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Geoffrey
Avalon agitó su segunda copa mientras se sentaba a la mesa. No iba aún
ni por la mitad y sólo bebería algunos sorbos más antes de dejarla
definitivamente. No parecía muy feliz. —Esta
es la primera vez, que yo recuerde, que los Viudos Negros se reúnen sin
un invitado. —Sus espesas cejas, negras aún (aunque su bigote y su
barba, cuidadosamente recortados, se habían vuelto respetablemente grises
con los años) parecían erizarse. —¡Ah,
qué diablos! —dijo Roger Halsted, abriendo su servilleta con una sonora
sacudida antes de extenderla sobre sus rodillas—. Como anfitrión de
esta sesión, ésa es mi decisión. Sin apelación. Además, tengo mis
razones. —Con la palma de la mano hizo un gesto como para despejarse la
amplia frente de algunos cabellos que hacía varios años habían
desaparecido de allí. —En
realidad —dijo Emmanuel Rubin—, no hay nada en los reglamentos que
exija tener un invitado presente. Lo único que no debemos tener a la
mesa, es una mujer. —Los
miembros no pueden ser mujeres —dijo Thomas Trumbull, eternamente
bronceado e igualmente sombrío—. ¿Dónde dice que el invitado no puede
ser una mujer? —No
—dijo Rubin de inmediato—. Todo invitado es un miembro ex officio
durante las comidas y debe atenerse al reglamento, incluyendo el hecho de
no ser mujer. —¿Qué
significa ex officio de todos modos? —preguntó Mario Gonzalo——.
Siempre me lo he preguntado. Pero
Henry ya estaba sirviendo el primer plato que parecía ser un largo rollo
de pasta, relleno de queso con especias y luego horneado y cubierto de
salsa. Después
de un rato, Rubin dijo con expresión de profunda desdicha: —Me
da la impresión de que esto es un rollo de pasta relleno... Pero,
para ese entonces, la conversación se había generalizado y Halsted
aprovechó un silencio para anunciar que tenía lista su próxima estrofa
para el tercer canto de la Ilíada. —Vete
al infierno, Roger —dijo Trumbull—. ¿Piensas infligirnos una de ésas
en cada reunión? —Sí
—dijo Halsted pensativamente—. Es exactamente lo que estaba planeando
hacer. Es lo que me impulsa a trabajar en ellas. Además, hay que poner
algo de valor intelectual en estas comidas... ¡Eh, Henry! No te olvides
de que si hay bisteques esta noche quiero el mío cocido a medias. —Hay
trucha esta noche, Sr. Halsted —dijo Henry, volviendo a llenar las copas
de agua. —Bien
—dijo Halsted—. Aquí va: Menelao, aunque no el más poderoso, es mas fuerte que París el famoso. En la lucha Menelao es cosa buena. Fácilmente ganó el duelo por Helena. Mas la diosa Afrodita al galán raptó. —Pero
¿qué quiere decir? —preguntó Gonzalo. —Bueno,
en el tercer canto —intervino Avalon— los griegos y los troyanos
decidieron solucionar el asunto por medio de un duelo entre Menelao y París.
Este último se había fugado con la esposa de aquél, Helena, y eso fue
lo que causó la guerra. Menelao ganó, pero Afrodita rescató a París
justo a tiempo para salvarle la vida... Me alegro de que hayas usado
Afrodita en lugar de Venus, Roger. Se abusa mucho de los términos
romanos. Con
la boca llena, Halsted dijo: —Quise
evitar la tentación de la rima fácil. —¿Ni
siquiera has leído la Ilíada, Mario? —preguntó James Drake. —Soy
un artista. Tengo que cuidarme los ojos —dijo Gonzalo. Al
llegar los postres, Halsted dijo: —Bien,
permítanme explicarles qué tengo en mente. Las últimas cuatro veces que
nos hemos reunido siempre ha surgido algún tipo de delito durante la
conversación, y en el curso de esa charla éste ha sido solucionado. —Por
Henry —interrumpió Drake, apagando su cigarrillo. —De
acuerdo. Por Henry. Pero, ¿qué tipo de delitos han sido ésos? Delitos
estúpidos. La primera vez yo no estaba aquí; pero por lo que supe se
trataba de un robo y no muy importante, tampoco. La segunda vez fue peor.
Era un caso de alguien que había hecho trampas en un examen. ¡Dios mío!
