protagonista. Tras una leve pausa, añadió—: ¿Te presentarás a los Premios?

—Lo estaba pensando —asintió Chawker Mayor, aparentando indiferencia—. Pero no con este sabor, que llamo Luz-Púrpura, pues espero producir algo más digno de un concurso.

Chawker Menor frunció el ceño.

—Pensaba que...

—¿Qué?

—... que no estoy para reflexionar sobre nada. Vamos, Lady, dame un poco más de la construcción del Mayor y veré si puedo deducir lo referente a la estructura química de su Luz-Púrpura.

La atmósfera de fiesta en casa de los Chawker prosiguió durante una semana. El Viejo Chawker era muy apreciado en Gammer, y parecía como si la mitad de los habitantes de aquel mundo hubiesen pasado por su Sección antes de ver saciada su curiosidad y contemplar con sus propios ojos a aquel Chawker Menor que había regresado sano y salvo. Lo más notable era el color de su tez, y más de una joven le preguntó si podía tocarle la mejilla, como si tuviese una capa que pudiera palparse.

Chawker Menor se dejaba tocar la mejilla con gran complacencia, aunque Lady no aprobaba semejantes solicitudes.

El Gran Viejo Tomasz bajó de su aéreo, tan rollizo como podía estar un Gammerio, sin señales de que la vejez ni sus cabellos blancos hubiesen deteriorado su inteligencia. Era el Maestro Gustador de Gammer, mejor aún que el Gran Viejo Faron, que había vivido medio siglo antes. Todo lo que Tomasz gustaba con su lengua dejaba de tener secretos para él.

Chawker Menor, que no tenía una gran inclinación en confesarse inepto, no sentía ninguna vergüenza en admitir que su innato talento al respecto no podía compararse ni de lejos con la gran experiencia del anciano.

El Gran Viejo que, en casi veinte años, había presidido el Concurso Anual de Premios por su habilidad, se interesó vivamente por los Otros Mundos que, naturalmente, nunca había visitado.

Se mostró indulgente y le sonrió a Lady Chawker.

—No hay necesidad de preocuparse. Lady —dijo con su voz gangosa—. En la actualidad, la juventud es curiosa. En mis tiempos, nos contentábamos con atender a nuestro propio cilindro, como dice el refrán, pero estos son tiempos nuevos y muchos desean efectuar el Grand Tour. Bien, tal vez no sea mala idea. Visitar los Otros Mundos, frívolos, calcinados por el sol, faltos de sabores, sin papilas gustativas... hace que se aprecie más al hermano mayor, como dice el refrán.

Chawker Menor jamás había oído que nadie, aparte del Gran Viejo Tomasz, se refiriese a Gammer como al «hermano mayor», aunque esta expresión se hallaba a menudo en los video-cassettes. Era la tercera colonia fundada en la órbita de la Luna, en los años pioneros del siglo XXI; pero las dos primeras, Alfer y Bayter, nunca habían sido viables ecológicamente. Gammer sí.

—La gente de los Otros Mundos —manifestó precavidamente Chawker Menor— nunca se cansaba de decirme lo que significa para todos los mundos fundados más tarde la experiencia de Gammer. Todo, según ellos, lo han aprendido de nosotros.

—Ciertamente, ciertamente —rió Tomasz—, es verdad.

—Y no obstante —prosiguió Chawker Menor con mayor precaución—, aunque sólo sea amor a sus mundos, alegan que ellos han mejorado muchas de las cosas de Gammer.

El Gran Viejo Tomasz bufó por la nariz (jamás respiraba por la boca, puesto que ello, según él, destruía la lengua gustativa), y contempló a Chawker con sus ojos azules que lo parecían más gracias a las cejas blancas que se curvaban encima.

—Mejorado, ¿cómo? ¿Hablaron de alguna mejora específica?

—Creo que sí, sobre temas que valoran grandemente —repuso Chawker Menor, sabiendo que pisaba sobre una capa de hielo muy delgada al ver el ceño fruncido de su interlocutor—. Claro que yo no soy buen juez en tales asuntos.

—En asuntos que ellos valoran. ¿Viste algún mundo donde supieran más sobre la química aumentaría que nosotros?

—No, claro que no, Gran Viejo. Nadie se preocupa por esas cosas, por lo que vi. Sólo confían en nuestros descubrimientos. Y lo reconocen abiertamente.

