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Cuando
como con George, tengo buen cuidado de no pagar con una tarjeta de crédito,
lo hago siempre en metálico, ya que eso le permite practicar su amistosa
costumbre de quedarse con el cambio. Naturalmente, yo me encargo de que éste
no sea excesivo, y dejo aparte una propina. Esta
vez, habíamos almorzado en el «Boathouse» y regresábamos a pie por
Central Park. Era un día espléndido, un poco caluroso, así que nos
sentamos a descansar en un banco situado a la sombra. George
contempló un pájaro que estaba posado sobre una rama, con los nerviosos
movimientos típicos de los pájaros, y luego le siguió con la vista
cuando emprendió el vuelo. —Cuando
yo era niño —dijo—, me irritaba que esos bichos pudieran surcar los
aires, y yo, no. —Supongo
que todos los niños envidian a los pájaros —comenté yo—. Y los
adultos también. Sin embargo, los seres humanos pueden volar, y
pueden hacerlo con más rapidez y a más distancia que ningún pájaro.
Mira ese avión que dio la vuelta al mundo en nueve días, sin escalas ni
repostar. Ningún pájaro podría hacer eso. —¿Qué
pájaro querría hacerlo? —replicó George, con desprecio—. No estoy
hablando de sentarse en uña máquina que vuela, ni tampoco de balancearme
colgado de un planeador. Eso son componendas técnicas. Yo me refiero a
tener el control de todo: agitar suavemente los brazos y elevarse y
moverse a voluntad. —Quieres
decir, verse libre de la gravedad —suspiré—. Una vez soñé eso,
George. Una vez soñé que podía dar un salto en el aire y mantenerme allí
con sólo mover los brazos y luego descender lenta e ingrávidamente. Por
supuesto, yo sabía que eso era imposible, así que di por descontado que
estaba soñando. Pero entonces, en mi sueño, parecí despertar y
encontrarme en la cama. Salté de la cama y descubrí que todavía podía
evolucionar libremente en el aire. Y como me parecía que había
despertado, creí que en realidad podía hacerlo. Luego desperté realmente
y me encontré con que seguía tan prisionero de la gravedad como
siempre. Experimenté una intensa decepción, una aguda sensación de pérdida.
Tardé días en recuperarme. Y,
casi inevitablemente, George dijo: —Yo
he conocido algo peor. —¿Sí?
Tuviste un sueño similar, ¿verdad? Sólo que más grande y mejor, ¿no? —¡Sueños!
Yo no me ocupo de sueños. Eso se lo dejo a los escritorzuelos de tres al
cuarto como tú. Yo estoy hablando de la realidad. —Quieres
decir que estuviste volando realmente. ¿Debo creer que estuviste en una
nave espacial en órbita? —En
una nave espacial, no. Aquí mismo, en la Tierra.. Y no fui yo, sino mi
amigo Baldur Anderson..., pero supongo que será mejor que te cuente la
historia... »La
mayoría de mis amigos -dijo George- son intelectuales y profesionales,
como tal vez te consideres tú mismo, pero Baldur, no. Él era taxista,
sin mucha instrucción, pero con un profundo respeto hacia la Ciencia.
Pasamos juntos muchas veladas en nuestro bar favorito, bebiendo cerveza y
hablando del big bang, de las leyes de la termodinámica, de la ingeniería genética y
otras cosas por el estilo. Siempre se sentía muy agradecido a mí por el
hecho de que le explicara estas arcanas materias, e insistía, pese a mis
protestas, como puedes suponer, en pagar la cuenta. »Tan
sólo había un aspecto desagradable en su personalidad: era un incrédulo.
