LORENZO

servidor

ISAAC ASIMOV's

The Alternate Asimovs

Belief

Creencia

Prólogo

¿Qué decir de aquellos relatos míos que empezaron como relatos o novelas cortas, y que fueron publicados como tales en las revistas pero sólo después de revisiones tan amplias que mi historia original podría ser calificada como un «Asimov alternativo»?

No hay muchos casos, pero echemos un vistazo y veamos.

Durante mis primeros años como escritor de ciencia ficción, escribí nueve relatos que nunca vendí a nadie y que quedaron tan desamparados que apenas nadie se atrevió a susurrar una palabra hablando de revisión. Fueron relatos simplemente malogrados. Tales relatos son, por orden cronológico:

Cosmic Corkscrew (1938)
This Irrational Planet (1938)
Paths of Destiny (1938)
Knossos in Its Glory (1938)
The Decline and Fall (1939)
Life Before Birth (1939)
The Brothers (1939)
Oak (1940)
Masks (1941)

Podría tener la tentación de incluir esos relatos como «alternativos» a mi obra publicada, y como curiosidades históricas o errores de cálculo de un escritor joven, ante los que mis lectores podrían reír indulgentemente. Afortunadamente, me resulta fácil resistirme a esa tentación. Los manuscritos ya no existen.

Masks fue el relato vigésimo noveno que escribí, de modo que si nueve de los relatos escritos hasta entonces fueron fracasos totales, los otros veinte, que logré vender, configuran un índice de fracasos del treinta por ciento, incluso en mis años mozos. En algunas ocasiones, sólo después de considerables esfuerzos lograba vender aquellos primeros relatos, pero la mayoría de ellos fueron publicados (para bien o para mal) tal y como los había escrito, de modo que en tales casos no existe texto «alternativo». Hubo, sin embargo, una excepción.

En marzo de 1939 escribí un relato titulado Pilgrimage. A Campbell no le gustó, pero se mostró dispuesto a permitirme una revisión para eliminar aquello que él desaprobaba. Finalmente, lo revisé tres veces, entregando a Campbell cada una de las nuevas versiones... que él rechazó cada vez. El cuarto rechazo fue el último.

Seguí revisando el relato, con una determinación valedera de mejor causa, y el relato se publicó finalmente en la primavera de 1942 en Planet Stories, después de un total de siete (7) revisiones. Planet Stories lo publicó bajo el terrible título de Black Friar of the Flame (El Fraile Negro de la Llama), y para entonces yo ya lo odiaba. Decidí entonces que nunca más volvería a revisar un relato más de una vez..., y nunca lo hice.

Sin embargo, no existe ninguna de las primeras versiones de Pilgrimage, así que no puedo incluirlas aquí..., que es lo mejor que puede haber pasado.

Masks, el noveno y último relato que no pude vender, fue escrito a principios de febrero de 1941. Aquel mismo mes escribí otros dos relatos que fueron publicados en revistas menores. Después, en marzo de 1941 escribí Nightfall, que fue mi trigésimo segundo relato.

No me explico cómo pude escribir Nightfall después de haber escrito treinta y un relatos de una calidad tan variable que iba desde lo bueno hasta lo más horrible. Desde luego, yo no sitúo Nightfall en un lugar tan elevado como parecen hacerlo la mayoría de lectores de ciencia ficción, pero no cabe la menor duda de que fue considerado casi inmediatamente como un «clásico». Incluso ha sido votado cierto número de veces como el mejor relato o novela corta de ciencia ficción escrito jamás. (Yo desapruebo enérgicamente tal estimación. Creo que yo mismo he escrito una serie de relatos mejores que Nightfall. Y hasta es muy posible que otros escritores también.)

En cualquier caso, después de Nightfall ya no volví a escribir ninguna otra historia de ciencia ficción que no pudiera vender, habitualmente al primer intento. Armado con una creciente confianza en mí mismo, fui adoptando una actitud cada vez menos sumisa ante la revisión drástica. Siempre se me podía convencer para que hiciera cambios triviales que implicaban la introducción o eliminación de frases, e incluso de párrafos enteros, pero raramente me mostraba dispuesto a algo más que eso.

Claro que «raramente» no es «nunca», y siempre hubo excepciones. En las excepciones que se produjeron se hallaban implicados habitualmente o bien Horace Gold o John Campbell. Ambos eran excelentes escritores de ciencia ficción por derecho propio, así como personas insufribles que nunca quedaban satisfechas con ningún relato que no estuviera exactamente tal y como ellos mismos lo habrían escrito.

La única diferencia entre ambos era que Campbell se mostraba genial y agradable, mientras que Gold era arisco y a veces abrasivo.

Habitualmente, mis roces con Gold eran traumáticos. En 1950, cuando estaba escribiendo The Stars, Like Dust (En la Arena Estelar), —mi segunda novela—, insistió en que introdujera una pequeña trama hablando de la Constitución de los Estados Unidos. Me opuse tenazmente, argumentando que sería inapropiado introducir algo relacionado con una pequeña parte del planeta en una novela de ámbito galáctico. Gold siguió insistiendo, y yo terminé por insertarlo en forma de párrafos dispersos que podrían ser eliminados fácilmente sin dañar para nada la novela.

Cuando le entregué el manuscrito a Bradbury, le pedí disculpas por aquellos párrafos repugnantes y le dije que estaba dispuesto a eliminarlos. Pero cuando Bradbury leyó la novela quiso mantenerlos donde estaban. No pueden imaginarse lo frustrado que me sentí..., pero el caso es que esos párrafos han seguido en su lugar desde entonces, y, en consecuencia, The Stars, Like Dust sigue siendo mi novela menos favorita.

Más adelante, cuando Gold serializó The Stars, Like Dust, en los números de Galaxy correspondientes a enero, febrero y marzo de 1951, aún empeoró las cosas al titularla Tyrann. En mi opinión, tenía el peor de los gustos en cuanto a títulos se refiere.

En junio de 1952 le vendí a Gold The Martian Way (A lo Marciano). Me pidió numerosas revisiones, y yo ladré.

Finalmente, redujo sus exigencias a «una sola». En la historia sólo había personajes masculinos, y me pidió que introdujera a una mujer, cualquier mujer.

Yo no comprendía por qué, puesto que el argumento no exigía la presencia de ningún personaje femenino, y yo no me sentía a gusto con ellas. (Quiero decir como personajes de un relato; en la vida real me siento muy a gusto con ellas, no se preocupen.) Pero me mostré de acuerdo porque no deseaba parecer irrazonable. Por lo tanto, revisé una sección o dos del relato e introduje como personaje femenino a la regañona esposa de uno de los hombres.

Eso no era lo que Gold deseaba, y yo lo sabía muy bien, claro. Pero yo había cumplido. Había introducido a un personaje femenino. Gold se vio obligado a aceptar el relato tal y como lo había revisado. Fue publicado en noviembre de 1952 en el número de Galaxy, y mi nombre apareció mal impreso en la portada. No creo que ésa fuera la forma que tuvo Gold de vengarse de mí, pero les aseguro que en aquellos momentos ese pensamiento cruzó por mi cabeza.

No tengo la versión original de The Martian Way. Eran tiempos anteriores a la aparición de Gotlieb y la «bóveda de Isaac», y me atrevería a asegurar que el original fue quemado en la barbacoa. Pero no importa; la diferencia existente entre la primera versión y la que finalmente se publicó no era lo bastante importante como para justificar la inclusión de la primera en este volumen.

Otro incidente peculiar ocurrió con mi relato Hostess (Anfitriona), que le vendí a Gold en diciembre de 1950. Al parecer, Theodore Sturgeon le había vendido anteriormente un relato cuyo tema central era igual que el mío, aunque ambos eran por lo demás totalmente diferentes. Gold insistió en que introdujera algunos cambios menores en la parte final, para disminuir así el parecido totalmente coincidente. Lo hice así no sin protestar vehementemente, porque los cambios debilitarían notablemente mi relato, pero no pude convencer a Gold en esta cuestión.

Hostess se publicó en el número de Galaxy de mayo de 1951, pero cuando lo incluí en mi recopilación Nightfall and Other Stories (Doubleday, 1969), me aseguré de que apareciera en mi versión original. Así pues, el original terminó por ser publicado, de modo que no hay motivo para incluirlo aquí.

