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Henry,
el camarero suave y funcional del banquete mensual de los Viudos Negros,
llenó la copa de agua del invitado de la noche como si supiera de
antemano que dicho invitado estaba buscando en el bolsillo de la camisa un
pequeño frasco de píldoras. El
invitado levantó la vista. —Gracias,
camarero, aunque las píldoras son tan pequeñas que pueden pasar bien,
por así decirlo. Miró
alrededor de la mesa y suspiró. —¡Edad
avanzada! En nuestra época moderna no se nos permite llegar a viejos y
libres. Los doctores siguen el mecanismo en detalle e insisten en fijarse
en las grasas. Mi presión sanguínea está un poco alta y tengo una sístole
extra ocasional, de modo que tomo esta pequeñita píldora anaranjada
cuatro veces al día. Geoffrey
Avalon, quien se sentó inmediatamente al otro lado de la mesa, sonrió
con el aire de superioridad de un hombre moderadamente preocupado por la
edad y que se mantenía en buena forma con un vigoroso sistema de
gimnasia, y dijo: —¿Qué
edad tiene, señor Smith? —Cincuenta
y siete. Con el cuidado apropiado, mi doctor supone que viviré una vida
normal. Los
ojos de Emmanuel Rubin brillaron, magnificados detrás de sus gruesos
anteojos, mientras decía: —Dudo
que haya un americano que llegue a la edad media en estos días y que no
tenga que acostumbrarse a un régimen de píldoras de una clase u otra. Yo
tomo zinc, vitamina E y unas pocas cosas más. James
Drake asintió y dijo con su voz suave a través del humo de su
cigarrillo. —Tengo
una caja de píldoras con arreglo especial para una semana, para mantener
las dosis diarias con corrección. De ese modo puedo controlar si he
tomado la segunda píldora de una clase en especial. Si aún está en el
compartimiento del viernes, suponiendo que el día sea viernes, entonces
no la he tomado. —Tomo
solamente —dijo Smith— esta clase de píldora, lo que simplifica las
cosas. Compré un suplemento semanal tres años atrás, veintiocho en
total, por indicación de mi doctor. Estaba francamente escéptico, pero
me ayudaron tremendamente y convencí a mi doctor que las prescribiera en
frascos de a mil. Cada domingo por la mañana, pongo veintiocho en mi
frasco original, el que llevo a todas partes y todo el tiempo, y el que aún
utilizo. Sé todo el tiempo cuántas debería tener; en este momento deberían
quedarme cuatro, habiendo tomado la vigésimo cuarta de la semana, y eso
tengo. En tres años, he olvidado una píldora sólo dos veces. —Aún
no he llegado —dijo Rubin altivamente— a ese grado de senilidad que
necesite algún dispositivo nemotécnico. —¿No?
—preguntó Mario Gonzalo, recogiendo el último trozo de baba al ron—.
¿A qué grado de senilidad has llegado? Roger
Halsted, quien era el anfitrión del banquete de esa noche, se anticipó a
la réplica de Rubin, diciendo rápidamente: —Hay
una cuestión interesante planteada aquí. Como una creciente cantidad de
personas se rellenan con químicos, debe haber cada vez menos con tejidos
químicamente no-alterados. —Ninguno
—gruñó Thomas Trumbull—. La comida que tomamos está llena de
aditivos. El agua que bebemos tiene purificantes químicos. El aire que
respiramos está medio polucionado de alguna cosa u otra. Si pudiera
analizar la sangre humana con cuidado, probablemente podría decirse dónde
vivió, lo que come, y las medicinas que ingiere. Smith
asintió. Su corto cabello dejaba ver prominentes orejas, algo de lo que
había tomado nota Gonzalo en la realización de la caricatura del
invitado de la noche. Ahora, Smith se rascaba una de ellas, con aire
pensativo. —Tal
vez se pueda almacenar el patrón detallado de la sangre de cada persona
en algún ordenador. Entonces si todo lo demás fallara, la sangre podría
ser la identificación. El patrón sería ingresado en el ordenador, que
lo compararía con todas las que están en la memoria y en minutos dirá,
en una pantalla, ‘El hombre que tiene aquí es John Smith de Fairfield,
Connecticut’ y te podrás poner de pie e inclinarte ante él. —Si
puedes ponerte de pie e inclinarte —dijo Trumbull—, puedes ponerte de
