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Los ojos de Russell Tymball
estaban llenos de lóbrega satisfacción, mientras contemplaban las ruinas
ennegrecidas de lo que unas cuantas horas antes había sido un crucero de
la flota lasiniana. Las vigas maestras retorcidas, diseminadas por todas
direcciones, atestiguaban ampliamente la extraordinaria fuerza de la caída. El gordinflón terrícola
volvió a entrar en su propio y bruñido estrato-cohete y aguardó. Sus
dedos retorcieron distraídamente un largo cigarro durante unos minutos
antes de encenderlo. A través del humo ascendente, sus ojos se
entrecerraron y permaneció sumido en sus pensamientos. Se levantó al oír una
cautelosa llamada. Dos hombres entraron
apresuradamente lanzando una última y fugitiva mirada hacia atrás. La
puerta se cerró sin ruido, y uno se dirigió inmediatamente hacia los
controles. El desolado paisaje desértico
apareció muy por debajo de ellos casi en seguida, y la proa plateada del
estrato-cohete apuntó hacia la antigua metrópoli de Nueva York. Pasaron unos minutos antes de
que Tymball hablara. —¿Todo claro? El hombre que estaba en los
controles asintió. —Ni una sola nave tiránica
a la vista. Es evidente que el Grahul no ha podido solicitar ayuda
por radio. —¿Tienen el mensaje?
—preguntó ansiosamente el otro. —Lo encontramos con
bastante facilidad. Está intacto. —También encontramos
—dijo el segundo hombre, con amargura— otra cosa... el último informe
de Sidi Peller. Por un momento, la redonda
cara de Tymball se dulcificó y algo parecido al dolor se adueñó de su
expresión. Y después volvió a endurecerse. —¡Murió! Pero fue por la
Tierra, y por lo tanto no fue muerte. ¡Fue martirio! Calló un momento y después
dijo tristemente: —Déjeme ver el informe,
Petri. Cogió la única y doblada
hoja que le alargaron y la sostuvo ante sí. Lentamente, leyó en voz
alta: »El 4 de setiembre, entrada
con éxito en el crucero Grahul de la flota tiránica. Me mantuve
escondido durante el viaje de Plutón a la Tierra. El 5 de setiembre,
localicé el mensaje en cuestión y me apropié de él. Acabo de cerrar
los reactores, del cohete. Cierro este informe junto con el mensaje. ¡Larga
vida a la Tierra!« La voz de Tymball sonaba
curiosamente emocionada al leer la última palabra. —Los tiranos lasinianos
nunca han inmolado a un hombre tan grande como Sidi Peller. Pero nos lo
cobraremos, y con interés. La raza humana aún no está en completa
decadencia. Petri contemplaba el exterior
por la ventana. —¿Cómo pudo Peller hacer
todo eso? Un hombre... que viaja de polizón en un crucero de la flota sin
ser descubierto y roba el mensaje en las narices de toda la tripulación y
destroza la nave. ¿Cómo lo hizo? Y nunca lo sabremos; a excepción de
los escasos hechos de su informe. —Tenía sus órdenes
—dijo Willums, bloqueando los controles y dando media vuelta—. Yo
mismo se las llevé a Plutón. ¡Consiga el mensaje! ¡Destruya el Grahul
en el Gobi! ¡Lo hizo! ¡Eso es todo! —se encogió de hombros con
cansancio. La atmósfera de depresión
se hizo más intensa hasta que el propio Tymball la rompió con un gruñido: —Olvidémoslo. ¿Se han
ocupado de todo en la nave destruida? Los otros dos asintieron a la
vez. La voz de Petri reflejó su espíritu práctico: —Se eliminaron todas las
pistas de Peller y fueron atomizadas. Nunca detectarán la presencia de un
ser humano entre las ruinas. El mismo documento se reemplazó por la copia
que teníamos preparada, y se quemó cuidadosamente para evitar cualquier
sospecha. Incluso fue impregnada con la cantidad exacta de sales de plata
que contiene el sello oficial del emperador tirano. Me jugaría la cabeza
a que ningún lasiniano sospechará que la caída no fue un accidente o
que el mensaje no fue destruido a causa de ella. —¡Bien! Por lo menos
tardarán veinticuatro horas en localizar la nave siniestrada. Es un
trabajo difícil. Ahora deme el mensaje. Cogió la funda metaloide
casi con reverencia. Estaba ennegrecida y doblada, todavía un poco
caliente. Y entonces, con un salvaje movimiento de la muñeca, rompió la
tapa. El documento que extrajo se
desenrolló con un sonido crujiente. En la esquina inferior izquierda
estaba el enorme sello de plata del propio emperador lasiniano -el tirano
que, desde Vega, regía una tercera parte de la galaxia. Iba dirigido al
virrey del Sol. Los tres terrícolas
contemplaron solemnemente la fina letra impresa. La desagradablemente
angular escritura lasiniana brillaba con luz roja bajo los rayos del sol
poniente. —¿Ven como yo tenía razón?
—susurró Tymball. —Como siempre —asintió
Petri. La noche no llegó
completamente. El color negro-púrpura del cielo se intensificó
ligeramente y las estrellas brillaron imperceptiblemente, pero aparte de
eso la estratosfera no se diferenciaba entre la ausencia y la presencia
del Sol. —¿Ha decidido cuál será
el próximo paso? —preguntó Willums, vacilante. —Sí..., hace mucho tiempo.
Mañana iré a visitar a Paul Kane, con esto. —¡El loara Paul Kane!
—gritó Petri. —¡Ese... ese loarista!
