LORENZO

servidor

ISAAC ASIMOV's

Earthset and Evening Star

Puesta de Tierra y Estrella Vespertina

Emmanuel Rubin, cuya última novela de misterio se estaba desarrollando viento en popa, levantó su copa con satisfacción y dejó que sus ojos brillaran afablemente a través de sus gafas de gruesos cristales.

—Las novelas de misterio —pontificó— tienen sus reglas y, cuando éstas se infringen, convierten en un fracaso artístico lo que bien puede ser un éxito de ventas en el mercado.

Mario Gonzalo, cuyo pelo recién cortado permitía vislumbrar la parte trasera de su cuello, dijo, como quien no se dirige a nadie:

—Siempre me ha divertido oír a un escritor describir lo que él garabatea sobre un papel como arte.

Miró con cierta complacencia la caricatura que estaba haciendo del invitado de aquel mes en la sesión-banquete de los Viudos Negros.

—Si lo que usted hace es una definición de arte —explicó Rubín—, retiro el término en relación con el oficio de escritor. Algo que hay que evitar son los argumentos estúpidos, por ejemplo.

—En ese caso —medió Thomas Trumbull, sirviéndose otro panecillo y untándolo profusamente de mantequilla—, ¿no está usted en desventaja?

Rubín dijo arrogantemente:

—Lo que yo entiendo por «argumento estúpido» es aquel a cuya solución se llegaría inmediatamente, si un investigador estúpido sólo hiciera una pregunta lógica, o aquel en el que un estúpido testigo no dijera sino algo que conoce y que no tiene ningún motivo para ocultarlo.

Geoffrey Avalon, que había dejado un hueso pulcramente limpio en su plato, como único testigo de la gruesa ración de rosbif que en un momento dado hubo en el mismo, dijo:

—Pero ningún practicante cualificado haría eso, Manny. Lo que debe hacerse es establecer una razón para impedir que se pregunte o se hable sobre lo que es evidente.

—Exactamente —convino Rubín—. Por ejemplo, lo que he estado escribiendo es fundamentalmente un cuento, si alguien sigue una línea recta. El problema es que la línea es tan recta, que el lector podrá ver el final mientras yo estoy a medio camino. Por lo tanto, tengo que ocultar algún dato crucial, y hacerlo de tal forma que ello no se transforme en un argumento estúpido. Por ello, invento algún motivo para ocultar ese dato, y para hacer que el motivo sea creíble, tengo que construir, alrededor de éste, una estructura de apoyo..., y acabo con una novela, una novela extraordinariamente buena.

Su rala barba se estremeció con suficiencia.

Henry, el eterno camarero de los banquetes de los Viudos Negros, retiró el plato de delante de Rubin con su habitual destreza. Rubin, sin volverse, dijo:

—¿No fue así, Henry?

Henry respondió dulcemente:

—Como lector de novelas de misterio, señor Rubin, encuentro más satisfactorio que se me comunique la información y llegar a la conclusión de que no he sido lo suficientemente inteligente como para darme cuenta de lo que pasaba.

—Acabo de leer una novela de misterio —explicó James Drake con su ronca voz de fumador— en la que todo el asunto se centraba en el personaje número uno, que era, en realidad, el personaje número dos, porque el «auténtico» personaje número uno estaba muerto. Me percaté en seguida de ello porque en la lista de personajes del principio del libro no estaba el personaje número uno. La historia carecía ya de interés para mí.

—Sí —contestó Rubin—, pero eso no fue un fallo del escritor, sino de alguno de sus ayudantes. Yo escribí una vez una historia que apareció acompañada por una ilustración que nadie pensó en mostrarme antes de la publicación. Ocurrió que dicha ilustración desveló el meollo de dicha historia.

El invitado había estado escuchando tranquilamente todo lo que se había dicho. Su cabello era lo suficientemente claro como para ser considerado rubio y formaba unas cuidadas ondas que, en cierto modo, parecía que fueran naturales. Giró su cabeza, muy enjuta pero abiertamente afable, hacia Roger Halstead, su vecino, y dijo:

—Perdóneme, ya sé que Manny Rubín, que es amigo mío, es un escritor de novelas de misterio, pero, ¿también ocurre lo mismo con el resto de ustedes? ¿Acaso es ésta una reunión de escritores de novelas de misterio?

Halsted, que había estado mirando con sombría aprobación la abundante porción de tarta de la Selva Negra que había sido colocada ante él como postre, desvió su atención de la misma con algo de dificultad y dijo:

—¡Oh, no!, en absoluto. Rubin es el único escritor de novelas de misterio que hay aquí. Yo mismo soy profesor de matemáticas; Drake es químico; Avalon, abogado; Gonzalo es artista y Trumbull es un experto en cifrado que trabaja para el gobierno.

«Por otra parte —continuó—, sí es verdad que poseemos un cierto interés en ese tipo de temas. Nuestros invitados tienen a menudo problemas que someten a discusión, algo que tiene que ver con el misterio y la verdad es que hemos tenido mucha suerte...

El invitado se recostó en su asiento y mostró una breve sonrisa.