pie e identificarte. ¿Por qué molestarse con un patrón de sangre? —¿Oh,
sí? —dijo Smith en tono grave. Escuchen
—dijo Halsted—, no nos metamos en esto. Henry está sirviendo el
brandy y es tiempo del asado. Jeff, ¿te haces cargo de tu tarea? —Estaré
complacido —dijo Avalon en su tono más solemne. Frunciendo
sus pobladas y grises cejas sobre sus ojos, Avalon dijo, con afabilidad: —¿Y
cómo, exactamente, justifica su existencia, señor Smith? —Bueno
—dijo Smith, con buena disposición—, heredé un buen negocio. Lo llevé
bien, lo vendí con provecho, invertí con inteligencia, y ahora vivo
retirado anticipadamente en un elegante lugar de Fairfield, de una viuda
con dos hijos grandes, independientes. Ni trabajo ni hilo como las lilas
del campo, mi justificación es mi belleza y el modo en que ilumina el
paisaje —una sonrisa de burla cruzó su agradable rostro feo. —Supongo
—dijo Avalon con indulgencia— que podemos pasar eso. La belleza está
en el ojo del espectador. ¿Es John Smith su nombre? —Y
puedo probarlo —dijo Smith con rapidez—. Nombre su veneno. Tengo mi
tarjeta, una licencia de conducir, un surtido de tarjetas de crédito,
algunas cartas personales dirigidas a mí, una tarjeta de biblioteca, y
algo más. —Estoy
aceptando su palabra, señor, pero se me ocurre que con un nombre como
John Smith debe encontrar frecuentemente señales de cínico
descreimiento, de los empleados de hotel, por ejemplo. ¿Tiene una inicial
intermedia? —No,
señor, soy solamente eso. Mis padres sintieron que cualquier modificación
del gran cliché arruinaría la grandeza. No negaré que hubo algunas
ocasiones en que estuve tentado de decir mi nombre como Eustace
Bartholomew Wasservogel, pero el sentimiento pasa. Soy uno de los Smith, y
de toda la tribu, variedad John, allí me quedo. Avalon
se aclaró la garganta sonoramente. —Y
aun así, señor Smith —dijo—, siento que usted tiene razones para
sentirse molesto con su nombre. Ante la sugerencia hecha por Tom, en lugar
de decir su nombre y hacer innecesaria toda esa identificación, usted ha
reaccionado en un claro tono de molestia. ¿Ha tenido alguna ocasión
especial en la que no haya podido identificarse? —Déjeme
adivinar que así fue —dijo Trumbull—. Su ansiedad en demostrar su
capacidad de probar su identidad muestra que hubo algún fallo en el
pasado y que duele. Smith
pasó la mirada alrededor de la mesa, asombrado. —Buen
Dios, ¿Se nota tanto? —No,
John, claro que no —dijo Halsted—, pero este grupo ha desarrollado un
sexto sentido para los misterios. Te dije cuando aceptaste mi invitación
que si estabas escondiendo un esqueleto en el armario, ellos te lo harían
decir. —Y
te dije, Roger —dijo Smith—, que no tenía misterios en mi vida. —¿Y
el asunto de imposibilidad de probar su identidad? —dijo Rubin. —Fue
una pesadilla más que un misterio —dijo Smith—, y es algo que se me
ha pedido no mencionar. —Cualquier
cosa —dijo Avalon— que se mencione entre las cuatro paredes de un
banquete de los Viudos Negros representa una comunicación privilegiada.
Siéntase libre. —No
puedo —Smith hizo una pausa—. Miren, no sé de qué se trata. Creo que
fui confundido con alguien alguna vez cuando visitaba Europa, y después
que salí de la pesadilla fui visitado por alguien de... por alguien, y me
pidió que no hablara sobre ello. Aunque, puesto a pensar, hay un misterio
de alguna clase. —Ah
—dijo Avalon—, ¿y qué pudo haber sido? —No
sé realmente cómo salí de la pesadilla —dijo Smith. —Díganos
qué sucedió —dijo Gonzalo, que parecía complacido y animado—, y le
apuesto que le diremos cómo salió de ella. —No
recuerdo bien... —comenzó Smith. El
rostro fruncido de Trumbull, después de haber intentado fulminar a
Gonzalo, se volvió hacia Smith. —Entiendo
estas cosas, señor Smith —dijo—. Suponga que omite el nombre del país
involucrado y las fechas exactas, y cualquier otra cosa identificable. Cuéntenos
la historia como salida de las Noches de Arabia, si la pesadilla se
sostiene sin los detalles peligrosos. —Creo
que sí —dijo Smith—, pero seriamente, caballeros, si el asunto
involucra la seguridad nacional... y puedo imaginar de qué modo lo haría...
