|
||||||
|
Emmanuel
Rubin, cuya última novela de misterio se estaba desarrollando viento en
popa, levantó su copa con satisfacción y dejó que sus ojos brillaran
afablemente a través de sus gafas de gruesos cristales. —Las
novelas de misterio —pontificó— tienen sus reglas y, cuando éstas se
infringen, convierten en un fracaso artístico lo que bien puede ser un éxito
de ventas en el mercado. Mario
Gonzalo, cuyo pelo recién cortado permitía vislumbrar la parte trasera
de su cuello, dijo, como quien no se dirige a nadie: —Siempre
me ha divertido oír a un escritor describir lo que él garabatea sobre un
papel como arte. Miró
con cierta complacencia la caricatura que estaba haciendo del invitado de
aquel mes en la sesión-banquete de los Viudos Negros. —Si
lo que usted hace es una definición de arte —explicó Rubín—, retiro
el término en relación con el oficio de escritor. Algo que hay que
evitar son los argumentos estúpidos, por ejemplo. —En
ese caso —medió Thomas Trumbull, sirviéndose otro panecillo y untándolo
profusamente de mantequilla—, ¿no está usted en desventaja? Rubín
dijo arrogantemente: —Lo
que yo entiendo por «argumento estúpido» es aquel a
cuya solución se llegaría inmediatamente, si un investigador estúpido
sólo hiciera una pregunta lógica, o aquel en el que un estúpido
testigo no dijera sino algo que conoce y que no tiene ningún motivo para
ocultarlo. Geoffrey
Avalon, que había dejado un hueso pulcramente limpio en su plato, como único
testigo de la gruesa ración de rosbif que en un momento dado hubo en el
mismo, dijo: —Pero
ningún practicante cualificado haría eso, Manny. Lo que debe hacerse es
establecer una razón para impedir que se pregunte o se hable sobre lo que
es evidente. —Exactamente
—convino Rubín—. Por ejemplo, lo que he estado escribiendo es
fundamentalmente un cuento, si alguien sigue una línea recta. El problema
es que la línea es tan recta, que el lector podrá ver el final mientras
yo estoy a medio camino. Por lo tanto, tengo que ocultar algún dato
crucial, y hacerlo de tal forma que ello no se transforme en un argumento
estúpido. Por ello, invento algún motivo para ocultar ese dato, y para
hacer que el motivo sea creíble, tengo que construir, alrededor de éste,
una estructura de apoyo..., y acabo con una novela, una novela
extraordinariamente buena. Su
rala barba se estremeció con suficiencia. Henry,
el eterno camarero de los banquetes de los Viudos Negros, retiró el plato
de delante de Rubin con su habitual destreza. Rubin, sin volverse, dijo: —¿No
fue así, Henry? Henry
respondió dulcemente: —Como
lector de novelas de misterio, señor Rubin, encuentro más satisfactorio
que se me comunique la información y llegar a la conclusión de que no he
sido lo suficientemente inteligente como para darme cuenta de lo que
pasaba. —Acabo
de leer una novela de misterio —explicó James Drake con su ronca voz de
fumador— en la que todo el asunto se centraba en el personaje número
uno, que era, en realidad, el personaje número dos, porque el «auténtico»
personaje número uno estaba muerto. Me percaté en seguida de ello porque
en la lista de personajes del principio del libro no estaba el personaje número
uno. La historia carecía ya de interés para mí. —Sí
—contestó Rubin—, pero eso no fue un fallo del escritor, sino de
alguno de sus ayudantes. Yo escribí una vez una historia que apareció
acompañada por una ilustración que nadie pensó en mostrarme antes de la publicación. Ocurrió
que dicha ilustración desveló el meollo de dicha historia. El
invitado había estado escuchando tranquilamente todo lo que se había
dicho. Su cabello era lo suficientemente claro como para ser considerado
rubio y formaba unas cuidadas ondas que, en cierto modo, parecía que
fueran naturales. Giró su cabeza, muy enjuta pero abiertamente afable,
hacia Roger Halstead, su vecino, y dijo: —Perdóneme,
ya sé que Manny Rubín, que es amigo mío, es un escritor de novelas de
misterio, pero, ¿también ocurre lo mismo con el resto de ustedes? ¿Acaso
es ésta una reunión de escritores de novelas de misterio? Halsted,
que había estado mirando con sombría aprobación la abundante porción
de tarta de la Selva Negra que había sido colocada ante él como postre,
desvió su atención de la misma con algo de dificultad y dijo: —¡Oh,
no!, en absoluto. Rubin es el único escritor de novelas de misterio que
hay aquí. Yo mismo soy profesor de matemáticas; Drake es químico;
Avalon, abogado; Gonzalo es artista y Trumbull es un experto en cifrado
que trabaja para el gobierno. «Por
otra parte —continuó—, sí es verdad que poseemos un cierto interés
en ese tipo de temas. Nuestros invitados tienen a menudo problemas que
someten a discusión, algo que tiene que ver con el misterio y la verdad
es que hemos tenido mucha suerte... El
invitado se recostó en su asiento y mostró una breve sonrisa. —Me
temo que no ocurrirá lo mismo conmigo. No hay nada en mi vida que tenga
que ver con el misterio, asesinato o una horrible mano agarrando a alguien
desde detrás de una cortina. Me temo que todo en mi vida es muy simple,
muy aburrido. Ni siquiera estoy casado. —Volvió a sonreír de nuevo. El
individuo había sido presentado como Jean Serváis y Halsted, que había
comenzado a atacar la tarta con fruición y que, como consecuencia de
ello, se sentía inmerso en una agradable sensación de disfrute, dijo: —¿Le
importa si le llamo John? —No
le pegaré si lo hace, caballero, pero le ruego que no lo haga. Ése no es
mi nombre. Llámeme Jean, por favor. Halsted
asintió con la cabeza. —Lo
intentaré. Puedo arreglármelas con ese sonido «zh», pero conseguir
darle la pronunciación nasal adecuada ya es otra cosa. Zhohng —dijo. —Pero
si es excelente. Auténticamente formidable. —Usted
habla inglés muy bien —dijo Halsted devolviéndole el cumplido. —Los
europeos disponemos de facilidad para las lenguas —explicó Serváis—,
Además, hace casi diez años que estoy viviendo en Estados Unidos.