—Eso
no es tan insignificante —murmuró Drake. —Bueno,
no es precisamente algo importante. La tercera vez -y yo me encontraba
presente en esa ocasión- se trató de otro robo, pero algo mejor. Y el
cuarto caso fue algo relacionado con espionaje. —Le
aseguro —dijo Trumbull— que eso no fue insignificante. —Sí
—dijo Halsted con voz tranquila—, pero no hubo violencia en ningún
lado. ¡Asesinato, señores, asesinato! —¿Qué
es lo que quieres decir con asesinato? —preguntó Rubin. —Quiero
decir que cada vez que traemos a un invitado, surge algo insignificante
porque lo tomamos tal como se presenta. No invitamos deliberadamente a
quienes pueden ofrecernos crímenes interesantes. En realidad, ni siquiera
se supone que ellos tengan que ofrecernos algún crimen. Son invitados,
simplemente. —¿Y
qué? —Y
ahora hay seis de nosotros aquí. No hay invitados, pero debe de haber
quien sepa de algún asesinato que sea un misterio y... —¡Qué
diablos! —dijo Rubin furioso—. Has estado leyendo a Agatha Christie.
Cada uno de nosotros contará por turno un emocionante misterio y la Srta.
Marple lo solucionará... O quizá Henry lo haga. Halsted
parecía avergonzado. —¿Quieres
decir que no es una idea nueva...? —¡Dios
mío! —dijo Rubin incrédulo. —Bueno,
tú eres escritor —dijo Halsted—. Yo no leo cuentos de misterio. —Eso
demuestra lo que te pierdes —dijo Rubin—, y además muestra lo idiota
que eres. ¡Y te llamas matemático! Un verdadero misterio es algo tan
matemático como cualquier cosa que uno pueda planificar, y debe
construirse con material mucho más complicado. —Un
minuto —dijo Trumbull—. Ya que estamos aquí, ¿por qué no vemos si
podemos solucionar algún asesinato? —¿Tienes
alguno? —dijo Halsted esperanzado—. Tú trabajas en el gobierno, con códigos
y esas cosas. Debes de haberte visto frente a algún asesinato, pero ni
siquiera tienes que dar nombres. Sabes que nada de lo que aquí se dice
puede ser repetido afuera. —Sé
eso mejor que tú —dijo Trumbull—, pero no conozco ningún asesinato.
Puedo darte algunos interesantes casos de códigos, pero eso no es lo que
estás buscando... ¿y tú, Roger? Ya que comenzaste con esto, supongo que
tienes algún as en la manga. ¿Algún asesinato matemático? —No
—dijo Halsted pensativamente—. No creo haber estado nunca implicado en
un solo asesinato. —¿No
crees? ¿Quieres decir que tienes alguna duda? —preguntó Avalon. —No,
estoy seguro de que no. ¿Y tú, Jeff? Tú eres abogado. —No
de los que tienen asesinos como clientes —dijo Avalon, con lo que
aparentemente era un triste movimiento negativo—. Las complicaciones de
patentes son mi especialidad. Podrías preguntarle a Henry. Está más
familiarizado con crímenes que nosotros... o parece estarlo. —Lo
siento, señor —dijo Henry, tranquilamente, mientras servía el café
con su habitual pericia—. En mi caso, es simplemente teoría. He sido lo
suficientemente afortunado para no haberme visto nunca implicado en una
muerte violenta. —Es
decir —dijo Halsted— que con seis de nosotros aquí -siete, contando a
Henry-, ¿no podemos contar con un solo asesinato? —¿Cómo
es que estás tan callado, Manny? —preguntó Trumbull—. En toda tu
pintoresca carrera vas a decirnos que nunca tuviste ocasión de matar aun
hombre? —Sería
un placer algunas veces —dijo Rubin—, como ahora. Pero no tengo por qué
hacerlo en realidad. Puedo entendérmelas perfectamente bien, no importa
de qué tamaño sean: sin tener que ponerles una mano encima. Mira,
recuerdo que... Pero
Mario Gonzalo, que había permanecido sentado con los labios muy
apretados, dijo de pronto: —Yo
me vi envuelto en un asesinato. —¡Oh!
