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Me parece apropiado acabar con este ensayo, que representa la panorámica más amplia y de mayor alcance acerca del futuro del hombre que he tratado de presentar vez alguna. |
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Una selección de catástrofes |
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Si uno llega a la conclusión de que el mundo tiene un comienzo, también decidirá que el mundo tendrá un final. Generalmente, si se piensa que el mundo empezó no hace mucho, es natural suponer que llegará a su fin dentro de bastante poco. La sombría mitología de los escandinavos, por ejemplo, consideraba que el fin del mundo estaba cercano. Tenía que llegar Ragnarok, el Crepúsculo de los Dioses, momento en el que los dioses y héroes marcharían al encuentro de sus mortales enemigos, los gigantes y monstruos, para librar la última batalla culminante que destruiría el mundo. De modo semejante, la Biblia, que nos habla de los comienzos del cielo y de la Tierra en el primer libro del Antiguo Testamento, también nos habla del final, en la Revelación, el último libro del Nuevo Testamento. Se refiere a una batalla definitiva en Armagedón y al día del Juicio Final. La Biblia no nos señala cuándo será el día del Juicio Final, pero los antiguos cristianos creyeron que llegaría pronto, puesto que el Salvador había aparecido y cumplido Su misión. El fin del mundo no se produjo, pero en cada generación había gente que lo anunciaba como inminente. Al cumplirse el año 1000, reinó el pánico en algunas partes del mundo cristiano, ya que los cristianos interpretaban en la lectura de la Revelación que los mil años que precedían al fin del mundo ya habían pasado. Al comprobar que no llegaba el final, se siguieron haciendo cálculos y más cálculos. Hacia 1830, un granjero de Nueva York, William Miller, calculó que el fin del mundo se produciría en 1843, y mucha gente vendió cuanto poseía, se puso ropa blanca y esperó en las cumbres de las montañas. No sucedió nada, pero el movimiento creó a los adventistas, que aún esperan. En 1879 surgieron los Testigos de Jehová, como una rama de los adventistas, y también esperaban un final inminente. Aún esperan y están seguros de que el final será inminente. Otros han esperado finales menos religiosos. Los cometas siempre han sido temidos como presagios de desastres y destrucción y, en una fecha tan cercana a nosotros como 1910, cuando el cometa de Halley hizo su aparición más reciente, muchísima gente creyó que la Tierra quedaría destruida a su paso. Sólo hace unos pocos años, hubo unos cuantos irracionales que predijeron que el paso de un pequeño planetoide, Ícaro, haría que California se hundiese en el océano Pacífico. Nunca sucede nada así, pero los que esperan la llegada del fin del mundo jamás se desaniman y siempre están dispuestos a una nueva predicción. Así, pues, ¿qué podemos decir acerca de la catástrofe? Con la visión del mundo que la Ciencia nos ha dado en estos últimos tres siglos, ¿podemos reírnos y decir que el mundo no puede terminar? No, porque la Ciencia trata del comienzo de los planetas y de los soles, así como de todo el Universo y, por lo tanto, también debe ocuparse del final. Y, desde luego, hay aspectos que dan a entender que todo el Universo puede acabar, lo cual significaría el final de sus partes componentes, del Sol, de la Tierra, de la vida en nuestro planeta suponiendo que todo esto no haya desaparecido mucho antes que el Universo. |
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Por ejemplo, sabemos que el Universo se expande y que lo hará siempre así. Conforme se expande, las estrellas individuales de que está compuesto consumen su combustible y, finalmente, ya no pueden radiar más. El nacimiento de nuevas estrellas ya no será posible cuando todo el hidrógeno (el combustible básico en el Universo) esté consumido. Entonces el Universo empezará a perecer, y si para entonces aún no hemos desaparecido, ésa será nuestra hora final. Sin embargo, el fin del Universo no se producirá hasta dentro de muchos miles de millones de años y, por lo tanto, no puede preocuparnos. Existen