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George
y yo estábamos sentados junto al ventanal de «La Bohéme», un
restaurante francés al que él solía acudir de vez en cuando a mi costa. —Es
probable que nieve —dije. No
era una gran aportación al caudal de conocimientos de la Humanidad. El
cielo había permanecido oscuro y encapotado todo el día, la temperatura
rondaba los cero grados y el hombre del tiempo había pronosticado nieve.
No obstante, me sentí herido en mis sentimientos cuando George ignoró
por completo mi observación. —Considera
el caso de mi amigo Septimus Johnson —dijo. —¿Por
qué? —pregunté—. ¿Qué tiene él que ver con el hecho de que es
probable que nieve? —Una
asociación natural de ideas —respondió severamente George—. Es un
proceso que debes de haber oído mencionar a otros, aunque tú nunca lo
hayas experimentado. »Mi
amigo Septimus, dijo George, era un joven de aspecto feroz, de frente
permanentemente hendida en un torvo ceño y bíceps siempre abultados. Era
el séptimo hijo de su familia, de ahí su nombre. Tenía un hermano menor
llamado Octavius, así como una hermana menor, Nina.
No sé hasta dónde llegó la progresión, pero creo que fue el
hacinamiento de sus días juveniles lo que, en años posteriores, le hizo
extrañamente amigo del silencio y la soledad. »Cuando
llegó a la madurez, y obtuvo cierto éxito con sus novelas -como tú, mi
viejo amigo, salvo que los críticos a veces dicen cosas bastante
halagadoras de sus obras-, se encontró con dinero suficiente para poder
entregarse a su perversión. En resumen, se compró una casa solitaria
situada en un olvidado territorio de la parte alta del Estado de Nueva
York, y allí se retiraba durante períodos más o menos largos para
escribir nuevas novelas. No estaba tan terriblemente lejos de la
civilización; no obstante, al menos en todo cuanto abarcaba la vista,
parecía un desierto absoluto. »Creo
que yo fui la única persona a la que voluntariamente llegó a invitar a
que se hospedara con él en su casa de campo. Supongo que se sintió atraído
por la serena dignidad de mi porte, así como la fascinación y variedad
de mi conversación. Cierto que nunca explico con tantas palabras la causa
de la atracción, pero difícilmente puede haber sido ninguna otra cosa. »Claro
que había que tener cuidado con él. Todo el que ha sentido alguna vez la
amistosa palmada en la espalda, que es la forma favorita de saludo de
Septimus Johnson, sabe lo que es tener una fisura en una vértebra. Sin
embargo, su despreocupada demostración de fuerza fue muy oportuna en
nuestro primer encuentro. »Yo
había sido asaltado por una o dos docenas de salteadores callejeros a
quienes mi aristocrática apostura había inducido a pensar que llevaba
sobre mi persona una incalculable riqueza en dinero y joyas. Me defendí
furiosamente, pues daba la casualidad de que ese día no llevaba encima ni
un centavo, y sabía que, cuando lo descubriesen, los atracadores, en su
muy natural decepción, me dispensarían un trato en extremo bárbaro. »Fue
en ese momento cuando apareció Septimus, sumido en reflexiones acerca de
algo que estaba escribiendo. La horda de desdichados se interponía en su
camino, y como estaba demasiado abstraído en sus pensamientos
como para pensar en andar de otra manera que no fuese en línea recta, los
fue arrojando distraídamente a un lado y a otro de dos en dos y de tres
en tres. Ocurrió que llegó junto a mí justo en el momento en que
alboreaba la luz y veía una solución a su dilema literario, cualquiera
que fuese. Considerándome un talismán de buena suerte, me invitó a
cenar. Y yo, considerando el cenar a costa de otro un talismán todavía
de mejor suerte, acepté. »Para
cuando terminó la cena, yo había establecido sobre él la clase de
ascendencia que hizo que fuera invitado a su casa de campo. Estas
invitaciones se repitieron con frecuencia. Como dijo una vez, estar
conmigo era lo más parecido posible a estar solo, y teniendo en cuenta lo
mucho que él amaba la soledad, evidentemente eso suponía un gran
cumplido. »En
un principio, yo había esperado encontrarme con una choza, pero me
equivoqué por completo. Era obvio que a Septimus le había ido bien con
sus novelas, y no había escatimado en gastos. (Sé que es un tanto duro
hablar de novelas de éxito en tu presencia, mi viejo amigo, pero, como