¿De qué tipo? —preguntó Halsted. —Mi
hermana —dijo sombríamente—. Hace casi tres años. Sucedió antes que
yo ingresara a los Viudos Negros. —Lo
siento —dijo Halsted—. Supongo que no deseas hablar de eso. —No
me importaría —dijo Mario, encogiéndose de hombros mientras sus ojos
saltones y prominentes iban mirando a cada uno a la cara—, pero no hay
nada de qué hablar. No hay ningún misterio. Es simplemente otra más de
esas cosas que hacen que esta ciudad sea el hermoso lugar que es para
vivir. Entraron en su departamento, intentaron robar y la mataron. —¿Quién
lo hizo? —preguntó Rubin. —¿Quién
sabe? ¡Toxicómanos! Sucede siempre en ese barrio. En el edificio de
departamentos en el que vivían ella y su marido había habido cuatro
asaltos desde Año Nuevo, y fue en abril cuando sucedió. —¿Algún
asesinato en esos asaltos? —No
tienen para qué. El ratero inteligente elige un momento en que el
departamento está vacío. Si alguien se encuentra allí, lo asustan o lo
atan, simplemente. Marge fue lo suficientemente estúpida como para
intentar resistir y pelear. Había señales de lucha. —Gonzalo sacudió
la cabeza. —¿Detuvieron
a los culpables? —preguntó Halsted después de una pausa dolorosa. Gonzalo
levantó los ojos y miró fijamente a Halsted sin siquiera intentar
disimular su desdén. —¿Crees
que intentaron? Esas cosas suceden a diario. Nadie puede hacer nada. A
nadie le importa, incluso, y si los hubieran detenido, ¿qué hay con
ello? ¿Le devolvería la vida a Marge? —Evitaría
que se lo hicieran a otros. —No
faltarían otros miserables que lo hicieran. —Gonzalo aspiró
profundamente y agregó—: Bueno, quizá sea mejor que hable y me lo
saque de encima. Fue por culpa mía, en realidad, ¿saben?, porque me
despierto demasiado temprano. Si no hubiera sido por eso, quizá Marge
estaría viva y Alex no sería la ruina que es ahora. —¿Quién
es Alex? —preguntó Avalon. —Mi
cuñado. Estaba casado con Marge y yo lo quería mucho. Creo que lo quería
a él más que a ella, para decir la verdad. Ella nunca aprobó lo que yo
hacía. Pensaba que ser artista era simplemente mi manera de fracasar. Por
supuesto, una vez que comencé a ganar decentemente... Pero no. En
realidad ni siquiera entonces aprobó lo que yo hacía, y a cada momento
-sin que yo quiera faltarles el respeto a los muertos- no hacía más que
molestarme. A Alex lo quería, sin embargo. —¿Él
no era artista? —Avalon llevaba el peso del interrogatorio y los demás
parecían dispuestos a dejárselo a él. —No.
Cuando se casaron, él no era gran cosa: vivía a la deriva. Pero después
se transformó en lo que ella quería exactamente que fuese. Ella era lo
que él necesitaba para darse un poco de ánimo. Se necesitaban el uno al
otro. Ella tenía algo por qué preocuparse... —¿No
tenían niños? —No.
Ninguno. A menos que se pueda tomar en cuenta uno que perdieron. Pobre
Marge. Algo biológico, de modo que no podía tener chicos. Pero no
importaba. Alex era su chico y con ella prosperó. Consiguió un empleo el
mes en que se casaron, lo ascendieron y le iba bien. Habían llegado al
punto en que estaban planeando mudarse de ese maldito agujero y entonces
sucedió eso. Pobre Alex. Él tiene tanta culpa como yo. En realidad, más.
Habiendo tantos días, justamente tenía que elegir ése para salir del
departamento. —¿No
se encontraba en el departamento? —Por
supuesto que no. Si hubiera estado, podría haberlos asustado. —O
podría haberse hecho matar. —En
cuyo caso, ellos probablemente habrían huido y dejado a Marge viva. Créanme,
le he escuchado enumerar todas las posibilidades. Él sabe que, diga lo
que diga, ella todavía estaría viva si él no hubiera salido del
departamento ese día, y esto lo persigue. Y les aseguro que, desde que
sucedió, el tipo es una ruina. Deambula de un lado a otro. Le doy dinero
cuando puedo y suele conseguir uno que otro trabajito. Pobre Alex. Pasó
cinco años de matrimonio en que realmente le fue bien. Estaba dispuesto a
todo en ese tiempo. Ahora no le queda nada. —Gonzalo sacudió la
cabeza—. Pero la víctima no llevó la peor parte. Fue un asesinato sin
sentido, ¡maldita sea! Todo lo que tenían en el departamento no llegaba
a más de diez o quince dólares en billetes chicos... pero por lo menos
Marge murió rápidamente. El cuchillo estaba justo sobre el corazón.
Pero Alex no pasa un solo día sin sufrir, y a mi madre le afectó mucho,
y a mí me duele, también. —Mira
—dijo Halsted—, si no deseas hablar sobre eso... —No
importa... A veces me desvelo por la noche. Si yo no me hubiera levantado
temprano ese día... —Es
la segunda vez que dices eso —observó Trumbull—. ¿Qué tiene que ver
el que te hayas levantado temprano con el asesinato? —Porque
la gente que me conoce cuenta con ello. Miren, siempre me despierto a las
ocho en punto. Ni cinco minutos antes ni cinco minutos después. Ni me
molesto siquiera por poner el despertador al lado de mi cama, sino que lo
dejo en la cocina. Es algo relacionado con ciertos ritmos del organismo. —El
reloj biológico —musitó Drake—. Ojalá funcionará así conmigo.
