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Introducción correspondiente a la colección Los Vientos de Cambio En 1978, la gente de Penthouse estaba planeando lanzar a la calle una revista dedicada al futurismo y a la ciencia ficción. La revista debía llamarse Omni. Me pidieron una historia para el primer número, y me ofrecieron un generoso pago. Me pusieron en un apuro. Según los términos de mi contrato con Joel Davis, el genial editor de Asimov’s, yo debía ofrecer a esa revista una opción preferente de cualquier relato de ciencia ficción que escribiera, lo cual, al fin y al cabo, era de derecho. Así que me puse en contacto con Joel, solicitándole su permiso para escribir por esta única vez una historia de ciencia ficción para Omni, y explicándole que si él decía «No», sería «No», y no habría ninguna discusión. Da la casualidad, sin embargo, que Joel nunca intenta interferir en mi forma de ganarme la vida. Sugirió que Omni podía hacerle unas condiciones especiales para un único anuncio del Asimov’s en la revista, y Omni se mostró completamente de acuerdo. Así pues, con cooperación y buen entendimiento por todas las partes, escribí ¡Localizados! La historia apareció en el primer número (noviembre de 1978) de Omni, que desde aquel mismo momento obtuvo un considerable éxito. (No, no creo que se debiera precisamente a mi historia.) |
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Al
igual que las otras tres que se perseguían mutuamente en órbita
alrededor de la Tierra, Computadora Dos era mucho más grande de lo que
debía ser. Podría
haber tenido una décima parte de su diámetro y con todo contener el
volumen que precisaba para almacenar los datos acumulados y por acumular
que permitían controlar la totalidad de los vuelos espaciales. Sin
embargo, necesitaban el espacio extra, para que Joe y yo pudiéramos
meternos dentro si nos hacía falta. Y nos hacía falta. Computadora
Dos era perfectamente capaz de cuidar de sí misma. Es decir, normalmente.
Resolvía cualquier problema tres veces en circuitos paralelos, y los tres
programas debían encajar perfectamente; las tres respuestas debían
coincidir. Si no era así, la respuesta se retrasaba unos nanosegundos
mientras Computadora Dos hacía la comprobación, encontraba la parte que
funcionaba mal y la reemplazaba. No
existía medio seguro que permitiera a la gente ordinaria saber cuántas
veces se corregía Computadora Dos. Quizá nunca. Quizá dos veces
diarias. Sólo Computadora Central sabía cuántos recambios de
componentes habían sido usados como sustitutos. Y Computadora Central jamás
hablaba de ello. La única imagen pública de utilidad es la perfección. Y
esa perfección había existido. Hasta entonces, nunca se había producido
una sola llamada para nosotros, para Joe y yo. Somos
los reparadores. Subimos allí cuando algo va realmente mal, cuando
Computadora Dos o alguna de las otras no pueden corregirse. Eso jamás había
sucedido en los cinco años que llevábamos en el empleo. Ocurrió de vez
en cuando en los primeros tiempos, pero fue antes de nuestra época. Nos
manteníamos bien entrenados, no me interpreten mal. No hay una sola
computadora a la que Joe y yo no seamos capaces de hacer un diagnóstico.
