LORENZO

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ISAAC ASIMOV's

Vida y Tiempo

Pocos de mis ensayos han tenido unos orígenes más curiosos que éste.

Bernard Schwartz, de la Universidad de Nueva York, estaba organizando un coloquio sobre la ley, a fin de celebrar el Bicentenario, y quiso que yo contribuyera. No hizo caso a mis naturales protestas en el sentido de que yo sabía muy poco de cuestiones legales, y continuaron las presiones acompañadas por gran cantidad de lisonjas (a lo que soy muy sensible).

No sólo me vi obligado a emplear mi ingenio para cumplir con la petición -yo miro el futuro de la ley desde la perspectiva del espacio- sino que debí acudir a la Universidad de Nueva York y presentar el ensayo en forma de discurso.

Bueno, no puedo esperar que en la vida todo sean rosas.

El espacio y la ley

Cuando se me pidió que escribiera este trabajo confesé, con toda franqueza, que no sabía nada de leyes y que no le pedía a la vida más que tener los menores contactos posibles con ellas. Esta objeción fue desestimada y tuve la impresión, por lo que se me dijo, de que no sufriría comparación alguna con los otros documentados caballeros participantes en la conferencia.

A pesar de esta posible comunidad de ignorancia (si es que realmente existe algo así), no soy tan ingenuo como para enzarzarme en una discusión acerca de sutiles aspectos legales, tal como los imagino, o en una comparación entre las leyes marinas y espaciales, por ejemplo. Esto debo dejarlo para talentos más preclaros o, al menos, más especializados. Me limitaré a mi propia especialidad: la elaboración de panoramas del futuro.

Tales panoramas podrían carecer de sentido, pero quienes organizaron la conferencia fueron advertidos de esto por mi parte y, sin embargo, insistieron para que siguiera adelante. Así, pues, tengo la conciencia tan limpia como un manantial de montaña.

El espacio -la inmensa extensión más allá de la atmósfera terrestre- no podrá tener un efecto significativo sobre la sociedad humana ni sobre las reglas de conducta locales en las que está basada, mientras los seres humanos no lo hayan invadido de un modo significativo.

Todo lo que ha sucedido hasta ahora ha sido que unas naves han orbitado la Tierra, naves tripuladas por uno, dos o tres seres humanos, a diversas distancias de nuestro planeta; después se han hecho seis separadas pero breves visitas a la Luna. Todo eso ha constituido una serie de esfuerzos, pero nada más. Ello no ha dado lugar a la convincente sensación de que se necesiten nuevas leyes o que las viejas leyes, basadas en la época pre-espacial, estén pasadas de moda.

Las cosas cambiarán cuando los seres humanos se desplacen por el espacio más o menos permanentemente; cuando la Luna se convierta en una fuente de materias primas por la que puedan luchar los seres humanos; cuando la Luna, o estructuras artificiales en el espacio abierto, puedan servir de asiento a industrias, laboratorios u hogares (o las tres cosas) en condiciones tan distintas de las existentes en la Tierra que harían inservibles las leyes terrestres y, en último extremo, constituirían un precedente engañoso.

Sin embargo, es poco probable que esto ocurra muy pronto. Por desgracia, existe una crisis creciente en la Tierra que, conforme pasan los años, hace menos posible que recursos, capital y esfuerzo se inviertan en crear hábitats en el cielo, mientras el hábitat terrestre continúa deteriorándose. A corto plazo, nuestro esfuerzo espacial se verá frenado y la cuestión de las relaciones entre el espacio y la ley perderá interés.

A largo plazo ya es otra cuestión, suponiendo que haya un futuro para nuestra civilización. La creciente marea demográfica y la escasez de recursos que afligirán a la Humanidad nos enfrentarán con el peligro de perecer de hambre. A nosotros nos faltará comida; a nuestra tecnología, energía y materias básicas, y a nuestro entorno viabilidad.

