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George
miró sombríamente su vaso, que contenía mi bebida -en el sentido de que
seguramente la acabaría pagando-, y dijo: —Es
sólo una cuestión de principios lo que hace que yo sea un hombre pobre. Luego,
hizo brotar desde la región de su ombligo un poderoso suspiro y añadió: —Al
hablar de «principios», naturalmente debo excusarme por utilizar un término
que a ti te resultará extraño, salvo, quizá, como denominación del
director de la escuela elemental en que casi llegaste a graduarte. [1]
En realidad, yo soy un hombre de principios. —¿De
veras? —repliqué—. Supongo que esa cualidad te la habrá otorgado
Azazel hace sólo dos minutos, pues nunca hasta ahora habías dado
muestras de poseerla, al menos que nadie sepa. George
me miró con aire apesadumbrado. Azazel es el demonio de dos centímetros
de estatura que posee asombrosos poderes mágicos..., y que sólo George
es capaz de conjurar a voluntad. —No
puedo imaginar dónde has oído hablar de Azazel —dijo. —También
para mí es un completo misterio —respondí afablemente—, o lo sería
si últimamente no constituyera tu único tema de conversación. —No
seas ridículo —exclamó George—. Yo nunca hablo de él. Gottlieb
Jones (dijo George) también era un hombre de principios. Podría pensarse
que eso constituía una absoluta imposibilidad, habida cuenta de que su
ocupación era la de redactor publicitario, pero él se elevaba por encima
de su vil oficio con un ardor sumamente agradable de contemplar. Muchas
veces me decía, mientras nos tomábamos una hamburguesa con patatas
fritas: —George,
no hay palabras para describir el horror que siento por mi trabajo, ni la
desesperación que me invade al pensar que debo encontrar formas de vender
productos respecto de los cuales todos mis instintos me dicen que los
seres humanos pasarían mejor sin ellos. Ayer mismo tuve que ayudar a
vender un insecticida que, según se ha comprobado, hace que los mosquitos
emitan gritos supersónicos de placer mientras acuden en masa hacia él
desde varios kilómetros a la redonda. «No sea un cebo para los mosquitos
—dice mi eslogan—. Use "Skeeter-Hate".» —¿«Skeeter-Hate»?
—repetí con un estremecimiento. Gottlieb
se tapó los ojos con una mano. Estoy seguro de que habría utilizado las
dos si no se estuviera atiborrando de patatas fritas con la otra. —Vivo
con esta vergüenza, George, y tarde o temprano debo abandonar el empleo.
Viola mis principios de ética comercial y mis ideales de escritor, y yo
soy un hombre de principios. —Te
reporta cincuenta mil dólares al año, Gottlieb —dije cortésmente—,
y tienes una joven y bella esposa y un hijo que mantener. —¡El
dinero es basura! —exclamó violentamente
Gottlieb—. Es el despreciable soborno por el que un hombre vende
su alma. Yo lo rechazo, George, lo arrojo lejos de mí con desdén; no
quiero tener nada que ver con él. —Pero,
Gottlieb, seguramente que no estás haciendo semejante cosa. Aceptas tu
sueldo, ¿no? Debo
reconocer que por un angustioso instante pensé en un Gottlieb sin un
centavo y en el número de almuerzos que su virtud le impediría pagar. —Sí,
es cierto. Mi querida esposa Marilyn tiene la desconcertante costumbre de
introducir su apartado de gastos domésticos en conversaciones, por el
contrario, de carácter puramente intelectual, por no hablar de sus
indolentes alusiones a diferentes compras que atolondradamente realiza en
tiendas de ropas y de suministros domésticos. Esto ejerce una influencia
obstaculizadora sobre mis planes de acción. En cuanto al pequeño
Gottlieb, que ya tiene casi seis meses, no está preparado para comprender
la absoluta falta de importancia del dinero..., aunque le haré la
justicia de reconocer que todavía nunca me ha pedido un céntimo. Suspiró,
y yo suspiré con él. Había oído hablar con frecuencia de la naturaleza
poco cooperativa de esposas e hijos en lo que a cuestiones económicas se
