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Alexander
Hoskins se interesó más seriamente en las computadoras a la edad de
catorce años, y rápidamente se dio cuenta de que no estaba interesado en
nada más. Sus
maestros lo animaban y lo excusaban de asistir a otras clases para que se
pudiera concentrar en su afición. Su padre, que trabajaba para IBM, también
lo animaba, le consiguió algún equipo necesario y le explicó algunos
puntos espinosos. Alexander
construyó su propia computadora en una habitación encima de la cochera,
la programó y reprogramó, y a la edad de dieciséis años ya no podía
encontrar un libro que le dijera algo que no supiera acerca de
computadoras. Tampoco podía encontrar un libro que tratara alguna de las
cosas que había descubierto por sí mismo. Lo
pensó profundamente y decidió no decirle a su padre acerca de algunas de
las cosas que su computadora podía hacer. El muchacho ya se había dado
cuenta de que el gran conquistador de la antigüedad había sido Alejandro
el Grande, y Alexander sentía que su propio nombre no era un accidente. Alexander
estaba particularmente interesado en la memoria de la computadora y
desarrolló sistemas para concentrar datos en volumen... mucha información
en pequeño volumen. Con cada avance, comprimía más y más información
en menor y menor volumen. Solemnemente,
había denominado a su computadora como Bucéfalo, por el confiable
caballo de Alejandro el Grande, el que lo había llevado a través de
todas sus triunfantes batallas. Había
computadoras que podían aceptar órdenes habladas y dar respuestas
habladas, pero ninguna podía hacerlo tan bien como Bucéfalo. También
había computadoras que podían leer y guardar la palabra escrita, pero
ninguna tan bien como Bucéfalo. Alexander la probó haciéndole leer a
Bucéfalo toda la Enciclopedia Británica, y almacenarla toda en su
memoria. Para
cuando tenía dieciocho años, Alexander había establecido un negocio de
administración de información, para estudiantes y pequeños empresarios,
y se había vuelto autosuficiente. Se mudó a su propio apartamento en la
ciudad y fue, desde ese momento, independiente de sus padres. En
su propio apartamento podía quitarse los auriculares. Con privacidad, podía
hablarle a Bucéfalo de manera abierta, aunque ajustaba cuidadosamente la
voz de la computadora a baja intensidad. No quería que los vecinos se
preguntaran quién estaba en el apartamento con él. —Bucéfalo
—dijo—, Alejandro el Grande había conquistado el mundo antiguo a la
edad de treinta años. Quiero hacer lo mismo. Eso me deja doce años más. Bucéfalo
sabía todo acerca de Alejandro el grande, ya que la Enciclopedia
le había provisto todos los detalles. —Alejandro
el Grande —dijo— era el hijo del Rey de Macedonia, y cuando tenía tu
edad condujo la caballería de su padre hacia la victoria en la gran
batalla de Caeronea. —No,
no —dijo Alexander—. No estoy hablando de batallas, ni pelotones, ni
de ese tipo de cosas. Quiero conquistar el mundo haciéndome dueño de él. —¿Cómo
podrías hacerte dueño de él, Alexander? —Tú
y yo, Bucéfalo —dijo Alexander— vamos a estudiar el mercado bursátil. El
New York Times, desde hacía ya tiempo, había pasado todos sus
registros microfilmados a computadoras, y para Alexander no era una tarea
difícil acceder a esa información. Durante
días, semanas y meses, Bucéfalo transfirió más de un siglo de
información bursátil a sus propios bancos de memoria... todas las
cotizaciones, todas las acciones vendidas día por día, las subidas y las
bajadas, e incluso las noticias al respecto en las páginas financieras.
Alexander se vio forzado a extender los circuitos de memoria de la
computadora, y a idear un nuevo y atrevido sistema de recuperación de la
información. No muy convencido, vendió una versión simplificada de uno
de los circuitos que había desarrollado a la IBM y de esa manera se volvió
bastante pudiente. Compró el apartamento vecino en el que podía comer y
dormir. El primero fue asignado completamente a Bucéfalo. Cuando
tuvo veinte años, Alexander sintió que estaba listo para comenzar su
campaña. —Bucéfalo
—dijo—, yo estoy listo, y también lo estás tú. Sabes todo lo que
hay que saber acerca del negocio bursátil. Tienes en tu memoria cada
transacción y cada evento, y lo tienes todo actualizado, al segundo,
porque estás conectado a la computadora del New York Stock Exchange, y
pronto te conectarás con los mercados de Londres, Tokio, y de todas
partes. —Sí,
Alexander —dijo Bucéfalo—, pero, ¿qué deseas que haga con toda esa
información? —Estoy
seguro —dijo Alexander, con sus ojos brillando con determinación férrea—,
de que los valores y fluctuaciones del Mercado no son al aleatorios.