No me refiero al incrédulo filosófico que rechaza un aspecto de lo
sobrenatural, se afilia a alguna organización humanista secular y se
expresa con sumo cuidado en un lenguaje que nadie entiende por medio de
artículos publicados en revistas que nadie lee. ¿Qué mal hay en eso? »Quiero
decir que Baldur era lo que en los viejos tiempos se habría llamado el
ateo del pueblo. Entablaba discusiones en el bar con personas tan
ignorantes en estas cuestiones como él, y las desarrollaban con voces
destempladas y lenguaje chabacano. No era un intercambio de sutiles
razonamientos. La discusión típica venía a ser algo así: “Bueno, ya
que eres tan listo, cabeza de chorlito”, decía Baldur, “dime dónde
encontró Caín a su mujer”. »“¿Y
a ti qué te importa?”, replicaba su adversario. »“Porque,
según la Biblia, Eva era la única mujer que vivía en aquel tiempo”,
continuaba él. »“¿Cómo
lo sabes?” »“Lo
dice la Biblia”. »“Eso
no es verdad. Enséñame dónde dice: ‘En aquel tiempo, Eva era la única
tía en toda la Tierra’.” »“Se
sobrentiende”. »“Claro,
se sobrentiende, porque tú lo digas”. »“¿Ah,
sí?” »“¡Sí!” »“Baldur”,
le decía, “no hay por qué discutir sobre cuestiones de fe. No se
resuelve nada, y sólo se crean desavenencias”. »Baldur
replicaba con beligerancia: “Yo tengo el derecho constitucional a no
tragarme esas paparruchas, y a expresarlo así”. »“Naturalmente,
pero un día de éstos uno de los caballeros aquí presentes que están
consumiendo brebajes alcohólicos podría soltarte un puñetazo antes de
pararse a recordar la Constitución”. »“Se
supone que esos tipos ponen la otra mejilla”, dijo Baldur. “También
lo dice la Biblia: ‘No os alborotéis por el mal. Dejadlo pasar’.” »“Podrían
olvidarlo”. »“No
me importa. Sé defenderme”. »Y
era cierto, pues se trataba de un hombre corpulento y musculoso, con una
nariz que parecía como si hubiese detenido muchos puñetazos y unos puños
que daban la impresión de haber ejercitado ejemplar venganza por tales
actos. »“Estoy
seguro de ello”, dije, “pero en las discusiones sobre religión sueles
estar solo frente a varias personas. Una docena de individuos, actuando de
común acuerdo, podrían muy bien reducirte a algo semejante a una pulpa
informe. Además”, añadí, “supón que ganas una discusión sobre una
determinada cuestión religiosa, en ese caso podrías hacer que uno de
estos caballeros perdiera su fe. ¿Crees realmente que debes ser
responsable de una pérdida semejante?” »Baldur
pareció turbarse, pues era hombre de buen corazón. »“Yo
nunca digo nada”, replicó, “sobre partes realmente delicadas de la
religión. Yo hablo acerca de Caín y de que Jonás no pudo vivir tres días
dentro de ninguna ballena y de lo de andar sobre el agua. Pero no digo
nada realmente grave. Nunca digo nada contra Santa Claus, ¿no?
Escucha, una vez le oí a un tipo decir a voces que Santa Claus sólo, tenía
ocho renos y que no había ningún Rudolph, el reno de nariz roja
que tira siempre del trineo. Y le dije: ‘¿Quieres hacer desdichados a
los críos?’, y le arreé un guantazo. Y tampoco dejo que nadie diga
nada contra el Muñeco de Nieve”. »Naturalmente,
tanta sensibilidad me conmovió. »“¿Cómo
es que llegaste a esta situación, Baldur?”, le pregunté. “¿Qué fue
lo que te convirtió en tan furibundo incrédulo?” »“Los
ángeles”, dijo, frunciendo el ceño. »“¿Los
ángeles?” »“Sí.