—exclamó simultáneamente Willums. —El loarista —convino
Tymball—. ¡Es nuestro hombre! —Diga mejor que es el
lacayo de los lasinianos —gruñó Willums—. Kane, el jefe del loarismo,
es por consiguiente el jefe de los traidores humanos que predican sumisión
a los lasinianos. —Así es. —Petri estaba pálido,
pero más calmado—. Los lasinianos son nuestros enemigos declarados y
debemos enfrentarnos a ellos en una lucha limpia..., pero los loaristas
son sabandijas. ¡Gran espacio! Preferiría encontrarme a la merced del
tirano virrey en persona que tener cualquier cosa que ver con esos
repugnantes estudiantes de la historia antigua, que ensalzan la pasada
gloria de la Tierra y son culpables de su degradación presente. —Les juzga con demasiada
severidad —Había una sombra de sonrisa en los labios de Tymball—. Ya
he tenido tratos con este dirigente del loarismo con anterioridad. —Oh... —contuvo las
exclamaciones de sorprendida consternación que siguieron—, fui muy
discreto en cuanto a ello. Ni siquiera ustedes dos lo supieron, y, como
ven, Kane todavía no me ha delatado. Entonces no tuve éxito, pero aprendí
un poco. ¡Escúchenme! Petri y Willums se acercaron,
y Tymball prosiguió con entonación tajante y desapasionada. —La primera campaña galáctica
de los lasinianos concluyó hace dos mil años, inmediatamente después de
la conquista de la Tierra. Desde entonces, no se ha reanudado la agresión,
y los planetas humanos independientes de la galaxia están muy satisfechos
con el mantenimiento del statu quo. Ellos mismos están demasiado
divididos como para desear una nueva lucha. El loarismo sólo está
interesado en su propia supervivencia ante las intromisiones de nuevas
corrientes de pensamiento, y para ellos no tiene mucha importancia que
sean los lasinianos o los humanos los que gobiernen la Tierra, siempre que
el loarismo prospere. En realidad, nosotros -los nacionalistas- quizá
representemos para ellos un peligro mucho mayor en este aspecto que los
lasinianos. Willums sonrió tétricamente. —No hay duda de que así
es. —Entonces, admitiendo esto,
es natural que el loarismo asuma el papel de pacificador. Sin embargo, si
conviniera a sus intereses, se unirían a nosotros en un abrir y cerrar de
ojos. Y esto —golpeó el documento que tenía delante— es lo que les
convencerá de dónde residen sus intereses. Los otros dos guardaron
silencio. Tymball continuó: —Disponemos de poco tiempo.
No más de tres años, quizá no más de dos. Y sin embargo ya saben las
posibilidades de éxito que hoy día tendría una rebelión. —Lo lograríamos —rezongó
Petri, y prosiguió en tono apagado—, si los únicos lasinianos con los
que tuviéramos que enfrentarnos fueran los de la Tierra. —Exactamente. Pero pueden
pedir ayuda a Vega, y nosotros no podemos pedirla a nadie. Ninguno de los
planetas humanos acudiría en nuestra defensa, tal como ocurrió hace
quinientos años. Y ésa es la razón por la que debemos tener al loarismo
de nuestra parte. —¿Y qué hicieron los
loaristas hace quinientos años durante la Rebelión Sangrienta?
—preguntó Willums, con un odio amargo reflejado en la voz—. Nos
abandonaron para salvar su precioso pellejo. —No nos encontramos en una
posición adecuada para recordar aquello —dijo Tymball—. Tendremos su
ayuda ahora... y después, cuando todo haya concluido, nuestras cuentas
con ellos... Willums volvió a los
controles. —¡Nueva York dentro de
quince minutos! —Y después—: Pero sigue sin gustarme. ¿Qué pueden
hacer esos asquerosos loaristas? ¡Las cáscaras desecadas no sirven más
que para traiciones y trivialidades! —Constituyen la última
fuerza unificadora de la humanidad —replicó Tymball—. Bastantes débiles
e indefensos, pero la única oportunidad de la Tierra. Ahora estaban penetrando en
la más espesa atmósfera inferior, y el silbido de aire que provocaban se
hizo más estridente. Willums conectó los cohetes
de frenado al atravesar una capa de nubes grises. Allí, en el horizonte,
se veía el gran resplandor difuso de la ciudad de Nueva York. —Comprueben que sus pases
estén en perfecto orden para la inspección lasiniana y oculten el
documento. De todos modos, no nos registrarán. El loara Paul Kane se recostó
en su ornamentado sillón. Los delgados dedos de una de sus manos jugaban
con un pisapapeles de marfil que había sobre su mesa. Sus ojos evitaban
los del hombre más bajo y grueso que tenía delante, y su voz, mientras
hablaba, adquiría inflexiones solemnes. —No puedo seguir protegiéndole,
Tymball. Hasta ahora lo he hecho por el lazo de una humanidad común que
hay entre nosotros, pero... —Su voz se desvaneció. —¿Pero? —apremió
Tymball. Los dedos de Kane seguían
manoseando el pisapapeles. —Este último año los
lasinianos se han vuelto más duros. Se muestran casi arrogantes. —De
repente levantó la vista—. Usted ya sabe que no soy un agente
completamente libre, y no poseo la influencia y el poder que usted parece
creer que tengo. Volvió a bajar los ojos, y
una nota de preocupación se adueñó de su voz. —Los lasinianos sospechan.
Están empezando a vislumbrar los trabajos de una conspiración
clandestina bien organizada, y nosotros no podemos permitirnos el lujo de
vernos envueltos en ella. —Lo sé. En caso de
necesidad, están dispuestos a sacrificarnos del mismo modo que sus
predecesores sacrificaron a los patriotas de hace cinco siglos. Una vez más,
el loarismo representará su noble papel. —¿Hasta qué punto son
buenas sus rebeliones? —fue la cansada repuesta—. ¿Acaso los
lasinianos son mucho peores que la oligarquía de humanos que dirige
Santanni o el dictador que gobierna Trántor? Si los lasinianos no son
humanos, por lo menos son inteligentes. El loarismo puede vivir en paz con
sus gobernantes. Y ahora Tymball sonrió. No
había nada humorístico en ello, más bien una ironía burlona. Extrajo
una pequeña carta de su manga. —Lo cree así, ¿verdad?