Y, a propósito, mi heroína en Hostess se llamaba originalmente Vera Smollett. Gold se negó resueltamente a aceptar dicho nombre porque la redactora jefe de la revista (un puesto puramente nominal por lo que sé) se llamaba en aquella época Vera Cerutti. Me sentí intrigado en cuanto a qué diferencia representaba eso, puesto que «mi» Vera era un personaje totalmente simpático, pero supongo que Gold tuvo sus razones, de modo que cambié el nombre de Vera por el de Rose. (Algo similar sólo me ocurrió en otra ocasión, cuando a uno de los dos personajes de un relato de misterio, le puse, sin yo saberlo, el mismo nombre que el de la esposa ya fallecida del editor, quien me pidió que cambiara el nombre. Me apresuré a complacerle.)

 

En una ocasión, y sólo en una, se resolvió totalmente a favor de Gold aquella relación difícil que existió entre ambos.
En el otoño de 1957 escribí un relato titulado
The Ugly Little Boy (El Niño Feo). Se lo envié a Larry Shaw, de Infinity Science Fiction, quien me había pedido un relato. Lo aceptó inmediatamente, pero la revista ya estaba en las últimas (sin que yo lo supiera), y el 5 de febrero de 1958 admitió que no tenía dinero para pagarme y me devolvió el relato.

Aquello fue para mí un acontecimiento desconcertante, pues tenía la intención de convertir The Ugly Little Boy en el relato final de una nueva antología que iba a titularse Nine Tomorrows (Nueve Futuros). Le había presentado el relato a Bradbury, y él se mostró dubitativo. Tuve que convencerle para que lo aceptara tal y como estaba..., y fue aquélla la primera vez que utilicé con él mi elocuencia para tal propósito. Ahora, si no encontraba rápidamente una revista que publicara el relato, Bradbury podría reconsiderar su propósito de incluirlo en la antología.

Lo envié a Astounding y Campbell me lo devolvió el 11 de marzo, con bastante firmeza. Ni siquiera me pidió que lo revisara. De modo que, de mala gana, intenté colocárselo a Horace Gold, preparándome para el duro rechazo habitual.
Pero no lo rechazó. El 20 de marzo hablamos por teléfono y me dijo que lo aceptaría si estaba dispuesto a hacer algunas revisiones. Se mostró pesaroso por ello, porque por aquel entonces ya sabía que una petición de revisión encontraría la más dura resistencia por mi parte, y porque quizá tendría que esperar largo tiempo antes de que volviera a intentarlo. Me bosquejó tres cuestiones que deseaba introducir y me dijo que se daría por satisfecho si yo lo adaptaba para cumplir con una de ellas..., sólo una de las tres.

Pero mientras él hablaba me di cuenta de que no había planteado bien el relato. No era extraño que Bradbury se hubiera mostrado reacio y Campbell totalmente negativo. La crítica de Gold me permitió verlo con claridad.

—No te preocupes, Horace —le dije por teléfono—. Volveré a escribir todo el condenado relato.

Y lo hice. Entre el 24 de marzo y el 1 de abril de 1958 escribí una versión completamente nueva de la historia, y tanto Gold como Bradbury la aceptaron de buena gana. Apareció publicada en Galaxy de septiembre de 1958, bajo el anodino título de Lastborn. Sin embargo, quedó incluida en Nine Tomorrows (Doubleday, 1959), con su título original y más sensible de The Ugly Little Boy.

No tengo la versión original de The Ugly Little Boy, y lo lamento amargamente. Si la tuviera, la habría incluido aquí, junto con la versión publicada, y ustedes podrían haber visto con sus propios ojos cómo un escritor experimentado puede perder el tren y necesitar algún correctivo exterior. Pero, ¡qué le vamos a hacer!... Una vez terminada la segunda versión, infinitamente superior, y sin un Howard Gotlieb para decirme que debía guardarlo todo, probablemente convertí la primera versión en confetti.

 

No obstante, puedo presentarles un relato, que no tiene nada que ver con Gold, sino con Campbell. En diciembre de 1952, Campbell me sugirió que escribiera un relato sobre un hombre que descubrió que podía levitar, pero que no encontraba a nadie que le tomara en serio.

Quería titularlo Upsy-Daisy. En aquellos tiempos, Campbell se sentía cada vez más interesado por las zonas marginales de la ciencia, y nunca perdía una oportunidad para conseguir que los autores escribieran historias sobre telepatía, telekinesis, clarividencia y otras «aptitudes marginales».

Sin embargo, llevé cuidado para que no fuera una historia marginal. Antes bien, intenté abordar el tema de la levitación desde el estricto punto de vista de la física, aun dándome cuenta de que ello podía significar un rechazo por parte de Campbell. Pero no sucedió así.

Campbell opuso alguna objeción al final y me convenció para que la retocara un poco.

En consecuencia, volví a escribir el tercio final del relato, que él aceptó y publicó en el número de Astounding de octubre de 1953.

Debido a esta revisión, nunca me sentí totalmente contento con Creencia. No obstante, permití que la versión publicada apareciera en diversas antologías, incluyéndola en dos de las mías Through a Glass, Clearly (A Través del Espejo) (New English Library, 1967) y The Winds of Change and Other Stories (Los Vientos de Cambio) (Doubleday, 1983).

Yo sigo conservando, no obstante, la versión original que ahora, por primera vez, verá la luz en el presente volumen.


—¿Has soñado alguna vez que estabas volando? —preguntó el doctor Roger Toomey a su esposa.

Jane Toomey alzó la vista.

—¡Por supuesto!

Sus rápidos dedos no dejaron de manipular ágilmente el hilo del que estaba surgiendo un intrincado e inútil tapetito para la mesa. El aparato de televisión emitía un apagado murmullo, y las imágenes de la pantalla apenas atraían la atención.

—Todo el mundo sueña con volar en un momento u otro —dijo Roger—. Es algo universal. Yo lo he hecho muchas veces. Eso es lo que me preocupa.

—Lamento decírtelo, pero no sé adónde quieres ir a parar, querido —dijo Jane.

Fue contando puntadas en voz baja.

—Cuando piensas un poco en ello —prosiguió él—, hace que te maravilles. No es realmente en volar en lo que sueñas. No tienes alas; yo al menos no las he tenido nunca. No hay ningún esfuerzo implicado en ello. Simplemente estás flotando. Eso es. Flotando.

—Cuando vuelo —dijo Jane—, no recuerdo ninguno de los detalles. Excepto en una ocasión en que aterricé en el tejado del ayuntamiento y no llevaba nada de ropa. De todos modos, en el sueño nadie parece prestarte atención cuando sueñas que estás desnuda. ¿Nunca te has dado cuenta de eso? Te mueres de vergüenza, pero la gente simplemente pasa por tu lado sin mirarte.

Tiró del hilo, y el ovillo cayó de la cesta y rodó por el suelo. No le prestó atención.

Roger agitó lentamente la cabeza. Su rostro estaba pálido y absorto en la duda. Parecía todo él ángulos, con sus altos pómulos, su larga y afilada nariz y las entradas en la frente, que se iban haciendo más pronunciadas con los años. Tenía treinta y cinco.

—¿No te has parado nunca a pensar en lo que te hace soñar que estás flotando? —preguntó.

—No, nunca.

Jane Toomey era rubia y menuda. Su belleza era del tipo frágil, de esas que no se imponen a uno sino que lo van ganando inconscientemente. Poseía los brillantes ojos azules y las sonrosadas mejillas de una muñeca de porcelana. Tenía treinta años.

—Muchos sueños son sólo la interpretación que la mente realiza de un estímulo imperfectamente comprendido —dijo Roger—. Los estímulos se ven forzados a un contexto razonable en una fracción de segundo.

—¿De qué estás hablando, querido?

—Mira, en una ocasión soñé que me hallaba en un hotel, asistiendo a una convención de física. Estaba con viejos amigos. Todo parecía absolutamente normal. De pronto, hubo una confusión de gritos, y sin ninguna razón me vi presa del pánico. Eché a correr hacia la puerta, pero no quiso abrirse. Uno a uno, mis amigos desaparecieron. No tuvieron problemas para abandonar la habitación, pero yo no pude ver cómo lo habían conseguido. Les grité, y me ignoraron.

