LORENZO

servidor

ISAAC ASIMOV's

A Clear Shot

Un Disparo Certero

Me imagino que todo el mundo habla hoy de terrorismo incluso en el augusto e inaccesible interior de nuestro club. No fue pues una sorpresa que verdaderamente arrebatado, Jennings perorase durante cinco minutos sobre los peligros que corríamos todos por el hecho de que los ataques de los terroristas escaparan a esquemas racionales.

Por fin, cuando se agotó la vehemencia de Jennings, Baranov dijo:

—Vamos, vamos. Los rayos nunca caen en el valle. Ninguno de nosotros es bastante importante para constituir un blanco deseable.

—A veces los eligen al azar —dije—. Es la teoría de Jennings.

Baranov emitió un sonido desdeñoso.

—Los accidentes automovilísticos pueden tocarle a cualquiera también, pero no veo que la gente se muera de miedo. Simplemente se hace lo que se puede.

En este momento Griswold pareció despertar. El primer indicio fue el tintineo de los cubos de hielo en su vaso de whisky con soda. Luego abrió un ojo y resopló detrás de su magnífico bigote blanco.

—Puede ser —dijo— que el rayo no caiga en el valle. —Nos asombraba siempre su capacidad para oír cada palabra que pronunciábamos, a pesar de estar profundamente dormido o parecer estarlo—, y que ustedes tres estén a salvo, pero en cierta ocasión yo fui blanco de una amenaza terrorista. Fue allá por 1969...

Me apresuré a decir:

—Creo que esta noche hay salmón hervido al vapor... —pero los ojos de Griswold estaban ya abiertos y nos inmovilizaron contra la pared como un par de agujas de hielo azulado.

Fue en 1969 —recomenzó Griswold—, un año muy malo para los norteamericanos destacados. Poco tiempo antes habían matado a Robert Kennedy y a Martin Luther King. Yo tenía bastantes sospechas de que sería la próxima víctima. Me había dedicado a tareas que todavía hoy no tengo libertad de divulgar pero, desde luego, los secretos nunca son absolutos y me había hecho enemigos.

El malestar en los sectores universitarios del país iba en aumento y cualquiera podría haber apreciado que las cosas estaban llegando a una etapa explosiva. En mayo de ese año, me propusieron para recibir un doctorado "honoris causa" en una universidad de Connecticut... no recuerdo cuál. Todas estas tonterías siempre se me confunden en la memoria, pero creo que el diploma que me conferían esta vez era un doctorado en humanidades.

Dos días antes de la ceremonia el presidente de la universidad recibió una comunicación anónima en la que le informaban que debía cancelarse el otorgamiento del diploma a causa de mis malignas actividades en Vietnam. Si no se cancelaba la ceremonia y yo hacía mi aparición, me matarían. Recuerdo las palabras textuales. La carta decía: "Si la ceremonia de graduación incluye a ese monstruo, nada me impedirá ponerlo en la mira y matarlo de un disparo certero".

Con todo, la persona que formulaba la amenaza afirmaba ser tan humanitaria como la naturaleza del diploma que pensaban conferirme. Aseguraba al presidente de la universidad que nadie sufriría daño alguno, lo cual no era, por cierto, un gran consuelo para mí.

El presidente se había apresurado a mostrarme la carta en el más estricto secreto y quiso saber si yo deseaba evitar la confrontación. Podía invocar enfermedad y se me otorgaría el diploma "in absentia". Luego me lo enviarían por correo.

Resultaba obvio que era el presidente quien quería evitar la confrontación y el hecho despertó en mí todo lo que tenía de quijotesco. Si él pensaba actuar como un cobarde, yo no.

Además, ¿por qué habrían de privarme de mi hora de gloria, por microscópica que fuese? En primer lugar, no había hecho nada en Vietnam que justificase tanta indignación. Mi misión allí había sido ocultar la verdadera actividad que estaba cumpliendo en el Medio Oriente después de la Guerra de los Seis Días.

Tampoco era cuestión de tomar la carta con demasiada seriedad. Así lo señalé. Le dije al presidente con cierta irritación que no cedería ante las falsas amenazas.

—¿Falsas? —dijo con tono aprensivo—. ¿Cómo puede estar seguro de que son falsas?

—El hombre lo anunció, señor —dije en voz muy alta—. ¡Se imaginará que ni Lee Harvey Oswald ni Sirhan Sirhan enviaron esquelas de amor para advertir a sus víctimas! El autor de esta carta desea simplemente provocar un disturbio en la ceremonia y humillarme. Y yo no tengo la menor intención de hacerle el juego.

