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Charles Soskind era llamativamente atractivo. Eso fue obvio desde el momento en que Thomas Trumbull lo presentó a los miembros de los Viudos Negros en ocasión de su cena anual. De hecho, era obvio aún antes de ser presentado. Era alto, delgado, de cabello oscuro. Tenía una complexión pálida con ojos que eran muy brillantes y negros. Con rasgos asombrosamente regulares, labios firmes con un trazo de sensualidad, y una encantadora sonrisa. Exudaba un rastro de loción para después de afeitarse y la palidez de sus mejillas estaba sombreada por el azul de una barba, aunque ésta no era visible. Estaba bien diseñada y se parecía un anuncio de los cuellos Gibson. Trumbull dijo: —Charles es relativamente nuevo en el Departamento. Obtuvo su título en estudios eslavos en la Universidad de Michigan. Dio toda la vuelta estrechando manos y cada Viudo Negro mostró un cierto aire de desconfianza con la que los hombres comunes reciben a un extraordinario espécimen de su propia especie. Mario Gonzalo fue el más obvio, tal vez, en esa reacción. Se colocó de modo de ubicar su reflejo en el espejo y retocó la línea de su chaqueta de una manera, supuso, discreta. Al verle, Emmanuel Rubin le desengañó enseguida. Con una amplia sonrisa que mostraba el espacio pronunciado entre sus dos incisivos superiores, Rubin susurró: —Olvídalo, Mario. En comparación tú sales del tacho de los desperdicios. Gonzalo levantó las cejas y miró hacia abajo Rubin, menos alto que él, con arrogante desprecio. —¿De qué demonios estás hablando? Rubin sostuvo su sonrisa. —Tú lo sabes —dijo— y yo lo sé, y estoy seguro de que eso es suficiente. Sin pensarlo Rubin pasó los dedos entre su escasa barba como si un repentino e imposible deseo de tenerla crecida y con forma impresionante le hubiera asaltado. Geoffrey Avalon se aclaró la garganta y se paró más derecho y tenso, más de lo habitual. Era dos pulgadas más alto que Soskind y estaba claro que no le importaría si el mundo entero notara ese pequeño hecho. Roger Halsted sumió su estómago y sostuvo esa incomodidad por casi dos minutos. James Drake, el más viejo de los Viudos Negros, parecía muy naturalmente indiferente, aunque era solamente la edad y nada más lo que le mantenía lejos de la carrera... y, lo que era más, alejado de ganarla. Solamente Henry, el competente mozo, sobre cuyos hombros descansaba el bienestar de los banquetes, parecía verdaderamente ausente de todo mientras acercaba a Soskind un ginger ale solo, con una cereza al marrasquino dentro. Soskind miró el trago un tanto sombrío y entonces, con el aire de alguien que ha sobrevivido interrogatorios sobre el asunto por años, dijo, aunque nadie le había preguntado: —Ordeno una cereza porque lo hace parecer un trago alcohólico... de alguna clase, y entonces no tengo que explicar por qué no bebo. —¿Por qué no bebe? —preguntó Rubin con perversidad. —No es porque sea miembro de Alcohólicos Anónimos —dijo secamente Soskind—. Tengo muy poca tolerancia al alcohol. Un solo trago me cambia la personalidad y, ya que no obtengo placer, elijo no beber. No me tienen que forzar, o convencerme. —Si yo fuera usted —dijo Gonzalo, triste—, tomaría Perrier con una cebollita dentro. Escuché que la tintura que utilizan en las cerezas es carcinógena. —Y lo es todo —dijo Soskind—, si elige la cepa adecuada de ratas para experimentar, y se aumentan las dosis lo suficiente. Con el tartamudeo habitual que parecía invadir siempre su discurso tan pronto como intentaba parecer un hombre de mundo, Halsted dijo: —Es malo si el alcohol le afecta de modo adverso. Sobrepasarse es bestial, pero no hay nada tan civilizado como el moderado compartir de tragos. Yo reduzco las inhibiciones en la medida de un intercambio social verdaderamente gracioso. —Créame —dijo asintiendo Soskind—, aprecio por completo esa desventaja bajo la cual me encuentro. Habitualmente evito los cócteles, simplemente porque no puedo participar en igualdad de condiciones. Y eso no