Cuando era niño, veía cuadros de ángeles. ¿Tú habrás visto alguna
vez cuadros de ángeles?” »“Naturalmente”. »“Tenían
alas. Tenían brazos, piernas y en la espalda grandes alas. De niño, yo
solía leer libros de Ciencia, y esos libros decían que todo animal con
columna vertebral tenía cuatro miembros: cuatro aletas, cuatro patas, dos
patas y dos brazos, o dos patas y dos alas. A veces, desaparecían las dos
patas traseras, como en el caso de las ballenas, o las dos patas
delanteras, como en los apterix, o las cuatro patas, como en las
serpientes. Sin embargo, ninguno podía tener más de cuatro. Así que, ¿cómo
es que los ángeles tienen seis miembros, dos piernas, dos brazos y dos
alas? Tienen columna vertebral, ¿no? No son insectos. Le pregunté a mi
madre cómo era eso, y me dijo que cerrara el pico. Yo entonces pensaba
muchas cosas de ésas”. »“En
realidad, Baldur, no puedes tomar al pie de la letra esas representaciones
de los ángeles”, dije. “Esas alas son simbólicas. Indican,
simplemente, la velocidad con que los ángeles se mueven de un sitio a
otro”. »“¡Oh!,
¿sí?”, exclamó Baldur. “Pregúntales a esos tipos que leen la
Biblia si los ángeles tienen alas. Ellos creen que sí. Son
demasiado, estúpidos para entender lo de los seis miembros. Todo el
asunto es estúpido. Además, me fastidia lo de los ángeles. Si ellos
vuelan, ¿por qué no puedo volar yo? No es justo”. »Su
labio inferior se proyectó hacia delante, y pareció a punto de echarse a
llorar. Sentí que se me ablandaba el corazón y traté de encontrar
alguna forma de consolarle. »“Si
es eso, Baldur”, dije, “cuando mueras y vayas al cielo, tendrás alas,
un aureola, y un arpa, y entonces podrás volar tú también”. »“¿Tú
crees esa basura, George?” »“Bueno,
no exactamente, pero sería reconfortante creerlo. ¿Por qué no lo
intentas?” »“No
pienso hacerlo, porque no es científico. Toda mi vida he deseado volar...
personalmente, sólo yo y mis brazos. Imagino que tiene que haber alguna
forma de
que pueda volar solo, aquí en la Tierra”. »Yo
seguía queriendo consolarle, así que, después de haber rebasado quizás
en media copa mi limite de abstinencia, dije de manera imprudente:
“Estoy seguro de que hay una forma”. »Sus
ojos reflejaban reproche, y estaban ligeramente inyectados en sangre. »“¿Me
estás tomando el pelo?”, dijo. “¿Te estás burlando de un sincero
deseo de infancia?” »“No,
no”, respondí, y de pronto me di cuenta de que se había tomado, quizás,
una docena de copas de más y que su puño derecho se estaba crispando de
una manera sumamente ominosa. “¿Me burlaría yo de un sincero deseo de
infancia? ¿Ni, incluso, de una obsesión de adulto? Lo que pasa es que
conozco... a un científico que tal vez sepa la forma de hacerlo”. »Todavía
parecía beligerante hacia mí. “Pregúntaselo”, dijo, “y luego dime
qué te responde. No me gustan las personas que se burlan de mí. No está
bien. Yo no me burlo de ti, ¿no? Ni tampoco menciono el hecho de que
nunca pagas una cuenta, ¿verdad?” »Eso
era pisar terreno peligroso. Apresurado, dije: “Voy a consultar a mi
amigo. No te preocupes. Yo lo arreglaré todo”. »En
resumidas cuentas, pensaba que más me valía hacerlo. No quería perder
mi suministro de bebidas gratis, y menos aún quería convertirme en
objeto del resentimiento de Baldur. Él no creía en las admoniciones bíblicas
de ama a tus enemigos, bendice a quien te maldice y haz el bien a quien te
odia. Baldur creía en arrearles un guantazo. »Así,
pues, consulté con mi ultraterreno amigo Azazel. ¿Te he dicho alguna vez
que tengo...? ¿Sí? Bueno, pues consulté con él. »Como
de costumbre, Azazel estaba de un humor terrible cuando le hice venir
junto a mí. »Tenía
la cola torcida en insólito ángulo, y cuando le pregunté sobre el
particular, prorrumpió en un torrente de estridentes comentarios acerca
de mis antepasados..., asuntos con respecto a los cuales era imposible que
supiera nada. »Deduje
que, accidentalmente, le habían pisado. Es un ser muy pequeño, de unos
dos centímetros de estatura desde la base de la cola hasta la parte
superior de la cabeza, y sospecho que aun en su propio mundo ha de estar
siempre bajo los demás. Ciertamente, en esta ocasión había estado
debajo de alguien, y la humillación de haber sido demasiado pequeño como
para que hubiera sido advertida su presencia le había enfurecido. »Con
tono apaciguador, le dije: “Si tuvieras la capacidad de volar, oh
Poderoso a quien el Universo entero rinde homenaje, no te verías expuesto
a las torpezas de los abyectos patanes”. »Esto
pareció levantarle el ánimo. Repitió para sus adentros la frase final
con un murmullo, como si la estuviera reteniendo en la memoria para un
futuro uso. A continuación dijo: “Yo puedo volar, oh Masa
Horrible de Despreciable Carne, y habría volado si me hubiera tomado la
molestia de advertir la presencia del individuo de clase baja que, en su
torpeza, cayó contra mí... De todos modos, ¿qué es lo que quieres?”,
preguntó finalmente con un gruñido, aunque el agudo timbre de su vocéenla
hizo que más bien sonara como un zumbido. »“Aunque
tú puedas volar, oh Sublime, hay personas en mi mundo que no pueden”,
dije con voz suave. »“En
tu mundo no hay personas que puedan. Son tan toscos, abotagados y
torpes como otros tantos shalidraconiconios. Si supieras algo de aerodinámica,
Miserable Insecto, sabrías...” »“Me
inclino ante tu superior conocimiento, oh tú el más sabio de los sabios,
pero se me había ocurrido que podrías preparar un poco de
antigravedad”. »“¿Antigravedad?
