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Introducción correspondiente a la colección Los Vientos de Cambio Soy miembro de la Gilbert and Sullivan Society de Nueva York, uno de los más entusiastas, y nunca me pierdo una de sus reuniones si puedo asistir. En cierta ocasión en que me hallaba en el apartamento de uno de sus miembros, ensayando algo que íbamos a hacer en una de esas reuniones, fue mencionada la obra Tespis. Se trata de la primera de las colaboraciones de Gilbert y Sullivan, y casi toda su música se ha perdido. Inmediatamente se me ocurrió la idea de elaborar el asunto en una historia de ciencia ficción. Me puse a trabajar en ella en enero de 1978, ante la alegría general de la sociedad. Sólo hubo un problema. Yo pretendía escribir una historia divertida, pero como saben todos los escritores, las historias tienen la mala costumbre de escribirse ellas mismas, y uno tiene que aceptar el resultado que la historia parece desear. La historia apareció en el número de otoño de 1979 de la Asimov’s Science Fiction Adventure Magazine (o Asfam, una revista hermana de la Asimov’s, desgraciadamente de corta vida. ¿Intercambio Justo? apareció también, en 1981, en una breve colección de tres historias mías titulada Three by Asimov, y publicada por William Targ en una edición muy limitada de doscientos cincuenta ejemplares, a sesenta dólares el ejemplar. Cabe suponer que en la actualidad dicha edición está agotada, de modo que no veo nada malo en incluirla en una colección que será considerablemente más amplia, más barata, y más disponible para el público en general. Una de las otras dos historias incluidas en Three by Asimov aparece también en esta colección; ya lo indicaré cuando lleguemos a ella. |
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Estaba
derivando hacia adentro y hacia afuera, y de tanto en tanto oía un breve
fragmento de una melodía en mi cabeza. Me
llegó la letra: «Mientras los tontos son nombrados barones y condes, no
hay nada para la inteligente oscuridad». Tuve
conciencia que había luz, luego del rostro de John Sylva inclinándose
sobre mí. —Hola,
Herb —dijo su boca. No
oí las palabras, pero vi su boca formándolas. Asentí, y derivé de
nuevo hacia afuera. Había
oscuridad cuando derivé de nuevo hacia adentro. Una enfermera estaba
haciendo algo sobre mí, pero permanecí quieto y ella derivó, alejándose. Me
hallaba en un hospital, por supuesto. No
me sorprendió. John me había advertido, y yo había corrido el riesgo.
Moví las piernas, luego los brazos..., muy suavemente. No dolían. Los
sentía. Me pulsaba la cabeza, pero eso también era de esperar. «Mientras
los tontos son nombrados barones y condes, no hay nada para la inteligente
oscuridad.» Tespis,
pensé, jubiloso. Había oído Tespis. Derivé de nuevo hacia
afuera. Era
el amanecer. Sentía el sabor de zumo de naranja en mis labios. Sorbí de
la pajita, y fue una bendición. ¡La
máquina del tiempo! A
John Sylva no le gusta que lo llame así. «Transferencia temporal» lo
llama él. Pude
oírle diciéndolo, y me deleité en ello. Mi cerebro parecía
perfectamente normal. Intenté resolver problemas de memoria, y calculé
mentalmente la raíz cuadrada de quinientos cuarenta y tres. ¡Nombré los
presidentes por orden! Parecía estar en buena forma mental. ¿Podía
decirlo realmente? Me aseguré a mí mismo que podía. Los
daños cerebrales habían sido la gran preocupación, por supuesto, y no
creo que me hubiera arriesgado a ello de no ser por Tespis. Se
necesita ser un fanático de Gilbert y Sullivan para comprender eso. Yo lo
era, y también lo era Mary. Nos conocimos en una reunión de la G and S
Society, nos cortejamos el uno al otro en sucesivas reuniones y asistiendo
a las representaciones del Village Light Opera Group. Cuando finalmente
nos casamos, un coro de nuestros amigos de la G and S cantaron Cuando
