LORENZO

servidor

ISAAC ASIMOV's

Breeds There a Man...?

¿Criar un Hombre...?

El sargento de Policía Mankiewicz hablaba por teléfono y lo estaba pasando mal. Su conversación más parecía un embrollo contado a su manera.

Estaba diciendo:

—Está bien. Llegó y dijo: «Enciérrenme en la cárcel porque quiero matarme.»

—...

—¿Qué puedo hacer yo? Éstas fueron sus palabras exactas. A mí también me parece cosa de un loco.

—...

—Oiga, señor, el tío responde a la descripción. Usted me pidió información y yo se la estoy dando.

—...

—Sí, tiene la cicatriz exactamente en la mejilla derecha y me dijo que se llamaba John Smith. No dijo que fuera doctor ni nada de nada.

—...

—Bueno, puede que se lo invente. Nadie se llama John Smith. Por lo menos no en una comisaría de Policía.

—...

—Ahora está encerrado.

—...

—Sí, lo digo en serio.

—...

—Resistirse a la Ley, asalto y agresión, daños intencionados. Son tres cargos.

—...

—A mí qué me importa quien sea.

—...

—Está bien. Espero.

Miró al oficial Brown y puso la mano sobre el auricular. Era una manaza como un jamón que casi se tragaba todo el aparato. Su cara de facciones acusadas estaba enrojecida y sudada bajo una mata de pelo amarillo claro. Exclamó:

—¡Problemas! Nada hay sino problemas en una comisaría. Preferiría mil veces patear la calle.

—¿Quién está al teléfono? —preguntó Brown. Acababa de llegar y en realidad le tenía sin cuidado, pero pensó que, en efecto, Mankiewicz estaría mejor patrullando la calle.

Oak Ridge. Conferencia. Un tipo llamado Grant. Jefe de una división acabada en ógica o así, y ahora se ha ido en busca de alguien más a setenta y cinco centavos el minuto...

—¡Diga!

Mankiewicz volvió a agarrar el teléfono y se sentó.

—Mire, deje que le explique desde el principio. Quiero que lo entienda de una vez y, después, si no le gusta puede mandar a alguien aquí. El tipo no quiere un abogado. Asegura que sólo quiere quedarse en la cárcel y, amigo, no me parece mal.

—...

—Bueno, ¿quiere escucharme de una vez? Vino ayer, vino directamente hacia mí y dijo: «Oficial, quiero que me encierre en la cárcel porque quiero matarme». Así que yo le dije: «Óigame, lamento que quiera matarse. No lo haga porque si lo hace, lo lamentará el resto de su vida».

—...

—Hablo en serio. Sólo le digo lo que le dije. No le digo que sea una broma pesada, ya tengo bastantes problemas aquí, no sé si me entiende. ¿Cree que lo único que hago aquí es atender a locos que entran y...?

—...

—Déjeme hablar, ¿quiere? Le dije: «No puedo meterle en la cárcel porque quiera matarse. No es ningún crimen», y él me contestó: «Pero yo no quiero morir». Así que le dije: «Oiga, amigo, largo de aquí». Quiero decir que si un tipo quiere suicidarse, está bien, y sí no quiere, también, pero lo que no tolero es que venga a llorar sobre mi hombro.

—...

—Ya sigo. Así que él me dijo: «¿Si cometo un crimen me meterá en la cárcel?» Yo le contesté: «Si le descubren y alguien presenta una denuncia y no tiene dinero para pagar la fianza, le encerraré. Ahora, ¡lárguese!» Así que cogió el tintero de mi mesa y antes de que pudiera detenerle lo vació sobre el libro de registro de la Policía.

—...

—Está bien. ¿Por qué cree que le he acusado de daños intencionados? Le tinta me manchó todo el pantalón.

—...

—Sí, asalto y agresión, también. Me acerqué para sacudirle y hacerle entrar en razón y me dio una patada en la espinilla y un golpe en el ojo.

—...

—No me invento nada. ¿Quiere usted venir y mirarme la cara?

—...

—Irá a juicio un día de éstos. El jueves, a lo mejor.

—...

—Noventa días es lo menos que le pondrán, a menos que los psicos digan lo contrario. Por mí que debería estar en el manicomio.

—...

—Oficialmente, es John Smith. Es el único nombre que nos da.

—...

—No, señor. No se le soltará sin las debidas diligencias legales.

—...

—O.K. hágalo si quiere, amigo. Yo me limito a cumplir con mi deber aquí.

Dejó de golpe el teléfono sobre su soporte, después volvió a levantarlo y marcó un número. Dijo:

—¿Gianetti? —acertó y empezó a hablar de nuevo—. Óyeme, ¿qué es C.E.A.? He estado hablando con un chillado por teléfono y dice que...

—...

—No, no es chiste, botarate. Si lo fuera, lo diría. ¿Qué es esta sopa de letras?

Prestó atención, dijo «gracias» con voz ahogada y colgó.

Había perdido parte de su color.

—El segundo tipo era el jefe de la Comisión de Energía Atómica —explicó a Brown—. Debieron conectarle de Oak Ridge a Washington.

Brown se puso en pie de un salto.

—A lo mejor el FBI anda detrás de ese John Smith. Puede que sea uno de esos científicos. —Se sintió impelido a filosofar—. Deberían guardar los secretos atómicos lejos de estos tipos. Las cosas iban muy bien mientras el general Groves era el único que estaba enterado de lo de la bomba atómica. Pero una vez hubieron metido a todos esos científicos...

—Cállate ya —rugió Mankiewicz.

 

El doctor Oswald Grant mantenía los ojos fijos en la línea blanca que marcaba la carretera y conducía el coche como si fuera su enemigo. Siempre lo hacía así. Era alto y nudoso, con una expresión ausente estampada en su cara. Las rodillas tocaban al volante y los nudillos se le quedaban blancos cada vez que tomaba una curva.

El inspector Darrity se sentaba a su lado con las piernas cruzadas de forma que la suela de su zapato izquierdo presionaba fuertemente la puerta. Cuando retirara el zapato quedaría una marca terrosa. Se entretenía pasando un cortaplumas marrón de una mano a la otra. Antes, lo había abierto, descubriendo su hoja brillante, maligna, para limpiarse las uñas mientras viajaban, pero un súbito viraje por poco le cuesta un dedo, así que desistió. Preguntó:

—¿Qué sabe de ese Ralson?

El doctor Grant apartó la vista momentáneamente del camino, pero volvió a mirar. Inquieto, respondió:

—Le conozco desde que se doctoró en Princeton. Es un hombre muy brillante.

—¿Sí? Conque brillante, ¿eh? ¿Por qué será que todos los científicos se describen mutuamente como «brillantes»? ¿Es que no los hay mediocres?

—Sí, muchos. Yo soy uno de ellos. Pero Ralson, no. Pregúnteselo a cualquiera. Pregunte a Oppenheimer. Pregunte a Bush. Fue el observador más joven en Alamogordo.

—O.K. Era brillante. ¿Qué hay de su vida privada?

Grant tardó en contestar.

—No lo sé.

—Le conoce desde Princeton. ¿Cuántos años son?

Llevaban dos horas corriendo en dirección norte por la autopista de Washington, sin casi haber cruzado palabra. Ahora Grant notó que la atmósfera cambiaba y sintió el peso de la Ley sobre el cuello de su gabán.

—Se graduó en el año cuarenta y tres.

—Entonces hace ocho años que le conoce.

—Eso es.

—¿Y no sabe nada de su vida privada?

—La vida de un hombre a él le pertenece, inspector. No era muy sociable. La mayoría son así. Trabajan bajo fuerte presión y cuando están lejos del empleo, no les interesa seguir con las amistades del laboratorio.