—Me temo que no ocurrirá lo mismo conmigo. No hay nada en mi vida que tenga que ver con el misterio, asesinato o una horrible mano agarrando a alguien desde detrás de una cortina. Me temo que todo en mi vida es muy simple, muy aburrido. Ni siquiera estoy casado. —Volvió a sonreír de nuevo.

El individuo había sido presentado como Jean Serváis y Halsted, que había comenzado a atacar la tarta con fruición y que, como consecuencia de ello, se sentía inmerso en una agradable sensación de disfrute, dijo:

—¿Le importa si le llamo John?

—No le pegaré si lo hace, caballero, pero le ruego que no lo haga. Ése no es mi nombre. Llámeme Jean, por favor.

Halsted asintió con la cabeza.

—Lo intentaré. Puedo arreglármelas con ese sonido «zh», pero conseguir darle la pronunciación nasal adecuada ya es otra cosa. Zhohng —dijo.

—Pero si es excelente. Auténticamente formidable.

—Usted habla inglés muy bien —dijo Halsted devolviéndole el cumplido.

—Los europeos disponemos de facilidad para las lenguas —explicó Serváis—, Además, hace casi diez años que estoy viviendo en Estados Unidos. Supongo que ustedes son todos estadounidenses. El señor Avalon, sin embargo, parece hasta cierto punto británico.

—Sí. Y creo que le gusta parecer británico —dijo Halsted. Con cierto placer oculto añadió—: Y es Avalon. Con acento en la primera sílaba y ningún sonido nasal al final.

Serváis no hizo sino sonreír.

—Ah, sí, lo intentaré. Al principio, cuando conocí a Manny, lo llamaba «rubang» con acento en la última sílaba y una fuerte nasalización. Él me corregía enérgica e insistentemente. Es un hombre lleno de ímpetu.

Para entonces, la conversación se había ido poco a poco caldeando y desembocado en una discusión general sobre los relativos méritos de Agatha Christie y Raymond Chandler. Rubín se mantenía en muy orgulloso silencio, como si supiera quién era el mejor de los dos, pero sin querer mencionar el nombre, por modestia.

Rubín parecía hallarse ya casi relajado cuando, tras estar a punto de terminar con el café y con Henry dispuesto a servir el coñac de la sobremesa, llegó el momento en que éste golpeó ligeramente el vaso de agua con la cucharilla y dijo:

—Si no le importa, señor Serváis —haciendo silbar la «s» final justo lo suficiente como para justificar su siguiente argumento—. No voy a tratar de lucir mi acento francés y caer también yo en esa especie de necedad en la que cae mi amigo Manny Rubín... Dígame, caballero, ¿cómo justifica usted su existencia?

—¿Por qué? Si es muy fácil —replicó Serváis afablemente—. Si yo no existiera, ustedes no tendrían un invitado esta noche.

—Por favor, déjenos a nosotros fuera de esto. Responda en términos más generales.

—Bueno, pues, en general, yo construyo sueños. Diseño cosas que no pueden ser construidas, cosas que yo nunca veré, cosas que quizá no existirán nunca.

—De acuerdo —respondió Trumbull con aire sombrío—, usted es un escritor de ciencia ficción como ese compañero de Manny, ¿cuál es su nombre...?, sí..., Asimov.

—No es amigo mío —dijo Rubín repentinamente—. Simplemente le ayudo de vez en cuando si sucede que se queda bloqueado con algún tema científico elemental.

Gonzalo dijo:

—¿No es ése el que usted dijo una vez que lleva consigo a todos los lados la Enciclopedia Columbio, porque está incluido en ella?

—Peor todavía —explicó Rubin—. Sobornó a alguien de la Britannica para que lo incluyeran en la nueva edición, la decimoquinta, y últimamente arrastra con él la edición completa dondequiera que va.

—La decimoquinta edición... —empezó Avalon.

—Por el amor de Dios —dijo Trumbull—. ¿Van a dejar hablar a nuestro invitado?

—No, señor Trumbull —dijo Serváis, como si no hubiera habido ningún tipo de interpretación—. Yo no soy un escritor de ciencia ficción, aunque algunas veces la leo. He leído a Ray Bradbury, por ejemplo, y a Harlan Ellison. —Nasalizó ambos nombres—. No creo haber leído nunca a Asimov.

—Se lo diré a él —dijo entre dientes Rubin—, le encantará.

—Pero —continuó Serváis—, supongo que podrían denominarse ingenieros de ciencia ficción.

—¿Qué quiere decir eso? —preguntó Trumbull.

—Yo no escribo sobre colonias lunares. Las diseño.

—¡Las «diseña»!

—¡Oh, sí!, y no sólo colonias lunares, pese a que ésa es nuestra principal ocupación ahora. Trabajamos en todos los campos de diseño imaginativo para la industria privada, Hollywood e incluso para la NASA.

Gonzalo dijo:

—¿Cree usted realmente que la gente puede vivir en la Luna?

—¿Por qué no? Depende de lo que el género humano quiera hacer, en cuan grande sea la inicial inversión que se esté dispuesto a hacer. El medio ambiente de la Luna puede lograrse que sea el equivalente exacto del de la Tierra, en restringidas áreas subterráneas, excepto en lo que se refiere a la gravedad. Debemos estar contentos con una gravedad lunar que es un sexto de la nuestra propia. A excepción de esto, sólo necesitamos tener en cuenta los primeros suministros desde la Tierra y una inteligente obra de ingeniería..., y aquí es cuando aparecemos nosotros, mi socio y yo.