¿cómo puedo estar seguro de todos son confiables? —Si
confías en mí, John —dijo Halsted—, responderé por el resto de los
Viudos Negros, incluso, por supuesto, Henry, nuestro estimado camarero. Henry,
parado junto al aparador, sonrió gentilmente. Smith
estaba visiblemente tentado. —No
digo que no me gustaría sacar esto de mi pecho... —Si
eliges no hacerlo —dijo Halsted—, me temo que el banquete termina. Los
términos de la invitación eran que debías responder todas las preguntas
con la verdad. Smith
rió. —También
dijiste que no me preguntarían nada que me humillara o que pudiera
perjudicarme... pero será a tu manera. »Estaba
visitando Europa el año pasado —dijo Smith—, y no añadiré datos
sobre ubicación ni fecha. Recientemente había enviudado, un poco perdido
sin mi esposa, y bastante determinado a retomar los hilos de mi vida otra
vez. No había sido un viajero antes de mi retiro y estaba ansioso de
remediarlo. »Viajé
solo y era un turista. Nada más que eso. Quiero acentuar eso con total
veracidad. No estaba al servicio de ningún órgano del gobierno... y eso
es cierto para cualquier gobierno, no sólo el mío, ni oficial ni
extraoficialmente. Tampoco estaba allí para reunir información para
ninguna organización privada. Era un turista y nada más, y tan inocente
que supongo que era demasiado esperar no meterme en problemas. »No
podía hablar el idioma del país pero eso no me molestaba. No sé hablar
ningún idioma excepto el inglés, y tengo la actitud habitual del
provinciano al pensar que es suficiente. Siempre habría alguien,
dondequiera que estuviera, que hablara inglés. Y como comentario al
margen, probé que eso es siempre así. El
hotel donde estaba alojado era cómodo en apariencia, aunque tenía un
aire tan extraño que supe que no me sentiría como en casa, pero en ese
momento no esperaba sentirme en casa. Ni siquiera podía pronunciar su
nombre, aunque eso no me molestaba. »Solamente
me quedé para acomodar mi equipaje y entonces salí, hacia los grandes
espacios donde podía conocer gente. »El
hombre en el mostrador, el conserje o comoquiera se llamara, hablaba una
versión rara de inglés, pero con un poco de pensamiento se podía
entender. Obtuve de él una lista de atracciones turísticas, algunos
restaurantes recomendados, un mapa simplificado de la ciudad (no en inglés
por lo que dudé si me serviría), y algunas afirmaciones sobre cuán
segura era la ciudad y cuán amigables sus habitantes. »Imagino
que los europeos están siempre ansiosos de impresionar a los americanos,
que se sabe que viven en peligro. En el siglo XIX pensaban que cada ciudad
americana estaba ante el inminente peligro de una masacre india; en la
primera mitad del siglo XX, cada una estaba llena de pistoleros de
Chicago; y ahora estaban llenas de asaltantes. De modo que estuve paseando
alegremente por la ciudad. —¿Solo?
¿Sin conocer el idioma? —dijo Avalon, con desaprobación manifiesta—.
¿Qué hora era? —Las
sombras de la noche eran arrojadas por una mano cósmica y usted está en
lo cierto en lo que indica, señor Avalon. Las ciudades nunca son seguras
como promulgan sus propagandistas, y eso es lo que averigüé. Pero comencé
muy animado. El mundo estaba lleno de poesía y lo estaba disfrutando. »Había
letreros de todo tipo sobre los edificios y se iluminaban las vidrieras en
defensa de la noche. Ya que yo no podía leer ninguno, me ahorraba su
total insipidez. »Las
personas eran amigables. Si les sonreía, me devolvían la sonrisa.
Algunos decían algo, supongo un saludo, y les volvía a sonreír, con un
gesto de la cabeza o la mano. Era hermoso, una noche apacible y yo estaba
absolutamente eufórico. »No
sé cuánto tiempo caminé ni que tan lejos fui antes de darme cuenta de
que estaba perdido, pero aun así, no me molestó. Entré en una taberna
para preguntar cómo llegar al restaurante donde había decidido ir y cuyo
nombre había memorizado meticulosamente. Dije el nombre, y señalé
vagamente en diversas direcciones, encogiendo mis hombros para tratar de
indicar que había perdido el camino. Algunos me rodearon y uno me preguntó
en un adecuado inglés si yo era americano. Le respondí que sí, lo que
tradujo a su vez a los demás, jubiloso, y pareció complacerles. »Dijo,
‘No vemos muchos americanos por aquí’. Entonces comenzaron a estudiar
mis ropas, el corte de mi cabello, y a preguntar de dónde venía.
Trataron de pronunciar ‘Fairfield’ y me ofrecieron un trago. Canté
‘Barras y Estrellas’ porque parecía que ellos esperaban que lo
hiciera, y fue una verdadera fiesta de amistad. Tomé un trago con el estómago
vacío, y después de eso las cosas se volvieron más amorosamente
festivas. »Me
dijeron que el restaurante que buscaba era demasiado caro, y no muy bueno,
y que debería comer allí mismo, y que ellos ordenarían por mí y que la
casa invitaba. Eran manos cruzando el océano, era construir puentes, ¿entienden?,
y dudo que me hubiese sentido más feliz después de la muerte de Regina.