Supongo que ustedes son todos estadounidenses. El señor Avalon, sin
embargo, parece hasta cierto punto británico. —Sí.
Y creo que le gusta parecer británico —dijo Halsted. Con cierto placer
oculto añadió—: Y es Avalon. Con acento en la primera sílaba y ningún
sonido nasal al final. Serváis
no hizo sino sonreír. —Ah,
sí, lo intentaré. Al principio, cuando conocí a Manny, lo llamaba «rubang»
con acento en la última sílaba y una fuerte nasalización. Él me corregía
enérgica e insistentemente. Es un hombre lleno de ímpetu. Para
entonces, la conversación se había ido poco a poco caldeando y
desembocado en una discusión general sobre los relativos méritos de
Agatha Christie y Raymond Chandler. Rubín se mantenía en muy orgulloso
silencio, como si supiera quién era el mejor de los dos, pero sin querer
mencionar el nombre, por modestia. Rubín
parecía hallarse ya casi relajado cuando, tras estar a punto de terminar
con el café y con Henry dispuesto a servir el coñac de la sobremesa,
llegó el momento en que éste golpeó ligeramente el vaso de agua con la
cucharilla y dijo: —Si
no le importa, señor Serváis —haciendo silbar la «s» final justo lo
suficiente como para justificar su siguiente argumento—. No voy a tratar
de lucir mi acento francés y caer también yo en esa especie de necedad
en la que cae mi amigo Manny Rubín... Dígame, caballero, ¿cómo
justifica usted su existencia? —¿Por
qué? Si es muy fácil —replicó Serváis afablemente—. Si yo no
existiera, ustedes no tendrían un invitado esta noche. —Por
favor, déjenos a nosotros fuera de esto. Responda en términos más
generales. —Bueno,
pues, en general, yo construyo sueños. Diseño
cosas que no pueden ser construidas, cosas que yo nunca veré,
cosas que quizá no existirán nunca. —De
acuerdo —respondió Trumbull con aire sombrío—, usted es un escritor
de ciencia ficción como ese compañero de Manny, ¿cuál es su
nombre...?, sí..., Asimov. —No
es amigo mío —dijo Rubín repentinamente—. Simplemente le ayudo de
vez en cuando si sucede que se queda bloqueado con algún tema científico
elemental. Gonzalo
dijo: —¿No
es ése el que usted dijo una vez que lleva consigo a todos los lados la Enciclopedia
Columbio, porque está incluido en ella? —Peor
todavía —explicó Rubin—. Sobornó a alguien de la Britannica para
que lo incluyeran en la nueva edición, la decimoquinta, y últimamente
arrastra con él la edición completa dondequiera que va. —La
decimoquinta edición... —empezó Avalon. —Por
el amor de Dios —dijo Trumbull—. ¿Van a dejar hablar a nuestro
invitado? —No,
señor Trumbull —dijo Serváis, como si no hubiera habido ningún tipo
de interpretación—. Yo no soy un escritor de ciencia ficción, aunque
algunas veces la leo. He leído a Ray Bradbury, por ejemplo, y a Harlan
Ellison. —Nasalizó ambos nombres—. No creo haber leído nunca a
Asimov. —Se
lo diré a él —dijo entre dientes Rubin—, le encantará. —Pero
—continuó Serváis—, supongo que podrían denominarse ingenieros de
ciencia ficción. —¿Qué
quiere decir eso? —preguntó Trumbull. —Yo
no escribo sobre colonias lunares. Las diseño. —¡Las
«diseña»! —¡Oh,
sí!, y no sólo colonias lunares, pese a que ésa es nuestra principal
ocupación ahora. Trabajamos en todos los campos de diseño imaginativo
para la industria privada, Hollywood e incluso para la NASA. Gonzalo
dijo: —¿Cree
usted realmente que la gente puede vivir en la Luna? —¿Por
qué no? Depende de lo que el género humano quiera hacer, en cuan grande
sea la inicial inversión que se esté dispuesto a hacer. El medio
ambiente de la Luna puede lograrse que sea el equivalente exacto del de la
Tierra, en restringidas áreas subterráneas, excepto en lo que se refiere
a la gravedad. Debemos estar contentos con una gravedad lunar que es un
sexto de la nuestra propia. A excepción de esto, sólo necesitamos tener
en cuenta los primeros suministros desde la Tierra y una inteligente obra
de ingeniería..., y aquí es cuando aparecemos nosotros, mi socio y yo. —¿Son
ustedes una empresa de dos personas? —Esencialmente...