Odio levantarme de mañana temprano. —En
mí funciona siempre —dijo Gonzalo, ya pesar de las circunstancias su
voz tenía un tono de complacencia—. Incluso cuando me acuesto tarde -a
las tres o cuatro de la madrugada-, siempre me despierto a las ocho. Me
vuelvo a dormir más tarde, durante el día, si estoy agotado; pero a las
ocho me despierto. Incluso los domingos. Uno diría que tiene derecho a
dormir hasta tarde, los domingos; pero aun entonces, ¡qué diablos!, me
despierto. —¿Quieres
decir que sucedió un domingo? —preguntó Rubin. —Así
es —asintió Gonzalo—. Debería haber estado dormido. Debería ser de
esas personas que la gente no despierta un domingo por la mañana sin
pensarlo dos veces... aunque no dudan en hacerlo. Saben que estoy
despierto, incluso los domingos. —¡Qué
vida! —dijo Drake, todavía enfrascado aparentemente en sus dificultades
mañaneras—. Tú eres un artista y fijas tu propio horario. ¿Por qué
tienes que despertarte de mañana temprano? —Bueno,
trabajo mejor a esa hora. Además, me importa el tiempo. No tengo que
vivir pendiente del reloj, pero me gusta saber qué hora es en todo
momento. En cuanto al reloj que tengo parece estar adiestrado, ¿saben?
Después de lo que pasó, después que asesinaron a Marge, estuve ausente
de mi casa durante tres días y resultó que el reloj se detuvo justo a
las ocho de la noche del domingo o del lunes a la mañana. No sé. De
todos modos, cuando volví, allí estaba, señalándome las ocho como si
quisiera insistirme en que ésa era la hora de levantarse. Gonzalo
permaneció pensativo durante unos momentos y nadie habló. Henry sirvió
las copas de coñac con rostro inexpresivo, a menos que uno se fijara en
sus labios levemente apretados. Finalmente
Gonzalo dijo: —Fue
extraño, porque la noche anterior fue horrible y no había ninguna razón
para que así fuese. Esa época del año, a fines de abril, la época, en
que florecen los cerezos, es mi favorita. No soy exactamente un pintor de
paisajes, pero ésa es la única época en que me gusta ir al parque y
hacer algunos bosquejos. y el tiempo estaba excelente. Recuerdo que era un
sábado muy templado, el primer fin de semana realmente lindo desde
principios de año, y mi trabajo iba muy bien, también. No tenía razones
para sentirme mal ese día, pero me sentía cada vez más inquieto.
Recuerdo que apagué la televisión justo antes del noticiario de las
once. Fue como si no quisiera escuchar las noticias, como si hubiese
tenido la impresión de que habría malas noticias. Recuerdo eso. No pensé
más en eso después, y no soy ningún místico. Pero tenía una premonición.
Eso es todo. —Me
parece más probable que tuvieras un poco de indigestión —dijo Rubin. —Está
bien —dijo Gonzalo agitando las manos como si aceptara de buena gana la
sugerencia—. Llámalo indigestión. Todo lo que sé es que aún no eran
las once de la noche cuando entré a la cocina para darle cuerda al reloj
-siempre le doy cuerda de noche- y me dije: “No puedo irme a la cama a
esta hora”. Pero lo hice. Quizás era demasiado temprano, porque no pude
dormir. Continúe dando vueltas en la cama preocupado... ya no recuerdo
por qué. Lo que debía hacer es levantarme, trabajar, leer un libro o
mirar alguna película por televisión... pero no pude hacerlo,
simplemente. De modo que decidí quedarme en cama. —¿Por
qué? —preguntó Avalon. —No
sé. Parecía importante en ese momento. ¡Dios mío, qué bien recuerdo
esa noche! No podía dejar de pensar que quizá dormiría hasta tarde
porque no dormía en ese momento y sabía que no podría dormir. Quizá me
haya dormido alrededor de las cuatro, pero a las ocho estaba despierto y
me bajé de la cama para hacerme el desayuno. Fue otro día de sol.
Templado y fresco, pero uno sentía que tendría todo el sol de un día de
primavera sin el calor del verano. ¿Saben? A veces me duele no haber
querido a Marge más de lo que la quise. Quiero decir, nos entendíamos
bien, pero no había lazos estrechos entre nosotros. Juro que los visitaba
más con el propósito de estar con Alex que con ella. Y en ese momento
recibí una llamada. —¿Una
llamada telefónica? —preguntó Halsted. —Sí.
