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—Moscas
—dijo Kendell Casey, cansado. Movió el brazo. La mosca dio la vuelta,
regresó y se anidó en el cuello de la camisa de Casey. Desde
algún sitio por allí sonaba el zumbido de una segunda mosca. El
Dr. John Polen escondió un ligero estremecimiento de su barbilla moviendo
el cigarrillo hacia los labios con premura. —No
esperaba encontrarte, Casey —dijo—. O a ti, Winthrop. ¿O debiera
decirte Reverendo Winthrop? —¿Debería
decirte Profesor Polen? —dijo Winthrop, utilizando cuidadosamente el
tono amistoso apropiado. Cada
uno de ellos estaba tratando de acurrucarse en la cáscara desechada de
veinte años atrás. Retorciéndose y amontonándose, sin ajustar. “Maldita
sea, pensó Polen malhumorado, ¿por qué la gente asiste a las reuniones
de colegio?” Los
ojos azules de Casey aún estaban llenos de enojo injustificado del
estudiante de secundaria que descubriera el intelecto, la frustración y
las etiquetas de la filosofía cínica, todo a la vez. ¡Casey!
¡El universitario más amargado del campus! No
lo había superado. Veinte años después era Casey, ¡el ex-universitario
más amargado del campus! Polen lo podía observar en sus dedos que se movían
sin sentido y en la postura de su cuerpo enjuto. ¿Y
con Winthrop? Bueno, veinte años más viejo, más fofo, más redondo. La
piel más roja, los ojos más suaves. Aún lejos de la tranquila
certidumbre que nunca encontraría. Todo estaba en la pronta sonrisa que
nunca abandonaba completamente, como si temiera que no hubiese otra cosa
con qué reemplazarla, y que su ausencia convertiría su cara en una suave
masa de carne sin forma. Polen
estaba cansado de leer el latido nervioso de un músculo; cansado de tomar
el lugar de sus máquinas; cansado de todo lo que ellas le decían. ¿Podían
ellas leerlo como él las leía? ¿Podría la pequeña inquietud de sus
propios ojos proclamar el hecho de que estaba hastiado con el disgusto que
se había engendrado entre ellos? “Maldita
sea, pensó Polen, ¿por qué no me mantuve fuera?” Estaban
allí, los tres, esperando a que el otro dijese algo, pescando lo que
pudiera cruzarse por allí y traerlo, temblorosamente, al presente. Polen
lo intentó; dijo: —¿Aún
trabajas en química, Casey? —Por
mi cuenta, sí —dijo Casey, en tono brusco—. Yo no soy un científico
como tú. Hago investigaciones de insecticidas para E. J. Link en Chatham. —¿De
veras? —dijo Winthrop—. Dijiste que trabajarías en insecticidas. ¿Lo
recuerdas, Polen? Y a pesar de ello, ¿se atreven las moscas contigo,
Casey? —No
puedo deshacerme de ellas —dijo Casey—. Soy el mejor en la materia en
los laboratorios. Ninguno de los compuestos desarrollados las aleja cuando
ando por allí. Alguien dijo que es por mi olor. Las atraigo. Polen
recordó quién lo había dicho. —O
si no... —dijo Winthrop. Polen
sintió que llegaba y se puso tenso. —O
si no —dijo Winthrop—, es la maldición, ya sabes. —Amplió su
sonrisa para mostrar que estaba bromeando, que había olvidado viejos
rencores. “Maldita sea, pensó Polen, ni siquiera cambiaron las palabras.” Y el pasado regresó. —Moscas
—dijo Casey, moviendo su brazo y manoteando—. ¿Han visto esto? ¿Por
qué no se apoyan sobre ustedes dos? Johnny
Polen se rió de él. Reía frecuentemente en aquel entonces. —Es
algo del olor de tu cuerpo, Casey. Podrías ser un milagro para la
ciencia. Encuentras la naturaleza química del olor, lo concentras, lo
mezclas con DDT, y tendrás el mejor insecticida del mundo. —Una situación graciosa. ¿A qué huelo? ¿A mosca hembra en celo? Es una vergüenza que se pongan sobre mí cuando el maldito mundo es una maldita parva de estiércol. Winthrop
frunció el ceño y dijo, con un leve tono retórico: —La
belleza no es lo único, Casey, en el ojo del observador. Casey
no se dignó a responderle. Dijo a Polen: —¿Sabes
qué me dijo Winthrop ayer? Dijo que esas malditas moscas eran la maldición
de Belzebú. —Estaba
bromeando —dijo Winthrop. —¿Por
qué Belzebú? —preguntó Polen. —Es
un juego de palabras —dijo Winthrop—. Los antiguos hebreos lo
utilizaban como palabra de escarnio para dioses ajenos. Viene de Ba'al,
que quiere decir señor y zevuv, que quiere decir mosca.