Y desde luego mientras mi socio continúe siendo mi socio. —¿Es
que se va a disolver la sociedad? —No,
no. Pero discutimos sobre pequeñas cosas. No es nada sorprendente. Él
está en un mal momento. Pero no, no nos separaremos. He decidido que quizá
deba ser más condescendiente con él. Por supuesto que soy yo el que
tengo toda la razón y sería una lástima perder lo que puedo obtener. Trumbull
se recostó en la silla, cruzó los brazos y dijo: —¿Podría
decirnos sobre qué se basa la discusión? Así nosotros manifestaríamos
nuestras propias preferencias, sea por usted o por su socio. —No
sería una elección difícil, señor Trumbull, para una persona sensata
—dijo Serváis—. Se lo juro... Lo que está pasando es esto: estamos
diseñando una amplia y detallada colonia lunar. Es para una compañía
cinematográfica y supone una fuerte inversión. Quieren utilizar parte de
ella en un gran espectáculo de ciencia ficción que están preparando.
Naturalmente, nosotros les suministramos bastante más de lo que ellos
pueden utilizar, pero la idea es que si tienen una imagen totalmente
consecuente de lo que pueda ser..., y, para asombro de todos, quieren que
ésta sea lo más científicamente correcta posible..., puedan elegir
utilizar lo que deseen. —Apuesto
a que lo aprovecharán a tope —dijo Drake con pesimismo—, sin
importarles la minuciosidad de su diseño. Querrán dar una atmósfera a
la Luna. —¡Oh!,
no —repuso Serváis—, no después de seis aterrizajes en la Luna. No
debemos temer por ese error. Sin embargo, no tengo ninguna duda de que
cometerán otros errores. Encontrarán imposible dominar los efectos de la
baja gravedad de forma adecuada y durante todo el tiempo, y las exigencias
de la trama obligarán a que se lleven a cabo algunas incorrecciones. Sin
embargo, eso no puede evitarse y nuestro trabajo consiste, simplemente, en
suministrarles material que sea lo más imaginativo posible. Ése es mi
objetivo, tal como verán dentro de un momento... Nosotros ideamos una
ciudad, una pequeña ciudad que va a estar situada en el borde interior de
un cráter. Esto es ineludible porque la trama de la película así lo
exige. Sin embargo, tenemos la opción de elegir el cráter y su
localización. Mi socio, quizá por ser norteamericano, se inclina
directamente por lo que resulta más obvio. Desea utilizar el cráter Copérnico. »Dice
que es un nombre familiar; que si la ciudad se llamara Colonia Copérnico,
eso sólo ya daría a la Luna un aire de aventura exótica, y así
sucesivamente. Todo el mundo conoce, dice él, el nombre del astrónomo
que fue el primero en colocar al Sol en el centro del sistema planetario y
que es un nombre que, además, suena con fuerza. »Yo,
por otra parte, no me siento nada entusiasmado con esa idea. La Tierra,
tal como se ve desde Copérnico, está en lo alto del cielo y se mantiene
allí. Como todos ustedes saben, la Luna siempre da una cara a la Tierra,
por lo que desde cualquier punto de la superficie de la Luna, la Tierra
está siempre, más o menos, en el mismo punto del cielo. Gonzalo
dijo de repente: —Si
usted quiere que la ciudad lunar esté en el otro lado de la Luna, de
forma que la Tierra «no esté» en el cielo, está usted loco. El público
querrá decididamente que la Tierra se encuentre allí. Serváis
levantó su mano expresando su conformidad: —¡Absolutamente
de acuerdo! Pero si está siempre allí, es casi lo mismo que si no
estuviera. Uno se acostumbra a ello. No, yo opto por una propuesta más
sutil. Me gustaría que la ciudad estuviera en un cráter que se halla en
el límite del lado visible. Desde allí, naturalmente, se verá la Tierra
en el horizonte. «Tengan
en cuenta lo que ello implica. La Luna no mantiene exactamente el mismo
lado frente a la Tierra. La Luna oscila de un lado a otro aunque en pequeños
índices. Durante catorce días oscila hacia un lado y luego, durante
otros catorce días, oscila al revés. Esto se llama «libración»... En
este momento hizo una pausa como para asegurarse de que había pronunciado
correctamente la palabra. —Y
ello ocurre porque la Luna no se mueve en un círculo perfecto alrededor
de la Tierra. Ahora, vean ustedes... Si establecemos la Colonia Bailly en
el cráter del mismo nombre, la Tierra no sólo está en el horizonte,
sino que se mueve hacia arriba y hacia abajo en un cielo de veintiocho.
