LORENZO

servidor

ISAAC ASIMOV's

C-Chute

Conducto C

Aun desde la cabina donde lo habían encerrado con los demás pasajeros, el coronel Anthony Windham veía el desarrollo de la batalla. Durante un rato hubo un silencio sin sobresaltos, lo cual significaba que las naves combatían a distancia astronómica, en un duelo de descargas energéticas y potentes defensas de campo.

Sabía que eso podía tener un único fin. La nave terrícola era sólo un buque mercante provisto de armas, y una ojeada al enemigo kloro, antes de que la tripulación los retirara de la cubierta, le había bastado para indicarle que se trataba de un crucero liviano.

Y en menos de media hora comenzaron esas sacudidas que estaba esperando. Los pasajeros se tambaleaban bruscamente mientras la nave giraba y viraba igual que un barco en una tormenta. Pero el espacio seguía tan tranquilo y silencioso como siempre; era el piloto, que lanzaba desesperados chorros de vapor por los tubos para que la nave rodara y girara por reacción. Eso sólo podía significar que había ocurrido lo inevitable: se habían eliminado las pantallas protectoras de la nave terrícola y ya no soportarían un impacto directo.

El coronel Windham se apoyó en su bastón de aluminio. Pensó que era un anciano, que se había pasado la vida en la milicia sin participar en ningún combate y que, en ese momento, con una batalla desarrollándose a su alrededor, se veía viejo, gordo, cojo y sin hombres bajo su mando.

Pronto los abordarían esos monstruos kloros. Era su modo de luchar. Sus trajes espaciales los estorbarían, así que sufrirían muchas bajas; pero querían la nave terrícola. Windham observó a los pasajeros. Por un momento pensó: si estuvieran armados y yo pudiera dirigirlos...

Desechó la idea. Porter obviamente se había acobardado y el joven Leblanc no estaba mucho mejor. Los hermanos Polyorketes -demonios, no podía distinguirlos- murmuraban en un rincón. Mullen era diferente, estaba erguido en su asiento, sin demostrar miedo ni otras emociones; pero medía apenas un metro cincuenta de estatura y era evidente que jamás había empuñado un arma en su vida. No podía hacer nada.

Y estaba Stuart, con su sonrisa socarrona y la incisiva ironía que impregnaba cada una de sus frases. Windham lo miró y vio que se acariciaba el cabello trigueño con sus manos pálidas. Con esas manos artificiales resultaba inservible.

Sintió la vibrante sacudida del contacto entre ambas naves y, a los cinco minutos, se oyó ruido de combate en los corredores. Uno de los hermanos Polyorketes dio un grito y echó a correr hacia la puerta. El otro hizo lo propio después de gritar:

—¡Arístides, espera!

Sucedió de repente. Arístides salió al corredor, presa del pánico. Un carbonizador fulguró y ni siquiera se escuchó un gemido. Windham, desde la puerta, apartó horrorizado la vista de aquellos restos ennegrecidos. Resultaba extraño: toda una vida de uniforme y jamás había presenciado una muerte violenta.

Se necesitó la fuerza de todos los demás para arrastrar al otro hermano al interior de la habitación.

El alboroto de la batalla se apaciguó.

—Ha terminado —dijo Stuart—. Pondrán dos tripulantes profesionales a bordo y nos llevarán a uno de sus planetas. Somos prisioneros de guerra, naturalmente.

—¿Sólo dos kloros permanecerán a bordo? —preguntó sorprendido Windham.

—Es su costumbre —respondió Stuart—. ¿Por qué lo pregunta, coronel? ¿Piensa encabezar un gallardo intento de recuperar la nave?

Windham se sonrojó.

—Sólo era curiosidad, qué diablos.

Pero supo que no había dado con la nota de dignidad y autoridad que buscaba. Era simplemente un viejo cojo.

Y Stuart quizá tuviera razón. Había vivido entre los kloros y conocía sus costumbres.

 

John Stuart sostuvo desde un principio que los kloros eran unos caballeros. Tras haber transcurrido veinticuatro horas de encarcelamiento, repetía esa afirmación mientras flexionaba los dedos y observaba las arrugas que surcaban el blando artiplasma.

Disfrutaba de la reacción airada que causaba en los demás. Las personas estaban hechas para ser perforadas; eran vejigas con demasiado aire. Y sus manos eran del mismo material que sus cuerpos.

Anthony Windham era un caso especial. Se hacía llamar coronel Windham, y Stuart estaba dispuesto a creerle. Un coronel retirado que tal vez hubiese adiestrado una guardia miliciana en un prado de aldea, cuarenta años atrás, y con tal falta de distinción que no lo reincorporaron al servicio con ningún cargo, ni siquiera durante la emergencia de la primera guerra interestelar de la Tierra.

—No es oportuno hablar así del enemigo, Stuart. No sé si me gusta esa actitud.

Windham parecía empujar las palabras a través del pulcro bigote. También se había rasurado la cabeza, imitando el estilo militar en boga, pero un vello gris empezaba a rodearle la coronilla calva. Las mejillas fofas se le aflojaban, lo cual, sumado a las venillas rojas de la nariz, le daba un aire desaliñado, como si lo hubieran despertado de golpe y demasiado temprano.

—Pamplinas —rechazó Stuart—. Invierta esta situación. Suponga que una nave militar terrícola hubiera capturado una de sus naves de travesía. ¿Qué cree que habría pasado con los civiles kloros?

—Estoy seguro de que la flota terrícola observaría las reglas de la guerra interestelar —sostuvo Windham.

—Sólo que no existen. Si pusiéramos una tripulación profesional en una de sus naves, ¿se cree que nos tomaríamos la molestia de mantener una atmósfera de cloro para los supervivientes, que les permitiríamos conservar sus pertenencias legítimas, que les cederíamos la sala más confortable, etcétera, etcétera, etcétera?

—Oh, cállese, por amor de Dios —se quejó Ben Porter—. Si oigo sus etcéteras una vez más, me volveré loco.

—Lo lamento —dijo Stuart, sin lamentarlo.

Porter a duras penas conservaba el aplomo. El rostro delgado y la nariz ganchuda le relucían de sudor, y se mordió el interior de la mejilla hasta que hizo una mueca de dolor. Apoyó la lengua en el sitio dolorido, lo cual acrecentó su aspecto de payaso.

Stuart se estaba cansando de azuzarlos. Windham era un enemigo demasiado débil y Porter sólo sabía temblar. Los demás guardaban silencio. Demetrios Polyorketes se refugiaba en un mundo de callada congoja interior. Tal vez no hubiera dormido esa noche. Al menos, cuando Stuart se despertó y cambió de postura, -pues él también se hallaba inquieto- le oyó murmurar en la litera. No dejaba de decir cosas, pero lo que más repetía era: «¡Oh, mi hermano!»