Muéstrennos el error y nosotros les mostraremos la avería. O lo hará
Joe, da lo mismo. No soy de esas que cantan sus alabanzas. El expediente
habla por sí solo. Sea
como fuere, en esta ocasión ninguno de los dos lograba hacer el diagnóstico. Lo
primero que sucedió fue que Computadora Dos perdía presión interna. No
es un fallo sin precedentes y, ciertamente, tampoco es fatal. Al fin y al
cabo, Computadora Dos puede trabajar en el vacío. La atmósfera interna
se estableció en los viejos tiempos, cuando se esperaba que habría un
flujo constante de reparadores que manosearían la máquina. Y se ha
conservado por pura tradición. ¿Quién dice que los científicos no están
atados a la tradición? Cuando no hacen de científicos, también son
humanos. Partiendo
del ritmo de la pérdida de presión se dedujo que un meteorito del tamaño
de un guijarro había alcanzado a Computadora Dos. El radio, masa y energía
exactos fueron dados a conocer por la misma Computadora Dos, utilizando
como datos el ritmo de la pérdida de presión, y algunas otras
irregularidades. Lo
segundo que sucedió fue que la brecha no se cerró y por consiguiente la
atmósfera no se regeneró. Después se produjeron errores, y nos
llamaron. Era
absurdo. Joe dejó que un gesto de pesar recorriera sus ordinarias
facciones y dijo: —Debe
haber un montón de cosas averiadas. —Es
muy probable que el trozo de roca rebotara —dijo alguien en Computadora
Central. —Con
esa energía de entrada —observó Joe—, habría salido directamente
por el otro lado. Nada de rebotes. Además, incluso con rebotes, tendría
que haber recibido golpes muy improbables. —Bien,
¿qué hacemos, entonces? Joe
estaba incómodo. Creo que fue en ese momento cuando empezó a intuir lo
que se aproximaba. Había logrado que el caso sonara lo bastante raro como
para requerir la presencia de los reparadores en el lugar..., y Joe jamás
había estado en el espacio. Joe no me había dicho una sola vez que su
principal motivo para aceptar el empleo era que confiaba en no tener que
subir al espacio; me lo había dicho 2X veces, siendo x un número
bastante alto. Así
que tuve que decirlo por él. —Tendremos
que subir ahí arriba —expuse. La
única salida de Joe habría consistido en afirmar que no creía poder
ocuparse de la tarea; sin embargo, vi que su orgullo iba sacándole
ventaja poco a poco a su cobardía. No mucha ventaja, claro. Digamos que
ganó por un pelo. Para
los que no hayan estado en una nave espacial en los últimos quince años
—y supongo que es imposible que Joe sea el único—, permítanme
subrayar que la aceleración inicial constituye el único detalle
fastidioso. Y no puedes librarte de eso, por supuesto. Después
no ocurre nada, a menos que se quiera tener en cuenta el posible
aburrimiento. Eres un simple espectador. Todo el conjunto está
automatizado y controlado por computadora. Los viejos y románticos días
de los pilotos han desaparecido por completo. Supongo que volverán
brevemente cuando nuestras colonias espaciales se trasladen al cinturón
de asteroides, como en todo momento amenazan con hacer..., pero será tan
sólo hasta que nuevas computadoras sean puestas en órbita para hacerse
cargo de la capacidad adicional precisa. Joe
contuvo la respiración durante la aceleración, o al menos dio la impresión
de hacerlo. (Debo admitir que yo misma no me encontraba muy a gusto. Sólo
era mi tercer viaje. Había pasado un par de vacaciones en Colonia Ro
acompañada de mi marido, pero no puede decirse que fuera una mujer
curtida.) Después Joe se tranquilizó un rato, pero sólo un rato. Luego
empezó a desanimarse. —Confío
en que este trasto sepa adónde va —dijo, con aire de irritación. Extendí
las manos, con las palmas hacia arriba, y sentí que el resto de mi cuerpo
oscilaba un poco hacia atrás en el campo de gravedad nula. —Eres
un especialista en computadoras —comenté—. ¿Dudas acaso que sepa adónde
va? —No,
claro, pero Computadora Dos está fuera de servicio. —No
estamos conectados a Computadora Dos —expliqué—. Hay otras tres. Y
aunque sólo quedara una en funcionamiento, sería capaz de ocuparse de
todos los viajes espaciales de un día normal. —Las
cuatro podrían quedar fuera de servicio. Si Computadora Dos falla, ¿por
qué no las demás? —En
ese caso controlaremos la nave manualmente. —Lo
harás tú, supongo. ¿Sabes cómo? Creo que no. —Bueno,
ya me lo dirán ellos. —¡Por
el amor de Eniac! —gruñó Joe. En
realidad no hubo problemas. Avanzamos hacia Computadora Dos con la misma
fluidez del vacío y, menos de dos días después del despegue, fuimos
colocados en una órbita de estacionamiento a menos de diez metros de la
parte trasera. Lo
que no resultó tan grato fue que, a las veinte horas de haber partido,
recibimos la noticia procedente de la Tierra informando que Computadora
Tres estaba perdiendo presión interna. La falla de Computadora Dos iba a
extenderse al resto, y cuando las cuatro máquinas quedaran fuera de
servicio, el vuelo espacial quedaría frenado. Era posible reorganizarlo
sobre una base manual, sí, pero eso llevaría meses como mínimo, tal vez
años, y se produciría un grave trastorno económico en la Tierra. Pero,
lo que era aún más importante, probablemente morirían varios miles de
personas que se encontraran en el espacio. No
servía de nada pensar en eso, y ni Joe ni yo hablamos del asunto, pero el
humor de Joe no mejoró y, digamos la verdad, eso no me hizo nada feliz. La
Tierra flotaba a doscientos mil kilómetros por debajo de nosotros, aunque
a Joe no le inquietaba el detalle. Estaba concentrado en su correa y
comprobando su pistola de reacción. Deseaba asegurarse que podría llegar
a Computadora Dos y regresar. Les
sorprendería comprobar la habilidad de sus piernas espaciales -si es que
no lo han hecho nunca- cuando no les queda más remedio que moverse. No me
atrevería a decir que lo hicimos inigualablemente; de hecho,
desperdiciamos la mitad del combustible que usamos, pero por fin llegamos
a Computadora Dos. Apenas notamos un golpe al tocar Computadora Dos. (Por
supuesto, el ruido se oye incluso en el vacío, porque la vibración
atraviesa el tejido metálico de tu traje espacial; pero apenas hubo un
golpe, sólo un murmullo.) Como
es de suponer, nuestro contacto y la adición de nuestro impulso alteró
ligeramente la órbita de Computadora Dos, aunque un pequeño gasto de
combustible compensó el hecho y no tuvimos que preocuparnos por eso.