refiere, y ésa es, naturalmente, la principal razón de que me haya
mantenido libre de compromisos en este aspecto a lo largo de toda
una vida, durante la cual, mi inefable atractivo me ha hecho ser
perseguido ardientemente por una gran diversidad de hermosas mujeres. Inconscientemente,
Gottlieb Jones interrumpió algunas agradables reminiscencias a las que yo
me estaba entregando, cuando dijo: —¿Sabes
cuál es mi sueño secreto, George? Y
por unos instantes se reflejó en sus ojos un brillo tan lúbrico, que
experimenté un leve sobresalto de alarma, con la impresión de que, de
alguna manera, había leído mis pensamientos. Pero
lo que dijo fue: —Mi
sueño es ser novelista, escribir vigorosas descripciones de las
palpitantes profundidades del alma humana; presentar, ante una Humanidad a la vez
estremecida y deleitada, las gloriosas complejidades de la condición
humana, inscribir mi nombre, con letras grandes e indelebles, en el
frontispicio de la literatura clásica, y caminar a lo largo de las
generaciones en la gloriosa compañía de hombres y mujeres tales como
Esquilo, Shakespeare y Ellison. Habíamos
terminado nuestro almuerzo, y yo esperé tenso la cuenta, calculando con
extrema precisión el momento en que dejaría que se distrajese mi atención.
El camarero, sopesando la cuestión con la aguda perspicacia inherente a
su profesión, se la entregó a Gottlieb. Me
relajé y dije: —Considera,
mi querido Gottlieb, las horribles consecuencias que podrían derivarse.
He leído, hace poco, en un periódico de toda confianza que un caballero
tenía en sus manos cerca de mí, que en los Estados Unidos hay 350.000
novelistas con alguna obra publicada; que de éstos, menos de 750 se ganan
la vida escribiendo; y que cincuenta, sólo cincuenta, amigo mío, son
ricos. En comparación con esto, tu sueldo actual... —Bah
—exclamó Gottlieb—, para mí apenas tiene importancia la cuestión de
si gano o no dinero; lo importante es que consiga la inmortalidad y haga
entrega de un valiosísimo presente de discernimiento y comprensión a
todas las generaciones futuras. Podría soportar con facilidad el
inconveniente de hacer que Marilyn realizara un trabajo de camarera,
conductora de autobús o algún otro puesto de escasa calificación. Estoy
completamente seguro de que ella consideraría, o debería considerar, un
honor trabajar de día y cuidar del pequeño Gottlieb por la noche a fin
de que mi talento pudiera manifestarse plenamente. Sólo que... —Hizo
una pausa. —¿Sólo
que...? —dije, con tono alentador. —Verás,
no sé a qué se debe, George —respondió, ahora con acento ligeramente
irritado—, pero hay un pequeño detalle que se interpone en mi camino.
Parezco totalmente incapaz de superarlo. Mi cerebro rebosa de ideas con
una fuerza tremenda. Escenas, retazos de diálogos, situaciones de extraordinaria
vitalidad que constantemente cruzan mi mente de modo tumultuoso. Es sólo
el insignificante detalle de poner todo ello en palabras lo que parece que
se me resiste. Tiene que ser un problema de poca monta, pues cualquier
incompetente plumífero, como ese amigo tuyo de extraño apellido, parece
no tener la más mínima dificultad en producir libros a centenares, y,
sin embargo, yo no logro dar con la solución. (Debía
de referirse a ti, mi querido amigo, ya que la expresión «incompetente
plumífero» parece muy adecuada. Yo te habría defendido, naturalmente,
pero pensé que sería una empresa sin esperanzas.) —Seguramente,
es que no te has esforzado lo suficiente —dije. —¿Que
no? Tengo cientos de hojas de papel, cada una de las cuales contiene el
primer párrafo de una novela maravillosa..., el primer párrafo nada más.
Cientos de primeros párrafos para cientos de novelas diferentes. Es en el
segundo párrafo donde siempre me estrello. Se
me ocurrió una brillante idea, lo cual no me sorprendió; mi mente
siempre rebosa de ideas brillantes. —Gottlieb
—dije—, yo puedo resolver tu problema. Puedo hacer de ti un novelista.