otras catástrofes, menos totales, pero que servirían para acabar con nosotros y que llegarán mucho antes. Junto con la expansión del universo existe la posibilidad de un cambio en sus leyes fundamentales. Algunos científicos especulan, por ejemplo, con que la fuerza de gravedad se debilita lentamente mientras el Universo se expande. Esto puede constituir para nosotros una catástrofe potencial, si bien, aun cuando la gravedad se debilite, o si se producen otros cambios (y esto no ha sido aún demostrado), costaría más de mil millones de años que el efecto fuera perceptible y aún no llegaría a ser catastrófico. El Universo, en realidad, no se extenderá eternamente. Bajo ciertas condiciones (y los astrónomos no están seguros de que se vayan a dar tales condiciones) la expansión cada vez sería más lenta hasta llegar a detenerse. Entonces el Universo volvería a contraerse una vez más, con rapidez progresiva, desapareciendo a continuación. Sin embargo, esto no puede consolarnos, ya que un Universo que se contrajese empujaría la radiación de una forma cada vez más enérgica, la cual sería fatal para toda la vida. No obstante, aun cuando el Universo entre en un ciclo de contracción, ello no sucederá hasta quizá dentro de veinticinco mil millones de años, con lo cual nosotros no corremos un peligro inmediato. También podría ser que, sobrepuesta a la expansión general del Universo se produzcan contracciones locales ocasionadas por violentos acontecimientos en la historia de las estrellas gigantes y en sus constelaciones. Estas contracciones podrían forzar a la materia a condensarse hasta el punto de formar "agujeros negros" de los que nada puede emerger. Puede ser que los agujeros negros ya existan y que crezcan continuamente absorbiendo la materia hasta que todo haya desaparecido. ¿Cuándo nos tragará un agujero negro? Ello depende de donde se halle localizado con respecto a nosotros. ¿Estamos en órbita de colisión con uno de ellos? Los astrónomos han detectado algunos objetos que sospechan sean agujeros negros del tamaño del Sol, pero están tan lejos que una colisión con ellos sólo podría producirse dentro de miles de millones de años, por lo menos. Algunos astrónomos sospechan que puede haber agujeros negros de diversos tamaños, incluso tan pequeños como átomos. Se ha llegado a insinuar que el suceso acaecido el año 1908 en Siberia, cuando quedó destruido todo un bosque, sin que se registraran señales de colisión de un meteorito, fue el resultado del paso por Siberia de un mini agujero negro, el cual cruzó la tierra y fue a parar al océano Atlántico. |
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Los agujeros negros son difíciles de detectar. ¿Podría haber ahora un agujero de ésos lo bastante pequeño y lejano como para que no lo podamos detectar en este momento, y que sea lo suficientemente grande como para destruir nuestra Tierra en una colisión que se podría producir, digamos, dentro de mil años? Sin embargo, estamos hablando de agujeros impalpables. Los astrónomos pueden especular con la existencia de pequeños agujeros negros, pero no han detectado ninguno y también pudiera ser que no existieran. Y si existen, no hay modo de saber si están o no están en las afueras de nuestro sistema solar, y no existe razón alguna para creer que lo estén. Sólo podemos descartar la posibilidad con un fatalista encogimiento de hombros, esperando que, conforme sepamos más, mejor podremos estudiar la naturaleza del espacio circundante y ver los peligros que nos acechan allí. Si suponemos que los acontecimientos producidos fuera del sistema solar significan sólo catástrofes que no nos podrán afectar hasta dentro de miles de millones de años, o cuya llegada es difícilmente predecible, entonces deberemos preguntarnos si puede suceder algo que acabe únicamente con nuestro sistema solar. Para empezar, ahí tenemos nuestro Sol. Si admitimos que el Universo no durará siempre, también debemos admitir que sucederá igual con el Sol. De hecho, nuestro Sol duraría mucho menos tiempo que el Universo. El Sol ha estado ya brillando a expensas de su combustible de hidrógeno, durante más de cinco mil