Computadora Dos se encargó del problema, ya que, por lo que sabíamos,
ninguna de sus averías había afectado su funcionamiento externo. Primero
acometimos la parte exterior, naturalmente. La posibilidad que un pequeño
fragmento de roca hubiera atravesado como un proyectil a Computadora Dos,
y dejado un agujero inconfundible, era bastante abrumadora. Dos agujeros,
probablemente: uno al entrar y otro al salir. La
posibilidad que tal cosa suceda es de una entre dos millones en un día
dado, lo que significa que sucederá al menos una vez en seis mil años.
No es probable, pero sí posible, ¿comprenden? La probabilidad que la máquina
sea alcanzada por un meteorito bastante grande como para destruirla es de
una entre diez mil millones por día. No
mencioné estos datos porque Joe podía darse cuenta que también nosotros
estábamos expuestos a probabilidades similares. De hecho, cualquier
impacto que recibiéramos haría mucho más daño a nuestros delicados y
tiernos organismos que a la estoica y superresistente maquinaria de la
computadora, y yo no quería que Joe se pusiera más nervioso de lo que
estaba. La
cuestión es que, pese a todo, no se trataba de un meteorito. —¿Qué
es esto? —preguntó al fin Joe. Era
un pequeño cilindro pegado a la pared externa de Computadora Dos, la
primera anormalidad que habíamos descubierto en su apariencia exterior.
Tenía medio centímetro de diámetro y quizá seis de largo. Casi como un
cigarrillo, para los que hayan caído en la antigua mala manía de fumar. Sacamos
nuestras linternas. —No
es uno de los componentes externos —dije. —Seguro
que no —murmuró Joe. Había
una débil marca en espiral que recorría el cilindro de una punta a otra.
Nada más. Por lo demás, era de metal, aunque de composición granulosa,
muy rara..., al menos a la vista. —No
está muy pegado —dijo Joe. Lo
tocó suavemente con un dedo grueso y enguantado y el cilindro cedió.
Empezó a alzarse de donde había hecho contacto con la superficie de
Computadora Dos, y nuestras linternas iluminaron un boquete visible. —He
ahí el motivo por el que la presión interna cayera a cero —dije. Joe
gruñó. Apretó un poco más, y el cilindro saltó y empezó a irse
flotando. Logramos atraparlo con cierto esfuerzo. Tras de sí había
dejado un agujero perfectamente circular en la superficie de Computadora
Dos, con un diámetro de medio centímetro. —Este
objeto, lo que sea, no es mucho más que hojalata. El
cilindro, delgado pero elástico, cedía fácilmente bajo los dedos de Joe.
