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—Mi
propia opinión —dijo Jennings estando los cuatro reunidos en la atmósfera
algo lúgubre y melancólica de la biblioteca de nuestro club— es que
con el objeto de contrarrestar la actividad terrorista, lo mejor sería
bajar una cortina de silencio total sobre ella. —Quieres
decir —dije con tono sarcástico— que no le digamos a nadie, por
ejemplo, que mataron al presidente, si acaso lo matan. —No
—respondió Jennings—. No es eso lo que quiero decir ni mucho menos.
Digo que no se divulgue la identidad del presunto asesino ni ningún dato
relativo a su persona; que no se publiquen fotografías, ni se hable de él.
Así se convierte en alguien sin personalidad, lo mismo que cualquiera que
esté implicado en actividades terroristas. Y es más, disminuyamos en
especial la cobertura televisiva, excepto para anunciar en los términos más
escuetos lo sucedido. —Deduzco
que lo que quieres insinuar es que los terroristas actúan por la
publicidad que logran. Les quitas la publicidad y no tiene objeto para
ellos hacer nada. —Hasta
cierto punto, sí —dijo Jennings—. Digamos que hay un movimiento en
favor de la independencia de la población de Fairfield en Connecticut.
Cinco locos establecen un Comité para la Liberación de Fairfield. Se
otorgan así mismos la sigla FLC y lanzan una campaña de destrucción de
neumáticos en Hartford, una ciudad próxima, enviando cartas a los
diarios y atribuyéndose los hechos. En la medida que continúan loS
cortes de neumáticos y los medios lo publican en forma extensa, no sólo
se consigue que esos cuatro locos se crean importantes y poderosos, sino
que la publicidad lleva a montones de gente impresionable a imaginar que
quizá tenga cierta validez la idea de dar la independencia a Fairfield.
Por el contrario, si se investigan los delitos dentro del más estricto
silencio... —Sencillamente,
no es posible —dije— por dos razones. La primera es que la gente a
quien le cortan los neumáticos se verá obligada a marchar a pie y surgirán
rumores mucho peores que la verdad. La segunda es que una vez establecido
el principio de que es posible imponer el silencio periodístico sobre
algo semejante, es posible extenderlo a cualquier cosa que consideremos
peligrosa que la gente sepa. y quiero enfatizar cualquier cosa. Espero que
no ocurra nunca en los Estados Unidos. Prefiero el terrorismo esporádico...
—Además
—la voz de Griswold tronó en forma inesperada— llega el momento en
que el silencio puede quebrarse. ¿Cómo mantienes secreto que hay que
evacuar un hotel en medio de las horas de mayor tránsito de la noche y
que es necesario convocar a todas las dotaciones de bomberos de la
zona...? Tenía
los dos ojos abiertos, su azul resplandecía sobre nosotros, y estaba
sentado muy erguido. Sí, estaba más despierto de lo que lo había visto
en muchos años. —¿Estuviste
implicado en algo semejante? —pregunté. Todo
comenzó —dijo Griswold— cuando un periodista de un diario de Nueva
York recibió un anónimo cuidadosamente escrito a máquina según el cual
se había depositado una falsa bomba en determinada habitación de cierto
hotel. Se mencionaba el número de dicha habitación. El
periodista se preguntó qué debía hacer y decidió que era una broma que
le hacía uno de esos graciosos que andan por ahí, pero en seguida
reflexionó y decidió que no podía correr riesgos. Retiró entonces el
papel arrugado del canasto y se lo entregó a la policía. El acto
implicaba el riesgo de pasar por idiota, pero no tenía alternativa. La
policía no se mostró nada comprensiva. También creía que era una broma
de la que hacían objeto al periodista, pero ellos tampoco tenían
alternativa. Enviaron al hotel aun miembro del equipo antiexplosivos y lo
condujeron ala habitación señalada. Afortunadamente quien la ocupaba
estaba ausente. Bajo los ojos llenos de desaprobación de un empleado del
hotel y con la sensación de estar actuando como un imbécil, el policía
revisó más o menos superficialmente el cuarto y casi de inmediato
descubrió una caja en el estante del armario junto a algunas mantas.
Llevaba escrito afuera, con torpes letras mayúsculas, la palabra BOMBA.
En el interior había cartón de embalaje. Nada más. Claro
está que trataron de localizar huellas digitales en la caja. Nada. La
carta estaba llena de huellas del periodista. Seguía pareciendo una broma
aunque más seria de lo que habían supuesto al principio. Se indicó al
periodista que entregase cualquier otra carta que le llegara sin la menor
demora y tratando de no tocarla demasiado. Y el periodista comenzó a
abrir todas sus cartas con un par de guantes de cabritilla puestos. Resultó
una precaución útil porque tres días más tarde recibió otra carta.