Tenga, lea esto. Es una copia fotostática reducida de... No, no la
toque..., léala mientras yo la sostengo, y... Sus demás comentarios se
vieron ahogados por el súbito alarido del otro. El rostro de Kane se
contrajo alarmantemente convirtiéndose en una máscara de horror,
mientras trataba de agarrar el duplicado que mantenían fuera de su
alcance. —¿Dónde lo ha conseguido?
—Apenas reconoció su propia voz. —¿Qué importa eso? Lo
tengo, ¿verdad? Y ha costado la vida de un hombre valiente, y una nave de
la escuadra de Su Reptilesca Eminencia. Creo que no puede usted abrigar
ninguna duda en cuanto a su autenticidad. —¡No..., no! —Kane se
llevó una temblorosa mano a la frente—. Es la firma y el sello del
emperador. Es imposible falsificarlos. —Ya ve, Excelencia —había
sarcasmo en el tratamiento—, la renovación de la campaña galáctica es
una cuestión de dos años, o tres, a partir de ahora. El primer paso de
la campaña se dará en el curso de este mismo año... y a causa de este
primer paso —su voz adquirió una dulzura venenosa—, se ha enviado
esta orden al virrey. —Déjeme pensar un momento.
Déjeme pensar —Kane se derrumbó en el sillón. —¿Acaso tiene necesidad de
hacerlo? —gritó Tymball, despiadadamente—. Esto no es más que la
constatación de lo que le predije hace seis meses, y a lo que usted no
prestó atención. La Tierra, como mundo humano, será destruida; su
población, diseminada por grupos en las porciones lasinianas de la
galaxia; cualquier resto de ocupación humana, destruida. —¡Pero la Tierra! La
Tierra, el hogar de la raza humana; el principio de nuestra civilización... —¡Exactamente! El loarismo
se muere y la destrucción de la Tierra lo matará. Y una vez desaparecido
el loarismo la última fuerza unificadora habrá sido destruida, y los
planetas humanos, invencibles si estuvieran unidos, serán borrados, uno
por uno, en la segunda campaña galáctica. A menos que... La voz del otro era monótona. —Sé lo que va a decirme. —No más de lo que le dije
antes. La humanidad debe unirse, y sólo puede hacerlo alrededor del
loarismo. Necesita una causa por la que luchar, y esa causa debe ser la
liberación de la Tierra. Yo encenderé la chispa aquí en la Tierra y
usted ha de convertir a la porción humana de la galaxia en un polvorín. —Usted desea una guerra
total..., una cruzada galáctica —Kane hablaba en un susurro—. Pero
nadie sabe mejor que yo que una guerra total ha sido imposible durante
estos miles de años —Se echó a reír súbitamente, con amargura—. ¿Sabe
lo débil que es hoy el loarismo? —No hay nada tan débil que
no pueda reforzarse. Aunque el loarismo se ha debilitado desde sus grandes
días, durante la primera campaña galáctica, sigue teniendo su
organización y su disciplina; las mejores de la galaxia. Y sus dirigentes
son, en general, hombres capaces, y lo digo por usted. Un grupo de hombres
inteligentes concienzudamente centralizado, que trabaje a fondo, puede
hacer mucho. Debe hacer mucho, pues no tiene elección. —Déjeme —dijo Kane, débilmente—,
ahora no puedo hacer más. He de pensar —Su voz se desvaneció, pero uno
de sus dedos señalaba hacia la puerta. —¿Para qué sirven sus
pensamientos? —gritó Tymball irritado—. ¡Necesitamos hechos! Y con esto, se fue. La noche había sido horrible
para Kane. Su rostro estaba pálido y
deshecho; sus ojos, vacíos y brillantes de fiebre. Sin embargo, habló en
voz alta y firme. —Somos aliados, Tymball. Tymball sonrió sombríamente,
estrechó durante un momento la mano que Kane le tendía, y la soltó. —Sólo por necesidad,
Excelencia. Yo no soy amigo suyo. —Yo tampoco lo soy suyo.
Pero hemos de trabajar juntos. Ya he dado las órdenes iniciales y el
Consejo Central las ratificará. En esta dirección, por lo menos, no
preveo dificultades. —¿Cuándo se producirán
los resultados? —¿Quién sabe? El loarismo
aún dispone de sus medios de propaganda. Todavía hay quienes escucharán
por respeto, y otros por temor, e incluso algunos por la mera fuerza de la
propaganda. Pero ¿quién puede decirlo? La humanidad se ha dormido y el
loarismo también. Hay poco sentido antilasiniano, y será difícil
levantarlo de la nada. —El odio nunca es difícil
de levantar —y el mofletudo rostro de Tymball pareció extrañamente
severo—. ¡Emocionalismo! ¡Propaganda! E incluso en su estado de
debilidad, el loarismo es rico. Las masas pueden corromperse con palabras,
pero los que ocupan puestos importantes requerirán un poco de metal
amarillo. Kane levantó una mano con
cansancio. —No dice nada nuevo. Esa línea
de deshonor era la política humana ya en el confuso amanecer de la
historia, cuando sólo esta pobre Tierra era humana y aun así se dividió
en segmentos opuestos. —Después, amargamente—: ¡Pensar que hemos de
volver a las tácticas de aquella bárbara edad! El conspirador se encogió cínicamente
de hombros. —¿Conoce alguna mejor? —E incluso así, con toda
esa vileza, podemos fracasar. —No, si nuestros planes están
bien hechos. El loara Paul Kane se puso en
pie de un salto y cerró las manos frente a él. —¡Loco! ¡Usted y sus
planes! ¡Sus sutiles, secretos, solapados y tortuosos planes! ¿Acaso
cree que conspiración es rebelión, o rebelión, victoria? ¿Qué puede
hacer usted? Puede descubrir información y llegar secretamente a las raíces,
pero no puede dirigir una rebelión. Yo puedo organizar y preparar, pero
no puedo dirigir una rebelión. Tymball parpadeó. —Preparación... una
preparación perfecta... —... No es nada, se lo digo
yo. Se pueden tener todos los ingredientes químicos necesarios, y todas
las condiciones adecuadas, y sin embargo es posible que no haya reacción.