Un poco más de presión y se abolló. Joe se metió el objeto en el
bolsillo y cerró éste rápidamente. —Recorre
la parte exterior y comprueba si hay más cosas de estas. Yo iré adentro
—dijo. No
tardé mucho. Luego entré en la computadora. —Todo
en orden —expliqué—. Este es el único que hay. El único agujero. —Con
uno basta —contestó sombríamente Joe. Contempló el liso aluminio de
la pared; a la luz de la linterna, el perfecto círculo de negrura
resultaba maravillosamente evidente. No
fue difícil poner un precinto en el agujero. Reconstituir la atmósfera
resultó algo más difícil. Las reservas de los materiales que
Computadora Dos tenía para formar gas eran escasas y los controles requerían
un ajuste manual. El generador solar fallaba, pero nos las arreglamos para
encender las luces. Finalmente,
nos quitamos los guantes protectores y el casco, no sin que Joe colocara
los primeros dentro del segundo y asegurara el conjunto a uno de los lazos
de su traje. —Quiero
tenerlos a mano si la presión empieza a caer —dijo agriamente. De
modo que yo hice lo mismo. Había
una señal en la pared, justo junto al boquete. Yo la había visto a la
luz de la linterna cuando estaba ajustando el precinto. Al encenderse las
luces, la marca quedó bien patente. —¿Has
visto eso, Joe? —pregunté. —Lo
he visto. Había
una depresión sutil y muy poco profunda en la pared, no muy visible, pero
no había duda de su existencia si se pasaba el dedo por encima. Se
observaba en una extensión de casi un metro. Era como si alguien hubiera
arrancado una finísima capa de metal, de manera que la superficie quedaba
claramente menos lisa que en otros puntos. —Será
mejor que llamemos a Computadora Central desde abajo. —Si
te refieres a cuando volvamos a la Tierra, de acuerdo —contestó Joe—.
Me disgusta esa farsa de la conversación espacial. La verdad es que me
disgusta todo lo relacionado con el espacio. Por eso acepté un empleo en
la parte terrestre..., o sea, un empleo en la Tierra; al menos se suponía
que lo era. —Será
mejor que llamemos a Computadora Central cuando volvamos a la Tierra
—dije pacientemente. —¿Para
qué? —Para
decirles que hemos localizado el fallo. —¿Ah,
sí? ¿Qué hemos localizado? —El
agujero. ¿No lo recuerdas? —Pues
sí, lo recuerdo. ¿Y qué produjo el agujero? No fue un meteorito. Nunca
vi uno que dejara un boquete perfectamente circular, sin señales de
pandeo o fusión. Y menos que dejara un cilindro. —Sacó el objeto del
bolsillo de su traje y alisó la abolladura, con aire pensativo—. Bien,
¿qué produjo el agujero? —No
lo sé —repliqué sin dudarlo. —Si
informamos a Computadora Central, harán las preguntas, contestaremos «No
lo sé», y, ¿qué habremos ganado aparte de un lío? —Ellos
nos llamarán, Joe, si nosotros no los llamamos a ellos. —Claro.
Y nosotros no responderemos. —Supondrán
que hemos muerto y enviarán un grupo de rescate. —Ya
conoces a Computadora Central. Les costará dos días decidirse. Tendremos
algo para entonces, y en cuanto lo tengamos llamaremos. La
estructura interna de Computadora Dos no estaba diseñada realmente para
ocupación humana. Estaba prevista la presencia ocasional y temporal de
reparadores. Eso significaba que había espacio para maniobrar, y también
herramientas y recambios. Pero
no había un solo sillón. Por lo demás, tampoco existía campo
gravitatorio o una imitación centrífuga. Los
dos flotábamos, bamboleándonos lentamente hacia un lado u otro. De vez
en cuando, uno tocaba la pared y rebotaba con suavidad. O una parte de uno
se superponía a una parte del otro. —Saca
el pie de mi boca —dijo Joe, y lo apartó violentamente. Fue
un error, porque los dos nos pusimos a girar. Naturalmente, no fue esa la
impresión que tuvimos. Para nosotros, era el interior de Computadora Dos
el que giraba, cosa muy desagradable, y nos costó un buen rato quedar
relativamente inmóviles de nuevo. Teníamos
la teoría perfectamente desarrollada en nuestro entrenamiento en casa,
pero estábamos escasos de práctica. Muy escasos. Cuando
logramos estabilizarnos, sentí unas molestas náuseas. Llámenlo náuseas,
astro-náuseas o enfermedad del espacio, pero de todas formas son náuseas,
y son peores en el espacio que en cualquier otro lugar, porque no hay nada
para recoger los vómitos. Flotan alrededor en una nube de glóbulos, y no
apetece seguir flotando cerca de ellos. Así que me contuve. Igual que Joe. —Joe,
está claro que la computadora falla. Examinemos sus entrañas. Cualquier
cosa para no pensar en mis entrañas y dejarlas en paz. Además,
las cosas no iban demasiado de prisa. Yo seguía pensando en Computadora
Tres camino del fallo total; quizá la Uno y la Cuatro estuvieran ya
igual. Y había miles de personas en el espacio con la vida pendiente de
lo que nosotros hiciéramos. Joe
también tenía la tez algo verdosa. —Primero
tengo que pensar —dijo—. Algo se metió dentro. No fue un meteorito,
porque ha levantado un buen agujero en el casco. Y no se trata de un
corte, porque no he encontrado un solo fragmento de metal en el interior.