¿Sabes cómo...?” »“Mente
Colosal”, dije, “¿puedo recordarte que ya lo has hecho antes?”[1] »“Aquello,
según recuerdo, fue sólo para un tratamiento parcial”, dijo Azazel.
“Apenas lo suficiente para permitir a una persona desplazarse sobre las
crestas de los montones de agua helada que tenéis en vuestro horrible
mundo. Según entiendo, ahora me pides algo más extremo”. »“Sí,
tengo un amigo al que le gustaría volar”. »“Tienes
amigos bastante extraños”. »Se
sentó sobre la cola, como hacía a menudo cuando quería pensar, y dio un
salto al tiempo que emitía un agudo grito de dolor, pues había olvidado
el estado contusionado de su extremidad caudal. »Le
soplé en la cola, y eso pareció ayudarle y aliviarle. »“Será
preciso un aparato antigravedad”, dijo, “que, naturalmente, puedo
conseguir para ti, así como la completa cooperación del sistema nervioso
autónomo de tu amigo, suponiendo que lo tenga”. »“Creo
que lo tiene”, dije, “pero, ¿cómo puede hacer que coopere?” »Azazel
titubeó. “Supongo que eso equivale a que debe creer que puede
volar”. »Dos
días después, visité a Baldur en su modesto apartamento. Le mostré el
aparato y dije: “Toma”. »No
era un aparato espectacular. Tenía el tamaño y la forma de una nuez, y
si uno se lo acercaba al oído, se oía un leve zumbido. No sabría decir
cuál era la fuente energética, pero Azazel me aseguró que no se agotaría. »También
dijo que debía permanecer en contacto con la piel del volador, así que
había hecho que lo pusieran en una cadenita, convirtiéndolo en un medallón. »“Toma”,
repetí, mientras Baldur retrocedía suspicaz. “Ponte la cadena
alrededor del cuello y llévalo bajo la camisa. En caso de que tengas
camiseta, póntelo debajo”. »“¿Qué
es, George?”, preguntó. »“Es
un aparato antigravedad, Baldur. El último grito. Muy científico y muy
secreto. No debes hablar nunca de él a nadie”. Alargó la mano para cogerlo. »“¿Estás
seguro? ¿Te dio esto tu amigo?” »Asentí
con la cabeza. »“Póntelo”. »Con
ademanes vacilantes, se lo pasó por la cabeza y, con un poco de ánimo
por mi parte, se desabrochó la camisa, lo dejó caer bajo la camiseta y
volvió a abrocharse. »“¿Y
ahora qué?”, dijo. »“Ahora,
agita los brazos y volarás”. »Agitó
los brazos, y no sucedió nada. Sus cejas se juntaron amenazadoramente
sobre sus pequeños ojos. »“¿Te
estás burlando de mí?” »“No.
Tienes que creer que vas a volar. ¿Has visto Peter Pan, la
película de Walt Disney? Te tienes que decir a ti mismo: ‘Puedo volar,
puedo volar, puedo volar’.” »“Ellos
se echaban una especie de polvos”. »“Eso
no es científico. Lo que tú llevas es científico. Te tienes que decir a
ti mismo que puedes volar”. »Baldur
me dirigió una larga y severa mirada, y debo decirte que, aunque soy
valiente como un león, me sentí un poco inquieto. »“Hace
falta un poco de tiempo, Baldur”, le dije. “Tienes que aprender a
hacerlo”. »Aún
me miraba, pero agitó vigorosamente los brazos y dijo: “Puedo volar.