—¿Pertenecía a alguna organización, que usted sepa?

—No.

—¿Le dijo alguna vez algo que le hiciera pensar que fuera un traidor?

—¡No! —gritó Grant, y por un momento hubo silencio.

De pronto Darrity preguntó:

—¿Es muy importante Ralson en la investigación atómica?

Grant se inclinó sobre el volante y respondió:

—Tan importante como cualquier otro. Le aseguro que nadie es indispensable, pero Ralson siempre ha parecido ser único. Tiene mentalidad de ingeniero.

—¿Y eso qué quiere decir?

—No es un gran matemático en sí, pero sabe resolver los problemas que la matemática de otros crean en la vida. No hay nadie como él cuando se presenta el caso. Una y otra vez, inspector, hemos tenido un problema que solucionar sin tiempo para hacerlo. Todo eran mentes vacías a nuestro alrededor, hasta que él pensaba y decía: ¿Por qué no pruebas tal y tal cosa? Y se iba. Ni siquiera le interesaba averiguar si funcionaría. Pero siempre funcionaba. ¡Siempre! Quizá lo hubiéramos conseguido nosotros también, pero nos hubiera llevado meses de horas extra. No sé cómo lo hace. También resulta inútil preguntarle. Se limita mirarte y te dice: «Era obvio» y se marcha. Naturalmente, una vez nos ha dicho cómo hay que hacerlo, es obvio.

El inspector le dejó que hablara. Cuando ya no dijo más, preguntó:

—¿Diría usted que Ralson es raro, mentalmente? Inestable, quiero decir.

—Cuando una persona es un genio, no espera uno que sea normal, ¿no le parece?

—Puede que no. Pero, ¿hasta qué punto es anormal este genio determinado?

—Nunca hablaba de sus cosas. A veces, no quería trabajar.

—¿Se quedaba en casa y se iba a pescar?

—No, no. Venía al laboratorio, ya lo creo, pero se quedaba sentado ante su mesa. A veces, esto duraba semanas. Si uno le hablaba no contestaba, ni siquiera te miraba.

—¿Alguna vez dejó de trabajar del todo?

—¿Antes de ahora, quiere decir? ¡Jamás!

—¿Declaró alguna vez que quería suicidarse? ¿Dijo alguna vez que sólo se sentiría seguro en la cárcel?

—No.

—¿Está seguro de que John Smith es Ralson?

—Casi seguro. Tiene una quemadura en la mejilla derecha que es inconfundible.

—O.K. Está bien, hablaré con él y veré qué tal suena.

Esta vez el silencio fue duradero. El doctor Grant siguió la línea blanca mientras que el inspector Darrity lanzaba el cortaplumas en arcos poco pronunciados, de una mano a otra.

El celador escuchó desde el locutorio y miró a sus visitantes.

—Podemos hacer que le traigan aquí, inspector, si no le importa.

—No —Grant movió la cabeza—, iremos a verle.

—¿Es eso normal en Ralson, doctor Grant? —preguntó Darrity—. ¿Teme que ataque al celador que trate de sacarlo de su celda?

—No sabría decírselo —dijo Grant.

El celador tendió una mano callosa. Su nariz bulbosa se arrugó algo.

—Hemos tratado de no hacer nada con él hasta ahora, debido al telegrama de Washington; pero, francamente, no tendría que estar aquí. Estaré encantado de perderle de vista.

—Le visitaremos en su celda —anunció Darrity. Recorrieron el frío corredor bordeado de rejas. Ojos vacíos de curiosidad contemplaron su paso. Al doctor Grant se le puso la carne de gallina.

—¿Lo han tenido aquí todo este tiempo?

Darrity no contestó. El guardia que les precedía se detuvo:

—Esta es la celda.

—¿Es éste el doctor Ralson? —preguntó Darrity. El doctor Grant miró silenciosamente a la figura que estaba encima del jergón. El hombre estaba echado, cuando llegaron a la celda, pero ahora se había incorporado sobre un codo y parecía que trataba de incrustarse en la pared. Su cabello era ceniciento y escaso, su cuerpo flaco, los ojos vacíos de un azul de porcelana. En la mejilla derecha tenía una cicatriz rosada, en relieve, que terminaba en un rabo de renacuajo. El doctor Grant dijo:

—Es Ralson.

El guardia abrió la puerta y entró, pero el inspector Darrity le mandó salir con un gesto. Ralson les observaba, en silencio. Había puesto ambos pies sobre el jergón y seguía echándose atrás. Su nuez se agitaba al tragar. Darrity preguntó en tono tranquilo:

—¿Doctor Elwood Ralson?

—¿Qué quiere? —Su voz era sorprendente, de barítono.

—Por favor, ¿quiere venir con nosotros? Hay unas cuantas preguntas que nos gustaría hacerle.

—¡No! ¡Déjeme en paz!

—Doctor Ralson —interpuso Grant—, me han enviado para que le ruegue que vuelva al trabajo.

Ralson miró al científico y en sus ojos hubo un brillo fugaz que no era de miedo. Le saludó:

—Hola, Grant. —Bajó del camastro—. Óigame, he estado intentando lograr que me encierren en una celda acolchada. ¿No puede conseguir que lo hagan por mí? Usted me conoce, Grant. No le pediría algo que no considerara necesario. Ayúdeme. No puedo soportar estas paredes tan duras. Me hacen querer..., estrellarme contra ellas...

Bajó la palma de la mano y golpeó el muro gris y duro de cemento, detrás de su camastro. Darrity pareció pensativo. Sacó su cortaplumas y lo abrió dejando ver su hoja brillante. Se rascó la uña del pulgar cuidadosamente y preguntó:

—¿Le gustaría que le viera un médico?

Pero Ralson no le contestó. Seguía con la mirada el brillo del metal y entreabrió y humedeció sus labios. Su respiración se hizo ronca y entrecortada.

—¡Guarde eso! —exclamó.

—¿Qué guarde qué? —inquirió Darrity.

—Su navaja. No me la ponga delante. No puedo soportar mirarla.

—¿Por qué no? —preguntó Darrity, y se la tendió—. ¿Le ocurre algo? Es un buen cortaplumas.

Ralson saltó. Darrity dio un paso atrás y su mano izquierda cayó sobre la muñeca del otro. Levantó la navaja en alto.

—¿Qué le pasa, Ralson? ¿Qué está buscando?

Grant protestó, pero Darrity le silenció.

—¿Qué se propone, Ralson?

Ralson trató de alzarse, pero se doblegó bajo la tremenda garra del otro. Jadeó:

—Deme la navaja.

—¿Por qué, Ralson? ¿Qué quiere hacer con ella?

—Por favor, tengo que... —Ahora suplicaba—. Tengo que dejar de vivir.

—¿Tiene ganas de morir?

—No, pero debo hacerlo.

Darrity le dio un empujón. Ralson se tambaleó hacia atrás y cayó de espaldas sobre su camastro que crujió ruidosamente Sin prisa, Darrity dobló la hoja de su cortaplumas, la metió en su ranura, y lo guardó. Ralson se cubrió el rostro. Sus hombros se sacudían, pero por lo demás no hizo ningún movimiento. Se oyeron gritos en el corredor, al reaccionar los demás presos por el ruido que salía de la celda de Ralson. El guardia se acercó corriendo, gritando «¡Silencio!» al pasar. Darrity le miró:

—No pasa nada, guardia.

Se secaba las manos en un enorme pañuelo blanco.

—Creo que debemos buscarle un médico.