¿Y tú? —No.
Pero no se me ha ocurrido buscarlo. —A
mí sí, y no hay nada por aquí. —Puede
haber caído al exterior. —¿Con
el cilindro tapando el agujero hasta que yo lo quité? Muy prometedor. ¿Has
visto algo que saliera volando? —No. —Aún
es posible que lo encontremos aquí, claro, pero lo dudo. La pared se
disolvió de alguna forma, y algo entró. —¿El
qué? ¿Por qué? La
sonrisa de Joe fue notablemente maliciosa. —¿Por
qué quieres formular preguntas que no tienen respuesta? Si estuviéramos
en el siglo pasado, yo diría que los rusos se las han arreglado para
pegar ese dispositivo afuera... No te ofendas. Si estuviéramos en el
siglo pasado, tú dirías que habían sido los estadounidenses. Decidí
ofenderme. —Estamos
tratando de llegar a algo que tenga sentido en este siglo, Iosif —dije
fríamente, con exagerado acento ruso. —Tendremos
que suponer que ha sido cierto grupo disidente. —Si
es así —repliqué—, tendremos que pensar en un grupo con capacidad
para el vuelo espacial y con pericia para inventar un mecanismo poco común. —El
vuelo espacial no ofrece dificultades, si puedes intervenir ilegalmente en
las computadoras en órbita..., cosa que ha sido hecha. En cuanto al
cilindro, tal vez sea menos absurdo cuando sea analizado en la Tierra...,
abajo, como dirían los entusiastas del espacio. —No
tiene lógica —apunté—. ¿Por qué tratar de incapacitar a
Computadora Dos? —Como
parte de un programa para incapacitar el vuelo espacial. —En
ese caso, todo el mundo sufrirá las consecuencias. También los
disidentes. —Pero
llama la atención de todo el mundo, ¿verdad?, y de repente la causa de
quienquiera que sea se hace famosa. O el plan consiste simplemente en
dejar fuera de combate a Computadora Dos y luego amenazar con hacer lo
mismo con las otras tres. Ningún daño serio, pero infinidad de daño en
potencia, y montones de publicidad. Joe
estaba examinando atentamente todas las partes del interior, repasándolo
centímetro cuadrado a centímetro cuadrado. —Podríamos
suponer que el objeto no es de origen humano. —No
seas loco. —¿Quieres
que te dé mi opinión? El cilindro hizo contacto, después de lo cual
algo de su interior comió un círculo de metal y penetró en Computadora
Dos. Se arrastró por la pared interior, devorando una delgada capa metálica
por alguna razón. ¿Te suena eso a algo de construcción humana? —No
que yo sepa, pero no lo sé todo. Ni siquiera tú lo sabes todo. Joe
ignoró mi comentario. —Así
que la cuestión es: ¿cómo logró esa cosa, lo que fuera, entrar en la
computadora, que al fin y al cabo está razonablemente bien cerrada? Lo
hizo con mucha rapidez, ya que anuló los dispositivos de reparación y
regeneración de presión casi al instante. —¿Es
eso lo que buscas? —dije, señalando. Joe
trató de pararse demasiado rápidamente y dio un salto mortal hacia atrás,
mientras gritaba: —¡Eso
es! ¡Eso es! En
su excitación, agitó brazos y piernas, cosa que no le llevaba a ninguna
parte, claro está. Le agarré y durante un rato intentamos ejercer
impulsos en direcciones no coordinadas, cosa que tampoco nos llevó a
ninguna parte. Joe me dedicó algunos insultos, pero yo se los devolví, y
en eso tenía ventaja. Comprendo el inglés a la perfección, de hecho
mejor que Joe. Pero sus conocimientos de ruso son..., bueno, «fragmentarios»
sería un adjetivo cortés. En un idioma que no se entiende, las malas
palabras siempre resultan muy espectaculares. —Aquí
está —dijo Joe cuando finalmente nos equilibramos. Apartó
un pequeño cilindro del lugar donde el blindaje de la computadora se unía
a la pared y apareció un diminuto agujero circular. El cilindro era igual
que el del casco exterior, pero parecía más delgado. De hecho, pareció
desintegrarse cuando Joe lo tocó. —Será
mejor que entremos en la computadora —dijo Joe. La