es lo peor de la cuestión. Lo que realmente temo son las comidas de negocios. Les aseguro que si pudiera beber más fácilmente, me encantarían. Y casi al mismo tiempo, como a una señal, Henry anunció el final de la hora del cóctel. —La cena está servida, caballeros. Drake se encontró sentado junto al invitado y dijo: —¿Es usted de origen ruso, señor Soskind? —No que yo sepa —dijo Soskind, con la expresión ligeramente alegre ante un trozo de salmón ahumado con cebollas. Tomó una rebanada de pan con manteca y cuidadosamente retiró las alcaparras a un lado—. Los padres de mi padre llegaron desde Luxemburgo y los de mi madre nacieron en Gales. —Pregunté —dijo Drake— por su grado en estudios eslavos. ¿Doctorado? —Sí, tengo el derecho de ser denominado doctor Soskind, aunque nunca insisto en ello. Usted es doctor Drake, supongo. —Químico. Pero todos nosotros nos podemos denominar doctores en virtud de nuestra membresía en el club. Aún nuestro buen Henry, el mozo invalorable de la organización, es doctor Jackson, si decidimos llamarle así. ¿Pero cómo se decidió por los estudios eslavos? —¡Oh, eso! No hay razones personales, si quita la ambición. Después de todos, los Estados Unidos han estado enfrentando a la Unión Soviética en abierta competición por cuarenta años a la fecha. Algunos ciudadanos soviéticos pueden hablar inglés y han estudiado historia y cultura Anglo-Americana, mientras que pocos americanos han regresado el cumplido. Eso nos coloca en grave desventaja y por hacer un esfuerzo personal para lograr el equilibrio, soy un patriota y, por añadidura, hago mi camino de progreso ya que mis conocimientos son útiles. —¿Quiere decir en el Departamento de Trumbull? —Quiero decir —dijo Soskind con cuidado—, en ese órgano del gobierno en el cual los dos servimos. —Ya comprendo entonces —intervino de pronto Avalon desde el otro lado de la mesa—, que usted lee y escribe ruso con bastante fluidez. —Sí, señor —dijo Soskind—, con bastante fluidez, y también polaco. Puedo hacerme entender en chaco y en serbio. Con el tiempo, espero aprender otros idiomas también. El árabe y el japonés son extremadamente importantes en el mundo de hoy, e intento tomar cursos en cada uno tan pronto como termine mi actual y maldita tarea. Trumbull se inclinó hacia adelante desde su posición en la cabecera de la mesa, la que ocupaba en virtud de que era el anfitrión del banquete de esa noche. —¡Deténganse, idiotas! ¿Es tiempo de interrogatorio? Charles, no respondas a ninguna pregunta hasta que sea el momento. Ahora, disfruta de la cena sin molestias. No les comprendo, par de... chistosos. ¿Acaso necesitan que les expliquen las reglas del club cada noche? —No hay reglas —dijo Rubin con presteza. —¿Sí? —dijo Gonzalo—. Me pregunto si vas a sostener esa doctrina la próxima vez que traiga una dama como invitada. —¡Eso es cuestión de tradición! —aulló Rubin—. Si no puedes comprender la diferencia entre tradición y reglas... Y la discusión degeneró en una de libertad verbal y todos a la vez. La bouillabaisse fue terminada; las capas aromatizadas y calientes se colocaron para ser utilizadas; el Alaska horneado fue consumido; y los Viudos Negros remoloneaban sobre su café (té para el invitado) cuando Trumbull repicó la cuchara contra la copa de agua y dijo: —Mario, ya que no has mostrado el mal gusto de tostar a mi invitado antes de que estuviera adecuadamente alimentado, ¿serías nuestro cocinero... chef? Gonzalo se sobresaltó ligeramente. Había realizado la consabida caricatura del invitado, capturándole con un espectacular perfil estilo Byron. Dijo: —Señor Soskind, es costumbre comenzar pidiendo al invitado que justifique su existencia. Permítame contestar yo mismo a la pregunta. Juzgo que usted diría en respuesta que está justificando su existencia con el empleo de su ruso para ayudar al gobierno americano a derrotar a la Unión Soviética. Soskind, que estaba mirando la caricatura, dijo: —La palabra ‘derrotar’ tiene connotaciones desagradables. Prefiero decir que estoy