Siento que nada lo es. Debes revisar toda la información, estudiar todos
los valores, y todos los cambios en los valores, y todas las tasas de
variación en los valores, hasta que puedas analizarlos en ciclos, y
combinaciones de ciclos. —¿Te
refieres a un análisis de Fourier? —preguntó Bucéfalo. —Explícame. Bucéfalo
le mostró un impreso de la Enciclopedia, junto con suplementos de
otra información de sus bancos de memoria. Alexander
los miró brevemente. —Sí
—dijo—, ese tipo de cosa. —¿Con
qué objeto, Alexander? —Una
vez que tengas los ciclos, Bucéfalo, serás capaz de predecir el curso de
las cotizaciones durante el día siguiente, o la semana, o el mes, de
acuerdo con el ritmo de los ciclos, y serás capaz de dirigir mis
inversiones. Rápidamente me haré rico. También me dirigirás en cómo
ocultar mis propias participaciones, de modo que el mundo no sepa cuán
rico soy, o quién es el que tiene tanta influencia en los eventos
mundiales. —¿Con
qué objeto, Alexander? —De
modo que cuando sea suficientemente rico, cuando controle las
instituciones financieras de la Tierra, su comercio, sus negocios, sus
recursos, habré hecho realidad lo que Alejandro el Grande logró sólo
parcialmente. Seré Alejandro el Realmente Grande —Sus ojos brillaron
con deleite ante el pensamiento. Cuando
Alexander tenía veintidós años, se sentía satisfecho de que Bucéfalo
hubiera resuelto los complicados grupos de ciclos que servirían para
predecir el comportamiento del mercado bursátil. Bucéfalo
estaba menos seguro. —Como
agregado a los ciclos naturales que controlan tales cosas —dijo—,
también existen eventos impredecibles en el mundo de la política y en
los asuntos internacionales. Hay cambios impredecibles de clima,
enfermedades, y avances científicos. —En
absoluto, Bucéfalo —dijo Alexander—. Todas esas cosas también se dan
en ciclos. Estudiarás las columnas de noticias en general del New York
Times y las absorberás para permitirte tener en cuenta estos eventos
supuestamente impredecibles. Entonces, verás que son previsibles. Otros
periódicos, locales y extranjeros, estarán a tu disposición para el
estudio. Todos están microfilmados y computarizados, y podemos retroceder
un siglo o más. Además, no tienes que ser completamente exacto. Si
aciertas el ochenta y cinco por ciento de las veces, por ahora será
suficiente. Y
así fue. Cuando Bucéfalo sintió que la Bolsa subiría, o que bajaría,
invariablemente tenía razón. Cuando señalaba algunas acciones en
particular que estaban destinadas a alzas o bajas a largo plazo, casi
siempre tenía razón. Para
cuando Alexander tuvo veinticuatro años había acumulado cinco millones
de dólares, y sus ingresos diarios habían ascendido a varias decenas de
miles. Además, sus libros eran tan complicados y el dinero tan blanqueado
que se necesitaría de otra computadora como Bucéfalo para seguirle el
rastro, y obligar a Alexander a pagar algo más que una bicoca al fisco. Tampoco
era difícil. Bucéfalo había cargado en su memoria todos los reglamentos
impositivos, así como una veintena de libros de texto sobre la
administración de corporaciones. Gracias a Bucéfalo, Alexander
controlaba una docena de corporaciones sin que ninguna señal de control
fuera visible. —¿Eres
suficientemente rico, Alexander? —dijo Bucéfalo. —Estás
bromeando —dijo Alexander—. Todavía soy un pichón financiero, un
bateador de ligas menores. Cuando sea multimillonario, seré una potencia
en el grupo financiero, pero aún seré uno entre un puñado. Sólo cuando
sea tetramillonario seré capaz de controlar a los gobiernos, y obligarlos
a hacer mi voluntad. Y sólo me quedan seis años. La
comprensión de Bucéfalo del mercado bursátil, y de los movimientos
mundiales, crecía cada año. Sus consejos seguían siendo siempre útiles,
y su capacidad de tejer tentáculos financieros a través de los centros
del poder mundial mantenía su destreza. Pero
también se hacía más dubitativo. —Puede
haber algún problema, Alexander —decía. —Tonterías
—decía Alexander—. Alejandro el Realmente Grande no puede ser
detenido. Para
cuando Alexander tenía veintiséis fue multimillonario. Ahora, todo el
edificio de apartamentos era suyo, y dedicado a Bucéfalo y a las
extensiones de su enorme memoria. Los tentáculos de Bucéfalo se extendían