Tomé uno o dos tragos más. »Y
entonces, después de eso, mi memoria se detuvo hasta que me encontré en
la calle otra vez. Estaba bastante oscuro, muy frío. No se veía a nadie
por allí, no tenía idea de dónde estaba, y la única idea que tenía
era un dolor de cabeza. »Me
senté en un umbral y me di cuenta, aun antes de sentirlo, que mi
billetera había desaparecido. Y mi reloj de pulsera, mis lapiceras... de
hecho, los bolsillos de mis pantalones estaban vacíos así como los de mi
chaqueta. Había sido drogado y atropellado por mis queridos amigos de
allende el mar, y ellos probablemente me habían llevado en un coche hacia
un lugar distante en la ciudad, y me habían arrojado. »El
dinero faltante no era importante. Mi principal caudal estaba seguro en el
hotel. Pero no tenía un centavo en ese momento, no sabía dónde estaba,
no recordaba el nombre del hotel, me sentía aturdido, enfermo y
dolorido... y necesitaba ayuda. »Busqué
un policía o cualquiera que tuviera uniforme. Si hubiera encontrado un
barrendero, o un conductor de autobús, me hubiera guiado o, mejor aun,
llevado a una estación de policía. »Encontré
un policía. Realmente, no fue difícil. Eran, creo, numerosos y
deliberadamente visibles en esa ciudad en particular. Y fui llevado hasta
la estación de policía, en algo equivalente a un patrullero, creo. Mi
memoria tiene puntos de bruma. »Cuando
comencé a recordar con mayor claridad, estaba sentado en un banco en lo
que suponía era la estación de policía. Nadie me prestaba mucha atención
y mi dolor de cabeza estaba un poco mejor. »Un
hombre bastante bajo con un enorme bigote entró, se puso a conversar con
el hombre detrás del mostrador, y se acercó a mí. Parecía un tanto
indiferente, pero para mi alivio hablaba inglés y bastante bien, aunque
tenía un acento británico desconcertante. »Le
acompañé hasta una habitación lúgubre, gris y deprimente, y comenzó
el interrogatorio. Ése fue el interrogatorio de pesadilla, aunque el
interrogador estuvo en todo momento educado, aunque distante. Me dijo su
nombre pero no lo recuerdo. Honestamente, no puedo. Comenzaba con una V,
de modo que lo llamaré ‘Ve’ si lo menciono. »Me
dijo, ‘Usted dice que su nombre es John Smith’. »‘Sí’. »No
es que hubiera sonreído. Dijo, ‘Es un nombre muy común en los Estados
Unidos, creo, y es frecuentemente adoptado por quienes quieren eludir una
investigación’. »‘Es
adoptado frecuentemente porque es común’, le dije, ‘¿por qué no
puedo ser uno de los cientos de miles que lo llevan?’ »‘¿Tiene
una identificación?’ »‘He
sido robado. Entré a presentar una queja...’ »Ve
levantó una mano y lanzó unos chistidos a través de su bigote. ‘Su
queja ha sido registrada, pero no tengo nada que hacer con esta gente de
aquí. Solamente se aseguraron de que usted no estuviera herido y enviaron
por mí. Ellos no le han investigado ni interrogado. No es su trabajo.
Ahora, ¿tiene una identificación?’ »Con
cansancio, y tranquilamente, le dije lo que había sucedido. »‘Entonces’,
dijo, ‘no tiene nada que pruebe su afirmación de que usted es John
Smith de Fairfield, Connecticut’. »‘¿Quién
más podría ser?’ »‘Es
lo que nos gustaría averiguar. Usted dice que fue maltratado en una
taberna. Dígame la dirección, por favor’. »‘No
la sé’. »‘El
nombre’. »‘No
lo sé’. »‘¿Qué
estaba haciendo allí?’ »‘Ya
le dije. Estaba caminando por la ciudad...’ »‘¿Solo?’ »‘Sí,
solo. Ya se lo dije’. »‘¿Dónde
comenzó?’ »‘En
mi hotel’ »‘¿Y
tiene una identificación allí?’ »‘Claro
que sí. Mi pasaporte y mis pertenencias están todas allí’. »‘¿El
nombre del hotel?’ »Hice
una mueca. Hasta para mí mismo la respuesta era demasiado. ‘No lo
recuerdo’, dije en voz baja. »‘¿La
dirección?’ »‘No
la sé’. »Ve
suspiró. Me miró desde muy cerca y pensé que sus ojos eran tristes,
pero podía ser solamente miopía. »Me
dijo, ‘La cuestión básica es: ¿Cuál es su nombre? Debemos tener
alguna identificación o esto se convierte en un asunto serio. Permítame
explicarle, señor Blanco. Nada me obliga, pero no amo cada faceta de mi
trabajo y dormiré mejor si me aseguro de que usted entienda que está en
gran peligro. »Mi
corazón comenzó a correr. No soy joven. No soy héroe. No soy corajudo.