Situados adecuadamente, los colonos lunares podrán ver la salida y puesta
de la Tierra, aunque lentamente, por supuesto. Ello se presta a poder
explotar la imaginación. Los personajes pueden ingeniárselas para llevar
a cabo alguna canción importante a la Puesta de Tierra y las diferentes
posiciones de la Tierra pueden indicar el paso del tiempo y provocar el
suspenso. Se pueden también originar fabulosos efectos especiales. Si
Venus está cerca de la Tierra y la Tierra está en la fase de cuarto
creciente, entonces Venus alcanzará el punto más alto de la luminosidad;
y cuando la Tierra se ponga, podremos ver a Venus, en el cielo sin aire de
la Luna, en una muy diminuta fase de creciente. —Puesta
de Tierra y estrella vespertina y un claro aviso para mí —dijo Avalen
entre dientes. Gonzalo
medió: —¿De
verdad existe un cráter llamado Bailly? —Ciertamente
—repuso Serváis—. De hecho, es el cráter más grande que se puede
ver desde la superficie de la Tierra. Tiene 290 kilómetros de ancho... —Parece
un nombre chino —dijo Gonzalo. —¡Francés!
—exclamó Serváis solemnemente—. Un astrónomo francés con ese
nombre fue alcalde de París en 1789, en tiempos de la Revolución. —No
eran buenos tiempos para ser alcalde —opinó Gonzalo. —Y
así lo entendió él. Fue guillotinado en 1793. Intervino
Avalon: —Yo
estoy bastante de su parte, señor Serváis. Las perspectivas de su
propuesta son buenas. ¿Cuál es la objeción de su socio? Serváis
se encogió de hombros en un gesto que era más galo que todo lo que había
dicho o hecho. —Tonterías.
Dice que será demasiado complicado para la gente de la película. Que
confundirán las cosas, dice. Señala también que la Tierra se mueve
demasiado lentamente en el cielo de la Luna. Que tardará días en alzar
por completo su esfera por encima del horizonte y que otro tanto ocurrirá
para ocultar totalmente su esfera por debajo del horizonte. —¿Es
eso cierto? —preguntó Gonzalo. —Sí,
es cierto. Pero, ¿qué tiene eso que ver? Puede resultar interesante.
Halsted dijo: —Pero
ellos pueden soslayar eso. Pueden hacer que la Tierra se mueva un poco más
de prisa... ¿Por qué no? Serváis
pareció disgustado. —Eso
no está bien. Mi socio dice que eso será precisamente lo que la gente de
la película hará y que dicha alteración del hecho astronómico será
vergonzosa. Se enfurece mucho con todo esto y encuentra defectos por todas
partes, incluso en el nombre del cráter al que considera ridículo y
absurdo hasta el punto de no tolerar que éste aparezca en nuestro
informe. Nunca habíamos tenido una discusión como ésta. Está como
loco. —Recuerde
—dijo Avalon— que usted dijo que sería condescendiente con él, que
cedería. —Bien,
tendré que hacerlo —contestó Serváis—, pero a disgusto. Es cierto
que está pasando un mal momento. Rubin
dijo: —Ya
ha dicho usted eso dos veces, Jean. No conozco a su socio, por lo tanto no
puedo hacer un juicio sobre cómo se comporta. ¿Por qué se encuentra en
un mal momento? Serváis
movió la cabeza negativamente. —Hace
un mes, o quizás un poco más, su mujer se suicidó, tomando una gran
dosis de somníferos. Mi socio era un fiel esposo, y de lo más gurrumino
con ella. Naturalmente, ha sido terrible para él y, como es lógico, no
es el mismo de antes. Drake
tosió con suavidad. —¿Continúa
trabajando? —No
se atrevería a sugerirle que no lo hiciera. El trabajo lo mantiene
cuerdo. Halsted
dijo: —¿Por
qué se suicidó su mujer? Serváis
no respondió con palabras, pero hizo un gesto con sus cejas que se
prestaba a múltiples interpretaciones. Halsted
insistió: —¿Era
una enferma incurable? —¿Quién
sabe? —repuso Serváis suspirando—. Por algún tiempo, pobre Howard...
—Hizo una pausa, desconcertado—. No era mi intención mencionar su
nombre. Trumbull
dijo: —Aquí
puede usted decir lo que quiera. Todo lo que se diga en esta habitación
es totalmente confidencial... Nuestro camarero también, antes de
que usted lo pregunte, es una persona de absoluta confianza. —Bueno
—siguió Serváis—, su nombre, en cualquier caso, no tiene ninguna
importancia. Se trata de Howard Kaufman. En cierto modo, el trabajo lo ha
hecho bien. Excepto por lo que se refiere al trabajo, es una persona prácticamente
muerta. Ya nada le parece importante. —Sí
—convino Trumbull—, pero ahora sí que «hay» algo importante para él.
Quiere su cráter, no el cráter que usted propuso. —Sí
—dijo Serváis—. Ya he pensado en eso. Me dije a mí mismo que ello
era una buena señal. Al menos está interesado en algo. Es el principio.