»En mi interior empezó a crecer la seguridad de que el hotel era pasto de las llamas. No olía a humo. Simplemente, sabía que había un incendio. Eché a correr hacia la ventana, y pude ver una escalera de incendios en el exterior del edificio. Corrí a todas las ventanas pero ninguna conducía a la escalera de incendios. Ahora me hallaba completamente solo en la habitación. Me asomé a la ventana, llamando desesperadamente. Nadie me oyó.

»Entonces llegaron los coches de bomberos, pequeñas manchas rojas atravesando las calles. Recuerdo eso claramente. Las sirenas de alarma resonaban fuertemente para despejar el tráfico. Podía oírlas, cada vez más fuertes, hasta que el sonido llegó a hender mi cabeza. Me desperté y, por supuesto, el despertador estaba sonando.

»Ahora bien, no pude haber soñado un sueño tan largo destinado a llegar al momento en que empezara a sonar la alarma del despertador, a fin de que ésta encajara perfectamente en la trama del sueño. Es mucho más razonable suponer que el sueño se inició en el momento en que la alarma empezó a sonar, y comprimió toda su sensación de duración en una fracción de segundo. Se trataba simplemente de un dispositivo de justificación de mi cerebro para explicar aquel repentino sonido que penetraba en el silencio.

Jane estaba frunciendo el ceño. Dejó a un lado su labor.

—¡Roger! Te has comportado de un modo extraño desde que has vuelto de la universidad. No has cenado nada, y ahora esta ridícula conversación. Nunca te he visto tan morboso. Lo que necesitas es una dosis de bicarbonato.

—Necesito algo más que eso —dijo él en voz baja—. Veamos, ¿cómo empieza un sueño de estar flotando?

—Si no te importa, cambiemos de tema.

Se levantó, y con dedos firmes subió el volumen del televisor. Un joven caballero de mejillas hundidas y una sentimental voz de tenor le manifestó, melodiosamente, su eterno amor.

Roger volvió a bajar la voz del aparato y se quedó de pie con la espalda cubriendo la pantalla.

—¡Levitación! —exclamó—. Eso es. Existe alguna forma en que los seres humanos pueden conseguir flotar. Tienen la capacidad para ello. Simplemente, se trata de que no saben cómo usar esa capacidad..., excepto cuando están durmiendo. Entonces, a veces se elevan sólo un poquito, una décima de milímetro quizá. No lo suficiente para que alguien se dé cuenta de ello aunque esté observando, pero sí para desencadenar la sensación adecuada, que desencadena un sueño en el que uno está flotando.

—Roger, estás delirando. Me gustaría que lo dejaras. De veras.

Él siguió adelante con su idea.

—A veces volvemos a bajar lentamente, y la sensación desaparece. Otras veces, el control de flotación termina bruscamente, y caemos, Jane, ¿nunca has soñado que estabas cayendo?

—Sí, por sup...

—Te hallas colgando en la fachada de un edificio, o sentado en el borde de una silla, y de repente te estás cayendo. Es la horrible sensación de la caída la que te despierta de golpe, jadeante, el corazón palpitando locamente. Has caído de verdad. No hay otra explicación.

La expresión de Jane, que había pasado lentamente del desconcierto a la preocupación, se disolvió de pronto en una tímida sonrisa.

—Roger, maldito diablo. ¡Me has engañado! ¡Eres un canalla!

—¿Qué?

—Oh, no. No sigas con eso. Sé exactamente lo que has estado haciendo. Has estado imaginando el argumento para una historia y estás probándolo conmigo. Debería conocerte lo suficiente como para no escucharte.

Roger pareció sorprendido, incluso un poco confuso. Avanzó hasta el sillón de ella y se la quedó mirando.

—No, Jane.

—No veo por qué no. Has estado hablando acerca de escribir relatos desde que te conozco. Si realmente tienes un argumento, lo mejor que puedes hacer es escribirlo. No sirve de nada utilizarlo únicamente para asustarme.

Sus dedos empezaron a moverse de nuevo a medida que recuperaba el ánimo.

—Jane, esto no es ninguna historia.

—Pero ¿qué otra cosa...?

—Cuando me desperté esta mañana, ¡caí al colchón!

Ella se lo quedó mirando, sin parpadear.

—Soñé que estaba volando —prosiguió él—. Fue un sueño claro y preciso. Recuerdo cada uno de sus minutos. Me hallaba tendido de espaldas cuando me desperté. Me sentía cómodo, y completamente feliz. Sólo me pregunté por qué el techo parecía tan extraño. Bostecé y me desperecé, y toqué el techo. Durante un minuto, simplemente me quedé mirando a mi brazo alzado, que se apoyaba con fuerza contra el techo.

»Entonces me di la vuelta. No moví un músculo, Jane. Simplemente me di la vuelta, todo de una pieza, porque deseaba hacerlo. Allí estaba, a metro y medio sobre la cama. Tú estabas en la cama, durmiendo. Me asusté. No sabía cómo bajar, pero en el instante mismo en que pensé en bajar, caí. Caí lentamente. Todo el proceso estaba bajo un perfecto control.

»Me quedé inmóvil en la cama durante quince minutos antes de atreverme a moverme. Luego me levanté, me lavé, me vestí, y me fui al trabajo.

Jane forzó una sonrisa.

—Querido, hubiera sido mejor que escribieras todo eso. Pero no te preocupes. Simplemente has estado trabajando demasiado.

—¡Por favor! No seas trivial.

—La gente trabaja demasiado, aunque tú digas que es trivial. Lo que ocurrió fue que soñaste quince minutos más de lo que creíste que habías soñado.

—No era un sueño.

—Por supuesto que lo era. Soy incapaz de contar las veces que he soñado que me despertaba, me vestía y preparaba el desayuno; luego me despertaba realmente, y descubría que tenía que hacerlo todo de nuevo. Incluso he soñado que estaba soñando, si entiendes lo que quiero decir. Puede ser terriblemente confuso.

—Mira, Jane. He acudido a ti con un problema debido a que tú eres la única a la que siento que puedo acudir. Por favor, tómame en serio.

Los azules ojos de Jane se abrieron mucho.

—¡Querido! Te estoy tomando tan en serio como me es posible. Tú eres el profesor de física, no yo. Eres tú quien sabe de gravitación, no yo. ¿Me tomarías tú en serio si yo te dijera que me había encontrado flotando de pronto?

—No. Y eso es lo peor de todo. No quiero creer en ello, pero lo he vivido. No era un sueño, Jane. Intenté decirme a mí mismo que sí lo era. No tienes ni idea de cómo me he hablado a mí mismo de ello. Cuando iba hacia la universidad, estaba seguro de que era un sueño. ¿No has notado algo extraño en mí en el desayuno?

—Sí, ahora que pienso en ello, sí lo he notado.

—Bien, no era nada demasiado extraño, o lo hubieras mencionado. De todos modos, di perfectamente mi clase de las nueve. A las once, había olvidado todo el incidente. Entonces, justo antes de la comida, necesité un libro. Necesitaba..., bien, el título del libro no importa; simplemente lo necesitaba. Estaba en un estante de arriba,  ¡pero podía alcanzarlo! Jane...

Se detuvo.

—Bien, prosigue, Roger.

—Mira, ¿has intentado alguna vez alcanzar una cosa que está a sólo un palmo de distancia? Te inclinas y automáticamente das un paso hacia ella mientras la coges. Es algo por completo involuntario. Se trata simplemente de la coordinación refleja de tu cuerpo.

—De acuerdo. ¿Y?

—Me tendí hacia el libro, y automáticamente di un paso hacia arriba. ¡En el aire, Jane! ¡En el mismo aire!

—Voy a llamar a Jim Sarle, Roger.

—No estoy enfermo, maldita sea.

—Creo que debería hablar contigo. Es un amigo. No será una visita médica. Simplemente hablará contigo.

El rostro de Roger enrojeció con repentina irritación.

—¿Y qué bien puede hacerme eso?

—Ya veremos. Ahora siéntate, Roger. Por favor.

