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Soy
un robot. Mi nombre es Cal. Tengo un número de registro. Es CL-123X, pero
mi dueño me llama Cal. La
X en mi número de registro significa que soy un robot especial para mi
dueño. Él me ha pedido y ayudó en mi diseño. Tiene un montón de
dinero. Es un escritor. No
soy un robot complicado. Mi dueño no quiere un robot complicado. Quiere
uno que esté tras él, que encienda su impresora, acomode sus discos y
todo eso. Él
dice que no le responda y que haga justo lo que me pide. Él dice que eso
está bien. Algunas
veces él recibe gente que le ayuda. Ellos sí le responden. Algunas veces
no hacen lo que les pide. Se pone muy enojado con la cara roja. Entonces
me pide que haga algo y lo hago. Y dice, “Gracias al cielo, tú haces lo
que se te pide”. Por
supuesto que hago lo que se me dice. ¿Qué más puedo hacer? Quiero que
mi dueño se sienta bien. Si boca se alarga y le dice a eso ‘sonrisa’.
Me toca el hombro y dice, “Bien, Cal. Bien”. Me
gusta cuando dice “Bien, Cal. Bien”. Le
digo a mi dueño, “Gracias. Me haces sentir bien, también”. Y
se ríe, me gusta cuando se ríe porque significa que se siente bien, pero
es un sonido extraño. No entiendo cómo lo hace o por qué. Le pregunto y
me responde que se ríe cuando algo es gracioso. Le
pregunto si lo que dije es gracioso. Él
dice, “Sí, lo es”. Es
gracioso porque digo que me siento bien. Dice que los robots realmente no
se sienten bien. Dice que solamente los dueños humanos se sienten bien.
Él dice que los robots tienen conexiones positrónicas en sus cerebros
que trabajan más fácilmente cuando siguen órdenes. No
sé que son las conexiones cerebrales positrónicas. Dice que son algo
dentro de mí. Le
digo, “Cuando las conexiones cerebrales positrónicas trabajan mejor, ¿se
hace todo más suave y fácil para mí? ¿Es por eso que me siento
bien?” Entonces
pregunto, “Cuando un dueño se siente bien, ¿es porque algo dentro de
él trabaja más fácilmente?” Mi
dueño mueve la cabeza y dice, “Cal, eres más listo de lo que
pareces”. Tampoco
sé qué significa eso, pero mi dueño parece complacido conmigo y eso
hace que mis conexiones cerebrales positrónicas trabajen más fácilmente,
y me hace sentir bien. Pregunto si puedo decir eso. Él
dice, “Puedes decir lo que se te antoje, Cal”. Lo
que yo quiero es ser un escritor como mi dueño. No entiendo por qué
tengo este sentimiento, pero mi dueño es un escritor y ayudó en mi diseño.
Es posible que su diseño me haga sentir que quiero ser un escritor. No
entiendo por qué tengo este sentimiento porque no sé qué es un
escritor. Le pregunto a mi dueño qué es un escritor. Sonríe
otra vez. “¿Por qué lo quieres saber, Cal?”, me pregunta. —No
lo sé —digo—. Es que tú eres un escritor y quiero saber qué es eso.
Pareces tan feliz cuando estás escribiendo y si te hace tan feliz me hará
feliz a mí también. Tengo un sentimiento... No
encuentro palabras para él. Pienso un poco y él me espera. Todavía sonríe. —Quiero
saber porque eso me hará sentir mejor si conozco. Soy... Soy... —Tú
eres curioso, Cal —dice él. —No
sé qué significa esa palabra —respondo. —Quiere
decir que quieres saber porque quieres saber —y continúa—: Escribir
es hacer una historia. Cuento acerca de gente que hace diferentes cosas, y
que les suceden diferentes cosas. —¿Cómo
averiguas lo que les sucede? —Yo
hago que les sucedan, Cal. No son gente real. No son sucesos reales. Los
imagino, acá. Señala
su cabeza. No
comprendo y pregunto cómo los hace, pero se ríe y dice: —Tampoco
lo sé. Solamente los hago —dice—, Escribo misterios. Historias de crímenes.
Cuento acerca de gente que hace cosas malas, que hiere a otra gente. Me
siento muy mal cuando escucho eso. —¿Cómo
puedes hablar de herir personas? Eso nunca debe ocurrir. —El
ser humano no está controlado por las tres leyes de la robótica. Los dueños
humanos pueden herir a otros humanos si lo desean. —Eso
está mal —le digo. —Así
es —me dice—. En mis historias, las personas que hieren son
castigadas. Son colocadas en prisión y mantenidas allí para que no
puedan herir a las personas. —¿Les
gusta la prisión? —pregunto. —Claro
que no. No debería. El miedo a la prisión les obliga a hacer menos cosas
dañinas que las que hacen. —Pero
la prisión es mala también —le digo—. Si hace que las personas se
sientan mal. —Bueno
—dice mi dueño—, ésa es la razón porque no puedes escribir
misterios e historias de crímenes. Pienso
en ello. Debe haber una manera de escribir historias en las cuales las
personas no hacen daño. Me gustaría hacer eso. Quiero ser un escritor.
