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Que
el primer inventor de una máquina del tiempo operable fuese un entusiasta
de la ciencia ficción no era de ninguna manera una coincidencia. Era
inevitable. ¿Por qué otro motivo podría un físico, por lo demás
cuerdo, atreverse a examinar las diversas teorías marginales que parecían
señalar la posibilidad de manipular el tiempo, en las mismas fauces de la
Teoría General de la Relatividad? Se
requería energía, por supuesto. Todo requiere energía. Pero Simeon
Weill estaba dispuesto a pagar el precio. Cualquier cosa (bueno, casi
cualquier cosa) para hacer realidad su oculto sueño de ciencia ficción. El
problema era que no había forma de controlar la dirección ni la
distancia a través de la cual se vería lanzado cronológicamente. Todo
era resultado de colisiones temporales al azar entre los taquiones
acoplados. Weill pudo hacer desaparecer ratones e incluso conejos... pero
hacia el futuro o el pasado, no podía decirlo. Un ratón reapareció, de
modo que debió de haber viajado sólo un corto camino hacia el pasado...
y parecía bastante indemne. ¿Los demás? ¿Quién podía decirlo? Diseñó
un disparador automático para la máquina. En teoría, invertiría el
impulso (cualquiera que éste fuese) y traer al objeto de regreso (desde
cualquier dirección y distancia que hubiera ido). No siempre funcionaba,
pero cinco conejos habían sido regresados sin daño. Si
sólo pudiera hacer un disparador infalible, Weill lo habría intentado
personalmente. Se moría por intentarlo... lo cual no era una
reacción propia de un físico teórico, pero sí la emoción
absolutamente predecible de un fanático de la ciencia ficción quien
estaba particularmente aficionado a las producciones de space opera de
algunas décadas anteriores al actual año de 1976. Era
inevitable, entonces, que sucediera el accidente. Por ningún motivo se
hubiera colocado entre los témpodos por una decisión consciente. Sabía
que las probabilidades de no regresar eran de dos a cinco. Por otra parte,
se moría por intentarlo, de modo que tropezó con sus propios
enormes pies y avanzó tambaleante entre esos dos témpodos como resultado
de un total accidente... Pero ¿hay realmente accidentes? Podía
haber salido lanzado hacia el pasado o hacia el futuro. Como sucedió, fue
hacia el pasado. Podía
haber salido lanzado incontables milenios o un día y medio hacia el
pasado. Como sucedió, fue lanzado hacia cincuenta y un años atrás,
hasta una época en que el escándalo de «Teapot Dome»[1]
estaba en su apogeo,
pero la nación seguía imperturbable junto a Coolidge[2],
y sabía que nadie en el mundo podría derrotar a Jack Dempsey[3]. Pero
había algo que las teorías no le habían dicho a Weill. Sabía lo que
podía ocurrir con las partículas mismas, pero no había manera de
predecir qué ocurriría con las relaciones entre las diversas partículas.
¿Y dónde existen relaciones más complejas que en el cerebro? De
modo que sucedió que, mientras Weill viajaba hacia atrás en el tiempo,
su mente «revertía». No todo el camino, afortunadamente, ya que Weill aún
no había sido concebido en el año anterior al Sesquicentenario de los
Estados Unidos, y un cerebro con un desarrollo menos que nulo habría
representado una clara desventaja. Revirtió
titubeante, parcial y torpemente, y cuando Weill se encontró sentado en
un banco de un parque, no lejos del lugar donde vivía en 1976, en la
parte baja de Manhattan, donde experimentaba en dudosa simbiosis con la
Universidad de Nueva York, se encontró en el año 1925, con un dolor de
cabeza abismal y una idea no muy clara sobre su situación. Se
encontró mirando fijamente a un hombre de unos cuarenta años, con el
cabello untado de brillantina, pómulos salientes, nariz ganchuda, que
compartía con él el mismo banco. El hombre parecía preocupado. —¿De
dónde ha venido? —dijo—. usted no estaba aquí hace un momento
—Hablaba con acento claramente teutónico. Weill
no estaba seguro. No podía recordar. Pero una frase parecía sobresalir
del caos dentro de su cabeza, aun cuando no estuviera seguro de su
significado. —Máquina del tiempo —tartamudeó. El
otro se puso tieso. —¿Lee
usted novelas seudo-científicas? —dijo. —¿Qué?