 

El doctor Gottfried Blaustein era bajito y moreno y hablaba con algo de acento austriaco. Le faltaba solamente una perilla para parecer, a los ojos de los profanos, su propia caricatura. Pero iba afeitado y muy cuidadosamente vestido. Observó a Grant de cerca, como calibrándole, observándole y guardando sus deducciones. Lo hacía ahora maquinalmente con cualquiera que se encontrara. Dijo:

—Me ha proporcionado cierta imagen. Me describe un hombre de gran talento, quizás incluso un genio. Me dice que se ha encontrado siempre incómodo con la gente, que jamás ha encajado con su entorno del laboratorio, aunque era allí donde cosechaba los mayores éxitos. ¿Hay algún otro ambiente en el que haya encajado?

—No le comprendo.

—No todos nosotros hemos sido tan afortunados como para encontrar un tipo de compañía satisfactoria en el lugar o en el campo donde encontramos necesario ganarnos la vida. Frecuentemente, uno encuentra compensación tocando un instrumento, o haciendo marchas, o perteneciendo a algún club. En otras palabras, uno se crea un nuevo tipo de sociedad, cuando no trabaja, en el que uno se siente más a gusto. No es necesario que tenga la menor relación con la ocupación ordinaria. Es una evasión, y no necesariamente insana. —Sonrió, y añadió—: Yo mismo, yo colecciono sellos. Soy miembro activo de la Sociedad Americana de Filatélicos.

Grant sacudió la cabeza.

—Ignoro lo que hacia fuera de su trabajo. Dudo que hiciera algo como lo que usted ha mencionado.

—¡Humm! Esto sería triste. Disfrutar y relajarse donde se pueda es bueno, pero hay que encontrar esa distracción, ¿no cree?

—¿Ha hablado ya con el doctor Ralson?

—¿Sobre sus problemas? No.

—¿Y no va a hacerlo?

—¡Oh, sí! Pero lleva aquí solamente una semana. Uno debe darle la oportunidad de recuperarse. Estaba en un estado sumamente excitado cuando llegó aquí. Era casi el delirio. Déjele que descanse y se acostumbre a su nuevo entorno. Entonces, le interrogaré.

—¿Podrá hacer que vuelva al trabajo?

—¿Cómo puedo saberlo? —Blaustein sonrió—. Ni siquiera sé cuál es su enfermedad.

—¿No podría por lo menos liberarle de la peor parte..., de su obsesión suicida..., y ocuparse del resto de la cura ya sin prisa?

—Tal vez. No puedo siquiera aventurar una opinión sin varias entrevistas.

—¿Cuánto tiempo supone que tardará?

—En estos casos, doctor Grant, nadie puede saberlo.

Grant se apretó las manos con fuerza.

—Bien, entonces haga lo que le parezca mejor. Pero todo esto es mucho más importante de lo que supone.

—Puede ser. Pero usted debería ayudarme, doctor Grant.

—¿Cómo?

—¿Puede conseguirme ciertos informes que tal vez se consideren de máximo secreto?

—¿Qué tipo de información?

—Me gustaría saber cuántos suicidios han ocurrido, desde 1945, entre los científicos nucleares. También cuántos han abandonado sus puestos para pasarse a otro tipo de trabajos científicos, o abandonado por completo la ciencia.

—¿Está esto relacionado con Ralson?

—¿No cree usted que podría ser una enfermedad ocupacional, me refiero a su tremenda tristeza?

—Bueno, naturalmente, muchos han dejado sus puestos.

—¿Por qué naturalmente, doctor Grant?

—Debe conocer lo que ocurre, doctor Blaustein. La atmósfera en la investigación atómica moderna es de enorme presión y compromiso. Trabaja con el Gobierno, trabaja con los militares, no puede hablar de su trabajo; tiene que cuidar mucho lo que dice. Naturalmente, si se presenta la oportunidad de un puesto en la Universidad, donde puede fijar sus horarios, hacer su trabajo, escribir artículos que no deban ser sometidos a la C.E.A., asistir a congresos que no se celebran a puerta cerrada, uno lo agarra.

—¿Y abandona para siempre su especialidad?

—Siempre tiene aplicaciones no militares. Por supuesto, hubo un hombre que abandonó por otra razón. Una vez me contó que no podía dormir por las noches. Decía que oía cien mil gritos procedentes de Hiroshima cuando apagaban las luces. Lo último que he sabido de él es que se colocó de dependiente en una mercería.

—¿Y usted ha oído gritos alguna vez?

Grant movió afirmativamente la cabeza.

—No es agradable saber que incluso una mínima parte de la responsabilidad de la destrucción atómica pueda ser mía.

—¿Qué pensaba Ralson?

—Jamás hablaba de estas cosas.

—En otras palabras, si lo sentía, nunca se sirvió de la válvula de escape que hubiera sido comentarlo con ustedes.

—Creo que no.

—Sin embargo, hay que seguir con la investigación nuclear, ¿no?

—Ya lo creo.

—¿Cómo actuaría, doctor Grant, si sintiera que tenía que hacer algo que no puede hacer?

Grant se encogió de hombros.

—No lo sé.

—Algunas personas se matan.

—¿Quiere decir que esto puede ser lo de Ralson?

—No lo sé. No lo sé. Esta noche hablaré con el doctor Ralson. No puedo prometerle nada, claro, pero le diré lo que pueda.

—Gracias, doctor —dijo Grant levantándose—, trataré de conseguir la información que me ha pedido.

 

El aspecto de Elwood Ralson había mejorado en la semana que llevaba en el sanatorio del doctor Blaustein. Había engordado un poco y parte de su desasosiego había desaparecido. No llevaba corbata ni cinturón, ni sus zapatos tenían cordones. Blaustein preguntó:

—¿Cómo se encuentra, doctor Ralson?

—Descansado.

—¿Le tratan bien?

—No puedo quejarme, doctor.

La mano de Blaustein tanteó en busca del abrecartas con el que solía jugar en momentos de abstracción, pero sus dedos no encontraron nada. Lo había escondido, claro, con todo aquello que poseyera filo. Sobre su mesa no había otra cosa que papeles.

—Siéntese, doctor Ralson —le dijo—. ¿Qué tal van sus síntomas?

—¿Quiere decir si siento lo que usted llamaría un impulso suicida? Sí. Está mejor o peor, creo que depende de lo que piense. Pero no lo llevo siempre conmigo. No puede usted hacer nada por ayudarme.

—Quizá tenga razón. A veces hay cosas que no puedo remediar. Pero me gustaría saber todo lo que pudiera sobre usted. Es usted un hombre importante...

Ralson dio un bufido.

—¿No se considera importante? —repuso Blaustein.

—De ningún modo. No hay hombres importantes, como tampoco hay bacterias individuales importantes.

—No comprendo.

—No pretendo que lo comprenda.

—No obstante, me parece que detrás de su afirmación debe de haber mucha reflexión. Sería ciertamente del mayor interés para mí que me explicara un poco ese pensamiento.

Ralson sonrió por primera vez. No era una sonrisa agradable. La nariz se le había quedado blanca. Comentó:

—Es divertido observarle, doctor. Cumple concienzudamente su cometido. Quiere usted escucharme, ¿no es cierto?, con ese aire de falso interés y fingida simpatía. Le contaré las cosas más ridículas y aún tendré la seguridad de conservar el auditorio, ¿no es así?

—¿No puede pensar que mi interés sea real, aunque también sea profesional?

—No, no le creo.

—¿Por qué no?

—No me interesa discutirlo.

—¿Prefiere regresar a su habitación?

—Si no le importa, no. —Su voz, al ponerse en pie, sonaba enfurecida, después volvió a sentarse—. ¿Por qué no utilizarle yo? No me gusta hablar a la gente. Son estúpidos. No ven las cosas. Miran lo obvio durante horas y no significa nada para ellos. Si les hablara no comprenderían; se les terminaría la paciencia; se reirían. En cambio usted tiene que escucharme. Es su trabajo. No puede interrumpir para decirme que estoy loco, aunque a lo mejor lo esté pensando.