siempre, yo me atengo a los hechos.) »En
realidad la casa, aunque aislada hasta el punto de mantenerme en un
constante estado de horripilación, estaba totalmente electrificada, con
un generador accionado por petróleo en el sótano y paneles solares en el
tejado. Comíamos bien, y tenía una bodega magnífica. Vivíamos con
absoluto lujo, cosa a la que siempre he sido capaz de adaptarme con una
facilidad asombrosa, habida cuenta de mi falta de costumbre. »Naturalmente,
era imposible evitar por completo mirar por las ventanas, y la absoluta
carencia de belleza en el paisaje resultaba en extremo deprimente. Había,
cantidades increíbles de vegetación de un verde bilioso, pero ni rastro
de moradas humanas, de carreteras ni de nada que valiera la pena mirar...,
ni tan siquiera una hilera de postes de teléfonos. »En
una ocasión, después de una buena comida y un buen vino, Septimus dijo
de manera efusiva: “George, me agrada tenerte aquí. Después de
escucharte, me resulta un alivio tan grande volver a mi procesador de
textos, que mi literatura ha mejorado sustancialmente. Considérate con
libertad para venir aquí en cualquier momento. Aquí”, y señaló a su
alrededor con la mano, “puedes escapar a todas las preocupaciones y
problemas que te puedan acosar. Y cuando yo esté trabajando con mi
procesador de textos, dispones de libre acceso a mis libros, al televisor,
al frigorífico y..., y creo que ya sabes dónde está la bodega”. »En
efecto, lo sabía. Incluso había confeccionado un plano orientativo, con
una gran X que señalaba el emplazamiento de la bodega y varias rutas
alternativas cuidadosamente delineadas. »“La
única cuestión es”, dijo Septimus, “que este refugio de las
miserias mundanas está cerrado desde el 1 de diciembre hasta el 31 de
marzo. Durante ese período no puedo ofrecerte mi hospitalidad. Debo
permanecer en mi casa de la ciudad”. »Quedé
consternado. La época de las nieves constituye una temporada calamitosa
para mí. Después de todo, mi querido amigo, es en invierno cuando mis
acreedores se muestran más apremiantes. Esas codiciosas gentes que, como
todo el mundo sabe, son lo bastante ricas como para poder ignorar los
pocos y míseros centavos que yo pueda deberles, parecen encontrar un
especial deleite en la idea de que yo pueda ser arrojado a la nieve. Les
inspira nuevas acciones de codicia lupina, por lo que era sobre todo
entonces cuando me habría venido bien disponer de un refugio. »“¿Por
qué no utilizarlo en invierno, Septimus?”, dije. “Con una crepitante
hoguera en esta espléndida chimenea, que colabora con tu igualmente espléndido
sistema de calefacción central, podrías reírte del frío de la Antártida”. »“Sí”,
dijo Septimus, “pero parece ser que todos los inviernos convergen aquí
aullantes ventiscas y sepultan bajo la nieve este semi-paraíso mío. Esta
casa, sumida en la soledad que yo adoro, queda entonces incomunicada con
el mundo exterior”. »“Con
lo cual no se pierde nada”, señalé.
»“Tienes
razón”, dijo Septimus. “No obstante, mis suministros llegan desde el
mundo exterior: comida, bebida, combustible, ropa lavada. Es humillante
pero cierto que en realidad no puedo sobrevivir sin el mundo exterior...,
por lo menos no podría llevar la clase de vida sibarítica que cualquier
ser humano decente desearía llevar”. »“¿Sabes,
Septimus?”, dije. “Tal vez yo pueda pensar en una forma de resolver el
problema”. »“Piensa
cuanto quieras”, respondió, “pero no conseguirás nada. De todos
modos, esta casa es tuya durante ocho meses al años, o, al menos,
mientras yo esté aquí durante esos ocho meses”. »Eso
era verdad, pero, ¿cómo podía un hombre razonable conformarse con ocho
meses cuando existían doce? Esa noche llamé a Azazel. »No
creo que estés enterado de la existencia de Azazel. Es un demonio, un
duende mágico de unos dos centímetros de estatura, que posee poderes
extraordinarios que le encanta exhibir, porque en su mundo, dondequiera
que esté, no se le tiene en gran consideración. Por consiguiente... »Oh,
¿has oído hablar de él? Bueno, amigo mío, ¿cómo voy a poder contarte
este relato de forma razonada si andas interrumpiendo constantemente con
tus opiniones? No pareces comprender que el arte del verdadero conversador
consiste en mantenerse completamente atento y en abstenerse de interrumpir
con excusas tan engañosas como la de ya haber oído hablar, del asunto.