En psicología, particularmente psicología del vulgo, como en química,
es necesario tener un catalizador. —Por todos los espacios, ¿qué
quiere decir? —¿Puede usted dirigir una
rebelión? —gritó Kane—. Una cruzada es una guerra de emoción. ¿Puede
usted controlar las emociones? Usted, un conspirador, no mantendría el
fuego de una contienda abierta ni un sólo instante. ¿Puedo yo dirigir la
rebelión? ¿Yo, un viejo y un hombre de paz? Entonces, ¿quién ha de ser
el líder, el catalizador psicológico, que tome la inservible arcilla de
su preciosa «preparación» y le insufle vida? Los músculos de la barbilla
de Russel Tymball temblaron. —¡Derrotismo! ¿Tan
pronto? La respuesta fue cruel: —¡No! ¡Realismo! Hubo un silencio airado y
Tymball giró sobre sus talones y se fue. Era medianoche, hora local de
la astronave, y las festividades nocturnas alcanzaban su punto máximo. El
gran salón del trasatlántico Flaming Nova estaba lleno de figuras
que danzaban, reían y brillaban, volviéndose más joviales a medida que
la noche transcurría. —Esto me recuerda los
asuntos triplemente malditos de los que me hará ocupar mi mujer cuando
vuelva a Lacto —murmuró Sammel Maronni a su compañero—. Creí que me
escaparía de alguno, por lo menos aquí en el hiperespacio, pero
evidentemente no ha sido así. —Dio un sordo gruñido y contempló a la
concurrencia con una mirada de débil desaprobación. Maronni iba vestido a la última
moda, desde la cinta púrpura de la cabeza hasta las sandalias azul cielo,
y parecía sumamente incómodo. Su corpulenta figura estaba enfundada en
una túnica de color rojo brillante demasiado ajustada y los ocasionales
tirones a su ancho cinturón demostraban que era consciente de su mal
aspecto. Su compañero, más alto y
delgado, llevaba el inmaculado uniforme blanco con la soltura que da una
larga experiencia, y su imponente figura contrastaba fuertemente con el
aspecto algo ridículo de Sammel Maronni. El exportador lactoniano era
consciente de este hecho. —Maldito sea, Drake, tiene
un buen empleo. Se viste como una persona importante y no hace nada más
que sonreír y contestar a los saludos. ¿Cuánto le pagan por ello? —No lo bastante. —El
capitán Drake levantó una de sus cejas grises y miró irónicamente al
lactoniano—. Me gustaría que usted tuviera mi empleo por una semana más
o menos. Al cabo de ese tiempo ya estaría harto. Si cree que cuidar a
gordas damiselas viudas y esnobs de cabello rizado es un lecho de rosas,
le invito a que lo pruebe —murmuró malhumoradamente para sí durante un
momento, y después se inclinó cortésmente hacia una enjoyada vieja regañona
que le sonreía—. Es lo que ha encanecido mis cabellos y surcado de
arrugas mi cara, ¡por Rigel! Maronni sacó un largo
cigarro «Karen» de la bolsa que colgaba de su cintura y lo encendió con
placer. Lanzó una nube de humo verde
manzana al rostro del capitán y sonrió pícaramente. —Aún no he conocido a ningún
hombre que hablara bien de su trabajo, aunque éste sea una ganga como el
suyo, viejo pillo. Ah, si no me equivoco, la encantadora Ylen Surat va a
caer sobre nosotros. —¡Oh, diablos rosas de
Sirio! Casi no me atrevo a mirar. ¿Es esa vieja bruja que viene en
nuestra dirección? —Exactamente... ¡y vaya
suerte que tiene usted! Es una de las mujeres más ricas de Santanni, y
viuda, también. El uniforme las subyuga, supongo. ¡Lástima que yo esté
casado! El capitán Drake contrajo el
rostro en una mueca horrible. —Ojalá se le cayera una lámpara
encima. Y con esto se volvió,
trocando su expresión por una de dulce satisfacción en sólo un
instante. —Pero, señora Surat, creía
que nunca tendría el placer de saludarla. Ylen Surat, que ya hacía años
había pasado de los sesenta, se rió como una niña. —Repórtese, viejo
galanteador, o me hará olvidar que he venido a regañarle. —Espero que no esté nada
mal. —A Drake le dio un vuelco el corazón. No era la primera vez que
soportaba las quejas de la señora Surat. Normalmente, todo solía estar
mal. —Hay muchas cosas que están
mal. Acaban de decirme que dentro de cincuenta horas aterrizaremos en la
Tierra... si así es como se pronuncia. —Totalmente correcto
—dijo el capitán Drake, algo más tranquilo. —Pero es una escala que no
estaba prevista cuando embarcamos. —No, no lo estaba. Pero
luego... verá, es cuestión de rutina. Nos iremos diez horas después del
aterrizaje. —Pero esto es insoportable.