—Me alegrará escuchar todo lo que quiera contarme.

Ralson respiró profundamente.

—Hace un año que me enteré de una cosa que poca gente conoce. Puede que sea algo que ninguna persona viva alcance. ¿Sabía usted que los avances culturales se producen a borbotones? En una ciudad de treinta mil habitantes libres, por espacio de dos generaciones surgieron suficientes genios artísticos y literarios de primer orden para abastecer a una nación de millones, durante un siglo, en circunstancias ordinarias. Me refiero a la Atenas de Pericles. «Hay otros ejemplos. La Florencia de los Médicis, la Inglaterra de la reina Isabel, la España del califato de Córdoba. Hubo una oleada de reformadores sociales entre los israelitas de los siglos VIII y VII antes de Cristo. ¿Sabe lo que quiero decir?

Blaustein asintió.

—Veo que la Historia es un tema que le interesa.

—¿Por qué no? Supongo que no hay nada que diga que debo limitarme a la física nuclear y a las ondas hertzianas.

—En absoluto. Siga, por favor.

—Al principio, pensé que podía aprender más del auténtico enigma de los ciclos históricos, consultando a un especialista. Celebré alguna conferencia con un historiador. ¡Tiempo perdido!

—¿Cómo se llamaba ese historiador?

—¡Qué importa!

—Puede que nada, si prefiere considerarlo confidencial. ¿Qué le dijo?

—Dijo que yo estaba equivocado; que la Historia «sólo» parecía avanzar a saltos. Dijo que, después de mucho estudio, las grandes civilizaciones de Egipto y de Sumer no surgieron ni de pronto ni de la nada sino basadas en otras civilizaciones menores tardías en desarrollarse que ya eran sofisticadas en sus manifestaciones. Dijo que la Atenas de Pericles creció sobre una Atenas de inferiores logros, pero sin la cual la era de Pericles no habría existido. «Le pregunté por qué no existía una Atenas posterior a Pericles de más altos logros aún, y me dijo que Atenas estaba arruinada por una plaga y por una larga guerra con Esparta. Pregunté sobre otros brotes culturales y siempre una guerra los había aniquilado o, en algunos casos, les había acompañado. Siempre era así. La verdad estaba allí; sólo tenía que inclinarse y recogerla, pero no lo hizo. —Ralson se quedó mirando al suelo y prosiguió con voz cansada—: A veces, vienen a verme al laboratorio, doctor. Dicen: «¿Cómo diablos vamos a librarnos de tal y tal efecto que arruina todos nuestros cálculos, Ralson?» Me muestran los instrumentos y los diagramas de la instalación y les digo: «Salta a la vista. ¿Por qué no hacen tal y tal cosa? Un niño podría decírselo.» Luego me alejo porque no puedo soportar el creciente asombro de sus estúpidos rostros. Más tarde, se me acercan para decirme: «Funcionó, Ralson. ¿Cómo lo calculó?» No puedo explicárselo, doctor, sería como explicarles que el agua moja. Y yo, claro, no podía explicárselo al historiador. Tampoco puedo explicárselo a usted. Es perder el tiempo.

—¿Le gustaría volver a su habitación?

—Sí.

Blaustein siguió sentado y se quedó pensando un rato después de que Ralson saliera de su despacho. Sus dedos buscaron maquinalmente en el primer cajón de la derecha de su mesa y sacaron el abrecartas. Lo hizo girar entre los dedos. Finalmente, levantó el teléfono y marcó el número que le habían dado. Dijo:

—Soy Blaustein. Hay un historiador que fue consultado por el doctor Ralson hace algún tiempo, probablemente más de un año. No conozco su nombre. Ni siquiera sé si estaba relacionado con la Universidad. Si consiguen encontrarlo me gustaría verle.

 

Thaddeus Milton, doctor en Filosofía, parpadeó pensativo y mirando a Blaustein se pasó la mano por el cabello entrecano, diciendo:

—Vinieron a verme y les dije que, efectivamente, había conocido a ese hombre. No obstante, he tenido poco contacto con él. En realidad sólo una conversación de tipo profesional.

—¿Cómo se encontraron?

—Me escribió una carta..., y por qué a mí y no a otra persona, lo ignoro. Habían aparecido una serie de artículos míos en una de las publicaciones divulgativas, bastante populares y de gran atracción en aquella época. Tal vez le llamaron la atención.

—Ya. ¿De qué tópico en general trataban los artículos?

—Eran consideraciones sobre la validez del enfoque cíclico a la Historia. Es decir, si uno puede o no decir que una civilización determinada debe seguir leyes de crecimiento y ocaso en cualquier asunto análogo a los que conciernen al individuo.

—He leído a Toynbee, doctor Milton.

—Entonces, sabrá a lo que me refiero.

—Y cuando el doctor Ralson le consultó, ¿era por algo relacionado con el enfoque cíclico de la Historia? —preguntó Blaustein.

—Humm. Supongo que en cierto modo, sí. Naturalmente, el hombre no es un historiador y alguna de sus nociones sobre giros culturales son excesivamente dramatizadas y, digámoslo, sensacionalistas. Perdóneme, doctor, si le hago una pregunta que pueda ser indiscreta. ¿El doctor Ralson es uno de sus clientes?

—El doctor Ralson no está bien, y le estoy cuidando. Esto y todo lo que se diga aquí, será, por supuesto, confidencial.

—Está bien. Lo comprendo. Sin embargo, su respuesta me explica algo. Algunas de sus ideas casi rozaban lo irracional. Me pareció que siempre estaba preocupado por la relación entre lo que él llamaba «brotes culturales» y las calamidades de un tipo u otro. Ahora bien, estas relaciones se han observado con frecuencia. El momento de mayor vitalidad de una nación puede aparecer en tiempos de gran inseguridad nacional. Los Países Bajos es un ejemplo. Sus grandes artistas, estadistas y exploradores pertenecen al principio del siglo XVII cuando se encontraba enfrascada en una lucha a muerte con el mayor poder europeo de la época, España. Cuando el país estaba al borde de la destrucción, creaba un imperio en el Lejano Oriente y había asegurado puntos de apoyo en América del Sur, en la punta del África meridional, y en el valle del Hudson en América del Norte. Su flota mantenía a Inglaterra a raya. Y cuando su seguridad política quedó asegurada, sobrevino el ocaso.

»Como le he dicho, suele ocurrir. Los grupos, como los individuos, se alzan a indecibles alturas en respuesta a un desafío, y se limitan a vegetar cuando éste falta. Pero, donde el doctor Ralson se apartó del sendero de la cordura fue al insistir que tal punto de vista equivalía a confundir causa y efecto. Declaró que no eran los tiempos de guerra y peligro los que estimulaban los «brotes culturales», sino más bien al contrario. Insistía en que cada vez que un grupo de hombres mostraba demasiada vitalidad y habilidad, era necesaria una guerra para destruir la posibilidad de desarrollo ulterior.

—Ya veo —comentó Blaustein.

—Confieso que casi me reí de él. Tal vez fue por eso por lo que no compareció a la última cita que habíamos concertado. Casi al final de la última entrevista me preguntó, con el máximo interés imaginable, si no me parecía peculiar que una improbable especie, como es el hombre, dominara la Tierra cuando lo único que tenía en su favor era la inteligencia. Ahí me eché a reír. Tal vez no hubiera debido hacerlo, pobre hombre.

—Fue una reacción natural —le tranquilizó Blaustein—, pero no debo abusar más de su tiempo. Me ha ayudado mucho.