millones de años, más o menos. En su momento, ese combustible escaseará hasta el punto de producir cambios en el interior de ese astro, hasta hacer que se convierta en un gigante rojo. Cuando llegue ese momento, la Tierra se calentará hasta el punto de que no será posible la vida en ella. No obstante, esto no sucedería hasta dentro de unos ocho mil millones de años, y para ese tiempo, la Humanidad o sus descendientes (si es que no han perecido como consecuencia de alguna catástrofe anterior), ya se habrán trasladado cerca de estrellas más jóvenes. Aun cuando el Sol conserve su presente forma, ¿no podrían producirse variaciones menores, insignificantes para el Sol pero mortales para la Tierra? ¿Podrían darse cambios en el ciclo de las manchas solares, o en su interior, que hicieran que se calentara o se enfriara ligeramente... ligeramente, pero lo bastante como para hacer hervir nuestros océanos o para congelarlos, matando, en cualquier caso, la vida en nuestro planeta? Esto no es probable. Los indicios geológicos (y también los fósiles) señalan que el Sol ha permanecido estable durante miles de millones de años y que puede seguir igual durante varios miles de millones de años más. ¿Y qué decir acerca del resto del sistema solar? ¿Se estrellará contra nosotros algún componente del mismo? Velikovski y sus seguidores creen que, en el reciente pasado, sólo hace 3.500 años, Venus, la Tierra y Marte estuvieron a punto de entrar en colisión. Los astrónomos racionalistas consideran imposible tomarse eso en serio. Existen todos los indicios de que el sistema solar es dinámicamente estable, que los principales planetas han mantenido sus órbitas por infinitos millones de años en el pasado y que seguirán haciéndolo así en el futuro. |
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Pero el sistema solar está lleno de desechos: planetas menores (asteroides) de todos los tamaños, desde unos pocos con centenares de kilómetros de diámetro, a muchos miles que tienen sólo unos pocos kilómetros o centenares de metros de diámetro. Existen incontables partículas que no llegan a un metro de diámetro e incluso otras que sólo son partículas de polvo microscópico. Algunos de esos pequeños cuerpos están al alcance de la mano. Hay asteroides de 1.500 ó 3.000 kilómetros de diámetro cuyas órbitas pueden poner a esos asteroides a unos pocos millones de kilómetros de la Tierra. Y debe de haber cuerpos aún más pequeños que pueden acercarse todavía más hasta entrar en colisión con nosotros. En realidad, hay millones de micrometeoritos que colisionan constantemente con la Tierra y arden en nuestra atmósfera (los más grandes son visibles como estrellas fugaces). Los meteoritos particularmente grandes, con un diámetro que va desde varios centímetros hasta varios metros, sobreviven a la colisión con la Tierra, pudiendo causar algún daño si alcanzan a los seres humanos o sus obras. Cuanto mayores son los meteoritos, más daño pueden causar y, en otros tiempos, había un gran número de cuerpos de considerable tamaño. Los cráteres que existen en la Luna, Marte, Mercurio, así como en los satélites de Marte y Júpiter fueron causados por colisiones de cuerpos celestes de gran tamaño. Como resultado, casi todos ellos han desaparecido y el espacio interplanetario está casi limpio. ¿Qué posibilidades hay de que se produzca en un próximo futuro una devastadora colisión de un meteorito? ¿Cómo podríamos decirlo? Por un lado, en el espacio hay pocos cuerpos de tales características, menos que antes, puesto que, conforme van cayendo, disminuye su número. Por otra parte, existen más posibilidades de que un meteorito semejante causara mayores daños que en tiempos remotos, pues la Tierra está ahora cubierta por obras humanas, muchísimo más numerosas que hace unos siglos, sin ir más lejos. Todo cuanto podemos decir es que mañana se podría producir una colisión, y ésta podría causar una catástrofe, pero lo más probable es que esto no se produzca durante mucho tiempo. Las colisiones realmente catastróficas se dan con un intervalo de decenas de miles de años, y quizás antes de que vuelva a suceder algo semejante nuestro desarrollo espacial nos permita establecer una "observación de meteoritos" en el espacio cercano, del mismo modo en que ahora existe una observación de icebergs en el Atlántico Norte. |