computadora era una confusión. No
a primera vista. No pretendo afirmar que fuera como un madero agujereado
por termitas. En
realidad, si se observaba la computadora superficialmente, podía jurarse
que estaba intacta. Mirando
con atención, sin embargo, era obvio que algunas de las placas habían
desaparecido. Cuanto más atentamente mirabas, más placas veías que
faltaban. Por otro lado, los repuestos que Computadora Dos usaba para
repararse a sí misma se habían reducido a casi nada. Seguimos observando
y descubrimos que faltaban otros detalles. Joe
se volvió a sacar el cilindro del bolsillo y contempló los dos extremos. —Sospecho
que se trata de silicio de alta calidad —explicó—. No puedo
asegurarlo, claro, pero creo que los lados son fundamentalmente de
aluminio, y los extremos planos, de silicio. —¿Pretendes
decir que el objeto es una batería solar? —En
parte sí. Así obtiene energía en el espacio. Energía para llegar a
Computadora Dos, para hacer un agujero, para..., para..., no sé cómo
decirlo. Para seguir viviendo. —¿Has
dicho... viviendo? —¿Por
qué no? Mira, Computadora Dos se repara sola. Es capaz de rechazar partes
defectuosas y reemplazarlas con otras que funcionen, pero necesita una
provisión de repuestos para hacerlo. Con suficientes repuestos de todos
los tipos, podría construir una computadora igual, siempre que se la
programara adecuadamente, pero necesita de esos repuestos, así que no
suponemos que vive. El objeto que penetró en Computadora Dos recoge, al
parecer, sus propios suministros. Es sospechosamente parecido a algo vivo. —Lo
que estás diciendo es que tenemos aquí un microordenador tan avanzado
que puede considerarse vivo —dije. —Francamente,
no sé lo que estoy diciendo. —¿Quién,
en la Tierra, sería capaz de construir algo así? —Eso,
¿quién, en la Tierra? Yo
hice el siguiente descubrimiento. Parecía un bolígrafo rechoncho que
flotaba en el aire. Sólo lo vi por el rabillo del ojo. Era un bolígrafo. En
gravedad nula las cosas escapan de los bolsillos y flotan. No hay forma de
tenerlas en su sitio a menos que estén confinadas físicamente. Bolígrafos,
monedas y cualquier otro objeto que encuentre una abertura es de esperar
que floten hacia donde las corrientes de aire y la inercia los lleven. De
manera que mi mente registró «bolígrafo», lo busqué a tientas distraídamente
y, como es lógico, mis dedos no se cerraron sobre el objeto. El simple
gesto de estirar el brazo crea una corriente de aire que aleja lo que se
busca. Hay que deslizar una mano por detrás y luego atrapar el objeto con
la otra. Asir cualquier objeto pequeño en el aire es una maniobra a dos
manos. Me
volví para mirar el objeto y presté más atención en su recuperación,
antes de darme cuenta que mi bolígrafo estaba seguro en su bolsillo. Lo
palpé; estaba allí. —¿Has
perdido un boli, Joe? —pregunté. —No. —¿Algo
parecido? ¿Una llave? ¿Un cigarrillo? —No
fumo, ya lo sabes. Una
respuesta estúpida. —¿Nada?
—dije exasperada—. Estoy viendo cosas. —Bueno,
nadie dice que estés equilibrada. —Mira,
Joe. Allí. Allí. Se
abalanzó hacia el objeto. Yo podría haberle dicho que no iba a lograr
gran cosa. Para
entonces nuestro fisgoneo por la computadora parecía haberlo agitado
todo. Veíamos cosas en cualquier parte que mirábamos. Flotaban en las
corrientes de aire. Detuve
una al final. O mejor dicho, la cosa se detuvo sola, porque estaba en el
traje de Joe, a la altura del codo. La arranqué y grité. Joe dio un
brinco de terror y casi me hizo perder el objeto de un manotazo. —¡Mira!
—exclamé. Había
un círculo brillante en el traje de Joe, justo donde yo había tomado el
objeto. Éste había empezado a abrirse camino comiéndose el material. —Dámelo
—dijo Joe. Lo
tomó cautelosamente y lo apretó contra la pared para mantenerlo fijo.