Se estrecharon la mano y Thaddeus Milton se despidió

 

—Bueno —dijo Darrity—, aquí tiene las cifras recientes de suicidios entre el personal científico. ¿Saca alguna deducción?

—Es a usted a quien debería preguntárselo. El FBI debe haber investigado a fondo.

—Puede apostar el presupuesto nacional a que sí. Son suicidios, sin la menor duda. Ha habido gente comprobándolo en otro departamento. El número está cuatro veces por encima de lo normal, teniendo en cuenta edad, condición social, situación económica.

—¿Qué hay con los científicos británicos?

—Más o menos lo mismo.

—¿Y en la Unión Soviética?

—¡Quién sabe! —El investigador se inclinó hacia delante—. Doctor, no creerá usted que los soviéticos tienen una especie de rayo que hace suicidarse a la gente, ¿verdad? Se sospecha en cierto modo que los únicos afectados son los hombres dedicados a la investigación atómica.

—¿De verdad? Puede que no. Los físicos nucleares sufren tal vez tensiones especiales. Es difícil decirlo sin hacer un estudio a fondo.

—¿Quiere decir que tienen complejos? —preguntó Darrity con suspicacia.

Blaustein hizo una mueca.

—La Psiquiatría se está volviendo demasiado popular. Todo el mundo habla de complejos y neurosis, de psicosis y coacciones y sabe Dios qué. El complejo de culpabilidad de un hombre es el sueño plácido de otro hombre. Si pudiera hablar con cada uno de los que se han suicidado, a lo mejor comprendería algo.

—¿Ha hablado con Ralson?

—Sí, he hablado con Ralson.

—¿Tiene algún complejo de culpabilidad?

—No. Tiene antecedentes de los que no me sorprendería que obtuviera una morbosa angustia mortal. Cuando tenía doce años, vio morir a su madre bajo las ruedas de un coche. Su padre murió de cáncer. Sin embargo, no está claro el efecto de ambas vivencias en su problema actual.

Darrity recogió su sombrero.

 

—Bueno, doctor, le deseo éxito. Hay algo gordo en el aire, algo mucho mayor que la bomba H. No sé cómo puede haber algo mayor que eso, pero lo hay. —Ralson insistió en seguir de pie—. He tenido una mala noche, doctor.

—Sólo confío —repuso Blaustein— en que estas conversaciones no le perturben.

—A lo mejor, sí. Me hace pensar otra vez en el tema. Y cuando lo hago, todo se pone mal. ¿Qué le haría sentirse parte de un cultivo bacteriológico, doctor?

—Nunca se me ha ocurrido pensarlo. Puede que a una bacteria le parezca normal.

Ralson ni le oyó, prosiguió hablando despacio:

—Un cultivo en el que se estudia la inteligencia. Estudiamos todo tipo de cosas, siempre y cuando se trate de sus relaciones genéticas. Cazamos las moscas de la fruta y cruzamos ojos rojos con ojos blancos para ver lo que pasa. Nos tienen sin cuidado los ojos rojos y los ojos blancos, pero tratamos de sacar de ellos ciertos principios genéticos básicos. ¿Sabe a lo que me refiero?

—Claro.

—Incluso, entre los humanos, podemos seguir varias características físicas. Tenemos los labios Habsburgo, y la hemofilia que empezó con la reina Victoria y se propagó en sus descendientes de las familias reales de España y Rusia. Podemos seguir la debilidad mental de los Jukeses y los Kallikaks. Se aprende en las clases de Biología del Instituto. Pero no se pueden criar seres humanos como se crían las moscas de la fruta. Los seres humanos viven demasiado. Se tardarían siglos en sacar conclusiones. Es una lástima que no tengamos una raza especial de hombres que se reproduzcan a intervalos semanales, ¿no le parece? —Esperó una respuesta, pero Blaustein sólo sonrió. Ralson siguió hablando—: Sólo que esto es exactamente lo que seríamos para otro grupo de seres cuya duración de vida fuera de mil años. Para ellos nos reproduciríamos con bastante rapidez. Seríamos criaturas de vida breve y podrían estudiar la genética de tales cosas como la aptitud musical, la inteligencia científica y demás. No porque les interesaran esas cosas en sí, como tampoco nos interesan a nosotros los ojos blancos de la mosca de la fruta.

—Éste es un razonamiento muy interesante —comentó Blaustein.

—No es un simple razonamiento. Es cierto. Para mí es obvio y me tiene sin cuidado lo que usted opine. Mire a su alrededor. Mire al planeta Tierra. ¿Qué clase de animales ridículos somos para ser los amos del mundo después de que los dinosaurios fracasaran? Claro que somos inteligentes, pero, ¿qué es la inteligencia? Pensamos que es importante porque la tenemos. Si los tiranosauros hubieran elegido la única cualidad que creían les iba a asegurar el dominio de las especies, seguro que habría sido tamaño y fuerza. Y lo hubieran hecho mejor. Duraron más de lo que duraremos nosotros.

»La inteligencia en si misma no es gran cosa en cuanto a valores de supervivencia se refiere. El elefante no sale muy bien parado comparado con el gorrión, aunque es mucho más inteligente. El perro funciona bien bajo la protección del hombre, pero no tan bien como la mosca contra la que se alzan todas las manos humanas. O tome a los primates como grupo. Los pequeños se achican frente al enemigo; los grandes han sido siempre poco afortunados, defendiéndose siempre lo justo. Los mandriles son los mejores, pero es gracias a sus colmillos, no a su inteligencia. —Una ligera capa de sudor cubría la frente de Ralson. Siguió—: Y uno puede ver que el hombre ha sido hecho a medida, fabricado cuidadosamente en beneficio de las cosas que nos estudian. El primate tiene, generalmente la vida corta. Naturalmente los mayores viven más aunque eso es una regla general de la vida animal. No obstante el ser humano tiene una duración de vida dos veces más larga que los grandes monos, considerablemente más larga incluso que la del gorila, que le dobla en peso. Nosotros maduramos más tarde. Es como si se nos hubiera creado minuciosamente para que viviéramos un poco más de modo que nuestro ciclo de vida pudiera tener una longitud más conveniente. —Se puso en pie de un salto y sacudió los puños por encima de su cabeza—. Un millar de años no es más que ayer...

Blaustein pulsó apresuradamente un timbre. Por un instante, Ralson forcejeó con el enfermero vestido de blanco que acababa de entrar, después permitió que se lo llevara. Blaustein le siguió con la mirada, meneó la cabeza y levantó el teléfono. Consiguió hablar con Darrity:

—Inspector, es preferible que sepa que esto nos va a llevar mucho tiempo.

Escuchó, movió la cabeza, y dijo:

—Lo sé. No minimizo la urgencia.

La voz que le llegaba por el receptor era lejana y dura:

—Doctor, es usted el que la minimiza. Le enviaré al doctor Grant. Él le explicará la situación.

...Breed There A Man?El doctor Grant se interesó por el estado de Ralson. Luego, con gran pesar, preguntó si podía verle. Blaustein movió negativamente la cabeza. Grant insistió:

—Se me ha ordenado que le explique la situación actual de la investigación atómica.

—Para que lo entienda, ¿no?

—Eso espero. Es una medida desesperada. Tendré que recordarle que...

—Que no pronuncie ni una sola palabra. Sí, lo sé. Esta inseguridad por parte de su gente es un mal síntoma. Deberían saber que estas cosas no pueden ocultarse.

—Vivimos con el secreto. Es contagioso.

—Exactamente. Y ahora, ¿cuál es el secreto en curso?

—Hay..., o por lo menos puede haber una defensa contra la bomba atómica.

—¿Y es éste el secreto? Sería mejor que lo propagaran a gritos a todo el mundo y al instante.