—¿Son ustedes una empresa de dos personas?

—Esencialmente... Y desde luego mientras mi socio continúe siendo mi socio.

—¿Es que se va a disolver la sociedad?

—No, no. Pero discutimos sobre pequeñas cosas. No es nada sorprendente. Él está en un mal momento. Pero no, no nos separaremos. He decidido que quizá deba ser más condescendiente con él. Por supuesto que soy yo el que tengo toda la razón y sería una lástima perder lo que puedo obtener.

Trumbull se recostó en la silla, cruzó los brazos y dijo:

—¿Podría decirnos sobre qué se basa la discusión? Así nosotros manifestaríamos nuestras propias preferencias, sea por usted o por su socio.

—No sería una elección difícil, señor Trumbull, para una persona sensata —dijo Serváis—. Se lo juro... Lo que está pasando es esto: estamos diseñando una amplia y detallada colonia lunar. Es para una compañía cinematográfica y supone una fuerte inversión. Quieren utilizar parte de ella en un gran espectáculo de ciencia ficción que están preparando. Naturalmente, nosotros les suministramos bastante más de lo que ellos pueden utilizar, pero la idea es que si tienen una imagen totalmente consecuente de lo que pueda ser..., y, para asombro de todos, quieren que ésta sea lo más científicamente correcta posible..., puedan elegir utilizar lo que deseen.

—Apuesto a que lo aprovecharán a tope —dijo Drake con pesimismo—, sin importarles la minuciosidad de su diseño. Querrán dar una atmósfera a la Luna.

—¡Oh!, no —repuso Serváis—, no después de seis aterrizajes en la Luna. No debemos temer por ese error. Sin embargo, no tengo ninguna duda de que cometerán otros errores. Encontrarán imposible dominar los efectos de la baja gravedad de forma adecuada y durante todo el tiempo, y las exigencias de la trama obligarán a que se lleven a cabo algunas incorrecciones. Sin embargo, eso no puede evitarse y nuestro trabajo consiste, simplemente, en suministrarles material que sea lo más imaginativo posible. Ése es mi objetivo, tal como verán dentro de un momento... Nosotros ideamos una ciudad, una pequeña ciudad que va a estar situada en el borde interior de un cráter. Esto es ineludible porque la trama de la película así lo exige. Sin embargo, tenemos la opción de elegir el cráter y su localización. Mi socio, quizá por ser norteamericano, se inclina directamente por lo que resulta más obvio. Desea utilizar el cráter Copérnico.

»Dice que es un nombre familiar; que si la ciudad se llamara Colonia Copérnico, eso sólo ya daría a la Luna un aire de aventura exótica, y así sucesivamente. Todo el mundo conoce, dice él, el nombre del astrónomo que fue el primero en colocar al Sol en el centro del sistema planetario y que es un nombre que, además, suena con fuerza.

»Yo, por otra parte, no me siento nada entusiasmado con esa idea. La Tierra, tal como se ve desde Copérnico, está en lo alto del cielo y se mantiene allí. Como todos ustedes saben, la Luna siempre da una cara a la Tierra, por lo que desde cualquier punto de la superficie de la Luna, la Tierra está siempre, más o menos, en el mismo punto del cielo.

Gonzalo dijo de repente:

—Si usted quiere que la ciudad lunar esté en el otro lado de la Luna, de forma que la Tierra «no esté» en el cielo, está usted loco. El público querrá decididamente que la Tierra se encuentre allí.

Serváis levantó su mano expresando su conformidad:

—¡Absolutamente de acuerdo! Pero si está siempre allí, es casi lo mismo que si no estuviera. Uno se acostumbra a ello. No, yo opto por una propuesta más sutil. Me gustaría que la ciudad estuviera en un cráter que se halla en el límite del lado visible. Desde allí, naturalmente, se verá la Tierra en el horizonte.

«Tengan en cuenta lo que ello implica. La Luna no mantiene exactamente el mismo lado frente a la Tierra. La Luna oscila de un lado a otro aunque en pequeños índices. Durante catorce días oscila hacia un lado y luego, durante otros catorce días, oscila al revés. Esto se llama «libración»...

En este momento hizo una pausa como para asegurarse de que había pronunciado correctamente la palabra.

—Y ello ocurre porque la Luna no se mueve en un círculo perfecto alrededor de la Tierra. Ahora, vean ustedes... Si establecemos la Colonia Bailly en el cráter del mismo nombre, la Tierra no sólo está en el horizonte, sino que se mueve hacia arriba y hacia abajo en un cielo de veintiocho. Situados adecuadamente, los colonos lunares podrán ver la salida y puesta de la Tierra, aunque lentamente, por supuesto. Ello se presta a poder explotar la imaginación. Los personajes pueden ingeniárselas para llevar a cabo alguna canción importante a la Puesta de Tierra y las diferentes posiciones de la Tierra pueden indicar el paso del tiempo y provocar el suspenso. Se pueden también originar fabulosos efectos especiales. Si Venus está cerca de la Tierra y la Tierra está en la fase de cuarto creciente, entonces Venus alcanzará el punto más alto de la luminosidad; y cuando la Tierra se ponga, podremos ver a Venus, en el cielo sin aire de la Luna, en una muy diminuta fase de creciente.

