|
|||
| HACE TREINTA AÑOS | |||
| Rafael Marín Trechera | |||
|
Hace
treinta años, que se dice pronto, asistí por primera vez a un recital de
Allí al ladito mismo de donde lo escuchamos otra vez anoche, en el mismo Parque Genovés, junto a la cascada de los patos, en el Cortijo Los Rosales donde, siguiendo la costumbre de la época, tuvo que cantar en sesión doble. En aquella ocasión, a punto de publicar Para Piel de Manzana, Serrat venía cojo. Anoche venía viejo. Es decir, venía sabio. Y cómplice. Después de la gira "Serrat sinfónico", donde se hacía acompañar por una orquesta inmensa que le daba a su obra una magnitud que a muchos los dejó un poco a contrapié, anoche Serrat sólo traía cosas muy básicas: su guitarra y su taburete rojo; el piano y la presencia de Ricard Miralles; unas ganas enormes de divertirse y hacer que lo pasáramos bien. Fue un recital íntimo, casi un "unplugged", donde a lo largo de dos horas y pico nos hizo emocionarnos recordando canciones que él mismo confesó tenía olvidadas en el baúl de las pequeñas cosas que uno va dejando atrás, y donde también nos fue contando batallitas de abuelo y nos hizo reír con sus comentarios, las presentaciones de sus canciones y el inevitable tú a tú con el público que llenaba a rebosar el teatro José María Pemán. Lo vi en buena forma y él se sabía en buena forma. El concierto fue creciendo en intensidad a través de la noche. Sin estridencias, confiando solo en una voz que ya no es lo que era pero que todavía pone los pelos como escarpias y que él sabe modular mejor que nadie, fue un encuentro íntimo con un amigo de décadas, un reencuentro con lo mejor de nosotros mismos y de nuestro entorno, un recordatorio de que todavía existe otra manera de entender la poesía y la música y la amistad y la familia. Hubo quien se emocionó con "Esos locos bajitos" y quien lo hizo con esa versión de "La Saeta" (una de las más sentidas que le he escuchado en las cuatro o cinco veces que lo he visto), quien sonreía melancólico con "Tu nombre me sabe a hierba" o lo miraba burlón cuando se atrevió con "Señora", y quien recordó amores de antaño con los compases de "Penélope" o de "Lucía". Hasta nos cantó, y hacía tiempo que no lo hacía en giras, una canción en catalán donde volvió a demostrar que Serrat es mucho más Serrat en su propia lengua. Burlón, cínico, sentimental y cándido, no tuvo Serrat reparo en acercarse brevemente al cabaret (a un lado del escenario había una mesita con su silla y su botella de champán helado), y de interpretar con toda la garra del mundo lamentos tan desgarrados como "Por dignidad" o evocaciones tan sencillamente magistrales como "Es caprichoso el azar". Y
todo al aire libre, bajo las estrellas. Un amigo y su música. Lo dicho,
todo un honor, un guiño continuo. Cien por cien Serrat.
El gusto es nuestro, Juanito. Que nos
disfrutemos por muchos años. |
|||
| volver |