Ahora estaba sentado en la litera, mirando con ojos inflamados a los demás prisioneros y con la barba crecida en su rostro moreno. Hundió la cara en las palmas callosas y sólo se le vieron los mechones de pelo crespo y negro. Se balanceó lentamente, pero como todos se encontraban despiertos no emitió ningún sonido.

Claude Leblanc se esforzaba en vano por leer una carta. Era el más joven de los seis. Recién salido de la universidad, regresaba a la Tierra para casarse. Esa mañana Stuart lo había sorprendido sollozando en silencio, con su rostro rosa y blanco abotargado como el de un niño desconsolado. Era muy rubio y poseía una belleza casi femenina en torno de sus grandes ojos azules y sus labios carnosos. Stuart se preguntó qué clase de chica sería la muchacha que había prometido convertirse en su esposa. Había visto la foto, como todos a bordo. Tenía esa belleza insípida que volvía indistinguibles los retratos de las novias. Stuart pensó que de ser él mujer preferiría alguien más viril.

Eso le dejaba sólo a Randolph Mullen. Con franqueza, no sabía qué idea hacerse de él. Era el único de los seis que había pasado un tiempo considerable en los mundos arturianos. Stuart sólo había estado allí el tiempo suficiente para dictar una serie de conferencias sobre ingeniería astronáutica en el instituto provincial de ingeniería. El coronel Windham había ido de visita a Cook, Porter estuvo comprando hortalizas concentradas alienígenas para sus plantas de enlatado de la Tierra, y los hermanos Polyorketes, tras intentar establecerse en Arcturus como granjeros, al cabo de dos estaciones renunciaron, obtuvieron algunas ganancias de la venta y regresaban a la Tierra.

Randolph Mullen, en cambio, había pasado diecisiete años en el sistema arturiano. ¿Cómo hacían los viajeros para averiguar tan pronto tantas cosas sobre sus compañeros de travesía? Ese hombrecillo apenas había hablado durante su estancia a bordo. Era infaliblemente cortés, siempre se hacía a un lado para ceder el paso y su vocabulario parecía consistir en «gracias» y «con perdón». Sin embargo, se sabía que ése constituía su primer viaje a la Tierra en diecisiete años.

Era un hombrecillo menudo, y tan meticuloso que resultaba irritante. Al despertar esa mañana, había hecho su cama, se había afeitado, bañado y vestido. El hecho de ser prisionero de los kloros no alteraba sus hábitos de años. No hacía alarde de ello, eso había que admitirlo, y no parecía reprobar el desaliño de los demás; se limitaba a permanecer sentado, casi con pudor, enfundado en su atuendo conservador y con las manos entrelazadas sobre el regazo. La fina línea de vello que le cubría el labio superior, lejos de infundirle carácter, ponía absurdamente un énfasis en su apocamiento.

Parecía la caricatura de un contable. Y lo más raro, pensó Stuart, era que se dedicaba precisamente a eso. Lo había leído en el registro: Randolph Fluellen Mullen; ocupación, tenedor de libros; empleadores, Cajas de Papel Prístina y Cía; avenida de Tobías, número 27; Nueva Varsovia; Arcturus II.

 

—¿Señor Stuart?

Levantó la cabeza.. Era Leblanc, con un temblor en el labio inferior. Stuart procuró ser amable.

—¿Qué hay, Leblanc?

—Dígame, ¿cuándo nos soltarán?

—¿Cómo puedo saberlo?

—Todos dicen que vivió en un planeta kloro, y acaba usted de decir que son unos caballeros.

—Sí, claro. Pero hasta los caballeros libran las guerras con el propósito de ganarlas. Tal vez nos retengan mientras dure el conflicto.

—¡Pero podría durar años! Margaret me está esperando. ¡Pensará que he muerto!

—Supongo que nos permitirán enviar mensajes una vez que lleguemos a su planeta.

Porter intervino con voz ronca y agitada:

—Si usted sabe tanto sobre estos demonios, ¿qué nos harán cuando nos encarcelen? ¿Con qué nos alimentarán? ¿Nos darán oxígeno? Sin duda nos matarán. —Y añadió nostálgicamente—: A mí también me aguarda una esposa.

Pero Stuart le había oído hablar de su esposa en los días previos al ataque. No se dejó impresionar. Porter toqueteaba con sus uñas carcomidas la manga de Stuart, que se apartó con brusca repulsión. No soportaba esas horribles manos. Le sacaba de quicio que esas monstruosidades fuesen reales mientras que sus manos perfectas no eran más que imitaciones confeccionadas con látex alienígena.

—No nos matarán. Si ésa fuera su intención ya lo hubiesen hecho. Nosotros también capturamos kloros, y es cuestión de sentido común tratar bien a los prisioneros si se espera lo mismo del otro bando. Sabrán comportarse. Quizá la comida no sea excelente, pero son mejores químicos que nosotros. Son sobresalientes en eso. Sabrán exactamente qué factores alimentarios y cuántas calorías necesitamos. Sobreviviremos. Ellos se encargarán de que así sea.

—Habla usted cada vez más como un simpatizante de esos bichos verdes —gruñó Windham—. Me revuelve el estómago que un terrícola hable de esas criaturas como lo hace usted. Rayos, ¿dónde está su lealtad?

—Mi lealtad está donde corresponde; con la honestidad y la decencia, al margen de la forma del ser que las practique. —Levantó sus manos—. ¿Ve esto? Es obra de los kloros. Viví seis meses en uno de sus planetas. Las máquinas de acondicionamiento de mis aposentos me destrozaron las manos. Pensé que el suministro de oxígeno que me daban era escaso (en realidad no lo era) y procuré hacer ajustes por mi cuenta. Fue culpa mía. No conviene aventurarse con las máquinas de otra cultura. Cuando los kloros atinaron a ponerse un traje atmosférico y llegar a mí, era demasiado tarde para salvar mis manos.

»Cultivaron estas cosas de artiplasma y me operaron. Para ello tuvieron que diseñar equipo y soluciones nutrientes que funcionaran en una atmósfera de oxígeno. Sus cirujanos tuvieron que efectuar una delicada operación enfundados en trajes atmosféricos. Y yo recuperé las manos. —Se rió con aspereza, apretando los puños—. Manos...

—¿Y por eso vende la lealtad que debe a la Tierra? —le reprochó Windham.

—¿Vender mi lealtad? Usted está loco. Durante años odié a los kloros por esto. Yo era piloto mayor de las Líneas Espaciales Transgalácticas antes de este suceso. ¿Ahora? Trabajo en un escritorio. Y doy algunas conferencias. Tardé tiempo en asumir la responsabilidad y comprender que los kloros se habían comportado con decencia. Tienen su propio código ético y es tan bueno como el nuestro. Si no fuera por la estupidez de algunos de ellos y de algunos de los nuestros no estaríamos en guerra. Y cuando haya terminado...