—Pueden confiar en nosotros —gruñó el Gran Viejo Tomasz—, que conocemos los efectos primarios y secundarios de cien mil moléculas y que cada año estudiamos, definimos y analizamos los efectos de mil más. Pueden confiar en nuestro conocimiento de las necesidades dietéticas de los elementos y las vitaminas hasta la última palabra. Y por encima de todo, pueden confiar en nuestra sapiencia sobre el arte del gusto hasta el último toque más sabroso. Lo reconocen, ¿verdad?

—Sin vacilación.

—¿Y dónde se encuentran computadoras más exactas y complejas que las nuestras?

—En ningún sitio, respecto a los alimentos.

—¿Y qué materias primas sirven? —preguntó el Gran Viejo con severidad. Luego añadió, sin aguardar la respuesta—: O esperaban que un joven gammerio pastara...

—No, Gran Viejo, tenían materias primas. En todos los mundos que visité hay materias primas, y también en los que no visité, según me contaron. Incluso en el mundo donde la materia prima se considera apta también para las cosas inferiores...

Tomasz enrojeció y gruñó:

—¡Idiotas!

—Mundos diferentes, costumbres diferentes —se apresuró a comentar Chawker Menor—. Pero, Gran Viejo, la materia prima es popular cuando algo conveniente es necesario, poco caro y nutritivo. Y ellos obtuvieron de nosotros sus primeras materias primas. Todos poseen una subespecie de hongos, que sacaron primitivamente de Gammer.

—¿Qué subespecie?

—La superficie A—5 —repuso Chawker Menor—. Es la más resistente, decían, y la que ahorra más energías.

—Y la más dura —agregó el Gran Viejo con satisfacción—. ¿Y qué aditivos de sabor emplean?

—Muy pocos —confesó Chawker Menor. Meditó un instante y continuó—: En Kapper tenían un aditivo muy popular entre los kapperianos, con bastantes... hum... posibilidades. Sin embargo, no está bien desarrollado, y cuando distribuí los sabores de lo que Lady me iba enviando se vieron obligados a admitir que el suyo no tenía comparación con los nuestros.

—Esto no me lo habías contado —interpuso Lady, que hasta entonces no se había atrevido a intervenir en la conversación en la que el protagonista principal era el Gran Viejo Tomasz—. De modo que mis sabores gustaron en los Otros Mundos, ¿eh?

—No los distribuí con frecuencia —se escudó Chawker Menor—. Soy demasiado egoísta para hacerlo, mas cuando lo hice, les gustó mucho, My lady.

Transcurrieron varios días antes de que los dos hermanos pudiesen estar solos.

—¿No estuviste en Kee? —quiso saber Mayor.

—Sí —asintió Chawker Menor bajando la voz—. Sólo un par de días. La estancia era demasiado cara.

—Estoy seguro de que a Viejo no le habría gustado ni siquiera esos dos días.

—Supongo que no se lo dirás, ¿verdad?

—Una observación falta de sentido común. Cuéntame.

Chawker Menor procedió a contarlo en detalle, aunque un poco cohibido, y finalizó:

—Lo cierto es, Mayor, que a ellos no les parece mal. No les hace sentirse culpables. Y esto me obliga a meditar que tal vez no exista un bien y un mal reales. Lo bueno es a lo que uno está acostumbrado. Y lo malo aquello a lo que no estás acostumbrado.

—Intenta decírselo a Viejo.

—Lo que él piensa es bueno, ya que es a lo que está acostumbrado, y ambos conceptos son iguales. Tienes que reconocerlo.

 —¿Qué importa lo que yo reconozca? Viejo piensa que todo lo bueno y todo lo malo lo inventaron los forjadores de Gammer y que todo se halla en un libro del cual sólo existe un ejemplar, que es el que poseemos nosotros, por lo que los Otros Mundos son malvados. Claro está, habló metafóricamente.

—Y yo también lo creo, Mayor... metafóricamente. Pero me asombra ver con qué calma lo acepta la gente de los Otros Mundos. Yo podía... verles pacer.

El rostro de Mayor adoptó una expresión de asco.

 —¿Te refieres a los animales?

—No parecen animales cuando pacen. Esta es la verdad.

—¿Les viste matar y diseccionar a los... a los?

—No —negó Chawker Menor apresuradamente—. Lo vi cuando todo había terminado. Lo que comían parecía cierta clase de materia prima y olía igual. Me imagino que sabía a...