A las ocho de la mañana del domingo. ¿Quién llama a esa hora a menos
que sepa que el estúpido está levantado a las ocho como siempre? Si
hubiese estado durmiendo y la llamada me hubiese despertado y yo hubiera
gruñido por teléfono, todo habría sido diferente. —¿Quién
era? —preguntó Drake. —Alex.
Me preguntó si me había despertado. Sabía que no, pero supongo que se
sentía culpable por llamar tan temprano. Me preguntó si sabía qué hora
era. Miré el reloj y le dije: “Son las ocho y nueve minutos. Por
supuesto que estoy despierto”. Me sentía un poco orgulloso, ¿entienden?
y entonces me preguntó si podía venir, porque había tenido una pelea
con Marge y había salido del departamento con un portazo y no quería
volver hasta que ella se hubiese calmado... Les diré que me alegro de no
haberme casado. En todo caso, si simplemente le hubiese dicho que no, que
había pasado una mala noche y que necesitaba dormir y no quería visitas,
él habría regresado a su departamento. No tenía otro lugar a dónde ir,
y entonces nada hubiera sucedido. Pero no, Mario “corazón de oro”
estaba tan orgulloso de ser madrugador que dijo: “Ven y nos prepararemos
un café con huevos”, porque sabía que Marge no era de las que sirven
desayuno los domingos temprano y suponía que Alex no había comido. De
manera que él llegó a los diez minutos ya las ocho y media ya le había
servido un plato de huevos revueltos con jamón mientras Marge estaba sola
en el departamento esperando a los asesinos. —¿Le
dijo tu cuñado a su mujer a dónde iba? —inquirió Trumbull. —No
creo —dijo Gonzalo—. Supuse que no. Me imagino que lo que sucedió es
que él salió en un arrebato de furia sin saber adonde iba. Entonces pensó
en mí. Incluso, aunque supiese que iría a visitarme, pudo no habérselo
dicho. Debe de haber pensado: “La dejaré que se preocupe”. —De
modo —dijo Trumbull— que entonces llegaron esos toxicómanos y, quizá
cuando intentaron abrir la puerta, ella haya pensado que era Alex que
regresaba y les abrió. Apuesto a que la cerradura no estaba forzada. —No,
no lo estaba —dijo Gonzalo. —¿No
es extraño que un toxicómano elija un domingo por la mañana para hacer
sus incursiones? —preguntó Drake. —Mira
—dijo Rubin—, lo hacen a cualquier hora. La desesperación por las
drogas no sabe de horarios. —¿Por
qué fue la pelea? —preguntó repentinamente Avalon—. Me refiero a la
de Marge y Alex. —¡Oh,
no sé! Alex debe de haber hecho algo en el trabajo que pudo haber causado
una mala impresión, y eso Marge no podía soportarlo. Ni siquiera sé qué
fue; pero fuese lo que fuere, debió de haberla herido en su orgullo por
él y estaría resentida. El problema es que Alex nunca aprendió a dejar
que ella se calmara sola. Cuando éramos chicos yo lo hacía siempre. Solía
decirle: “Sí, Marge; sí, Marge”, y entonces se calmaba. Pero Alex
siempre intentaba defenderse y entonces las cosas se ponían peor. Esa
vez, la pelea debió de haber durado toda la noche... Por supuesto, ahora
él dice que si no hubiese transformado la pelea en una batalla, no habría
salido del departamento y entonces nada habría sucedido. —Estaba
escrito —sentenció Avalon—. Lamentarse por la leche derramada no
sirve para nada. —Sí,
claro. Pero ¿cómo no lamentarse, Jeff? El caso es que ellos pasaron una
mala noche y yo pasé una mala noche. Fue como si hubiera habido algún
tipo de comunicación telepática. —¡Oh,
cuentos! —exclamó Rubin. —Eran
mellizos —recordó Gonzalo a la defensiva. —Sólo
mellizos de nacimiento —dijo Rubin—. A menos que tú ocultes ser una
niñita bajo toda esa ropa... —¿De
modo que...? —Que
sólo los mellizos idénticos, aparentemente, tienen esa afinidad telepática.