Y quizá sea la razón más importante para que yo ceda. Sí, creo que
cederé... Está decidido, cederé. Ya no hay ninguna razón para que
ustedes, caballeros, traten de optar por uno de nosotros. La decisión está
tomada y se inclina de su lado. Avalon
estaba frunciendo el entrecejo: —Supongo
que deberíamos seguir interrogándolo más sobre el trabajo que usted
hace y supongo, también, que, por otra parte, no deberíamos
entrometernos en lo que a una desgracia personal se refiere. Sin embargo,
aquí, en la reunión de los Viudos Negros, no se prohíbe ningún tipo de
preguntas y no existe una Quinta Enmienda a la que acogerse. No estoy
satisfecho, caballero, con sus comentarios respecto de la desventurada
mujer que se suicidó. Como hombre felizmente casado, estoy totalmente
perplejo sobre esa combinación de amor y suicidio. ¿Dijo usted que no
estaba enferma? —En
realidad, yo no dije eso —replicó Serváis—, y me molesta tener que
hablar sobre el tema. Rubin
golpeó con la cuchara el vaso vacío que había delante de él. —Es
privilegio del invitado —opinó enérgicamente. Todo
el mundo se quedó en silencio. —Jean
—dijo—, usted es mi invitado y mi amigo. No podemos forzarlo a que
responda a las preguntas, pero ya dejé claro que el precio de aceptar
nuestra hospitalidad era el interrogatorio a ultranza. Si usted ha
cometido un acto criminal y no quiere hablar de él, váyase ahora y no
habrá nada que decir por nuestra parte. Ahora bien, si usted quiere
hablar, sea lo que sea lo que usted diga, nosotros seguiremos sin decir
nada. —Aunque,
en efecto, se trate de un acto criminal —dijo Avalon—, le aconsejaríamos
muy encarecidamente que lo confesara. Serváis
sonrió con cierta vacilación. Dijo: —Durante
un minuto, durante un terrible minuto, pensé que me encontraba metido en
una novela de Kafka y que sería juzgado y condenado por algún delito que
me iban a hacer confesar contra mi voluntad. Caballeros, no he cometido
ningún delito de importancia. Alguna multa por exceso de velocidad, un
poco de imaginación creativa en mi declaración de renta... Todo eso es,
como he oído decir, tan americano como la tarta de manzana. Pero si
ustedes están pensando que yo maté a esa mujer y que hice que pareciera
un suicidio..., por favor, sáquenselo de inmediato de sus cabezas. «Fue»
suicidio. A la Policía no le cupo la menor duda. Halsted
dijo: —¿Estaba
enferma? —De
acuerdo, pues. Responderé. Por lo que yo sé, no, no estaba enferma.
Pero, después de todo, yo no soy médico y no la examiné. Halsted
preguntó: —¿Tenía
hijos? —No.
No tenía hijos. Ah, señor Halsted, recuerdo de repente que usted me dijo
antes que sus invitados sometían a discusión los problemas que tenían y
que yo le dije que no tenía ninguno. De cualquier forma, veo que usted me
ha encontrado uno. Trumbull
dijo: —Si
usted está tan seguro de que fue un suicidio, supongo que ella debió
dejar una nota. —Sí
—repicó Serváis—, dejó una. —¿Qué
decía en ella? —No
podría citarlo textualmente. Ni siquiera la vi yo mismo. Según Howard,
se trataban, simplemente, de pedir disculpas por originar aquella
desgracia, pero decía que ella no podía seguir adelante. Era una nota
muy trivial, pero les aseguro que satisfizo a la Policía. Intervino
Avalon: —Pero,
si se trataba de un matrimonio feliz, y no había ninguna enfermedad ni
complicaciones de hijos, entonces... ¿O
existían complicaciones de hijos? ¿Acaso ella ansiaba tener hijos
y su marido se negaba...? Gonzalo
se interpuso. —Nadie
se mata por no tener hijos. —La
gente se mata por motivos estúpidos —replicó Rubín—. Yo recuerdo... Trumbull
gritó furioso, con voz estentórea: —¡Maldición!
Ya está bien de interrupciones. Es Jeff quien tiene la palabra. Avalon
medió: —¿Pudo
la falta de hijos tener una influencia perturbadora? —Por
lo que yo conozco, no —replicó Serváis—. Mire, señor Avalon, yo
tengo mucho cuidado con lo que digo y «no» he dicho que fuera un
matrimonio feliz. —Usted
dijo que su socio era fiel a su esposa —medió con tono grave Avalon—,
y utilizó esa antigua y refinada palabra, «gurrumino», para
describirlo. —El
amor —siguió Serváis— es insuficiente para alcanzar la felicidad si
sólo mana de una de las dos partes. Yo no dije que ella «lo» quisiera. Drake
encendió otro cigarrillo. —¡Ah!