Polyorketes estaba de pie. Curvó los gruesos dedos y sus ojos oscuros relucieron.

—No me gusta su modo de hablar, amigo.

—¿Por qué?

—Porque habla demasiado bien de esos bastardos verdes. Los kloros se portaron bien con usted, ¿eh? Bueno, pues no hicieron lo mismo con mi hermano. Lo mataron. Y tal vez yo le mate a usted, maldito espía de los verdes.

Y atacó.

Stuart apenas tuvo tiempo de alzar los brazos para contener al furibundo granjero. Jadeó un juramento mientras le sujetaba una muñeca y movía el hombro para evitar que el otro le apresara la garganta.

Su mano de artiplasma cedió. Polyorketes se zafó sin esfuerzo.

Windham resollaba, Leblanc les pedía que se detuvieran, con su voz aflautada; pero fue el pequeño Mullen quien agarró al granjero por detrás y tiró con todas sus fuerzas. No fue muy efectivo, pues Polyorketes ni siquiera notó el peso del hombrecillo en su espalda. Mullen se vio levantado en vilo y empezó a patalear. Pero no soltó a Polyorketes y al fin Stuart logró zafarse y echó mano del bastón de aluminio de Windham.

—Aléjese, Polyorketes —advirtió.

Recobraba el aliento, temiendo otra embestida. Ese hueco cilindro de aluminio no serviría de mucho, pero era mejor que contar sólo con sus débiles manos.

Mullen soltó a Polyorketes y se mantuvo alerta, con la respiración entrecortada y la chaqueta desaliñada.

Polyorketes se quedó inmóvil. Agachó su cabeza desgreñada.

—Es inútil —masculló—. Lo que he de matar son kloros. Pero cuide su lengua, Stuart. Si habla más de la cuenta puede tener problemas. Hablo en serio.

Stuart se pasó el brazo por la frente y le devolvió el bastón a Windham, quien lo tomó con la mano izquierda mientras usaba la derecha para enjugarse la calva con un pañuelo mientras hablaba:

—Caballeros, evitemos estas fricciones. Atentan contra nuestro prestigio. Recordemos al enemigo común. Somos terrícolas y hemos de actuar como lo que somos, la raza dominante en la galaxia. No debemos degradarnos ante las razas inferiores.

—Sí, coronel —resopló Stuart—. Ahórrese el resto del discurso para mañana. —Se volvió hacia Mullen—. Quiero darle las gracias.

Le causaba embarazo, pero tenía que hacerlo. El pequeño contable lo había sorprendido. Pero Mullen, con una voz seca que apenas se elevó por encima de un susurro, replicó:

—No me lo agradezca, señor Stuart. Era lo único que podía hacer. Si nos encarcelan, le necesitaremos como intérprete. Usted entiende a los kloros.

Stuart se puso tenso. Era el típico razonamiento de un tenedor de libros, demasiado lógico, demasiado árido. Riesgo presente y provecho futuro. Un pulcro equilibrio entre créditos y débitos. Hubiera preferido que Mullen lo defendiera por..., bueno, por mera decencia, sin egoísmos.

Se rió de sí mismo. Comenzaba a esperar idealismo de los seres humanos, en vez de motivaciones claras e interesadas.

 

Polyorketes estaba aturdido. La pena y la furia actuaban como un ácido en su interior, pero no hallaban palabras para expresarse. Si él fuera Stuart, ese bocazas de manos blancas, podría hablar y hablar hasta sentirse mejor. En cambio, tenía que quedarse allí sentado, muerta la mitad de su ser, sin hermano, sin Arístides...

Fue tan repentino... Si pudiera retroceder en el tiempo y contar con un segundo más para frenar a Arístides, detenerlo, salvarlo...

Pero ante todo odiaba a los kloros. Dos meses atrás apenas había oído hablar de ellos, y ya los odiaba con tal furia que le alegraría morir con tal de liquidar unos cuantos.

—¿Cómo se inició esta guerra, eh? —preguntó sin levantar la vista.

Temía que le respondiera Stuart. Odiaba esa voz. Pero habló Windham, el calvo.

—La causa inmediata fue una disputa por concesiones mineras en el sistema Wyandotte. Los kloros invadieron propiedades terrícolas.

—¡Hay espacio para ambos, coronel!

Polyorketes irguió la cabeza con un gruñido. Ese Stuart no podía cerrar el pico. De nuevo con su cháchara, ese lisiado, ese sabelotodo, ese traidor.

—¿Valía la pena pelear por eso, coronel? —continuó Stuart—. No podemos usar unos los mundos del otro. Los planetas de cloro son inútiles para nosotros y nuestros planetas de oxígeno lo son para ellos. El cloro es mortífero para nosotros y el oxígeno lo es para ellos. No hay modo de mantener una hostilidad permanente. Nuestras razas no coinciden. ¿Se justifica la lucha porque ambas razas quieren extraer hierro de los mismos asteroides sin aire cuando hay millones de ellos en la galaxia?

—Está la cuestión del honor planetario... —empezó Windham. —Fertilizante planetario. ¿Cómo puede eso excusar esta ridícula guerra? Sólo se puede luchar en puestos de avanzada. Se ha reducido a una serie de acciones defensivas, y con el tiempo se dirimirá mediante negociaciones que se pudieron efectuar en primer término para evitarla. Ni nosotros ni los kloros ganaremos nada.

A regañadientes, Polyorketes comprendió que estaba de acuerdo con Stuart. ¿Qué les importaba a él y a Arístides dónde obtuvieran el hierro los terrícolas o los kloros?

¿Eso justificaba la muerte de su hermano? Sonó el timbre de advertencia.

Polyorketes irguió la cabeza y se levantó despacio, apretando los labios. En la puerta sólo podía haber una cosa. Aguardó, con los brazos en tensión y los puños cerrados. Stuart se le acercó. Polyorketes lo notó y se rió para sus adentros. Que entrara el kloro y ni Stuart ni los demás podrían detenerlo.

Espera, Arístides, espera un momento y obtendrás un poco de venganza.

Se abrió la puerta y entró un personaje enfundado en una amorfa e inflada imitación de traje espacial.

Una voz extraña, aunque no del todo desagradable, comenzó a hablar:

—Con desagrado, terrícolas, mi compañero y yo...

Y se calló cuando Polyorketes atacó profiriendo un rugido. Fue una acometida torpe, una embestida de toro: con la cabeza agachada y extendidos los brazos fornidos y los dedos velludos. Empujó a Stuart, antes de que éste tuviera la oportunidad de intervenir, y lo derribó sobre un catre.

