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Había una vez una Mulita que vivía en su cueva, al pie de un gran algarrobo. Todos los días, a la salida del sol, se sentaba a la entrada de su casa y se aseaba cuidadosamente. Luego reflexionaba para recordar sus actividades del día anterior: «¿Qué comí?», «¿Fue a la mañana?», «¿Tal vez a la tarde?», «¿Tengo algún alimento guardado?» —porque las mulitas acostumbran enterrar la comida que les sobra después de satisfacer su apetito—, «¿Fui de visita?», «¿Acaso alguien me visitó?», «¿A qué hora me acosté?» |
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Una vez, después de levantarse y recordar que no tenía nada guardado y que por eso tendría que salir a buscar qué comer —¡Qué suerte que el día estaba soleado! ¡Cómo le gustaba caminar bajo el sol, por la orilla del arroyo!— descubrió que cerca de su cueva había un par de objetos extraños, de colores brillantes, y que algunos humanos pululaban por allí. Inmediatamente se acercó porque recordó que en ocasiones anteriores las personas que visitaron su vecindario habían dejado comida abandonada y que era muy sabrosa. |
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Estirándose sobre sus dos patitas traseras para mirar por encima de las hierbas —porque las mulitas no son muy altas— vio un cachorro de humano a la sombra de su propio algarrobo. Se acercó cautelosamente, husmeando el aire. Sin lugar a dudas sintió el aroma de comida y se aproximó un poco más. |
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En ese momento escuchó ruidos a un costado. Estuvo a punto de huir a toda velocidad —ésa era su mejor cualidad— cuando vio que se acercaba Coral. |
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Mulita no sabía mucho de Coral. Solamente recordaba que Cuyén, su pariente más anciana, que tenía la cueva al final de la cañada seca, muy buena conversadora y que recibía muchas visitas que le contaban cosas de los alrededores, le relató una aventura que ella misma había tenido con la ya mentada Coral. |
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Le contó que se habían encontrado, frente a frente, en el angosto sendero que bordea la cima de la cañada, y que solamente una de las dos podría pasar, mientras que la otra debería retroceder hasta que el sendero se ensanchara un poquito y entonces hacer el cruce. Coral había siseado, pero Cuyén no conocía que la serpiente hacía ese sonido cada vez que estaba por mentir. Y Cuyén recordó haber pasado antes de la curva una parte más ancha del caminito y comenzó a retroceder. Claro, caminando para atrás estaba más atenta a los lugares donde apoyaba sus patas traseras que a lo que estaba haciendo la otra, delante de su cabeza. Vio que la curva terminaba y el sendero se ensanchaba, y volvió la vista hacia Coral, contenta, para comunicarle la buena noticia. Se encontró con sus enormes colmillos a pocos centímetros de su cuello, un lugar muy tierno y vulnerable que tienen las mulitas. A toda velocidad, hizo una vuelta carnero y con las patas traseras, fuertes y con uñas largas, le llenó de tierra y piedras la boca abierta de la otra. |
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Cuyén terminó el relato muy agitada: su vida había estado en serio peligro, y nunca más confió en Coral. Y ahora la encontraba cerca de su propia cueva, debajo de su propio algarrobo. |
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—¿Qué haces aquí? —le preguntó Coral lanzó un agudo siseo antes de responder: —Vengo a lo mismo que tú, por mi desayuno. Mulita sacudió sus patas traseras levantando una nube de polvo para demostrar su desacuerdo, y dijo: —Eso que come el cachorro humano será mi desayuno, —enfatizando la palabra "mi". Coral siseó nuevamente y rompió en carcajadas. —Qué inocente eres, animal patudo. Mi desayuno será el cachorro. |
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Mulita comprendió. Recordó la crueldad de Coral, que no come todo lo que mata, y también su irracionalidad, porque ni siquiera entierra lo que le sobra. Retrocedió unos pasos y quedó un poco escondida entre las hierbas, al pie de su árbol. Coral avanzó confiada, con la mirada fija en el niño, quien sacudía sus manitas mientras sus pequeños pies desnudos caminaban por el aire. Cuando Mulita notó que Coral la había olvidado saltó sobre ella y de un solo mordisco en el cuello la mató. La arrastró hasta la cañada y en una de las riberas, por encima del nivel del arroyo, la enterró. Terminada su tarea regresó al campamento a esperar que los humanos abandonaran, como siempre, alguno restos de su sabrosa comida. |