—dijo—, la trama se complica. Avalon
dijo: —Entonces,
en su opinión, ello tuvo que ver con el suicidio. Serváis
pareció preocupado. —Es
más que mi opinión. «Sé» que ello tuvo algo que ver con el suicidio. —¿Le
importaría explicarme los detalles? —preguntó Avalon, suavizando
ligeramente su rígida postura, como para convertir la pregunta en una
cortés invitación. Serváis
dudó y luego dijo: —Les
recuerdo que me han prometido que todo es confidencial. Mary..., Madame
Kaufman y mi socio llevaban casados siete años y parecían un matrimonio
que se encontraba a gusto pero, ¿quién puede decir nada en estos
momentos? «Había
otro hombre. Es mayor que Howard y, según mi opinión, no tan bien
parecido... Pero, de nuevo, ¿quién puede opinar en estos temas? Lo que
ella encontraba en él no es probable que estuviera a la vista para que
todo el mundo se enterara. Halsted
dijo: —¿Cómo
se tomó «eso» su socio? Serváis
miró hacia arriba y se ruborizó claramente. —Nunca
lo supo. ¿Supongo que no creerán que yo se lo dije? No soy de ese tipo
de personas, se lo aseguro. No soy de los que se entrometen entre marido y
mujer. Y, francamente, si se lo hubiera dicho a Howard, éste no me
hubiera creído. Es más que probable que hubiera intentado pegarme. Por
tanto, ¿qué debía hacer yo? ¿Presentar pruebas? ¿Acaso debía
organizar las cosas para que fueran atrapados en una situación que no
indujera a ningún error? No, no dije nada. —¿Y
de verdad que él no lo supo? —preguntó Avalon, claramente
desconcertado. —No
lo supo. No hacía mucho tiempo que había empezado. La pareja era
exageradamente prudente. El marido le era ciegamente fiel. ¿Qué quieren
ustedes? —El
marido es siempre el último en enterarse —sentenció Gonzalo. Drake
dijo: —Si
el affaire estaba tan bien escondido, ¿cómo lo descubrió usted,
señor Serváis? —Por
la más pura casualidad, se lo aseguro —replicó Serváis—. En cierto
modo fue para ella un increíble golpe de infortunio. Aquella noche tenía
yo una cita. No conocía bien a la muchacha y la cosa, después de todo,
no fue bien. Estaba ansioso por deshacerme de ella, pero primero... ¿Qué
quieren ustedes?, no hubiera sido caballeroso dejarla ir sola... La llevé
hasta su casa en un extraño barrio de la ciudad. Y, tras haberme
despedido de la forma más somera, entré en un bar cercano para tomar una
taza de café y también para recuperarme. Y allí vi a Mary Kaufman y a
un hombre. »Ay,
saltaba a la vista. Era tarde; su esposo, recordé de repente, estaba
fuera de la ciudad, su actitud hacia aquel hombre... Acepten la seguridad
de que existe una forma que una mujer tiene de mirar a un hombre que es
completamente inequívoca, y ésa es la que yo vi entonces. Y si todavía
no hubiera estado seguro del todo, la expresión de su rostro, cuando ella
miró hacia arriba y me vio, helada por la sorpresa, dejó todo al
descubierto. »Me
fui inmediatamente, como es natural, sin hacer ningún tipo de saludo,
pero el daño ya estaba hecho. Ella me llamó al día siguiente,
totalmente angustiada, la pobre, temerosa de que yo pudiera ir con la historia a su esposo, y me
dio una explicación en absoluto convincente. Yo le aseguré que aquello
era un asunto que no me interesaba lo más mínimo y que era algo tan
falto de importancia que ya lo había olvidado... Me alegro, sin embargo,
de no haber tenido que enfrentarme al hombre, porque a él le hubiera
pegado. Drake
dijo: —¿Conocía
usted al hombre? —Un
poco —contestó Serváis—. Se movía en ambientes muy distintos. Conocía
su nombre; pude reconocerlo..., pero no importa, pues después de aquel día
ya no lo volví a ver. Fue prudente por su parte el mantenerse alejado. Avalon
dijo: —Pero,
¿por qué se suicidó ella? ¿Acaso tenía miedo de que su esposo lo
descubriera? —¿Se
tiene miedo a ser descubierto en casos como éste? —preguntó Serváis
alzando ligeramente su labio superior—. Además, si ella lo hubiera
tenido, seguramente hubiera acabado con el affaire. No, no, fue
algo mucho más corriente y normal que eso. Algo inevitable. En un asunto
como éste, caballeros, hay tensiones y riesgos que, además de ser
importantes, añaden realmente un componente de romance. Les aseguro que
no soy en absoluto desconocedor de tales cosas. »Pero
el romance, digan lo que digan los libros de cuentos, no dura siempre y
acaba forzosamente por desvanecerse más rápidamente para uno que para
otro. Pues en este caso se desvaneció para el hombre antes que para la
mujer... Y el hombre optó por el tipo de acción que a veces uno lleva a
cabo en este tipo de asuntos. Se marchó..., se fue... Desapareció. Y,
por tanto, la dama se suicidó. Trumbull
se irguió y frunció el ceño ferozmente. —¿Por
qué razón? —Supongo
que por esa razón, caballero. Se ha sabido que ocurrió así. Yo no me
enteré de la desaparición del hombre, puede usted comprenderlo, hasta un
tiempo después. Tras el suicidio, fui en su busca porque sentía que él
era en cierto modo responsable y esperando desahogar mis sentimientos haciéndole
sangrar la nariz... Tengo un profundo afecto a mi socio, usted lo
entiende, y sufro con su sufrimiento... Pero descubrí que el buen amante
se había marchado hacía dos semanas sin dejar nueva dirección. No tenía
familia y a ese canalla
le fue muy fácil marcharse. Pude haber encontrado su paradero,
supongo, pero mis sentimientos no eran tan fuertes como para empujarme a
ir más lejos. Y, sin embargo, tengo un sentimiento de culpabilidad... —¿Culpabilidad
de qué? —preguntó Avalon. —Se
me ocurrió que, cuando los descubrí..., totalmente sin querer, por
supuesto..., el elemento del riesgo se hizo inaceptablemente alto para el
hombre. Sabía que yo lo conocía. Quizá pensó que, más pronto o más
tarde, el asunto saldría a la luz y no deseaba esperar los resultados. Si
yo no hubiera entrado por casualidad en aquel bar, quizás estarían todavía
juntos, quizás ella aún viviría. ¿Quién sabe? Rubin
dijo: —Eso
es impensable, Jean. No puede usted, racionalmente, basarse en hipótesis
en esta historia... Pero se me ocurre algo. —¿Sí,
Manny? —Después
del suicidio, su socio estaba muy tranquilo, nada era importante para él.