—dijo Weill. —¿Ha
leído La máquina del tiempo de H. G. Wells? La
repetición de la expresión pareció tranquilizar un poco a Weill. Su
dolor de cabeza se había calmado. El nombre Wells le sonaba familiar, ¿o
sería ése su propio nombre? No, su nombre era Weill. —¿Wells? —dijo—. Yo me llamo Weill. El
otro le tendió una mano. —Yo
soy Hugo Gernsback. De vez en cuando escribo novelas seudo-científicas,
pero por supuesto, no es correcto decir «seudo». Parece que hubiera algo
falso. Y no es así. Deberían estar escritas apropiadamente y entonces
serían ficción científica. Me gusta abreviarlo —sus negros ojos
chispearon— como cientificción. —Sí
—dijo Weill mientras hacía esfuerzos desesperados por reunir sus
recuerdos fragmentados, y desenvolver experiencias, sin recuperar sino
impresiones y estados de ánimo—. Cientificción. Mejor que seudo. Pero
aún no acaba de... —Si
está bien escrita. ¿Ha leído mi Ralph 124C41 + ? —Hugo
Gernsback —dijo Weill y frunció el entrecejo—. El famoso... —En
pequeña medida —dijo el otro. inclinando la cabeza—. Llevo años
editando revistas sobre temas de radio e inventos eléctricos. ¿Ha
leído usted Science and Invention[4]? Weill captó la palabra «inventos» y de alguna manera le dejó al borde a comprender qué había querido decir con «máquina del tiempo». —Sí,
sí —dijo, ansioso de saber más. —¿Y
qué le parece la cientificción que incluyo en cada número? Otra
vez la cientificción. La palabra tenía un efecto sedante sobre él, y
sin embargo no acababa de ser la expresión justa. Algo más... No
exactamente... —Algo
más. No exactamente... —repitió. —¿No
es bastante? Sí, he estado pensando en ello. El año pasado envié una
circular solicitando suscripciones para una revista que sólo publicase
cientificción. Deseaba titularla «Scientifiction». Los resultados
fueron muy decepcionantes. ¿Cómo explicaría eso? Weill
no le escuchaba. Seguía concentrado en la palabra «cientificción», que
no acababa de parecerle adecuada, aunque no conseguía entender por qué. —El
nombre no está bien —dijo. —¿No
está bien para una revista? Tal vez sea eso. No he pensado en un buen
nombre; algo que atraiga la atención, que deje claro lo que obtendrá el
lector, y lo que éste querrá. Eso es. Si pudiera encontrar un buen
nombre, lanzaría la revista sin preocuparme por circulares. No preguntaría
nada. Simplemente la colocaría en todos los quioscos de los Estados
Unidos la primavera próxima; y eso es todo. Weill
se le quedó mirando con expresión vacía. —Por
supuesto —prosiguió el hombre—, las historias que quiero deberían
enseñar las ciencias, aunque diviertan y entusiasmen al lector. Deberían
abrirle las vastas perspectivas del futuro. Los aeroplanos cruzarán el
Atlántico sin escalas. —¿Aeroplanos? —Weill tuvo una visión fugitiva de una gran ballena de metal, elevándose por sus propios gases de escape. Sólo un instante y se desvaneció. —Grandes,
transportando a cientos de personas más veloces que el sonido —dijo. —Por
supuesto. ¿Por qué no? Manteniéndose en contacto permanente por radio. —Satélites. —¿Qué?
