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Parecía no haber mucho
lugar para la esperanza. Sibelius Hopkins lo puso en las palabras más
sencillas. —Tendríamos
que conseguir el consentimiento marciano, y no lo conseguiremos, eso es
todo. La
desolación entre los otros era tan densa para impedirles respirar. —Nunca
debimos apoyar la autonomía de los colonizadores —dijo Ralph Colodny. —De
acuerdo —dijo Hopkins—. Bien, ¿quién se ofrece de voluntario para
volver veintiocho años en el tiempo y cambiar la historia? Marte tiene el
derecho soberano de decidir cómo será utilizado su territorio, y no hay
nada que hacer sobre ello. —Podríamos
elegir otro sitio —dijo Ben Devers, que era el más joven del grupo y
todavía no había logrado desarrollar el apropiado tono de cinismo. —No
hay otro sitio —dijo lisamente Hopkins—. Si no sabes que los
experimentos con el hiperespacio son peligrosos, regresa a la escuela. No
puedes hacerlos sobre la Tierra, e incluso la Luna está demasiado
poblada. Los asentamientos espaciales son demasiado pequeños, en tres órdenes
de magnitud, y no es posible hallar nada más allá de Marte por al menos
veinte años. Pero Marte es perfecto. Aún está prácticamente vacío.
Tiene baja gravedad en superficie y una atmósfera delgada. Es
frío. Todo
es perfecto para el vuelo hiperespacial... excepto los colonizadores. —No
puedes asegurarlo —dijo el joven Devers—. Las personas son raras. Podrían
votar a favor de los experimentos hiperespaciales en Marte, si lo
manejamos bien. —¿Cómo
lo manejamos bien? —dijo Hopkins—. La oposición ha saturado a Marte
con un viejo estribillo simplón que dice: ¡No,
no, mil veces no! No
puedes mi cariño pagar. ¡No,
no, mil veces no! Moriría
antes de aceptar. Hopkins
sonrió con amargura. —Marte
está inundado con el cantito. Está siendo taladrado en la mente de los
colonizadores marcianos. Votarán ‘no’ automáticamente, y no
tendremos experimentos hiperespaciales y eso significa que no tendremos
vuelos hacia las estrellas por décadas, tal vez generaciones... por
cierto, no durante nuestras vidas. Frunciendo
el ceño al pensar, Devers dijo: —¿No
podemos utilizar un cantito para nuestro propio argumento? —¿Qué
cantito? —Una
gran cantidad de colonizadores son de extracción francesa. Podríamos
manipular su conciencia étnica. —¿Qué
conciencia étnica? Todos hablamos inglés ahora. —Eso no apaga la conciencia étnica —dijo Devers—. Si tocas la vieja canción nacional de Francia, todos sentirán añoranzas. Es un himno de batalla, ¿sabes?, y los himnos de batalla siempre mueven la sangre, especialmente ahora que no hay ninguna guerra. —Pero
las palabras ya no significan nada —dijo Hopkins—. ¿Las recuerdas? —Sí
—dijo Devers—. Iba... Allons, enfants de la patrie, La
jour de gloire est arrive. Contre
nous de la tyrannie, L’Etendard
sanglant est leve.[1] Las
cantó en una clara voz de tenor. —Ni
un solo marciano en mil sabrá lo que eso significa —dijo Hopkins. —¿A
quién le importa? —dijo Devers—. Tócala igual. Incluso si no
entienden las palabras, sabrán que es el viejo himno de batalla de
Francia y los movilizará. Además, la tonada es ganadora. Infinitamente
mejor que esa tonta música de music-hall que dice ‘No, no’. Yo te lo
digo, el himno de batalla se instalará en la mente de cada uno y
reemplazará el no-no. —Tal
vez tengas algo allí —dijo Hopkins—. Y si lo acompañamos con algún
lema impactante sobre los cambios. ‘La Humanidad Hacia Las Estrellas’,
‘Lleguemos a una estrellas’, ‘Más Rápido Que La Luz Será Lo Más
Lento Que Vayamos’. Y siempre con esa música. —Ya
sabes —dijo Colodny—, ‘la jour de gloire’ significa ‘el día
de gloria’, creo. Podemos utilizar esa frase, ‘El Día De Gloria
Cuando Alcancemos Las Estrellas’. Si decimos ‘el día de gloria’
bastante frecuentemente, tal vez los marcianos votarán ‘Sí’. —Suena
demasiado bueno para ser cierto —dijo Hopkins con pesimismo—, pero no
veo qué otra opción tengamos en este momento. Podemos intentarlo y ver
si hace algún bien. Ése
fue el comienzo de la gran batalla de las canciones proselitistas.
En cada uno de los asentamientos en Marte, bajo los domos, desde
Olympus y a lo largo de los Valles Marineris, y hasta las áreas lejanas
de los cráteres, se escuchaba de un lado, “No, no, mil veces no...” y
del otro lado, “ Allons, enfants de la patrie...” No
había dudas de que el ritmo conmovedor del himno de batalla estaba
teniendo efecto. Hacía retroceder al simple cantito de negación y
Hopkins tuvo que admitir que desde una alternativa cero, el voto por el
‘sí’ se estaba convirtiendo en una posibilidad; de una derrota
segura, estaba comenzando a tener una oportunidad. —Sin
embargo —dijo Hopkins—, el problema es que no tenemos nada directo. Su
cantito, a pesar de ser tonto, tiene la ventaja de decir ‘¡No... No...
No...!’. La nuestra es sólo una canción pegadiza que está llenando la
mente de varios, ¿pero con qué? ¿El día de gloria? Devers sonrió y dijo: —¿Por qué no esperar hasta la elección? Después de todo, era su idea. Así
lo hicieron. |
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Desafío
al lector |
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¿Qué
sucedió el día de la elección? ¿Ganó el voto negativo o el positivo? Y,
en ese caso, ¿por qué? Usted
puede ganar cuando adivine si el voto fue negativo o positivo. Lo
que vale es la mejor razón. En
la tarde del día de la elección, Hopkins se encontró casi incapaz de
hablar. El voto había estado subiendo constantemente hasta el 90 por
ciento a favor del ‘Sí’ y no había una sola duda sobre ello. Los
colonizadores de Marte estaban votando para permitir que su planeta sea
utilizado para el trabajo que eventualmente enviaría seres humanos a las
estrellas. Finalmente,
Hopkins dijo: —¿Qué
sucedió? ¿Qué
hicimos bien? —Fue la canción —dijo Devers, sonriendo satisfecho—. Lo imaginé correctamente, pero no quise explicar mi idea porque no quería que se escapara de alguna manera. No era que no confiara en todos aquí, pero no quise que la canción fuera neutralizada de alguna manera astuta. —¿Qué
había en la canción que hizo tanta diferencia? —exigió Hopkins. —Bien,
sí tenía un mensaje subliminal. Tal vez los colonizadores ya no sabían
lo suficiente de francés para entender el significado de las palabras,
pero tenían que saber el nombre del himno de batalla. Ese nombre sonaba a
través de sus mentes cada vez que las escuchaban; cada vez que la
tarareaban. —¿Y
entonces, qué? —Eso
—dijo Devers, sonriente—. ¡El nombre es ‘Mars say yes’![2] |
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[1] Adelante, jóvenes de la patria, el día de gloria ha llegado. Contra nosotros, de la tiranía, el sangriento estandarte roja se levanta. (Nota del traductor) [2] Final intraducible. Mars say yes, Marte di sí, suena como ‘mar-sei-ies’ que es como suena Marseillesse en inglés. (Nota del traductor) |
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