Dije, ‘¿Pero por qué? Soy una persona maltratada. He sido drogado y
robado. Vine hasta la policía voluntariamente, enfermo y perdido,
buscando ayuda...’ »Otra
vez, Ve levantó la mano, —¡Tranquilo!
¡Tranquilo! Algunos aquí hablan algo de inglés y es mejor mantener esto
entre los dos por ahora. Las cosas pueden ser como usted las describe, o
no. Usted en un ciudadano americano. Mi gobierno tiene razones para temer
de los americanos. Esa, finalmente, es nuestra posición oficial.
Esperamos un agente americano de gran habilidad en penetrar nuestras
fronteras en una misión muy peligrosa.’ »‘Eso
significa, siguió diciendo, que cualquier extranjero americano, cualquier
americano encontrado en circunstancias sospechosas, y en la semana que
corre, será informado inmediatamente a mi departamento. Sus
circunstancias fueron sospechosas para comenzar, y se han vuelto más
sospechosas a medida que lo he interrogado.’ »Lo
miré horrorizado. ‘¿Cree que soy un espía? Si lo fuera, ¿habría
venido a la policía así?’ »‘Usted
puede no ser el espía, pero puede ser un espía. Hay personas que piensan
eso. Incluso yo veo una posibilidad.’ »‘Pero
ninguna clase de policía vendría a la policía...’ »‘¡Por
favor! Le haré el favor de escuchar, puede ser usted una distracción. Si
juega ajedrez sabrá lo que quiero decir cuando digo que usted puede ser
sacrificado. Es enviado para confundirnos y distraernos, ocupando nuestro
tiempo y esfuerzo, mientras el verdadero trabajo es realizado en cualquier
otro lugar.’ »Le
dije, ‘Pero no ha funcionado, si eso es lo que se supone que sea. Usted
no está confundido ni distraído. Nadie puede ser engañado por algo tan
tonto como esto. No es un sacrificio razonable, por tanto no es un
sacrificio de ninguna clase. Lo que le estuve diciendo es toda la verdad. »Ve
suspiró. ‘Entonces, ¿cuál es su nombre?’ »
‘John Smith. Pregúnteme un millón de veces y seguirá siendo mi
nombre.’ »‘Pero
no puede probarlo. Mire’, dijo, ‘tiene dos alternativas. Una es
convencerme de alguna manera razonable que me está diciendo la verdad.
Afirmaciones simples, aunque elocuentes, son insuficientes. Debe haber
evidencia. ¿Tiene algo con su nombre? ¿Algo material que pueda
mostrarme? »‘Ya
le dije’, le respondí desesperado, ‘me han robado.’ »
‘Si eso falla’, dijo como si no hubiese escuchado mi afirmación,
‘asumiré que usted está aquí para cumplir alguna función para su país
que no será del interés de mi país, y que será interrogado con eso en
mente. No será mi trabajo, me alegra decirlo, pero los que interrogarán
serán mucho más persistentes y pacientes. Deseo que no hubiera sido de
esta manera, pero cuando la seguridad nacional está en riesgo...’ »Estaba
en absoluto pánico. Tartamudeando, dije, ‘Pero no puedo decir lo que no
sé, no importa cómo me interrogue.’ »‘Si
es así, finalmente quedarán convencidos, pero usted no quedará muy
bien. Y estará en prisión ya que no será muy político dejarle ir en
esas condiciones. Si su país tiene éxito en lo que puede estar
intentando hacer, en este país estarán furiosos y usted será,
seguramente, víctima de eso y recibirá una larga sentencia. Su país no
podrá interceder por usted. Ni lo intentará. »Grité,
‘¡Eso es injusto! ¡Eso es injusto!’ »‘La
vida es injusta’, dijo Ve, tristemente. ‘Su propio presidente Kennedy
lo dijo.’ »‘Pero,
¿qué debo hacer?’, farfullé. »Él
dijo, ‘Convénzame de que su historia es verdad. ¡Muéstreme algo! ¡Recuerde
algo! Pruebe que su nombre es John Smith. Lléveme a la taberna; mejor aun
al hotel. Muéstreme su pasaporte. Deme algo, aunque sea pequeño, para
comenzar, y tendré la fe suficiente en usted para intentar el resto, con
cierto riesgo por mi parte, debo agregar.’ »‘Lo
aprecio, pero no puedo. Estoy desamparado. No puedo.’ Estaba
balbuceando. Todo lo que podía pensar era que enfrentaba la tortura y una
prisión prolongada por el crimen de haber sido drogado y robado. Era más
de lo que podía afrontar y me desmayé. Lo siento. No fue una acción
heroica, pero ya les dije que no soy un héroe. —No
sabe lo que le pusieron en su trago en la taberna —dijo Halsted—.
