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Había una vez un Caballo que vivía con su señora Yegua y su Potrillo en la granja de un Hombre. |
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Un día llegó la señora Comadreja muy alarmada y dijo: —Señor Caballo, señor Caballo, ayúdeme usted. Caballo le responde: —¿Porqué necesita de mi ayuda, señora Comadreja? Y la señora Comadreja le dijo: —Un par de mis hijitos ha cruzado el río, el río ha crecido, y no pueden volver. ¿Puede usted ir por ellos, señor Caballo? |
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Y el señor Caballo galopó briosamente hasta la ribera, cruzó el río crecido, obligó a los cachorros de la señora Comadreja a subir a su lomo y los devolvió a su afligida madre. |
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Regresó a la granja y fue recibido con alegría por Yegua y Potrillo. Pero no había terminado de tomar su merienda cuando apareció el señor Burro, renqueando, quien le dijo: —Señor Caballo, señor Caballo, ayúdeme usted. El señor Caballo le responde: —¿Porqué necesita de mi ayuda, señor Burro? Y el señor Burro le dijo: —Debo terminar de sacar agua con la noria de mi amo, porque las vacas tienen sed y me he lastimado la pata. ¿Puede usted terminar mi tarea, señor Caballo? |
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Y el señor Caballo galopó hasta la granja del señor Burro, se ató a la noria y le dio vueltas y vueltas hasta que el sol se escondió y se hizo la hora de la cena. El señor Burro le agradeció mil veces el favor, pero el señor Caballo deseaba regresar cuanto antes a su propia granja. |
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La señora Yegua le sirvió la cena, que ya estaba un poco fría; y no había terminado de comerla cuando apareció la señora Cerdita, muy asustada, quien le dijo: —Señor Caballo, señor Caballo, ayúdeme usted, por favor. Y el señor Caballo le responde: —¿Porqué necesita de mi ayuda, señora Cerdita? Y la señora Cerdita le dijo: —Mi pequeño se ha subido al techo del granero y no se puede bajar. ¿Puede usted ir por él, señor Caballo? |
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Y el señor Caballo fue, pero lentamente de tan cansado que estaba. Y llegó al granero y le pidió al pequeño cerdito que se bajara; pero estaba muy asustado. Entonces lo tomó con los dientes y lo bajó de un solo tirón. La señora Cerdita no le agradeció nada porque le pareció que había sido muy torpe. |
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Entonces el
señor Caballo emprendió el regreso a su casa, sabiendo que
la señora Yegua y su Potrillo estarían dormidos al llegar,
y que nadie saldría a recibirlo. Se sentía triste, además
de cansado. Y entonces, desde los pajonales que crecían junto al
camino, entrevió un par de ojos amarillos, y sintió el olor
del señor Puma, y supo que le saltaría. Quiso correr, pero
las patas no le respondieron. Pensó en su familia y se despidió
de ellos, esperando sentir las garras y la boca del señor Puma en
su cuello. Agradecido, frotó su hocico contra el de ella y juntos regresaron a la granja. |