El kloro pudo haber detenido a Polyorketes con el brazo sin mayor esfuerzo o hacerse a un lado para esquivarlo; en cambio, con un rápido movimiento desenfundó un arma, y un haz rosado la conectó con el atacante. Polyorketes se desplomó, arqueado como estaba y con un pie en el aire, víctima de una parálisis instantánea. Cayó de lado, con los ojos vivos y ardientes de furia.

—No sufrirá lesiones permanentes —dijo el kloro, sin inmutarse aparentemente ante aquel intento de violencia. Luego, volvió a empezar—: Con desagrado, terrícolas, mi compañero y yo hemos captado un cierto alboroto en esta habitación. ¿Hay alguna necesidad que podamos satisfacer?

Stuart se masajeaba la rodilla que se había raspado al chocar con el catre.

—No, gracias, kloro —masculló.

—Un momento —resopló Windham—, esto es ultrajante. Exigimos que se disponga nuestra liberación.

El kloro volvió su diminuta cabeza de insecto hacia el hombre gordo. No resultaba agradable para quien no estuviera habituado. Tenía la estatura de un terrícola, pero la parte superior consistía en un cuello que parecía un tallo fino, coronado por una cabeza que era apenas una hinchazón. Se componía de una trompa roma y triangular y, a ambos lados, sendos ojos protuberantes. Eso era todo. No había caja craneana ni cerebro. Lo que equivalía al cerebro estaba situado en lo que sería el abdomen en un terrícola; la cabeza era un mero órgano sensorial. El traje espacial respetaba la forma de la cabeza, y los ojos quedaban expuestos en dos claros semicírculos de vidrio que parecían verdes a causa de la atmósfera de cloro del interior. Uno de esos ojos estaba enfocando a Windham, quien se echó a temblar ante esa mirada.

—No tienen derecho a mantenernos prisioneros —insistió a pesar de todo—. No somos combatientes.

La voz del kloro, con su sonido artificial, surgía de un pequeño aditamento de alambre de cromo en lo que hacía las veces de pecho. La caja sonora funcionaba con aire comprimido, controlados por uno o dos de los delicados zarcillos en horqueta que surgían de los dos círculos del cuerpo superior y que, por suerte, quedaban ocultos bajo el traje.

—¿Hablas en serio, terrícola? Sin duda has oído hablar de la guerra, de las normas de la guerra y de los prisioneros de guerra.

Miró en torno, moviendo los ojos a sacudidas bruscas y fijando la vista primero en un objeto y, luego, en otro. Stuart entendía que cada ojo comunicaba un mensaje al cerebro abdominal, el cual debía coordinar ambos para obtener toda la información.

Windham no supo qué responder. Los demás callaron. El kloro, con sus cuatro extremidades principales (un par de brazos y un par de piernas), tenía un aspecto vagamente humano dentro del traje, siempre que uno no lo mirara a la cabeza; pero no había modo de adivinar sus sentimientos.

Dio media vuelta y se marchó.

Porter carraspeó y habló con voz sofocada:

—Por Dios, qué tufo a cloro. Si no hacen algo, moriremos con los pulmones destrozados.

—Cállese —le espetó Stuart—. No hay suficiente cloro en el aire para hacer estornudar a un mosquito y lo poco que hay se esfumará en dos minutos. Además, un poco de cloro será bueno para usted. Quizá mate el virus de su resfriado.

Windham tosió y dijo:

—Stuart, creo que usted pudo decirle algo sobre nuestra liberación a su amigo kloro. No es tan audaz en su presencia como cuando ellos no están, ¿eh?

—Ya oyó lo que dijo esa criatura, coronel. Somos prisioneros de guerra, y el intercambio de prisioneros lo negocian los diplomáticos. Tendremos que esperar.

Leblanc, que se había puesto pálido al ver al kloro, se levantó y corrió hacia el excusado. Le oyeron vomitar.

Se hizo un incómodo silencio mientras Stuart pensaba qué decir para disimular ese desagradable sonido. Mullen intervino. Hurgaba en un pequeño estuche que había sacado de debajo de la almohada.

—Tal vez sea mejor que el señor Leblanc tome un sedante antes de acostarse. Tengo bastantes. Me alegrará ofrecerle uno. —De inmediato explicó su generosidad—: De lo contrario, quizá nos mantenga despiertos a todos.

—Muy lógico —asintió secamente Stuart—. Será mejor que guarde alguno para nuestro caballero andante. Guarde media docena. —Se acercó a Polyorketes, que todavía estaba despatarrado, y se arrodilló—. ¿Está cómodo el niño?

—Es de pésimo gusto hablar así, Stuart —protestó Windham.

—Bien, si tan preocupado está por él, ¿por qué usted y Porter no lo llevan a su catre?

Los ayudó a trasladarlo. Los brazos de Polyorketes temblaban de un modo errático. Por lo que Stuart sabía sobre las armas nerviosas de los kloros, el hombre debía de estar sufriendo un hormigueo insoportable.

—Y no lo traten con mucha suavidad —añadió—. Este zopenco pudo hacer que nos mataran a todos. ¿Y para qué?

Empujó el cuerpo, rígido a un lado y se sentó en el borde de la litera.

—¿Me oye, Polyorketes? —Los ojos del herido fulguraron. Intentó en vano alzar el brazo—. De acuerdo, pues. Escuche. No vuelva a intentar nada parecido. La próxima vez puede ser el fin para todos nosotros. Si usted hubiera sido un kloro y él un terrícola, ya estaríamos muertos. Así que métase una cosa en la mollera: lamentamos lo de su hermano y es una pena, pero fue únicamente culpa suya.

Polyorketes trató de moverse y Stuart lo contuvo. —No, siga escuchando. Tal vez ésta sea mi única oportunidad de hablarle y conseguir que me escuche. Su hermano no estaba autorizado para salir del recinto de pasajeros. No tenía a dónde ir. Se puso en medio de nuestra propia gente. Ni siquiera sabemos con certeza si lo mataron los kloros. Pudo ser uno de los nuestros.

—Oh, caramba, Stuart —objetó Windham.

Stuart se giró hacia él.

—¿Tiene pruebas de lo contrario? ¿Usted vio el disparo? ¿Pudo discernir, por lo que quedó del cuerpo, si era energía de los kloros o nuestra?

Polyorketes atinó a hablar, moviendo la lengua en un forzado y gangoso gruñido.

—Maldito canalla, defensor de bichos verdes.

—¿Yo? Sé qué está pensando, Polyorketes. Piensa que cuando pase la parálisis se desquitará propinándome una paliza. Pues bien, si lo hace, probablemente nos aíslen a todos con cortinas.

Se levantó y apoyó la espalda en la pared. Quedó así enfrente de todos ellos.