Chawker Mayor expresó con el gesto su inmensa repulsión, y su hermano añadió, a la defensiva:

—Ya sabes que pacer fue lo primero. Me refiero en la Tierra. Y es posible que cuando desarrollamos las primeras materias aquí, en Gammer, intentásemos imitar el gusto de los alimentos de... de pasto.

—Prefiero no creerlo —replicó Chawker Mayor.

—No importa lo que prefieras.

—Escucha —se irritó Mayor—. No me importa lo que pacen. Si alguna vez tuviesen la ocasión de comer verdaderas materias primas, y no la subespecie A—5, sino los hongos engordados, como dice el refrán, y si poseyesen los aditivos sofisticados, y no los primitivos platos que usan, comerían siempre y no soñarían siquiera en pastar. Si pudieran comer lo que yo he obtenido, y lo que aún no he obtenido...

—¿Vas a presentarte al Concurso, Mayor? —le interrumpió Chawker Menor.

Chawker Mayor meditó un instante.

—Creo que sí, Menor —repuso al fin—. Creo que sí. Y aunque no gane, lo haré. Este programa mío es diferente —a medida que hablaba se iba excitando—. Es distinto a cualquier programa de computadora, que yo sepa; y funciona. Todo estriba... calló y cambió de tema—. Supongo que no te molestará que no te dé detalles, ¿verdad? No se los he contado a nadie.

—Sería tonto contarlos —Chawker Menor se encogió de hombros—. Si realmente es un buen programa puedes ganar una fortuna, ya lo sabes. Fíjate en el Gran Viejo Tomasz. Hace unos treinta y cinco años que inventó el Corredor-Canción y todavía no ha publico su sendero.

—Sí —asintió Mayor—, pero la gente adivina cómo lo consiguió. Y en mi opinión, no es realmente...

Volvió a callar y movió la cabeza como temeroso de decir algo que pudiese calificarse de lése-majesté.

—La razón de haberte preguntado si ibas a presentarte al Concurso... —empezó Chawker Menor.

—¿Y bien...?

—Es que estaba pensando en presentarme yo.

—¿Tú? Si apenas tienes la edad.

—Tengo veintidós años. ¿Te importaría?

—No sabes bastante, Menor. ¿Cuándo has manejado una computadora?

—¿Cuál es la diferencia? Una computadora no es la respuesta.

—¿No? ¿Pues cuál es?

—Las papilas del gusto.

—Ya, no fallan jamás. Conozco esa canción, y todos saltaremos a través del eje cero, de un solo brinco, como dice el refrán.

—Hablo en serio, Mayor. Una computadora es solamente el punto de partida, ¿no es así? Todo acaba en la lengua, empieces donde empieces.

—Y, claro está, un Maestro Gustador como el chico Menor puede ganar.

Chawker Menor no estaba bastante tostado por el sol para ruborizarse sin que se le notara.

—Tal vez no sea un Maestro Gustador, pero sí soy un buen Gustador y tú lo sabes. Estando fuera de casa he sabido apreciar las buenas materias primas y lo que puede hacerse con ellas. He aprendido bastante... Oye, Mayor, todo lo que tengo es mi lengua y me gustaría devolver todo el dinero que Viejo y Lady se han gastado conmigo. ¿Te opones a que me presente? ¿Temes mi competencia?

Chawker Mayor se envaró. Era más alto y recio que su hermano, y su expresión no era amistosa.

—No temo a ningún competidor. Si quieres presentarte, hazlo, Menor. Pero cuando te avergüencen no vengas a llorar a mis brazos. Y te diré una cosa: a Viejo no le gustaría que tu lengua quede en mal lugar, como dice el refrán.

Nadie tiene por qué vencer al momento. Aunque no gane, habré ganado, como dice el refrán.

Chawker Menor dio media vuelta y salió de la sala. Se sentía un poco tonto.

Todo se fue olvidando paulatinamente. La gente ya estaba cansada de escuchar las cosas de los Otros Mundos. Chawker Menor había descrito a los animales vivos que había visto por quinta vez y cien veces había negado haber visto cómo los mataban. Había retratado de palabra los campos de cereales e intentado explicar cómo era la luz del sol cuando iluminaba a los hombres, las mujeres, los edificios y los campos, a través de un aire que se veía azul y brumoso a la distancia. Explicó por enésima vez que no era igual al efecto del sol en las salas con vistas al exterior de Gammer (donde apenas entraba nadie).