El presidente agitó la cabeza con aire de duda.

—Pero no podemos conformarnos con pensar que se trata de una broma... Supongamos que ignoremos esta carta, que no adoptemos precauciones y que... que lo maten a usted. Y supongamos que llegara a conocerse el contenido de la carta. Mi posición...

—... no sería tan incómoda como la mía —continué con una ironía algo burda—. Si yo estoy dispuesto a arriesgarme, ¿por qué no usted?

—Porque mi responsabilidad tiene que ver con la universidad, no conmigo mismo, estimado amigo. Es posible que hayan enviado esta carta obedeciendo a un impulso, pero si no la tenemos en cuenta, el amor propio del hombre puede ser tan grande como el suyo y puede verse obligado a hacer el intento, aunque en realidad no tenga tantos deseos de hacerlo.

Por un instante consideré la situación y creí comprenderla. Pero por otra parte... podría estar equivocado.

—Muy bien —concedí—. Adopte las precauciones necesarias.

—Estimado señor Griswold, eso no sería suficiente. Tendría un efecto muy perturbador sobre la ceremonia llenar el lugar de guardias y revisar a estudiantes, padres y amigos en busca de armas ocultas... Los actos programados se convertirían, desde luego, en molestia para todos. Lo mejor sería...

—¡Qué disparate! —dije—. La mitad de las ceremonias de graduación de este año se han visto perturbadas de una manera o de otra. La presencia de guardias parecerá una precaución natural y con toda seguridad estimulará al auditorio. Si realmente cree que alguien tiene la intención de introducir un rifle de alto poder con una lente telescópica en las tribunas su tarea es bien sencilla. No es fácil disimular un arma semejante. Disponga que los guardias busquen con especial atención cualquier estuche alargado, bastón sospechoso, muleta, caña de pescar... cualquier objeto alargado y fino. Tendría que ser bien visible, pues anuncian para el domingo un día caluroso y cualquiera que lleve un abrigo o prenda que lo cubra resultará sospechoso de inmediato.

—La clase de egresados deberá llevar sus togas amplias y largas— recordó el presidente.

—Sí, pero deberán marchar en procesión y cualquiera que lleve un rifle oculto bajo la toga caminará con cierta torpeza. Esto se aplica también al cuerpo docente, incluidos usted y yo. Y si estaba por mencionar la banda, no tiene más que revisar sus estuches de instrumentos y verificar que contengan solo instrumentos.

En resumen, lo vencí. No creía ni por un instante que fuese posible introducir clandestinamente un rifle en el estadio y, en caso de serlo, apuntar a nadie con él, de modo que creía saber qué era lo que se debía hacer. Con todo, dejaría que el presidente hiciese todos los trámites del caso. Podría ser divertido o, como dije antes, podría estar equivocado yo.

Dos días después llegué al estadio marchando entre la retaguardia de la procesión con el presidente a mi derecha. Era un día caluroso y soleado, tal como se había pronosticado y los estudiantes vestidos con sus togas y birretes estaban de pie junto a los asientos. Las tribunas estaban llenas de gente feliz formando un tablero complejo de manchas multicolores. En los bordes merodeaban hordas de jóvenes fotógrafos con la esperanza de sacar tomas de los graduados en el momento de recibir el diploma, o cuando se realizase la procesión académica. Unos pocos me fotografiaron, atraídos, supongo, por la majestuosidad de mi porte.

No pude menos que reparar en que el presidente había dejado un espacio inusualmente amplio entre ambos. Sé que estaba pensando, sin duda, en el tirador armado con un rifle y no deseaba convertirse en el proverbial "inocente espectador".

Desde la plataforma me dediqué a contemplar al auditorio. Tenía mayor seguridad que nunca de que nadie dispararía desde las tribunas ni conseguiría hacer un disparo certero como anunciaba, aunque lo intentase. Si alguien trataba de apuntar con un rifle tendría que hacerlo desde algún lugar aislado donde la tarea de apuntar pudiera hacerse con calma y tranquilidad... como en el caso de Oswald. Busqué ventanas que diesen al estadio, pero no las había. 

La plataforma central estaba parcialmente techada en el fondo, arriba y también en algunos sectores laterales. Delante de nosotros estaba la gente que llegaba hasta las paredes del estadio y más allá, nada, salvo el cielo azul.