Puedo volar. Puedo volar”. »No
sucedió nada. »“¡Salta!”,
dije. “Coge un poco de impulso”. »Nervioso,
me preguntaba si Azazel habría sabido esta vez lo que hacía. »Baldur,
mirándome todavía con fiereza y agitando los brazos, dio un salto. Se
elevó unos treinta centímetros en el aire, permaneció allí mientras yo
contaba hasta tres y, luego, descendió lentamente. »“Eh”,
dijo de manera elocuente. »“Eh”,
respondí yo, con considerable sorpresa. »“He
flotado ahí”. »“Y
muy airosamente”, le señalé. »“Sí.
Oye, puedo volar. Probemos otra vez”. »Lo
hizo, y su pelo dejó una visible mancha de grasa en el lugar en donde tocó
el techo. Bajó frotándose la cabeza. »“Sólo
puedes subir unos dos metros, ya sabes”, dije. »“Aquí
dentro, sí. Vamos fuera”. »“¿Estás
loco? ¿No querrás que la gente sepa que puedes volar? Te quitarían el
aparato antigravedad para que los científicos pudieran estudiarlo, y
nunca podrías volver a volar. Mi amigo es el único que lo conoce, y es
secreto”. »“Bueno,
¿qué voy a hacer?” »“Disfruta
volando por la habitación”. »“Eso
no es mucho”. »“¿Que
no es mucho? ¿Cuánto podías volar hace cinco minutos?” »Mi
poderosa lógica, como de costumbre, fue convincente. »Debo
reconocer que, mientras le veía evolucionar libre y graciosamente en el
aire un tanto viciado de los limitados confines de su no muy grande cuarto
de estar, experimenté un fuerte impulso a robarlo por mí mismo. Sin
embargo, no estaba seguro de que él me cediera el aparato de gravedad y,
lo que es más, tenía la fuerte sospecha de que conmigo no funcionaría. »Azazel
se niega siempre, por lo que él llama motivos éticos, a hacer nada
directamente para mí. Sus dádivas, dice con su estúpida forma de
hablar, están destinadas únicamente a beneficiar a otros. Ojalá no
pensara así, y ojalá no pensaran así tampoco los otros. Nunca he podido
persuadir a los beneficiarios de mi beneficencia para que me enriquecieran
de forma perceptible. »Finalmente,
Baldur descendió hasta posarse en una de sus sillas y dijo con tono
complacido: »“¿Quieres
decir que puedo hacer esto porque creo?” »“Exactamente”,
respondí. “Es un vuelo de fantasía”. »Me
gustó la expresión, pero Baldur es sordo para el ingenio, si se me
permite inventar el término. »“Mira,
George”, dijo, “es mucho mejor creer en la Ciencia que en el cielo y
en toda esa basura sobre alas de ángeles”. »“Indudablemente”,
dije. “¿Lo dejamos ahora para cenar y tomar luego unas copas?” »“Encantado”,
respondió, y pasamos una velada excelente. »No
obstante, las cosas no marchaban bien. Una profunda melancolía pareció
tender su velo sobre Baldur. Dejó de acudir a los lugares que hasta
entonces había frecuentado y encontró nuevos establecimientos de
bebidas. »No
me importaba. Los nuevos lugares eran un calco de los antiguos, y por lo
general servían unos martinis secos excelentes. Pero yo sentía
curiosidad, y le pregunté sobre el particular. »“Ya
no puedo discutir con esos imbéciles”, dijo sombríamente Baldur. “Me
dan ganas de decirles que puedo volar como un ángel, pero, ¿qué van a
hacer, adorarme? ¿Y me creerían? Ellos se tragan toda esa morralla de
serpientes que hablan y tías que se convierten en estatuas de sal...,
cuentos de hadas, nada más que cuentos de hadas. Sin embargo, a mi no
me creerían; ni por lo más remoto. Así que tengo que mantenerme
apartado de ellos. Hasta la Biblia dice: ‘No frecuentes la compañía de
necios, ni te sientes en el asiento de los desdeñosos’.” »Y
periódicamente exclamaba: “No puedo hacerlo sólo en mi apartamento. No
hay sitio. No lo saboreo. Tengo que hacerlo al aire libre. Tengo
que elevarme en el firmamento y evolucionar de un lado a otro”. »“Te
verán”. »“Puedo
hacerlo de noche”. »“Entonces,
te estrellarás contra una montaña y te matarás”. »“No,
si subo muy alto”. »“¿Y
qué verás de noche? Daría lo mismo que estuvieses volando por tu
habitación”. »“Encontraré
un lugar donde no haya gente”, dijo.