De todos modos... »Como
siempre, Azazel estaba furioso por haber sido llamado. Al parecer, se
hallaba realizando lo que él denominó una solemne observancia religiosa.
A duras penas mantuve la calma. Siempre está entregado a algo que imagina
que es importante y nunca se para a considerar que, cuando le llamo,
invariablemente estoy en algo que en realidad es importante. »Tranquilamente,
esperé a que cesaran sus farfullados barboteos, y luego le expliqué la
situación.
Escuchó con una ceñuda expresión en su diminuto rostro, y
finalmente dijo: “¿Qué es
nieve?” »Suspiré
y se lo expliqué. »“¿Quieres
decir que aquí cae del cielo agua solidificada? ¿Pedazos de agua
solidificada? ¿Y la vida sobrevive?” »No
me molesté en hablar del granizo, sino que dije: “Cae en forma de
blandos copos, Poderoso”. Siempre le aplaca que se le llame con nombres
idiotas. “Pero resulta molesta cuando cae en exceso”. »“Si
vas a pedirme que reorganice la pauta meteorológica de este mundo”,
dijo Azazel, “me niego en redondo. Eso entraría en el epígrafe de
manipulación planetaria, lo cual es contrario a la ética de mi
notoriamente ético pueblo. Yo ni siquiera soñaría en violar la ética,
en especial habida cuenta de que, si se me sorprende haciéndolo, sería
entregado como alimento al temible Lamell Bird, una inmunda criatura de
horribles modales en la mesa. Detestaría decirte con qué me mezclaría”. »“Ni
se me ocurriría inducirte a practicar una manipulación planetaria, oh
Sublime. Yo quisiera pedir algo mucho más simple. Verás, la nieve,
cuando cae, es tan blanda y mullida que no soporta el peso de un ser
humano”. »“La
culpa es vuestra por ser tan pesados”, dijo Azazel con tono
despreciativo. »“Sin
duda”, respondí, “pero ese peso hace que resulte difícil caminar. Yo
quisiera que hicieses a mi amigo menos pesado cuando pise la nieve”. »Me
costaba mantener la atención de Azazel. Con aire indignado, estaba
diciendo: “Agua solidificada..., por todas partes..., cubriendo la
tierra...” Meneó la cabeza, como si no pudiera comprenderlo. »“¿Puedes
hacer a mi amigo menos pesado?” pregunté, concretando lo que, después
de todo, era una cuestión bien simple. »“Naturalmente”,
respondió Azazel con indignación.
“Basta con aplicar el principio de la antigravedad, activado por la molécula
de agua en condiciones apropiadas. No es fácil, pero se puede hacer”. »“Un
momento”, dije, pensando con inquietud en los peligros de la
inflexibilidad. “Sería aconsejable colocar la intensidad anti-gravitatoria
bajo control de mi amigo. A veces, podría considerar conveniente caminar
hundiendo los pies en la nieve”. »“¿Acomodarlo
en vuestro tosco sistema autonómico? ¡El colmo! Tu desfachatez no conoce
límites”. »“Lo
pido tan sólo porque se trata de ti”, dije. “Me cuidaría mucho de
pedírselo a ningún otro miembro de tu especie. »Esta
diplomática mentira surtió el efecto deseado. Azazel hinchó el pecho,
aumentando su perímetro nada menos que dos milímetros, y con orgullosa
vocecilla de contralto, dijo: “Se hará”. »Supuse
que Septimus había adquirido en ese momento la capacidad deseada, pero no
podía estar seguro. Corría entonces el mes de agosto y no había ninguna
capa de nieve con la que experimentar..., ni tampoco estaba yo de humor
para realizar un viaje rápido a la Antártida, Patagonia o Groenlandia en
busca de material experimental. »Tampoco
tenía sentido explicarle la situación a Septimus sin disponer de nieve
para una demostración. No me habría creído. Incluso podría haber
llegado a la ridícula conclusión de que yo..., yo había estado
bebiendo. »Sin
embargo, los hados se mostraban benévolos. A finales de noviembre, me
encontraba en la casa de campo de Septimus, en lo que él llamaba su
periodo de despedida de la temporada, y cayó una copiosa nevada,
desusadamente intensa para las fechas en que estábamos. »Septimus
montó en cólera y declaró la guerra al Universo entero por no haberle
ahorrado aquel perverso ultraje. »Pero
para mí era la gloria..., y también para él, aunque aún no lo sabía.