Se dirigió al teléfono.

Él la detuvo sujetándola por la muñeca.

—No me crees.

—Oh, Roger.

—No me crees.

—Sí te creo. Claro que te creo. Simplemente quiero...

—Sí. Simplemente quieres que Jim Sarle hable conmigo. Así es como me crees. Te estoy diciendo la verdad, pero tú quieres que hable con un psiquiatra. Mira, no tienes que creer en mi palabra. Puedo probarlo. Te probaré que puedo flotar.

—Te creo.

—No seas tonta. Sé cuándo me están engañando. ¡Quédate quieta! Ahora obsérvame.

Retrocedió hasta el centro de la habitación y, sin ningún preliminar, se alzó del suelo. Quedó suspendido, con las puntas de sus zapatos a quince centímetros de la alfombra.

Los ojos y la boca de Jane se convirtieron en tres redondas “O”.

—Baja, Roger —musitó—. Por todos los cielos, baja.

Él descendió de nuevo, y sus pies tocaron el suelo sin el menor ruido.

—¿Lo has visto?

—Oh, Dios mío. Dios mío.

Se lo quedó mirando, entre asustada y trastornada.

En el aparato de televisión, una mujer pechugona cantaba con voz apagada que volar muy alto con algún tipo en el cielo era su idea de nada en absoluto.

 

Roger Toomey miró a la oscuridad del dormitorio.

—Jane —susurró.

—¿Qué?

—¿No duermes?

—No.

—Yo tampoco puedo dormir. Estoy sujetando constantemente la cabecera de la cama para asegurarme que no... Ya sabes. —Su mano avanzó inquieta y acarició el rostro de ella. Jane se echó hacia atrás, apartando bruscamente la cabeza, como si la mano de él estuviera cargada de electricidad.

—Lo siento —dijo al cabo de un momento—. Estoy un poco nerviosa.

—No te preocupes. De todos modos, voy a levantarme.

—¿Qué vas a hacer? Tienes que dormir.

—Bueno, no puedo, así que no tiene sentido que te mantenga despierta a ti también.

—Quizá no ocurra nada. No tiene que ocurrir todas las noches. No había ocurrido antes de la noche pasada.

—¿Cómo lo sé? Quizá simplemente nunca subí tanto. Quizá nunca me desperté y me encontré en esa situación. De todos modos, ahora es distinto.

Se sentó en la cama, las piernas dobladas, los brazos abrazando sus rodillas, la cabeza apoyada en ellos. Echó la sábana a un lado y frotó su mejilla contra la suave franela del pijama.

—Ahora todo será inevitablemente distinto. Mi mente está llena de ello. Cuando me duerma, cuando no me mantenga conscientemente anclado abajo..., sé que ascenderé.

—No veo por qué. Eso debe representar un cierto esfuerzo.

—Ése es el detalle. No representa ningún esfuerzo.

—Pero estás luchando contra la gravedad, ¿no?

—Lo sé, pero pese a todo no representa ningún esfuerzo. Mira, Jane, si al menos pudiera comprenderlo, no importaría tanto.

Bajó las piernas de la cama y se puso en pie.

—No quiero hablar de ello.

—Yo tampoco —murmuró su esposa.

Se echó a llorar, luchando contra los sollozos y convirtiéndolos en estrangulados gemidos, que sonaban mucho peor.

—Lo siento, Jane —dijo Roger—. Te estoy excitando demasiado.

—No, no es eso. Pero no me toques. Simplemente..., simplemente déjame sola.

Roger dio unos pasos inseguros, apartándose de la cama.

—¿Adónde vas? —preguntó ella.

—Al sofá del estudio. ¿Puedes ayudarme?

—¿Cómo?

—Quiero que me ates.

—¿Atarte?

—Con un par de cuerdas. No muy apretadas, de modo que pueda darme la vuelta si quiero. ¿Te importa?

Los pies desnudos de Jane estaban buscando ya sus zapatillas en el suelo, al lado de su cama.

—De acuerdo —dijo con un suspiro.

Roger Toomey se sentó en el pequeño cubículo que pasaba por ser su despacho y miró al montón de papeles de examen que tenía delante. En aquellos momentos no sabía cómo iba a hacer para calificarlos.

Había dado cinco clases sobre electricidad y magnetismo desde la primera vez que había flotado. Las había dado como había podido, aunque no demasiado bien. Los estudiantes le hacían preguntas ridículas, de modo que probablemente no estaba siendo tan claro como acostumbraba a ser.

Hoy se había ahorrado una clase poniendo un examen sorpresa. No se había molestado en preparar uno; había echado mano de las copias de uno preparado algunos años antes.

Ahora tenía los papeles con las respuestas, y tenía que calificarlos. ¿Por qué? ¿Importaba realmente lo que decían? ¿Importaba realmente algo? ¿Era tan importante saber las leyes de la física? ¿Cuáles eran en realidad esas leyes? ¿Acaso existía alguna?

¿O todo era tan sólo una masa de confusión de la cual jamás podría extraerse nada coherente? ¿Era el universo, con toda su armoniosa apariencia, el mero caos original, aguardando todavía a que el Espíritu asomara su rostro de las profundidades?

El insomnio tampoco ayudaba. Incluso atado en el sofá, dormía tan sólo a intervalos, y siempre con pesadillas.

 

Alguien llamó a la puerta.

—¿Quién es? —gritó furiosamente Roger.

Una pausa, y luego la insegura respuesta.

—Soy la señorita Harroway, doctor Toomey. Le traigo las cartas que me dictó.

—Está bien, entre, entre. No se quede ahí.

La secretaria del departamento abrió la puerta el mínimo indispensable, y deslizó su delgado y poco atractivo cuerpo al interior del despacho. Llevaba un montón de papeles en la mano. A cada uno de ellos iba unida una copia en papel amarillo, y un sobre con membrete y la dirección ya puesta.

Roger estaba ansioso por librarse de ella. Ése fue su error. Se tendió hacia delante para coger las cartas mientras ella se aproximaba, y notó que abandonaba la silla.

Avanzó casi medio metro hacia delante, todavía en posición sentada, antes de conseguir impulsarse violentamente hacia atrás, perdiendo el equilibrio y dando una voltereta en el proceso. Era demasiado tarde.

Era absolutamente demasiado tarde. La señorita Harroway dejó caer las cartas de su temblorosa mano. Gritó y se dio la vuelta, golpeando la puerta con el hombro, rebotando en el pasillo, y echando a correr con un fuerte repiqueteo de sus altos tacones.

Roger se puso en pie, frotándose una dolorida cadera.

—Maldita sea —exclamó furioso.

Pero no podía evitar el ver la escena desde el punto de vista de ella. Imaginó cómo debía de haberse desarrollado todo a sus ojos: un hombre ya adulto, flotando suavemente fuera de su silla y deslizándose hacia ella en posición sentada.

Recogió las cartas y cerró la puerta de su despacho. Ya era tarde; los pasillos debían de estar vacíos; además, ella probablemente se expresaría de forma incoherente. Sin embargo... Aguardó ansioso la llegada de gente.

No ocurrió nada. Quizá la mujer estuviera tendida en algún sitio desvanecida. Roger sintió la necesidad de ir a ver lo que le había ocurrido y ayudarla si era necesario, pero le dijo a su conciencia que se fuera al diablo. Hasta que descubriera exactamente qué era lo que no funcionaba en él, cuál era el origen de aquella loca pesadilla, no debía hacer nada por revelarla.

Es decir, nada más de lo que ya había hecho.

Hojeó las cartas; una para cada uno de los físicos teóricos seleccionados entre los más importantes del país. Su propio talento era insuficiente para resolver aquel asunto.

Se preguntó si la señorita Harroway habría captado el contenido de las cartas. Esperaba que no. Lo había arropado deliberadamente en lenguaje técnico; más, quizá, de lo necesario. En parte para ser discreto, y en parte para impresionar a los destinatarios con el hecho de que él, Toomey, era un legítimo y capacitado científico.

Una a una, metió las cartas en los sobres adecuados. Los mejores cerebros del país, pensó. ¿Podrían ayudarle?

No lo sabía.