Mencionaba otro hotel y volvía a dar un número de habitación. De
inmediato la llevó a la policía y una vez más enviaron aun miembro de
la brigada antiexplosivos. Esta vez encontraron en el cuarto de baño una
caja llena de pedazos de cartón, metida detrás del inodoro. También decía:
BOMBA. No
había ni una huella digital. La policía había informado a los diarios
principales de la ciudad lo que había sucedido, pidiendo que no se
hiciera publicidad con el fin de prevenir una ola de pánico y, pidiendo
también que estuviesen todos vigilantes frente al eventual recibo de
otras cartas. Precaución
afortunada, además, porque la tercera carta llegó a un periodista
perteneciente a otro diario. Era igual a las otras, salvo que esta vez había
un párrafo más que decía: "Espero que advierta que esto no es más
que una práctica. Un día de estos, la bomba será de verdad. En ese
caso, desde luego, no le daré el número de la habitación". Ahí
fue cuando la policía me llamó y me mostró las cartas. —¿Qué
establecieron en el laboratorio? —pregunté. Mi
amigo de la policía, un teniente llamado Cassidy, me dijo: —Es
una máquina eléctrica, probablemente de la marca IBM y el presunto
terrorista es un hombre educado que sabe usarla muy bien. No hay huellas
digitales. Tampoco hay nada especial en el papel ni en el sobre. Tampoco
en las falsas bombas, dicho sea de paso. El sello postal indica que las
cartas fueron despachadas desde diferentes puntos, pero todos en Manhattan.
—No
parece un dato demasiado útil —comenté. Cassidy hizo una mueca. —Así
es. ¿Sabe cuántas máquinas de escribir IBM hay en Manhattan? ¿Y cuántos
expertos mecanógrafos con buen nivel de educación? Pero si el hombre
manda un número suficiente de cartas, no obstante, espero que podamos
recoger algunos datos más. Tampoco
veía yo que fuese posible hacer mucho más. Quizá tenga una capacidad
extraordinaria para advertir cosas mínimas que escapan a los demás,
inexplicables aún, pero sólo el resto de los mortales me considera un
forjador de milagros. Personalmente, jamás he afirmado tal cosa. Con
todo, me mantuve en estrecho contacto con la policía mientras se
desenvolvió el caso. Llegaron
en efecto más cartas y contenían mayor información, por lo menos
relativa a los móviles. El terrorista misterioso comenzó a expresarse
con mayor espontaneidad. Al parecer estaba harto de nuestra sociedad de
consumo y deseaba el retorno a épocas más puras, más espirituales. Cómo
era posible volver a ellas con sus excentricidades, era algo que no
explicaba. Manifesté
a Cassidy: —Es
obvio que no tiene dificultad alguna para entrar en las habitaciones de
los hoteles, aunque claro está, tampoco hay razón para que la tuviera. —¡Ah!
—dijo Cassidy—. ¿Llaves maestras? —Todos
los cuartos se limpian todos los días. Las mujeres encargadas de la
limpieza suelen alejarse para cumplir alguna otra tarea y dejan la puerta
abierta, en especial cuando el cuarto está vacío entre dos ocupantes y
por lo tanto no hay nada de valor que pueda ser robado. Yo he visto
cuartos de hotel con la puerta abierta y sin mujeres de limpieza a la
vista, aun en casos en que hay equipaje y ropas expuestas en forma
visible. Nadie puede impedir a nadie vagar por los pasillos de los
hoteles, de modo que todo lo que tiene que hacer nuestro hombre es
encontrar una puerta abierta. Se
pasó la voz a todos los hoteles de Nueva York en el sentido de que las
encargadas de la limpieza no debían dejar puertas abiertas bajo ningún
pretexto. Algunos indicaron a sus empleadas que estuviesen alerta para
localizar cajas de tamaño reducido y que llamaran la atención de la
gerencia frente a cualquier elemento sospechoso. Apareció
una caja y llegó a las oficinas de la policía antes de que llegase la
carta que anunciaba su colocación. La carta se demoró en el correo, cosa
nada sorprendente en realidad. —Espero
—dijo Cassidy con tono melancólico—, que cuando se trate de la bomba
de verdad, no la anuncie por correo. Nunca llegará la carta a tiempo para
darnos la posibilidad de prevenir el atentado. Las
precauciones tomadas para que no se dejaran puertas abiertas hicieron más
lento el trabajo del hombre. Las cartas disminuyeron en número, pero no
cesaron del todo. Las crecientes dificultades lo ponían al parecer más
irritable. Acusaba a bancos y financistas en general. Los psicólogos
policiales trataron de elaborar un perfil de la personalidad del remitente
de las cartas partiendo de lo que decía. Se preguntó a los bancos si
alguno de ellos había rechazado una solicitud de préstamo y si el
solicitante había reaccionado con exagerada amargura o amenazas. El
estudio sostenido de las fechas del sellado postal en las cartas indicaba
preferencia por ciertos barrios en desmedro de otros como posibles centros
de actividades del terrorista. —Si
sigue así durante un tiempo, acabaremos arrestándolo. —Pero
un día de estos —vaticiné— será la bomba de verdad y ocurrirá
probablemente antes de que hayamos conseguido aislarlo entre los millones
de personas que viven o trabajan en Manhattan. —Pero
la situación puede prolongarse durante bastante tiempo. Puede no estar en
condiciones de fabricar u obtener una bomba. Todas estas tretas de colocar
bombas falsas son una manera de eliminar tensiones y, una vez que las haya
eliminado, dejará de enviar cartas. —Sería
muy agradable —dije—, pero hoy en día cualquiera puede conseguir un
aparato explosivo o aprender a fabricarlo a poco que se esfuerce. Así
estaban las cosas cuando un día llegó un oficial de policía a ver a
Cassidy con urgencia. —Un
hombre que dice ser el de las bombas llamó por teléfono. Cassidy
se levantó de un salto, pero el oficial le dijo: —Cortó
ya la comunicación. No pudimos retenerlo. Dice que volverá a llamar... y
dice que ahora será una bomba de verdad. Llamó
varias veces, con intervalos, desde distintos teléfonos públicos. Según
él la bomba estaba ya colocada. La bomba de verdad. Nombró el hotel,
nada menos que el más nuevo de Manhattan. Además, dijo la hora en que
estallaría: las 17.00 de ese día, sí, el momento de máxima concentración
de gente en la calle. —Tienen
tiempo para evacuar el hotel —dijo con voz ronca—. No quiero que muera
nadie. Solo quiero destruir la propiedad para dar una lección a los que
consideran a la propiedad por encima de la humanidad. Era
poco después de las dos, cuando por fin nos comunicó el lugar y la hora.