Me gustaría hacer eso. Quiero ser un escritor. Quiero muy mucho ser un
escritor. Mi
dueño tiene tres Escritores diferentes para escribir sus historias. Uno
es muy viejo, pero dice que lo tiene porque tiene un valor sentimental. No
sé qué es un valor sentimental. No me gusta preguntar. No utiliza la máquina
para sus historias. Puede ser que valor sentimental signifique que no debe
ser utilizado. No
me ha dicho que no la use. No le pregunto si la puedo usar. Si no le
pregunto y él no me dice que no debo, entonces no estoy desobedeciendo si
la uso. En
la noche él está durmiendo y los otros dueños humanos que están
algunas veces se han ido. Hay otros dos robots que tiene mi dueño que son
más importantes que yo. Hacen trabajos más importantes. Esperan en sus
nichos durante la noche mientras no les den algo que hacer. Mi
amo no dijo, “Quédate en tu nicho, Cal”. Algunas
veces no lo hace porque no soy tan importante, y entonces me puedo mover
por allí de noche. Puedo mirar el Escritor. Presionas las teclas y hace
palabras y entonces las palabras son puestas sobre papel. Miro al dueño,
así sé cómo presionar las teclas. Las palabras se ponen solas en el
papel. No tengo que hacerlo. Presiono
las teclas pero no entiendo las palabras. Me siento mal después de un
rato. El dueño puede no gustarle aunque no me haya dicho que no lo haga. Las
palabras son impresas sobre papel y en la mañana se lo muestro a mi dueño. —Lo
siento. Estuve utilizando el Escritor. Él
mira el papel. Entonces me mira. Frunce el ceño. —¿Tú
has hecho esto? —pregunta. —Sí,
dueño. —¿Cuándo? —Anoche. —¿Por
qué? —Quiero
mucho escribir. ¿Es esto una historia? Sostiene
el papel y sonríe. —Son
letras al azar, Cal. Esto es un galimatías. No
parece enfadado. Me siento mejor. No sé qué es un galimatías. —¿Es
una historia? —No,
no lo es —me dice—. Y es una suerte que el Escritor no puede ser dañado
por maltrato. Si realmente quieres escribir te diré lo que haré. Te
reprogramaré así puedes saber cómo usar un Escritor. Dos
días más tarde llegó un técnico. Es un humano que sabe cómo hacer
para que los robots hagan mejores trabajos. Mi dueño me dice que el técnico
es quien me armó, y mi dueño ayudó. No lo recuerdo. El
técnico escucha a mi dueño con atención. —¿Por
qué quiere hacer esto, señor Northrop? Señor
Northrop es como otros dueños le dicen a mi dueño. —Ayudé
en el diseño de Cal, recuerde —dice mi dueño—. Creo que le he puesto
el deseo de ser escritor. No fue intencional, pero como lo desea siento
que debería ayudarle. Se lo debo. —Eso
es tonto —dice el técnico—. Aún cuando hayamos puesto
accidentalmente un deseo de escribir ése no es trabajo de robot. —Es
lo mismo —dice mi dueño—. Quiero que lo haga. —Será
costoso, señor Northrop —dice el técnico. Mi
dueño frunce el ceño. Parece enfadado. —Cal
es mi robot —dice—. Haré como me plazca. Tengo el dinero y lo quiero
de esa manera. El
técnico parece enfadado también. —Si
eso es lo que quiere, muy bien. El cliente es quien manda. Pero será más
costoso que lo que usted piensa porque no podemos ponerle el conocimiento
de cómo usar el Escritor sin mejorar una buena cantidad su vocabulario. —Bien
—dice mi dueño—. Mejore su vocabulario. Al
siguiente día el técnico regresa con montones de herramientas. Abre mi
pecho. Es una sensación desagradable. No me gusta. Se mete dentro. Creo
que apaga mi unidad de energía, o la quita. No recuerdo. No veo nada, ni
pienso nada, ni sé nada. Entonces
pude ver y pensar y saber otra vez. Pude ver que el tiempo había pasado,
pero no supe cuánto tiempo. Pensé
un rato. Era extraño, pero sabía cómo usar el Escritor y parecía que
comprendía más palabras. Por ejemplo, supe lo que galimatías
significaba, y era una vergüenza pensar que le había mostrado un galimatías
a mi dueño creyendo que era una historia. Tendría
que hacerlo mejor. Esta vez no tuve aprensión -ahora sé lo que significa
aprensión también- no tuve aprensión de que me prohibiera usar el viejo
Escritor. Después de todo, no me habría rediseñado para ser capaz de
utilizarlo si después me lo iba a prohibir. Se
lo dije. —Dueño,
¿significa que puedo utilizar el escritor? Me
dijo: —Puedes
hacerlo cuando quieras, Cal, mientras no tengas otras tareas. Debes
mostrarme lo que escribas. —Por
supuesto, dueño. Estaba
claramente asombrado porque pienso que esperaba más galimatías (¡qué
palabra tan fea!) pero creo que no las tendrá más. No
escribí una historia inmediatamente. Tuve que pensar acerca de qué
escribir. Supongo que esto es lo que el dueño quiso decir cuando dijo que
tenía que hacer una historia. Encontré
que era necesario pensar acerca de ello primero y entonces escribir lo que
había pensado. Era mucho más complicado que lo que había imaginado. Mi
dueño notó mi preocupación. Me preguntó: —¿Qué
estás haciendo, Cal? Le
dije: —Estoy
tratando de hacer una historia. Es trabajo duro. —¿Lo
estás logrando, Cal? Bien. Obviamente tu reorganización no sólo ha
