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Me
imagino que todo el mundo habla hoy de terrorismo incluso en el augusto e
inaccesible interior de nuestro club. No fue pues una sorpresa que
verdaderamente arrebatado, Jennings perorase durante cinco minutos sobre
los peligros que corríamos todos por el hecho de que los ataques de los
terroristas escaparan a esquemas racionales. Por
fin, cuando se agotó la vehemencia de Jennings, Baranov dijo: —Vamos,
vamos. Los rayos nunca caen en el valle. Ninguno de nosotros es bastante
importante para constituir un blanco deseable. —A
veces los eligen al azar —dije—. Es la teoría de Jennings. Baranov
emitió un sonido desdeñoso. —Los
accidentes automovilísticos pueden tocarle a cualquiera también, pero no
veo que la gente se muera de miedo. Simplemente se hace lo que se puede. En
este momento Griswold pareció despertar. El primer indicio fue el
tintineo de los cubos de hielo en su vaso de whisky con soda. Luego abrió
un ojo y resopló detrás de su magnífico bigote blanco. —Puede
ser —dijo— que el rayo no caiga en el valle. —Nos asombraba siempre
su capacidad para oír cada palabra que pronunciábamos, a pesar de estar
profundamente dormido o parecer estarlo—, y que ustedes tres estén a
salvo, pero en cierta ocasión yo fui blanco de una amenaza terrorista.
Fue allá por 1969... Me
apresuré a decir: —Creo
que esta noche hay salmón hervido al vapor... —pero los ojos de
Griswold estaban ya abiertos y nos inmovilizaron contra la pared como un
par de agujas de hielo azulado. Fue
en 1969 —recomenzó Griswold—, un año muy malo para los
norteamericanos destacados. Poco tiempo antes habían matado a Robert
Kennedy y a Martin Luther King. Yo tenía bastantes sospechas de que sería
la próxima víctima. Me había dedicado a tareas que todavía hoy no
tengo libertad de divulgar pero, desde luego, los secretos nunca son
absolutos y me había hecho enemigos. El
malestar en los sectores universitarios del país iba en aumento y
cualquiera podría haber apreciado que las cosas estaban llegando a una
etapa explosiva. En mayo de ese año, me propusieron para recibir un
doctorado "honoris causa" en una universidad de Connecticut...
no recuerdo cuál. Todas estas tonterías siempre se me confunden en la
memoria, pero creo que el diploma que me conferían esta vez era un
doctorado en humanidades. Dos
días antes de la ceremonia el presidente de la universidad recibió una
comunicación anónima en la que le informaban que debía cancelarse el
otorgamiento del diploma a causa de mis malignas actividades en Vietnam.
Si no se cancelaba la ceremonia y yo hacía mi aparición, me matarían.
Recuerdo las palabras textuales. La carta decía: "Si la ceremonia de
graduación incluye a ese monstruo, nada me impedirá ponerlo en la mira y
matarlo de un disparo certero". Con
todo, la persona que formulaba la amenaza afirmaba ser tan humanitaria
como la naturaleza del diploma que pensaban conferirme. Aseguraba al
presidente de la universidad que nadie sufriría daño alguno, lo cual no
era, por cierto, un gran consuelo para mí. El
presidente se había apresurado a mostrarme la carta en el más estricto
secreto y quiso saber si yo deseaba evitar la confrontación. Podía
invocar enfermedad y se me otorgaría el diploma "in absentia".
Luego me lo enviarían por correo. Resultaba
obvio que era el presidente quien quería evitar la confrontación y el
hecho despertó en mí todo lo que tenía de quijotesco. Si él pensaba
actuar como un cobarde, yo no. Además,
¿por qué habrían de privarme de mi hora de gloria, por microscópica
que fuese? En primer lugar, no había hecho nada en Vietnam que
justificase tanta indignación. Mi misión allí había sido ocultar la
verdadera actividad que estaba cumpliendo en el Medio Oriente después de
la Guerra de los Seis Días. Tampoco
era cuestión de tomar la carta con demasiada seriedad. Así lo señalé.
Le dije al presidente con cierta irritación que no cedería ante las
falsas amenazas. —¿Falsas?