Usted estaba medio envenenado. No era usted mismo. —Es
muy amable al decirlo, pero la perspectiva de tortura y prisión por nada
era algo que no podía enfrentar con estoicismo en uno de mis mejores días. »Lo
siguiente que recuerdo es que estaba acostado con la vaga sensación de
ser manipulado. Creo que algunas de mis ropas habían sido quitadas. »Ve
me estaba mirando con la misma expresión de tristeza en el rostro. Me
dijo, ‘Lo siento. ¿Desea algo de brandy?’ »Recordé.
La pesadilla había regresado. Sacudí mi cabeza. Todo lo que quería era
convencerle de mi absoluta inocencia en todo. Dije, ‘¡Escuche! Debe
creerme. ¡Todo lo que dije es verdad! Yo...’ »Puso
su mano sobre mi hombro y lo sacudió. ‘¡Deténgase! ¡Le creo!’ »Lo
miré, estúpidamente. ‘¡Qué!’ »‘Dije
que le creo. Para comenzar, nadie que ha sido enviado a realizar una tarea
como esa puede interpretar un absoluto terror de esa manera tan
convincente, en mi opinión. Pero es solamente mi opinión. Puede no ser
convincente para mis superiores y es posible que no debiera haber actuado.
De todos modos, nadie puede ser tan estúpido como usted ha probado serlo
sin ser lo suficientemente estúpido para entrar en una taberna extraña
tan confiadamente y haber olvidado el nombre del hotel,’ »‘Pero,
no entiendo.’ »
‘¡Ya es suficiente! He perdido mucho tiempo. Debería dejarlo en manos
de la policía, a decir verdad, pero no deseo abandonarlo aún. Sobre la
taberna y los ladrones, no puedo hacer nada. Tal vez en otro momento y por
otra queja. Pero busquemos su hotel. Dígame cualquier cosa que recuerde,
la decoración, la posición de la conserjería, el color del cabello del
hombre allí, dónde había flores. Vamos señor Smith, ¿qué clase de
calle era donde estaba? ¿Había negocios? ¿Tenía portero? ¿Algo? »Me
pregunté si era una especie de trampa, pero no vi alternativa sino
responder las preguntas. Traté de recordar todo como estaba cuando entré
en el hotel la primera vez, menos de doce horas antes. Hice lo mejor que
pude en describir y él me apresuraba, preguntando más pronto que lo que
podía responder. »Miró
las rápidas notas que había tomado y susurró a otro oficial, y que
estaba en el lugar aunque no le vi entrar, tal vez un experto en hoteles.
El recién llegado asintió, comprendiendo, y le devolvió el susurro. »Ve
dijo, ‘Muy bien, entonces. Creo que sabemos de qué hotel se trata, de
modo que nos vamos. Cuanto más pronto encuentre su pasaporte, todo será
mejor.’ »Salimos
en un coche oficial. Me senté allí, temeroso y aprensivo, temiendo que
fuera otra artimaña para romper mi espíritu ofreciéndome una esperanza,
solamente para destrozarla metiéndome a prisión, en cambio. Dios sabe
que mi espíritu no necesitaba romperse. ¿Y qué si me llevaban a un
hotel, y no era el mío, me escucharían lo que tuviera que decirles? »Llegamos
a un hotel, de todos modos. Me encogí de hombros desvalido cuando Ve me
preguntó si era ése. ¿Cómo podía decirles si no lo recordaba? Y temí
asegurar algo que podía resultar un error. »Pero
era el hotel correcto. El conserje de la noche no me conocía, por
supuesto, pero estaba el registro de una habitación para un John Smith de
Fairfield. Subimos hasta mi habitación y miramos mi equipaje, mi
pasaporte, mis papeles. Era suficiente. »Ve
estrechó mi mano y dijo en voz baja, ‘Una palabra de consejo, señor
Smith. Salga de país rápidamente. Haré mi informe y lo exoneraré, pero
si las cosas se ponen peores en algunos días, alguien puede decidir que
usted debería ser arrestado otra vez. Será mejor que esté fuera de la
frontera.’ »Le
agradecí, y jamás tomé el consejo de nadie con tanto entusiasmo en toda
mi vida. Pagué el hotel, tomé un taxi hasta la estación más próxima,
y creo que no respiré hasta cruzar la frontera. »Hasta
este día, no sé de qué se trató todo eso, si los Estado Unidos tenían
realmente el proyecto de espiar en camino en ese país en ese momento, o
si tuvieron éxito o fracasaron. Como dije, alguien me pidió que no
dijera nada acerca de todo el asunto, de modo que supongo que las