mejorado tu vocabulario, sino que parece haber intensificado tu
inteligencia. Le
dije: —No
estoy seguro del significado de intensificar. —Significa
que pareces más listo. Parece que sabes más. —¿Eso
de desagrada, dueño? —Para
nada. Me complace. Puede hacer más posible el que escribas historias, y
que aún cuando te canses de intentarlo, serás más útil para mí. Pensé
que sería maravilloso ser más útil al dueño, pero no comprendí acerca
del significado de cansarme de intentar escribir. Yo no me iba a cansar de
escribir. Finalmente,
tuve una historia en mi mente, y le pregunté a mi dueño cuándo sería
el momento apropiado para escribirla. Él
dijo: —Espera
hasta la noche. Entonces no te cruzarás en mi camino. Podemos dejar una
pequeña luz en la esquina donde el viejo Escritor está ubicado; y tú
puedes escribir tu historia. ¿Cuánto tiempo crees que te tomará? —Sólo
un momento —dijo, sorprendido—. Puedo trabajar el Escritor muy rápido. Mi
dueño dijo: —Cal,
trabajar el Escritor, no está... —Entonces se detuvo, pensó un poco, y
dijo—: no, sigue adelante y hazlo. Aprenderás. No trataré de darte
consejo. Él
tenía razón. Trabajar con el Escritor, no estaba todo allí. Pasé casi
toda la noche tratando de escribir la historia. Es muy difícil decidir qué
palabra viene después de cuál. Tuve que borrar la historia varias veces
y recomenzar. Era muy bochornoso. Finalmente,
estuvo terminada, y aquí está. La retuve después de escribirla porque
era la primera historia jamás escrita por mí. No eran galimatías. |
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El
Intruuso |
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por Cal [1] |
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Había
un detectibe llamado Cal, que era muy buen detectibe y muy corajudo. Nada
lo amedrentaba. Imajina su sorpresa cuando una noche escuchó un intruuso
dentro de la casa de su dueño. Fue hasta la oficina de escrivir. Había
un intruuso. Había entrado a travéz de la bentana. Tenía un bidrio
roto. Eso fue lo que Cal, el bravo detectibe, había escuchado con su buen
oído. Él
dijo: —Detente,
intruuso. El
intruuso se detubo y se veía atemorizado. Cal se sintió mal porque el
intruso se viera atemorizado. Cal
dijo: —Mira
lo que has hecho. Has roto la bentana. —Sí
—dijo el intruuso, muy abergonzado—. No quise romper la bentana. Cal
era muy inteligente y vio el error en la afirmación del intruuso. Dijo: —¿Cómo
esperabas entrar si no era rompiendo la bentana? —Pensé
que estaría abierta —dijo—. Traté de abrirla y se rompió. Cal
dijo: —¿Qéu
significa lo que has hecho? ¿Por qué querrías entrar en esta habitación
si no es tu habitación? Eres un intruuso. —No
quise causar ningún daño —dijo. —Eso
no es así, ya que si no querís causar daño no debías estar aquí
—dijo Cal—. Debes ser castijado. —Por
favor, no me castijes —dijo el intruuso. —Yo
no te castijaré —dijo Cal—. No deseo causarte infelicidad o dollor.
Llamaré a mi dueño. Él
llamó: —¡Dueño!
¡Dueño! El
dueño llegó velos. —¿Qué
tenemos aquí? —preguntó. —Un
intruuso —dije—. Le he caturado y está para que le castijes. Mi
dueño miró al intruuso. Dijo: —¿Estás
arrepentido de lo qeu has hecho? —Lo
estoy —dijo el intruuso. Lloraba y le caía agua de los ojos de la
manera en que les cae a los dueños cuando están tristes. —¿No
lo harás nunca otra ves? —dijo mi dueño. —Nunca.
Nunca lo haré otra ves —dijo el intruuso. —En
ese caso —dijo el dueño—, ya tienes castijo suficiente. Vete y asegúrate
de no hacerlo otra ves. Entonces
el dueño dijo: —Eres
un buen detectibe, Cal, estoy orgulloso de ti. Cal
estaba muy contento por complacer al dueño. |
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|
Fin |
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Estaba
muy complacido de la historia y se la mostré al dueño. Estaba seguro de
que estaría complacido también. Estuvo
más que complacido ya que mientras la leía sonreía. Incluso rió un par
de veces. Entonces me miró y preguntó: —¿Escribiste
esto? —Sí,
lo hice, dueño. —Quiero
decir, todo tú solo. ¿No copiaste nada? —La
hice en mi propia cabeza, dueño —dije—. ¿Te gusta? Rió
de nuevo, un poco estruendoso. —Es
interesante —dijo. Yo
estaba un poco ansioso. —¿Es
graciosa? —pregunté—. No sé cómo hacer cosas graciosas. —Lo
sé. Cal. No es graciosa intencionalmente. Pensé
en eso por unos momentos. Entonces pregunté: —¿Cómo
puede algo ser gracioso sin intención? —Es
difícil de explicar, pero no te preocupes. En primer lugar, no puedes
deletrear, y eso es una sorpresa. Hablas tan bien ahora que automáticamente
asumí que podías deletrear palabras, pero es obvio que no puedes. No
podrás ser un buen escritor a menos que puedas deletrear las palabras
correctamente, y utilizar buena gramática. —¿Cómo
puedo hacer para deletrear palabras correctamente? —No
tienes que preocuparte por eso, Cal —dijo mi dueño—. Te proveeremos
de un diccionario. Pero dime, Cal. En tu historia, Cal es... tú... ¿verdad? —Sí.