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Podríamos completar el desastre imaginando que el impacto meteórico fuera de un objeto de antimateria. La antimateria está compuesta de partículas de una naturaleza opuesta a la nuestra y a la Tierra. La antimateria se combina instantáneamente con la materia para producir una liberación de energía (incluyendo radiación radiactiva) cien veces superior a la de una bomba nuclear. Una partícula de antimateria haría, pues, tanto daño como un enorme fragmento de materia corriente. (Algunos han especulado con la posibilidad de que la gran colisión acaecida el 1908 en Siberia se debió a una partícula de antimateria.) La antimateria puede existir y algunos astrónomos sospechan pueden existir Universos completos formados de ella, o, en nuestro propio Universo, completas galaxias de antimateria. Sin embargo, parece muy seguro que nuestro propio sistema solar -en realidad toda nuestra Galaxia-, está formado sólo de materia corriente. Cualquier objeto de antimateria, de cualquier tamaño, tendría que proceder de otras galaxias y eso es tan improbable como la colisión con un pequeño agujero negro. Bueno, pues, supongamos que reducimos nuestra perspectiva y consideramos sólo la Tierra. ¿Existe alguna posibilidad, por alguna razón, de que estalle, o que su eje cambie de posición? En realidad, no existen tales posibilidades. La Tierra ha permanecido estable en su forma actual durante cuatro mil millones de años, y no existe razón alguna para que cambie en los próximos miles de millones de años. En cuanto a la variación del eje, algo llamado la ley de conservación del momento angular hace que tal cosa resulte tan improbable que no debemos preocuparnos por ello. La conservación del momento angular, sin embargo, no evita que parte del efecto rotatorio se desplace de la Tierra a la Luna. Esto significa que la Luna se va apartando lentamente de nosotros y que la rotación de la Tierra cada vez es más lenta. Conforme el día se alarga, las diferencias de temperatura entre el día y la noche, así como entre el invierno y el verano se harían más extremas hasta que la Tierra se convirtiera en un domicilio imposible para la vida. No obstante, este cambio es tan lento que, antes de que fuera significativo, deberían pasar muchos millones de años. Desde luego, la superficie de la Tierra se mueve. Está formada de cierto número de grandes plataformas y otras más pequeñas, que se desplazan lentamente. Cuando las plataformas entran en contacto, la presión de una contra otra puede plegar una o ambas partes, con lo cual se crean montañas; o también puede suceder que una plataforma se sitúe debajo de otra y determine la profundidad oceánica. En otros lugares, las plataformas se separan y entonces emerge del interior de la tierra materia incandescente. Como resultado de estos movimientos, con el transcurrir del tiempo, los continentes podrían juntarse y formar una enorme extensión de tierra o, tras haber formado un nuevo bloque, separarse otra vez. Sin embargo, estos tremendos cambios sólo se producen con mucha lentitud y pasan millones de años antes de que puedan detectarse alteraciones significativas en la posición de los continentes, y entonces los cambios no son catastróficos. |
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En los bordes de las plataformas se registran inestabilidades menores, que resultan insignificantes a escala planetaria, pero que sí tienen importancia en el ámbito humano. A lo largo de los referidos bordes es donde se forman los volcanes y se producen los terremotos. Corrientemente, las erupciones volcánicas y los temblores de tierra se producen sólo a considerables intervalos en una parte determinada del mundo, y si bien pueden causar pérdida de vidas y destrucción de propiedades, el daño suele ser local y temporal. La Humanidad ha conocido estos percances en toda su existencia. Pero, ¿qué sucedería si hubiera algunos efectos que pudieran activar esta inestabilidad