suposiciones del gobierno de Ve eran más o menos justificadas. »En
todo caso, nunca planee volver a ese país en particular. —Fue
afortunado, señor Smith —dijo Avalon—. Ya veo lo que quiere decir
cuando dijo que estaba desorientado por el final. Ve, como usted le llama,
dio un giro repentino ¿no es así? —No
lo creo —intervino Gonzalo—. Creo que le tuvo simpatía todo el
tiempo, señor Smith. Cuando usted se desmayó, llamó a algún superior,
lo convenció de que era un pobre idiota en problemas, y le dejó ir. —Puede
ser —dijo Drake, que fuera su desmayo lo que le convenció. Si realmente
fuera un agente sabría los riesgos que corría, y estaría más o menos
preparado para ellos. De hecho, él lo dijo, ¿verdad? Dijo que usted no
podía simular el temor de modo convincente y que por ello usted era lo
que decía ser, o algo por el estilo. —Si
ha contado la historia detalladamente, señor Smith —dijo Rubin—, debo
pensar que Ve no le tiene simpatía al régimen, o no habría tenido apuro
en que usted saliera del país. Creo que tiene una buena oportunidad de
ser purgado, o que ya lo ha sido en este momento. —Odio
estar de acuerdo contigo, Manny —dijo Trumbull—, pero lo estoy. Creo
que el fallo de Ve en retener a Smith puede haber sido el colmo. —Eso
no me hace sentir muy bien —murmuró Smith. Roger
Halsted empujó la taza de café a un lado y colocó los codos sobre la
mesa. Dijo seriamente: —Escuché
los hechos desnudos de la historia antes de que usted la contara, y estuve
pensando en ellos y creo que hay más. Además, y si todos están de
acuerdo, debe estar mal. Se
volvió hacia Smith. —Me
dijiste, John, que este Ve era un hombre joven. —Bueno,
me pareció de unos treinta años. —Entonces
bien —dijo Halsted—, si un hombre bastante joven está en la policía
secreta, no debiera estar satisfecho y debería planear ascender de cargo.
No correría riesgos ridículos por nada. Si fuera un hombre viejo, podría
recordar los tiempos antiguos del régimen y no tener ninguna simpatía
por el nuevo gobierno, pero... —¿Cómo
sabes —preguntó Gonzalo— que este Ve no era un agente doble? Tal vez
por eso es que nuestro gobierno no quiere que Smith vaya contando el
asunto. —Si
Ve fuera doble agente —dijo Halsted—, entonces, considerando su posición
en la inteligencia del gobierno de allí, sería enormemente valioso para
nosotros. Razón de más para no arriesgarse a por una sonsera. Sospecho
que había más que una simpatía en esto. Debió haber pensado en algo
que realmente autenticaba la historia de John. —Algunas
veces pienso que así fue —dijo Smith malhumorado—. Sigo pensando en
su afirmación después de salir de mi desmayo respecto de que yo era
demasiado estúpido para ser culpable. Nunca explicó esa afirmación. —Espere
un minuto —dijo Rubin—. Después que salió de su desmayo, dijo que se
sentía desarreglado. Mientras usted estaba así, ellos revisaron su ropa,
muy cuidadosamente, se dieron cuenta de que eran de confección
americana... —¿Eso
qué probaría? —interrumpió Gonzalo desdeñoso—. Un espía americano
puede vestir ropa americana tanto como cualquier idiota americano. Sin
ofender, señor Smith. —No
hay problema —dijo Smith—. Además, las ropas que vestía fueron
compradas en París. —Me
pregunto —dijo Gonzalo— si le preguntó por qué pensaba que usted era
un estúpido. —Quiere
decir que si le dije —resopló Smith—, ‘Oiga, tipo vivo, ¿a quién
está diciendo estúpido?’ No, no lo dije, o nada parecido. Solamente
contuve la respiración. —Los
comentarios acerca de su estupidez, señor Smith —dijo Avalon—, no
debieran tomarse a la letra. Ha dicho varias veces que usted no era usted
mismo durante esos momentos tan difíciles. Después de haber sido
drogado, podría muy bien parecer estúpido. En todo caso, no creo que
podamos saber los secretos del cambio de opinión de Ve. Sería suficiente
aceptarlo y no cuestionar los favores de la fortuna. Es suficiente que
usted haya salido a salvo de la boca del león. —Bueno,
espera —dijo Gonzalo—. No hemos preguntado la opinión de Henry aún. Smith
se vio muy asombrado. —¿El
camarero? —y en voz más baja—. No me di cuenta de que estaba