haciendo mi parte para asegurar los intereses de los Estados Unidos, que, según creo, significa primero y primordial la preservación de la paz mundial y la protección de los derechos humanos. —Pero, ¿no estaría usted —dijo Gonzalo—, haciendo una muy buena cantidad de dinero si se presentara en el mundo del espectáculo? Soskind enrojeció y parecía luchar consigo mismo para evitar una explosión. Fue derrotado. —Esa es una pregunta idiota, y la respuesta apropiada que debería darle es un golpe en la mandíbula. Por un momento, la reunión se congeló y entonces Trumbull dijo, con su afabilidad característica: —Eso está fuera de lugar, Charles. Te conté el modo en que jugamos nuestro juego cuando te invité a cenar. No niego que Mario es frecuentemente un idiota, todos lo somos... a excepción de nuestro buen Henry... pero en este caso él tenía su derecho. Estaba haciendo una pregunta, y puede preguntar cualquier cosa. Tienes que estar dispuesto a comprender que debes responder todas las preguntas con la verdad. Lo que digas no saldrá jamás de esta habitación. —Por supuesto, Tom —dijo Soskind—. Le ruego me disculpe, señor Gonzalo, y también todos los demás —Aspiró profundamente, no sin alguna señal de seguir enojado—, supongo que debo parecerle a ciertas personas que podría haber tenido éxito en Hollywood, sobre todo si realmente me veo como su boceto, señor Gonzalo. Supongo que hizo lo posible por representarme pero de veras deseo no parecerme para nada. »El buen aspecto, suponiendo que lo tenga, podría ponerme en las películas, pero dudo que puedan hacerme exitoso a menos que tuviera alguna habilidad mínima en actuación, algo que no tengo. Aún así, eso no me haría feliz a menos que tuviera el temperamento de un actor, el cual es mi polo opuesto. Hago lo que quiero hacer, estudiar los idiomas de la humanidad, por las razones que he mencionado y si eso conlleva una adecuada compensación. Estoy bastante listo para renunciar a mis sueños de avaricia. ¿Lo he dicho con claridad? —Muy claro —dijo Gonzalo—, pero, ¿qué le hace pensar que carece del temperamento de un actor? Conozco una buena cantidad de actores y tienen todo tipo y variedad de temperamentos. Y por habilidad para actuar, me parece que usted tiene la capacidad para... lo histriónico, si Manny me dice si esa es la palabra que necesito. —Por una vez, es la palabra que quieres —dijo Rubin. Soskind inclinó la cabeza por un momento. Cuando la levantó parecía que las nubes hubieran desaparecido y que el sol brillaba otra vez. Su sonrisa era casi irresistible. —Caballeros —dijo—, veo que aún estoy haciendo las cosas difíciles para ustedes. No deseo que sea así. ¡De veras! Es que en los últimos diez días no he sido yo mismo. Les puedo asegurar que por lo común no soy dado a lo histriónico, y que no habrá más de ahora en adelante. Varios de los Viudos Negros hablaron al mismo tiempo y la voz de Trumbull se elevó. —¡Mario tiene la palabra! —Gracias, Tom —dijo Gonzalo, y por fin preguntó lo que todos habían tratado de saber—. ¿Por qué no es usted mismo? Y por favor no diga que es privado y que no es asunto mío. Ésa es mi pregunta y quiero una respuesta. —Lo entiendo —dijo con calma Soskind—. Me temo que es una vieja y aburrida historia. Una joven dama con quien estaba yo... estoy... oh, bueno, maldición, siempre enamorado, si no les importa que aparezca como un burro romántico, me traicionó y... bueno... ¿Qué más tengo que decir? —¿Se fue con su mejor amigo? —preguntó Gonzalo. Soskind se rebeló. —Claro que no. ¡Nada como eso! No es esa clase de mujeres. —Bueno, entonces, ¿qué sucedió? —preguntó Gonzalo. La voz de barítono de Avalon se escuchó. —¡Esperad! Antes de su respuesta, señor Soskind... y con el permiso de Mario... por favor, dígame si existe algún misterio en esto. —¿Misterio, señor? —Soskind parecía perplejo. —Sí. Algo que usted no comprenda; cualquier cosa que lo extrañe y que no puede ser explicado. —¡Nada de eso! —dijo Soskind—. ¡Desearía que lo hubiera! Es todo tan simple y, para