y causar que la pobre Tierra se estremeciera fatalmente en todas partes mientras todos los volcanes entraban en erupción? No conocemos nada que pueda provocar algo semejante. Existen especulaciones en el sentido de que la Tierra se podría ver afectada por el viento solar (partículas que salen despedidas del Sol, extendiéndose en todas direcciones) en el sistema planetario y de que el viento solar, a su vez, pudiera verse afectado por los efectos periódicos en el Sol que son causados por los planetas. Algunas configuraciones planetarias podrían causar unos efectos extraordinarios que provocaran un brusco aumento del viento solar. De modo que los terremotos y las erupciones volcánicas también podrían ser causados por las configuraciones planetarias. Sin embargo, en esta conjetura existen muchos condicionantes, y, aun cuando se dieran todos esos condicionantes, el resultado sería un desastre local y temporal, del estilo de los desastres que han ocurrido en otros tiempos. ¿Qué decir de las catástrofes que afectan a los océanos y a la atmósfera de la Tierra, en lugar de a su cuerpo sólido? ¿Qué podríamos decir de los cambios climáticos? Por ejemplo, cada 250 millones de años, la Tierra parece experimentar un período de épocas glaciales periódicas, en las que se congelan grandes cantidades de agua, después se funden y enormes glaciares avanzan durante millares de años y después se retiran durante otros millares de años. Los científicos han especulado acerca de las causas de estos períodos, pero aún no se han puesto de acuerdo. Ahora estamos así y, durante el último millón de años, los glaciares han avanzado y se han retirado cuatro veces. ¿Han pasado ya las épocas glaciales? Quizá no. Los glaciares quizás avanzarán algún día por quinta vez. Hemos sobrevivido a los cuatro avances previos, pero los seres humanos entonces éramos escasos en número, casi todos cazadores tribales, que podíamos desplazarnos con el lento avance o retroceso del hielo. Ahora somos miles de millones y estamos sujetos a la tierra por nuestras granjas, minas y ciudades. Un quinto avance podría representar una catástrofe. |
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Sin embargo, el intervalo entre los avances de los glaciares (en condiciones naturales) supone decenas, incluso centenares o millares de años, y para cuando los glaciares vuelvan ya habremos podido desarrollar el tipo de control climático que los evite. Tal control climático podría también evitar la posibilidad contraria: que la Tierra se volviese algo más caliente y que los glaciares que aún existen en la Antártida y en Groenlandia se derritiesen. Esto elevaría el nivel del mar 60 metros y arrasaría las ricas y pobladas costas del mundo. Un peligro más sutil lo representan las partículas de rayos cósmicos que bombardean continuamente la Tierra. Estas partículas proceden de las explosiones de estrellas y otros violentos fenómenos que se producen por todo el Universo. Esas partículas, cargadas eléctricamente y de gran energía, pueden ser un motivo de esperanza y peligro al mismo tiempo. Al estrellarse contra cosas vivas, los rayos cósmicos producen mutaciones. La mayor parte de las mutaciones son dañinas y pueden causar la extinción de las formas de vida individuales, e incluso de las especies. Pero algunos de estos rayos son útiles y constituyen la fuerza que mantiene la evolución en marcha. Si aumenta la incidencia de los rayos cósmicos, entonces aumentará la cantidad de mutaciones; y la preponderancia de mutaciones dañinas anulará a las pocas buenas, con lo que se registra lo que se denomina una "gran mortandad", que es cuando desaparecen repentinamente grupos completos de especies. Muchos de los rayos cósmicos son rechazados y desviados por el campo magnético de la Tierra, el cual mantiene la incidencia de las partículas a niveles carentes de peligro. Sin embargo, este campo magnético crece y disminuye irregularmente por razones que no comprendemos. En el momento actual, el campo magnético está disminuyendo y, dentro de dos mil años, transcurrirán varios siglos en que esté virtualmente reducido a cero. Con semejante mínimo del campo magnético, aumentará la incidencia de partículas de rayos cósmicos que alcancen la superficie de la Tierra. Si, al mismo tiempo, se registran explosiones de estrellas relativamente cerca de nuestro sistema solar, ello haría aumentar extraordinariamente la densidad de partículas de rayos cósmicos. Esto es lo que causaría una gran mortandad. La extinción, hace unos setenta millones de años, de las grandes familias de reptiles gigantes, usualmente denominadas dinosaurios, pudo deberse a esta causa, y quién sabe lo que le sucedería al equilibrio ecológico de la Tierra, y a nosotros, si ello sucediera de nuevo. |