Me retrasará un día completo. He de llegar a Santanni esta misma semana,
y los días son preciosos. Además, nunca he oído hablar de la Tierra. Mi
guía —extrajo un libro con tapas de piel de su bolso y lo hojeó
furiosamente— ni siquiera la menciona. Estoy segura de que nadie tiene
interés en parar ahí. Si usted persiste en malgastar el tiempo de los
pasajeros en una escala totalmente inútil, tendré que hablar de ello con
el presidente de la línea. Le recuerdo que tengo algo de influencia en
casa. El capitán Drake suspiró
imperceptiblemente. No era la primera vez que le recordaban el «algo de
influencia» de Ylen Surat. —Mi querida señora, tiene
usted razón, toda la razón, absolutamente toda... pero no puedo hacer
nada. Todas las naves de las líneas Sirio, Alpha Centauri y Cygni 61
deben detenerse en la Tierra. Es un acuerdo interestelar, y ni siquiera el
presidente de la línea, por mucho que lamentara su protesta, podría
cambiar la ruta. —Además —interrumpió
Maronni, que creyó llegado el momento de acudir en ayuda del acosado
capitán—, creo que llevamos dos pasajeros que se dirigen a la Tierra. —Así es. Lo había
olvidado. —El rostro del capitán Drake se animó un poco—. ¡Ahí
tiene! Resulta que tenemos una razón concreta para esta escala. —¡Dos pasajeros entre más
de mil quinientos! ¡Vaya una razón! —Es usted injusta —dijo
Maronni con sutileza—. Al fin y al cabo, la raza humana proviene de la
Tierra. Supongo que ya lo sabía, ¿verdad? Ylen Surat enarcó unas cejas
evidentemente postizas. —¿Sí? La desconcertada expresión
de su rostro se trocó en otra de desprecio. —Oh, bueno, eso fue hace
miles y miles de años. Ahora ya no tiene importancia. —La tiene para el loarismo
y los dos pasajeros que desean aterrizar son loaristas. —¿Pretende decirme —se
burló la viuda— que, en esta era ilustrada, aún hay gente que estudia
«nuestra cultura antigua»? ¿No es de eso de lo que siempre hablan? —De eso es de lo que Filip
Sanat siempre habla —se rió Maronni—. Hace pocos días me lanzó un
sermón sobre este mismo tema. Y fue interesante. La mayor parte de lo que
dijo era verdad. Asintió con ligereza y
continuó: —Es muy inteligente, ese
Filip Sanat. Hubiera podido ser un buen científico u hombre de negocios. —Habla de meteoros y se los
oye zumbar —dijo el capitán, de repente, e hizo una inclinación de
cabeza hacia la derecha. —¡Bueno! —balbuceó
Maronni—. Allí está. Pero... pero ¿qué diablos está haciendo aquí?
Realmente, Filip Sanat tenía
un aspecto bastante, incongruente mientras permanecía enmarcado en el
umbral más distante. Su túnica larga y oscura -característica de los
loaristas- era una mancha tétrica en un escenario alegre. Sus melancólicos
ojos se volvieron hacia Maronni y levantó inmediatamente la mano en señal
de reconocimiento. Los asombrados bailarines, le
abrieron paso automáticamente, siguiéndole con una mirada larga y
curiosa. Se podía oír la estela de susurros que dejaba tras de sí. Sin
embargo, Filip Sanat no se dio cuenta de ello. Con los ojos
inflexiblemente fijos delante de él y una expresión impasible, llegó
junto al capitán Drake, Sammel Maronni e Ylen Surat. Filip Sanat saludó
calurosamente a los dos hombres y después, en respuesta a una presentación,
se inclinó gravemente ante la viuda, que le contemplaba con sorpresa y
manifiesto desprecio. —Perdóneme por molestarle,
capitán Drake —dijo el joven en voz baja—. Sólo quería saber a qué
hora saldremos del hiperespacio. El capitán extrajo de su
bolsillo un cronómetro. —Una hora a partir de este
momento. —¿Y entonces estaremos...?
—Fuera de la órbita del
planeta IX. —Es decir, Plutón. Así
que el Sol estará a la vista cuando entremos en el espacio normal, ¿verdad?
—Así será, si mira en la
dirección correcta... hacia la proa de la nave. —Gracias. Filip Sanat hizo ademán de
alejarse, pero Maronni le detuvo. —Quédate, Filip. No pensarás
abandonarnos, ¿verdad? Estoy seguro de que la señora Surat está ansiosa
por hacerte unas cuantas preguntas. Ha demostrado gran interés por el
loarismo. —En los ojos del lactoniano se observaba una mirada maliciosa. Filip Sanat se volvió
atentamente hacia la viuda, que, sorprendida por el momento, permanecía
muda, y entonces se recobró. —Dígame, joven —exclamó—,
¿quedan realmente personas como usted? Loaristas, quiero decir. Filip Sanat se sobresaltó y
observó con bastante rudeza a su interlocutora, pero no perdió el don de
la palabra. Con tranquila claridad, dijo: —Todavía quedan personas
que tratan de mantener la cultura y la forma de vida de la antigua Tierra. El capitán Drake no pudo
evitar un comentario irónico: —¿Incluso bajo el dominio
de la cultura de los maestros lasinianos? Ylen Surat lanzó un grito
ahogado. —¿Quiere decir que la
Tierra es un mundo lasiniano? ¿Lo es? ¿Lo es? —Su voz se convirtió en
un chillido asustado. —Naturalmente —contestó
el asombrado capitán, arrepentido de haber hablado—. ¿No lo sabía? —Capitán —había
histerismo en la voz de la mujer—, no debe usted aterrizar. Si lo hace,
le crearé dificultades... muchas dificultades. No me expondré a las
hordas de esos horribles lasinianos... esos espantosos reptiles de Vega. —No tiene nada que temer,
señora Surat —observó Filip Sanat, fríamente—. La inmensa mayoría
de la población terrestre es humana. Sólo el uno por ciento, que
gobierna, es lasiniano. —Oh... —hizo una pausa, y
después, de forma hiriente, dijo—: Bueno, no creo que la Tierra sea tan
importante, si ni siquiera está gobernada por humanos. ¡El loarismo! ¡Una
estúpida pérdida de tiempo es como yo lo llamo! El rostro de Sanat enrojeció
súbitamente, y por un momento pareció luchar en vano por hablar. Cuando
lo hizo, fue en un tono de gran agitación: —Tiene usted un punto de
vista muy superficial. El hecho de que los lasinianos controlen la Tierra
no tiene nada que ver con el problema fundamental del loarismo, que... Giró sobre los talones y se
fue. Sammel Maronni lanzó un
largo suspiro mientras contemplaba a la figura que se alejaba. —Le ha dado en un punto
doloroso, señora Surat, nunca le había visto renunciar de este modo a
discutir o intentar explicar algo. —No tiene mal aspecto
—dijo el capitán Drake. Maronni se rió entre
dientes. —Ni por asomo. Ese joven y
yo somos del mismo planeta. Es un típico lactoniano, como yo. La viuda se aclaró la
garganta con mal humor. —Oh, cambiemos de tema. Ese
hombre parece haber lanzado una sombra sobre toda la habitación. ¿Por qué
llevan esas horribles túnicas de color púrpura? ¡Tan poco elegantes! El loara Broos Porin levantó
la vista al entrar su joven acólito. —¿Bien? —Dentro de menos de
cuarenta y cinco minutos, loara Broos. Y dejándose caer en un sillón,
Sanat apoyó su rostro congestionado y ceñudo en un puño cerrado. Porin contempló al otro con
una afectuosa sonrisa. —¿Has vuelto a discutir
con Sammel Maronni, Filip? —No, no exactamente. —Se
enderezó de un salto—. Pero ¿para qué sirve, loara Broos? Allí, en
el nivel superior, hay cientos de humanos, irreflexivos, vestidos
alegremente, riendo, divirtiéndose; y ahí afuera está la Tierra,
abandonada. Entre todos los viajeros de la nave, sólo nosotros dos vamos
allí para ver el mundo de nuestros antiguos días. Sus ojos evitaron los del
hombre de más edad y su voz adquirió un matiz de amargura. —Y hubo un tiempo en que
miles de humanos, procedentes de todos los rincones de la galaxia,
aterrizaban cada día en la Tierra. Los grandes días del loarismo se han
acabado. El loara Broos se echó a reír.