se casa una novia feliz, de Los gondoleros. Mi
cerebro era normal, estaba seguro de ello. Miré al exterior, al frío
amanecer gris que acolchaba la ventana, y escuché a mi cada vez más
firme memoria relatar lo que había ocurrido. —No
una máquina del tiempo —oí decir en mi mente a la voz de John—. Eso
es como un automóvil que tú conduces arriba y abajo por los corredores
del tiempo, lo cual es teóricamente imposible. Lo que tenemos aquí es la
transferencia temporal. Las mentes pueden ejercer su influencia a través
del tiempo. O mejor dicho, las partículas subatómicas pueden, y si están
organizadas de forma tan compleja como en un cerebro avanzado, su
influencia se ve multiplicada hasta el punto de poder ser detectada y,
creo, utilizada. Si dos mentes son lo suficientemente similares, pueden
resonar hasta el punto en el que la conciencia es capaz de deslizarse
hacia delante y hacia atrás cruzando el abismo del tiempo. Transferencia
temporal. —¿Puedes
realmente controlar eso? —Creo
que sí. Me atrevería a decir que cada mente resuena con muchas otras, lo
cual podría explicar cosas tales como los sueños, las sensaciones de déjà
vu, las inspiraciones repentinas y cosas así. Pero efectuar una
transferencia real significa una resonancia abrumadora entre dos mentes en
particular, y requiere una amplificación adecuada. Yo
era uno de los centenares a los que probó. No tenía ningún sentido
probar con animales. Solamente el cerebro humano posee un campo lo
bastante fuerte como para ser detectado. Los delfines también, quizá,
pero, ¿cómo puede alguien trabajar con ellos? —Casi
todo el mundo evidencia una resonancia que puede detectarse —dijo John—.
Tú, por ejemplo, muestras una fuerte resonancia en una dirección en
particular. —¿Con
quién? —pregunté, interesado. —Eso
es imposible decirlo, Herb —respondió—, y no podemos estar seguros de
lo precisas que pueden llegar a ser nuestras estimaciones de tiempo y
lugar, pero pareces resonar con alguien en Londres en mil ochocientos
setenta y uno. —¿En
Londres en mil ochocientos setenta y uno? —Sí.
No podemos comprobar con exactitud nuestras mediciones hasta que podamos
someter a alguien a una amplificación lo bastante grande como para
efectuar una transferencia, y francamente, no espero encontrar muchos
voluntarios. —Yo
soy un voluntario —dije. Me
tomó algún tiempo convencerle que yo hablaba en serio. Eramos viejos
amigos y él conocía mi devoción a la mística de G and S, pero imagino
que no podía concebir su profundidad. ¡Mary
sí podía! Estaba tan excitada como yo. Le
dije: —¡Imagina
lo que puede representar eso! Tespis fue producida en Londres en
mil ochocientos setenta y uno. Si de pronto me encontrara en aquel lugar y
aquel tiempo, podría oírla. Podría... Era
un pensamiento abrumador. Tespis era la primera de las catorce
operetas de Gilbert y Sullivan, una obra ligera y ciertamente sin
demasiado éxito, pero pese a todo un Gilbert y Sullivan, y su música
estaba irremediablemente perdida... Toda excepto un coro introductorio que
fue usado más tarde con mucho éxito en Piratas de Penzance, y una
balada. Lleno
de entusiasmo, insistí: —¡Si
pudiera oírla! Si pudiera poner mis manos sobre la partitura y
estudiarla... Si pudiera poner una copia en una caja de seguridad en un
banco y de alguna manera conseguir que fuera abierta ahora... Los
ojos de Mary brillaban; sin embargo, no perdió su sentido de lo práctico. —Pero,
¿podría hacerse? De acuerdo que cualquier cosa de Tespis podría
ser el descubrimiento G and S del siglo, pero no hay que concebir falsas
esperanzas. Aunque consigas penetrar en la mente de alguien en mil
ochocientos setenta y uno, ¿puedes obligarle a hacer lo que tú deseas? —Podría
intentarlo —dije—. Será alguien muy parecido a mí si nuestras mentes
resuenan tan fuertemente cruzando un abismo de tiempo de más de un siglo.