La biblioteca estaba tranquila. Roger Toomey cerró el Journal of Theoretical Physics, lo colocó a un lado, y se quedó mirando sombríamente su contraportada. ¡El Journal of Theoretical Physics! ¿Qué contribución había hecho ninguno de aquellos hombres a la erudita parcela de absurdo conocimiento? Aquel pensamiento le desgarró. Hasta hacía muy poco tiempo habían sido para él las mayores lumbreras del mundo.

Y sin embargo seguía haciendo todo lo posible por vivir según sus códigos y su filosofía. Con la ayuda cada vez más renuente de Jane, había efectuado mediciones. Había intentado pesar el fenómeno en la balanza, extraer sus correlaciones, evaluar sus cantidades. Había intentado, en pocas palabras, vencerlo de la única forma que sabía, convirtiéndolo simplemente en otra expresión de las eternas líneas de comportamiento que todo el universo debía seguir.

(Que debía seguir. Así lo decían las mentes más preclaras.)

Sólo que no había nada que medir. No había absolutamente ninguna sensación de esfuerzo en su levitación. En un espacio cerrado -no se había atrevido a hacer comprobaciones al aire libre, por supuesto-, podía alcanzar el techo tan fácilmente como alzarse un par de centímetros, excepto que requería más tiempo. Tenía la sensación de que con tiempo suficiente podría seguir alzándose de forma indefinida; ir hasta la Luna, si era necesario.

Podía llevar pesos mientras levitaba. El proceso se hacía más lento, pero no se apreciaba el menor incremento en el esfuerzo.

 

El día anterior había acudido a Jane sin advertirla, con un cronómetro en la mano.

—¿Cuánto pesas? —le preguntó.

—Cuarenta y cuatro —respondió ella.

Le miró, desconcertada.

Él la sujetó por la cintura con un brazo. Jane intentó soltarse, pero él no le prestó atención. Juntos, empezaron a ascender a paso de tortuga. Ella se aferró a él, blanca y rígida por el terror.

—Veintidós minutos, trece segundos —dijo él cuando su cabeza tocó el techo.

Cuando estuvieron de nuevo abajo, Jane se soltó de un tirón y salió apresuradamente de la sala.

Algunos días antes Roger había pasado por delante de una báscula pública descuidadamente instalada en una esquina junto a un drugstore. La calle estaba vacía, de modo que subió a la báscula y echó una moneda. Aunque ya sospechaba algo así, se sorprendió al descubrir que pesaba doce kilos.

Empezó a llevar montones de monedas en los bolsillos y a pesarse en todas las condiciones. Era más pesado los días de viento fuerte, como si necesitara más peso para impedir ser arrastrado.

El ajuste era automático. Fuera lo que fuese lo que lo hacía levitar, mantenía un equilibrio entre comodidad y seguridad. Sin embargo, podía reforzar el control consciente sobre su levitación del mismo modo que podía hacerlo sobre su respiración. Podía subir a una báscula y obligar a la aguja a subir hasta casi su peso normal, y por supuesto a bajar hasta la nada.

Dos días antes se había comprado una báscula y había intentado medir a qué velocidad podía cambiar de peso. No sirvió de nada. La velocidad, fuera cual fuese, era superior a la capacidad de reacción de la aguja. Todo lo que hizo fue acumular datos sobre módulos de comprensibilidad y momentos de inercia.

Bien..., ¿y a qué le conducía todo aquello?

Se puso en pie y salió cansadamente de la biblioteca, con los hombros caídos. Fue sujetándose a mesas y sillas mientras caminaba hacia un lado de la habitación, y allí mantuvo la mano apoyada contra la pared. Tenía la sensación de que debía hacerlo así. El contacto con la materia le mantenía constantemente informado de su posición con relación al suelo. Si su mano perdía el contacto con una mesa o se deslizaba hacia arriba por la pared..., cuidado entonces.

El pasillo contenía el escaso número habitual de estudiantes. Los ignoró. En aquellos últimos días, habían ido aprendiendo gradualmente a dejar de saludarle. Roger imaginó que algunos de ellos pensaban que era un tipo raro, y probablemente muchos empezaban a sentir antipatía hacia él.

Pasó junto al ascensor. Ya nunca lo tomaba; especialmente para bajar. Cuando el ascensor iniciaba su movimiento hacia abajo, le resultaba imposible no flotar en el aire, aunque sólo fuera por unos momentos. No importaba que se preparara para combatir el momento; flotaba, y la gente podía volverse y mirarle.

Avanzó una mano hacia la barandilla en el arranque de la escalera y, justo antes de que su mano la tocara, uno de sus pies tropezó con el otro. Fue el tropezón más desmañado que se pueda imaginar. Tres semanas antes, Roger hubiera rodado escalera abajo.

Esta vez, su sistema autónomo se hizo cargo de las cosas, e inclinándose hacia delante, los brazos abiertos, los dedos de las manos extendidos, las piernas semidobladas, flotó hacia abajo como un planeador. Parecía estar suspendido por hilos.

Estaba demasiado desconcertado para contenerse, demasiado paralizado por el horror como para hacer algo. A medio metro de la ventana del piso de abajo, se detuvo automáticamente y flotó.

Había dos estudiantes en el piso adonde fue a parar, ambos apretados contra la pared, otros tres en el arranque de la escalera, dos en el piso de más abajo, y uno en el descansillo junto a él, tan cerca que casi podían tocarse.

Todo estaba muy silencioso. Todos le estaban mirando.

Roger se enderezó en el aire, descendió hasta el suelo, y echó a correr escalera abajo, empujando bruscamente a un estudiante fuera de su camino.

Las conversaciones se transformaron en una única exclamación a sus espaldas.

—¿El doctor Morton desea verme?

Roger se volvió en su sillón, sujetándose firmemente a uno de sus brazos.

La nueva secretaria del departamento asintió.

—Sí, doctor Toomey.

Se marchó rápidamente. En el poco tiempo que llevaba allí desde que la señorita Harroway presentara su dimisión, se había enterado de que el doctor Toomey tenía algo “raro”. Los estudiantes le evitaban. En su clase de hoy, los asientos de atrás habían estado llenos de murmullos de estudiantes. Los asientos de delante habían permanecido desocupados.

Roger miró al pequeño espejo de pared cerca de la puerta. Se ajustó la chaqueta y se sacudió un hilo, pero esa operación hizo poco por mejorar su apariencia. Su tez era cada vez más amarillenta. Había perdido al menos cuatro kilos desde que todo aquello empezara, aunque por supuesto no tenía forma de saber exactamente cuánto había perdido. Su aspecto general era enfermizo, como si su digestión estuviera perpetuamente en contra de él y venciera todos los combates.

No sentía ninguna aprensión acerca de aquella entrevista con el jefe del departamento. Había alcanzado un pronunciado cinismo referente a los incidentes de levitación. Aparentemente, los testigos no hablaban. La señorita Harroway no lo había hecho. No había ninguna señal de que los estudiantes que le habían visto en la escalera lo hubieran hecho tampoco.

Con un último toque al nudo de su corbata, abandonó el despacho.

El despacho del doctor Philip Morton no estaba muy lejos al fondo del pasillo, lo cual era un hecho que Roger tenía que agradecer. Cultivaba cada vez más la costumbre de andar con una sistemática lentitud. Alzaba un pie y lo adelantaba, observando. Luego alzaba el otro pie y lo adelantaba, observando también. Avanzaba decididamente encorvado, mirándose los pies.

El doctor Morton frunció el ceño cuando Roger entró. Tenía unos ojos pequeños, y exhibía un hirsuto bigote mal recortado y un traje desaliñado. Poseía una moderada reputación en el mundo científico, y una decidida inclinación a dejar las tareas de enseñanza en manos de los miembros de su departamento.

—Mire, Toomey —dijo—, he recibido una carta de lo más extraña de Linus Deering. Usted le escribió el... —Consultó un papel sobre su escritorio—. El veintidós del mes pasado. ¿Es ésta su firma?

Roger miró y asintió. Ansiosamente, intentó leer del revés la carta de Deering. Aquello era inesperado. De las cartas que había enviado el día del incidente con la señorita Harroway, hasta aquel momento sólo cuatro habían sido contestadas.