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Sin embargo, la combinación del mínimo del campo magnético y del máximo de rayos cósmicos es algo poco probable, y son pequeñas las posibilidades de una destrucción extraordinaria. ¿Qué decir del peligro que pueden suponer para nosotros otras formas de vida? Ya no tememos a los leones, tigres, o a cualquiera de los grandes depredadores o feroces herbívoros, pero, ¿qué decir de los animales más pequeños? ¿Qué decir de las ratas, cada vez más dañinas e inteligentes? ¿Qué decir de los insectos, que se vuelven inmunes a los insecticidas? ¿Qué decir de los gérmenes que se extienden de persona a persona, o mediante los insectos y las ratas? En el siglo XIV, la Muerte Negra causó una gran mortandad sin previo aviso, eliminando a un tercio de todos los humanos vivos en un período de veinticinco años. Ésta fue la mayor catástrofe que haya afligido a la Humanidad en el transcurso de la historia conocida. Mucha gente creyó entonces (y uno no puede culparlos por ello) que el mundo estaba llegando a su fin. Ha habido otras epidemias -de cólera, viruela, tifus, fiebre amarilla-, aunque ninguna ha sido tan mortal como la Muerte Negra. En una fecha tan próxima a nosotros como 1918, una epidemia mundial de gripe mató a casi tanta gente como la Muerte Negra, aunque esto representó un porcentaje menor de la población mundial que en el anterior caso. ¿Podría darse otra terrible epidemia que causara una incalculable destrucción? Por supuesto, la respuesta es que tal epidemia, o un crecimiento de sabandijas, se podrían producir en cualquier momento. No obstante, resulta difícil de creer que la moderna ciencia médica no pudiera luchar con otras formas de vida si se movilizara plenamente para este propósito. ¿Y qué podemos decir de las actividades humanas? ¿Está la Humanidad apresurando la llegada de cualquiera de esas posibles catástrofes, o empeorándolas, o incluso inventando otras nuevas? Hasta ahora, nada de lo que los seres humanos puedan hacer afectaría gravemente al Universo, o a cualquier estrella, al Sol o a sus planetas, o ni siquiera al propio cuerpo de la Tierra. Sin embargo, podemos trastornar la atmósfera y, de hecho, lo hemos estado haciendo. Por ejemplo, la Humanidad ha estado quemando combustible que contiene carbono -madera, carbón, petróleo, gas- a un ritmo creciente. Todos esos combustibles forman dióxido de carbono, que es absorbido por las plantas y por el océano, pero no con la misma rapidez con que lo formamos. Esto significa que el contenido de dióxido de carbono del aire crece muy lentamente. El dióxido de carbono retiene calor e incluso un incremento muy ligero significa un leve aumento de la temperatura de la Tierra. Esto podría provocar el derretimiento de los polos, de una forma muy rápida y antes de que hubiéramos aprendido a controlar el clima. |
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Por el contrario, nuestra civilización industrial pone nuestra atmósfera más polvorienta, de modo que refleja más la luz del Sol y enfría la Tierra lentamente, con lo cual sería posible que, en unos pocos siglos, avanzaran los hielos antes de que domináramos el control climático. Desde luego, los dos efectos parecen ahora estar equilibrados y la Humanidad está realizando un esfuerzo para emplear una energía no combustible. Ante nosotros tenemos las formas de energía geotérmica, hidroeléctrica, nuclear y solar; con ellas podríamos evitar el Escila del derretimiento de los polos y el Caribdis de un avance de los hielos. La