—Ahora le tocaba sorprenderse al otro. —Las
ondas de radio rebotan contra un satélite artificial en el espacio. El otro asintió enérgicamente. —En
Ralph 124C41 + vaticino el uso de ondas de radio para detectar
objetos a distancia. ¿Espejos espaciales? También lo he vaticinado. Y
televisión, por supuesto. Y energía atómica. Weill estaba galvanizado. Las imágenes parpadeaban delante del ojo de su mente en un orden incongruente. —Átomo
—dijo—. Sí. Bombas nucleares. —Radio
—dijo complacido el otro hombre. —Plutonio
—dijo Weill. —¿Qué? —Plutonio.
Y fusión nuclear. A semejanza del Sol. Nylon y plástico. Insecticidas
para matar a los insectos. Computadoras para matar a los problemas. —¿Computadoras?
¿Quiere decir robots? —Computadoras
de bolsillo —dijo Weill, entusiasmado—. Pequeños objetos. Caben en
una mano y resuelven problemas. Radios pequeñas. También caben en una
mano. Cámaras que toman fotografías y las revelan en la misma caja.
Holografías. Imágenes tridimensionales. —¿Escribe
usted cientificción? —preguntó el otro hombre. Weill no le escuchaba. Trataba de atrapar las imágenes. Éstas estaban haciéndose más claras. —Rascacielos
—dijo—. De vidrio y aluminio. Autopistas. Televisión en color. El
hombre en la Luna. Sondas en Júpiter. —El
hombre en la Luna —dijo el otro—. Julio Verne. ¿Lee usted a Julio
Verne? Weill sacudió la cabeza. Todo estaba bastante claro ahora. Su mente se estaba recuperando un poco. —Un
paseo sobre la superficie de la Luna en la televisión. Todo el mundo
observando. Y fotografías de Marte. No hay canales en Marte. —¿No
hay canales en Marte? —dijo el otro, sorprendido—. Han sido vistos. —No
hay canales —dijo firmemente Weill—. Volcanes. Los más grandes. Cañones,
los más grandes. Transistores, láser, taquiones. Se capturan los
taquiones. Se los obliga a ir contra el tiempo. A moverse a través del
tiempo. A moverse a través del tiempo. Una-ma-... La voz de Weill estaba esfumándose y su contorno temblaba. Y sucedió que el otro hombre apartó los ojos en ese preciso instante, fijando la mirada en el cielo azul y murmurando: —¿Taquiones?
¿Qué está diciendo este hombre? Pensaba
que si un desconocido al que había encontrado casualmente en el parque
estaba tan interesado por la cientificción, podía ser una buena señal
de que había llegado el momento de sacar la revista. Y entonces recordó
que no tenía nombre y descartó la idea decepcionado. Volvió la vista justo a tiempo para escuchar las últimas palabras de Weill: —Viaje
taquiónico a través del tiempo... una... historia... sor... prendente...
—Y desapareció, para retornar de golpe a su propio tiempo. Hugo
Gernsback se quedó mirando horrorizado el lugar donde había estado el
hombre. No le había visto llegar y ahora tampoco le había visto partir,
realmente. Su mente descartaba una verdadera desaparición. Qué hombre más
raro; iba vestido con ropas de extraño corte, pensándolo bien, y sus
palabras eran descabelladas y confusas. El
mismo desconocido lo había dicho: un relato sorprendente. Sus últimas
palabras. Y entonces Gernsback murmuró la frase por lo bajo: —Una
historia sorprendente... ¿Historias
sorprendentes?[5] Una sonrisa asomó en las comisuras de su boca. |
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[1] Escándalo de corrupción política descubierto en Washington y que provocó un revuelo análogo al del «Watergate». (N. del T.) [2] Presidente de los Estados Unidos. (N. del T.) [3] Campeón mundial de boxeo de los pesos pesados, de nacionalidad norteamericana. (N. del T.) [4] Ciencia e Inventos. (N. del T.) [5] En inglés, «Amazing Stories», nombre de la revista que fundó Gernsback en 1926 y con motivo de cuyo quincuagésimo aniversario fue escrito este cuento. (N. del T.) |
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