»“No
temas, Septimus”, le dije. “Ha llegado el momento de que descubras que
la nieve no reserva ningún terror para ti”. »Y
le expliqué con todo detalle la situación. »Supongo
que era de esperar que su primera reacción fuese de insolente
incredulidad, pero formuló ciertas observaciones totalmente innecesarias
sobre el estado de mi salud mental. »No
obstante, yo había dispuesto de varios meses para elaborar mi estrategia. »“Quizá
te hayas preguntado alguna vez, Septimus, cómo me gano la vida”, le
dije. “No te sorprenderá mi reserva cuando te diga que yo soy la figura
clave de un programa gubernamental de investigación sobre la
antigravedad. No puedo decir nada más, salvo que tú eres un experimento
de valor extraordinario y harás avanzar notablemente el programa. Esto
tiene importantes implicaciones de seguridad nacional”. »Me
miró con ojos desmesuradamente abiertos por el asombro, mientras yo
tarareaba por lo bajo unos compases de La bandera sembrada de
estrellas. »“¿Hablas
en serio?”, preguntó. »“¿Bromearía
yo con la verdad?”, pregunté, a mi vez. Luego, arriesgándome a la
natural réplica, pregunté: “¿Lo haría la CIA?” »Se
lo tragó, dominado por el aura de veracidad que impregna todas mis
afirmaciones. »“¿Qué
debo hacer?”, preguntó. »“Únicamente
hay quince centímetros de nieve sobre el suelo. Imagina que no pesas nada
y sal a pisarla”. »“¿Sólo
tengo que imaginarlo?” »“Así
es como funciona”. »“Me
mojaré los pies”. »“Entonces,
ponte unas botas altas”, dije con sarcasmo. »Vaciló
y, a continuación, sacó de verdad sus botas altas y se las puso con
esfuerzo. Esta abierta demostración de falta de fe en mis afirmaciones me
hirió profundamente. Además, se puso abrigo y sombrero de piel.
»“Si
ya estás listo...”, dije fríamente. »“No
lo estoy”, respondió. »Abrió
la puerta, y salió. No había nieve en la cubierta veranda, pero tan
pronto como puso los pies en los escalones, éstos parecieron deslizarse
bajo él. Se agarró desesperadamente a la barandilla. »Había
llegado al final del corto tramo de peldaños y trató de enderezarse.
Resbaló unos pocos metros, agitando los brazos, y luego, sus pies se
elevaron en el aire. Cayó de espaldas y continuó deslizándose hasta
pasar junto a un árbol y sujetarse al tronco con el brazo. Dio tres o
cuatro vueltas a su alrededor, deslizándose, y finalmente se detuvo. »“¿Qué
clase de nieve tan resbaladiza es ésta?”, gritó, con voz que temblaba
de indignación. »Debo
confesar que, pese a mi fe en Azazel, me encontré observando la escena
lleno de sorpresa. No había dejado huellas, y su cuerpo, al deslizarse,
no había producido ningún surco en la nieve. »“No
pesas nada sobre la nieve”, dije. »“Estás
loco”, replicó. »“Fíjate
en la nieve”, le dije. “No has dejado ninguna señal en ella”. »Miró,
y acto seguido farfulló unas cuantas frases de esas que antes se solían
calificar de irreproducibles. »“La
fricción”, continué, “depende en parte de la presión entre un
cuerpo deslizante y aquello sobre lo que se desliza. Cuanto menor es la
presión, menor es la fricción. Tú no pesas nada, así que tu presión
sobre la nieve es nula, la fricción es nula y, por consiguiente, te
deslizas sobre la nieve como si se tratase del hielo más pulido”. »“¿Qué
debo hacer, entonces? ¡No puedo dejar que mis pies resbalen de esta
manera!” »“No
hace daño, ¿no? Si no pesas nada y te caes de espaldas, no sufres ningún
daño”. »“Aun
así. El que no me haga daño no es excusa para pasarme la vida tendido en
la nieve”. »“Vamos,
Septimus, piensa que vuelves a tener peso, y levántate”.
»Frunció
el ceño, como era habitual en él, y dijo: »“Sólo
que piense que tengo peso, ¿eh?” »Lo
hizo, y torpemente se puso en pie. »Sus
pies se hundieron unos centímetros en la nieve, y cuando trató, con
cautela, de andar, no tuvo más dificultades que las que suelen
presentarse en la nieve. »“¿Cómo
lo haces, George?”, preguntó, con mucho más respeto en su voz del que
yo solía suscitar en él. “No habría imaginado que fueses un científico
de esa categoría”. »“La
CIA me obliga a ocultar mis conocimientos técnicos y científicos”,
expliqué. “Ahora, imagínate que te vas volviendo más ligero poco a
poco, y ve caminando mientras lo piensas. Irás dejando huellas cada vez
menos profundas, y la nieve se volverá paulatinamente más resbaladiza.