—dijo con tono aprensivo—. ¿Cómo puede estar seguro de que son
falsas? —El
hombre lo anunció, señor —dije en voz muy alta—. ¡Se imaginará que
ni Lee Harvey Oswald ni Sirhan Sirhan enviaron esquelas de amor para
advertir a sus víctimas! El autor de esta carta desea simplemente
provocar un disturbio en la ceremonia y humillarme. Y yo no tengo la menor
intención de hacerle el juego. El
presidente agitó la cabeza con aire de duda. —Pero
no podemos conformarnos con pensar que se trata de una broma... Supongamos
que ignoremos esta carta, que no adoptemos precauciones y que... que lo
maten a usted. Y supongamos que llegara a conocerse el contenido de la
carta. Mi posición... —...
no sería tan incómoda como la mía —continué con una ironía algo
burda—. Si yo estoy dispuesto a arriesgarme, ¿por qué no usted? —Porque
mi responsabilidad tiene que ver con la universidad, no conmigo mismo,
estimado amigo. Es posible que hayan enviado esta carta obedeciendo a un
impulso, pero si no la tenemos en cuenta, el amor propio del hombre puede
ser tan grande como el suyo y puede verse obligado a hacer el intento,
aunque en realidad no tenga tantos deseos de hacerlo. Por
un instante consideré la situación y creí comprenderla. Pero por otra
parte... podría estar equivocado. —Muy
bien —concedí—. Adopte las precauciones necesarias. —Estimado
señor Griswold, eso no sería suficiente. Tendría un efecto muy
perturbador sobre la ceremonia llenar el lugar de guardias y revisar a
estudiantes, padres y amigos en busca de armas ocultas... Los actos
programados se convertirían, desde luego, en molestia para todos. Lo
mejor sería... —¡Qué
disparate! —dije—. La mitad de las ceremonias de graduación de este año
se han visto perturbadas de una manera o de otra. La presencia de guardias
parecerá una precaución natural y con toda seguridad estimulará al
auditorio. Si realmente cree que alguien tiene la intención de introducir
un rifle de alto poder con una lente telescópica en las tribunas su tarea
es bien sencilla. No es fácil disimular un arma semejante. Disponga que
los guardias busquen con especial atención cualquier estuche alargado,
bastón sospechoso, muleta, caña de pescar... cualquier objeto alargado y
fino. Tendría que ser bien visible, pues anuncian para el domingo un día
caluroso y cualquiera que lleve un abrigo o prenda que lo cubra resultará
sospechoso de inmediato. —La
clase de egresados deberá llevar sus togas amplias y largas— recordó
el presidente. —Sí,
pero deberán marchar en procesión y cualquiera que lleve un rifle oculto
bajo la toga caminará con cierta torpeza. Esto se aplica también al
cuerpo docente, incluidos usted y yo. Y si estaba por mencionar la banda,
no tiene más que revisar sus estuches de instrumentos y verificar que
contengan solo instrumentos. En
resumen, lo vencí. No creía ni por un instante que fuese posible
introducir clandestinamente un rifle en el estadio y, en caso de serlo,
apuntar a nadie con él, de modo que creía saber qué era lo que se debía
hacer. Con todo, dejaría que el presidente hiciese todos los trámites
del caso. Podría ser divertido o, como dije antes, podría estar
equivocado yo. Dos
días después llegué al estadio marchando entre la retaguardia de la
procesión con el presidente a mi derecha. Era un día caluroso y soleado,
tal como se había pronosticado y los estudiantes vestidos con sus togas y
birretes estaban de pie junto a los asientos. Las tribunas estaban llenas
de gente feliz formando un tablero complejo de manchas multicolores. En
los bordes merodeaban hordas de jóvenes fotógrafos con la esperanza de
sacar tomas de los graduados en el momento de recibir el diploma, o cuando
se realizase la procesión académica. Unos pocos me fotografiaron, atraídos,
supongo, por la majestuosidad de mi porte. No
pude menos que reparar en que el presidente había dejado un espacio
inusualmente amplio entre ambos. Sé que estaba pensando, sin duda, en el
tirador armado con un rifle y no deseaba convertirse en el proverbial
"inocente espectador". Desde
la plataforma me dediqué a contemplar al auditorio. Tenía mayor
seguridad que nunca de que nadie dispararía desde las tribunas ni
conseguiría hacer un disparo certero como anunciaba, aunque lo intentase.