—Por el amor de Dios, no. Escúcheme, doctor Blaustein. De momento sólo está en el papel. Está en el punto en que E es igual a MC al cuadrado o casi. Puede no ser práctico. Sería fatal despertar esperanzas que luego se vinieran abajo. Por el contrario, si se supiera que casi teníamos la defensa, podría despertarse el deseo de empezar y ganar una guerra antes de que la defensa estuviera completamente desarrollada.

—Esto no me lo creo. Pero le estoy distrayendo. ¿De qué naturaleza es esa defensa, o me ha dicho todo lo que puede decirme?

—No, puedo llegar hasta donde me parezca, siempre y cuando sea necesario para convencerle de que necesitamos a Ralson y... ¡pronto!

—Bien, pues cuénteme y así yo también conoceré los secretos. Me siento como un miembro del Gobierno.

—Sabrá más que la mayoría. Mire, doctor Blaustein, deje que se lo explique en términos vulgares. Hasta ahora los avances militares se consiguieron casi por igual tanto en las armas ofensivas como en las defensivas. En todas las guerras pasadas parecía haber una inclinación definida y permanente hacia lo ofensivo, y eso fue cuando se inventó la pólvora. Pero la defensa quiso participar. El hombre armado a caballo, de la Edad Media, se transformó en el tanque del hombre moderno, y el castillo de piedra se transformó en un búnker de cemento. Era lo mismo, lo que había cambiado era la cantidad, era la magnitud, ¡y en cuántos puntos!

—Está bien. Lo pone muy claro. Pero con la bomba atómica los puntos de magnitud aumentan, ¿verdad? Deben ir más allá del cemento y del acero para protegerse.

—En efecto. Sólo que no podemos limitarnos a hacer las paredes más gruesas. Se nos han terminado los materiales que eran suficientemente fuertes. Si el átomo ataca debemos dejar que el átomo nos defienda. Nos serviremos de la propia energía: un campo de energía.

—¿Y qué es un campo de energía? —preguntó ingenuamente Blaustein.

—Me gustaría poder explicárselo. En este momento no es más que una ecuación sobre el papel. Teóricamente la energía puede ser encauzada de tal forma que cree un muro de inercia inmaterial. En la práctica, no sabemos cómo hacerlo.

—Sería como un muro que no podrían atravesar ni siquiera los átomos, ¿no es eso?

—Ni siquiera las bombas atómicas. El único limite de su fuerza sería la cantidad de energía que pudiéramos volcar en él. Incluso podría ser impermeable a la radiación. Estamos hablando en teoría. Los rayos gamma rebotarían en él. En lo que hemos soñado es en una pantalla que estaría permanentemente colocada alrededor de las ciudades; a un mínimo de fuerza, sin casi utilizar la energía. Podría conectarse a un máximo de intensidad en una fracción de milisegundo, por el impacto de radiación de onda corta; digamos, la cantidad que irradiaría de una masa de plutonio lo bastante grande como para ser una cabeza atómica. Todo esto es teóricamente posible.

—¿Y para qué necesitan a Ralson?

—Porque él es el único que puede llevarlo a la práctica, si es que puede llevarse a la práctica lo bastante de prisa. En estos días, cada minuto cuenta. Ya sabe cuál es la situación internacional. La defensa atómica debe llegar antes que la guerra atómica.

—¿Por qué está tan seguro de Ralson?

—Estoy tan seguro de él como puedo estarlo de cualquier cosa. El hombre es asombroso, doctor Blaustein. Siempre acierta. Nadie se explica cómo lo consigue.

—Digamos intuición, ¿no? —El psiquiatra parecía turbado—. Posee un tipo de raciocinio que está más allá de la capacidad ordinaria humana. ¿Es eso?

—Confieso que ni pretendo saber lo que es.

—Entonces, déjeme que le hable otra vez. Le avisaré.

—Bien. —Grant se levantó para marcharse, luego, como si lo pensara mejor, añadió—: Podría decirle, doctor, que si usted no hace nada, la Comisión se propone quitarle al doctor Ralson de las manos.

—¿Y probar con otro psiquiatra? Si esto es lo que desean, por supuesto, no me cruzaré en su camino. No obstante, en mi opinión, no hay un solo médico que pretenda que existe una cura rápida.

—A lo mejor no intentamos seguir con el tratamiento psiquiátrico. Puede que, simplemente, le devuelvan al trabajo.

—Esto, doctor Grant, no lo permitiré. No sacarán nada de él. Será su muerte.

—De todos modos, así tampoco sacamos nada de él.

—Pero, de este modo existe una probabilidad, ¿no cree?

—Así lo espero. A propósito, por favor, no mencione que yo le he dicho que piensan llevarse a Ralson.

—No lo haré, y gracias por advertirme.

 

—La última vez me porté como un imbécil, ¿no es verdad, doctor? —preguntó Ralson ceñudo.

—¿Quiere decir que no cree lo que dijo entonces?

—¡Ya lo creo! —El cuerpo frágil de Ralson se estremeció con la intensidad de su afirmación. Corrió hacia la ventana y Blaustein giró en su sillón para no perderle de vista. Había rejas en la ventana. No podía saltar. El cristal era irrompible. Caía la tarde y las estrellas empezaban a aparecer. Ralson las contempló fascinado, después se volvió a Blaustein con el dedo en alto.

—Cada una de ellas es una incubadora. Mantienen la temperatura al grado deseado. Para experimentos diferentes, temperatura diferente. Y los planetas que las rodean son enormes cultivos que contienen distintas mezclas nutrientes y distintas formas de vida. Los investigadores también son parte económica, sean quienes sean o lo que sean. Han cultivado diferentes formas de vida en ese tubo de ensayo especial. Los dinosaurios en una época húmeda y tropical, nosotros en una época interglaciar. Enfocan el sol arriba y abajo, y nosotros tratando de averiguar la física que lo mueve. ¡Física! Descubrió los dientes en una mueca despectiva.

—Pero —objetó el doctor Blaustein— es imposible que el sol pueda enfocarse arriba y abajo a voluntad.

—¿Por qué no? Es como un elemento de calor en un horno. ¿Cree que las bacterias saben qué es lo que mueve el calor que llega a ellas? ¡Quién sabe! Puede que también ellas desarrollen sus teorías. Puede que tengan sus cosmogonías sobre catástrofes cósmicas en las que una serie de bombillas al estrellarse crean hileras de recipientes Petri. Puede que piensen que debe haber un creador bienhechor que les proporciona comida y calor y les dice: «¡Creced y multiplicaos!» Crecemos como ellas sin saber por qué. Obedecemos las llamadas leyes de la Naturaleza que son solamente nuestra interpretación de las incomprensibles fuerzas que se nos han impuesto. »Y ahora tienen entre sus manos el mayor experimento de todos los tiempos. Lleva en marcha doscientos años. En Inglaterra en el siglo xviii, supongo, decidieron desarrollar una fuerza que probara la aptitud mecánica. Lo llamamos la Revolución Industrial. Empezó por el vapor, pasó a la electricidad, luego a los átomos. Fue un experimento interesante, pero se arriesgaron mucho al dejar que se extendiera. Por ello es por lo que tendrán que ser muy drásticos para ponerle fin.

Blaustein preguntó:

—¿Y cómo podrían terminarlo? ¿Tiene usted idea de cómo hacerlo?

—Me pregunta cómo se proponen terminarlo. Mire a su alrededor en el mundo de hoy y seguirá preguntándose qué puede acabar con nuestra época tecnológica. Toda la Tierra teme una guerra atómica y haría cualquier cosa para evitarla; sin embargo, toda la Tierra sospecha que la guerra atómica es inevitable.