Detente cuando notes que se está volviendo peligrosamente resbaladiza”. »Hizo
lo que le decía, pues los científicos ejercemos una poderosa influencia
intelectual sobre el resto de los mortales. »“Ahora”,
proseguí, “trata de deslizarte. Cuando quieras pararte, no tienes más
que hacerte más pesado..., y hazlo gradualmente, o te caerás de
bruces”. »Como
tenía bastante de atleta, inmediatamente dominó el truco. En una ocasión
me dijo que podía practicar cualquier deporte, salvo la natación. Cuando
tenía tres años, su padre le había tirado al agua en un cariñoso
intento de hacerle nadar sin la tediosa necesidad de la instrucción
previa; como consecuencia de ello, el pequeño Septimus había precisado
diez minutos de respiración boca a boca. Explicó que aquello le había
dejado para siempre con un miedo terrible al agua y con una aversión
también a la nieve. »“La
nieve no es más que agua sólida”, repetía, exactamente como lo habría
hecho Azazel. »Pero
la aversión a la nieve no se manifestaba en las nuevas condiciones. Empezó
a deslizarse con un estridente grito de júbilo y, de vez en cuando, se
hacía mas pesado al volverse, despidiendo un espeso reguero de nieve y
deteniéndose.
»“¡Espera!”,
dijo. »Se
precipitó en el interior de la casa y volvió a salir -aunque te cueste
creerlo- llevando en las manos unos patines para hielo unidos a unas
botas. »“Aprendí
a patinar en mi lago”, explicó, mientras empezaba a ponérselos,
“pero nunca disfruté haciéndolo. Siempre temía que fuera a romperse
el hielo. Ahora puedo patinar en tierra sin peligro”. »“Pero
recuerda”, le dije, preocupado, “que sólo da resultado sobre la molécula
de H2O. Si llegas a un trecho descubierto de tierra o de
pavimento, tu ingravidez desaparecerá al instante. Te harás daño”. »“No
te preocupes”, respondió, al tiempo que se incorporaba y se ponía en
marcha. »Me
quedé mirando cómo se alejaba a toda velocidad a lo largo de por lo
menos setecientos metros sobre las heladas extensiones de sus terrenos, y
a mis oídos llegó el distante rugido de: ‘Deslizarse sobre la nieve en
un trineo de un caballo...’ »Debes
saber que Septimus trata de acertar al azar el tono de cada nota, y nunca
lo consigue. Me tapé los oídos con las manos. »A
continuación, vino lo que verdaderamente creo fue el invierno más feliz
de mi vida. Durante todo el invierno estuve cómodo y abrigado en la casa,
comiendo y bebiendo como un rey, leyendo edificantes libros en los que
trataba de adivinar las intenciones del autor e identificar al asesino,
además de especular con torva delectación en las frustraciones de mis
acreedores allá en la ciudad. »Por
la ventana, podía ver a Septimus en su incesante patinar sobre la nieve.
Decía que le hacía sentirse como un pájaro y que le proporcionaba un
placer tridimensional que nunca había conocido. Bueno, a cada uno lo
suyo. »Le
advertí que no debía dejarse ver. »“Sería
arriesgado para mí”, le dije, “pues la CIA no aprobaría este
experimento privado..., pero a mí no
me importa mi peligro
personal, pues para una persona como yo lo primero es la ciencia. No
obstante, si llegaras a ser visto mientras te deslizas sobre la nieve como
sueles hacer, te convertirías en blanco de la curiosidad del público, y
caerían sobre ti enjambres de periodistas. La CIA se enteraría de ello,
y tendrías que soportar los experimentos a que te someterían centenares
de científicos y militares hurgándote. No estarías solo ni un minuto.