Si alguien trataba de apuntar con un rifle tendría que hacerlo desde algún
lugar aislado donde la tarea de apuntar pudiera hacerse con calma y
tranquilidad... como en el caso de Oswald. Busqué ventanas que diesen al
estadio, pero no las había. La
plataforma central estaba parcialmente techada en el fondo, arriba y también
en algunos sectores laterales. Delante de nosotros estaba la gente que
llegaba hasta las paredes del estadio y más allá, nada, salvo el cielo
azul. En
primer plano estaban los organizadores, los fotógrafos y periodistas, los
cuales daban la usual nota de corridas y desorganización. Tanto mejor,
uno de los fotógrafos era en realidad uno de mis propios hombres que sabía
bien lo que debía buscar y yo quería que pasase inadvertido. Además, en
algunos puntos de las tribunas estaban los guardias destacados por el
presidente y los que yo no había visto. Habló el presidente, el pastor
pronunció una oración de bendición para todos, uno de los estudiantes
dijo unas pocas palabras con tono tímido y luego yo me puse de pie,
mientras el presidente me dirigía algunos elogios que, según se suponía,
justificaban el diploma que se me confería. Terminados los adjetivos, me
colocaron el birrete en la cabeza y todos se apartaron, dejándome solo en
el estrado para que pronunciase mi discurso durante veinte minutos. Era el
momento. Si el presunto asesino pensaba seriamente matarme y si además se
proponía de veras no causar daño a nadie más, este era el momento. Yo
estaba solo, o por lo menos, más solo de lo que estaría ningún otro
durante la ceremonia. Había veinte personas más en la plataforma, pero
estaban bastante detrás de mí y se habían sentado. Un disparo apuntado
a mi cabeza, por ejemplo, no heriría a nadie si no me daba a mí. Y en
ese momento yo tendría que esperar que no diese en el blanco, o mejor aún,
tendría que prevenir el hecho antes de que se produjese. Tenía delante
mi discurso manuscrito, pero tendría que improvisar, pues debía vigilar
lo que ocurría frente a mí. No pude menos que recorrer las tribunas con
los ojos antes de comenzar a hablar, pero fue una tontería hacerlo. No
era probable que distinguiese nada a esa distancia y para cuando oyese el
estampido del rifle frente a mí, la bala ya habría entrado. ¡Dejaría
esa parte a los guardias! Me concentraría en lo que ocurría
inmediatamente delante de mí. Confiaba en mi amigo, cuya presencia noté
en un costado, pero dos pares de ojos son mejores que uno. —Agradezcamos
el hecho —comencé a decir con estudiada elocuencia— de que no se
trate de una vida de innoble molicie la que el mundo de hoy nos llama a
vivir y que las controversias y conflictos en que nos vemos envueltos nos
exija hoy... En
el instante en que pronuncié la palabra "controversias" localicé
al asesino. Al mismo tiempo lo hacía mi colaborador. No tuvo necesidad de
ninguna señal, procedió simplemente a avanzar. Rodearon
al hombre con tal limpieza y se lo llevaron con tanto silencio que dudo
que el presidente reparara en nada. Terminé mi discurso con frialdad y
aplomo y tuve la satisfacción de comprobar que el presidente estaba
maravillado de mi autocontrol frente al peligro. Solo más tarde le
contaron el peligro que había corrido. Pero
entretanto, me vi obligado a permanecer sentado, contemplando la
interminable distribución de diplomas. Fue todo muy, muy aburrido. Para
entonces el vaso de Griswold estaba vacío, de modo que no tuvimos reparos
en sacudirlo hasta que despertó. —¿Cómo
vio al hombre del rifle? —le pregunté con exasperación—. ¿Dónde
estaba? ¿Cómo introdujo el rifle en el estadio y qué delató su
presencia? Griswold
dio la impresión de comprender lo que le preguntaban con gran dificultad.
Por fin dijo: —¿Qué
rifle? Les dije una y otra vez que era imposible introducir un rifle. El
presunto asesino habló de apuntarme con su mira y de lograr un
"disparo certero". El idioma inglés tiene tales características
que esto puede referirse tanto a una cámara fotográfica como aun arma. Y
en todas estas ceremonias se ven millares de cámaras, Cualquiera podía
llegar al estadio con una cámara. Por ello yo estudiaba a todos los que
estaban ubicados frente a mí. Cuando vi que alguien levantaba una cámara
y la apuntaba hacia mí -alguien que en ningún momento había tomado
otras fotografías- mi hombre lo vio y de inmediato lo prendió. —¿Quiere
decir que pensaba tomarle una fotografía? —preguntó Jennings. —No,
precisamente —repuso Griswold—. De haber llegado a apretar el botón
habría partido una flecha envenenada desde la cámara. Probablemente no
me habría alcanzado, pero de haberlo hecho, podría haberme envenenado.
Detuvieron al hombre para ponerlo bajo observación y aún está en el
hospital psiquiátrico, según creo. |
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