—Puesta de Tierra y estrella vespertina y un claro aviso para mí —dijo Avalen entre dientes.

Gonzalo medió:

—¿De verdad existe un cráter llamado Bailly?

—Ciertamente —repuso Serváis—. De hecho, es el cráter más grande que se puede ver desde la superficie de la Tierra. Tiene 290 kilómetros de ancho...

—Parece un nombre chino —dijo Gonzalo.

—¡Francés! —exclamó Serváis solemnemente—. Un astrónomo francés con ese nombre fue alcalde de París en 1789, en tiempos de la Revolución.

—No eran buenos tiempos para ser alcalde —opinó Gonzalo.

—Y así lo entendió él. Fue guillotinado en 1793.

Intervino Avalon:

—Yo estoy bastante de su parte, señor Serváis. Las perspectivas de su propuesta son buenas. ¿Cuál es la objeción de su socio?

Serváis se encogió de hombros en un gesto que era más galo que todo lo que había dicho o hecho.

—Tonterías. Dice que será demasiado complicado para la gente de la película. Que confundirán las cosas, dice. Señala también que la Tierra se mueve demasiado lentamente en el cielo de la Luna. Que tardará días en alzar por completo su esfera por encima del horizonte y que otro tanto ocurrirá para ocultar totalmente su esfera por debajo del horizonte.

—¿Es eso cierto? —preguntó Gonzalo.

—Sí, es cierto. Pero, ¿qué tiene eso que ver? Puede resultar interesante. Halsted dijo:

—Pero ellos pueden soslayar eso. Pueden hacer que la Tierra se mueva un poco más de prisa... ¿Por qué no?

Serváis pareció disgustado.

—Eso no está bien. Mi socio dice que eso será precisamente lo que la gente de la película hará y que dicha alteración del hecho astronómico será vergonzosa. Se enfurece mucho con todo esto y encuentra defectos por todas partes, incluso en el nombre del cráter al que considera ridículo y absurdo hasta el punto de no tolerar que éste aparezca en nuestro informe. Nunca habíamos tenido una discusión como ésta. Está como loco.

—Recuerde —dijo Avalon— que usted dijo que sería condescendiente con él, que cedería.

—Bien, tendré que hacerlo —contestó Serváis—, pero a disgusto. Es cierto que está pasando un mal momento.

Rubin dijo:

—Ya ha dicho usted eso dos veces, Jean. No conozco a su socio, por lo tanto no puedo hacer un juicio sobre cómo se comporta. ¿Por qué se encuentra en un mal momento?

Serváis movió la cabeza negativamente.

—Hace un mes, o quizás un poco más, su mujer se suicidó, tomando una gran dosis de somníferos. Mi socio era un fiel esposo, y de lo más gurrumino con ella. Naturalmente, ha sido terrible para él y, como es lógico, no es el mismo de antes.

Drake tosió con suavidad.

—¿Continúa trabajando?

—No se atrevería a sugerirle que no lo hiciera. El trabajo lo mantiene cuerdo.

Halsted dijo:

—¿Por qué se suicidó su mujer?

Serváis no respondió con palabras, pero hizo un gesto con sus cejas que se prestaba a múltiples interpretaciones.

Halsted insistió:

—¿Era una enferma incurable?

—¿Quién sabe? —repuso Serváis suspirando—. Por algún tiempo, pobre Howard... —Hizo una pausa, desconcertado—. No era mi intención mencionar su nombre.

Trumbull dijo:

—Aquí puede usted decir lo que quiera. Todo lo que se diga en esta habitación es totalmente confidencial... Nuestro camarero también, antes de que usted lo pregunte, es una persona de absoluta confianza.

—Bueno —siguió Serváis—, su nombre, en cualquier caso, no tiene ninguna importancia. Se trata de Howard Kaufman. En cierto modo, el trabajo lo ha hecho bien. Excepto por lo que se refiere al trabajo, es una persona prácticamente muerta. Ya nada le parece importante.

—Sí —convino Trumbull—, pero ahora sí que «hay» algo importante para él. Quiere su cráter, no el cráter que usted propuso.

—Sí —dijo Serváis—. Ya he pensado en eso. Me dije a mí mismo que ello era una buena señal. Al menos está interesado en algo. Es el principio. Y quizá sea la razón más importante para que yo ceda. Sí, creo que cederé... Está decidido, cederé. Ya no hay ninguna razón para que ustedes, caballeros, traten de optar por uno de nosotros. La decisión está tomada y se inclina de su lado.

Avalon estaba frunciendo el entrecejo:

—Supongo que deberíamos seguir interrogándolo más sobre el trabajo que usted hace y supongo, también, que, por otra parte, no deberíamos entrometernos en lo que a una desgracia personal se refiere. Sin embargo, aquí, en la reunión de los Viudos Negros, no se prohíbe ningún tipo de preguntas y no existe una Quinta Enmienda a la que acogerse. No estoy satisfecho, caballero, con sus comentarios respecto de la desventurada mujer que se suicidó. Como hombre felizmente casado, estoy totalmente perplejo sobre esa combinación de amor y suicidio. ¿Dijo usted que no estaba enferma?