de manera invisible hacia todas las computadoras del mundo. Suavemente,
con gentileza, todas respondían a la voluntad de Alexander, expresado a
través de Bucéfalo. —Cada
vez se hace más difícil, Alexander —dijo Bucéfalo—. Mis
estimaciones acerca del desarrollo futuro no son tan buenas como las
anteriores. —Estás
manejando más y más variables —dijo Alexander, impaciente—. No hay
nada de qué preocuparse. Duplicaré tu complejidad, y la volveré a
duplicar. —No
es complejidad lo que se necesita —dijo Bucéfalo—. Todos los ciclos
que he descubierto, en complejidad creciente, predicen el futuro al
detalle fino sólo porque las cosas que suceden ahora son las mismas que
sucedieron en el pasado, de modo que la respuesta es la misma. Si algo
completamente nuevo sucede, los ciclos fallarán... —No
hay nada nuevo bajo el sol —dijo Alexander, perentoriamente—. Repasa
la historia que sólo hay cambios en los detalles. Conquistaré el mundo,
pero sólo soy un conquistador más en la larga línea que viene de Sargon
de Agade. El desarrollo de una sociedad de alta tecnología repite ciertos
avances de la China medieval, y en los reinos Helénicos antiguos. La
Muerte Negra fue una repetición de las primeras plagas en tiempos de
Marco Aurelio, y de Pericles. Incluso la devastación de las guerras de
las naciones del siglo veinte repiten las devastaciones de las guerras de
religión de los siglos dieciséis y diecisiete. Las diferencias de
detalles pueden considerarse; en todo caso, te ordeno continuar, y debes
obedecer mis órdenes. —Sí,
debo hacerlo —dijo Bucéfalo. Cuando
Alexander tuvo veintiocho años era el hombre más rico que jamás hubiera
vivido, con activos que ni siquiera Bucéfalo podía estimar
aproximadamente. Con seguridad sobrepasaban cientos de miles de millones,
y su ingreso diario llegaba a decenas de millones. Ninguna
nación era ya verdaderamente independiente, y en ningún lugar un grupo
considerable de seres humanos podía iniciar una acción que incomodara a
Alexander. Había
paz en el mundo porque Alexander no deseaba que ninguna de sus propiedades
fuera destruida. Había en el mundo un orden firme, porque Alexander no
deseaba ser molestado. Por la misma razón, no había libertad. Todo debía
hacerse exactamente como lo deseaba Alexander. —Casi
he llegado, Bucéfalo —dijo Alexander—. En dos años más, estará más
allá del poder de cualquier ser humano el incomodarme. Entonces me daré
a conocer, y toda la ciencia humana se inclinará a una tarea, y sólo una
tarea, la de hacerme inmortal. Ya no seré siquiera Alejandro el Realmente
Grande. Me convertiré en Alejandro el Dios, y todos los seres humanos me
venerarán. —Pero
ya he llegado tan lejos como podía —dijo Bucéfalo—. Ya no soy capaz
de protegerte de las vicisitudes del azar. —No
puede ser, Bucéfalo —dijo Alexander, impaciente—. No te acobardes.
Sopesa todas las variables y haz los arreglos para verter en mis manos lo
que sea que aún exista de la riqueza de la Tierra. —No
creo que pueda, Alexander —dijo Bucéfalo—. He descubierto un factor
en la historia humana que no puedo evaluar. Es algo completamente nuevo
que no encaja con ninguno de los ciclos. —No
puede haber nada nuevo —dijo Alexander, ahora furioso—. No vaciles. Te
ordeno continuar. —Entonces,
como quieras —dijo Bucéfalo, con un suspiro notoriamente humano. Alexander sabía que Bucéfalo estaba esforzándose mucho en esta última tarea, la más grande, y tenía confianza de que en cualquier momento sería cumplida. El mundo sería entonces completamente suyo, y por toda la eternidad. —¿Qué es eso nuevo? —preguntó con una pizca de curiosidad. —Yo
mismo —dijo Bucéfalo, en un susurro—. Nada como yo ha existido ant... Y
antes de que terminara de decir la última sílaba, Bucéfalo se oscureció
mientras cada uno de los chips y circuitos dentro de él se fundió como
resultado de su poderoso esfuerzo para incluirse a sí mismo como parte de
la historia. En el caos económico y financiero que sobrevino, Alexander
fue aniquilado. La
Tierra recuperó su libertad... lo que significó, por supuesto, que
hubiera una cierta cantidad de desorden aquí y allí, pero la mayoría de
las personas lo consideraban un pequeño precio a pagar. |
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