Puedo hacerte rico. Me
miró con evidente escepticismo. —¿Tú
puedes? —exclamó, poniendo en el pronombre un énfasis nada
halagador. Nos
habíamos levantado y habíamos salido del restaurante. Noté que Gottlieb
olvidaba dejar propina, pero no me pareció conveniente mencionarlo, ya
que él podría haber formulado entonces la aterradora sugerencia de que
me ocupase yo de hacerlo. —Amigo
mío—dije—. Yo tengo el secreto del segundo párrafo, y por lo tanto,
puedo hacerte rico y famoso. —¡Ja!
¿Y cuál es el secreto? Con
cierta delicadeza, dije (y aquí llegamos a la brillante idea que se me
había ocurrido): —Gottlieb,
el trabajador se merece su salario. Él
rió brevemente. —Es
tal mi confianza en ti, George, que no tengo el más mínimo temor en
declarar que si puedes hacerme novelista rico y famoso, puedes quedarte
con la mitad de mis ganancias..., una vez deducidos los gastos generales,
naturalmente. Con
más delicadeza aún, dije: —Sé
que eres un hombre de principios, Gottlieb, por lo que tu sola palabra te
sujetará al cumplimiento de un contrato como si estuvieses ligado a él
con argollas del acero más selecto, pero, sólo como diversión..., ja,
ja..., ¿estarías dispuesto a poner por escrito esa declaración y
firmarla, y sólo para que resulte más divertido aún, ratificarla
solemnemente ante notario? La
pequeña operación no duró nada más que media hora, ya que sólo
requirió la participación de un notario público, que también era mecanógrafo
y amigo mío. Guardé
en la cartera mi copia del precioso documento y dije: —No
puedo darte inmediatamente el secreto, pero tan pronto como haya arreglado
las cosas, te lo haré saber. Entonces, puedes intentar escribir una
novela, y te encontrarás con que no te cuesta nada el segundo párrafo...,
ni los dos mil siguientes. Por supuesto, no me deberás nada hasta que
recibas el primer anticipo..., que apuesto a que será muy sustancioso. —Más
vale que lo creas —dijo desagradablemente Gottlieb. Esa
misma noche llevé a cabo el ritual que servía para convocar a Azazel. Éste
sólo mide dos centímetros, y es un personajillo totalmente
insignificante en su propio mundo. Ésa es la razón por la que está
dispuesto a ayudarme de diversas y triviales maneras. Le hace sentirse
importante. Por
consiguiente, nunca puedo persuadirle para que haga nada que, de manera
directa, sirva para hacerme rico. La pequeña criatura insiste en que eso
sería una inaceptable comercialización de su arte. Y tampoco parece
convencido por mi declaración de que cualquier cosa que haga por mí será utilizada de manera
completamente altruista para el bien del mundo. Cuando le dije eso, emitió
un extraño sonido, cuyo significado no comprendí y que dijo que había
aprendido de un nativo del Bronx. Fue
por esa razón por la que no le expliqué la naturaleza de mi pacto con
Gottlieb Jones. No sería Azazel quien me estuviera haciendo rico. Sería
Gottlieb quien lo haría, después de que Azazel le hubiera hecho rico a
él...; no obstante, yo no tenía ninguna confianza en poder lograr
que Azazel comprendiera la sutil distinción que esto entrañaba. Como
de costumbre, Azazel se mostró irritado por que le hubiese llamado. Su
minúscula cabeza se hallaba decorada con lo que parecían diminutas
hebras de algas marinas, y de sus palabras, un tanto incoherentes, se
deducía que había estado en medio de una ceremonia académica en la cual
se le estaba confiriendo algún tipo de distinción. Al carecer de
verdadera importancia en su mundo, como he dicho antes, insistió en
conceder demasiado valor a tal acontecimiento, y se mostró mordaz en sus
comentarios. Deseché
con un gesto sus lamentaciones. —Después
de todo —dije—, puedes ocuparte de mi intrascendente petición y luego
volver al momento exacto en que te marchaste. Nadie sabrá jamás que te
habías ido. Soltó
un gruñido, pero hubo de reconocer que yo tenía razón, por lo que el
aire de su vecindad inmediata dejó de crepitar a impulsos de los minúsculos
rayos que lo surcaban. —¿Qué
quieres, entonces?—preguntó. Se
lo expliqué. —Su
profesión es la de la comunicación de ideas, ¿no? —inquirió
Azazel—: ¿La traducción de ideas a palabras, como en el caso de ese
amigo tuyo de extraño apellido? —En
efecto, pero él desea hacerlo con mayor eficacia, y complacer a aquellos
con quienes trata, de modo que obtenga el aplauso general..., y también
riqueza, pero la riqueza la quiere sólo como prueba tangible
del éxito, pues desprecia el dinero en sí mismo. —Comprendo.