energía de origen nuclear puede producir una peligrosa radiación. En particular, la fisión nuclear, la que ahora estamos empleando, no sólo ofrece una posibilidad de fusiones del núcleo que podrían liberar radiactividad en amplias zonas, sino que constantemente produce materiales radiactivos que son muy peligrosos y que deben ser apartados del medio ambiente durante miles de años. El empleo extensivo de las plantas de energía de fisión nuclear proyecta las pesadillas de una muerte de millones de personas por lluvia radiactiva, de zonas de la Tierra volviéndose radiactivas por una fuga de la ceniza almacenada, del robo de combustible nuclear por parte de terroristas con el fin de utilizarlo como arma de chantaje. Sin embargo, muchos científicos nucleares aseguran que los peligros podrían ser controlados y se podría sobrevivir. Quizá tienen razón, pero constituiría una esperanza mejor qué cambiáramos a la fusión nuclear (si bien aún no se ha demostrado su viabilidad), que reduciría el considerable peligro de radiación, o a la energía solar, que eliminaría el problema por completo. Por otro lado, las naciones podrían envenenar deliberadamente la Tierra con radiactividad utilizando explosivos nucleares en una extensa guerra. (Cuando se hizo estallar la primera bomba nuclear en Alamogordo, en julio de 1945, se sabía tan poco de las reacciones nucleares que algunos científicos temieron que la reacción en cadena de los átomos se extendiera a la atmósfera y al océano, y que desaparecería toda la vida de la Tierra tras una gigantesca explosión que virtualmente destruiría el planeta.) Sin embargo, las bombas nucleares no han hecho estallar el planeta, y hasta ahora, los líderes mundiales, a pesar de sus defectos, han dado muestras de reconocer que una guerra nuclear no dejaría vencedores, muy pocos supervivientes y un planeta arruinado. Debemos esperar (sin mucho optimismo, quizá) que continúen comprendiéndolo así en el futuro. |
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Los avances de la Ciencia en otras direcciones podrían suponer peligros catastróficos. Las armas bélicas no tienen que ser necesariamente bombas nucleares para llevarnos a una destrucción inimaginable. El empleo de gases nerviosos, armas biológicas, control climático, rayos láser "de la muerte", y otras cosas, a la larga pueden resultar tan peligrosas como las bombas nucleares. Incluso los progresos en tiempos de paz ofrecen sus peligros. Los avances en la tecnología de las computadoras pueden reducir el papel de la Humanidad y hacer casi inútiles a los seres humanos. Casi cada progreso tecnológico puede producir desechos que contaminen peligrosamente la Tierra. Los venenos químicos saturan las aguas y la tierra. Los escapes de los automóviles y el humo de las fábricas llenan el aire. Pero la contaminación no necesita ser material. Puede haber contaminación de ruidos, contaminación lumínica, calorífica, de microondas. Por doquier, los productos de la Humanidad se abaten sobre la Tierra, la cual, al parecer, no los puede absorber todos. Incluso los más nobles esfuerzos de la Medicina podrían ser perjudiciales. Se permitiría vivir a tantos individuos mediante el empleo de avanzadas técnicas médicas -según opinan algunos- que los "débiles" e "incapaces" proliferarían, llenando la herencia humana de genes indeseables cuyos efectos catastróficos se podrían hacer sentir algún día. ¿Envenenaremos la Tierra, mataremos los mares, reduciremos el planeta a un desierto? No necesariamente. Hay medios de evitar la contaminación, o incluso de eliminarla, si la Humanidad se toma las molestias precisas... y se gasta dinero en ello. El origen de otra posible catástrofe se ha conocido recientemente, y tiene que ver con la capa de ozono. A unos 20 kilómetros de altura en la atmósfera hay pequeñas cantidades de ozono (una forma energética de oxígeno) que tiene la propiedad de ser opaco a la luz ultravioleta y de evitar que la mayor parte de la luz ultravioleta procedente del Sol alcance la superficie de la Tierra. Ha estado ahí desde que la atmósfera terrestre consiguió su oxígeno libre: o sea, hace unos 500 millones de años