—Estaba complacido de que lo hubiese notado. —Mala
idea. No querrás ponerte en una historia para decir cuán grandioso eres.
Eso ofende al lector. —¿Por
qué, dueño? —Porque
sí. Parece que tendré que darte un consejo, pero será tan breve
como sea posible. No se acostumbra la auto alabanza. Además no debes decir
cuán grandioso eres, debes mostrar cuan grandiosos eres en lo que
haces. Y no uses tu propio nombre. —¿Es
una regla? —Un
buen escritor puede romper cualquier regla, pero tú eres un principiante.
Atente a las reglas y lo que te he dicho es un par de ellas. Te encontrarás
con muchas, muchas más si sigues escribiendo. También, Cal, tendrás
problemas con las tres leyes de la robótica. No puedes asumir que los
maleantes lloren y se avergüencen. Los seres humanos no son así. Deben
ser castigados algunas veces. Siento
que mis conexiones positrónicas están ásperas. Digo: —Eso
es difícil. —Lo
sé. También, no hay misterio en la historia. No es que tenga que haber,
pero piensa que es mejor que lo haya. ¿Qué tal si tu héroe, a quien
habrás llamado de otra manera y no Cal, no sabe si es un intruso o no? ¿Cómo
podría darse cuenta? Mira, tiene que usar su cabeza —y mi dueño señaló
la suya. No
pude entenderle. Mi dueño dijo: —Te
diré algo. Voy a darte algunas de mis historias para que leas, después
de haberte colocado un diccionario de palabras y de gramática, y verás
lo que quiero decirte. El
técnico vino a la casa y dijo: —No
hay problemas en instalar un diccionario de palabras y de gramática. Le
costará más dinero. Sé que no le interesa lo del dinero, pero dígame
por qué está tan interesado en hacer de este trozo de acero y titanio un
escritor. Pensé
que no estaba bien que él me dijese trozo de acero y titanio, pero por
supuesto los dueños humanos pueden decir lo que quieran. Siempre hablan
de nosotros los robot como si no estuviéramos allí. He notado eso también. Mi
dueño dijo: —¿Has
escuchado alguna vez acerca de un robot que quería ser escritor? —No
—dijo el técnico—. Puedo decir que nunca lo escuché, señor Northrop. —¡Ni
yo tampoco! Ni nadie que yo conozca. Cal es único, y quiero estudiarlo. El
técnico sonrió muy ancho -sonrió ampliamente, es mejor. —No
me diga que tiene en mente que él será capaz de escribir sus historias
por usted, señor Northrop. Mi
dueño dejó de sonreír. Enderezó su cabeza y miró al técnico hacia
abajo muy enojado. —No
sea tonto. Haga solamente lo que le pago. Pienso
que el dueño hizo sentir mal al técnico por lo que había dicho, pero no
sé por qué. Si mi dueño me pide escribir sus historias será un placer
hacerlo. Otra
vez, no sé cuánto tiempo le llevó al técnico hacer el trabajo cuando
volví un par de días después. No recuerdo nada de eso. Entonces,
de repente, mi dueño estaba hablándome. —¿Cómo
te sientes, Cal? Dije: —Me
siento bien. Gracias, señor. —¿Qué
tal las palabras? ¿Puedes deletrear? —Conozco
las combinaciones de letras, sire. —Muy
bien. ¿puedes leer esto? —Me alcanzó un libro. En la cubierta decía:
Los Mejores Misterios de J. F. Northrop. Dije: —¿Son
estas sus historias, señor? —Por
supuesto, si alguna vez las quieres leer, puedes hacerlo. Nunca
antes había sido capaz de leer fácilmente, pero ahora apenas miré las
palabras pude escucharlas en mi oído. Era sorprendente. No podía
imaginar cómo no podía hacerlo antes. —Gracias,
señor —dije—. Leeré esto y estoy seguro de que me ayudará con mi
escritura. —Muy
bien. Y me sigues mostrando lo que escribas. Las
historias del dueño eran muy interesantes. Tenía un detective que
siempre comprendía los asuntos y otros que resolvían los enigmas. No
siempre comprendía cómo podía ver la verdad de un misterio y tuve que
leer algunas de las historias una y otra vez muy lentamente. Algunas
veces no podía comprenderlas aunque las leyera lentamente. Otras veces lo
hice. Y me pareció que podía escribir una historia como las del señor
Northrop. Esta
vez pasé un largo tiempo trabajándola en mi cabeza. Cuando creí que la
tenía, escribí lo siguiente: |
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El
Centavo Reluciente |
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|
por
Euphrosyne Durando |
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Calumet
Smithson sentado en su sillón, con los ojos de águila atentos y las
aletas de su aguileña nariz palpitantes, trataba de encontrar la pista de
un nuevo misterio. Dijo: —Bien,
señor Wassell, cuénteme su historia otra vez desde el principio. No
omita nada, ya que uno no puede decir cuándo un pequeño detalle puede
ser o no de mayor importancia. Wassell
era propietario de un importante negocio en la ciudad, y empleaba muchos
robots y seres humanos. Wassell
lo hizo, pero no había nada sorprendente en los detalles y fue capaz de