El señor de las moscas. —Vamos,
Winthrop —dijo Casey—, no me digas que no crees en Belzebú. —Creo
en la existencia del mal —dijo Winthrop, con frialdad. —Quiero
decir Belzebú. Vivo. Cuernos. Pezuñas. Una especie de competencia entre
dioses. —No
completamente —respondió Winthrop más frío aún—. El mal es una
cuestión de corto alcance. Al final, perderá... Polen
cambió el tema abruptamente. Dijo: —Hablando
de todo un poco, haré trabajo de graduado para Venner. Estuve con él
antes de ayer y me tomará. —¡No!
eso es maravilloso. —Winthrop se entusiasmó y se colgó del cambio de
tema instantáneamente. Estiró su mano para estrechar la de Polen.
Disfrutaba siempre, a conciencia, de la buena fortuna de los demás. Casey
lo notó con frecuencia. Dijo: —¿Cibernéticos
Venner? Bueno, si te lo aguantas, supongo que él te aguantará. —¿Qué
pensó de tu idea? —prosiguió Winthrop—. ¿Le contaste tu idea? —¿Qué
idea? —preguntó Casey. Polen
había evitado contarle tanto a Casey. Pero ahora, Venner lo había
considerado y lo pasó con un cálido “¡Interesante!” ¿Cómo podría
la sonrisa seca de Casey hacer daño ahora? —No
es gran cosa —dijo Polen—. Esencialmente, es acerca de que la emoción
es la razón común de la vida, más que la razón o el intelecto.
Probablemente sea una perogrullada. No puedes decir lo que piensa un bebé,
o siquiera si piensa, pero es perfectamente obvio que puede enojarse,
asustarse o estar contento, aunque tenga una semana de vida. ¿Lo ves? »Lo
mismo con los animales. Puedes decir en un segundo si un perro está feliz
o si un gato está atemorizado. El punto es que sus emociones son las
mismas que las que tendríamos bajo las mismas circunstancias. —¿Entonces?
—preguntó Casey—. ¿A dónde te lleva eso? —Todavía
no lo sé. Ahora, todo lo que puedo decir es que las emociones son
universales. Ahora, supón que podemos analizar apropiadamente todas las
acciones humanas y de algunos animales domésticos y compararlas con la
emoción visible. Podríamos encontrar una relación muy fuerte. La emoción
A podría siempre implicar la acción B. entonces podríamos aplicarlo a
animales cuyas emociones no podemos conocer con los sentidos. Como las
serpientes, o las langostas. —O
las moscas —dijo Casey, mientras cacheteaba otra de ellas y quitaba los
restos de su puño, con furia triunfal. Prosiguió. —Continúa,
Johnny. Yo voy a contribuir con las moscas y tú las estudiarás.
Estableceremos la ciencia de la moscología y un laboratorio para hacerlas
felices quitándoles sus neurosis. Después de todo, queremos el mayor
bien para la mayoría más amplia, ¿verdad? ¿Hay más moscas que
hombres? —Oh,
basta —dijo Polen. —Dime,
Polen —preguntó Casey—. ¿Has profundizado esa extraña idea tuya?
Quiero decir, sabemos que brillas luz cibernética, pero no he podido leer
nada sobre esto. Con tantas maneras de perder el tiempo, algo tiene que
haberse descuidado, ya sabes. —¿Qué
idea? —preguntó Polen, rígidamente. —Vamos.