—En realidad, yo no dije eso —replicó Serváis—, y me molesta tener que hablar sobre el tema.

Rubin golpeó con la cuchara el vaso vacío que había delante de él.

—Es privilegio del invitado —opinó enérgicamente.

Todo el mundo se quedó en silencio.

—Jean —dijo—, usted es mi invitado y mi amigo. No podemos forzarlo a que responda a las preguntas, pero ya dejé claro que el precio de aceptar nuestra hospitalidad era el interrogatorio a ultranza. Si usted ha cometido un acto criminal y no quiere hablar de él, váyase ahora y no habrá nada que decir por nuestra parte. Ahora bien, si usted quiere hablar, sea lo que sea lo que usted diga, nosotros seguiremos sin decir nada.

—Aunque, en efecto, se trate de un acto criminal —dijo Avalon—, le aconsejaríamos muy encarecidamente que lo confesara.

Serváis sonrió con cierta vacilación.

Dijo:

—Durante un minuto, durante un terrible minuto, pensé que me encontraba metido en una novela de Kafka y que sería juzgado y condenado por algún delito que me iban a hacer confesar contra mi voluntad. Caballeros, no he cometido ningún delito de importancia. Alguna multa por exceso de velocidad, un poco de imaginación creativa en mi declaración de renta... Todo eso es, como he oído decir, tan americano como la tarta de manzana. Pero si ustedes están pensando que yo maté a esa mujer y que hice que pareciera un suicidio..., por favor, sáquenselo de inmediato de sus cabezas. «Fue» suicidio. A la Policía no le cupo la menor duda.

Halsted dijo:

—¿Estaba enferma?

—De acuerdo, pues. Responderé. Por lo que yo sé, no, no estaba enferma. Pero, después de todo, yo no soy médico y no la examiné.

Halsted preguntó:

—¿Tenía hijos?

—No. No tenía hijos. Ah, señor Halsted, recuerdo de repente que usted me dijo antes que sus invitados sometían a discusión los problemas que tenían y que yo le dije que no tenía ninguno. De cualquier forma, veo que usted me ha encontrado uno.

Trumbull dijo:

—Si usted está tan seguro de que fue un suicidio, supongo que ella debió dejar una nota.

—Sí —repicó Serváis—, dejó una.

—¿Qué decía en ella?

—No podría citarlo textualmente. Ni siquiera la vi yo mismo. Según Howard, se trataban, simplemente, de pedir disculpas por originar aquella desgracia, pero decía que ella no podía seguir adelante. Era una nota muy trivial, pero les aseguro que satisfizo a la Policía.

Intervino Avalon:

—Pero, si se trataba de un matrimonio feliz, y no había ninguna enfermedad ni complicaciones de hijos, entonces... ¿O existían complicaciones de hijos? ¿Acaso ella ansiaba tener hijos y su marido se negaba...?

Gonzalo se interpuso.

—Nadie se mata por no tener hijos.

—La gente se mata por motivos estúpidos —replicó Rubín—. Yo recuerdo...

Trumbull gritó furioso, con voz estentórea:

—¡Maldición! Ya está bien de interrupciones. Es Jeff quien tiene la palabra.

Avalon medió:

—¿Pudo la falta de hijos tener una influencia perturbadora?

—Por lo que yo conozco, no —replicó Serváis—. Mire, señor Avalon, yo tengo mucho cuidado con lo que digo y «no» he dicho que fuera un matrimonio feliz.

—Usted dijo que su socio era fiel a su esposa —medió con tono grave Avalon—, y utilizó esa antigua y refinada palabra, «gurrumino», para describirlo.

—El amor —siguió Serváis— es insuficiente para alcanzar la felicidad si sólo mana de una de las dos partes. Yo no dije que ella «lo» quisiera.

Drake encendió otro cigarrillo.

—¡Ah! —dijo—, la trama se complica.

Avalon dijo:

—Entonces, en su opinión, ello tuvo que ver con el suicidio.

Serváis pareció preocupado.

—Es más que mi opinión. «Sé» que ello tuvo algo que ver con el suicidio.

—¿Le importaría explicarme los detalles? —preguntó Avalon, suavizando ligeramente su rígida postura, como para convertir la pregunta en una cortés invitación.

Serváis dudó y luego dijo:

—Les recuerdo que me han prometido que todo es confidencial. Mary..., Madame Kaufman y mi socio llevaban casados siete años y parecían un matrimonio que se encontraba a gusto pero, ¿quién puede decir nada en estos momentos?

«Había otro hombre. Es mayor que Howard y, según mi opinión, no tan bien parecido... Pero, de nuevo, ¿quién puede opinar en estos temas? Lo que ella encontraba en él no es probable que estuviera a la vista para que todo el mundo se enterara.

Halsted dijo:

—¿Cómo se tomó «eso» su socio?

Serváis miró hacia arriba y se ruborizó claramente.