Pero estos son cuentos, también. —En
todo caso —continuó Gonzalo—, Alex vino y desayuné con él, aunque
no comió mucho. Más bien se lamentó de sus problemas con Marge, de lo
dura que ella era con él a veces, y yo simpaticé y le dije: “Mira, ¿por
qué le das tanta importancia? Es una buena chica si no la tomas tan en
serio”. Ustedes saben todas las cosas que se dicen cuando uno quiere
consolar a alguien. Supuse que en un par de horas se habría desahogado,
que volvería a su casa y se reconciliaría, y yo podría irme al parque o
quizás a la cama. Pero lo que sucedió en un par de horas fue que el teléfono
volvió a sonar y era la policía. —¿Cómo
sabían dónde encontrar a Alex? —preguntó Halsted. —No
sabían. Me llamaban a mí. Yo era su hermano. Alex y yo fuimos a
identificar el cadáver. Durante unos instantes, Alex pareció un muerto.
No era sólo el hecho de que ella hubiera sido asesinada. Después de
todo, él había tenido una pelea con ella y los vecinos debieron de haber
oído. Ahora estaba muerta y del primero que se sospecha es del marido.
Por supuesto que lo interrogaron y él confesó lo de la pelea, haber
dejado el departamento para venir a mi casa... Todo. —Debe
de haber sonado como una gran mentira —dijo Rubin. —Yo
corroboré el hecho de que él se hallaba en mi casa. Dije que había
llegado alrededor de las ocho y veinte, ocho y veinticinco, quizás, y que
desde entonces no se había movido de allí. Y el asesinato había tenido
lugar a las nueve. —¿Quieres
decir que hubo testigos? —preguntó Drake. —No,
¡maldita sea! Pero hubo ruidos. La gente del departamento de abajo oyó.
Los del departamento de enfrente oyeron. Muebles que caían, un grito.
Ninguno vio a nadie, por supuesto; ninguno vio nada. Todo el mundo le echó
llave a la puerta y se quedó donde estaba. Pero oyeron los ruidos y eran
cerca de las nueve. Todos coincidieron en eso. Esto bastó, en lo que se
refiere a la policía. En ese barrio, si no es el marido es algún ratero,
probablemente un toxicómano. Alex y yo salimos y él se emborrachó. Yo
me quedé con él porque no estaba en condiciones de quedarse solo, y ahí
termina la historia. —¿Sueles
ver a Alex, ahora ? —preguntó Trumbull. —De
vez en cuando. Le presto algunos dólares, a veces. Ni espero que me los
devuelva. Dejó su empleo una semana después que Marge fue asesinada. No
creo que haya vuelto a trabajar desde entonces. Lo destruyó,
simplemente... porque se culpa a sí mismo, como dije. ¿Por qué tuvo que
discutir con ella? ¿Por qué tuvo que salir del departamento? ¿Por qué
tuvo que venir a mi casa? De todos modos, ésa es la historia. Un
asesinato, pero sin misterio. Hubo
silencio por unos momentos y luego Halsted dijo: —¿Te
importaría, Mario, si especulamos solamente por... por...? —¿Solamente
para entretenernos? —preguntó Mario—. Por supuesto que no. Adelante,
háganlo. Si tienen alguna pregunta trataré de contestarla lo mejor que
pueda, pero en lo que se refiere al asesinato mismo no hay nada que decir.
—Tú
ves —dijo Halsted un poco embarazado—. Nadie vio a nadie. Sólo se
supone que entraron toxicómanos anónimos y la asesinaron. Alguien puede
haberla matado por una razón mejor, sabiendo que culparían a algún
toxicómano y que él se salvaría. O ella..., quizá. —¿Quién
es ese alguien? —preguntó Mario, escéptico. —¿No
tenía enemigos? ¿No poseía dinero que alguien quisiera robarle?
—inquirió a su vez Halsted. —¿Dinero?
Lo que tenía estaba en el banco. Pasó a Alex, por supuesto. Era de él,
para comenzar. Todos los bienes los tenían en común.
—¿Y
si hubiera sido por celos? —dijo Avalon—. Quizás ella tuviese un
amante. O él. Quizás esa fuera la razón de la pelea. —¿Y
que él la haya asesinado? —dijo Gonzalo—. El hecho es que él se
hallaba en mi departamento en el momento en que la mataron. —No
necesariamente él. Supongamos que fuera su amante, o la amante de él. Él,
porque ella intentara romper la relación. Ella, porque quisiera casarse
con tu cuñado. Mario
sacudió la cabeza. —Marge
no era una mujer fatal precisamente. Siempre me sorprendió que lograra
atrapar a Alex. En realidad, quizá no lo logró. —¿Se
quejaba Alex de eso? —preguntó Trumbull con repentino interés. —No,
pero tampoco él es lo que se dice un gran amante. Hace tres años que es
viudo y podría jurar que no tiene una mujer. Ni un hombre tampoco...