Después lo descortezó, levantando con suavidad el delgadísimo metal. Dentro
había algo que semejaba una línea de ceniza de cigarrillo. Captaba la
luz y fulguraba, sin embargo, como metal ligeramente tramado. También
tenía cierta humedad. Se retorcía lentamente, dando la sensación que
uno de sus extremos buscaba algo a ciegas. El
extremo tomó contacto con la pared y se aferró a ella. El dedo de Joe lo
apartó. Hacer tal cosa parecía requerir cierto esfuerzo. Joe se frotó
el pulgar. —Parece
grasiento. El
gusano metálico -no sé de qué otro modo llamarlo- dio la impresión de
estar agotado después que Joe lo tocara. No volvió a moverse. Yo
me retorcía, y volvía la cabeza intentando contemplarme. —Joe
—dije—, por el amor de Dios, ¿se me ha pegado alguno? —No
veo ninguno —contestó. —Bueno,
mírame. Tienes que mirarme, Joe, y yo te miraré también. Si nuestros
trajes están rotos no podemos regresar a la nave. —En
ese caso, no dejes de moverte. ¡Qué
sensación tan espeluznante, estar rodeada de cosas ansiosas por
disolverte el traje! Cuando aparecía alguna, intentábamos atraparla y
apartarnos de su camino al mismo tiempo, por lo que la situación era casi
imposible. Un objeto más bien grande se deslizó cerca de mi pierna y
traté de pisarlo, lo cual fue una tontería, porque si llego a alcanzarlo
tal vez se me hubiera pegado. De todos modos, la corriente de aire que
ocasioné lo condujo a la pared, y allí se quedó. Joe
estiró el brazo para atraparlo..., con demasiada rapidez. El resto de su
cuerpo rebotó, mientras él daba un salto mortal y uno de sus pies
golpeaba el muro cerca del cilindro. Cuando por fin Joe logró afianzarse,
el objeto seguía allí. —No
lo aplasté, ¿eh? —No,
no lo hiciste —repliqué—. Has fallado por un decímetro. No se
escapará. Yo
tenía una mano en cada extremo de la cosa. Era el doble de larga que el
otro cilindro. En realidad era como dos cilindros unidos por la base, con
un estrechamiento en el punto de unión. —Acto
de reproducción —dijo Joe mientras levantaba el metal. En esta ocasión
lo que había dentro era una línea de polvo. Dos líneas. Una a cada lado
de la constricción—. No cuesta mucho matarlos. —Se tranquilizó
claramente—. Creo que estamos a salvo. —Parecen
vivos —dije de mala gana. —Creo
que es más que eso. Son virus..., o el equivalente. —¿Qué
estás diciendo? —Por
supuesto, soy técnico en computadoras y no virólogo..., pero tengo
entendido que los virus de la Tierra, o de allí «abajo», como tú dirías,
están formados por una molécula de ácido nucleico envuelta en una vaina
proteica. »Cuando
un virus invade una célula, se las arregla para abrir un agujero en la
membrana celular mediante el uso de cierta enzima apropiada, y el ácido
nucleico se desliza al interior, dejando fuera la vaina proteica. Dentro
de la célula encuentra el material para fabricarse una nueva vaina. De
hecho, logra formar réplicas de sí mismo y produce una nueva vaina
proteica por cada réplica. En cuanto ha despojado por completo a la célula,
ésta se disuelve, y en lugar del solitario virus invasor existen varios
cientos de virus hermanos. ¿Te resulta familiar? —Sí.
Muy familiar. Es lo que está ocurriendo aquí. Pero, ¿de dónde ha
salido esto, Joe? —Es
obvio que ni de la Tierra ni de una colonia terrestre. De algún otro
sitio, supongo. Flotan por el espacio hasta que encuentran algo apropiado
que les permita multiplicarse. Buscan objetos grandes de metal elaborado.
No creo que sean capaces de olfatear minerales metalíferos. —Pero
grandes objetos metálicos con componentes de silicio puro y algunos otros
materiales igual de suculentos sólo son producto de una vida inteligente
—opiné. —Exacto
—dijo Joe—. Lo que significa que poseemos la mejor prueba confirmando
que la vida inteligente es común al Universo, ya que objetos como este
satélite tienen que abundar bastante, o no podrían mantener a estos
virus. Y eso también significa que la vida inteligente es antigua, quizá
de diez mil millones de años, y lo suficientemente desarrollada para
permitir una especie de evolución metálica, la creación de una vida
metal/silicio/grasa, igual que nosotros hemos formado una vida ácido
nucleico/proteínas/agua. Es tiempo suficiente para que evolucione un parásito
de artefactos espaciales. —Das
a entender que siempre que una forma de vida inteligente crea una cultura
espacial, no tarda en verse sometida a una infección parásita. —Exacto.