Nadie hubiera pensado que su ceñuda figura abrigara una risa tan enérgica. —Ésta debe ser por lo
menos la centésima vez que te oigo decir esto. ¡Tonto! Llegará un día
en que la Tierra volverá a ser recordada. La gente aún volverá a acudir
en tropel. Vendrán por miles y millones. —¡No! ¡Se ha acabado! —¡Bah! Los agoreros
profetas de la fatalidad han dicho eso una y otra vez a lo largo de la
historia. Pero todavía no se ha demostrado que estuvieran en lo cierto. —Esta vez se demostrará.
—Los ojos de Sanat brillaron súbitamente—. ¿Sabe por qué? Porque la
Tierra ha sido profanada por los conquistadores reptiles. Una mujer acaba
de decirme, una mujer insustancial, estúpida y vacía, que no cree que la
Tierra sea tan importante si ni siquiera está gobernada por humanos. Ha
dicho lo que millones deben decir inconscientemente, y yo no he tenido
palabras para refutárselo. Ha sido un argumento que no podía refutar. —¿Y cuál sería tu solución,
Filip? Vamos, ¿la has pensado? —¡Expulsarlos de la
Tierra! ¡Convertirla una vez más en un planeta humano! Hace dos mil años
luchamos con ellos durante la primera campaña galáctica, y los detuvimos
cuando parecía que iban a absorber la galaxia. Hagamos una segunda campaña
y les enviaremos de regreso a Vega. Porin suspiró y movió la
cabeza. —¡Vaya un exaltado que
eres! Ningún loarista ha dejado de serlo al hablar de este tema. El
tiempo te curará y te apaciguará. ¡Mira, muchacho! —el loara Broos se
levantó y agarró al otro por los hombros— El hombre y el lasiniano son
inteligentes, y son las dos únicas razas inteligentes de la galaxia. Son
hermanas en mente y en espíritu. Estad en paz con ellos. No odiéis, pues
el odio es la emoción más irracional. En lugar de eso, esforzaos en
comprender. Filip Sanat miraba fijamente
al suelo y no dio muestras de haber oído. Su mentor chasqueó la lengua
en señal de amable reprobación. —Bueno, cuando seas más
viejo lo entenderás. Ahora, olvídate de todo esto, Filip. Recuerda que
estás a punto de realizar la ambición de todos los loaristas verdaderos.
Dentro de dos días llegaremos a la Tierra, y su suelo estará bajo
nuestros pies. ¿No es bastante para que te sientas feliz? ¡Piénsalo!
Cuando regreses, serás recompensado con el título de «loara»: Serás
alguien que ha visitado la Tierra. Te prenderán el sol dorado en el
hombro. La mano de Porin se deslizó
hacia el llamativo círculo amarillo que llevaba sobre su propia túnica,
mudo testigo de sus tres visitas anteriores a la Tierra. —Loara Filip Sanat —dijo
lentamente Sanat, con los ojos brillantes—. Loara Filip Sanat. Suena
bien, ¿verdad? Y ya está muy cerca. —Veo que te sientes mejor.
Pero ven, dentro de pocos momentos dejaremos el hiperespacio y veremos el
Sol. Mientras hablaba, la gruesa
capa de hipermateria que se adhería con tanta fuerza a los costados del Flaming
Nova ya experimentaba los curiosos cambios que marcaban el comienzo de
la entrada en el espacio normal. La oscuridad se aclaró un poco y anillos
concéntricos de diversas tonalidades de gris se persiguieron unos a otros
con velocidad creciente. Era una fantástica y hermosa ilusión óptica
que la ciencia no había podido explicar. Porin apagó la luz de la
habitación, y los dos permanecieron inmóviles en la oscuridad,
contemplando la débil fosforescencia de las veloces ondas que desaparecían
con gran rapidez. Después, con una precipitación terroríficamente
silenciosa, toda la estructura de hipermateria pareció arder en un
torbellino de brillantes colores. Y entonces todo volvió a ser paz. Las
estrellas centelleaban mudamente contra el curvado telón de fondo del
espacio normal. Y sobre el extremo de la
portilla refulgía el resplandor más brillante del cielo con una luminosa
llama amarilla que iluminó los rostros de los dos hombre, transformándolos
en pálidas máscaras de cera. ¡Era el Sol! La estrella de nacimiento del
hombre estaba tan distante que no era más que un disco perceptible,
aunque no se veía otro objeto tan brillante. Iluminados por su débil luz
amarilla, los dos permanecieron en reflexión silenciosa, y Filip Sanat se
calmó gradualmente. |
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Al cabo de dos días, el Flaming
Nova aterrizaba en la Tierra. Filip Sanat olvidó la
deliciosa emoción que le había embargado en el momento que sus sandalias
entraron por primera vez en contacto con la firme hierba de la Tierra al
distinguir a un oficial lasiniano. En realidad parecían
humanos... o humanoides, por lo menos. A primera vista, las
predominantes características humanas borraban todo lo demás. El esquema
del cuerpo no difería esencialmente del de los hombres. El cuerpo bípedo
y de cuatro extremidades, los bien proporcionados brazos y piernas, el
cuello bien definido, eran pruebas patentes. Sólo al cabo de unos minutos
los pequeños detalles que marcaban la diferencia entre las dos razas se
hacían evidentes. El principal era las escamas
que les cubrían la cabeza y una gruesa línea en la espina dorsal, a
medio camino de las caderas. La propia cara, con la nariz plana, ancha y
ligeramente escamosa y los ojos sin párpados, era bastante repulsiva,
pero de ningún modo bestial. Porin observó la sorpresa de
Sanat ante esta primera visión de los reptiles de Vega con grandes signos
de satisfacción. —Ves —comentó—, su
aspecto no es monstruoso en absoluto. Entonces, ¿por qué debería
existir el odio entre los humanos y los lasinianos? Sanat no contestó.