Tendrá mis mismos gustos. —Pero,
¿y si te ocurriera algo a ti? —Algunas
metas bien merecen el riesgo —dije firmemente, y ella estuvo de acuerdo. No
hubiera sido Mary si no lo hubiera estado en este caso. De
todos modos, no le dije que John me había advertido que el mayor riesgo
era el de daños cerebrales. —No
hay forma de predecir cuán grande es el riesgo de daños —me dijo—,
ni siquiera si se producirán o no, hasta que hagamos la prueba. Yo
preferiría no intentarlo con mi mejor amigo. —Tu
mejor amigo insiste —dije. Y
firmé todos los pliegos de descargo que los abogados de la John’s
Temporal Transfer Foundation habían elaborado. Pero
tomé una precaución. No le dije a Mary exactamente cuándo se efectuaría
la prueba. Si algo iba mal, no deseaba que ella estuviera allí en aquel
momento. Pronto iba a efectuar su viaje anual al Canadá para visitar a
sus padres, así que, ¿por qué no entonces? —John
no estará listo hasta el otoño, como mínimo —le dije, e hice todo lo
que pude por aparentar decepción. Tres
días después que Mary se hubiera ido, todo estaba listo. No
me sentía en absoluto nervioso, ni siquiera cuando John dijo: —Las
sensaciones pueden ser desagradables. Lo
deseché con un alzamiento de hombros. —John
—dije—, cuando esté en Inglaterra, ¿seré capaz de hacer algo?
Voluntariamente, quiero decir. —Esa
es otra pregunta a la que no puedo responder categóricamente hasta tu
regreso —dijo John—, el cual, dicho sea de paso, será automático.
Incluso aunque yo cayera muerto de pronto o fallara la energía, la
resonancia se cortará finalmente por sí misma, y tú serás traído de
vuelta aquí. Eso es seguro, puesto que tu cuerpo físico no abandonará
este tiempo en ningún momento. ¿Lo entiendes? —Lo
entiendo. John
estaba convencido que tranquilizarme sobre este punto aliviaría la tensión
y disminuiría la posibilidad de daños cerebrales. Me había
tranquilizado al respecto una y otra vez. Insistí: —¿Seré
capaz de hacer algo? —No
lo creo. Sólo podrás observar. —¿Puedo
afectar a la historia? —Eso
introduciría paradojas, que es lo que hace imposible la noción habitual
del viaje por el tiempo. Tú puedes observar, traer de vuelta esas
observaciones, y cambiar la historia a partir de este punto, de hoy..., lo
cual no introduce paradojas. —Es
mejor que nada —murmuré. —Por
supuesto. Podrás oír esa opereta tuya, posiblemente, y eso ya será
algo. Algo,
pero no lo suficiente. Yo no era un músico entrenado; no sería capaz de
reproducir todas las notas. Me
consolé con la esperanza que John estuviera equivocado o, quizá,
estuviera mintiendo. Si existía la posibilidad de cambiar la historia, la
Oficina de Evaluación Tecnológica no permitiría que prosiguieran los
experimentos. Seguramente John tenía que pretender que no existía tal
posibilidad, o de otro modo sus fondos para investigación serían
cortados en seco. Me
trajeron el desayuno, y la enfermera dijo, con falsa alegría: —Bien,
parece que vuelve a ser usted mismo. Había
interrumpido mis recuerdos, y el desayuno no es que fuera apetecible
precisamente, pero tenía el hambre suficiente para que las gachas de
avena calientes me parecieran exquisitas. Era
una buena señal y una voz canturreó en mi mente: —Bien,
bien, así es la forma en que funciona el mundo y seguirá funcionando en
el futuro; mientras los tontos son nombrados barones y condes, no hay nada
para la inteligente oscuridad. Lo
reconocí. Era el coro al solo de Mercurio del primer acto de Tespis.