»“¿Dónde
no hay gente en estos tiempos?”, pregunté. »Mi
poderosa lógica vencía siempre, pero él se iba sintiendo cada vez más
desdichado y, por último, pasé varios días sin verle. No estaba en
casa. La compañía de taxis para la que trabajaba dijo que se había
tomado dos semanas de vacaciones, y no, no sabían dónde se encontraba.
No es que me importase quedarme sin su hospitalidad -al menos, no me
importaba demasiado-, pero me preocupaba lo que pudiera estar haciendo con
toda aquella locura de volar por los aires. »Finalmente
lo averigüé cuando regresó a su apartamento y me telefoneó. Apenas si
reconocí su cascada voz, y, naturalmente, me apresuré a acudir a su lado
cuando comentó que me necesitaba con urgencia. »Se
hallaba en su habitación, abatido y desconsolado. »“George”,
dijo, “nunca debí hacerlo”. »“¿Hacer
qué, Baldur?” »“¿Recuerdas
que te dije que quería encontrar un lugar en el que no hubiera gente?” »“Lo
recuerdo”. »“Pues
se me ocurrió una idea. Me tomé unos días de vacaciones cuando las
predicciones meteorológicas anunciaron que habría una serie de días
claros y soleados, y alquilé un avión. Fui a uno de esos aeropuertos en
los que se puede dar un paseo si lo pagas... igual que un taxi, sólo que
volando”. »“Lo
sé, lo sé —dije. »“Le
indiqué al fulano que se dirigiera a los suburbios y sobrevolara las
zonas rurales, que quería ver el paisaje. Lo que iba a hacer era buscar
lugares realmente vacíos, y cuando encontrase uno, preguntaría qué era,
con el fin de ir allí algún fin de semana y volar como realmente lo he
querido hacer toda mi vida”. »“Baldur”,
dije, “no se puede distinguir desde el aire. Desde allá arriba, un
lugar puede parecer vacío y, sin embargo, estar lleno de gente”. »“De
nada sirve que me digas eso ahora”, respondió amargamente. »Hizo
una pausa, meneó la cabeza y continuó:
“Era uno de esos aviones antiguos. Carlinga descubierta delante y
asiento para pasajero, también, descubierto, detrás; yo me asomo para
poder ver el suelo y cerciorarme de que no hay carreteras, ni automóviles,
ni granjas. Me suelto el cinturón de seguridad para ver mejor..., como
puedo volar, no me da miedo estar a mucha altura, en el aire. Sólo que me
inclino al asomarme, y el piloto, que no sabe lo que estoy haciendo, efectúa
un viraje, como consecuencia, el avión se ladea en la dirección que yo
estoy mirando, y antes de que me pueda agarrar a algo, caigo al vacío”. »“Santo
cielo”, exclamé. »Baldur
tenía una lata de cerveza a su lado, e hizo una pausa para beber con
ansiedad. Se secó los labios con el dorso de la mano y dijo: »“George,
¿te has caído alguna vez de un avión sin paracaídas?” »No
respondí. Ahora que lo pienso, creo que nunca he hecho eso. »“Bueno,
pues pruébalo un día”, dijo Baldur. “Es una sensación extraña. A mí
me cogió totalmente por sorpresa. Durante un rato no pude entender lo que
ocurría, únicamente había aire por todas partes, y el suelo estaba
dando vueltas y ascendía, luego pasaba por encima de mi cabeza y
alrededor de mí, y yo me decía: ¿Qué diablos está pasando? Y al cabo
de cierto tiempo, noto un fuerte viento que sopla cada vez con más
intensidad, sólo que no puedo decir exactamente desde qué dirección. Y
entonces me doy cuenta de que estoy cayendo. Me digo a mí mismo: Eh, que
estoy cayendo. Y, nada más decirlo, veo que así es, y el suelo parece
que está abajo y yo avanzo rápidamente hacia él, y sé que voy a
estrellarme y que taparme los ojos no va a servir de nada”. »“Lo
creas o no, George, durante todo ese tiempo no he pensado ni un momento
que podía volar. Estaba demasiado sorprendido. Podría haberme matado.