Naturalmente, su viejo amigo tenía razón. La palabra «lasiniano» había
estado tanto tiempo asociada en su mente a las de «extranjero» y «monstruo»
que, contra todo conocimiento y razón, en su subconsciente había
esperado ver alguna fantástica forma de vida. No obstante, aunque trató de
sofocar el absurdo sentimiento que causaba esta suposición, siguió
experimentando el mismo odio persistente, que llegó a furia cuando
pasaron la inspección ante un altivo lasiniano que hablaba inglés. A la mañana siguiente, los
dos salieron hacia Nueva York, la ciudad más grande del planeta. La histórica
visita a la increíblemente antigua metrópoli hizo olvidar a Sanat las
dificultades de la galaxia, durante todo un día. Fue un gran momento para
él cuando finalmente se encontró ante una altísima estructura y se
dijo: «Esto es el Memorial». El Memorial era el mayor
monumento de la Tierra, dedicado al lugar de origen de la raza humana, y
era el miércoles, el día de la semana que dos hombres «guardaban la
Llama». Dos hombres, solos en el Memorial, vigilaban el vacilante fuego
amarillo que simbolizaba el valor y la iniciativa humana... y Porin ya se
las había arreglado para que aquel día la elección recayera sobre él y
Sanat, en su calidad de loaristas recién llegados. Así pues, a la débil luz
del crepúsculo, los dos se encontraron solos en la espaciosa estancia de
la llama del Memorial. En la sombría semioscuridad, iluminada tan sólo
por el vacilante fulgor de una incierta llama amarilla, una gran calma
descendió sobre ellos. Había algo en la especial
atmósfera del lugar que borraba toda alteración mental. Las vacilantes sombras que se
abrían paso a través de los pilares de la larga columnata que había en
ambos lados, creaban una fascinación hipnótica. Gradualmente, Filip Sanat
sintió sueño, y con los ojos adormilados miró la llama intensamente,
hasta que se convirtió en un ser viviente de luz que alzaba su mortecina
y silenciosa figura junto a su débil resplandor Pero los sonidos más
insignificantes son suficientes para interrumpir una ensoñación, en
especial cuando se oyen después de un silencio profundo. Sanat se puso súbitamente
rígido, y agarró el codo de Porin con fuerza. —Escuche —murmuró con
cautela. Porin se despertó
sobresaltado de un pacífico ensueño, contempló a su joven compañero
con intranquila intensidad, y después, sin pronunciar una sola palabra,
tendió el oído. El silencio era más profundo que nunca..., como una
capa tangible. Después, el ruido más débil
posible de unas pisadas sobre mármol, a lo lejos. Un susurro, casi
imposible de oír, y otra vez el silencio. —¿Qué es? —preguntó
sorprendido al ver a Sanat, que ya se había puesto en pie. —¡Lasiniano! —exclamó
Sanat, con el rostro convertido en una máscara de indignación llena de
odio. —¡Imposible! —Porin hizo
un esfuerzo por mantener la voz serena, pero le tembló a pesar de él—.
Sería un hecho inaudito. Lo que pasa es que estamos imaginándonos cosas.
Nuestros nervios están excitados por este silencio, eso es todo. Quizá
sea algún oficial del Memorial. —¿Después de la puesta
del sol, un miércoles? —dijo Sanat con voz estridente— . Sería tan
ilegal como la entrada de esos lagartos lasinianos, y mucho más
improbable. Como guardián de la Llama, tengo el deber de investigarlo. Hizo ademán de dirigirse a
la puerta en sombras, y Porin le agarró temerosamente por la muñeca. —No lo hagas, Filip. Olvidémonos
de eso hasta el amanecer. Nunca puede saberse lo que ocurrirá. ¿Qué
puedes hacer tú, incluso suponiendo que los lasinianos hayan entrado en
el Memorial? Si tú... Pero Sanat había dejado de
escucharle. Rudamente, se desasió del
desesperado apretón del otro. —¡Quédese aquí! Alguien
ha de vigilar la Llama. Volveré pronto. Ya se encontraba a medio
camino del espacioso vestíbulo de suelo de mármol. Se acercó con
precaución a la puerta de cristal que daba a la oscura escalera de
caracol que, medio en penumbras, conducía al desierto rincón de la
torre. Quitándose las sandalias,
trepó por las escaleras, lanzando una última mirada hacia la blanda
suavidad de la Llama, y hacia la nerviosa y asustada figura que permanecía
junto a ella. Los dos lasinianos estaban
frente a la nacarada luz de la lámpara atómica. —Vaya un lugar viejo y
melancólico —dijo Threg Ban Sola. La cámara que llevaba en la muñeca
chasqueó tres veces—. Baja algunos de esos libros que hay en las
paredes. Servirán como prueba adicional. —¿Crees que es prudente?