—En otras palabras, que los que experimentan organizaran una guerra atómica, queramos o no, para destruir la era tecnológica en que nos encontramos y empezar de nuevo. ¿No es así?

—Sí. Y es lógico. Cuando esterilizamos un instrumento, ¿conocen los gérmenes de dónde viene el calor que los mata? ¿O qué lo ha provocado? Los experimentadores tienen medios para elevar la temperatura de nuestras emociones; un modo de manejarnos que sobrepasa nuestra comprensión.

—Dígame, ¿es por esta razón por la que quiere morir? —rogó Blaustein—. ¿Porque piensa que la destrucción de la civilización se acerca y no puede detenerse?

—Yo no quiero morir —protestó Ralson, con la tortura reflejada en sus ojos—. Es que debo morir. Doctor, si tuviera usted un cultivo de gérmenes altamente peligrosos que tuviera que mantener bajo absoluto control, ¿no tendría un medio agar impregnado de, digamos, penicilina, en un círculo y a cierta distancia del centro de inoculación? Todo germen que se alejara demasiado del centro, moriría. No sentiría nada por los gérmenes que murieran, ni siquiera tendría por qué saber, en principio, que ciertos gérmenes se habrían alejado tanto. Todo seria puramente automático.

»Doctor, hay un círculo de penicilina alrededor de nuestro intelecto. Cuando nos alejamos demasiado, cuando penetramos el verdadero sentido de nuestra propia existencia, hemos alcanzado la penicilina y debemos morir. Es lento..., pero es duro, seguir viviendo. —Inició una breve sonrisa triste. Después añadió—: ¿Puedo volver a mi habitación ahora, doctor?

El doctor Blaustein fue a la habitación de Ralson al día siguiente a mediodía. Era una habitación pequeña y sin carácter, de paredes grises y acolchadas. Dos pequeñas ventanas se abrían en lo alto de uno de los muros y era imposible llegar a ellas. El colchón estaba directamente colocado encima del suelo, acolchado también. No había nada de metal en la estancia; nada que pudiera utilizarse para arrancar la vida corporal. Incluso las uñas de Ralson estaban muy cortadas.

—¡Hola! —exclamó Ralson incorporándose.

—Hola, doctor Ralson. ¿Puedo hablar con usted?

—¿Aquí? No puedo ofrecerle ni siquiera un asiento.

—No importa. Me quedaré de pie. Mi trabajo es sedentario y es bueno para mí estar de pie algún tiempo. Durante toda la noche he estado pensando en lo que me dijo ayer y los días anteriores.

—Y ahora va a aplicarme un tratamiento para que me desprenda de lo que usted piensa que son delirios.

—No. Sólo deseo hacerle unas preguntas y quizás indicarle algunas consecuencias de sus teorías que..., ¿me perdonará...?, tal vez no se le hayan ocurrido.

—¿Oh?

—Verá, doctor Ralson, desde que me explicó sus teorías yo también sé lo que usted sabe. Pero en cambio, no pienso en el suicidio.

—Creer es algo más que intelectual, doctor. Tendría que creer esto con todas sus consecuencias, lo que no es así.

—¿No piensa usted que quizá sea más bien un fenómeno de adaptación?

—¿Qué quiere decir?

—Doctor Ralson, usted no es realmente un biólogo. Y aunque es usted muy brillante en Física, no piensa en todo con relación a esos cultivos de bacterias que utiliza como analogía. Sabe que es posible producir unos tipos de bacterias que son resistentes a la penicilina, a cualquier veneno o a otras bacterias.

—¿Y bien?

—Los experimentadores que nos han creado han estado trabajando varias generaciones con la Humanidad, ¿no? Y ese tipo que ha estado cultivando por espacio de dos siglos no da señales de que vaya a morir espontáneamente. En realidad, es un tipo vigoroso y muy infeccioso. Otros tipos de cultivos más antiguos fueron confinados a ciudades únicas o a pequeñas áreas y duraron sólo una o dos generaciones. La de ahora, se está extendiendo por todo el mundo. Es un tipo muy infeccioso. ¿No cree que pueda haberse hecho inmune a la penicilina? En otras palabras, los métodos que los experimentadores utilizan para eliminar los cultivos pueden haber dejado de funcionar, ¿no cree?

Ralson movió la cabeza:

—Es lo que me preocupa.

—Quizá no sea usted inmune. O puede haber tropezado con una fuerte concentración de penicilina. Piense en toda la gente que ha estado tratando de eliminar la lucha atómica y establecer cierta forma de gobierno y una paz duradera. El esfuerzo ha aumentado recientemente, sin resultados demasiado desastrosos.

—Pero esto no va a impedir la guerra atómica que se acerca.

—No, pero quizás un pequeño esfuerzo más es todo lo que hace falta. Los abogados de la paz no se matan entre sí. Más y más humanos son inmunes a los investigadores. ¿Sabe lo que están haciendo ahora en el laboratorio?

—No quiero saberlo.

—Debe saberlo. Están tratando de inventar un campo de energía que detenga la bomba atómica. Doctor Ralson, si yo estoy cultivando una bacteria virulenta y patológica, puede ocurrir que, por más precauciones que tome, en un momento u otro inicie una plaga. Puede que para ellos seamos bacterias, pero somos peligrosos para ellos también o no tratarían de eliminarnos tan cuidadosamente después de cada experimento.

—Son lentos, ¿no? Para ellos mil años son como un día. Para cuando se den cuenta que estamos fuera del cultivo, más allá de la penicilina, será demasiado tarde para que puedan pararnos. Nos han llevado al átomo, y si tan sólo podemos evitar utilizarlo en contra nuestra, podemos resultar muy difíciles incluso para los investigadores.

Ralson se puso en pie. Aunque era pequeño, su estatura sobrepasaba en unos centímetros a Blaustein. De repente preguntó:

—¿Trabajan realmente en un campo de energía?

—Lo están intentando. Pero le necesitan.

—No. No puedo.

—Lo necesitan a fin de que usted pueda ver lo que es tan obvio para usted, y que para ellos no lo es. Recuérdelo, o su ayuda o la derrota del hombre por los investigadores.

Ralson se alejó unos pasos, contemplando la pared desnuda, acolchada. Masculló entre dientes:

—Pero es necesaria la derrota. Si construyen un campo de energía significa la muerte de todos ellos antes de que lo terminen.

—Algunos de ellos, o todos, pueden ser inmunes, ¿no cree? Y, en todo caso, morirán todos. Lo están intentando.

—Trataré de ayudarles —dijo Ralson.

—¿Aún quiere matarse?

—Sí.

—Pero tratará de no hacerlo, ¿verdad?

—Lo intentaré, doctor. —Le temblaron los labios—. Tendrán que vigilarme.

 

Blaustein subió la escalera y presentó el pase al guardia del vestíbulo. Ya había sido registrado en la verja exterior, pero ahora él, su pase y la firma volvían a ser revisados. Un instante después, el guardia se retiró a su cabina y llamó por teléfono. La respuesta le satisfizo. Blaustein se sentó y al cabo de medio minuto volvía a estar de pie y estrechaba la mano del doctor Grant.

—El Presidente de los Estados Unidos tendría dificultades para entrar aquí, ¿no? —preguntó Blaustein.

—Tiene razón —sonrió el físico—, sobre todo si llega sin avisar.

Tomaron un ascensor y subieron doce pisos. El despacho al que Grant le condujo tenía ventanales en tres direcciones. Estaba insonorizado y con aire acondicionado. Su mobiliario de nogal estaba finamente tallado.

—¡Cielos! —exclamó Blaustein—. Es como el despacho del presidente de un Consejo de Administración. La ciencia se está volviendo un gran negocio.