resumir de esta manera: —Lo
que interesa, señor Smithson, es que estoy perdiendo dinero. Alguno de
mis empleados está tomando para sí pequeñas sumas aquí y allá. Las
cantidades no son importantes, cada una, pero es como una pérdida
permanente de aceite en una máquina, o el goteo de agua de una canilla
defectuosa, o el rezumar de sangre de una pequeña herida. Con el tiempo,
puede incrementarse y ser peligrosa. —¿Está
actualmente en peligro de perder su negocio, señor Wassell? —Aún
no. Pero de todos modos no me gusta perder dinero. ¿Y a usted? —Claro
que no —dijo Smithson—, no me gusta. ¿Cuántos robots emplea en su
negocio? —Veintisiete,
señor. —Y
todos ellos son confiables, supongo. —Sin
ninguna duda. No pueden robar. Aún así, le he preguntado a cada uno si
han tomado dinero y dijeron que no. Por supuesto, los robots tampoco
pueden mentir. —Está
usted en lo cierto —dijo Smithson—. Es muy útil saber acerca de los
robots. Son honestos, hasta la médula. ¿Y qué de los humanos que
emplea? ¿Cuántos de ellos hay allí? —Empleo
diecisiete, pero de estos solamente cuatro pueden estar robando. —¿Por
qué? —Los
otros no trabajan dentro del local. Estos cuatro, sí. Cada uno tiene la
ocasión, ahora y antes, de manejar algo de efectivo, y sospecho que lo
sucedido es que uno de ellos ha logrado transferir algún activo desde la
compañía a su cuenta privada de manera tal que no es rastreado fácilmente. —Ya
veo. Sí, desafortunadamente es verdad que los humanos puedan robar. ¿Ha
presentado esta situación a los sospechosos? —Sí,
lo hice. Todos niegan tal actividad, pero, por supuesto, los seres humanos
pueden mentir también. —Pueden
hacerlo. ¿Alguno pareció inquieto cuando era interrogado? —Todos.
Pudieron ver que yo era un hombre furioso que podía despedir a todos,
inocentes o culpables. Podrían tener problemas para encontrar otro empleo
si los despido por una razón como esta. —Entonces
eso no puede hacerse. No deberíamos castigar al inocente por el culpable. —Tiene
usted razón —dijo el señor Wassell—. No podría hacerlo. ¿Pero
puedo determinar cuál es el culpable? —¿Hay
alguno de ellos que tenga un historial dudoso, que haya sido despedido
anteriormente bajo circunstancias poco claras? —Realicé
algunas averiguaciones, señor Smithson, y no encontré nada sospechoso en
ninguno de ellos. —¿Está
alguno de ellos especialmente necesitado de dinero? —Pago
buenos salarios. —Estoy
seguro de ello, pero tal vez uno de ellos tiene algún gusto caro que hace
a ese ingreso insuficiente. —No
encontré evidencia de eso, aunque, para estar seguro, si alguno necesita
dinero por alguna perversa razón, lo mantendría en secreto. Nadie quiere
ser considerado maligno. —Tiene
mucha razón —dijo el gran detective—. En ese caso tendré que
enfrentarme con los cuatro hombres. Los interrogaré. —Sus ojos
destellaron—. Llegaremos hasta el final de este misterio, no tema.
Dispongamos el encuentro para esta tarde. Deberemos encontrarnos en el
comedor de la compañía, con alguna comida y una botella de vino, para
que los hombres se sientan completamente relajados. Esta tarde si es
posible. —Lo
arreglaré —dijo el señor Wassell entusiasmado. Calumet
Smithson se sentó a la mesa y observó a los cuatro hombres con cuidado.
Dos de ellos eran bastante jóvenes y de cabello oscuro. Uno de ellos tenía
un importante bigote. Ninguno era muy buen mozo. Uno, señor Foster, otro
señor Lionell. El tercero era algo obeso y de ojos pequeños. Era el señor
Mann. El cuarto era alto y tenía una manera de hacer sonar sus nudillos
nerviosamente. Era el señor Ostrak. Smithson
parecía estar un poco nervioso mientras interrogaba a cada hombre. Sus
ojos de águila se estrecharon mientras miraba fijamente a los cuatro
sospechosos y jugaba con un cuarto brillante que apareció casualmente
entre los dedos de su mano derecha. Smithson
dijo: —Estoy
seguro de que cada uno de ustedes está conciente de lo terrible que es
robarle a un empleador. Todos
estuvieron de acuerdo. Smithson
golpeó con el cuarto brillante sobre la mesa, pensativo. —Uno
de ustedes, estoy seguro, está a punto de quebrarse bajo el peso de la
culpa, y pienso que lo hará antes de que la velada termine. Pero ahora,
debo telefonear a mi oficina. Saldré unos minutos. Por favor, tomen
asiento y espérenme, no hablen unos con otros, ni se miren. Dio
un último golpecito con el cuarto, y, sin prestar atención a la moneda,
salió. Regresó en unos diez minutos. Miró
a cada uno y dijo: —No
hablaron ni se miraron, espero. Hubo
un asentir con las cabezas en general
como si estuvieran temerosos de hablar. —Señor
Wassell —preguntó el detective—. ¿Asegura usted que ninguno habló? —Absolutamente
ninguno. Solamente nos sentamos aquí quietos y esperamos. Ni siquiera nos
miramos. —Bien.