También nosotros tenemos en nuestro mundo artesanos de la palabra, y
todos y cada uno de ellos solamente valoran el aplauso y el aprecio que
sus obras encuentran y no aceptarían ni la más mínima unidad monetaria
si no fuera porque deben hacerlo como prueba tangible del éxito. Reí
indulgentemente. —Una
flaqueza de la profesión. Tú y yo somos afortunados por hallarnos por
encima de tales cosas. —Bueno
—dijo Azazel—. No puedo pasarme aquí el resto del año, ¿no?, o
tendré problemas para localizar con exactitud el momento preciso de
retorno. ¿Está al alcance de la mente ese amigo tuyo? Nos
costó encontrarle, aunque yo señalé en un plano el emplazamiento de su
agencia de publicidad y le proporcioné mi habitual descripción elocuente
y precisa del hombre, pero no quiero aburrirte con detalles irrelevantes. Finalmente,
Gottlieb fue localizado y, tras un breve estudio, Azazel dijo: —Una
mente característica del tipo universal entre los miembros de tu
desagradable especie. Maleable, pero frágil. Veo el circuito que rige la
combinación y utilización de las palabras, y está lleno de altibajos y
obstrucciones, por lo que no es sorprendente que se encuentre con
dificultades. Puedo eliminar los elementos obstructores, pero eso podría
poner en peligro la estabilidad de su mente. No creo que ocurra, si soy lo
bastante hábil; no obstante, siempre existe el riesgo de un accidente. ¿Tú
crees que estaría dispuesto a correr el riesgo? —¡Oh,
sin duda alguna! —exclamé—. Está resuelto a lograr la fama y a
servir al mundo con su arte. No vacilaría lo más mínimo en correr el
riesgo. —Sí,
pero tengo entendido que tú eres un gran amigo suyo. Quizás él esté
cegado por su ambición y por su deseo de triunfar; sin embargo, tú
puedes ver las cosas con más claridad. ¿Estás tú dispuesto a
hacerle correr el riesgo?
—Mi
único objetivo —respondí— es hacerle feliz. Adelante, y actúa todo
lo cuidadosamente que te sea posible, y, si las cosas salen mal..., habrá
sido por una buena causa. (Y así era, naturalmente, ya que si las cosas
salían bien, yo obtendría la mitad de las consecuencias económicas.) De
modo que se llevó a cabo la intervención. Azazel, le echó mucho cuento
al asunto, como hacía siempre, y permaneció un rato resoplando y
murmurando algo acerca de peticiones irrazonables, pero yo le dije que
pensara en la felicidad que estaba reportando a millones de personas y que
dejara a un lado la desagradable cualidad del egoísmo. Muy confortado por
mis edificantes palabras, se marchó para ocuparse del otorgamiento de la
distinción que se le estaba confiriendo. Aproximadamente
una semana después, salí en busca de Gottlieb Jones. Hasta entonces no
había hecho ningún intento por verle, pues pensaba que quizá necesitara
un pequeño período de tiempo para acomodarse a su nuevo cerebro. Además,
prefería esperar e informarme indirectamente acerca de él para saber si
su cerebro había resultado dañado de alguna manera en el proceso. Si así
fuera, no tendría sentido que me reuniese con él. Mi pérdida -y la suya
también, supongo- haría demasiado dolorosa la entrevista. No
había oído nada extraño con respecto a él, y, ciertamente, parecía
normal por completo cuando le encontré a la salida del edificio en donde
estaba instalada su empresa. Inmediatamente percibí su aire de profunda
melancolía, pero no presté mayor atención al hecho, pues hace tiempo
que he observado que los escritores son propensos a la melancolía. Creo
que es algo que va con la profesión. Tal vez sea el constante contacto
con los editores. —Ah,
George —dijo, con tono indiferente. —Gottlieb
—exclamé—, cuánto me alegro de verte. Tienes mejor aspecto que nunca
—en realidad, es de una fealdad absoluta, como todos los escritores,
pero hay
que ser cortés—. ¿Has intentado últimamente escribir una novela? —No.