—Ninguno de ustedes conoce a los kloros como yo. Las diferencias físicas que ven no son importantes. Sí lo son las de temperamento. Ellos no comprenden nuestro modo de entender el sexo, por ejemplo. Para ellos es sólo un reflejo biológico, como el respirar. No le atribuyen importancia. Pero sí le dan importancia a los grupos sociales. Recuerden que sus ancestros evolutivos tenían mucho en común con nuestros insectos. Siempre dan por sentado que un grupo de terrícolas constituye una unidad social.

»Eso lo significa todo para ellos, aunque no sé exactamente cuál es el significado. Ningún terrícola puede entenderlo. Pero lo cierto es que nunca disgregan un grupo, así como nosotros no separamos a una madre de sus hijos si podemos evitarlo. Tal vez ahora nos estén tratando con dulzura porque suponen que nos sentimos deprimidos al haber muerto uno de los nuestros, y eso los hace sentirse culpables.

»Pero recuerden una cosa. Nos encarcelarán juntos y permaneceremos juntos mientras esto dure. No me agrada la idea. No los habría escogido como compañeros de cuarto y estoy seguro de que ustedes no me habrían escogido a mí. Pero así están las cosas. Los kloros no entenderían que estábamos juntos a bordo sólo por accidente.

»Eso significa que tendremos que aguantarnos unos a otros. Y no se trata de tonterías sobre avecillas que saben compartir el nido. ¿Qué creen que habría ocurrido si los kloros hubieran entrado antes y nos hubiesen sorprendido a Polyorketes y a mí tratando de matarnos? ¿No lo saben? Pues bien, ¿qué pensarían ustedes de una madre a la que sorprendieran tratando de matar a sus hijos?

«¿Comprenden? Nos habrían matado como a un grupo de pervertidos y monstruos. ¿Entendido? ¿Entendido, Polyorketes? ¿Capta la idea? Conque insultémonos si es preciso, pero dejemos las manos quietas. Y ahora, si no les importa, me daré un masaje en las manos; estas manos sintéticas que los kloros me dieron y que uno de mi propia especie intentó mutilar de nuevo.

 

Para Claude Leblanc había pasado lo peor. Se había estado sintiendo muy harto, hastiado de muchas cosas; pero hastiado sobre todo de haber tenido que abandonar la Tierra. Fue magnífico estudiar fuera de la Tierra. Resultó ser una aventura que le permitió alejarse de la madre. Se alegró de esa escapada tras el primer mes de tímida adaptación.

Y en las vacaciones estivales ya no era Claude, el timorato estudiante, sino Leblanc, viajero del espacio. Alardeaba de ello. Se sentía más hombre hablando de estrellas, de saltos en el espacio, de los hábitos y las condiciones de otros mundos; y le proporcionó coraje con Margaret. Ella lo amaba por los peligros que había afrontado...

Pero estaba enfrentándose al primer peligro real, y no lo sobrellevaba demasiado bien. Lo sabía, sentía vergüenza y lamentaba no ser como Stuart.

Aprovechó la excusa del almuerzo para abordarlo.

—Señor Stuart.

—¿Cómo se siente? —le preguntó él, lacónicamente.

Leblanc se sonrojó. Se sonrojaba fácilmente y el esfuerzo por evitarlo sólo empeoraba las cosas.

—Mucho mejor, gracias —respondió—. Es hora de comer. Le he traído su ración.

Stuart aceptó la lata que le ofrecían. Era una ración espacial corriente; sintética, concentrada, nutritiva e insatisfactoria. Se calentaba automáticamente al abrir la lata, pero se podía comer fría si era necesario. Aunque incluía un utensilio que combinaba la cuchara con el tenedor, la consistencia de la ración permitía utilizar los dedos sin ensuciarse más de la cuenta.

—¿Oyó usted mi pequeño discurso? —le preguntó Stuart.

—Sí, y quería decirle que puede contar conmigo.

—Muy bien. Ahora vaya a comer.

—¿Puedo comer aquí?

—Como guste.

Comieron un rato en silencio.

—Tiene usted mucho aplomo, señor Stuart —comentó al fin Leblanc—. Debe de ser maravilloso sentirse así.

—¿Aplomo? Gracias, pero ahí tiene usted a alguien con autentico aplomo.

Leblanc siguió sorprendido la dirección del ademán.

—¿El señor Mullen? ¿Ese hombrecillo? ¡Oh, no!

—¿No le parece seguro de sí mismo?

Leblanc negó con la cabeza. Miró fijamente a Stuart para asegurarse de que no le tomaba el pelo.

—Ese hombre es muy frío. No tiene emociones. Es como una pequeña máquina. Me resulta repulsivo. Usted es diferente, señor Stuart. Usted rebosa energía, pero se controla. Me gustaría ser así.

Como atraído por el magnetismo de una mención que no había escuchado, Mullen se reunió con ellos. Apenas había tocado su ración. La lata aún humeaba cuando se acuclilló ante ambos.

Habló con su habitual susurro furtivo:

—¿Cuánto cree que durará el viaje, señor Stuart?

—Lo ignoro, Mullen. Sin duda evitan las rutas comerciales habituales y darán más saltos que de costumbre en el hiperespacio para desorientar a los posibles perseguidores. No me sorprendería que durase una semana. ¿Por qué lo pregunta? Supongo que tendrá una razón muy lógica y muy práctica.

—Pues, sí, por cierto —asintió Mullen. Parecía impermeable a los sarcasmos—. He pensado que sería prudente racionar las raciones, por así decirlo.

—Tenemos comida y agua suficientes para un mes. Fue lo primero que investigué.

—Entiendo. En tal caso, me terminaré la lata.

Y eso hizo, manipulando delicadamente el utensilio y enjugándose los labios con el pañuelo, aunque los tenía limpios.

 

Polyorketes se levantó con esfuerzo un par de horas después. Se tambaleaba como víctima de una resaca alcohólica. No intentó acercarse a Stuart, pero sí habló dirigiéndose a él:

—Maldito espía de los verdes, vaya con cuidado.

—Ya oyó lo que le dije antes, Polyorketes.

—Le oí. Y también oí lo que dijo de Arístides. No me molestaré con usted, porque es sólo un saco de aire ruidoso. Pero espere, y algún día soplará usted más aire de la cuenta en la cara de alguien y le harán reventar.

—Esperaré —dijo Stuart.

Windham se aproximó cojeando y apoyándose en el bastón.

—Vamos, vamos —exhortó con una jadeante jovialidad que puso de relieve su angustia en vez de ocultarla—. Somos todos terrícolas, rayos. Tenemos que recordarlo. Debe ser nuestra luz inspiradora. No perdamos el temple ante esos malditos kloros. Tenemos que olvidar las rencillas personales y recordar que somos terrícolas unidos contra monstruos alienígenas.