Te convertirías en una celebridad nacional y te hallarías
permanentemente a disposición de miles de personas interesadas en ti”. »Septimus
se estremeció intensamente ante la perspectiva, tal como yo sabía que le
ocurriría a un amante de la soledad. Luego, dijo: “Pero, ¿cómo
conseguiré provisiones cuando me encuentre bloqueado por la nieve? Ésa
era la finalidad de este experimento”. »“Estoy
seguro de que los camiones casi siempre podrán pasar por las carreteras,
y tú puedes hacer suficiente acopio de víveres como para subsistir en
las ocasiones en que no puedan. Si cuando de verdad estés bloqueado por
la nieve necesitas algo urgentemente, puedes ir deslizándote hasta tan
cerca de la ciudad como te atrevas, cerciorándote de que no te ve
nadie...; de todos modos, en esas condiciones habrá muy pocas personas al
aire libre, posiblemente nadie, y luego, recuperar tu peso, recorrer los
últimos metros caminando penosamente y parecer agotado. Recoges lo que
necesitas, te alejas unos cientos de metros, caminando con fatiga, y
vuelves a emprender el vuelo. ¿Comprendes?” »En
realidad, no fue necesario hacer eso ni una sola vez en todo el invierno;
desde el principio yo sabía que había exagerado el peligro de la nieve.
Y tampoco nadie le vio durante sus deslizamientos. »Septimus
no se saciaba. Deberías haber visto su rostro cuando dejaba de nevar
durante más de una semana o cuando la temperatura se elevaba por encima
de los cero grados. No puedes imaginar cuánto le preocupaba la preservación
del manto de nieve.
¡Qué invierno tan maravilloso! ¡Qué tragedia que fuese el único! »¿Qué
sucedió? Te diré lo que sucedió. ¿Recuerdas lo que dijo Romeo justo
antes de hundir su puñal en el cuerpo de Julieta? Probablemente no, así
que te lo mencionaré: ‘Deja que una mujer penetre en tu vida, y se habrá
terminado tu tranquilidad.’ »En
el otoño siguiente, Septimus conoció a una mujer, Mercedes Gumm. Antes
ya había conocido a otras mujeres, no era ningún ermitaño, pero nunca
habían significado gran cosa para él: un breve período de amistad,
idilio, ardor y, luego, las olvidaba, y ellas le olvidaban a él. Ningún
daño se derivaba de ello. Después de todo, yo mismo he sido ferozmente
perseguido por numerosas jóvenes y nunca he hallado en ello absolutamente
ningún daño, aunque a menudo me acorralaban y me obligaban a..., pero me
estoy apartando del asunto. »Septimus
vino a mí con aire extremadamente abatido. »“La
quiero, George”, dijo. “Estoy loco por ella. Es el imán mismo de mi
existencia”. »“Muy
bonito”, dije. “Tienes mi permiso para seguir con ella durante algún
tiempo”. »“Gracias,
George”, respondió sombríamente Septimus. “Ahora lo que necesito es su
aprobación. No sé por qué, pero no parece tenerme mucho aprecio”. »“Es
extraño”, dije. “Por lo general, sueles tener mucho éxito con las
mujeres. Después de todo, eres rico, musculoso y no más feo que la mayoría”. »“Yo
creo que la cuestión estriba en lo de musculoso”, comentó Septimus.
“Ella piensa que soy un patán”. »Tuve
que admirar la percepción de la señorita Gumm. Septimus, por decirlo lo
más suavemente posible, era un patán. Sin embargo, al imaginar
sus bíceps en tensión bajo las mangas de su chaqueta, consideré
preferible no mencionar mi apreciación de la situación. »“Dice
que ella no admira el aspecto físico en los
hombres”, añadió.
“Quiere alguien reflexivo, intelectual, profundamente racional, filosófico
y todo un montón de adjetivos de ese tipo. Dice que yo no soy ninguna de
esas cosas”. »“¿Le
has mencionado que eres novelista?” »“Claro
que se lo he dicho. Y también ha leído un par de novelas mías. Pero,
como sabes, George, suelen tratar sobre jugadores de rugby, y ella dice
que eso le resulta repugnante”. »“Entiendo
que no es del tipo atlético”. »“No,
en efecto. Practica la natación”. Hizo una mueca, probablemente
recordando la ocasión en que fue reanimado mediante respiración boca a
boca a la tierna edad de tres años. “Pero eso no ayuda gran cosa”. »“En
ese caso”, dije consoladoramente, “olvídala, Septimus. Las mujeres
son fáciles de encontrar. Cuando una se marcha, llega otra. Hay muchos
peces en el mar y muchos pájaros en el aire. Todas son iguales en la
oscuridad: una mujer u otra, no hay ninguna diferencia”. »Habría
continuado indefinidamente, pero él parecía que estaba siendo presa de
una extraña agitación mientras escuchaba, y uno no quiere provocarle
agitación a un patán. »“Me
ofendes profundamente con esos sentimientos, George”, dijo Septimus.