Tú sabes. Emociones de animales y toda esa sarta de morisquetas.
Muchacho, aquellos eran los días. Solía conocer gente loca. Ahora
solamente me cruzo con idiotas. —Es
cierto, Polen —dijo Winthrop—. Lo recuerdo muy bien. En el primer año
de escuela estabas trabajando con perros y conejos. Creo que incluso
intentaste algo con las moscas de Casey. —Se
convirtió en nada —dijo Polen—. Aún así, me dio la base de nuevos
principios en computación, de modo que no fue pérdida total. ¿Por
qué estaban ellos hablando sobre eso? ¡Emociones!
¿Qué derecho tiene alguien a meterse con las emociones? Las palabras
fueron inventadas para ocultar las emociones. Había sido el temor a las
emociones en crudo lo que había convertido el lenguaje en necesidad básica. Polen
sabía. Sus máquinas habían pasado la pantalla de verbalización y habían
arrastrado el subconsciente hacia la luz del sol. El chico y la chica, el
hijo y la madre. Para este caso, el gato y el ratón o la serpiente y el
ave. La información sonaba al unísono en su universalidad y toda se había
volcado dentro y a través de Polen hasta que él no pudo soportar más el
toque de la vida. En
los últimos años había entrenado su pensamiento hacia otras
direcciones, minuciosamente. Ahora, estos dos aficionados venían a
movilizar el barro. Casey
manoteó sin mirar cerca de la punta de su nariz para alejar una mosca. —Eso
está mal —dijo—. Solía pensar que obtendrías cosas fascinantes de,
digamos, ratas. Bueno, puede que no fuesen fascinantes, pero no tan
aburridas como esa basura que puedes obtener de ciertos seres humanos. Solía
pensar. Polen
recordó lo que solía pensar. —Maldita
sea este DOT —dijo Casey—. Las moscas se alimentaron de él, creo.
Sabes, voy a realizar trabajo de graduado en química y entonces tendré
empleo con insecticidas. Ayúdenme. Personalmente obtendré algo que sí
matará estas alimañas. Estaban
en la habitación de Casey, y había algo con olor a kerosén del
insecticida recientemente aplicado. Polen
se encogió de hombros y dijo: —Un
periódico doblado siempre las matará. Casey
detectó una burla no existente y respondió en el acto: —¿Cómo
resumirías tu primer año de trabajo, Polen? Quiero decir, aparte del
verdadero resumen que cualquier científico podría establecer si se
animara, por un: “nada”, quiero decir. —Nada —dijo Polen—. Ese es tu resumen. —Sigue
—dijo Casey—. Usas más perros que los fisiólogos y apuesto que a los
perros les importan menos los experimentos de los fisiólogos. Podría
apostar. —Oh,
déjalo ya —dijo Winthrop—. Suenas como un piano con 87 teclas
eternamente desafinadas. ¡Ya me aburres! No
podías decir eso a Casey. Y
dijo, con repentina animación, mirando lejos de Winthrop: —Te
diré lo que probablemente encuentres en los animales, si los miras desde
muy cerca. Religión. —¡Mira
al estúpido! —dijo Winthrop, furioso—. Esa es una afirmación estúpida. Casey
sonrió. —Vamos,
vamos, Winthrop. Estúpido es solamente un eufemismo para
demonio y no querrás jurar. —No
me vengas con moralejas. Y no blasfemes. —¿Qué
hay de blasfemo en ello? ¿Por qué no podría una pulga considerar a un
perro como algo a ser venerado? Es la fuente de calor, comida, y todo eso
es bueno para la pulga. —No
quiero discutirlo. —¿Por
qué no? Hazlo. Podrías incluso decir que para una hormiga, el oso
hormiguero es un orden superior de la creación. Podría ser muy grande
para ser comprendido, demasiado poderoso para siquiera soñar resistirse.