Y ahora ya todo había terminado, y a Chawker Menor le fastidiaba un poco que no le parasen en los corredores: no le gustaba haber dejado de ser una celebridad. Se sentía abatido mientras hacía girar el libro-película y trató de no enfadarse con Lady.

—¿Qué ocurre? —la inquirió—. No has sonreído en todo el día.

Su madre le contempló pensativamente.

—No resulta agradable ver las disensiones entre el mayor y el menor.

—Oh, vamos... —exclamó Chawker Menor con irritación y acercándose al conducto de la ventilación.

Era un día jazmíneo y a él le gustaba aquel aroma, por lo que, como siempre, se preguntó automáticamente cómo podría mejorarlo. Era muy débil, claro, puesto que todo el mundo sabía que los aromas florales muy fuertes deterioraban la lengua.

—No ocurre nada, Lady —replicó—, ni es ningún mal que quiera presentarme al Concurso. Todos los gammerios mayores de veintiún años pueden aspirar al premio.

—Pero no es de buen gusto competir con tu hermano.

—¡Buen gusto! ¿Por qué no? Yo competiré con todos los demás. Y con él, claro. Sólo es un detalle que tengamos que contender los dos. ¿Por qué no piensas que es él quien quiere competir conmigo, y no yo con él?

—Es tres años mayor que tú, Menor-mío.

—Y tal vez gane, Mi Lady. Tiene la computadora. ¿Te ha pedido Mayor que me convenzas para que no me presente?

—Oh, no, no. No pienses tal cosa de tu hermano.

Lady habló con vehemencia, evitando la mirada del hijo menor.

—Bueno, entonces te ha hablado y tú has comprendido lo que desea sin habértelo dicho con claridad. Y todo porque me he clasificado en la primera votación, cosa que él no creía.

—Cualquiera puede clasificarse —gritó Chawker Mayor desde el umbral.

Chawker Menor giró en redondo.

—¿De veras? Entonces, ¿qué te inquieta? ¿Y por qué no se han clasificado un centenar de aspirantes?

—Lo que un jurado estúpido decida. Menor, carece de importancia —replicó Chawker Mayor—. Aguarda a llegar ante la Junta.

—Puesto que tú también te has clasificado, Mayor, no necesitas hacer hincapié en lo estúpido que es el jurado.

—Hijo mío —intervino Lady, secamente—. ¡Basta ya! Quizá debamos recordar que es poco corriente que un Mayor y un Menor se clasifiquen conjuntamente.

Ninguno de los dos hermanos se atrevió a romper el silencio en presencia de Lady... pero el fruncimiento de sus cejas resultaron muy elocuentes.

A medida que transcurrían los días, Chawker Menor estaba más ocupado en preparar la última muestra de materia prima sabrosa que sus papilas gustativas primero y su zona olfativa después le dirían que era algo jamás gustado por una lengua gammeria. Visitó personalmente los tanques de materias primas, donde crecían los deleitosos hongos blandos -lejos de residuos desagradables- y se multiplicaban a una velocidad increíble, en condiciones cuidadosamente ideales, en tres docenas de subespecies básicas, cada una con sus distintas variedades.

(El Maestro Gustador, que probaba personalmente la materia prima sin sabor, o sea los hongos sin alterar, como decía el refrán, sabía escoger la mejor calidad de la sección y el corredor. Más de una vez había declarado el Gran Viejo Tomasz que podía elegir el mejor de los tanques y, a veces, incluso una porción de los mismos solamente, aunque nadie le había pedido que lo hiciese.) Chawker Menor no pretendía poseer la experiencia de Tomasz. pero saboreaba, gustaba, lamía y mordisqueaba hasta que decidía cuál era la subespecie exacta y la variedad que deseaba lograr, la que mejor se combinaría con los ingredientes que imaginaba. Un buen Gustador, afirmaba el Gran Viejo Tomasz, podía combinar los ingredientes mentalmente y gustar la mezcla sólo con la imaginación. Todos sabían que esto era en realidad una fanfarronada de Tomasz, pero Chawker Menor se lo había tomado en serio y estaba seguro de poder hacerlo.

Había alquilado un espacio de las cocinas, lo que era otro gasto para el pobre Viejo, aunque Chawker Menor gastaba menos que Mayor.

