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Corcel era el más bello de la tropilla. Su cuello orgulloso y su larga melena se destacaban por encima de las cabezas de los demás machos. Además, elegía los lugares más elevados para mostrarse y al mismo tiempo vigilar su territorio y su grupo. |
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El aire jugueteaba con sus crines y le traía el aviso del invierno acercándose. Debía encontrar un lugar apropiado, un valle protegido y con suficiente alimento para su gente. Varias de las hembras estaban preñadas, y de su salud y de su seguridad dependía el futuro de la tropilla. |
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Cerca del mediodía se alejó del grupo; cruzó laboriosamente entre los altos cerros y descendió a un valle que no conocía. Inmediatamente el aire le trajo un penetrante y extraño olor animal y se detuvo. Observó cuidadosamente a su alrededor y pudo ver, a lo lejos entre los altos pastos, unas moles grises, como rocas peladas. Se asombró al darse cuenta de que el olor llegaba desde allí. «No son linces, pensó, y tampoco son osos». |
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Llenó sus pulmones y dejó que su relincho llenara el valle de vibraciones. Y desde una de las rocas grises algo parecido a su propia voz le respondió. |
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Corcel estaba acostumbrado a ganar territorio peleándolo. Entonces se adelantó hacia allí, sacudiendo su melena y golpeando la tierra con sus cascos. |
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—¿Quién eres, roca que grita? —Soy Elefanta. —¿Una mujer? ¿Y te enfrentas a mí? —Soy la madrina de mi manada; soy la más experimentada y la más fuerte. ¿Qué deseas? ¿Para qué has venido a nuestro valle? —El lugar será del que lo gane, mujer, —respondió—, hablar es inútil. —Más respeto, jovencito, —previno Elefanta—, puedes llevarte algo más grave que una pata rota. |
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Y para mostrarle su fuerza, Elefanta levantó la trompa sobre su cabeza y soltó un largo bramido, al tiempo que golpeaba la tierra con sus patas delanteras. El lugar entero se sacudió; los árboles movieron sus ramas hacia arriba y hacia abajo, y bandadas de pájaros de diferentes colores cruzaron el cielo del valle, alarmados, de un lado para el otro. |
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—Tenemos derecho a quedarnos ya que hemos llegado primero. Aquí tenemos alimento y hay agua suficiente para sobrevivir este invierno que se acerca. —Tú no perteneces a esta tierra. Debes irte, tú y tus bestias. |
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Las últimas palabras dichas por Corcel realmente enojaron a Elefanta, quien volvió a bramar y comenzó una carrera, directamente hacia él. |
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El potro la vio acercarse y recién entonces se dio cuenta de su tamaño. Giró raudamente, trepó por el sendero y cruzó los cerros otra vez, de regreso a su tropilla. |
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Sin un minuto de descanso los reunió, les relató lo ocurrido en el valle y los guió hacia allá, a través de las montañas. Y otra vez, desde una suave colina, miró el verde valle de las rocas grises. Envalentonado por la presencia de su gente anunció su llegada con un relincho. |
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Elefanta levantó su enorme cabeza y lo reconoció. Se adelantó hacia él, alejándose de la manada. Miró a cada uno de los recién llegados y luego a Corcel. |
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—Veo que contigo vienen hembras preñadas, —dijo—. Mientras estuviste lejos hemos conversado, y decidimos que podemos compartir el valle con vosotros, bajo ciertas condiciones. |
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Corcel miró a Elefanta, directo a sus pequeños ojos, extrañado por las palabras que acababa de oír. Él venía dispuesto a pelear y se le recibía con una propuesta de paz. |
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—Escucho —dijo, receloso. —Sabemos que a os deleita correr. Pero al hacerlo se aplasta nuestro alimento y se enturbia el agua de nuestras charcas. Si aceptas quedarte, tú y tu gente deberéis prometer no hacer carreras, ni saltos en grupo, ni piruetas, ni ninguno de esos movimientos que tanto asustan a nuestros niños. |
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Corcel, completamente asombrado ante esas palabras, dijo: —¿Piruetas? ¿Crees acaso que somos hurones? —Nosotros les hemos visto haciéndolas, —respondió—, y también saltando a través de aros de fuego. —Yo no conozco tropillas que gasten sus energías en algo tan tonto, —dijo, sin atreverse a confesar su temor al fuego. —Entonces conoces muy poco del mundo. Comenzaré por aceptar que, tal como lo has dicho anteriormente, somos extranjeros en esta tierra. Los mayores nacimos más allá del gran charco, en medio de planicies extensas, moteadas con grupos de árboles muy, pero muy grandes, —la mirada de Elefanta se dirigió hacia más allá del valle, recordando—. En ese lugar había abundantes charcas y un sol mucho más grande que éste, más del doble. |
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—¿Cómo habéis llegado hasta aquí? —preguntó el potro, en tono respetuoso. —Unos humanos nos capturaron y nos subieron en islas de árboles, que cruzaban el gran charco. Otros nos enseñaron a trabajar. Ahora nos han dejado aquí para descansar, porque ha terminado la gira del circo. —¿Circo? ¿Qué es eso? ¿Un lugar? ¿Un animal? ¿Un objeto? —Es un grupo de humanos, y de animales, que van y vienen de poblado en poblado, y todos hacemos piruetas. Cuando llegan los fríos nos dejan tranquilos para recuperar fuerzas, hasta la primavera. |
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Corcel miró largamente a Elefanta.
Luego volvió a la pequeña colina, donde esperaba la tropilla.
Desde allí volvió su cabeza para observar el valle. Sin decir palabra bajó hasta el llano y se dirigió hacia Elefanta. |
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—Te respondo con una idea, señora. Nos quedaremos en la zona más alta, en el nacimiento de los arroyos. Tú y tu gente ocupareis la parte baja, donde se forma el río y hay árboles más altos. ¿Aceptas? Elefanta notó el cambio de actitud de Corcel y dijo: —Acepto. |
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Corcel sacudió respetuosamente su hermosa melena saludándola y ratificando el acuerdo. Luego habló a su tropilla, que había quedado a la entrada del valle, esperando el regreso de su líder. |
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—Potros, yeguas. Elefanta es la jefa de su grupo y ha aceptado compartir el valle con nosotros durante este invierno. —¿Compartir? —preguntó una yegua amarilla—. Esas bestias tan grandes matarán a nuestros hijos cuando nazcan. —No son carnívoros, —aclaró Corcel. —Peor aún, —respondió prestamente Amarilla—. Se comerán todo nuestro alimento. —Ellos comen el verde que crece dentro del agua y en las copas de los árboles, de modo que los pastos serán nuestros. Pero para quedarnos han puesto una condición, que he aceptado. |
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—¿Cuál? ¿Cuál? ¿Cuál? —Se escucharon varias voces. —Evitaremos las carreras, para no asustar a sus niños. Pero debo explicarles algo. Son esclavos de los humanos. Los han capturado y les hacen llevar una vida desagradable, obligándoles a realizar movimientos no naturales. Debemos tener compasión. Disfrutan de la libertad solamente durante el invierno. —¿No son libres? —preguntó un potro muy joven—. ¿Y lo aceptan? —Sí. No les queda otro remedio. No son agresivos. Les han sacado de su tierra natal pero lo aceptan con resignación. |
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Silenciosamente la tropilla descendió al valle. Vieron que la manada se alejaba rumbo a la confluencia de los arroyos. Corcel supo que visitaría a Elefanta muchas veces durante el invierno; de alguna manera intuía que ella era una enorme fuente de sabiduría. |