—preguntó Cor Wen Hasta—. Esos monos humanos pueden echarlos de
menos. —¡Qué importa! —fue la
helada respuesta—. ¿Qué pueden hacer ellos? —Lanzó una apresurada
mirada a su cronómetro—. Ganaremos cincuenta créditos por cada minuto
que permanezcamos aquí, así que también podernos hacer un buen montón
para distraernos durante un rato. —Pirat For está loco. ¿Por
qué pensó que no aceptaríamos la apuesta? —Creo —dijo Ban Sola—
que oyó hablar del soldado que el año pasado despedazaron por saquear un
museo europeo. A los humanos no les gusta eso, aunque Vega sabe que el
loarismo está podrido a causa del dinero. Los humanos fueron castigados,
desde luego, pero el soldado estaba muerto. Sea como fuere; lo que Pirat
For no sabe es que el Memorial está desierto los miércoles. Esto va a
costarle caro. —Cincuenta créditos por
minuto. Y ahora hace siete minutos. —Trescientos cincuenta créditos.
Siéntate. Jugaremos a cartas y veremos cómo aumenta nuestro dinero. Threg Ban Sola sacó de su
bolsillo un desgastado paquete de cartas que, aunque eran típica y
esencialmente lasinianas, mostraban trazas inequívocas de su derivación
humana. —Pon la lámpara atómica
sobre la mesa y yo me sentaré entre ella y la ventana —continuó
perentoriamente, barajando las cartas mientras hablaba—. Te garantizo
que no hay ningún lasiniano que haya jugado alguna vez en una atmósfera
parecida. Bueno, eso triplicará el aliciente del juego. Cor Wen Hasta se sentó, y
después volvió a levantarse. —¿No has oído algo?
—contempló las sombras que había detrás de la puerta medio abierta. —No —Ban Sola frunció el
ceño y siguió barajando—. No estarás poniéndote nervioso, ¿verdad? —Claro que no. Aun así, si
nos atraparan aquí, en esta maldita torre, no sería nada agradable. —Eso es imposible. Las
sombras te vuelven aprensivo —Dio las cartas. —Sabes —dijo Wen Hasta,
estudiando cuidadosamente sus cartas—, tampoco sería nada divertido que
el virrey llegara a enterarse de esto. Me imagino que no trataría
ligeramente a los ofensores de los loaristas, por cuestión de política.
Allí en Sirio, donde serví antes de que me trasladaran, la escoria... —Escoria, desde luego
—gruñó Ban Sola—. Se reproducen como moscas y luchan unos con otros
como toros locos. ¡Mira qué criaturas! —Volvió las cartas hacia abajo
y continuó argumentando—: Quiero decir, mirándolos científica e
imparcialmente, ¿qué son? ¡Sólo mamíferos! Mamíferos que pueden
pensar, en cierto modo; pero mamíferos igualmente. Eso es todo. —Lo sé. ¿Has visitado
alguna vez uno de los mundos humanos? Ban Sola sonrió. —Lo haré, dentro de muy
poco. —¿De permiso? —Wen Hasta
mostró un educado asombro. —¡De permiso! ¡Con mi
nave! ¡Y con las pistolas disparando! —¿Qué quieres decir?
—Hubo un súbito destello en los ojos de Wen Hasta. La sonrisa de Ban Sola se
hizo más misteriosa. —Suponen que no lo sabemos,
ni siquiera los oficiales, pero ya sabes cómo corren las noticias. Wen Hasta asintió. —Lo sé. —Ambos habían
bajado la voz instintivamente. —Bueno. La Segunda Campaña
puede comenzar en cualquier momento. —¡No! —¡Seguro! Y vamos a
empezarla aquí mismo. Por Vega, en el palacio virreinal no se habla de
otra cosa. Algunos oficiales incluso hemos empezado una apuesta acerca de
la fecha exacta del primer movimiento. Yo mismo he jugado cien créditos
al veinte por uno, pero sólo a la semana próxima. Tú puedes apostar
ciento cincuenta por uno, si eres lo bastante valiente como para escoger
un día en particular. —Pero ¿por qué en este
planeta olvidado de la galaxia? —Estrategia del Ministerio
del Interior —Ban Sola se inclinó hacia delante—. Nuestra posición
actual nos enfrenta a un enemigo numéricamente superior, pero demasiado
dividido. Si podemos mantenerlos así, los conquistaremos uno por uno. Los
mundos humanos perecerían antes que cooperar unos con otros. Wen Hasta sonrió,
asintiendo. —Es una conducta típicamente
mamífera. La evolución debió burlarse al conceder inteligencia a un
mono. —Pero la Tierra tiene un
significado especial. Es el centro del loarismo, porque los humanos se
originaron aquí. Corresponde al mismo sistema de Vega. —¿Lo dices en serio? ¡No
puede ser! ¿Esta diminuta mancha de dos por cuatro? —Es lo que ellos dicen. Yo
no estaba aquí en aquella época, de modo que no lo sé. Pero sea como
fuere, si podemos destruir la Tierra, acabaremos con el loarismo, que
tiene aquí su centro vital. Los historiadores dicen que fue el loarismo
lo que unió a los mundos en contra nuestra al final de la Primera Campaña.
Sin el loarismo, el último temor a la unificación del enemigo
desaparece, y la victoria es sencilla. —¡Muy inteligente! ¿Qué
plan seguiremos? —Bueno, se dice que buscarán
hasta el último humano sobre la Tierra y los diseminarán por los mundos
dominados. Entonces podremos destruir todas las demás cosas de la Tierra
que huelan a mamíferos y convertir el planeta en un mundo totalmente
lasiniano. —Pero ¿cuándo? —No lo sabemos; de ahí la
existencia de la apuesta. Pero nadie se ha arriesgado más allá de un período
de dos años. —¡Hurra por Vega! Te
apuesto dos a uno a que acribillo un crucero humano antes que tú, cuando
llegue el momento. —Hecho —exclamó Ban
Sola—. Pongo cincuenta créditos. Se levantaron para unir sus
puños en señal de acuerdo y Wen Hasta sonrió al consultar su cronómetro. —Otro minuto y dispondremos de mil créditos. Pobre Pirat For. Protestará. Vayámonos ya;
más, sería extorsionarle. Se oyó una risa ahogada mientras los dos las |