A Chawker Menor no le importaba tener menos espacio, puesto que, como no necesitaba computadoras, no necesita mucho. Los cuchillos trinchantes, las batidoras, los fogones, los especieros y los demás instrumentos de cocina ocupaban poco espacio. Y por otra parte, poseía una campana de hogar que le ayudaba a disimular y ahuyentar todos los olores. (Todo el mundo conocía el horror de los Gustadores que habían dejado escapar un simple olfateo y comprobaban después que durante una de sus combinaciones maestras era ya popular antes de poder presentarla ante la Junta.)

Como decía Lady, robar el producto de otra persona no era de buen gusto, pero se hacía y no existía recurso legal en contra.

Destelló la señal luminosa, en un código bien conocido. Era el Viejo Chawker. Chawker Menor sintió un aguijón de culpa como el que experimentaba de pequeño cuando picoteaba en las materias primas reservadas a los invitados.

—Un momento, mi Viejo —exclamó; y activamente colocó la campana de hogar en alto, cerró el tabique, quitó sus ingredientes de la mesa, metiéndolos en sus latas, y por fin se marchó cerrando la puerta a sus espaldas.

—Lo siento, mi Viejo —murmuró, intentando mostrar ligereza en el tono de voz—, pero la Gustación es algo capital.

—Comprendo —asintió Viejo, aunque sus ojos habían fulgurado un segundo, como contento de atrapar a aquel fugitivo del hogar—, pero apenas has estado en casa últimamente, con tanto tiempo pasado en los Otros Mundos, y necesito hablar contigo.

—No hay inconveniente Viejo. Iremos al salón.

El salón no estaba lejos y, por fortuna, estaba desierto. Las agudas miradas de Viejo hacían que aquel vacío fuese una suerte para Menor, por lo que éste suspiró audiblemente. Sabía que le aguardaba un sermón.

—Menor —dijo al fin Viejo—, eres mi hijo, y tengo deberes que cumplir respecto a ti. Sin embargo, mis deberes sólo consisten en subvenir a tus gastos y procurar que estés preparado para iniciar tu vida; también tengo el deber de reprocharte lo que hagas mal. El que desee lograr buenas materias primas no debe dejarlas junto a la carroña, como dice el refrán.

Chawker Menor bajó los ojos al suelo. Él, junto con su hermano, formaba parte de los treinta que se habían clasificado para la competición final que se celebraría dentro de una semana, y, según rumores oficiosos, Chawker Menor había conseguido un tanteo superior al de su hermano.

—Viejo —quiso saber—, ¿me pedirás que no haga lo que pueda para que venza mi hermano? ¿Que quede yo en mal lugar?

Viejo Chawker parpadeo, momentáneamente pillado de improviso, y su hijo cerró la boca con firmeza. Estaba claro que no había acertado.

—No vengo a pedirte que hagas menos de lo que puedas —repuso Viejo—, sino más de lo que haces. Piensa en la vergüenza en que nos has sumido a todos nosotros cuando hablaste con Stens Mayor la semana pasada.

Chawker Menor no recordaba nada vergonzoso relacionado con Stens, que era una joven tonta con la que se había limitado a charlar un poco.

—¿Con Stens? ¿Qué hice?

—No me digas que no te acuerdas. Stens Mayor repitió tus palabras a su Viejo y su Lady, que son buenos amigos nuestros, y esto se ha comentado en la Sección. ¿Qué se apoderó de ti, Menor, para atacar a las tradiciones de Gammer?

—No hice nada de eso. Ella me hizo preguntas relativas al Grana Tour, y le conté lo mismo que a todos los demás.

—¿No le dijiste que deberían permitir a las jóvenes ir al Grand Tour?

—Oh...

—Exacto: oh...

—Pero, Viejo, le dije solamente que de haber ido al Grand Tour no necesitaría hacer preguntas, y cuando ella fingió asombrarse por mis palabras, repliqué que, en mi opinión, cuantos más gammerios vieran los Otros Mundos sería mejor para nosotros. En mi opinión, formamos una sociedad demasiado encerrada en sí misma y, mi Viejo, no soy el primero que lo dice.

—Sí, ya he oído estas mismas palabras a algunos radicales, pero no en nuestra Sección y menos en nuestra familia. Nosotros hemos sufrido más que los otros mundos; poseemos una sociedad más estable y más adaptada, y no tenemos sus problemas. ¿Existe el crimen aquí? ¿Existe la corrupción entre nosotros?