antes que imaginen eso. —Espera
—dijo Rubin—, aún no sabes realmente por qué fue la pelea. Dijiste
que fue por algo que sucedió en su trabajo. ¿Te contó él lo que había
sucedido, en realidad, y simplemente te olvidaste, o nunca te lo dijo? —No
entró en detalles y yo no le pregunté. No era cosa mía. —Muy
bien —dijo Rubin—, ¿qué tal esto? La pelea fue por algo importante
en el trabajo. Quizás Alex haya robado cincuenta mil dólares y Marge
estuviera enojada, y de ahí la discusión. O, quizá, que Marge lo haya
impulsado a robar y él se hubiese arrepentido. O, quizás, que alguien
supiese que los cincuenta mil dólares estaban en la casa y que ese
alguien la haya matado y se los haya llevado, y Alex no se atreva a
mencionarlo. —¿Quién
es ese alguien? —preguntó Gonzalo—. ¿Cuál robo? Alex no es el tipo.
—Me
parece haber oído eso antes —entonó Drake. —Puede
ser, pero no es el tipo. Y si lo hubiera hecho, la firma para la que él
trabajaba no se habría quedado callada. No tiene sentido. —¿Y
si se tratara de esas peleas internas que ocurren siempre en los edificios
de departamentos? —dijo Trumbull—. Ya saben a qué me refiero: esos
duelos a muerte entre inquilinos. ¿No habría alguien que la odiara y que
finalmente se las cobrara todas juntas? —¡Diablos,
si hubiera habido algo tan serio, yo lo habría sabido! Marge nunca se
guardaba esas cosas. —¿No
podría ser un suicidio? —inquirió Drake—. Después de todo, su
marido la había dejado. Quizá le dijo que no volvería nunca más y ella
se desesperó... y en un arrebato de depresión irracional se mató. —Es
cierto que el arma fue el cuchillo de la cocina —dijo Gonzalo—, pero
Marge no era de las que se suicidan. Podía matar a alguien, pero no
matarse ella. Además, ¿de dónde aquella lucha y el grito si se hubiese
suicidado? —En
primer lugar —prosiguió Drake—, los muebles pudieron haberse caído
durante la discusión con su marido. En segundo lugar, ella pudo simular
un homicidio para meterlo en complicaciones. “La venganza será mía”,
pudo haber pensado la ofendida mujer. —¡Por
favor! —dijo Gonzalo despectivamente—. Marge jamás habría podido
hacer eso en toda su vida. —Mira
—dijo Drake—, en realidad uno no conoce mucho a los demás... aunque
se trate de su mellizo. —No
vas a hacerme creer eso... —No
sé por qué estamos perdiendo el tiempo —intervino Trumbull—. ¿Por
qué no le preguntamos al experto...? ¡Henry! La
expresión de Henry no reflejaba más que un amable interés. —¿Sí,
Sr. Trumbull? —dijo. —¿Por
qué no nos informas? ¿Quién mató a la hermana del Sr. Gonzalo? Henry
alzó las cejas levemente. —No
me considero un experto, Sr. Trumbull, pero debo decir que todas las
sugerencias hechas por los caballeros reunidos en esta mesa, incluyendo la
suya, son extremadamente improbables. Mi opinión es que la policía está
perfectamente en lo cierto, y que si en este caso el marido no lo hizo,
entonces fueron los ladrones. y en esta época, uno debe suponer que esos
ladrones hayan sido toxicómanos desesperados por obtener dinero o algo
que poder convertir en dinero. —Me
decepcionas, Henry —dijo Trumbull. Henry sonrió ligeramente. —Está
bien —dijo Halsted—. Supongo que será mejor que suspendamos esto,
después de haber decidido quién hará de anfitrión la próxima vez. y
me parece que será mejor volver a tener invitados. Este plan mío no
funcionó muy bien. —Siento
no haber podido ofrecerles algo mejor, muchachos —dijo Gonzalo. —No
quise decir eso, Mario —se apresuró a decir Halsted. —Ya
lo sé. Bueno, olvidémoslo. Ya
se marchaban, con Gonzalo cerrando la fila, cuando un ligero golpecito en
el hombro de éste hizo que se volviera. —¿Podría
verlo en privado, Sr. Gonzalo, sin que los demás lo sepan ? —preguntó
Henry—. Es bastante importante. Gonzalo
lo miró fijamente un momento y dijo: —Muy
bien, saldré a despedirme de ellos, tomaré un taxi y volveré dentro de
un rato. Al
cabo de diez minutos regresó. —¿Se
trata de algo sobre mi hermana, Henry? —Me
temo que sí, señor. Pensé que sería mejor hablar en privado con usted.