Podría moverse sobre ellas como un remolino inexplicable e invisible, que
las visita con destrucción y muerte. Pero eso no les hecha a perder las
cosas a las hormigas. Ellas podrían razonar que esa destrucción es
simplemente el justo castigo al pecado. Y el oso hormiguero ni siquiera
sabría que es una deidad. Ni le importaría. Winthrop
se había puesto blanco. Dijo: —Sé
que dices esto solamente para molestarme y siento mucho ver que arriesgas
tu alma por la diversión de un momento. Déjame decir algo —la voz
tembló un poco—, y déjame decir que es muy serio. Las moscas que te
atormentan son tu castigo en esta vida. Puedes pensar que Belzebú, como
todas las fuerzas del mal, hace daño, pero es al fin el último bien. La
maldición de Belzebú está sobre ti para tu bien. Es posible que tenga
éxito en hacerte cambiar el modo de vida antes de que sea demasiado
tarde. Salió
corriendo de la habitación. Casey
lo miró mientras se iba. Sonriendo, dijo: —Te
dije que Winthrop creía en Belzebú. Es gracioso ver los nombres
respetables que le das a una superstición. —Su risa murió un poco
antes de lo esperado. Había
dos moscas en la habitación, zumbando a través del aire hacia él. Polen
se levantó y cayó en una pesada depresión. En un año había aprendido
poco, pero era mucho, y su risa se iba adelgazando. Solamente sus máquinas
podían analizar las emociones de los animales apropiadamente, pero estaba
ansioso por profundizar en las emociones humanas. No
le gustaba observar los salvajes deseos de muerte donde otros podían ver
solamente una palabras de gresca sin importancia. De
repente, Casey dijo: —Hey,
ahora pienso en eso; trataste de hacer algo con mis moscas, como Winthrop
dijo. ¿Qué resultó? —¿Lo
hice? Después de veinte años apenas si recuerdo —murmuró Polen. —Deberías
—dijo Winthrop—. Estábamos en tu laboratorio y te quejaste de que las
moscas seguían a Casey incluso hasta allí. Él sugirió que tú las
analizaras y lo hiciste. Grabaste sus movimientos y zumbidos y revoloteos
por más de media hora. Jugaste con una docena de moscas. Polen
se encogió de hombros. —Oh,
bueno —dijo Casey—. No importa. Ha sido bueno verte, viejo. —Un
sincero apretón de manos, la palmada en el hombro, la amplia sonrisa...
-para Polen todo eso se traducía en el disgusto de Casey acerca de que
Polen era exitoso después de todo. —Déjame
saber de ti alguna vez —dijo Polen. Las
palabras eran golpes sordos. No significaban nada. Casey lo sabía. Polen
lo sabía. Todos lo sabían. Pero las palabras eran necesarias para
esconder las emociones cuando fallaban, y la lealtad humana mantenía la
apariencia. El
apretón de Winthrop era más gentil. —Me
trajo viejos tiempos, Polen —dijo—. Si alguna vez vas a Cincinnati, ¿por
qué no paras en la casa? Serás siempre bienvenido. Para
Polen todo parecía un alivio a su obvia depresión. La ciencia también,
parecía, no era la respuesta, y la inseguridad básica de Winthrop se
sentía complacida con la compañía. —Lo
haré —dijo Polen. Era el modo habitual, educado, de decir ‘No lo haré’. Vio
que se dirigía hacia otros grupos. Winthrop
nunca lo sabría. Polen estaba seguro. Dudaba si Casey lo sabía. Sería
la suprema ironía si Casey no lo sabía. Había
observado las moscas de Casey, por supuesto, pero no solamente aquella
vez, sino muchas otras veces. ¡Siempre la misma respuesta! ¡Siempre la
misma respuesta no-publicable! Con
un estremecimiento que no pudo controlar, de repente Polen tomó
conciencia de una solitaria mosca suelta en la habitación, virando sin
sentido por un momento, y volando recto y reverentemente en la dirección
que Casey acababa de tomar un momento antes. ¿Podía
Casey no saber? ¿Podía ser la esencia del castigo primordial que
él nunca sepa que es Belzebú? ¡Casey!
¡Señor de las Moscas! |
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