—Pero Viejo, esto lo conseguimos al precio del inmovilismo, la muerte en vida. Estamos encerrados, maniatados...

—¿Qué pueden enseñarnos los de los Otros Mundos? ¿No te regocijaste ante la idea de regresar a las Secciones encerradas y confortables de Gammer, con sus corredores iluminados por la luz dorada de nuestra propia energía?

—Sí, pero... bueno, también me siento mimado. En Otros Mundos hay cosas a las que me habría gustado acostumbrarme.

—¿Cuáles exactamente, Menor-loco-mío?

Chawker Menor consideró sus palabras. Tras una pausa, dijo:

—¿Por qué hacer simplemente asertos? Cuando pueda demostrar que cierta costumbre, la que sea, de los Otros Mundos, es superior a las de Gammer, exhibiré la prueba. Hasta entonces, ¿de qué sirve discutir?

—Ya has hablado tontamente. Menor, y te has hecho tan poco bien a ti mismo, que mejor sería asegurar que te has hecho daño. Menor, si te queda algún respeto hacia mí después de tu Grana Tour, que Lady propició en contra de mi voluntad, o si aún consideras el hecho de que no te niego nada de lo que mi crédito puede obtener para ti, mantendrás bien cerrada la boca de ahora en adelante. Si nos avergüenzas otra vez no te mantendré a mi lado. Entonces, podrás continuar tu Grand Tour mientras dure la Órbita, y habrás dejado de ser mi hijo.

—Lo que tú ordenes, Viejo —murmuró Chawker Menor—. A partir de este momento no diré nada más..., a menos que tenga pruebas.

—Como nunca las tendrás —sonrió Viejo adustamente—, me daré por satisfecho si cumples tu palabra.

La Final anual era un verdadero día festivo, el mayor acontecimiento social, la máxima exaltación del año. Ya estaban preparados cada uno de los treinta platos de materias primas magníficamente aderezados. Cada uno de los treinta jueces probaría cada plato a intervalos bastante largos para no deteriorar sus lenguas. Esto llevaría el día entero.

Honradamente, los gammerios tenían que reconocer que los casi cien ganadores que habían sido premiados y aclamados en la historia de Gammer no habían visto que sus platos figurasen en el Gran Menú como clásicos. Unos quedaron olvidados y otros fueron considerados ordinarios. Por otra parte, al menos dos de los platos favoritos de los gammerios, unas combinaciones que figuraron en los menús de todos los restaurantes y hogares durante veinte años aproximadamente, no habían salido victoriosos en el Concurso. «Terciopelo Negro», cuya extraña combinación de chocolate caliente y flores de cerezo lo había convertido en un dulce muy apreciado, ni siquiera había llegado a la Final.

Chawker Menor no tenía ninguna duda respecto al resultado. Estaba tan confiado que corría el peligro de llegar a aburrirse. Escrutaba las caras de los jueces, a medida que, de cuando en cuando, tomaban una pizca de comida de uno de los platos y se lo llevaban a la lengua. Sus expresiones eran totalmente neutras, y mantenían los ojos entornados. Nadie que se preciase de ser un buen juez podía permitirse el menor gesto de sorpresa o que un suspiro de satisfacción le delatase, y menos aún la menor demostración de desdén. Se limitaban a indicar el tanteo en las pequeñas tarjetas de computadora que llevaban.

Chawker Menor se preguntó si conseguirían reprimir un gesto de satisfacción cuando probasen su plato. Durante la última semana su combinación había llegado a la perfección, había alcanzado el pináculo glorioso del sabor, que no podía mejorarse, que no...

—¿Esperando ganar? —murmuró Chawker Mayor al oído.

Chawker Menor se estremeció y se volvió rápidamente. Chawker Mayor iba vestido completamente en platón y estaba muy elegante.

—Vamos, Mayor-mío —replicó Chawker Menor—, te deseo la mejor de las suertes. Quiero que alcances el mejor de los puestos.

—Después del tuyo, si ganas, ¿verdad?

—¿Rechazarías el segundo lugar si yo ganara?

—No puedes ganar. He realizado ciertas comprobaciones. Conozco tu subespecie de las primeras materias; conozco tus ingredientes...