—Y luego, como si de pronto lo hubiera recordado, súbitamente añadió—:
¿Por qué? ¿Estás dispuesto a revelarme ese secreto tuyo con respecto
al segundo párrafo? Me
agradó que lo recordara, pues ello suponía otra indicación de que su
agudeza mental era la misma de siempre. —Pero
si ya está hecho, mi querido amigo —respondí—. No es necesario que
te explique nada; tengo métodos más sutiles que todo eso. No tienes más
que irte a casa y sentarte ante la máquina de escribir, y te encontrarás
escribiendo como un ángel. Ten la seguridad de que tus dificultades se
han terminado y de que las novelas irán fluyendo suavemente de tu máquina
de escribir. Escribe dos capítulos y un esquema del resto, y estoy seguro
de que cualquier editor al que se lo enseñes lanzará un grito de júbilo
y te extenderá un cheque por un sustancioso importe, la mitad del cual
será completamente tuya. —¡Ja!
—resopló Gottlieb. —Palabra
—dije, poniéndome la mano sobre el corazón, que, como sabes, es lo
bastante grande, figurativamente hablando, como para llenar toda mi
cavidad torácica—. De hecho, creo que puedes abandonar tranquilamente
ese inmundo trabajo tuyo a fin de que no contamine en absoluto el puro
material que brotará ahora de tu máquina de escribir. No tienes más que
intentarlo, Gottlieb, y convendrás en que me he ganado sobradamente mi
mitad. —¿Quieres
decir que deseas que abandone mi trabajo? —¡Exactamente! —No
puedo hacerlo. —Claro
que puedes. Vuelve la espalda a ese innoble puesto. Rechaza el
embrutecedor trabajo de la publicidad comercial. —Te
digo que no puedo hacerlo. Acaban de despedirme.
—¿Despedirte? —Sí.
Y con tales expresiones de falta de admiración, que no las olvidaré jamás. Nos
volvimos para encaminarnos hacia el pequeño y barato local en donde solíamos
almorzar. —¿Qué
ha ocurrido? —pregunté. Me
lo contó, sombríamente, mientras tomaba un sandwich de pastrami: —Estaba
redactando un anuncio para un ambientador —comenzó—, y me sentía
abrumado por la afectación y el forzado refinamiento. Era todo lo que podíamos
hacer para usar la palabra «aroma». De pronto, me entraron deseos de
actuar con entera franqueza. Si íbamos a promocionar aquella maldita
porquería, ¿por qué no hacerlo bien? Así que en la cabecera de mi
remilgado anuncio escribí: Para que el hedor sea menor, y al
final: Hará usted una sandez viviendo con fetidez, y lo hice
cursar sin molestarme en consultar con nadie. »Pero
después de haberlo hecho pensé: «¿Por qué no?» Y envié un informe a
mi jefe, que al instante sufrió un clamoroso ataque de apoplejía. Me
llamó y me dijo no sólo que estaba despedido, sino, además, varias
desabridas palabras que estoy seguro que no había aprendido en las
rodillas de su madre..., a menos que fuese una madre muy poco común. Así
que aquí estoy, sin empleo. Frunció
el ceño y me dirigió una mirada hostil. —Supongo
que me dirás que esto es obra tuya. —Claro
que sí —respondí—. Has hecho lo que subconscientemente sabías que
era lo correcto. Deliberadamente, has hecho que te despidan, para poder
dedicar todo tu tiempo a tu verdadero arte. Gottlieb, amigo mío,
ahora vete a casa. Escribe tu novela y asegúrate de obtener un adelanto
de no menos de cien mil dólares. Como no habrá gastos generales, salvo
unos cuantos centavos para papel, no tendrás que deducir nada y podrás
quedarte con cincuenta mil. —Estás
loco —me dijo. —Estoy
seguro —respondí—, y para demostrarlo, yo pagaré la cuenta.