“Mercedes es la única mujer del mundo para mí. No podría vivir sin
ella. Está inseparablemente ligada al núcleo mismo de mi ser. Ella es el
aliento de mis pulmones, el latido de mi corazón, la visión de mis ojos.
Ella...” »Él
sí continuó indefinidamente, y no parecía preocuparle lo más mínimo
el hecho de que me estuviese ofendiendo en lo más hondo de aquellos
sentimientos. »“Así,
pues”, dijo, “no veo más salida que insistir en el matrimonio”. »Las
palabras estaban impregnadas de ominosos presagios. Yo sabía exactamente
cuál sería el resultado: tan pronto como se casaran, eso significaría
el fin de mi paraíso. No sé por qué, pero si hay algo en que las
recién casadas insisten es
en que los amigos solteros se esfumen. Jamás volvería a ser invitado a
la casa de campo de Septimus. »“No
puedes hacer eso” exclamé, alarmado. »“Oh,
reconozco que parece difícil, pero creo que puedo hacerlo. He elaborado
un plan: aunque Mercedes piense que soy un patán, no carezco de
refinamiento. La invitaré a mi casa de campo a principios del invierno.
Allí, en el sosiego y la paz de mi Edén, sentirá expandirse todo su ser
y acabará comprendiendo la verdadera belleza de mi alma”. »Pensé
que eso era esperar demasiado, incluso del Edén, pero lo que dije fue:
“No pretenderás mostrarle cómo puedes deslizarte sobre la nieve, ¿verdad?” »“No,
no”, respondió. “Hasta que no nos casemos, no”. »“Aun
entonces...” »“Tonterías,
George”, dijo Septimus con aire cortante. “Una esposa es el
segundo yo de un marido. A una esposa se le pueden confiar los secretos más
íntimos. Una esposa...” »Volvió
a continuar indefinidamente, y todo lo que pude hacer fue decir débilmente:
“A la CIA no le gustará”. »Su
breve comentario sobre la CIA lo habrían suscrito gustosamente los soviéticos.
Y también Cuba y Nicaragua. »“De
alguna manera la convenceré para que se venga conmigo a principios de
diciembre”, dijo. “Confío que comprenderás, George, que deseemos
estar solos. Sé que ni siquiera pensarías en obstaculizar las románticas
posibilidades que surgirían entre Mercedes y yo en la tranquila soledad
de la Naturaleza. Sin duda alguna, nos sentiríamos atraídos el uno al
otro por el magnetismo del silencio y del pausado tiempo”. »Reconocí
la cita, naturalmente. Es lo que Macbeth dice justo antes de hundir el puñal
en el cuerpo de Duncan, pero me limité a mirar a Septimus con aire
frío y digno. Un mes después,
la señorita Gumm fue a la casa de campo de Septimus, y yo, no”. »No
presencié lo que sucedió en la casa de campo; lo conozco sólo a través
del testimonio oral de Septimus, por lo que no puedo responder de todos
los detalles. »La
señorita Gumm era una entusiasta de la natación, pero Septimus,
sintiendo una aversión invencible hacia esa particular afición, no hizo
ninguna pregunta al respecto. Y, al parecer, la señorita Gumm tampoco
consideró necesario dar detalles a un patán que no mostraba ninguna
curiosidad. Por esa razón, Septimus nunca supo que la señorita Gumm era
una de esas chifladas que disfrutan poniéndose un bañador en pleno
invierno, rompiendo el hielo del lago y sumergiéndose en las gélidas
aguas para dar unas cuantas saludables y vigorizantes brazadas. »Y
ocurrió que una fría y radiante mañana, mientras Septimus roncaba
sonoramente, la señorita Gumm se levantó, se puso su bañador, su
albornoz y sus zapatillas y, a lo largo del nevado sendero, se dirigió al
lago. La orilla estaba cubierta por una fina capa de hielo, pero el
interior no se había helado, y, quitándose el albornoz y las zapatillas,
se zambulló en las frígidas aguas, con lo que debieron de ser evidentes
muestras de satisfacción. »Poco
después, Septimus se despertó y, con el fino instinto de los enamorados,
al instante se dio cuenta de que su amada Mercedes no estaba en la casa.