—¿Has pasado el tiempo trabajando o haciendo de detective?

—No te inquietes por mí. No tardé mucho en aprender que no existe modo alguno de combinar tus ingredientes para hacer algo que valga la pena.

—Supongo que lo comprobaste con la computadora.

—Naturalmente.

—Entonces, no sé cómo he podido llegar a la Final. Tal vez no lo sepas todo respecto a mis ingredientes. Mira, Mayor, la cantidad de combinaciones eficaces de unos cuantos ingredientes es astronómica si consideramos las posibles proporciones y los posibles tratamientos antes y después de mezclarlos, el orden de la mezcla y el...

—No necesito tus conferencias. Menor.

—Entonces, ya sabrás que ninguna computadora actual ha sido programada con la complejidad de una lengua hábil. Escucha, es posible añadir algunos ingredientes en cantidades tan escuálidas que la lengua no los detecte y sin embargo agreguen una pizca de sabor que represente un gran cambio.

—¿Lo aprendiste en los Otros Mundos, jovencito?

—Lo aprendí yo mismo.

Y Chawker Menor se alejó antes de ser obligado a hablar demasiado.

No cabía la menor duda de que el Gran Viejo Tomasz, aquel año igual que en los precedentes, tenía al Comité de Jueces en el hueco de su lengua, como dice el refrán.

Miraba arriba y abajo de la larga mesa en la que los jueces estaban ya sentados por orden de preferencia, con el propio Tomasz en el centro de todos ellos. Ya habían alimentado a la computadora, y ésta ya había dado el resultado. En la sala donde los concursantes, sus amigos y familiares estaban sentados, aguardando la gloria y, a falta de ésta, anhelando al menos el consuelo de poder degustar todas las muestras, reinó un completo silencio.

El resto de Gammer, posiblemente sin ninguna excepción, contemplaba la escena por el holo-vídeo. Al fin y al cabo, habría platos adicionales que significarían el festín de una semana, y la opinión popular no siempre estaba de acuerdo con la de los jueces, aunque ello no afectaba al ganador del premio.

—No recuerdo un Concurso —murmuró Tomasz— en el que haya habido tan pocas dudas respecto a la decisión de la computadora, o un acuerdo tan general.

Hubo asentimientos de cabeza, sonrisas y miradas de satisfacción. «Parecen sinceros, pensó Chawker Menor, y no que deseen solamente halagar al Gran Viejo; por tanto, se trata de mi plato.»

—Este año —prosiguió Tomasz— he tenido el privilegio de probar un plato más sutil, más tentador, más ambrosíaco que todos los anteriores, a pesar de mi larga experiencia. Es el mejor. Y no consigo figurarme cómo podría ser superado.

Levantó las tarjetas.

—El premio es unánime y la computadora sólo ha sido necesaria para la ordenación de las aprobaciones. El vencedor es... —hizo una leve pausa para añadir un efecto teatral a sus palabras y terminó—: ... Chawker Menor por su plato titulado Cumbre Montañosa. Joven...

Chawker Menor avanzó para adueñarse de la cinta, la placa, los créditos, los apretones de manos, las grabaciones de sus palabras, las sonrisas, y los demás concursantes escucharon sus puestos en la lista. Chawker Mayor quedó en quinto lugar.

El Gran Viejo Tomasz fue en busca de Chawker Menor poco después y enlazó su brazo con el del joven.

—Bien, Chawker Menor, hoy es un día maravilloso para ti y para todos nosotros. No exagero. Tu plato era el mejor de todos, y es el más estupendo de cuantos he probado. Pero siento una gran curiosidad. Sí, estoy intrigado. He identificado todos los ingredientes, pero no existe forma alguna que pueda producir lo que has producido. ¿Te molestaría compartir tu secreto conmigo? Si te niegas no te lo reprocharé, pero en el caso de un producto tan fabuloso como el tuyo...

—No me importa contarte mi secreto, Gran Viejo. Al contrario, quiero que lo sepa todo el mundo. Le prometí a mi Viejo que no diría nada hasta obtener la prueba. ¡Y tú acabas de proporcionármela!

—¿Cómo? —se asombró el Gran Viejo—. ¿Qué prueba?

—La idea de este plato se me ocurrió en Kapper, uno de los , otros mundos, y por eso lo he llamado Cumbre-Montañosa, como tributo a Kapper. Usé ingredientes corrientes, Gran Viejo, cuidadosamente mezclados, menos uno. Supongo que habrás detectado el Sabor-Jardín...