—Realmente,
estás loco —dijo, con tono intimidado, y, en efecto, me dejó
pagar la cuenta, aunque hubiera debido comprender que mi oferta era un
simple recurso retórico. Le
telefoneé la noche siguiente. Normalmente, habría esperado más tiempo,
no habría querido acosarle, pero ahora tenía una inversión financiera
en él. El almuerzo me había costado once dólares, y, naturalmente,
estaba intranquilo, como podrás comprender. —Gottlieb
—dije—, ¿qué tal va la novela? —Muy
bien —respondió, con tono ausente—. He despachado veinte páginas, y
además de calidad. Sin
embargo, no parecía dar importancia a la cosa, como si sus pensamientos
se hallaran centrados en otro asunto. —¿Por
qué no estás dando saltos de alegría? —le pregunté. —¿Por
la novela? No seas estúpido. Han llamado Fineberg, Saltzberg y Rosenberg. —¿Tu
empresa..., tu ex empresa de publicidad? —Sí.
No todos ellos, por supuesto, sólo el señor Fineberg. Quiere que vuelva. —Confío,
Gottlieb, en que le habrás dicho exactamente hasta dónde... Pero
Gottlieb me interrumpió. —Al
parecer —dijo—, los fabricantes del ambientador se mostraron
entusiasmados con mi anuncio. Querían utilizarlo y encargar toda una
serie de anuncios para la televisión y para las publicaciones impresas, y
pretendían que la campaña la organizase el creador del primer anuncio.
Decían que lo que yo había hecho era muy audaz y de gran impacto, y que
encajaba perfectamente en la década de los ochenta. Decía que se proponían
realizar una campaña publicitaria enérgica e intensa, y para eso me
necesitaban a mí. Naturalmente, he dicho que lo consideraré. —Es
un error, Gottlieb. —Les
impondría un aumento de sueldo, un aumento
sustancioso. No he olvidado las cosas tan crueles que Fineberg me
dijo cuando me despidió..., algunas de ellas en yiddish. —El
dinero es basura, Gottlieb. —Por
supuesto, George, pero quiero ver cuánta basura está implicada en
este asunto. No
me quedé muy preocupado. Sabía el efecto irritante que la tarea de
escribir anuncios producía en el alma sensible de Gottlieb, así como lo
atractiva que sería la facilidad con que podía escribir una novela.
Bastaba esperar y, por acuñar una frase, dejar que la Naturaleza siguiera
su curso. Pero
entonces salieron los anuncios del ambientador, y causaron un impacto
inmediato en el público. «Es una sandez vivir con fetidez» se convirtió
en una frase hecha entre los jóvenes de Norteamérica, y su uso en cada
ocasión se convertía en una recomendación del producto. Me
imagino que te acordarás de aquella moda..., claro que sí, pues tengo
entendido que figuraba en todas las cartas en que rechazaban tus
colaboraciones los periódicos y revistas para los que intentabas
escribir, y debes de haberla experimentado muchas veces. Salieron
otros anuncios del mismo tipo, y obtuvieron el mismo éxito. Y,
de pronto, lo comprendí: Azazel se las había arreglado para dar a
Gottlieb una estructura mental que le hacía posible complacer al público
con lo que escribía, pero, al ser pequeño y de poca categoría, no había
sido capaz de afinar su sintonía mental para que el don conferido fuese
aplicable únicamente a las novelas. Muy bien podría ser que Azazel ni
siquiera supiese lo que era una novela. Bueno,
¿importaba realmente? No
puedo decir que Gottlieb se sintiese exactamente complacido cuando me
encontró a la puerta de su casa, pero no se hallaba tan sumido por
completo en la infamia como para no invitarme a entrar. De hecho, comprendí
con cierta satisfacción que no podía dejar de invitarme a cenar, aunque
trató -yo creo que deliberadamente- de destruir ese placer haciéndome
sostener en brazos al pequeño Gottlieb durante un largo período de
tiempo. Fue una experiencia horrible. Después,
a solas en su comedor, le pregunté: —¿Y
cuánta basura ganas, Gottlieb? Me
miró con aire de reproche. —No