como mínimo. Parte se filtra basta la capa de ozono donde, se sospecha, puede provocar la transformación de las moléculas de ozono en oxígeno ordinario. Si la capa de ozono queda destruida de este modo, la superficie de la tierra se vería inundada de luz ultravioleta. La radiación ultravioleta es mucho menos energética que los rayos cósmicos, pero llegaría a nosotros en cantidad mucho mayor. Se produciría una gran mortandad, la extinción de muchas especies, y se vería muy alterado el equilibrio ecológico del planeta. Por tal razón, los seres humanos correrían un grave peligro aun cuando se protegieran de la acción directa de la radiación ultravioleta. |
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De todos modos, la Humanidad ya ha advertido este posible peligro y puede dar los pasos precisos para evitarlo. Otro sutil peligro lo constituyen los recientes experimentos microbiológicos con los cuales se alteran los genes de las bacterias; en esos experimentos, asimismo se introducen genes de una forma simple de vida en otra. Existe la posibilidad de que alguna forma alterada de microorganismo sea capaz de producir alguna enfermedad (cáncer, por ejemplo) contra la cual las defensas naturales del cuerpo sean impotentes. Si se escapara un microorganismo semejante, podría repetirse otra Muerte Negra, o algo peor. Desde luego, las posibilidades de que se produzca un accidente así son muy pequeñas, pero incluso hasta la más remota probabilidad en tal sentido resulta aterradora, y las personas que se dedican a tales trabajos han admitido voluntariamente suspender semejantes experimentos hasta que puedan adoptarse medidas de seguridad apropiadas. Esto ofrece un ejemplo de cómo pueden ser previstos los peligros que acompañan a los progresos científicos, y cómo pueden ser evitados si la gente está dispuesta a considerar en profundidad la naturaleza del progreso, así como si está dispuesta a adoptar las medidas oportunas. Pero si no se controla la población, la civilización y la mayoría de la Humanidad tendrán que enfrentarse con una catástrofe que llegará, sin ninguna duda, dentro de medio siglo. Así, pues, lo que primero debe ocupar a la Humanidad es el problema demográfico, y no otro. ¿Qué pasaría si no sucediera nada y la Humanidad continuara como siempre, sin que se produjera ninguna catástrofe significativa? Eso también podría ser una catástrofe, quizá la peor. Desde que el Homo sapiens se halla en la Tierra, su número total ha aumentado de siglo en siglo. (La única excepción fue el siglo de la Muerte Negra.) Lo que es más, el aumento ha experimentado un ritmo creciente. En 1976, la población total mundial había alcanzado la cifra récord de cuatro mil millones y el índice de natalidad se situó en el 2 por ciento anual, lo cual significa que la población se dobla en treinta y cinco años. Para el 2010, si las cosas continúan como hasta ahora, la población mundial habrá alcanzado los ocho mil millones. No parece probable que puedan añadirse cuatro mil millones de bocas a la actual población mundial, en sólo treinta y cinco años, sin que reine el hambre. Si en la tierra impera el hambre, la loca necesidad de extraer alimentos de la tierra y del mar, a cualquier precio, y el empleo frenético de cualquier clase de energía podrían contaminar y dañar permanentemente el equilibrio ecológico de la Tierra, con consecuencias desastrosas para la Humanidad. Conforme se multipliquen las multitudes hambrientas, el desesperado intento de obtener alimentos o de robarlos de otros, destruiría el orden y convertiría a los humanos en depredadores. Cualquier nación que conservara una sombra de bienestar, en un momento de desesperación apretaría el botón nuclear para imponer cierto tipo de control sobre el resto de la Humanidad. De cualquier modo, las presiones harían que se quebrase la frágil estructura de la civilización. |
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Ésta es la catástrofe que debemos temer. Todas las demás posibles catástrofes pueden o no pueden producirse. Si llegan, lo harán dentro de millones y millones de años. |
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