—Sí, pero con una leve modificación que no entendí. ¿Cómo puede ese Otro Mundo del que hablas afectar a la materia prima?

—Porque no era Sabor-Jardín, Gran Viejo, no era un producto químico. Empleé una mezcla complicada para que pareciera Sabor-Jardín, una mezcla de cuya naturaleza no estoy aún totalmente seguro.

Tomasz frunció el ceño.

—¿Quieres decir que no podría reproducir tu plato?

—Oh, sí, puedo reproducirlo, Gran Viejo. El ingrediente a que me refiero es el ajo.

—Éste es el término vulgar del Sabor-Monte —repuso Tomasz con impaciencia.

—No el Sabor-Monte, que es una mezcla química muy conocida. Hablo del bulbo de la planta.

El Gran Viejo Tomasz abrió mucho la boca, lo mismo que los ojos.

—Ninguna mezcla puede duplicar la complejidad de un producto al crecer, Gran Viejo —prosiguió Chawker Menor con entusiasmo—, y en Kapper cultivan una variedad especialmente delicada que usan en sus primeras materias. La usan incorrectamente, sin apreciar todas sus potencialidades. Al momento comprendí que un verdadero gammerio podía hacerlo muchísimo mejor, de modo que traje conmigo cierta cantidad de cabezas de ajo para aprovecharme de sus cualidades. Tú mismo has dicho que es el mejor plato que ha pasado por tu lengua, y yo digo que si queremos una prueba mejor del valor que tendría abrir un poco nuestra sociedad, entonces...

Tuvo que callar de repente, y mirar a Tomasz con sorpresa y alarma. El Gran Viejo se alejaba rápidamente.

—He comido... —gruñó con su voz gangosa—... un producto de la Tierra...

El Gran Viejo se había ufanado de que su estómago estaba tan firme que jamás había vomitado, ni siquiera en su infancia. Y ciertamente, nunca había vomitado nada en el Gran Salón del Concurso. Pero en aquel instante el Gran Viejo sentó un precedente en ambos aspectos.

Chawker Menor no se había recobrado. Jamás se recobraría. Si era el destierro lo que había sentenciado su Viejo, se desterraría. Y nunca volvería.

El Viejo no había venido a verle marchar. Ni tampoco el Mayor, claro. Bien, ni importaba. Chawker Menor juró interiormente que se abriría camino sin ayuda ajena, aunque tuviera que trabajar como cocinero en Kapper.

Sin embargo, Lady sí estaba allí, la única en el aeropuerto espacial en verle partir, la única en aceptar a esa no-persona en que él se había convertido. La mujer se estremeció y pareció muy triste, mientras que Chawker Menor se hallaba presa de un deseo desesperado de justificarse.

—Mi Lady —exclamó furiosamente—, esto es injusto. Era el mejor de todos los platos combinados en Gammer. El Gran Viejo lo confesó: el mejor. Aunque tuviese una cabeza de ajos, no significa que el plato fuese malo, sino que los ajos eran buenos. ¿No lo entiendes? Bien, voy a subir a la nave. Dime cómo ves el asunto. ¿No comprendes que esto significa que debemos convertirnos en una sociedad abierta y aprender de los demás, como ellos aprenden de nosotros, o que pereceremos?

La plataforma estaba a punto de elevarle hacia la entrada de la nave y ella le contempló con tristeza, como si supiese que no volverían a verse.

Él empezó a elevarse y se inclinó sobre la barandilla.

—¿Qué hice de malo, Mi Lady?

—¿No comprendes, Menor-mío —repuso ella con voz estrangulada por la emoción—, que tú no fuiste...?

El chirriar de la portezuela de la nave al abrirse ahogó las dos últimas palabras, y Chawker Menor entró y dejó la vista de Gammer a sus espaldas para siempre.

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PRIMERA APARICIÓN

EN COLECCIÓN

EN ANTOLOGÍA

OBSERVACIONES

Good Taste (1976)
Isaac Asimov's Science Fiction Magazine (1977)

Opus 200

The Winds of Change and Other Stories

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Primera publicación como folleto por Apocalypse Press en 1976

Las marcas y productos mencionados son propiedad de sus respectivos propietarios

Actualización 23 de mayo de 2004

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