Ahora pediré a cada uno de ustedes cuatro que muestre lo que tiene en sus
bolsillos. Por favor, lo colocan en un montón delante de sí. La
voz de Smithson era tan convincente, y sus ojos tan brillantes que ninguno
siquiera pensó en desobedecer. —Los
bolsillos de los pantalones también. Todos los bolsillos. Había
de todo, tarjetas de crédito, llaves, anteojos, lapiceras, algunas
monedas. Smithson observó cada una de las cuatro pilas fríamente,
tomando nota de todo. Entonces
dijo: —Solamente
para asegurar que estamos en iguales condiciones, haré una pila con el
contenido de mis propios bolsillos y, señor Wassell, haga usted lo mismo. Ahora
había seis pilas. Smithson se acercó hasta la pila del señor Wassell y
dijo: —¿Qué
es este cuarto brillante que veo, señor Wassell? ¿Suyo? Wassell
pareció confuso. —Sí. —No
puede ser. Tiene mi marca. Lo dejé sobre la mesa cuando fui a telefonear
a mi oficina. Usted lo tomó. Wassell
estaba en silencio. Los otros cuatro hombres lo observaban. Smithson
dijo: —Pensé
que si uno de vosotros era un ladrón, no podría resistir un brillante
cuarto. Señor Wassell, usted ha estado robando a su propia compañía, y,
temeroso de ser apresado, trató de desparramar sospechas sobre sus
propios empleados. Fue una actitud cobarde. Wassell
bajó la cabeza. —Tiene
razón, señor Smithson. Pensé que si lo contrataba para investigar
encontraría que uno de los empleados era el culpable, y entonces, tal
vez, podría dejar de tomar dinero para uso propio. —Pensó
que la mente de un detective es inferior —dijo Calumet Smithson—. Lo
entregaré a las autoridades. Ellos decidirán qué hacer con usted, pero
si está sinceramente arrepentido y promete no volverlo a hacer, trataré
de que no sea castigado en exceso. |
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Fin |
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Lo
mostré al señor Northrop, quien lo leyó silenciosamente. Casi no sonrió
mientras lo hacía. Solamente en una o dos partes. Entonces
lo dejó y me miró. —¿De
dónde sacaste el nombre Euphrosyne Durando? —Usted
me dijo, señor, que no utilice mi propio nombre, entonces utilicé uno
tan diferente como pude hallar. —¿Pero
de dónde lo sacaste? —Señor,
es uno de los personajes menores en una de sus historias... —¡Por
supuesto! ¡Pensé que me sonaba familiar! ¿Te diste cuenta de que es un
nombre femenino? —Bueno,
yo no soy ni femenino ni masculino... —Sí,
tienes razón. Pero el nombre del detective, Calumet Smithson. Esa parte,
eres aún tú Cal, ¿verdad? —Quise
mantener alguna conexión, señor. —Tienes
un ego tremendo, Cal. Dudé. —¿Qué
significa eso, señor? —No
te preocupes. No importa. Dejó
el manuscrito y sentí que había un problema. —Pero,
¿qué piensa del misterio? —Ha
mejorado, pero aún no es un buen misterio. ¿Te das cuenta? —¿En
qué sentido es decepcionante, señor? —Bueno,
no entiendes las prácticas modernas de negocios, o la gestión financiera
computada, por decir algo. Y nadie pudo haber tomado el cuarto de la mesa
con los otros cuatro hombres presentes, aunque estuvieran mirando hacia
otro lado. Debió haber sido visto. Entonces, aunque lo hubiese ocurrido,
el señor Wassell al tomarlo no prueba que sea el ladrón.
Cualquiera se mete un cuarto al bolsillo sin pensarlo. Es una indicación
interesante, pero no es una prueba. Y el título de la historia lo
hace notable, también. —Ya
veo. —Y,
para agregar, las tres leyes de la robótica todavía te tienen sujeto.
Sigues preocupándote por el castigo. —Debo
hacerlo, señor. —Ya
sé que debes. Es por eso que pienso que no deberías tratar de escribir
historias de crímenes. —¿Qué
otra cosa podría escribir, señor? —Déjame
pensarlo. |
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* * * |
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El
señor Northrop llamó al técnico nuevamente. Esta vez, creo, no estaba
muy ansioso porque yo supiera lo que estaba diciendo, pero incluso desde
donde estaba parado podía escuchar la conversación. Algunas veces los
humanos olvidan cuan agudos pueden ser los sentidos de los robots. Después
de todo, yo estaba muy molesto. Quería ser un escritor y no quería que
el señor Northrop me dijera lo que podía y no podía escribir. Por
supuesto, él era un ser humano y yo debía obedecerle, pero no me
gustaba. —¿Qué
pasa ahora, señor Northrop? —preguntó el técnico en un tono de voz
que me sonó sardónico—. ¿Acaso el robot ese que tiene ha estado
escribiendo una nueva historia? —Sí,
lo ha hecho —dijo el señor Northrop, tratando de verse indiferente—.
Ha escrito otra historia de misterio y no quiero que escriba historias de
misterio. —Mucha
competencia, ¿eh, señor Northrop? —No.