mí, descorazonador. Claire rompió su palabra, eso es todo. Tomó una ventaja injusta y ni siquiera tuvo la decencia de avergonzarse. No podría vivir con eso sin importar cuánto la ame... Pero eso no me hace muy feliz, el no poder vivir con eso. —Sin misterios —dijo Avalon sonriente—. Podrías desear que el tema termine, entonces, Mario. ¿Por qué investigar un asunto triste tan sólo por investigarlo? —Gracias —dijo Soskind. Gonzalo frunció la frente. —Aunque Tom resuelva la decisión del anfitrión en mi lugar, Jeff, no dejaré el tema. Soy curioso. Trumbull dudó. —Consultaré al grupo. ¿Cuántos quieren que el tema se termine? Él y Avalon levantaron la mano, y Trumbull dijo: —Cuatro a dos contra terminar el tema. Henry... ¿votas? Henry, quien estaba sirviendo un poco de brandy en la copa de Drake, dijo: —Sí, señor. Mi mano no estaba levantada. Creo que si el señor Soskind aún siente afecto por la joven dama, debe tener la sospecha de que la está juzgando mal. Nos ayudaría si nos cuenta los detalles. —Estaba pensando lo mismo —dijo Rubin, y se escuchó un murmullo de acuerdo alrededor de la mesa. Soskind los miró en el rostro. —Está bien, les contaré, pero ya verán que no hay dudas sobre la cuestión. No tengo sospechas de estar juzgándola mal. »Ya saben que es particularmente difícil para mí encontrar una joven en quien interesarme. Por favor, no hagan caras de no creer. Atraigo instantáneamente la atención femenina, supongo, por... mi apariencia, como sería una ostentosa buena salud, o si fuera una estrella del rock, pero ¿qué valor tiene esta atención instantánea por razones tan superficiales como esas? »Soy humano, y algunas veces tomo ventaja de esa atención, particularmente cuando me seduce el pensamiento de que es algo más que una cuestión de apariencia superficial lo que las atrae, o si, en cambio, me siento atraído por una cosa u otra sin importancia. En ese caso, caballeros, me desilusiono rápidamente, y, como debe ser, también ellas. »Por otro lado, mi apariencia frecuentemente trabaja en mi contra y realmente repele mujeres jóvenes, y no necesita mostrar exageradas expresiones de descreimiento, señor Gonzalo. Hay algunas mujeres que llegan a un juicio instantáneo con respecto a mí, sin error de mi parte. »Desafortunadamente, los novelistas que forman nuestras creencias estereotipadas hacen a sus heroínas increíblemente bellas, pero muy raramente extreman el buen aspecto de sus héroes. Los protagonistas masculinos tienden a verse de facciones marcadas y elegantemente ordinarios. El resultado es que como no resulto ordinario, aparezco como sospechoso. »He escuchado comentarios indirectos. ‘¿Quién quiere un novio más bello que yo?’. ‘Tendré que pelear por una oportunidad frente al espejo’. »Es un estribillo universal que si un hombre es, comillas, buen mozo, cierro comillas, como yo he sido descrito por esta reunión, al menos implícitamente, entonces debo ser vano, egoísta, caprichoso, y lo peor de todo, un tonto melindroso y sin cerebro. »En estos días, de hecho, las mujeres parecen descartarme, de vista, por tener tendencias homosexuales, las que no tengo, dicho sea de paso, simplemente porque, comillas, así van las cosas con estos hombres hermosos, cierro comillas. »Da la casualidad que soy una persona seria. No quiero decir con eso que carezca de sentido del humor, o que no pueda reír, o que ocasionalmente no disfrute haciendo el tonto. El punto reside en la palabra ‘ocasionalmente’. »Para ser claro, me interesa trabajar honestamente por mi carrera y mis intereses intelectuales. Y quiero que mi mujer sea seria, también. »Las mujeres que más me interesan, las inteligentes, serias y ambiciosas, son las que parecen huir de mí, las que más rápidamente deciden que soy una repugnante nulidad; que soy, comillas, demasiado bello, cierro comillas. »Hasta que conocí a Claire. »Ella es, desde todo punto de vista, mi tipo (si no les importa la charla irlandesa). Es lingüista, también, especializada en lenguas romances, como yo en las eslavas. »Es