lo llames basura, George. Es poco respetuoso. Admito que cincuenta mil al
año sea basura, pero cien mil, más varios extras sumamente
satisfactorios, es estatus financiero. »Es
más, pronto fundaré mi propia empresa y me haré multimillonario, nivel
en el que el dinero se convierte en virtud..., o poder, que es lo mismo,
naturalmente. Con mi poder, por ejemplo, me será posible expulsar del
negocio a Finenberg. Eso le enseñará a dirigirse a mí en términos que
ningún caballero debe usar con otro. A propósito, George, ¿sabes por
casualidad qué significa “shmendrick”? No
podía ayudarle en ese aspecto. Estoy versado en varios idiomas, pero el
urdú no es uno de ellos. —Entonces,
te has enriquecido —le dije. —Y
tengo el propósito de enriquecerme más. —En
ese caso, Gottlieb, ¿puedo puntualizar que esto ha sucedido sólo después
de que yo accediera a hacerte rico, momento en el que tú, a tu vez,
prometiste darme la mitad de tus ganancias? Gottlieb
frunció el ceño. —¿Accediste?
¿Prometí? —Admito
que se trata de una de esas cosas que se olvidan con mucha facilidad,
pero, afortunadamente, todo fue puesto por escrito..., a cambio de
servicios prestados..., firmado, escriturado, todas esas cosas. Y da la
casualidad de que llevo encima una fotocopia del contrato. —Ah.
¿Puedo verla, entonces? —Por
supuesto, pero permíteme que te aclare que únicamente se trata dé una
fotocopia, por lo que si se diera la circunstancia de que,
accidentalmente, la rompieras en mil trocitos en tu avidez por examinarla
con atención, yo seguiría teniendo el original en mi poder. —Una
medida prudente, George, pero no temas. Si todo es como tú dices, no te
verás privado ni de un solo centavo que te corresponda. Yo soy un hombre
de principios y cumplo todos los pactos al pie de la letra. Le
entregué la fotocopia, y la examinó con detenimiento. —Ah,
sí —dijo—. Recuerdo. Naturalmente. Sólo hay un pequeño detalle... —¿Qué?
—pregunté. —Bueno,
aquí, en este papel, se habla de mis ganancias como novelista. Yo no soy
un novelista, George. —Querías
serlo, y lo puedes ser en cuanto te sientes ante la máquina de escribir. —Pero
ya no quiero serlo, George, y no espero sentarme ante la máquina de
escribir. —Pero
las grandes novelas significarán fama inmortal. ¿Qué pueden reportarte
tus estúpidos eslóganes? —Montones
y montones de dinero, George, más una gran empresa que será mía y que
dará trabajo a muchos desdichados redactores de anuncios cuyas vidas
dependerán por entero de mí. ¿Tuvo Tolstoi alguna vez eso? ¿Lo tiene
Del Rey? Yo
no podía dar crédito a lo que oía. —Y,
después de lo que he hecho por ti, ¿no me darás ni un mísero centavo,
simplemente por una sola palabra de nuestro solemne contrato? —¿Has
probado tú alguna vez a escribir, George? Porque yo mismo no podría
haber expresado con palabras más clara y sucintamente la situación. Mis
principios me supeditan a la letra del contrato, y yo soy un hombre de
principios. Su postura se mantenía inalterable, y comprendí que de nada serviría sacar a colación la cuestión de los once dólares que yo había gastado en nuestra última comida juntos. Por no decir nada de los veinticinco centavos de propina. George
se puso en pie y se marchó en un estado tal de histriónica desesperación,
que no me atreví a sugerirle que primero pagase la mitad que le
correspondía de las bebidas. Pedí la cuenta y observé que ascendía a
veintidós dólares. Admiré la escrupulosa aritmética de George para resarcirse, y me sentí obligado a dejar cincuenta centavos de propina. |
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| [1] Juego de palabras intraducible que se produce con los vocablos ingleses principle (principio) y principal (director de escuela), de pronunciación prácticamente igual. (N. del T.) | ||||||
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