Pero entonces, cuando ya casi he llegado al suelo, lo recuerdo, y me digo
a mí mismo: ¡Puedo volar! ¡Puedo volar! Fue como patinar en el aire,
como si el aire se convirtiese en una gran banda de goma que estuviera
tirando de mí hacia arriba, de modo que mi velocidad de caída comienza a
disminuir, y cuando llego a la altura de las copas de los árboles, ya voy
realmente despacio y pienso: Quizá sea éste el momento indicado para
ponerme a evolucionar por el aire. Sin embargo, me siento cansado, y queda
muy poca distancia hasta el suelo, así que me enderezo, disminuyo un poco
más la velocidad y aterrizo sobre los pies con un ligerísimo golpe”. »“Y,
desde luego, tienes razón, George. Todo parecía vacío cuando yo estaba
arriba, pero una vez en el suelo, había toda una muchedumbre congregada a
mi alrededor, y cerca había una especie de iglesia con una torre..., que
supongo que yo no había distinguido desde arriba por causa de los árboles”. »Baldur
cerró los ojos, y durante unos momentos se limitó a respirar con
dificultad. »“¿Qué
ocurrió, Baldur?”, pregunté por fin. »“Nunca
lo adivinarías”, dijo. »“No
quiero adivinarlo”, repuse. “Dímelo tú”. »Abrió
los ojos y dijo: “Todos habían salido de la iglesia, alguna iglesia de
creyentes en la Biblia, y uno de ellos cae de rodillas, levanta los brazos
y grita: ‘¡Milagro! ¡Milagro!’, y el resto hace lo mismo. Nunca has
oído semejante estruendo. Y aparece un fulano, un tipo bajo y gordo, y
dice: ‘Soy médico. Dígame qué ha sucedido’. A mí no se me ocurre
nada. Quiero decir que, ¿cómo puede uno explicar que ha bajado del
cielo? No tardarán en proclamar que soy un ángel. Así que digo la
verdad: Me he caído accidentalmente de un avión. Y todos empiezan a
gritar: ‘¡Milagro! ¡Milagro!’.” »“El
médico pregunta: ‘¿Tenía usted paracaídas?’ Cómo voy a decir que
tenía paracaídas, cuando no hay ninguno junto a mí, así que respondo:
No. Y luego añade: ‘Se le ha visto a usted caer y, posteriormente,
reducir la velocidad y aterrizar suavemente’. Y otro tipo, que resultó
ser el predicador de la iglesia, dice: ‘Ha sido la mano de Dios que le
ha sostenido’.” »“Bueno,
yo, como no puedo aguantar eso, le aclaro:
No. Ha sido un aparato antigravedad que tengo. Y el médico me
pregunta: ‘¿Un qué?’ Un aparato antigravedad, respondo. Y se echa a
reír y exclama: ‘Yo, en su lugar, preferiría la mano de Dios’, como
si yo hubiera dicho un chiste. »“Para
entonces, el piloto ya ha aterrizado y se ha acercado al grupo, está
blanco como el papel: ‘No ha sido culpa mía. El maldito imbécil se
desabrochó el cinturón de seguridad’. Y me ve allí, de pie, y casi se
desmaya: ‘¿Cómo ha llegado aquí? Usted no tenía paracaídas’. Y
todo el mundo empieza a cantar una especie de salmo o algo así, y el
predicador coge de la mano al piloto y le dice que ha sido la mano de Dios
y que yo he sido salvado porque estoy destinado a realizar alguna gran
obra en el mundo y cómo todos los miembros de su congregación que se
hallaban presentes estaban más seguros que nunca de que Dios estaba en su
trono y continuaba realizando sus buenas obras, y toda clase de cosas por
el estilo”. »“Incluso
me hizo a mí pensar en ello, en que yo había sido salvado para algo
grande. Luego vinieron unos periodistas y varios médicos más, no sé quién
los había llamado; me estuvieron haciendo preguntas hasta que creí que
me iba a volver loco; sin embargo, los médicos les interrumpieron y me
llevaron a un hospital para hacerme un reconocimiento”. »Al
oírlo, quedé estupefacto. »“¿Te
llevaron realmente a un hospital?” »“No
me dejaron solo ni un minuto. El periódico local me sacó en primera
plana, y vino un científico de Rutgers o de no sé dónde y no paraba de
hacerme preguntas. Yo dije que tenía ese aparato antigravedad, y él se
echó a reír. Le pregunté: Entonces, ¿usted cree que fue un milagro? ¿Usted?