Creo que así lo explicó usted. Pero ahora riñe con usted violentamente
pese a que nunca antes lo había hecho, deduzco yo. Algo debe haber
ocurrido, además del suicidio. Quizás «ahora» ha descubierto la
infidelidad de su esposa y esa idea lo vuelve loco. Serváis
negó con la cabeza. —No,
no. Si usted piensa que yo se lo dije, está usted muy equivocado. Admito
que, de vez en cuando, pienso que debería decírselo. Es difícil ver a
mi pobre amigo consumirse por culpa de una mujer que, después de todo, no
lo merecía. No es justo consumirse pensando en alguien que no le fue fiel
en vida. ¿No debería decírselo? A menudo me parece que no sólo debería
hacerlo, sino que estoy obligado a ello. Se enfrentaría a la verdad y
podría empezar una nueva vida... Pero entonces pienso, es más, «estoy
seguro», de que no me creería, que nuestra amistad se rompería y que él
estaría peor que antes. Rubin
dijo: —No
me entiende. ¿No podría ser que algún «otro» se lo hubiera dicho? ¿Cómo
sabe usted que es la única persona que está enterada? Serváis
pareció un poco alarmado. Pensó en ello y luego dijo: —No.
En ese caso, él me hubiera puesto al corriente, sin duda. Y le
aseguro que me lo hubiera comunicado con el mayor grado de indignación, a
la vez que me informaba de su inmediata intención de golpear al malvado
que se atrevía así a calumniar a su ya fallecido ángel. —No
—intervino Rubín—, si lo que se le hubiera dicho fuera que «usted»
era el amante de su mujer. Aunque se negara a creerlo, aunque derribara a
golpes al que le informó, ¿le hubiera explicado a «usted» la historia
en tales circunstancias? ¿Acaso podía estar él totalmente seguro? ¿Hubiera
podido evitar no meterse con usted en un caso como éste? Serváis
pareció todavía más alarmado. Dijo lentamente: —No,
naturalmente que no. Nadie pudo de ninguna manera haber pensado en eso. La
mujer de Howard no me atraía lo más mínimo, compréndalo. —Miró
hacia arriba y dijo furiosamente—: Deben aceptar el hecho de que digo la
verdad sobre ello. «No» era yo, y no quiero que se sospeche de mí. Si
alguien ha dicho que era yo, sólo pudo haberlo hecho con deliberada mala
intención. —Quizás
así fue —dijo Rubín—. ¿No podría haber sido el auténtico amante
el que hubiera hecho la acusación..., por temer que usted lo descubriría?
Consiguiendo así adelantarse en su historia... —¿Por
qué iba a hacer eso? Está fuera. Nadie sospecha de él. Nadie lo
persigue. —Podría
no saberlo —terció Rubin. —Perdóneme.
—La voz de Henry sonó suavemente desde el lugar donde estaba la
vitrina—. ¿Podría hacer una pregunta? Serváis
miró asombrado, pero mantuvo su corrección. Dijo: —¿Puedo
hacer algo por usted, camarero? Henry
dijo: —No
estoy seguro, señor, de haber entendido bien qué tipo de disputa existía
entre usted y su socio. Seguramente debía tratarse sobre decisiones de
enorme complejidad por lo que se refería a los detalles técnicos de la
colonia. —Usted
no conoce más que una pequeña parte de ello —dijo Serváis
indulgentemente. —¿Se
peleaban su socio y usted por todos esos detalles, señor? —No.
No —contestó Serváis—. No nos peleamos. Existieron discusiones, por
supuesto. Es inútil pensar que dos hombres, cada uno con una fuerte personalidad y marcadas
opiniones, iban a estar de acuerdo en todo o en casi todo, pero la cosa
funcionaba razonablemente bien. Discutíamos pero, finalmente, llegábamos
a alguna conclusión. A veces ganaba yo, otras veces él y a veces ninguno
de los dos. —Pero
entonces —siguió Henry— surgió esa disputa sobre la colocación
efectiva de la colonia en el cráter y todo fue diferente. Su socio mostró
furiosamente su desacuerdo incluso con el nombre del cráter y, en este único
tema, no quiso transigir ni lo más mínimo. —Ni
lo más mínimo. Está usted en lo cierto. Y sólo en este único tema. Henry
siguió: —Entonces,
¿debo entender que en ese momento, cuando el señor Rubín imagina que su
socio está muy enfadado porque sospecha de usted, él se comporta de
forma por completo razonable y civilizada en lo que respecta a todos los
delicados temas de la ingeniería lunar, pero permanece intolerante y frenéticamente
obstinado y resuelto sólo sobre el tema del emplazamiento..., sobre si
debía ser Copérnico u otro cráter, el lugar donde iba a ser construida
la colonia? —Sí
—dijo Serváis con satisfacción—. Así es precisamente como ocurrió
y ya sé a dónde quiere usted llegar. Es impensable imaginar que se
peleara conmigo por el tema del emplazamiento, malhumorado por la sospecha
de que yo le hubiera puesto los cuernos, cuando no se peleaba en lo que
respecta a ninguno de los otros puntos. Decididamente, él no sospecha de
un mal comportamiento por mi parte. Gracias, Henry. Henry
dijo: —¿Podría
continuar un momento, señor? —Por
supuesto —concedió Serváis. —Al
principio de la noche —prosiguió Henry—, el señor Rubín fue muy
amable en preguntarme sobre mi opinión acerca de las técnicas de su
profesión. Se planteó el tema de la deliberada omisión de detalles por
parte de testigos. —Sí
—dijo Serváis—, recuerdo la discusión. Pero yo no he omitido
deliberadamente ningún detalle. —Usted
no mencionó el nombre del amante de la señora Kaufman. Serváis
frunció el ceño. —Supongo
que no lo hice, pero no fue algo deliberado. Es totalmente irrelevante.