O al menos reconocí la letra. La música era nueva para mí..., pero era
Sullivan. No había dudas al respecto. John
Sylva llegó a las diez de la mañana. Dijo: —Llamaron
para decirme que te habían quitado el suero y que seguías preguntando
por mí. ¿Cómo te sientes? Pareces completamente normal. Su
alivio parecía limitado. Había una expresión preocupada en sus ojos. —¿Estuve
preguntando por ti? Intenté
recordar. —Constantemente,
mientras te hallabas semiconsciente. Estuve aquí ayer, pero no estabas
despierto del todo. —Creo
recordar —dije. Luego aparté el asunto a un lado—. Escucha, John.
—Mi voz era más bien débil, pero empecé desde el principio el solo de
Mercurio—. «Oh, soy el mensajero celestial, de la mañana a la noche no
descanso ni un momento; cumplo con mis diligencias todo el día...» Y
seguí hasta el final. John
asintió, siguiendo el compás mientras yo cantaba. —Bonito—dijo. —¡Bonito!
Es Tespis. Asistí a tres representaciones en Londres. Ni siquiera
tuve que hacer nada para conseguirlo. Mi alter ego..., un corredor de
bolsa, por cierto, llamado Jeremy Bentford..., lo hizo por iniciativa
propia. Incluso intenté conseguir una copia de la partitura. Logré que
Bentford entrara en el camerino de Sullivan durante la tercera
representación. No necesité mucho. Él se sentía igualmente ansioso; éramos
muy parecidos, de ahí la resonancia, por supuesto. »El
problema es que fue descubierto y echado. Llegó a tener la partitura en
sus manos, pero no pudo llevársela. Así que tienes razón. No podemos
cambiar la historia pasada... Sin embargo, podemos cambiar la historia
futura, puesto que tengo las melodías más importantes de Tespis
en mi cabeza... —¿De
qué estás hablando, Herb? —dijo John. —¡De
Inglaterra! ¡De mil ochocientos setenta y uno! Por el amor de Dios, John.
¡De la transferencia temporal! John
casi dio un salto en su silla. —¿Así
que por eso es que querías verme? —Sí,
por supuesto. ¿Cómo puedes preguntarlo? ¿Acaso no has estado aquí todo
el tiempo? Dios mío, me enviaste hacia atrás en el tiempo. A mi mente,
al menos. John
parecía absolutamente desorientado. ¿Acaso yo estaba diciendo tonterías?
¿Había sufrido daños mi cerebro después de todo? ¿No estaba diciendo
lo que yo creía que estaba diciendo? —Hablamos
mucho acerca de la transferencia temporal, sí —dijo John—. Pero... —Pero,
¿qué? —Nunca
funcionó. Lo recuerdas, ¿no? Fue un fracaso. Fue
mi turno de mostrarme desconcertado. —¿Cómo
puede haber sido un fracaso? Me enviaste hacia atrás. John
estuvo pensativo unos instantes, luego se puso en pie. —Déjame
llamar al médico, Herb. Intenté
sujetarle por la manga. —¡No,
lo conseguiste! ¿De qué otro modo puedo saber las melodías de Tespis?
No creerás que te estoy engañando, ¿verdad? No creerás que soy capaz
de haberme inventado lo que acabo de cantarte. Pero
él había pulsado ya el botón llamando a la enfermera, y se había ido.
Finalmente llegó el médico, y se dedicó al ridículo ritual del examen. ¿Por
qué estaba mintiendo John? ¿Había tenido problemas con el Gobierno al
enviar mi mente hacia atrás en el tiempo? ¿Pretendía salvar su proyecto
obligándome a mentir a mí también? ¿O pretendiendo que me había
vuelto loco? Aquel
era un pensamiento depresivo y perturbador. Tenía la música de Tespis,
pero, ¿podía probar que era lo que era? ¿No era mucho más fácil
suponer que se trataba de una superchería? ¿Sería capaz la Gilbert and
Sullivan Society de ayudar en eso? Tenía que existir gente capaz de
juzgar si aquello llevaba la marca de fábrica de Sullivan, por decirlo así.