¿Un científico? Y él respondió: ‘Hay muchos científicos que creen
en Dios, pero no hay un solo científico que crea posible la
antigravedad’. A continuación dijo: ‘Pero enséñeme cómo funciona,
señor Anderson, y tal vez cambie de opinión’. Y, naturalmente, no pude
hacerlo funcionar, y sigo sin poder hacerlo”.
»Para
mi horror, Baldur se tapó la cara con las manos y rompió a llorar. »“No
te apures, Baldur”, le dije. “Tiene que funcionar”. »Meneó
la cabeza y dijo con voz apagada: “No. Sólo funciona si yo creo, y ya
no creo. Todo el mundo dice que es un milagro. Nadie cree en la
antigravedad. Sencillamente, se ríen de mí, y el científico dijo que el
objeto era tan sólo un trozo de metal, sin ninguna fuente de energía ni
ningún control, y que la antigravedad era imposible según Einstein, el
tipo de la relatividad. Debía haberte hecho caso, George. Ahora ya no
volveré a volar nunca, porque he perdido la fe. Quizá nunca fue la
antigravedad y todo fue obra de Dios, actuando a través de ti por alguna
razón. Estoy empezando a creer en Dios, y he perdido la fe”. »Pobrecillo.
Nunca más volvió a volar. Me devolvió el aparato, y yo se lo entregué
a Azazel. »Finalmente,
Baldur abandonó su empleo, volvió a aquella iglesia en cuyas
proximidades había caído y ahora trabaja allí como diácono. Le
atienden muy solícitamente porque creen que la mano de Dios estuvo sobre
él. Miré
fijamente a George, pero su rostro, como siempre que me hablaba de Azazel,
tenía una expresión de absoluta sinceridad. —George,
¿ha sucedido eso recientemente? —le pregunté. —El
año pasado. —¿Con
todo ese alboroto del milagro, los periodistas y los titulares en los periódicos
y todo lo demás? —En
efecto. —Bien,
¿puedes explicarme, entonces, cómo es que nunca he visto nada acerca de
ello en los periódicos? George
metió la mano en el bolsillo y extrajo los cinco dólares y ochenta y dos
centavos correspondientes al cambio que él había recogido cuidadosamente
después de que yo hubiera pagado la comida con un billete
de veinte dólares y otro de diez. Separó el billete y dijo: —Cinco
dólares a que puedo explicarlo. —Cinco
dólares a que no puedes —repliqué al instante, sin vacilar. —Tú
solamente lees el New York Times, ¿verdad? —preguntó. —Verdad
—respondí. —Y
el New York Times, con la debida consideración a los que estima
sus intelectuales lectores, coloca todas las noticias de milagros en la página
31, en algún oscuro lugar junto a los anuncios de bikinis, ¿no? —Posiblemente,
pero, ¿qué te hace pensar que yo no lo vería, aunque fuese un artículo
pequeño y poco destacado? —Porque
—concluyó triunfalmente George— sabido es que, aparte de algunos
titulares sensacionalistas, tú no lees, nada en el periódico. Tú hojeas
el New York Times sólo para ver si tu nombre aparece mencionado en
alguna parte. Reflexioné durante unos momentos y dejé que se llevara los otros cinco dólares. Lo que decía no era verdad, pero sé que, probablemente, es la opinión general, así que decidí que de nada servía discutir. |
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| [1] Véase Deslizarse Sobre la Nieve. | ||||||
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