Tres de ellas habían consistido en frías respuestas de un sólo párrafo, que decían más o menos: “Acuso recibo de su carta del veintidós. No creo que pueda ayudarle en el asunto que me plantea”. Una cuarta, la de Ballantine, del Northwestern Tech, había sugerido torpemente un instituto de investigaciones psíquicas. Roger no pudo decidir si estaba intentando ayudarle o si le insultaba.

Leering, de Princeton, hacía el número cinco. Había puesto grandes esperanzas en Deering.

El doctor Morton carraspeó fuertemente y se ajustó las gafas.

—Quiero leerle lo que dice. Siéntese, Toomey, siéntese. Dice: “Querido Phil...”.

El doctor Morton alzó brevemente la vista, con una sonrisa fatua.

—Linus y yo nos conocimos en las reuniones de la Federación el año pasado —explicó—. Tomamos unas cuantas copas juntos. Es un tipo encantador.

Se ajustó de nuevo las gafas, y volvió a la carta:

»Querido Phil: ¿Hay un tal doctor Roger Toomey en tu departamento? Recibí una carta suya realmente extraña el otro día. Te aseguro que no sé qué hacer con ella. Al principio pensé olvidarla, como una más de esas cartas de chiflados que recibimos todos. Luego pensé que puesto que la carta llevaba el membrete de tu departamento, tú deberías saber algo sobre ello. Claro que es posible que alguien esté utilizando a tu personal como parte de un embaucamiento. Te adjunto la carta del doctor Toomey para que la examines. Espero poder visitar algún día vuestra parte del país...«  Bien, el resto es personal.

El doctor Morton dobló la carta, se quitó las gafas, las colocó en un estuche de piel, y se metió éste en el bolsillo superior de su chaqueta. Entrelazó los dedos y se inclinó hacia delante.

—Bien —dijo—, creo que no hay necesidad de que le lea su propia carta. ¿Se trata de alguna broma? ¿Un engaño? 

—Doctor Morton —dijo Roger lentamente—, estaba hablando en serio. No veo nada malo en mi carta. La envié a unos cuantos físicos. Habla por sí misma. He hecho observaciones de un caso de levitación, y deseaba información acerca de posibles explicaciones teóricas a un tal fenómeno.

—¡Levitación! ¿De veras?

—Es un caso auténtico, doctor Morton.

—¿Lo observó usted personalmente?

—Por supuesto.

—¿Nada de hilos ocultos? ¿Nada de espejos? Mire, Toomey, usted no es un experto en estos fraudes.

—Fue una serie absolutamente científica de observaciones. No hay ninguna posibilidad de fraude.

—Hubiera debido consultarme, Toomey, antes de enviar esas cartas.

—Quizá hubiera debido hacerlo, doctor Morton, pero francamente, pensé que podría mostrarse usted... reacio.

—Bien, gracias. Hubiera debido esperar algo así. Y con el membrete del departamento. Me siento realmente sorprendido, Toomey. Mire, su vida es suya. Si desea usted creer en la levitación, adelante, pero hágalo estrictamente en su tiempo libre. En bien del departamento y de la universidad, debería resultarle obvio que este tipo de cosas no puede interferir con sus asuntos docentes.

»De hecho, observo que ha perdido usted algo de peso recientemente, ¿no es así, Toomey? Sí, no tiene en absoluto buen aspecto. Si yo fuera usted, iría a ver a un médico. Un especialista de los nervios, quizá.

—¿No cree que sería mejor un psiquiatra? —dijo Roger amargamente.

—Bien, eso es enteramente asunto suyo. En cualquier caso, un poco de descanso...

El teléfono había sonado, y la secretaria había atendido la llamada. Ahora le hizo una seña al doctor Morton, y éste tomó su extensión.

—¿Sí...? —dijo—. Ah, doctor Smithers, sí... Humm... Sí... ¿Relativo a quién?... Bueno, de hecho, está aquí conmigo precisamente ahora... Sí... Sí, inmediatamente.

Colgó el teléfono, y miró pensativo a Roger.

—El decano desea vemos a los dos.

—¿Acerca de qué, señor?

—No lo ha dicho. —Se levantó y se dirigió hacia la puerta—. ¿Viene, Toomey?

—Sí, señor.

Roger se puso en pie despacio, anclándose cuidadosamente con la puntera de sus zapatos en la parte inferior del escritorio del doctor Morton mientras lo hacía.

El decano Smithers era un hombre delgado con un largo rostro ascético. Su dentadura postiza encajaba tan mal en su boca que hacía que al pronunciar las sibilantes sonaran como un medio silbido.

—Cierre la puerta, señorita Bryce —dijo—, y no me pase ninguna llamada telefónica hasta que la avise. Siéntense, caballeros.

Se los quedó mirando ominosamente, y añadió:

—Creo que será mejor que vaya directamente al asunto. No sé exactamente lo que está haciendo el doctor Toomey, pero debe pararlo.

El doctor Morton se volvió hacia Roger, sorprendido.

—¿Qué ha estado usted haciendo?

Roger se alzó desalentadamente de hombros.

—Nada que yo pueda evitar.

Después de todo, había subestimado las habladurías de los estudiantes.

—Oh, vamos, vamos. —El decano mostró impaciencia—. Estoy seguro de que no conozco lo suficiente de la historia como para juzgar, pero parece que es usted el centro de todas las habladurías; habladurías que son completamente impropias del espíritu y la dignidad de esta institución.

—No sé nada de todo eso —dijo el doctor Morton.

El decano frunció el ceño.

—Entonces parece usted más bien sordo. Me resulta sorprendente la forma en que el cuerpo docente puede permanecer en la completa ignorancia de asuntos que saturan por entero el cuerpo estudiantil. Nunca antes me había dado cuenta de ello. Yo mismo lo oí por accidente; por un accidente muy afortunado, de hecho, puesto que conseguí interceptar a un periodista que llegó esta mañana buscando a alguien llamado “el doctor Toomey, el profesor volante”.

—¿Qué? —gritó el doctor Morton.

Roger escuchó con desaliento.

—Eso es lo que dijo el periodista. Cito sus propias palabras. Parece que uno de nuestros estudiantes llamó a su periódico. Eché al periodista e hice venir al estudiante a mi despacho. Según él, el doctor Toomey voló..., y utilizo la palabra “voló” porque así fue como insistió el estudiante en llamarlo..., bajando todo un tramo de escalones y volviendo a subirlos luego. Afirmó que hubo docenas de testigos.

—Solamente los bajé —murmuró Roger.

El decano Smithers estaba ahora recorriendo arriba y abajo la alfombra de su despacho. Parecía ser presa de una elocuencia febril.

—Ahora escuche, Toomey. No tengo nada contra las representaciones de aficionados. Desde mi llegada a este puesto he luchado denodadamente contra la pomposidad y la falsa dignidad. He animado el hermanamiento entre los distintos cuerpos de la facultad, y jamás he puesto objeción a una confraternización razonable con los estudiantes. Así que no puedo objetar nada si desea usted un show a sus estudiantes, en su propia casa.

»Seguramente se dará usted cuenta de lo que puede ocurrirle a la universidad si la prensa irresponsable la toma con nosotros. ¿Debemos dejar que el delirio hacia un profesor volante sustituya al delirio hacia los platillos volantes? Si los periodistas entran en contacto con usted, doctor Toomey, espero que niegue categóricamente todos los hechos que se le imputan.

—Comprendo, decano Smithers.

—Confío en que logremos salirnos de este incidente sin daño apreciable. Debo pedirle, con toda la firmeza que me confiere mi cargo, que nunca repita su..., esto..., hazaña. Si vuelve a ocurrir, me veré obligado a solicitar su dimisión. ¿Ha comprendido bien, doctor Toomey?

—Sí —dijo Roger.

—En ese caso, buenos días, caballeros.

El doctor Morton condujo a Roger de vuelta a su despacho. Esta vez, despidió a su secretaria y cerró cuidadosamente la puerta tras él.

—Por todos los cielos, Toomey —murmuró—, ¿tiene esta locura alguna conexión con su carta acerca de la levitación?

Los nervios de Roger estaban a punto de estallar.

—¿No resulta obvio? En esas cartas me refería a mí mismo.