Pero, ¿podría alguien demostrar algo concreto, si John seguía firme en
su negativa? A
la mañana siguiente me sentía beligerante al respecto. De hecho, no
pensaba en nada más. Llamé a John (mejor dicho, hice que la enfermera le
llamase), y le dije que tenía que verle de nuevo. Olvidé completamente
pedirle que me trajera mi correo, que tenía que contener cartas de Mary,
entre otras cosas. Cuando
John llegó, dije apenas la puerta se abrió y su rostro apareció en el
umbral: —John,
tengo la música de Tespis. Te la cantaré. ¿Sigues negando que te
estoy diciendo la verdad respecto a ello? —No,
por supuesto que no, Herb —dijo, apaciguador—. Yo también me sé las
melodías. Aquello
casi me detuvo. Tragué saliva y dije: —¿Cómo
puedes...? —Mira,
Herbert. Te comprendo. Imagino que tú desearías que la música de Tespis
se hubiera perdido. Pero no es así. Tienes que enfrentarte a ello. Mira
esto. Me
tendió un libro con tapas de color azul. El título era: Tespis,
letra de William Schwenck Gilbert y música de Arthur Sullivan. Lo
abrí, y lo hojeé completamente asombrado. —¿Dónde
conseguiste esto? —En
una tienda de música cerca del Lincoln Center. Puedes encontrarlo en
cualquier lugar donde vendan las obras de Gilbert y Sullivan. Durante
un rato permanecí en silencio. Luego dije malhumorado: —Quiero
que hagas una llamada por mí. —¿A
quién? —Al
presidente de la Gilbert and Sullivan Society. —Por
supuesto, si me das su nombre y número. —Pídele
que venga a verme. Tan pronto como pueda. Es muy importante. De
nuevo olvidé preguntarle por mi correo... No, Tespis estaba
primero. Saul
Reeve estaba en mi habitación inmediatamente después de comer, con su
amable rostro y su oronda barriga ofreciendo un elemento de solidez al que
me aferré aliviado. Era virtualmente la personificación de la Sociedad,
y me sentí un poco asombrado porque no llevara su habitual camiseta de
Gilbert y Sullivan. —Me
alegra enormemente ver que has salido con bien de esta, Herb —dijo—.
La Sociedad estaba muy preocupada. (¿Salido
con bien de qué? ¿Preocupada por qué? ¿Cómo podían saber del
experimento de transferencia temporal? Y si lo sabían, ¿por qué John
estaba mintiendo y diciendo que no se había producido ninguna?) Dije
secamente: —¿Qué
ocurre con Tespis? —No
sé. ¿Qué ocurre con Tespis? —¿Existe
su música? El
pobre Saul no es ningún actor. Sabe todo lo que puede saberse acerca de
Gilbert y Sullivan, pero si sabe algo más, es que ha engañado a todo el
mundo. La expresión de sorpresa en su rostro tenía que ser el indicio de
una auténtica y sincera emoción. —Por
supuesto que existe —dijo—. Pero estuvo a punto de no existir, si es
eso lo que quieres decir. —Más
bien lo que tú quieres decir. —Bueno,
tú también conoces la historia. —Cuéntamela,
de todos modos. ¡Cuéntamela! —Bueno,
Sullivan estaba disgustado por la acogida que había tenido la obra, y no
pensaba publicar la partitura. Luego hubo un intento de robo. Un corredor
de bolsa intentó apropiarse de la partitura; en realidad la tenía ya en
sus manos cuando fue atrapado. Sullivan dijo que si la partitura era lo
bastante buena para que alguien la robara, era también lo bastante buena
para ser publicada. Si no hubiera sido por ese corredor de bolsa, lo más
probable es que hoy no dispusiéramos de esa música. De todos modos,
tampoco es tan popular como todo eso. Casi nunca se ha representado. Tú
lo sabes bien. Después
de eso, ya no escuché más. ¡Si
no hubiera sido por ese corredor de bolsa! Así
pues, yo había cambiado la historia. ¿Explicaba