bastante atractiva, al menos así la veo yo, y bastante indiferente ante ese hecho. Es seria, inteligente, trabajadora, y feminista, algo más que de palabra, y ha hecho su propio camino, sin demasiados problemas, en el mundo del hombre. »No me enamoré a primera vista. ¿Qué puede uno conocer a primera vista que no sean superficialidades, y bastante decepcionantes? Nos conocimos en la biblioteca, donde estábamos los dos comprometidos en una investigación, y descubrimos que teníamos intereses en común. Yo estaba en el Departamento, ella en Columbia. »Nos encontramos otra vez y se hizo habitual. Cuanto más conocíamos el uno del otro, nos sentíamos más satisfechos. Resultó que teníamos las mismas opiniones en política, literatura y arte, casi en todo, aunque había diferencias de detalle, las suficientes para provocar discusiones interesantes. »Lo que más me gustaba de ella era que cuando había un desacuerdo, expresaba sus puntos de vista con calma y con argumentos convincentes, y consideraba mis respuestas sin pasión y con reflexión. Había momentos en que aceptaba mi punto de vista, y momentos en que yo aceptaba los suyos, aunque en la mayoría de las ocasiones, debo admitirlo, seguíamos en desacuerdo. No pude convencerla de votar por los Republicanos, por ejemplo. »Al final, me enamoré, por lo que no quiero decir que estaba superado por un anhelo fantasioso de intimidad física. Existía, por supuesto, no es lo que yo considero, comillas, amor, cierro comillas. Estaba enamorado porque quería desesperadamente, si era posible, una compañía continuada, de por vida, donde cada uno pudiera seguir sus objetivos e intereses; juntos, si era posible; separados, si era necesario... aunque en este último caso, cada uno con el interés y el apoyo del otro. »Hubo una conversación sobre matrimonio y niños, y también lo que podríamos llamar interludios románticos... ninguno de los dos era inmaduro... y entonces, un día, surgió que ninguno de los dos había estudiado Latín. »‘Deberíamos hacerlo’, dijo Claire, ‘por ninguna otra razón que el estímulo intelectual. Además, eso complacerá al profesor Trent’. »Debo contarles acerca de Marcus Quintus Trent. Era un Latinista de la vieja escuela (y también lo era su padre, de allí su nombre) y tenía un cargo emérito en Columbia. Había sido amigo del padre de Claire, y la razón del interés de ella en lenguas. Lo había conocido y me parecía genial, interesante, y sobre todo, civilizado. Tenía las maneras de un caballero, en el sentido no-americano de la palabra, y eso le hacía aparecer inmensamente anticuado al tiempo que inmensamente civilizado. »Su Latinismo le llevaba a creer, al menos lo parecía algunas veces, que vivía en tiempos de Julio César. No sólo era Latino en su modo de hablar; juraría que pensaba así también. Parecía esforzarse en no referirse al Presidente como al Emperador. Usaba palabras en latín sin darse cuenta y era probable que fechara sus cartas en el mes de Februarius. »Sospecho que estaba un poco angustiado porque Claire había estudiado todos los derivados del Latín -inclusive un poco de Catalán y de Rumano- sin haberse enfrentada al mismo Latín. Eso pudo haberla impulsado a decidirse a estudiar. »Automáticamente, decidí seguir con ella y por lo tanto comencé lo que he referido antes, esta noche, como mi, comillas, actual maldita tarea, cierro comillas. »No utilizo el adjetivo para indicar que la tarea es difícil. Aprender Latín no es la mayor de las tareas que un no-lingüista puede asumir. Para mí, la estructura del Ruso era un excelente entrenamiento para la casi simple estructura del Latín. Para Claire, el vocabulario del Latín no era ningún problema, ya que es primo del Italiano, el que ella hablaba como una nativa. Y ambos teníamos un talento natural para los idiomas, por no mencionar una práctica considerable en aprenderlos. No, la tarea era maldita por algo que nada tenía que ver con el idioma en sí. »Discutimos, con considerable animación, el asunto de cuál de los dos llevaría mayor