—Nunca lo supo. ¿Supongo que no creerán que yo se lo dije? No soy de ese tipo de personas, se lo aseguro. No soy de los que se entrometen entre marido y mujer. Y, francamente, si se lo hubiera dicho a Howard, éste no me hubiera creído. Es más que probable que hubiera intentado pegarme. Por tanto, ¿qué debía hacer yo? ¿Presentar pruebas? ¿Acaso debía organizar las cosas para que fueran atrapados en una situación que no indujera a ningún error? No, no dije nada.

—¿Y de verdad que él no lo supo? —preguntó Avalon, claramente desconcertado.

—No lo supo. No hacía mucho tiempo que había empezado. La pareja era exageradamente prudente. El marido le era ciegamente fiel. ¿Qué quieren ustedes?

—El marido es siempre el último en enterarse —sentenció Gonzalo.

Drake dijo:

—Si el affaire estaba tan bien escondido, ¿cómo lo descubrió usted, señor Serváis?

—Por la más pura casualidad, se lo aseguro —replicó Serváis—. En cierto modo fue para ella un increíble golpe de infortunio. Aquella noche tenía yo una cita. No conocía bien a la muchacha y la cosa, después de todo, no fue bien. Estaba ansioso por deshacerme de ella, pero primero... ¿Qué quieren ustedes?, no hubiera sido caballeroso dejarla ir sola... La llevé hasta su casa en un extraño barrio de la ciudad. Y, tras haberme despedido de la forma más somera, entré en un bar cercano para tomar una taza de café y también para recuperarme. Y allí vi a Mary Kaufman y a un hombre.

»Ay, saltaba a la vista. Era tarde; su esposo, recordé de repente, estaba fuera de la ciudad, su actitud hacia aquel hombre... Acepten la seguridad de que existe una forma que una mujer tiene de mirar a un hombre que es completamente inequívoca, y ésa es la que yo vi entonces. Y si todavía no hubiera estado seguro del todo, la expresión de su rostro, cuando ella miró hacia arriba y me vio, helada por la sorpresa, dejó todo al descubierto.

»Me fui inmediatamente, como es natural, sin hacer ningún tipo de saludo, pero el daño ya estaba hecho. Ella me llamó al día siguiente, totalmente angustiada, la pobre, temerosa de que yo pudiera ir con la historia a su esposo, y me dio una explicación en absoluto convincente. Yo le aseguré que aquello era un asunto que no me interesaba lo más mínimo y que era algo tan falto de importancia que ya lo había olvidado... Me alegro, sin embargo, de no haber tenido que enfrentarme al hombre, porque a él le hubiera pegado.

Drake dijo:

—¿Conocía usted al hombre?

—Un poco —contestó Serváis—. Se movía en ambientes muy distintos. Conocía su nombre; pude reconocerlo..., pero no importa, pues después de aquel día ya no lo volví a ver. Fue prudente por su parte el mantenerse alejado.

Avalon dijo:

—Pero, ¿por qué se suicidó ella? ¿Acaso tenía miedo de que su esposo lo descubriera?

—¿Se tiene miedo a ser descubierto en casos como éste? —preguntó Serváis alzando ligeramente su labio superior—. Además, si ella lo hubiera tenido, seguramente hubiera acabado con el affaire. No, no, fue algo mucho más corriente y normal que eso. Algo inevitable. En un asunto como éste, caballeros, hay tensiones y riesgos que, además de ser importantes, añaden realmente un componente de romance. Les aseguro que no soy en absoluto desconocedor de tales cosas.

»Pero el romance, digan lo que digan los libros de cuentos, no dura siempre y acaba forzosamente por desvanecerse más rápidamente para uno que para otro. Pues en este caso se desvaneció para el hombre antes que para la mujer... Y el hombre optó por el tipo de acción que a veces uno lleva a cabo en este tipo de asuntos. Se marchó..., se fue... Desapareció. Y, por tanto, la dama se suicidó.

Trumbull se irguió y frunció el ceño ferozmente.

—¿Por qué razón?

—Supongo que por esa razón, caballero. Se ha sabido que ocurrió así. Yo no me enteré de la desaparición del hombre, puede usted comprenderlo, hasta un tiempo después. Tras el suicidio, fui en su busca porque sentía que él era en cierto modo responsable y esperando desahogar mis sentimientos haciéndole sangrar la nariz... Tengo un profundo afecto a mi socio, usted lo entiende, y sufro con su sufrimiento... Pero descubrí que el buen amante se había marchado hacía dos semanas sin dejar nueva dirección. No tenía familia y a ese canalla le fue muy fácil marcharse. Pude haber encontrado su paradero, supongo, pero mis sentimientos no eran tan fuertes como para empujarme a ir más lejos. Y, sin embargo, tengo un sentimiento de culpabilidad...

—¿Culpabilidad de qué? —preguntó Avalon.

—Se me ocurrió que, cuando los descubrí..., totalmente sin querer, por supuesto..., el elemento del riesgo se hizo inaceptablemente alto para el hombre. Sabía que yo lo conocía. Quizá pensó que, más pronto o más tarde, el asunto saldría a la luz y no deseaba esperar los resultados. Si yo no hubiera entrado por casualidad en aquel bar, quizás estarían todavía juntos, quizás ella aún viviría. ¿Quién sabe?