—Quizá
lo sea —porfió Henry—, a menos que suceda que se llame Bailey. Serváis
se quedó helado en la silla. Luego dijo angustiado: —No
recuerdo haberlo mencionado. ¡Cielos...!, ya veo de nuevo por dónde va.
Si se me ha escapado el nombre sin que yo me acuerde de ello, es posible
suponer que, sin darme cuenta, pueda haber dicho algo que condujera a
Howard a sospechar... Gonzalo
dijo: —Eh,
Henry, no recuerdo que Jean nos haya dado ningún nombre. —Ni
yo tampoco —admitió Henry—. Usted no dijo el nombre, señor. Serváis
se tranquilizó poco a poco y después dijo, frunciendo el ceño. —Entonces,
¿cómo lo supo usted? ¿Acaso conoce usted a esa familia? Henry
negó con la cabeza. —No,
señor, fue simplemente una idea que se me ocurrió al explicar usted su
historia. Por su reacción, puedo deducir que el nombre de aquel hombre es
Bailey. —Martin
Bailey —contestó Serváis—. ¿Cómo lo supo usted? —El
nombre del cráter en el que deseaba instalar el emplazamiento es Bahyee,
el nombre de la ciudad seria entonces Colonia Bahyee. —Sí. —Pero
ésa es la pronunciación en francés del nombre de aquel astrónomo francés.
¿Cómo se deletrea? Serváis
dijo: —B-a-i-l-l-y... ¡Dios mío, «Bailly»! Henry
siguió: —Que,
de acuerdo con la pronunciación inglesa, equivale al nada infrecuente
apellido Bailey. Estoy completamente seguro de que los astrónomos
norteamericanos utilizan la pronunciación inglesa, y que el señor
Kaufman también lo hace. Usted nos ocultó esa información, señor
Serváis, porque usted nunca pensó en el cráter de otra forma que como
Bahyee. Incluso mirándolo, oiría el sonido francés en su mente y no lo
relacionaría con Bailey, el apellido norteamericano. Serváis
dijo: —Pero
todavía sigo sin comprender.
—¿Hubiera
querido su socio publicar el nombre y situar el emplazamiento de una
colonia lunar en Bailey? ¿Hubiera querido tener una colonia llamada
Colonia Bailey después de lo que un Bailey le había hecho? —Pero
él no «sabía» lo que Bailey le había hecho —porfió Serváis. —¿Cómo
lo sabe usted? ¿Por qué hay un viejo refrán que dice que el esposo es
siempre el último en enterarse? ¿De qué otra forma puede usted explicar
su totalmente irracional oposición a este punto exclusivamente, incluso
su insistencia en que el nombre en sí es horrible? Es demasiado para que
se trate de una coincidencia. —Pero
si lo sabía..., si lo sabia..., a mí no me lo dijo. ¿Por qué discutir
por ello? ¿Por qué no me lo explicó? —Supongo
—prosiguió Henry— que él no sabía que usted lo sabía. En este
supuesto, ¿iba él a ofender a su esposa muerta, explicándoselo todo a
usted? Serváis
se agarró de su pelo. —Nunca
lo imaginé... Ni por un momento. —Todavía
hay algo más —siguió Henry, con tristeza. —¿Qué? —Uno
podría preguntarse cómo llegó a ocurrir la desaparición de Bailey si
su socio sabía la historia. ¿Podría preguntarse si Bailey sigue vivo?
¿No es posible que el señor Kaufman, echándole toda la culpa al otro
hombre, se enfrentase a su esposa para decirle que había hecho que su
amante se alejara de ella, incluso quizá que lo había matado, y le pidió
entonces que volviera con él..., y la respuesta fue el suicidio? —No
—replicó Serváis—. Eso es imposible. —Lo
mejor sería encontrar al señor Bailey y asegurarse de que está vivo. Es
la única forma de probar la inocencia de su socio. Podría ser un trabajo
para la Policía. Serváis
se había puesto muy pálido. —No
puedo ir a la Policía con una historia como ésta. —Si
no lo hace —contestó Henry—, puede ocurrir que su socio, obsesionado
por lo que ha hecho..., si es cierto que lo ha hecho, acabará finalmente
por tomarse la justicia por su mano. —¿Quiere
decir que se matará? —susurró Serváis—. ¿Es ésa la elección a la
que me enfrenta usted: acusarle ante la Policía o esperar a que se mate? —O
ambas cosas —concluyó Henry—. La vida es muy cruel. |
||||||
| . | ||||||
|
||||||
|
Las marcas y productos mencionados son propiedad de sus respectivos propietarios |
||||||
|
||||||
|