Stuart hizo un comentario irreproducible.

Porter se hallaba detrás de Windham. Había estado hablando en privado durante una hora con el coronel calvo, y exclamó con indignación:

—Deje de hacerse el listo, Stuart, y escuche al coronel. Hemos estado analizando la situación.

Se había lavado la grasa de la cara, tenía humedecido el cabello y se lo había echado hacia atrás. Aun así, conservaba el tic en la comisura de la boca, y sus manos verrugosas no parecían más atractivas.

—De acuerdo, coronel —accedió Stuart—. ¿Qué tiene pensado hacer?

—Preferiría que todos los hombres estuviesen juntos —declaró Windham.

—De acuerdo, llámelos.

Leblanc se acercó deprisa; Mullen, con mayor lentitud.

—¿Quiere también a ese sujeto? —preguntó Stuart, señalando a Polyorketes con la cabeza.

—Vaya, pues sí. Señor Polyorketes, ¿puede usted acercarse?

—Bah, déjeme en paz.

—Continúe —le instó Stuart—, déjelo en paz. Yo no lo quiero aquí.

—No, no —se empeñó Windham—. Esto es para todos los terrícolas. Señor Polyorketes, le necesitamos.

Polyorketes rodó hasta el borde del catre.

—Estoy a suficiente distancia para oírle.

—¿Los kloros tendrán micrófonos en esta habitación? —le preguntó Windham a Stuart.

—No. ¿Para qué?

—¿Está seguro?

—Claro que estoy seguro. No sabían que Polyorketes me hubiera atacado. Oyeron el alboroto cuando la nave se puso a traquetear.

—Tal vez querían hacernos creer que no hay micrófonos en la habitación.

—Escuche, coronel, nunca he sabido de un kloro que mintiera a propósito...

—Ese bocazas ama a los kloros —dijo Polyorketes con calma.

—No empecemos con eso —medió Windham—. Mire, Stuart. Porter y yo hemos hablado del asunto y pensamos que usted conoce a los kloros lo bastante como para pensar en un modo de regresar a la Tierra.

—Pues se equivocan. No se me ocurre ningún modo.

—Tal vez haya alguna manera de arrebatarles la nave a esos canallas verdes —sugirió Windham—. Alguna debilidad que tengan. ¡Rayos, usted sabe a qué me refiero!

—Dígame, coronel, ¿qué le preocupa? ¿Su pellejo, o el bienestar de la Tierra?

—Me ofende esa pregunta. Aunque me interesa mi propia vida, como a cualquiera, pienso ante todo en la Tierra, ¿se entera usted? Y creo que eso vale para todos nosotros.

—En efecto —declaró Porter.

Leblanc parecía angustiado; Polyorketes, amargado. Mullen no tenía ninguna expresión.

—De acuerdo —aceptó Stuart—. Desde luego, no creo que podamos tomar la nave. Ellos están armados y nosotros no. Pero hay una cosa. Usted sabe por qué los kloros se hicieron con la nave intacta: porque necesitan naves. Son mejores químicos que los terrícolas, pero los terrícolas son mejores ingenieros astronáuticos. Tenemos naves de mayor tamaño y mejores, y en mayor cantidad. En realidad, si nuestra tripulación hubiera respetado los axiomas militares, habría hecho estallar la nave en cuanto los kloros se dispusieron a abordarla.

—¿Matando a los pasajeros? —preguntó Leblanc, horrorizado.

—¿Por qué no? Ya han oído las palabras del coronel. Cada uno de nosotros piensa más en los intereses de la Tierra que en su mezquina vida. ¿De qué le servimos a la Tierra con vida? De nada. ¿Cuánto daño causará esta nave en manos de los kloros? Muchísimo, probablemente.

—¿Por qué se negaron nuestros hombres a hacer estallar la nave? —Quiso saber Mullen—. Debían de tener una razón.

—La tenían. Es tradición de los militares terrícolas que nunca debe haber una proporción desfavorable de bajas. Si nos hubieran hecho estallar, habrían muerto veinte combatientes y siete civiles de la Tierra, con un total de cero bajas por parte del enemigo. Entonces, ¿qué? Les dejamos que nos asalten, matamos a veintiocho, pues estoy seguro de que hemos liquidado por lo menos a esa cantidad, y permitimos que se queden con la nave.

—Bla, bla, bla —se mofó Polyorketes.

—Esto tiene una moraleja —prosiguió Stuart—. No podemos quitarles la nave a los kloros, pero podríamos distraerlos y mantenerlos ocupados el tiempo suficiente para que uno de nosotros establezca un cortocircuito en los motores.

—¿Qué? —aulló Porter, y Windham, asustado, le hizo callar.

—Un cortocircuito —repitió Stuart—. Eso destruiría la nave, que es lo que todos deseamos, ¿no es cierto?

Los labios de Leblanc estaban blancos cuando musitó:

—No creo que eso funcionara.

—No lo sabremos si no lo intentamos. ¿Y qué podemos perder en el intento?

—¡La vida, demonios! —bramó Porter—. ¡Loco chiflado, ha perdido el juicio!

—Si estoy chiflado —replicó Stuart— y además loco, es una obviedad añadir que he perdido el juicio. Pero recuerden que si perdemos la vida, lo cual es muy probable, no perdemos nada valioso para la Tierra, mientras que al destruir la nave, lo cual también es probable, beneficiamos muchísimo a nuestro planeta. ¿Qué patriota vacilaría? ¿Quién antepondría su persona a su propio mundo? —Miró en torno—. Usted no, por supuesto, coronel Windham.

Éste carraspeó.

—Amigo mío, no se trata de eso. Debe de haber un modo de rescatar la nave sin perder la vida, ¿o no?

—Bien, dígalo usted.

—Pensemos todos en ello. Sólo hay dos kloros a bordo. Si uno de nosotros pudiera atacarlos...

—¿Cómo? El resto de la nave está llena de cloro. Tendríamos que usar un traje espacial. La gravedad de su sector de la nave está sintonizada en el nivel de su planeta, así que a quien le toque la china tendría que moverse asegurando sus pasos, con pesadez y lentitud. Oh, claro que podría atacarlos, igual que una mofeta que intentara moverse furtivamente a favor del viento.

—Entonces, desistiremos —se atrevió Porter, con voz trémula—. Escuche, Windham, no vamos a destruir la nave. Mi vida significa mucho para mí y, si alguno de ustedes intenta semejante cosa, avisaré a los kloros. Hablo en serio.

—Bueno —resumió Stuart—, nuestro héroe número uno.

—Yo deseo regresar a la Tierra —manifestó Leblanc—, pero...

Mullen lo interrumpió:

—No creo que nuestras probabilidades de destruir la nave sean buenas a menos que...