Rubin dijo:

—Eso es impensable, Jean. No puede usted, racionalmente, basarse en hipótesis en esta historia... Pero se me ocurre algo.

—¿Sí, Manny?

—Después del suicidio, su socio estaba muy tranquilo, nada era importante para él. Creo que así lo explicó usted. Pero ahora riñe con usted violentamente pese a que nunca antes lo había hecho, deduzco yo. Algo debe haber ocurrido, además del suicidio. Quizás «ahora» ha descubierto la infidelidad de su esposa y esa idea lo vuelve loco.

Serváis negó con la cabeza.

—No, no. Si usted piensa que yo se lo dije, está usted muy equivocado. Admito que, de vez en cuando, pienso que debería decírselo. Es difícil ver a mi pobre amigo consumirse por culpa de una mujer que, después de todo, no lo merecía. No es justo consumirse pensando en alguien que no le fue fiel en vida. ¿No debería decírselo? A menudo me parece que no sólo debería hacerlo, sino que estoy obligado a ello. Se enfrentaría a la verdad y podría empezar una nueva vida... Pero entonces pienso, es más, «estoy seguro», de que no me creería, que nuestra amistad se rompería y que él estaría peor que antes.

Rubin dijo:

—No me entiende. ¿No podría ser que algún «otro» se lo hubiera dicho? ¿Cómo sabe usted que es la única persona que está enterada?

Serváis pareció un poco alarmado. Pensó en ello y luego dijo:

—No. En ese caso, él me hubiera puesto al corriente, sin duda. Y le aseguro que me lo hubiera comunicado con el mayor grado de indignación, a la vez que me informaba de su inmediata intención de golpear al malvado que se atrevía así a calumniar a su ya fallecido ángel.

—No —intervino Rubín—, si lo que se le hubiera dicho fuera que «usted» era el amante de su mujer. Aunque se negara a creerlo, aunque derribara a golpes al que le informó, ¿le hubiera explicado a «usted» la historia en tales circunstancias? ¿Acaso podía estar él totalmente seguro? ¿Hubiera podido evitar no meterse con usted en un caso como éste?

Serváis pareció todavía más alarmado. Dijo lentamente:

—No, naturalmente que no. Nadie pudo de ninguna manera haber pensado en eso. La mujer de Howard no me atraía lo más mínimo, compréndalo. —Miró hacia arriba y dijo furiosamente—: Deben aceptar el hecho de que digo la verdad sobre ello. «No» era yo, y no quiero que se sospeche de mí. Si alguien ha dicho que era yo, sólo pudo haberlo hecho con deliberada mala intención.

—Quizás así fue —dijo Rubín—. ¿No podría haber sido el auténtico amante el que hubiera hecho la acusación..., por temer que usted lo descubriría? Consiguiendo así adelantarse en su historia...

—¿Por qué iba a hacer eso? Está fuera. Nadie sospecha de él. Nadie lo persigue.

—Podría no saberlo —terció Rubin.

—Perdóneme. —La voz de Henry sonó suavemente desde el lugar donde estaba la vitrina—. ¿Podría hacer una pregunta?

Serváis miró asombrado, pero mantuvo su corrección. Dijo:

—¿Puedo hacer algo por usted, camarero?

Henry dijo:

—No estoy seguro, señor, de haber entendido bien qué tipo de disputa existía entre usted y su socio. Seguramente debía tratarse sobre decisiones de enorme complejidad por lo que se refería a los detalles técnicos de la colonia.

—Usted no conoce más que una pequeña parte de ello —dijo Serváis indulgentemente.

—¿Se peleaban su socio y usted por todos esos detalles, señor?

—No. No —contestó Serváis—. No nos peleamos. Existieron discusiones, por supuesto. Es inútil pensar que dos hombres, cada uno con una fuerte personalidad y marcadas opiniones, iban a estar de acuerdo en todo o en casi todo, pero la cosa funcionaba razonablemente bien. Discutíamos pero, finalmente, llegábamos a alguna conclusión. A veces ganaba yo, otras veces él y a veces ninguno de los dos.

—Pero entonces —siguió Henry— surgió esa disputa sobre la colocación efectiva de la colonia en el cráter y todo fue diferente. Su socio mostró furiosamente su desacuerdo incluso con el nombre del cráter y, en este único tema, no quiso transigir ni lo más mínimo.

—Ni lo más mínimo. Está usted en lo cierto. Y sólo en este único tema.

Henry siguió:

—Entonces, ¿debo entender que en ese momento, cuando el señor Rubín imagina que su socio está muy enfadado porque sospecha de usted, él se comporta de forma por completo razonable y civilizada en lo que respecta a todos los delicados temas de la ingeniería lunar, pero permanece intolerante y frenéticamente obstinado y resuelto sólo sobre el tema del emplazamiento..., sobre si debía ser Copérnico u otro cráter, el lugar donde iba a ser construida la colonia?

—Sí —dijo Serváis con satisfacción—. Así es precisamente como ocurrió y ya sé a dónde quiere usted llegar. Es impensable imaginar que se peleara conmigo por el tema del emplazamiento, malhumorado por la sospecha de que yo le hubiera puesto los cuernos, cuando no se peleaba en lo que respecta a ninguno de los otros puntos. Decididamente, él no sospecha de un mal comportamiento por mi parte. Gracias, Henry.