ventaja final, yo con mi cabeza gramatical, o ella con su vocabulario. No fue hecha en voz alta la pregunta de cuál de los dos podría ser mejor lingüista en general. »Sí, señor Rubin, me doy cuenta que instalar una competencia entre dos ambiciosos, las personas tesoneras ponían en peligro el afecto que había crecido entre ellas. Ninguno de los dos hubiera querido ser derrotado, pero estábamos de acuerdo en que nuestro amor era fuerte, lo suficiente para sobrevivir el hecho de que uno de nosotros estaba en peligro de ser derrotado por el otro. »Después de todo, ¿qué era una sola derrota? Si uno de nosotros era un claro perdedor esta vez, él o ella podía ganar en la siguiente. El fuerte tono del intelecto, agudizado por la competencia, podría servir como posterior ventaja en nuestra profesión, y sería mucho más que un simple tanteo de victorias y derrotas. »Al menos, nos convencimos el uno al otro de que era así. »La idea era que ambos estudiaríamos Latín, independientemente, por medios propios, usando textos y autores de nuestra elección. Después de seis meses, Trent nos daría un trozo de literatura en Latín a traducir y lo juzgaría sobre la base de la agudeza y elocuencia en la traducción. En otras palabras, una traducción palabra a palabra no era suficiente. Trent intentaba ver en Inglés que se hubiera capturado el estilo tanto como el significado. »Trent se metió en el asunto con energía. Eligió Cicerón como tema, ya que el Latín de Cicerón es el más elegante que existe y el más elegantemente complicado. (Trent nos instó a leer Paraíso Perdido de Milton si queríamos un equivalente cercano en Inglés al estilo de Cicerón, y para ser guiados por él). »Eligió un pasaje de uno de los últimos ensayos de Cicerón, uno que parecía no ser conocido por ninguno de nosotros, y nos lo entregó en sobres sellados. Las condiciones decían que debíamos abrirlo a las nueve de la mañana del día quince de abril, y entregarle la traducción no más de una semana después, tiempo amplio, no sólo para traducir, sino también para pulir y repulir en busca de eso tan elusivo que llaman estilo. »En la traducción podíamos utilizar un diccionario de Latín pero, por supuesto, no debíamos buscar ninguna traducción previa del pasaje. Aceptamos las condiciones, y Trent era un caballero y estaba seguro que ambos nos ajustaríamos a dichas condiciones con honor. En lo que se refiere a mí, sabía que él no me encontraría deficiente y supongo que tampoco encontraría deficiente a Claire. Ni siquiera se me ocurrió que Claire pudiera hacer trampas. Era inconcebible. »La condición final era que Trent sería el único juez de los resultados y que su decisión debía ser aceptada sin discusión. »Claire y yo acordamos que nos mantendríamos apartados durante el período de la prueba, considerando que la presencia de uno produciría la distracción del otro. De hecho, tuve que salir de la ciudad el viernes diez de abril, y estuve fuera todo el fin de semana. No la vi desde el día diez hasta que entregamos nuestras traducciones. »Recuerdo a Trent, riendo por los resultados. Dijo que éramos almas gemelas, y que nuestras traducciones eran tan notablemente similares que apenas podía creer que habían sido hechas por separado. Juzgó que la de Claire era superior por razones que detalló, pero que el margen era tan pequeño que apenas pude sentirlo una derrota. Juro que no tuve ninguna animosidad contra Claire por ganar. Estaba orgullosa de ella. »Yo era humano, lo suficiente para resentir algo. Había abierto el sobre cerrado rápidamente a las nueve de la mañana del miércoles quince de abril. En realidad, lo abrí cinco minutos después de la hora en un esfuerzo exagerado por no romper el espíritu del acuerdo, ya que mi reloj estaba un poco adelantado. »Pero entonces, no me tomó todo el tiempo. Podíamos hacerlo en siete, pero me tomó solamente cuatro. Era un poco de vanagloria, creo, pero para ese tiempo ya me había cansado de leer una y otra vez el pasaje y de preocuparme interminablemente sobre si decir ‘of Time’s great sway’, o ‘of Time’s mighty hest’. De modo que lo entregué el domingo diecinueve. »Más tarde, por supuesto, pensé que si hubiera usado esos tres días adicionales en mejorar mi traducción, podría haber agregado ese poco que me hubiera hecho ganar. Después de todo, Claire me dijo que entregó la suya en la tarde del lunes veinte, de modo que tuvo casi un día extra. Pero entonces, el tiempo extra podía haber resultado un daño, por demasiado corregir y corregir. »De modo que lo dejé pasar y arreglé con ella una velada de celebración de la victoria, y todo fue maravillosamente bien. Después de todo, no nos habíamos visto por casi dos semanas y aprovechamos la ocasión como hacen los amantes. »Y entonces, no mucho tiempo después, me encontré con un viejo amigo quien me preguntó cómo estaba Claire. Le dije que bien, que porqué, y que parecía preocupado. »Me respondió que la había visto en la biblioteca de la Columbia el mes anterior, sudando sobre un diccionario de Latín y que parecía rara. Que le trató bruscamente. ‘—¿Recuerdas cuándo fue?’ ‘—En abril. Creo que era un lunes...’ ‘—Lunes veinte’, dije. ‘Tenía trabajo y estaba realizando las correcciones finales. Imagino que no quería distracciones y te consideraba una’. Me reí, casi alegre, ante el pensamiento. »Pero él dijo, ‘No, no era entonces. Recuerdo que el día posterior mi esposa se quejaba de dolor de garganta y tuvimos que cancelar un compromiso para cenar. Entonces recuerdo que pensé en Claire y me pregunté si algo estaba pasando. Esa cena era el jueves catorce. Lo recuerdo bien. De modo que vi a Claire el lunes trece, en la biblioteca. »Le solté, ‘¡Imposible!’. »Me respondió fríamente, ‘No sé por qué es imposible. Fue entonces cuando la vi’. »Eso terminó allí, pero me aferré a la esperanza de que Claire hubiese estado trabajando en la biblioteca en algún otro aspecto de la competencia de Latín en ese día. La fui a ver. »‘¡Claire!’, le dije. ‘¿Comenzaste a traducir tu pasaje el día trece?’ »Me miró sorprendida. ‘¡Claro que sí!’ »No podía creerlo. ‘¿No comenzaste el día quince?’ »‘¿Por qué el quince?’, me contestó. ‘Quería comenzar cuanto antes. Te quiero, querido, pero tenía la intención de ganar’. »Giré sobre mis talones y me fui. Eso ocurrió hace una semana y no la he vuelto a ver ni hablar desde entonces. Ella me llamó una vez, pero le colgué. »Tal vez pueda comprender que su impaciencia haya provocado que rompiera las reglas, pero lo que la puso más allá de lo que puedo considerar fue su tranquila afirmación de que hacer trampas estaba permitido; eso implicaba que si yo era un tonto por seguir las reglas merecía perder. No tenía conciencia del asunto, ni honor, y entonces significaba que no era la mujer que pensé que era, y que no podía continuar la relación. »Esa es la historia y, como les dije, no tiene misterios. Hubo un silencio general por unos momentos cuando Soskind terminó, y entonces Halsted dijo: —No se lo dijo directamente. Señor Soskind. No le dijo, ‘¿Por qué hiciste trampas, Claire?’. —No tenía que hacerlo, era muy claro. Hubo un nuevo silencio. —Vamos —dijo Soskind a la defensiva—. ¿Dicen que debía haber hecho la vista gorda? ¿Perdonar y olvidar? —Podría haber entendido mal —dijo Rubin—. Tal vez el profesor dijo... —Las reglas estaban por escrito —dijo Soskind—. El error no era posible. —Ya que la joven —dijo Avalon dudoso—, era tan adecuada en todos los demás aspectos, y ya que usted aún parece estar enamorado de ella... —La falta de honor lo cancela todo —dijo Soskind sacudiendo la cabeza con energía—. Si aún estoy enamorado, es un problema que el tiempo curará. Drake miró a través de una nube de humo. —Si usted le hubiera ganado, ¿estaría haciendo todo este problema? —Espero que sí. Si actuara de otra manera, sería tan malo como ella. Drake se encogió de hombros. —Usted es un moralista muy estricto, señor Soskind. El moralista estricto de nuestro club es Henry. ¿Qué tienes que decir, Henry? Henry, quien estaba parado pensativo a un costado, dijo: —Creo que en esto hay un misterio. La joven parece haber actuado fuera de carácter. —Prefiero pensar —dijo Soskind—, que no he comprendido su carácter hasta que finalmente se reveló. —Si puedo hablar con libertad, señor Soskind... —Adelante —dijo Soskind con un soplido amargado—. Diga lo que desee decir. No ayudará ni lastimará. —¿No es posible, señor —dijo Henry—, que la señorita Claire estuviera completamente correcta y que usted se haya comportado injustamente? Soskind enrojeció. —¡Eso es ridículo! —Pero, ¿era el quince de abril el día de comenzar? —Le he dicho que estaba por escrito. —Pero, señor Soskind, nos dijo que el Profesor Trent tendía a latinizar sus expresiones. Realmente, ¿escribió ‘quince de abril’ o ‘abril 15’? —Bueno, por supuesto, él... Oh, ya veo lo que quiere decir. No, él dijo ‘los idus de abril’, pero, ¿cuál es la diferencia? —Una muy grande —dijo Henry—. Todos piensan en los idus de marzo en conexión con el asesinato de Julio César, y todos saben que es el 15 de marzo en nuestro calendario. Es natural suponer que los idus de todos los meses caen el día quince, pero he mirado la enciclopedia mientras estaba terminando su relato y eso es cierto solamente en los meses de marzo, mayo, julio y octubre. En todos los demás meses, incluyendo abril, los idus caen en el día trece del mes. Ya que los idus de abril caen el día trece, la señorita Claire comenzó ese día, muy correctamente, y estaba sorprendida de que usted le preguntara sobre ese asunto y parecía que esperaba que ella se retrasara dos días sin razón. Halsted estaba con la enciclopedia. —Henry tiene razón, por Dios —dijo. Los ojos de Soskind estaban muy abiertos y fijos. —¿Y yo comencé dos días tarde? —Si el profesor Trent —dijo Henry suavemente— sabía que usted no conocía cuándo eran los idus de abril, sospecho que usted hubiera perdido la competencia por un margen algo mayor. Soskind pareció derrumbarse en su silla. —¿Qué hago ahora? —Mi experiencia en asuntos de amor, señor —dijo Henry—, es limitada, pero creo que no debería perder más tiempo. Váyase ahora y trate de ver a la joven. Ella puede darle la oportunidad de explicar, y lo que conozco de esos asuntos me lleva a pensar que es mejor que se humille... que se humille despreciablemente, señor. |
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| Postfacio | ||||||
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Eleanor Sullivan era el administrador ejecutivo de Ellery Queen Mistery Magazine durante todo el periodo en el que escribí las historias de los Viudos Negros. Ya que Fred Danay trabajó siempre desde su casa de Westchester, fue a Eleanor a quien entregué mis historias, y era con ella con quien llevaba un asiduo y platónico amorío. (No es que yo quisiera que fuera platónico, ya entienden, pero ella insistía) Después que Fred falleciera, ella tomó el cargo de editor y siguiendo con la gran tradición que Fred había establecido mantuvo la EQMM en su dirección. Eso incluía (doy gracias por decirlo) la aparición ocasional de una historia de los Viudos Negros, y de una ocasional historia del Union Club. Esta es la primera historia que aceptó como editor, y pienso que era apropiada, ya que es una historia romántica. Muy pocas de mis historias de los Viudos Negros incluyen asesinato o crímenes violentos de cualquier clase (más por mi personal rechazo de la violencia, aunque no es absoluto como sabrán si han leído La Mujer en el Bar, que aparece en esta colección un poco antes). Lo que es menos frecuente, son historias que incluyan romanticismo (principalmente porque comencé a escribir cuando era muy joven, y antes de eso no había tenido ninguna experiencia sentimental). Aún así, debería haber más romance que violencia en una historia de los Viudos Negros, y cuando lo hago, me gusta el resultado, y también a Eleanor en este caso, quien es una mujer dulce y de corazón muy tierno. La historia apareció en el número de mayo de 1983 de la EQMM. |
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