—Está
bien. Volvamos al comedor. Está vacío, ahora. —Mejor
que no, señor. Todo lo que allí se dice no debe ser repetido afuera y no
deseo hablar en secreto. No me importa guardar silencio sobre delitos
triviales, pero un asesinato es algo totalmente diferente. Por aquí hay
un rincón donde podemos estar. Fueron
juntos al lugar indicado. Era tarde y el restaurante estaba prácticamente
vacío. —Escuché
su relato y quisiera su autorización para repetir algunos hechos
solamente, para asegurarme de que los entendí bien —dijo Henry en voz
baja. —Por
supuesto, adelante. —Según
lo que entendí, un sábado a fines de abril, usted se sintió inquieto y
se acostó antes del noticiario de las once. —Sí,
justo antes del noticiario de las once. —Y
no escuchó las noticias. —Ni
siquiera los titulares. —Y
esa noche, aunque no podía dormir, no se levantó. No fue al baño ni a
la cocina. —No,
no lo hice. —Y
luego usted se despertó exactamente a la hora en que lo hace siempre. —Así
es. —Bien;
mire usted, Sr. Gonzalo: eso es lo que me molesta. Una persona que se
despierta todas las mañanas exactamente a la misma hora, gracias a algún
tipo de reloj biológico en su interior, se despierta a una hora
equivocada dos veces al año. —¿Qué?
—Dos
veces al año, señor, los relojes comunes son alterados: una vez para
adelantarlos, otra para atrasarlos. Pero el ritmo biológico no cambia
repentinamente. El último domingo de abril, Sr. Gonzalo, los relojes se
adelantan en este Estado. A la una de la madrugada del domingo se los
adelanta una hora. Si usted hubiera escuchado el noticiario de las once le
habrían recordado esto. Pero en cambio le dio cuerda a su reloj antes de
las once de la noche y no mencionó haberlo ajustado al cambio. Después
se acostó y no lo volvió a tocar durante la noche. Cuando usted despertó
a las ocho de la mañana, el reloj debió haber marcado las nueve. ¿No es
así? —¡Dios
mío! —dijo Gonzalo. —Usted
salió después que la policía llamó y no regresó hasta varios días más
tarde. Cuando usted volvió, el reloj se había detenido, por supuesto.
Usted no tenía cómo saber que estaba atrasado en una hora cuando se paró.
Usted lo puso a la hora correcta y nunca supo la diferencia. —Nunca
pensé en eso, pero tiene toda la razón. —La
policía debió de pensar, pero es muy común en estos días descartar los
crímenes de violencia habituales como obras de toxicómanos. Usted le
proporcionó la coartada a su cuñado y ellos siguieron el camino más fácil.
—¿Quieres
decir que él...? —Es
posible, señor. Habrán luchado y él la mató a las nueve de la mañana,
como indican las declaraciones de los vecinos. Dudo de que haya sido
premeditado. Entonces, en su desesperación, debe de haber pensado en
usted... y fue bastante astuto de su parte. Lo llamó y le preguntó qué
hora era. Cuando usted dijo “las ocho y nueve minutos”, él se dio
cuenta de que usted no había adelantado el reloj y se apresuró a ir
hasta allá. Si usted hubiera dicho las nueve y nueve, habría tratado de
salir de la ciudad. —Pero
Henry, ¿por qué lo habrá hecho? —Es
difícil decirlo en las parejas casadas, señor. Su hermana pudo haber
tenido aspiraciones demasiado altas. Usted dijo que ella desaprobaba su
modo de vida, por ejemplo, y probablemente lo demostraba, lo suficiente
por lo menos como para que usted no la quisiera mucho. Debe de haber
desaprobado la vida de su marido, también, tal como él era antes de
casarse con ella. Él no tenía rumbo fijo, por lo que usted dijo. Ella
hizo de él un empleado respetable y trabajador, y es posible que a él no
le haya gustado eso. Cuando por fin explotó y la mató, volvió a su
antigua vida. Usted cree que lo hace por desesperación, pero puede ser
que no sienta más que alivio. —Bueno...
¿Qué hacemos? —No
sé, señor. Sería algo difícil de probar. ¿Podría usted recordar,
realmente, después de tres años, si adelantó el reloj o no? Un buen
abogado defensor podría hacerlo pedazos. Por otro lado, puede ser que su
cuñado no resista y confiese si usted lo enfrenta. Usted tendrá que
decidir si recurre a la policía o no. —¿Yo?
—dijo Gonzalo dubitativamente. —Era
su hermana, señor —dijo Henry suavemente. |
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