En primer plano estaban los organizadores, los fotógrafos y periodistas, los cuales daban la usual nota de corridas y desorganización. Tanto mejor, uno de los fotógrafos era en realidad uno de mis propios hombres que sabía bien lo que debía buscar y yo quería que pasase inadvertido. Además, en algunos puntos de las tribunas estaban los guardias destacados por el presidente y los que yo no había visto. Habló el presidente, el pastor pronunció una oración de bendición para todos, uno de los estudiantes dijo unas pocas palabras con tono tímido y luego yo me puse de pie, mientras el presidente me dirigía algunos elogios que, según se suponía, justificaban el diploma que se me confería. Terminados los adjetivos, me colocaron el birrete en la cabeza y todos se apartaron, dejándome solo en el estrado para que pronunciase mi discurso durante veinte minutos. Era el momento. Si el presunto asesino pensaba seriamente matarme y si además se proponía de veras no causar daño a nadie más, este era el momento. Yo estaba solo, o por lo menos, más solo de lo que estaría ningún otro durante la ceremonia. Había veinte personas más en la plataforma, pero estaban bastante detrás de mí y se habían sentado. Un disparo apuntado a mi cabeza, por ejemplo, no heriría a nadie si no me daba a mí. Y en ese momento yo tendría que esperar que no diese en el blanco, o mejor aún, tendría que prevenir el hecho antes de que se produjese. Tenía delante mi discurso manuscrito, pero tendría que improvisar, pues debía vigilar lo que ocurría frente a mí. No pude menos que recorrer las tribunas con los ojos antes de comenzar a hablar, pero fue una tontería hacerlo. No era probable que distinguiese nada a esa distancia y para cuando oyese el estampido del rifle frente a mí, la bala ya habría entrado. ¡Dejaría esa parte a los guardias! Me concentraría en lo que ocurría inmediatamente delante de mí. Confiaba en mi amigo, cuya presencia noté en un costado, pero dos pares de ojos son mejores que uno.

—Agradezcamos el hecho —comencé a decir con estudiada elocuencia— de que no se trate de una vida de innoble molicie la que el mundo de hoy nos llama a vivir y que las controversias y conflictos en que nos vemos envueltos nos exija hoy...

En el instante en que pronuncié la palabra "controversias" localicé al asesino. Al mismo tiempo lo hacía mi colaborador. No tuvo necesidad de ninguna señal, procedió simplemente a avanzar.

Rodearon al hombre con tal limpieza y se lo llevaron con tanto silencio que dudo que el presidente reparara en nada. Terminé mi discurso con frialdad y aplomo y tuve la satisfacción de comprobar que el presidente estaba maravillado de mi autocontrol frente al peligro. Solo más tarde le contaron el peligro que había corrido.

Pero entretanto, me vi obligado a permanecer sentado, contemplando la interminable distribución de diplomas. Fue todo muy, muy aburrido.

Para entonces el vaso de Griswold estaba vacío, de modo que no tuvimos reparos en sacudirlo hasta que despertó.

—¿Cómo vio al hombre del rifle? —le pregunté con exasperación—. ¿Dónde estaba? ¿Cómo introdujo el rifle en el estadio y qué delató su presencia?

Griswold dio la impresión de comprender lo que le preguntaban con gran dificultad. Por fin dijo:

—¿Qué rifle? Les dije una y otra vez que era imposible introducir un rifle. El presunto asesino habló de apuntarme con su mira y de lograr un "disparo certero". El idioma inglés tiene tales características que esto puede referirse tanto a una cámara fotográfica como aun arma. Y en todas estas ceremonias se ven millares de cámaras, Cualquiera podía llegar al estadio con una cámara. Por ello yo estudiaba a todos los que estaban ubicados frente a mí. Cuando vi que alguien levantaba una cámara y la apuntaba hacia mí -alguien que en ningún momento había tomado otras fotografías- mi hombre lo vio y de inmediato lo prendió.

—¿Quiere decir que pensaba tomarle una fotografía? —preguntó Jennings.

—No, precisamente —repuso Griswold—. De haber llegado a apretar el botón habría partido una flecha envenenada desde la cámara. Probablemente no me habría alcanzado, pero de haberlo hecho, podría haberme envenenado. Detuvieron al hombre para ponerlo bajo observación y aún está en el hospital psiquiátrico, según creo.

.
EN COLECCIÓN EN ANTOLOGÍA PRIMER TÍTULO
The Union Club Mysteries   Big Shot

Las marcas y productos mencionados son propiedad de sus respectivos propietarios

Actualización 4 de mayo de 2004

volver

al índice de relatos

Notas sobre el documento