escuchando. ¿Entiende que todo esto es confidencial? —Es
un miembro del club —dijo Gonzalo—, y nuestro mejor hombre. Henry, ¿puedes
entender el cambio de actitud de Ve? —No
deseo ofender al señor Smith —dijo dudando—. No le llamaría estúpido,
pero puedo ver por qué ese oficial extranjero, Ve, pensaba así. Hubo
una agitación general alrededor de la mesa. Smith, con frialdad, preguntó: —¿Qué
quiere decir, Henry? —Usted
dijo que los eventos de la pesadilla tuvieron lugar en algún momento del
año pasado. —Correcto
—dijo Smith. —Y
dijo que sus bolsillos habían sido revisados. ¿Estaban completamente vacíos? —Por
supuesto —dijo Smith. —Pero
eso es claramente imposible. Usted dijo que aún llevaba el frasco
original de píldoras, y que lo había llevado todo el tiempo y en todo
lugar, y por eso supongo que lo tenía cuando viajó y que aún lo tenía
cuando entró a la taberna... y que aún lo tenía cuando salió de la
taberna. —Bueno,
sí, tiene razón —dijo Smith—. Estaba en el bolsillo de mi camisa
como siempre. Tanto porque no lo vieron o no lo quisieron. —Usted
no dijo nada acerca de eso en el curso de la historia que nos contó —Nunca
se me ocurrió. —De
modo que supongo que tampoco le dijo a Ve sobre él —dijo Henry. —Mire
—dijo Smith, enfadado—, no pensé en él. Pero aunque lo hubiera
hecho, no hubiera mencionado el asunto. Podrían haberlo usado para
inventar un cargo de posesión de drogas y así justificar mi encierro. —Sería
cierto si pensara solamente en las píldoras, señor —dijo Henry. —¿En
qué otra cosa hay que pensar? —En
el envase —dijo Henry suavemente—. Las píldoras son recetadas por
prescripción médica y usted dijo que era el frasco original. ¿Podemos
verlo, señor Smith? Smith
lo sacó del bolsillo de su pantalón, lo miró, y dijo con vehemencia: —¡Maldición! —Exactamente
—dijo Henry—. En la etiqueta adherida al frasco por el farmacéutico
debería estar impreso el nombre de la farmacia y la dirección,
probablemente en Fairfield, y su nombre debería aparecer también, con
las indicaciones para el uso. —Tiene
razón. —Y
después de que usted estuviera negando tener una identificación, aun
ante la amenaza de tortura, Ve miró en sus bolsillos mientras usted
estaba inconsciente, y encontró exactamente lo que le había estado
pidiendo. —No
me asombra que haya pensado que soy un estúpido —dijo Smith, sacudiendo
la cabeza—. Fui un estúpido. Realmente me siento mal. —Y
ahora tiene una explicación —dijo Henry— de algo que lo ha
desconcertado por un año, y eso debería hacerle sentir bien. |
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| Postfacio | ||||||
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Esta
es otra historia para la que acepté el título de Fred y descarté el mío.
La había titulado ‘What’s my Name’ y me pareció que ‘Can
you prove it?’ (¿Puede probarlo?) tiene más encanto. Hay
cierto aire de hostilidad en ¿Puede probarlo? que aumenta instantáneamente
la tensión, aun antes de comenzar la historia. Incidentalmente,
esta historia, como El Conductor, sostiene la tensión en el hecho
de que el mundo tiene dos súper potencias que se han enfrentado durante
cuarenta años con armas de destrucción sin paralelo y que una guerra
entre ambas significaría la pérdida (tal vez irreversible) de toda la
humanidad. Es
por esa razón que odio escribir historias que se refieran a la
confrontación, y aun leer sobre ella. Me da la impresión de que todo lo
que sirve para aumentar el odio y la sospecha solamente aumenta la
posibilidad de que, sea por furia o por error de cálculo, alguien
presione el botón rojo. Y
por eso, algunas veces, las exigencias de la conspiración me obligan a
hacerlo, y entonces mientras releo la historia no puedo dejar de pensar,
sarcásticamente, que con el cambio de unas pocas palabras, con una
sustitución aquí y allá, de mínima importancia, la historia pudo muy
bien ser escrita por alguien del otro lado... Y eso es bastante triste,
también. La
historia apareció en el ejemplar del 17 de junio de 1981 de EQMM. |
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