eso todo el asunto? ¿Algo tan insignificante como la publicación de Tespis
había desencadenado un oleaje y había creado un tiempo alternativo, en
el que yo me encontraba aprisionado? ¿De
dónde había procedido el oleaje? ¿Tanto importaba la música? ¿Había
inspirado a alguien a hacer algo o decir algo que de otro modo no hubiera
sido dicho o hecho? ¿O había dado un giro la carrera del corredor de
bolsa a raíz de su detención por intento de robo, y ese giro había
iniciado el oleaje? ¿Y
todo eso había alterado tanto los acontecimientos que John Sylva jamás
había desarrollado la tecnología de la transferencia temporal, de tal
modo que yo me veía atrapado para siempre en el nuevo mundo? Me
di cuenta que me hallaba solo. Ni siquiera había sido consciente que Saul
se había ido. Agité
la cabeza. ¿Cómo era posible aquello? ¿Cómo podía el «sí» de la
transferencia temporal convertirse en un «no»? John Sylva no había
cambiado. Saul Reeve no había cambiado. ¿Cómo podía haberse producido
un cambio tan grande sin que existieran muchos pequeños cambios? Pulsé
el timbre para llamar a la enfermera. —¿Puede
proporcionarme un ejemplar del Times, por favor? El de hoy, el de
ayer, el de la semana pasada. No importa. ¿Tendría
alguna excusa para proporcionármelo? ¿Había una conspiración para
mantenerme confundido, por alguna razón que no me podía explicar? Me
trajo uno inmediatamente. Miré
la fecha. Cuatro días después del experimento de transferencia temporal. Los
titulares parecían normales: el presidente Carter, la crisis de Medio
Oriente, los lanzamientos de satélites. Fui
pasando las páginas, en busca de discrepancias que pudiera reconocer. La
senadora Abzug había presentado un proyecto de ley para prestar ayuda
federal a la financieramente comprometida ciudad de Nueva York. ¿La
senadora Abzug? ¿No
había perdido las primarias para el Senado en favor de Patrick Moynihan
en 1976? Yo
había cambiado la historia. Había salvado Tespis, y al hacerlo
había borrado de alguna manera el trabajo de John sobre la transferencia
temporal, y dado las primarias a Bella Abzug. ¿Qué
otros cambios? ¿Millones de insignificantes cambios en insignificantes
personas a las que no podía reconocer? Si dispusiera de un Times
de Nueva York de este mismo día correspondiente a mi mundo y pudiera
compararlo con el Times que tenía entre las manos, ¿encontraría
algún centímetro de papel en cualquier columna de cualquier página
repetido exactamente? Si
las cosas eran así, ¿qué había ocurrido con mi vida? Me sentía
exactamente igual que antes. Naturalmente, tan sólo podía recordar mi
vida del otro sendero temporal. El mío. En este..., podía tener
hijos..., mi padre podía seguir vivo..., podía encontrarme sin empleo... Entonces
recordé mi correo, y me di cuenta que lo necesitaba. Llamé a la
enfermera, y le pedí que llamara de nuevo a John Sylva. Tenía que
traerme mi correspondencia. Él tenía la llave de mi apartamento. (¿La
tenía en este sendero temporal?) Sobre todo, tenía que traerme las
cartas de Mary. John
no vino, pero bastante después de comer sí vino el médico. No era en
absoluto para la rutina habitual de pruebas y sondeos. Se sentó a mi lado
y me miró pensativamente. —El
señor Sylva me dice que se halla usted bajo la impresión que la música
de la obra de Tespis se había perdido —dijo. Para
entonces yo estaba ya en guardia. No iban a enviarme a una institución
mental. Dije: —¿Es
usted un entusiasta de Gilbert y Sullivan, doctor? —No
un entusiasta, pero he visto varias de sus operetas; incluyendo, de hecho,
Tespis, hará ahora un año. ¿Ha visto usted Tespis alguna