—¿Puede usted volar? ¿Quiero decir, levitar?

—Puede utilizar la palabra que más le guste.

—Nunca he oído de tal... Maldita sea, Toomey, ¿le vio alguna vez levitar la señorita Harroway?

—En una ocasión. Fue un accid...

—Por supuesto. Ahora todo resulta obvio. Estaba tan histérica que era difícil entender lo que decía. Contó que usted saltó hacia ella. Sonaba como si estuviera acusándole de..., de... —El doctor Morton parecía azarado—. Bueno, yo no la creí. Era una buena secretaria, entiéndalo, pero obviamente no una de esas destinadas a atraer la atención de un hombre. Me sentí realmente aliviado cuando se fue. Pensé que la próxima vez se presentaría con un revólver, o acusándome a mí... Usted..., usted levitó, ¿no?

—Sí.

—¿Cómo lo hace?

Roger agitó la cabeza.

—Ese es mi problema. No lo sé.

El doctor Morton se permitió una sonrisa.

—¿Seguro que no repele la ley de la gravedad?

—Sí, creo que es eso. Debe de haber algo relacionado con la antigravedad mezclado en el fenómeno, no sé cómo.

La indignación del doctor Morton ante el hecho de que una broma como aquella fuera tomada en serio era evidente.

—Mire, Toomey, eso no es algo que pueda tomarse a risa.

—Tomarse a risa. Santo cielo, doctor Morton, ¿tengo el aspecto de estarme riendo?

—Bueno..., necesita usted un descanso. Sin discusión. Un poco de descanso, y esa tontería suya pasará. Estoy seguro de ello.

—No es ninguna tontería. —Roger agitó un momento la cabeza, luego dijo, con tono tranquilo—: Le diré una cosa, doctor Morton, ¿le gustaría colaborar conmigo en esto? En cierto sentido, es algo que puede abrir nuevos horizontes en las ciencias físicas. No sé como funciona; simplemente no puedo concebir ninguna solución. Los dos, juntos...

La expresión de horror del doctor Morton era a aquellas alturas inconfundible.

—Sé que suena extraño —insistió Roger—. Pero se lo demostraré. Es algo completamente auténtico. Querría que no lo fuese.

—Oh, vamos. —El doctor Morton saltó de su silla—. No se canse. Necesita usted urgentemente un descanso. No creo que deba aguardar hasta junio. Váyase a casa ahora mismo. Veré que se le siga abonando su sueldo, y yo mismo me encargaré de sus clases. Solía hacerlo antes, ya sabe.

—Doctor Morton, esto es importante.

—Lo sé, lo sé. —El doctor Morton le dio una palmada en el hombro—. De todos modos, muchacho, tiene usted muy mal aspecto. Hablando francamente, tiene usted un aspecto infernal. Necesita un largo descanso.

—Puedo levitar. —La voz de Roger estaba subiendo nuevamente de volumen—. Usted intenta librarse de mí porque no me cree. ¿Piensa que estoy mintiendo? ¿Cuáles podrían ser mis motivos?

—Se está excitando innecesariamente, muchacho. Déjeme llamar por teléfono. Haré que alguien le lleve a casa.

—Le digo que puedo levitar —gritó Roger.

El doctor Morton se puso rojo.

—Mire, Toomey, no sigamos discutiendo eso. No me importaría aunque se echase a volar por los aires en este mismo momento.

—¿Quiere decir que ver no significa creer, en lo que a usted respecta?

—¿En la levitación? Por supuesto que no. —El jefe del departamento estaba casi vociferando—. Si le viera a usted volar, iría a ver a un optometrista o a un psiquiatra. Antes creeré que estoy loco que el que las leyes de la física...

Se interrumpió, y carraspeó fuertemente.

—Bien, como ya he dicho, no discutamos sobre eso. Voy a llamar por teléfono.

—No es necesario, señor. No es necesario —dijo Roger—. De acuerdo. Me tomaré un descanso. Adiós.

Salió rápidamente, caminando con más brío que nunca lo había hecho en los últimos días. El doctor Morton, de pie, las manos apoyadas planas sobre su escritorio, se quedó contemplando con alivio la espalda de Toomey mientras se alejaba.

James Sarle, el médico, se hallaba en la sala de estar cuando Roger llegó a casa. En el momento en que éste cruzó la puerta, el médico estaba encendiendo su pipa con una mano de recios nudillos rodeando la cazoleta. Sacudió el fósforo para apagarlo, y su rubicundo rostro se frunció en una sonrisa.

—Hola, Roger. ¿Dimitiendo de la raza humana? No he sabido nada de ti desde hace más de un mes.

Sus negras cejas se juntaron sobre el puente de la nariz, dándole una apariencia más bien condescendiente, que de alguna forma le ayudaba a establecer una atmósfera adecuada con sus pacientes.

Roger se volvió hacia Jane, que permanecía hundida en un sillón. Como de costumbre últimamente, su rostro mostraba una expresión de lánguido agotamiento.

—¿Por qué lo has traído aquí? —le dijo Roger.

—¡Alto! Alto, hombre —dijo Sarle—. Nadie me ha traído. Esta mañana encontré a Jane en el centro, y me invité. Soy más grande y fuerte que ella; no pudo impedirlo.

—Os encontrasteis por mera coincidencia, supongo. ¿Das hora también para tus coincidencias?

Sarle se echó a reír.

—Digámoslo de esta otra forma: ella me habló un poco de lo que ha estado pasando aquí.

—Siento que no estés de acuerdo, Roger —dijo Jane débilmente—, pero ha sido la primera oportunidad que he tenido de hablar con alguien que pueda comprender.

—¿Qué te hace pensar que él puede comprender? Dime, Jim,  ¿crees su historia?

—No es una cosa fácil de creer —dijo Sarle—. Lo admito. Pero lo estoy intentando.

—Está bien, supón que vuelo. Supón que me pongo a levitar ahora mismo. ¿Qué harías?

—Supongo que desmayarme. Quizás exclamara: “¡Santo Dios!”. Quizá me echara a reír a carcajadas. ¿Por qué no lo probamos, y vemos lo que pasa?

Roger se lo quedó mirando fijamente.

—¿De veras deseas verlo?

—¿Por qué no iba a desearlo?

—Aquellos que lo han visto hasta ahora se han puesto a gritar, han echado a correr o se han quedado helados de horror. ¿Podrás soportarlo, Jim?

—Yo creo que sí.

—De acuerdo.

Roger se deslizó medio metro hacia arriba, y ejecutó diez veces un lento entrechat. Se quedó en el aire, las puntas de los pies apuntando hacia abajo, las piernas juntas, los brazos graciosamente extendidos en una amarga parodia de saludo.

—Mejor que Nijinski, ¿eh, Jim? —preguntó.

Sarle no hizo ninguna de las cosas que había sugerido que podía hacer. Excepto agarrar su pipa como si estuviera a punto de caérsele, no hizo absolutamente nada.

Jane había cerrado los ojos. Las lágrimas asomaban quietamente por entre sus párpados. .

—Baja, Roger —dijo Sarle.

Roger bajó. Tomó asiento y dijo:

—Escribí a una serie de físicos, hombres de gran reputación. Les expliqué la situación de una forma impersonal. Dije que pensaba que todo esto debería ser investigado. La mayor parte de ellos me ignoraron. Uno escribió al viejo Morton para preguntarle si yo era un farsante o estaba loco.

—Oh, Roger —murmuró Jane.

—¿Tú crees que se trata de algo malo? El decano me llamó hoy a su despacho. Me dijo que tenía que dejar de hacer esos juegos de salón. Parece que me caí por la escalera y automáticamente levité hasta abajo. Morton dice que no creerá que puedo volar ni siquiera aunque me vea en plena acción. En este caso ver no significa creer, dice, y en consecuencia me ordena que me tome un descanso. No pienso volver allí.

—Roger —dijo Jane, abriendo mucho los ojos—. ¿Estás hablando en serio?

—No puedo volver. Me dan asco, todos ellos. ¡Científicos!

—Pero ¿qué vas a hacer?

—No lo sé. —Roger hundió la cabeza entre las manos. Con voz ahogada, dijo—: Dímelo tú, Jim. Tú eres el psiquiatra. ¿Por qué no me creen?