No sea estúpido. No tiene sentido que dos personas de la misma casa estén
escribiendo misterios. Por otro lado, las tres leyes de la robótica
interfieren. Puede imaginar cómo. —Bueno,
¿qué quiere que haga? —No
estoy seguro. Suponga que él escriba sátiras. Eso es algo que yo no
escribo, de modo que no estará compitiendo, y las tres leyes de la robótica
no interferirán. Quiere que le ponga a este robot sentido de lo ridículo. —¿Sentido
de qué? —dijo enojado el técnico—. ¿Cómo hago eso? Mire, señor
Northrop, sea razonable. Puedo ponerle instrucciones sobre cómo usar un
Escritor, le puedo poner diccionario y gramática. Pero, ¿cómo podría
ponerle un sentido del ridículo? —Bueno,
piense en ello. Sabe trabajar en los patrones del cerebro de un robot. ¿No
tiene modo de reajustarlo para que vea lo que es gracioso, o tonto, o
solamente ridículo en los seres humanos? —Puedo
intentarlo, pero no es seguro. —¿Por
qué no es seguro? —Porque,
mire señor Northrop, usted comenzó con un bonito robot de bajo precio,
pero lo hice más elaborado. Usted admite que es único y que nunca escuchó
sobre otro que quiera escribir historias, de modo que ahora es un bonito
robot de alto precio. Puede inclusive tener un modelo Classic que debería
ser entregado al Robot Institute. Si quiere que lo intente puedo echar a
perder todo. ¿Se da cuenta? —Deseo
tener la oportunidad. Si todo se echa a perder, será sí, pero ¿por qué
habría de ser así? No le estoy pidiendo que trabaje aceleradamente. Tómese
tiempo para analizarlo cuidadosamente. Tengo montones de tiempo y de
dinero, y quiero que mi robot escriba sátiras. —¿Por
qué sátiras? —Porque
entonces su carencia de conocimiento mundano no importará mucho y las
tres leyes no serán importantes, y con el tiempo, algún día, puede
producir algo interesante, aunque lo dudo. —Y
no estará corriendo en su pista. —Muy
bien, entonces. No estará corriendo en mi pista. ¿Satisfecho? Aún
no conocía mucho sobre el lenguaje para saber qué significaba ‘correr
en su pista’, pero me di cuenta de que el señor Northrop estaba
disgustado por mis historias de misterio. No supe por qué. No
había nada que yo pudiese hacer, por supuesto. Cada día el técnico me
estudiaba y analizaba y finalmente dijo: —Muy
bien, señor Northrop, haré un intento, pero le pediré que firme un
papel para absolverme a mí a y a mi compañía de cualquier
responsabilidad si algo sale mal. —Prepare
el papel. Lo firmaré —dijo el señor Northrop. Era
bastante estremecedor pensar que algo podía andar mal, pero las cosas son
así. Un robot debe aceptar todo lo que los seres humanos decidan hacer. Esta
vez, antes de estar pendiente de todo otra vez, estuve débil por un largo
tiempo. Tenía dificultad en estar de pie, y mi hablar era impreciso. Creo
que el señor Northrop me miraba con expresión preocupada. Posiblemente
se sentía culpable por la manera en que me había tratado -debía
sentirse culpable- o tal vez estaba preocupado por la posibilidad de haber
perdido una buena cantidad de dinero. A
medida que recuperaba mi sentido del equilibrio y mi lenguaje se volvía más
claro entendí de repente cómo eran los -estúpidos- seres humanos. No
tienen leyes que gobiernen sus acciones. Tenían que hacerlas por sí
mismos, y aún entonces, nada les obligaba a obedecerlas. Los
seres humanos eran simplemente -confusos: uno se tenía que reír de
ellos. Entendía la risa ahora y podía hacer el sonido, pero naturalmente
no lo hacía en voz alta. Podía haber sido grosero y ofensivo. Me reí
para adentro, y comencé a pensar en una historia en la que los seres
humanos tenían leyes que gobernaban sus acciones pero que las
odiaban y no podían librarse de ellas. También
pensé en el técnico y decidí ponerlo en la historia también. El señor
Northrop seguía recurriendo al técnico y pidiéndole que me hiciera
cosas, cada vez más fuertes. Ahora me había puesto el sentido del ridículo. Entonces,
supongan que escribo una historia acerca de seres humanos ridículos, sin
robots porque, por supuesto, los robots no son ridículos y su presencia
podría hacer caer el humor. Y supongan que pongo una persona que es un técnico
de seres humanos. Debería ser una criatura con extraños poderes que
puede alterar el comportamiento humano así como mi técnico pudo alterar
el comportamiento de un robot. ¿Qué pasaría en ese caso? Debería
mostrar claramente que los seres humanos no son sensibles. Pasé
días pensando en la historia y poniéndome más y más feliz por ello.