Recorrió ésta llamándola por su nombre. Al encontrar en su habitación
sus ropas y demás pertenencias, comprendió que no se había marchado a
la ciudad en secreto, como al principio había temido. Así, pues, debía
de estar fuera. »Apresuradamente,
se calzó las botas en los descalzos pies y se puso sobre el pijama su
abrigo más grueso. Se precipitó al exterior, gritando su nombre. »La
señorita Gumm le oyó, como es lógico, y agitó
vivamente los brazos en su
dirección, gritando: ‘Aquí, Sep. Aquí.’ »Lo
que sucedió después te lo contaré con las propias palabras de Septimus. »Me
pareció que pedía auxilio, dijo, y llegué a la natural conclusión
de que mi amada se había aventurado sobre el hielo en un momento de
locura y se había caído, ¿Cómo iba a pensar que ella fuera a arrojarse
voluntariamente a las gélidas aguas? »Era
tan grande mi amor hacia ella, George, que al instante decidí desafiar al
agua -a la que por lo general temía cobardemente, en particular si se
trataba de agua gélida-, y me precipité a salvarla. Bueno, quizá no al
instante, pero de veras que no lo pensé más de dos minutos, o tres a lo
sumo. »Entonces,
grité: ‘Ya voy, querida. Mantén la cabeza fuera del agua’, y eché a
correr. No iba a caminar sobre la nieve. Pensé que no había
tiempo suficiente. De modo que disminuí mi peso mientras corría y,
luego, en espléndido deslizamiento, me elevé sobre la delgada capa de
nieve, sobre el hielo que bordeaba el lago, y caí al agua con horrendo
chapoteo. »Como
sabes, tengo un miedo mortal al agua y no sé nadar. Además, las botas y
el abrigo me arrastraban al fondo, y con toda seguridad me habría ahogado
si Mercedes no me hubiera salvado. »Uno
pensaría que lo romántico de salvarme nos habría acercado más el uno
al otro, nos habría unido, pero... »Septimus
meneó la cabeza, y había lágrimas en sus ojos. »No
fue así. Ella estaba furiosa. »‘Maldito
idiota’, gritó. ‘Zambullirte en el agua con abrigo y botas y sin
saber siquiera nadar. ¿Qué diablos creías que estabas haciendo? ¿Sabes
los esfuerzos que he tenido que hacer para sacarte del lago? Y estabas tan
dominado por el pánico, que me agarrabas de la mandíbula. Casi me haces
perder el conocimiento, y nos hubiéramos ahogado los dos. Y todavía me
duele’. »Recogió
sus cosas y se marchó hecha una furia, y
yo tuve que quedarme con lo
que se convirtió en un fortísimo catarro del que aún no me he
recuperado por completo. No la he vuelto a ver desde entonces..., no
contesta mis cartas ni mis llamadas telefónicas. Mi vida ha terminado,
George. »“Sólo
por curiosidad, Septimus”, le dije, “¿por qué te arrojaste al agua?
¿Por qué no te quedaste en la orilla, o tan internado en el hielo como
te atrevieses, y le tendiste desde allí un palo largo o una cuerda, en el
caso de poder conseguir una?” »Septimus
parecía apesadumbrado y dijo: “No tenía intención de arrojarme al
agua. Me proponía deslizarme sobre la superficie”. »“¿Deslizarte
sobre la superficie? ¿No te dije que tu ingravidez sólo funcionaría
sobre el hielo?” »La
expresión de Septimus se tomó feroz. “Yo pensaba que era eso. Tú
dijiste que sólo daba resultado sobre H2O. Eso incluye el
agua, ¿no?” »Tenía
razón. H2O sonaba más científico, y yo tenía que mantener
mi aire de genio científico. »“Pero
me refería a H2O sólida”, dije. »“Pero
no dijiste H2O sólida”, replicó, mientras se ponía
lentamente en pie, con clara intención de despedazarme. »No
me quedé a comprobar la exactitud de mi impresión. No le he vuelto a ver
desde entonces, tampoco he vuelto a ir jamás a su paraíso campestre.
Tengo entendido que, principalmente, ahora vive en una isla del mar del
Sur, al parecer porque no quiere volver a ver hielo ni nieve. »“Y
es lo que yo digo: ‘Deja que una mujer penetre en tu vida...’, aunque,
ahora que lo pienso, quizá fuera Hamlet quien dijo eso justo antes de
hundir su puñal en el cuerpo de Ofelia. George
dejó escapar un vinoso suspiro de las profundidades de lo que él
consideraba su alma, y dijo:
—Bueno, están cerrando el local y será mejor que nos marchemos. ¿Has pagado la cuenta? Desafortunadamente, la había pagado. —¿Y puedes prestarme cinco dólares para ir a casa? Más desafortunadamente aún, podía. |
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