Henry dijo:

—¿Podría continuar un momento, señor?

—Por supuesto —concedió Serváis.

—Al principio de la noche —prosiguió Henry—, el señor Rubín fue muy amable en preguntarme sobre mi opinión acerca de las técnicas de su profesión. Se planteó el tema de la deliberada omisión de detalles por parte de testigos.

—Sí —dijo Serváis—, recuerdo la discusión. Pero yo no he omitido deliberadamente ningún detalle.

—Usted no mencionó el nombre del amante de la señora Kaufman.

Serváis frunció el ceño.

—Supongo que no lo hice, pero no fue algo deliberado. Es totalmente irrelevante.

—Quizá lo sea —porfió Henry—, a menos que suceda que se llame Bailey.

Serváis se quedó helado en la silla. Luego dijo angustiado:

—No recuerdo haberlo mencionado. ¡Cielos...!, ya veo de nuevo por dónde va. Si se me ha escapado el nombre sin que yo me acuerde de ello, es posible suponer que, sin darme cuenta, pueda haber dicho algo que condujera a Howard a sospechar...

Gonzalo dijo:

—Eh, Henry, no recuerdo que Jean nos haya dado ningún nombre.

—Ni yo tampoco —admitió Henry—. Usted no dijo el nombre, señor.

Serváis se tranquilizó poco a poco y después dijo, frunciendo el ceño.

—Entonces, ¿cómo lo supo usted? ¿Acaso conoce usted a esa familia?

Henry negó con la cabeza.

—No, señor, fue simplemente una idea que se me ocurrió al explicar usted su historia. Por su reacción, puedo deducir que el nombre de aquel hombre es Bailey.

—Martin Bailey —contestó Serváis—. ¿Cómo lo supo usted?

—El nombre del cráter en el que deseaba instalar el emplazamiento es Bahyee, el nombre de la ciudad seria entonces Colonia Bahyee.

—Sí.

—Pero ésa es la pronunciación en francés del nombre de aquel astrónomo francés. ¿Cómo se deletrea?

Serváis dijo:

—B-a-i-l-l-y... ¡Dios mío, «Bailly»!

Henry siguió:

—Que, de acuerdo con la pronunciación inglesa, equivale al nada infrecuente apellido Bailey. Estoy completamente seguro de que los astrónomos norteamericanos utilizan la pronunciación inglesa, y que el señor Kaufman también lo hace. Usted nos ocultó esa información, señor Serváis, porque usted nunca pensó en el cráter de otra forma que como Bahyee. Incluso mirándolo, oiría el sonido francés en su mente y no lo relacionaría con Bailey, el apellido norteamericano.

Serváis dijo:

—Pero todavía sigo sin comprender.

—¿Hubiera querido su socio publicar el nombre y situar el emplazamiento de una colonia lunar en Bailey? ¿Hubiera querido tener una colonia llamada Colonia Bailey después de lo que un Bailey le había hecho?

—Pero él no «sabía» lo que Bailey le había hecho —porfió Serváis.

—¿Cómo lo sabe usted? ¿Por qué hay un viejo refrán que dice que el esposo es siempre el último en enterarse? ¿De qué otra forma puede usted explicar su totalmente irracional oposición a este punto exclusivamente, incluso su insistencia en que el nombre en sí es horrible? Es demasiado para que se trate de una coincidencia.

—Pero si lo sabía..., si lo sabia..., a mí no me lo dijo. ¿Por qué discutir por ello? ¿Por qué no me lo explicó?

—Supongo —prosiguió Henry— que él no sabía que usted lo sabía. En este supuesto, ¿iba él a ofender a su esposa muerta, explicándoselo todo a usted?

Serváis se agarró de su pelo.

—Nunca lo imaginé... Ni por un momento.

—Todavía hay algo más —siguió Henry, con tristeza.

—¿Qué?

—Uno podría preguntarse cómo llegó a ocurrir la desaparición de Bailey si su socio sabía la historia. ¿Podría preguntarse si Bailey sigue vivo? ¿No es posible que el señor Kaufman, echándole toda la culpa al otro hombre, se enfrentase a su esposa para decirle que había hecho que su amante se alejara de ella, incluso quizá que lo había matado, y le pidió entonces que volviera con él..., y la respuesta fue el suicidio?

—No —replicó Serváis—. Eso es imposible.

—Lo mejor sería encontrar al señor Bailey y asegurarse de que está vivo. Es la única forma de probar la inocencia de su socio. Podría ser un trabajo para la Policía.

Serváis se había puesto muy pálido.

—No puedo ir a la Policía con una historia como ésta.

—Si no lo hace —contestó Henry—, puede ocurrir que su socio, obsesionado por lo que ha hecho..., si es cierto que lo ha hecho, acabará finalmente por tomarse la justicia por su mano.

—¿Quiere decir que se matará? —susurró Serváis—. ¿Es ésa la elección a la que me enfrenta usted: acusarle ante la Policía o esperar a que se mate?

—O ambas cosas —concluyó Henry—. La vida es muy cruel.

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Actualización 17 de mayo de 2004

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