—Héroes dos y tres. ¿Qué dice usted, Polyorketes? Tendría la oportunidad de matar dos kloros.

—Quiero matarlos con mis manos —gruñó el granjero, agitando los puños—. En su planeta los mataré a docenas.

—Una promesa interesante y un poco arriesgada. ¿Y usted, coronel? ¿No quiere marchar conmigo hacia la muerte y la gloria?

—Su actitud es cínica e inconveniente, Stuart. Es obvio que si los demás se oponen su plan fracasará.

—A menos que lo ejecute yo mismo, ¿no?

—No hará tal cosa, ¿me oye? —se apresuró Porter.

—Por supuesto que no —convino Stuart—. No presumo de héroe. Soy sólo un patriota convencional, perfectamente dispuesto a ir a cualquier planeta al que me lleven y esperar allí el fin de la guerra.

 

—Claro que existe un modo de sorprender a los kloros —comentó Mullen pensativamente.

Nadie le habría prestado atención si Polyorketes no hubiera reaccionado. Lo señaló con su índice rechoncho, cuya uña estaba ennegrecida, y se rió roncamente.

—¡El señor contable! Un contable que pronuncia grandes discursos, como ese maldito espía de los verdes. Adelante, señor contable. Adelante con su perorata. Que las palabras rueden como un tonel vacío. —Se volvió hacia Stuart y repitió en un tono lleno de rencor—: ¡Un tonel vacío! Un tonel vacío y con manos inservibles. Sólo sirve para hablar.

Mullen no se hizo oír hasta que Polyorketes hubo terminado, pero luego dijo, dirigiéndose a Stuart:

—Podríamos atacarlos desde el exterior. Esta sala tiene un conducto C. Estoy seguro.

—¿Qué es un conducto C? —preguntó Leblanc.

—Bien... —comenzó Mullen, y se calló, desorientado.

—Es un eufemismo, muchacho —contestó Stuart con tono burlón—. El nombre completo es «conducto para cadáveres». Nadie los menciona, pero hay un conducto C en la sala principal de toda nave. Se trata de una pequeña cámara de presión por donde se expulsan los cadáveres. Sepultura en el espacio. Mucho gesto emocionado y mucho inclinar de cabeza mientras el capitán pronuncia uno de esos discursos que irritarían a Polyorketes.

Leblanc hizo una mueca de disgusto.

—¿Usar eso para salir de la nave?

—¿Por qué no? ¿Es usted supersticioso? Continúe, Mullen.

El hombrecillo había aguardado con paciencia.

—Una vez en el exterior, se puede volver a entrar en la nave por los tubos de vapor. Se puede hacer... con suerte. Y luego habría un visitante inesperado en la sala de control.

Stuart lo miró con curiosidad.

—¿Cómo se le ocurrió? ¿Qué sabe usted de tubos de vapor?

Mullen carraspeó.

—¿Se refiere a que estoy en el negocio de las cajas de papel? Bien... —Se ruborizó, aguardó un momento y comenzó de nuevo con voz neutra—. Mi compañía, que manufactura cajas de papel de fantasía y contenedores originales, tenía hace algunos años una línea de cajas de golosinas con forma de nave espacial para los niños. Estaban diseñadas de tal modo que al tirar de un cordel se perforaban unos contenedores de presión y salían chorros de aire comprimido por los tubos de vapor, haciendo estallar la caja y desparramando los dulces. La teoría comercial era que los niños disfrutarían jugando con la nave y recogiendo las golosinas.

»En realidad fue un fracaso total. La nave rompía platos y a veces golpeaba a otro niño en el ojo. Peor aún, los niños no sólo recogían las golosinas, sino que reñían por ellas. Fue nuestro peor fracaso. Perdimos montones de dinero.

»De todos modos, mientras se diseñaban las cajas, toda la oficina se interesó por el asunto. Era como un juego, muy perjudicial para la eficacia y para la moral laboral. Durante un tiempo todos fuimos expertos en tubos de vapor. Leí varios libros sobre construcción de naves. Pero en mi tiempo libre, no en horas de trabajo.

Stuart estaba fascinado.

—Parece una idea para un vídeo de aventuras —dijo—, pero podría funcionar si tuviéramos un héroe dispuesto. ¿Lo tenemos?

—¿Qué le parece usted mismo? —se indignó Porter—. Se está mofando de nosotros con sus sarcasmos baratos, pero no se ofrece como voluntario para nada.

—Porque no soy un héroe, Porter. Lo admito. Mi propósito es conservar el pellejo, y eso de deslizarse por tubos de vapor no me parece un modo de conservarlo. Pero ustedes son nobles patriotas. Eso dice el coronel. ¿Y si lo hiciera usted, coronel? Es nuestro héroe máximo.

—¡Rayos! —exclamó Windham—. Si yo fuera más joven, y si usted tuviera manos, me complacería propinarle una buena paliza.

—No lo dudo, pero no ha respondido a mi pregunta.

—Usted sabe muy bien que a mis años y con esta pierna —arguyó, dándose una palmada en la rodilla rígida—, no estoy en condiciones de hacer nada semejante, por mucho que lo deseara.

—Ah, claro —asintió Stuart—. Y yo tengo las manos inservibles, como me ha recordado Polyorketes. Nosotros dos nos salvamos. ¿Y qué desdichadas deformidades afligen al resto?

—Escuche —se impacientó Porter—, quiero saber de qué se trata. ¿Cómo se puede descender por los tubos de vapor? ¿Y si los kloros los utilizan mientras uno de nosotros está dentro?

—Vaya, Porter, eso forma parte de la diversión. ¿No tiene espíritu deportivo?

—Pero acabaría hervido como una langosta de mar en su concha.

—Una imagen bonita, aunque inexacta. El vapor sólo duraría un par de segundos y el aislamiento del traje resistiría. Además, el chorro de vapor sale a varios cientos de kilómetros por minuto, de modo que el hombre se encontraría fuera de la nave antes de que el vapor lo calentara siquiera. De hecho, sería despedido a varios kilómetros en el espacio, con lo cual quedaría a salvo de los kloros. Claro que no podría regresar a la nave. Porter sudaba a chorros.

—No me asusta ni por un minuto, Stuart.

—¿No? ¿Entonces se ofrece a ir? ¿Ha pensado en lo que significa quedar varado en el espacio? Se encuentra uno totalmente solo. El chorro de vapor quizá le deje girando a gran velocidad, pero no lo notará. Creerá estar inmóvil, sólo que las estrellas girarán y girarán hasta parecer estrías en el cielo. No pararán nunca. Ni siquiera servirán para detenerle. Luego, su calentador se apagará, el oxígeno se le agotará y morirá usted muy despacio. Tendrá tiempo de sobra para pensar. Si tiene usted prisa, siempre puede abrirse el traje. Eso tampoco será agradable. He visto el rostro de hombres a los que se les rasgó accidentalmente el traje, y le aseguro que es bastante horrendo. Pero sería más rápido. Después...