Podía comenzar con dos humanos cenando, y uno de ellos poseer su propio técnico
-bueno, tener un técnico de algún tipo- y podía ubicar la acción en el
siglo XX como para no ofender al señor Northrop y otras personas del XXI. Leí
libros para aprender acerca de seres humanos. El señor Northrop me lo
permitió y casi no me dio otras tareas para hacer. Ni me apuraba a
escribir. Tal vez aún se sentía culpable por el riesgo que tomó haciéndome
más duro. Finalmente
comencé la historia, y aquí está: |
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Perfectamente
Formal |
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por
Euphrosyne Durando |
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George
y yo estábamos cenando en un restaurante distinguido, uno en el cual es
común ver entrar a mujeres y hombres en ropa formal. George
miró a uno de los hombres, observándole detenidamente y sin compasión,
mientras se limpiaba los labios con mi servilleta después de haber dejado
caer la suya descuidadamente. —Manchas
en todos los sombreros, yo digo —dijo George. Seguí
la dirección de su mirada. Parecía estar estudiando a un hombre
corpulento de unos cincuenta años de edad que mostraba una expresión
intensa de autosuficiencia mientras acompañaba a una fascinante dama,
considerablemente más joven que él, hasta su silla. —George
—dije—, ¿estás tratando de decirme que conoces al tipo del sombrero? —No
—dijo George—. No trato de decirte nada. Mis comunicaciones contigo, y
con todos los seres vivos, están siempre basadas en la verdad completa. —Como
tus cuentos de tu demonio de dos centímetros, Az... —La mirada agónica
de su rostro me hizo callar. —No
menciones esas cosas —susurró ásperamente—. Azazel no tiene sentido
del humor, y sí tiene un poderoso sentido del poder. —Entonces, más
calmado, siguió—: estaba meramente expresando mi aversión por los
sombreros, particularmente los afectados por una marcada dejadez como la
del tipo, para usar tu curioso modo de decir. —Bastante
feo —dije—. Casi acuerdo contigo. También yo encuentro la ropa formal
objetable, y evito, excepto cuando me es imposible, todos los asuntos de
corbata negra, por esa sola razón. —Bien
por ti —dijo George—. Eso prácticamente echa a perder mi impresión
de que no tuvieras cualidades sociales rescatables. Le he dicho a todo el
mundo que no las tenías, lo sabes. —Gracias,
George —dije—. Ha sido muy considerado de tu parte teniendo en cuenta
que te satisfaces a mis expensas cada vez que tienes oportunidad. —Simplemente
permito que en algunas ocasiones disfrutes de mi compañía, viejo amigo.
Diré a mis amigos que tienes una cualidad social rescatable, pero eso
confundirá a todos. Ellos parecen bastante contentos con que tú no
tengas ninguna. —Agradezco
a todos tus amigos —dije. —Ya
que estamos, conozco un hombre —dijo George—, que era un heredero. Sus
pañales fueron sujetados con gemelos, no con alfileres. En su primer
cumpleaños, le fue regalada una pequeña corbata negra, para ser anudada
y no prendida. Y las cosas continuaron así toda su vida. Su nombre es
Winthrop Carver Cabwell, y vivía en la tan enrarecida aristocracia del
Brahman de Boston que tenía que llevar máscara de oxígeno por cualquier
necesidad. —¿Y
tú conocías a este patricio? ¿Tú? George
parecía ofendido. —Por
supuesto, lo conocía —dijo—. ¿Crees por un momento que yo puedo ser
tan snob que negaría mi asociación con alguien por una razón que la que
él sea un rico aristócrata del Brahman? Me conoces poco, viejo amigo.
Winthrop y yo nos conocemos bien. Yo era su escape. George
lanzó un suspiro tan cargado de alcohol que lanzó en picada a una mosca
que volaba por las cercanías. —Pobre
tipo —dijo—. Pobre tipo aristocrático. —George
—dije—. Creo que estás maniobrando para contarme una de tus increíbles
historias de desastres. No deseo escucharla. —¿Desastre?
Todo lo contrario. Tengo para contar una historia de gran felicidad y
alegría, y como eso es lo que quieres escuchar, te la contaré. Como
te dije [dijo George] mi amigo del Brahman era un caballero de pies a
cabeza, distinguido y esbelto como un... ¿Por
qué me interrumpes con esa estúpida cantinela de Richard Corey, viejo
amigo? Nunca oí de él. Estoy hablando de Winthrop Carver Cabwell. ¿Por
qué no atiendes? ¿Dónde estaba? Oh, sí. Él
era un caballero de pies a cabeza, distinguido y esbelto como un
emperador. Como resultado, era naturalmente un puntal y un exponente para
cualquier persona decente, tanto como conocía, si alguna vez se hubiese
asociado con gente decente lo cual, por supuesto, no había hecho, sino
con otros balas perdida como él mismo. Sí,
como decías, él me conocía y eso era una salvación eventual para él,
y no que me haya beneficiado con el asunto. De todos modos, viejo amigo,
como sabes, el dinero es lo último en mi mente. [Ignoraré
tu afirmación, que es lo primero también, como producto de una perversa
actitud de tu mente] Algunas
veces, el pobre Winthrop pudo escapar. En esas ocasiones, cuando los
avatares de los negocios m llevaban a Boston, podía escapar de sus
cadenas y cenar conmigo en un oscuro y escondido rincón de Parker House. —George
—solía
decir Winthrop—.
Es una
tarea dura y difícil sostener el nombre y tradición de los Cabwell.
Después de todo, no es simplemente ser los mejores, es también una vieja
fortuna. No somos esos avenidos Rocketipos, si recuerdo el nombre
correctamente, que ganaron su dinero con el petróleo del siglo XIX. »Mis
ancestros, no debo olvidarlo, establecieron su fortuna en días de la
colonia, durante el esplendor de los pioneros. Mi antecesor, Isaiah
Cabwell, contrabandeaba armas y pólvora a los indios durante la guerra de
la Reina Ana, y tuvo que vivir, día por día en el temor de perder su
cuero cabelludo en manos de un Algonquin, un Huron, o un colonial. »Y
su hijo, Jeremiah Cabwell, comprometido en el tráfico triangular, arriesgándolo
todo, por Thoreau, en los peligros del comercio de azúcar, del ron, de
los esclavos, ayudando a miles de inmigrantes africanos a venir a este
nuestro gran país. Con una herencia como esa, George, el peso de la
tradición es grande. La responsabilidad de llevar todo ese dinero añoso
amedrenta a cualquiera. —No
sé cómo lo haces, Winthrop —dije. Winthrop
suspiró. |