Y debe ser controlada. Por fortuna, estos seres son fáciles de matar, en
especial ahora que se están formando. Posteriormente, cuando estén
preparados para irse de Computadora Dos, supongo que agrandarán y espesarán
sus vainas, estabilizarán el interior y se dispondrán a flotar, como un
equivalente de las esporas, un millón de años antes de encontrar otro
hogar. Podría no ser tan fácil matarlos en ese momento. —¿Cómo
vas a matarlos? —Ya
lo he hecho. Sólo toqué al primero, que buscaba instintivamente metal
para iniciar la producción de una nueva vaina, ya que yo había roto la
primera al abrirla, y ese toque lo mató. No toqué al segundo, pero di
una patada a la pared en sus cercanías y la vibración del metal convirtió
sus entrañas en polvo metálico. Así que no podrán hacer nada, ni a
nosotros ni a lo que queda de la computadora, si hacemos que vibren..., ¡ahora
mismo! Joe
no tenía más que explicar, aunque ya se había explicado demasiado, ¿no?
Se puso los guantes poco a poco y golpeó la pared con una mano. Salió
despedido y soltó una patada en cuanto volvió a aproximarse al muro. —¡Haz
lo mismo! —gritó. Lo
intenté, y durante un rato no descansamos. No saben lo difícil que es
golpear una pared en gravedad cero; al menos hacerlo adrede y con la
suficiente fuerza para que vibre. Unas veces acertábamos, otras no, o
simplemente lográbamos un golpe de refilón que nos despedía dando
vueltas pero que apenas producía sonido. Enseguida nos encontramos
jadeando por el cansancio y la irritación. Pero
nos habíamos aclimatado (al menos yo), y las náuseas no volvieron.
Volvimos a la tarea y finalmente recogimos más virus. En todos los casos
no había más que polvo en el interior. Era evidente que estaban
adaptados a objetos espaciales vacíos y automáticos, que, como las
modernas computadoras, carecían de vibración. Eso es lo que
posibilitaba, supongo, el desarrollar las estructuras metálicas,
sumamente raquíticas en su composición, que poseían la suficiente
inestabilidad para producir las propiedades de la vida simple. —¿Crees
que hemos acabado con todos? —pregunté. —¿Cómo
puedo saberlo? Con uno solo que quede, éste devorará al resto en busca
de metal y todo empezará de nuevo. Demos golpes un rato más. Lo
hicimos hasta que el cansancio hizo que nos desentendiéramos del problema
de si quedaba o no alguno con vida. —No
hay duda que la Asociación Planetaria para el Avance de la Ciencia no
quedará muy complacida al saber que los hemos matado a todos —dije,
jadeante. La
sugerencia que hizo Joe respecto a lo que la APAC podía hacer consigo
misma fue enérgica, aunque nada práctica. —Mira
—dijo—, nuestra misión es salvar Computadora Dos, unos cuantos miles
de vidas y, tal como han ido las cosas, salvar también las nuestras.
Ahora que decidan si quieren renovar esta computadora o construirla desde
el principio. Es su bebé. »La
APAC sacará lo que pueda de estos objetos muertos, y eso ya es algo. Si
quieren virus vivos, sospecho que los encontrarán flotando por esta zona. —Muy
bien. Mi sugerencia es que digamos a Computadora Central que haremos unos
cuantos remiendos en esta computadora y que la obligaremos a que funcione
hasta cierto punto, y que nosotros estaremos ahí hasta que llegue un
equipo de reparaciones más importante, o lo que corresponda, para evitar
otra infección. Mientras tanto, será mejor que vayan al resto de las
computadoras y monten un sistema que las haga vibrar mucho en cuanto la
atmósfera interna revele una caída de presión. —Muy
sencillo —dijo irónicamente Joe. —Es
una suerte que los encontráramos a tiempo. —Espera
un momento —dijo Joe, y de pronto su expresión era de suma gravedad—.
Nosotros no los encontramos. Ellos nos encontraron a nosotros. Si la vida
metálica ha evolucionado, ¿crees que es probable que esta sea su única
forma? »¿Y
si estas formas de vida se comunican de algún modo y, en la inmensidad
del espacio, otras se hallan ahora a punto de converger sobre nosotros en
busca del botín? Y también otras especies. Todas ellas detrás del
sabroso forraje de una cultura espacial todavía intacta. ¡Otras
especies! Otras más vigorosas que soporten la vibración. Otras de mayor
tamaño que sean más versátiles en sus reacciones ante el peligro. Otras
que estén equipadas para invadir nuestras colonias en órbita. Otras, por
el amor de Univac, que sean capaces de invadir la Tierra en busca de los
metales de sus ciudades. »Lo
que voy a informar, lo que debo informar, ¡es que nos han localizado! |
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