Porter dio media vuelta y se alejó temblando.

—Otro fracaso —bromeó Stuart—. Seguimos teniendo un acto de heroísmo aguardando al mejor postor, pero aún no aparece ninguna oferta.

Polyorketes habló entonces, masticando las palabras con voz áspera:

—Siga hablando, bocazas. Siga agitando ese tonel vacío. Pronto le haremos tragar los dientes. Creo que hay alguien que estaría dispuesto, ¿eh, señor Porter?

Porter miró a Stuart en confirmación de lo cierto del comentario de Polyorketes, pero no dijo nada.

—¿Y qué dice usted, Polyorketes? —lo provocó Stuart—. El hombre de los puños y las agallas. ¿Quiere que le ayude a ponerse el traje?

—Le pediré ayuda cuando la necesite.

—¿Y usted, Leblanc? —El joven se amilanó—. ¿Ni siquiera por volver con Margaret? —Leblanc negó con la cabeza—. ¿Mullen?

—Bien..., lo intentaré.

—¿Qué?

—Que sí, que lo intentaré. A fin de cuentas, fue idea mía

Stuart estaba anonadado.

—¿Habla en serio? ¿Por qué?

Mullen frunció los labios.

—Porque nadie más lo hará.

—Pero eso no es motivo. Y menos para usted.

Mullen se encogió de hombros.

Windham dio un bastonazo en el suelo y se acercó.

—¿De veras piensa ir, Mullen?

—Sí, coronel.

—En ese caso, qué diablos, déjeme estrecharle la mano. Me cae usted simpático. Es un..., un terrícola, por todos los cielos. Hágalo y triunfe o perezca, yo seré su testigo.

Mullen se zafó torpemente del vibrante apretón del coronel.

Y Stuart se quedó como paralizado. Se hallaba en una situación inusitada. Se hallaba, de hecho, en la más rara de todas las situaciones que pudiera imaginarse.

No tenía nada que decir.

 

La atmósfera de tensión quedó alterada. Al abatimiento y la frustración las reemplazó el estímulo de la conspiración. Hasta Polyorketes palpaba los trajes espaciales comentando con voz ronca cuál le parecía mejor.

Mullen presentó ciertos problemas. El traje le quedaba grande aun después de haber ceñido al máximo las articulaciones ajustables. Ya sólo faltaba atornillarle el casco. Movió el cuello.

Stuart sostenía el casco con esfuerzo. Era pesado y sus manos de artiplasma no podían asirlo con vigor.

—Rásquese la nariz si le pica —dijo—. Va a ser su ultima oportunidad por un tiempo. —No añadió «quizá para siempre», aunque lo pensó.

—Tal vez sea mejor que lleve otro cilindro de oxígeno más —apuntó Mullen.                                      

—De acuerdo.

—Con una válvula reductora.

Stuart movió la cabeza afirmativamente.

—Entiendo. Si sale despedido de la nave, podría tratar de regresar usando el cilindro como motor de reacción.

Le pusieron el casco y le sujetaron el cilindro de repuesto a la cintura. Polyorketes y Leblanc subieron a Mullen hasta la abertura del conductor C. El interior aparecía ominosamente oscuro, pues el revestimiento metálico se hallaba pintado de negro, el color del luto. Stuart creyó detectar un aroma desagradable, pero sabía que era cosa sólo de su imaginación.

Interrumpió la operación cuando Mullen estaba medio metido ya en el conducto. Golpeó el visor del hombrecillo.

—¿Me oye?

El otro asintió con la cabeza.

—¿El aire entra bien? ¿Ningún problema?

Mullen alzó el brazo en señal de aprobación.

—Recuerde, no use la radio del traje. Los kloros podrían captar las señales.

Retrocedió a regañadientes. Las manos robustas de Polyorketes bajaron a Mullen hasta que se oyó el ruido de las suelas de acero contra la válvula externa. La compuerta interna giró y se cerró con estremece-dora contundencia, y el borde biselado de silicio se ajustó como con un suspiro. Echaron los cierres.

Stuart se plantó ante el interruptor que controlaba la compuerta externa. Lo movió y el medidor que indicaba la presión de aire del tubo bajó a cero. Un punto de luz roja advirtió de que la compuerta externa se hallaba abierta. Luego, la luz se apagó, la compuerta se cerró y la aguja del medidor se volvió a elevar despacio a siete kilos.

Abrieron de nuevo la compuerta interna y vieron el tubo vacío.

—¡El pequeño hijo de perra! —exclamó Polyorketes—. ¡Se fue! —Miró asombrado a los demás—. Un tío tan pequeño y con tantas agallas.

—Bien —dijo Stuart—, será mejor que nosotros nos preparemos. Existe la posibilidad de que los kloros hayan detectado la apertura y el cierre de las compuertas. En tal caso, vendrán a investigar y tendremos que encubrirlo.

—¿Cómo? —quiso saber Windham.

—No verán a Mullen. Diremos que está en el cuarto de baño. Los kloros saben que una característica de los terrícolas es que no les gustan las intrusiones en el excusado, así que no lo comprobarán. Si podemos distraerlos...

—¿Y si esperan o si revisan los trajes espaciales? —interrumpió Porter.

Stuart se encogió de hombros.

—Esperemos que no. Y escuche, Polyorketes, no arme un revuelo cuando entren.

—¿Estando ese hombre ahí fuera? —gruñó Polyorketes—. ¿Qué cree que soy? —Miró a Stuart sin hostilidad y se rascó vigorosamente el pelo rizado—. ¡Y yo que me reía de él! Pensaba que era un blando. Me da vergüenza.

Stuart carraspeó y dijo:

—Escuche, yo he estado diciendo cosas poco oportunas, ahora que lo pienso. Me gustaría aclarar que lo lamento.

Se giró malhumorado y caminó hacia su catre. Oyó pasos, sintió que le tocaban la manga y se dio la vuelta. Era Leblanc.

—No dejo de pensar en que el señor Mullen es un hombre mayor —murmuró el joven.

—Bien, no es un chiquillo. Creo que tiene cuarenta y cinco o cincuenta años.

—¿Cree usted, señor Stuart, que tendría que haber ido yo? —preguntó Leblanc—. Soy el más joven. No me gusta la idea de haber permitido que un hombre mayor fuera en mi lugar. Me hace sentir muy mal.

—Lo sé. Será horroroso si él muere.

—Pero se ofreció voluntario. Nadie lo obligó, ¿verdad?

—No trate de eludir la responsabilidad, Leblanc. No le hará sentirse mejor. Cualquiera de nosotros tenía motivos más fuertes que él para correr el riesgo.