—Quizá se trate de un asunto de autoprotección, Roger —dijo Sarle lentamente—. A la gente no le gustan las cosas que no puede comprender. Incluso hace algunos siglos, cuando muchas personas creían en la existencia de habilidades extranaturales, como volar sobre palos de escoba, por ejemplo, casi siempre se suponía que esos poderes eran originados por las fuerzas del mal.

»La gente aún sigue creyendo eso. Puede que no haya muchos que crean todavía literalmente en el diablo, pero la creencia generalizada de que todo lo extraño es malo subsiste. Lucharán contra la idea de creer en la levitación..., o se asustarán mortalmente si se ven obligados a tragar el hecho. Ésa es la verdad, así que enfréntate a ella.

Roger meneó la cabeza.

—Tú estás hablando de gente, y yo hablo de científicos.

—Los científicos también son gente.

—Ya sabes lo que quiero decir. Tengo aquí un fenómeno. No es brujería. No he hecho ningún trato con el diablo. Jim, tiene que existir una explicación natural. No sabemos todo lo que hay que saber sobre gravitación. Realmente, apenas sabemos nada. ¿No crees que es concebible que exista algún método biológico de anular la gravedad? Quizá yo sea una mutación de algún tipo. Quizá posea un..., bueno, llamémosle un músculo..., que puede anular la gravedad. Al menos puede anular el efecto de la gravedad en mí mismo. Bien, investiguemos eso. ¿Por qué quedarnos sentados con las manos cruzadas? Si conseguimos dominar la antigravedad, imagina lo que eso representará para la raza humana.

—Espera un momento, Roger —dijo Sarle—. Piensa un poco en el asunto. ¿Por qué te sientes tan infeliz al respecto? Según Jane, estabas casi loco de miedo el primer día que te ocurrió, antes de que tuvieras ninguna forma de saber que la ciencia iba a ignorarte y que tus superiores iban a mostrarse tan poco cooperativos.

—Eso es cierto —murmuró Jane.

—¿Por qué te ocurrió eso? —continuó Sarle—. Lo que tenías entre las manos era un nuevo, grande y maravilloso poder; una repentina liberación del horrible empuje de la gravedad.

—Oh, no digas tonterías —murmuró Roger—. Fue... horrible. No podía comprenderlo. Y sigo sin poder.

—Exacto, muchacho. Era algo que no podías comprender y, en consecuencia, algo horrible. Eres un físico. Sabes qué es lo que hace funcionar al universo. O si no lo sabes, sabes que hay otros que sí lo saben. Aunque nadie comprenda un determinado punto, sabes que algún día alguien lo comprenderá. La palabra clave es comprender. Forma parte de tu vida. Ahora te encuentras frente a frente con un fenómeno que consideras que viola una de las leyes básicas del universo. Los científicos dicen: dos masas se atraen mutuamente según una regla matemática preestablecida. Es una propiedad inalienable de la materia y del espacio. No hay excepciones. Y ahora tú eres una excepción.

—Y cómo —acotó Roger sombríamente.

—¿No lo entiendes, Roger? —prosiguió Sarle—. Por primera vez en la historia, la humanidad posee realmente lo que considera leyes inquebrantables. Repito, inquebrantables. En las culturas primitivas, un hechicero podía utilizar un encantamiento para producir lluvia. Si no funcionaba, eso no trastornaba la validez de la magia. Simplemente significaba que el chamán había olvidado alguna parte del encantamiento, o había roto un tabú, o había ofendido a un dios. En las modernas culturas teocráticas los mandamientos de la deidad son inquebrantables. Sin embargo, si un hombre quebranta los mandamientos y pese a ello prospera, eso no significa que esa religión en particular no sea válida. Los caminos de la providencia son admitidos como misteriosos, y todo el mundo sabe que en algún lugar le aguarda al culpable un invisible castigo.

»Hoy, sin embargo, existen leyes que realmente no pueden ser quebrantadas, y una de ellas es la ley de la gravedad. Funciona incluso cuando el hombre que la invoca ha olvidado murmurar lo de esto más eso más eso otro igual a aquello de más allá al cuadrado.

Roger consiguió esbozar una torcida sonrisa.

—Estás completamente equivocado, Jim. Las leyes inquebrantables han sido quebrantadas constantemente, una y otra vez. La radiactividad era algo imposible cuando fue descubierta. La energía surgió de la nada; cantidades increíbles de ella. Era algo tan ridículo como la levitación.

—La radiactividad era un fenómeno objetivo que podía ser transmitido y reproducido. El uranio velaba la película fotográfica para todo el mundo. Un tubo de Crookes podía ser construido por cualquiera y producía un flujo de electrones de idénticas características para todo el mundo. Tú...

—Yo he intentado transmitir.. .

—Lo sé. Pero ¿puedes decirme, por ejemplo, cómo puedo yo levitar?

—Por supuesto que no.

—Eso limita a los demás únicamente a la observación, sin reproducción experimental. Y sitúa tu levitación en el mismo plano que la evolución estelar, algo acerca de lo cual cabe teorizar, pero con lo que nunca se podrá experimentar.

—Sin embargo, hay científicos dispuestos a dedicar sus vidas a la astrofísica.

—Los científicos son gente. No pueden alcanzar las estrellas, así que se aproximan lo más que pueden. Pero sí pueden alcanzarte a ti, y ser incapaces de tocar tu levitación es algo que los pondrá furiosos.

—Jim, ni siquiera lo ha intentado. Hablas como si yo hubiera sido estudiado, pero lo cierto es que ni siquiera han tomado en consideración el problema.

—No tienen por qué hacerlo. Tu levitación forma parte de un tipo de fenómenos que nunca son tomados en consideración. La telepatía, la clarividencia, la presciencia, y un millar de otros poderes extranaturales, nunca han sido investigados con seriedad, ni siquiera cuando han sido descritos con todas las apariencias de credibilidad. Los experimentos de Rhine sobre la percepción extrasensorial han irritado a un número mayor de científicos que los que puedan haberse sentido intrigados. Así que entiéndelo, no necesitan estudiarte para saber que no desean estudiarte. Lo saben por anticipado.

—¿Y eso te parece divertido, Jim? Científicos negándose a investigar hechos; dándole la espalda a la verdad. Y tú te limitas a quedarte ahí sentado, sonriente y haciendo alegres afirmaciones.

—No, Roger, sé que todo esto es serio. Y no pretendo justificar a la humanidad, de veras. Estoy ofreciéndote mis pensamientos, una opinión. ¿Acaso no te das cuenta? Lo que intento en realidad es ver las cosas tal como son. Eso es lo que tendrías que hacer tú. Olvida tus ideales, tus teorías acerca de cómo debería actuar la gente. Considera lo que estás haciendo. Y trata de aceptarlo como una condición de la vida con la que tienes que vivir. Aunque no vaya a ser fácil.

—¿Cómo crees que puedo vivir con ello?

James Sarle vació la pipa y se la guardó.

—¿Quieres saber mi opinión?

—Te escucho.

—En tu estado de ánimo actual, no puedes seguir trabajando como científico. Tienes que vivir de tal modo que tu levitación pueda ser aceptada por los demás como una especie de hecho establecido. ¿No lo crees así?

—Eso sería un alivio.

—En tal caso te sugiero algo. Conozco a un hombre llamado William Magoun. Creo que puedo convencerle para que te ayude. Es una especie de productor teatral. Es propietario del “Black Mask”, una especie de club nocturno. O ésa es, al menos, la descripción más cercana a la realidad.

—¿Qué demonios me estás sugiriendo?

—¿No te parece evidente? ¿Por qué no actuar en un escenario? ¿Por qué no considerarte un mago?

Sarle colgó el abrigo y se incorporó.

Roger exclamó:

—¡Un mago!

—Traje conmigo la tarjeta de Magoun, por si acaso. Tómala, ¿quieres? Y, Roger, tienes un aspecto terrible. ¿Cuándo fue la última vez que pasaste una buena noche de sueño?

Roger murmuró algo vago.

—¿Quieres que te recete píldoras para dormir?

Roger se levantó.

—No, no las necesito. Aún me quedan algunas que me dio un miembro de la Escuela de