Grant pareció turbado.

—Sí, claro, pero el dinero del Gobierno mana fácilmente y es difícil persuadir a un congresista de que el trabajo de uno es importante a menos que pueda ver, oler y tocar la madera tallada.

Blaustein se sentó y sintió que se hundía blandamente. Dijo:

—El doctor Elwood Ralson ha accedido a volver a trabajar.

—Estupendo. Esperaba que me lo dijera. Esperaba que ésta fuera la razón de su visita.

Como inspirado por la noticia, Grant ofreció un puro al psiquiatra, que lo rehusó.

—Sin embargo —dijo Blaustein—, sigue siendo un hombre muy enfermo. Tendrán que tratarle con suma delicadeza y comprensión.

—Claro. Naturalmente.

—No es tan sencillo como parece creer. Quiero contarle algo de los problemas de Ralson, para que comprenda en toda su realidad lo delicada que es la situación.

Siguió hablando y Grant le escuchó primero preocupado, luego estupefacto.

—Pero este hombre ha perdido la cabeza, doctor Blaustein. No nos será de ninguna utilidad. Está loco.

—Depende de lo que usted entienda por «loco» —replicó Blaustein encogiéndose de hombros—. Es una palabra fea; no la emplee. Divaga, eso es todo. Que eso pueda o no afectar sus especiales talentos, no puede saberse.

—Pero es obvio que ningún hombre en sus cabales podría...

—¡Por favor! ¡Por favor! No nos metamos en discusiones sobre definiciones psiquiátricas de locura. El hombre tiene delirios y, generalmente, no me molestaría en considerarlos. El caso es que se me ha dado a entender que la especial habilidad del hombre reside en su modo de proceder a la solución de un problema que, al parecer, está fuera de la razón normal. Es así, ¿no?

—Sí. Debo admitirlo.

—¿Cómo juzgar el valor de una de sus conclusiones? Déjeme que le pregunte, ¿tiene usted impulsos suicidas últimamente?

—No, claro que no.

—¿Y alguno de los científicos de aquí?

—Creo que no.

—No obstante, le sugiero que mientras se lleva a cabo la investigación del campo de energía, los científicos involucrados sean vigilados aquí y en sus casas. Incluso sería una buena idea que no fueran a sus casas. En dependencias como éstas es fácil organizar un pequeño dormitorio...

—¡Dormir donde se trabaja! Nunca conseguirá que lo acepten.

—¡Oh, sí! Si no les dice la verdadera razón y les asegura que es por motivos de seguridad, lo aceptarán. «Motivos de seguridad» es una frase maravillosa hoy en día, ¿no cree? Ralson debe ser vigilado más y mejor que nadie.

—Naturalmente.

—Pero nada de eso tiene importancia. Es algo que hay que hacer para tranquilizar mi conciencia en caso de que las teorías de Ralson sean correctas. En realidad no creo en ellas. Son delirios, pero una vez aceptados, es necesario preguntarse cuáles son las causas de esos delirios. ¿Que hay en la mente de Ralson? ¿Qué hay en su pasado? ¿Qué hay en su vida que hace necesario que tenga esos delirios? Es algo que no se puede contestar sencillamente. Tal vez tardaríamos años en constantes psicoanálisis para descubrir la respuesta. Y, hasta que no consigamos la respuesta, no se curará.

»Entretanto podemos adelantar alguna conjetura. Ha tenido una infancia desgraciada que, de un modo u otro, le ha hecho enfrentarse con la muerte de una forma muy desagradable. Además, nunca ha sido capaz de asociarse con otros niños ni, al hacerse mayor, con otros hombres. Siempre ha demostrado impaciencia ante los razonamientos lentos. Cualquier diferencia existente entre su mente y la de los demás, ha creado entre él y la sociedad un muro tan fuerte como el campo de energía que tratan de proyectar. Y por razones similares ha sido incapaz de disfrutar de una vida sexual normal. Jamás se ha casado, jamás ha tenido novias.

»Es fácil adivinar que podría fácilmente compensarse de todo ello, de su fracaso en ser aceptado por su medio social, refugiándose en la idea de que los otros seres humanos son inferiores a él. Lo cual es cierto, claro, en lo que se refiere a su mentalidad. Hay, naturalmente, muchas facetas en la personalidad humana y en algunas de ellas no es superior. Nadie lo es. Pero hay otros, como él, más proclives a ver sólo lo que es inferior, y que no aceptarían ver afectada su posición preeminente. Le considerarían peculiar, incluso cómico, lo que provocaría que Ralson creyera de suma importancia demostrar lo pobre e inferior que es la especie humana. ¿Cómo podría mostrárnoslo mejor que demostrando que la Humanidad es simplemente un tipo de bacterias para otros seres superiores que experimentan con ella? Así sus impulsos suicidas no serían sino un deseo loco de apartarse por completo de ser hombre, de detener esta identificación con la especie miserable que ha creado en su mente. ¿Se da cuenta?

Grant asintió:

—Pobre hombre.

—Sí, es una lástima. Si en su infancia se le hubiera tratado debidamente... Bien, en todo caso, es mejor que el doctor Ralson no tenga el menor contacto con los otros hombres de aquí. Está demasiado enfermo para dejarle con ellos. Usted debe arreglárselas para ser el único que le vea, que hable con él. El doctor Ralson lo ha aceptado. Al parecer, cree que usted no es tan estúpido como los otros.

Grant sonrió débilmente.

—Bien, me conviene.

—Por supuesto, deberá ser muy cuidadoso. Yo no discutiría de nada con él, excepto de su trabajo. Si voluntariamente le informa de sus teorías, que no lo creo, limítese a vaguedades y márchese. Y en todo momento, esconda lo que sea cortante o puntiagudo. No le deje acercarse a las ventanas. Trate de que sus manos estén siempre a la vista. Sé que me comprende. Dejo a mi paciente en sus manos, doctor Grant.

—Lo haré lo mejor que pueda, doctor Blaustein.

 

Dos meses enteros vivió Ralson en un rincón del despacho de Grant, y Grant con él. Se pusieron rejas en las ventanas, se retiraron los muebles de madera y se cambiaron por sofás acolchados. Ralson pensaba en el sofá y escribía sobre una carpeta apoyada a un almohadón. El «Prohibida la entrada» era un letrero fijo en el exterior del despacho. Las comidas se las dejaban fuera. El cuarto de baño adyacente se reservaba para uso particular y se retiró la puerta que comunicaba con el despacho. Grant se afeitaba con maquinilla eléctrica. Comprobaba que Ralson tomara pastillas para dormir todas las noches, y esperaba a que se durmiera antes de dormirse él. Todos los informes se entregaban a Ralson. Los leía mientras Grant vigilaba aparentando no hacerlo. Luego Ralson los dejaba caer y se quedaba mirando al techo, cubriéndose los ojos con una mano.

—¿Algo? —preguntaba Grant. Ralson meneaba negativamente la cabeza. Grant le dijo:

—Oiga, haré que se vacíe el edificio en el cambio de turno. Es muy importante que vea alguno de los aparatos experimentales que hemos estado montando.

Así lo hicieron, recorrieron, como fantasmas, los edificios iluminados y desiertos, cogidos de la mano. Siempre cogidos de la mano. La mano de Grant era firme. Pero, después de cada recorrido, Ralson seguía negando con la cabeza. Una media docena de veces se ponía a escribir; hacía unos garabatos y terminaba dando una patada al almohadón. Hasta que, por fin, se puso a escribir de nuevo y llenó rápidamente media página. Grant, maquinalmente, se acercó. Ralson levantó la cabeza y cubrió la hoja con mano temblorosa. Ordenó:

—Llame a Blaustein.</