Había tiempo para hacer el trabajo, pero considerando no sólo la
evacuación, sino además la colocación de cordones para aislar la zona y
la congestión de material contra incendios, íbamos a producir un tumulto
de tránsito de órdago en Manhattan... Junto
al teléfono, Cassidy hizo todo lo que pudo. —Escuche
—dijo con un tono tan persuasivo como pudo—. Usted es una idealista Es
un hombre de honor. No quiere hacerle daño a nadie. Supongamos que
logremos sacar a todos a la calle. Supongamos que quede un solo niño en
el interior a pesar de todo lo que hagamos. ¿Está dispuesto a cargar ese
peso sobre su conciencia? Díganos por lo menos el número de la habitación.
Hágalo y le garantizo que escucharemos sus motivos de queja. El
hombre de la bomba no estaba dispuesto a acceder. —Volveré
a llamar —dijo. Al
cabo de quince minutos interminables, durante los cuales la policía y la
brigada de antiexplosivos se dirigieron al punto indicado, recibimos el
llamado. —Muy
bien —dijo el hombre—. Dólares y centavos. Es todo lo que le preocupa
a la gente. Dólares y centavos. Son demasiado tontos para comprenderme y
por lo tanto yo no soy responsable. Ustedes lo son —dijo y cortó la
comunicación. Cassidy
se quedó mirando el teléfono. —¿Qué
diablos quiso decir? —preguntó. Pero
yo había oído la conversación por una extensión de la oficina y me
apresuré a decirle: —Suspendan
la evacuación por unos minutos. La brigada debe haber llegado ya. Comuníquese
con ellos. Creo que tengo el número de la habitación y es posible que
puedan desactivar el artefacto allí mismo. No
me equivocaba. La bomba, un artefacto sencillo, pero de verdad, fue
desactivada con facilidad sin molestar a nadie en el hotel. No atrapamos
al terrorista, pero nunca volvió a hacer otro intento. Al parecer estaba
satisfecho y, como no había nadie herido... Las
palabras de Griswold dieron lugar poco a poco aun ronquido muy leve y
Jennings levantó la voz. —Oye,
no te duermas. ¿De dónde sacaste el número de la habitación? ¿Cuál
fue la pista? Puse
en práctica mi truco habitual de pisar el pie de Griswold que tenía más
cerca, pero esta vez él estaba preparado y me dio un buen puntapié en el
tobillo. —Les
dije la pista. El hombre habló de "dólares y centavos" y dijo
que si éramos demasiado tontos para comprender, los responsables éramos
nosotros. —¿Qué
pista es esa? —exclamó Baranov—. Eso no era más que su queja de
siempre sobre la sociedad enloquecida por el dinero. —Podría
haberlo sido, además, pero yo consideré que era el indicio que buscábamos.
Les dije que el hombre era un mecanógrafo experto y un mecanógrafo
experto piensa más bien en términos de teclas que de palabras. —Yo
escribo muy bien a máquina y la frase no significa nada para mí
—observé. —No
me sorprende —dijo Griswold tan simpático como de costumbre—. Pero si
escribes a máquina "dólares y centavos" y estás con mucha
prisa, lo más probable es que escribas los símbolos "$&c"
y el hombre hizo esos símbolos en el aire. "Eso
se logra golpeando tres teclas en la máquina eléctrica IBM con la tecla
de mayúsculas baja. Pero si no la bajas, las mismas teclas te dan el número
476. Prueben y verán. Por ello pensé que debíamos buscar la habitación
476. Y era la indicada. |
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