vez? Asentí
con la cabeza. —Sí. Y
canturreé el solo de Mercurio. Pensé que era mejor no decirle que las únicas
veces que había visto Tespis había sido en 1871. —Entonces
—dijo—, ¿no cree usted que la música de Tespis estaba
perdida? —Obviamente
no, puesto que me la sé. Eso
lo contuvo. Carraspeó, e intentó una nueva táctica. —El
señor Sylva parece creer que se halla usted bajo la impresión de haber
ido hacia atrás en el tiempo... Me
sentí como un matador esperando la embestida del toro. Casi disfruté del
momento. —Se
trata de un chiste privado —dije. —¿Un
chiste? —El
señor Sylva y yo acostumbrábamos a discutir sobre el viaje temporal. —Entonces
—dijo el médico, con una especie de perseverante paciencia—, ¿fue
sobre ese tema en particular sobre el que decidieron bromear? ¿Que la música
de Tespis se había perdido? —¿Por
qué no? —¿Tiene
usted alguna razón para desear que esa música no exista? —No,
por supuesto que no. Se
me quedó mirando pensativamente. —Ha
dicho usted que vio una representación de Tespis. ¿Cuándo? Me
alcé de hombros. —No
puedo precisarlo en este momento. ¿Es necesario? —¿Pudo
haber sido en diciembre del año pasado? —¿Fue
entonces cuando la vio usted, doctor? —Sí. —Es
muy posible que la viera entonces. —Cuando
yo la vi hacía muy mal día. Caía una lluvia helada. ¿Le ayuda eso a
recordar? ¿Estaba
intentando atraparme? ¿Iba a contradecirme de algún modo si pretendía
recordar aquello? —Doctor
—dije—, obviamente no me encuentro bien, y no pretendo que todos los
detalles estén claros en mi memoria. ¿Qué recuerda usted? Aquello
pasaba evidentemente la pelota a su terreno. —Tengo
entendido que aquel día el teatro estaba lleno, pese al mal tiempo
—dijo—. Mucha gente había acudido tan sólo porque se trataba de Tespis,
una obra que se representaba muy raramente, y de la que muchos ni siquiera
habían oído hablar. Esa fue la única razón por la que yo acudí. Si la
música de Tespis se hubiera perdido, y en consecuencia se hubiera
tratado de cualquier otra obra, probablemente yo no habría ido. ¿Por eso
le dijo usted al señor Sylva, cuando recuperó el conocimiento, que esa música
no existía? —¿Qué
quiere decir? —¿Porque
entonces usted no hubiera ido? ¿Ni hubiera tomado aquel taxi para
regresar? —No
le comprendo. —Estuvo
usted en un accidente, señor. —¿Me
está diciendo que por eso es que me hallo aquí? Le
miré con hostilidad. —No,
señor. Eso fue hace un año. La que tuvo el accidente fue su esposa. Sentí
la puñalada como si la palabra fuera un estilete de hielo. Intenté
incorporarme sobre un codo, pero había una enfermera a mi lado, sujetándome.
No la había visto acercarse. —¿Lo
recuerda usted? —dijo el médico. ¿Qué
se suponía que debía recordar? ¿Faltaba algo peor? Ansiosamente pregunté: —¿Mi
esposa resultó muerta? «Niégalo.
Por favor, niégalo.» Sin
embargo, la vaga tensión del médico disminuyó. Suspiró ligeramente. —Así
pues, recuerda. Dejé
de debatirme. Había un fallo en la historia. —Si
es así, ¿por qué estoy yo en el hospital ahora? —pregunté. —Entonces,
¿no recuerda? —Dígamelo
usted. Él
iba a hacer que me enfrentara a la realidad. A su realidad; la realidad de
su sendero temporal. Aguardé sus palabras. —Desde
entonces se hallaba usted sumido en una terrible depresión —dijo—.
Intentó suicidarse. Nosotros le salvamos... Le ayudaremos. No
me moví. No hablé. ¿Dónde podía haber ayuda para mí? Había
cambiado la historia. Nunca podría regresar. Había
ganado a Tespis. Pero
había perdido a Mary. |
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