La civilización podrá quizá sobrevivir a la crisis (cuan inquietante resulta la palabra "quizá"), pero, si es así, lo que surja en el siglo XXI deberá ser completamente distinto a lo que se haya visto antes en la Historia. El siglo XXI conocerá forzosamente una sociedad con un reducido índice de natalidad, puesto que la población deberá ser estabilizada y, con probabilidad, reducida, de un modo, esperamos, lento y humanitario.

El esfuerzo para corregir el canceroso crecimiento de la población y el saqueo definitivo de los recursos de la Tierra, junto con todos los males que esto ha producido, deberá forzosamente ser global por naturaleza. Los problemas creados por los éxitos de la tecnología humana, por la Medicina y, como consecuencia, por la explosión demográfica, son imposibles de limitar a un sector u otro del Globo.

Todos los problemas de vida o muerte que tiene planteada la Humanidad -superpoblación, contaminación, pobreza y guerra- son, realmente, de toda la Humanidad, y no hay puertos de refugio o vías de escape.

Tampoco ninguna zona del Globo puede resolver sus problemas a expensas de sus vecinos. No habrá parte que pueda prosperar despojando a otra. Por muy contra nuestra voluntad que sea, resultará que los seres humanos vinculados por una economía mundial interconectada, podrán prosperar individualmente sólo si todos los seres humanos prosperan generalmente. Ya no se podrá escupir hacia el cielo.

En breve, pues, si la civilización sobrevive intacta en el siguiente siglo será a causa de la existencia de una civilización global, un tipo de cooperación internacional que considerará problemas globales, sopesará posibles soluciones, decidirá acerca de lo más útil, aplicándolo consecuentemente. No sé cómo denominar esto, como no sea "gobierno mundial".

El concepto de gobierno mundial no es popular en ninguna parte, excepto en el caso de los idealistas de torre de marfil, como yo. Por desgracia, la mayoría de la gente está completamente convencida de que es superior a sus vecinos (especialmente si sus vecinos cometen el inconcebible crimen de tener un aspecto, un idioma o unas costumbres distintos de los nuestros) y, por supuesto, no les gustaría poner a sus vecinos en una situación en la que pudieran influir en las reglas de la sociedad.

Aun cuando las necesidades forzosas imponen la cooperación (como cuando los aliados de guerra, con miradas de desconfianza y murmuraciones, se ven forzados a marchar al unísono contra un formidable enemigo), el menor alivio en la situación provoca enemistad inmediata en los anteriores amigos.

Si la supervivencia de la civilización ha de ser algo más que una utopía, la comunidad mundial deberá ser más firme y constante que hasta ahora. Así, pues, el gran problema global del siglo XXI deberá ser el establecimiento de un fuerte gobierno mundial, capaz de resistir las presiones centrífugas del separatismo, aunque conceda autonomía en los terrenos que no sean de interés global.

Pero, ¿cómo podría lograrse esto?

Un sistema, desde luego, sería brindar a la población mundial algún proyecto que sea lo bastante grandioso y atrayente como para cautivar sus mentes y corazones; algo a lo que todos puedan contribuir de una forma u otra y con lo que puedan sentirse ciudadanos del mundo, de la raza del Homo sapiens, más bien que miembros de tal o cual región poblada por comunidades determinadas.

En el pasado, a veces podíamos confiar en una crisis bélica porque entonces todos los partidismos quedaban ahogados en una orgía de autoinmolación por la patria o por la antigua bandera, o por cualquier otro símbolo que despertara nuestras emociones.

La guerra y la civilización se han hecho incompatibles, y debemos buscar algo antibelicista y constructivo que emocione a la Humanidad.

A mí me parece que el proyecto más obvio, amplio y deslumbrante, de magnitud global, es la colonización del espacio, construir ciudades en la Luna o estructuras de cristal y metal en el espacio abierto.

Resultaría enormemente provechoso a la Humanidad desarrollar actividades en el espacio. Ello aumentaría los conocimientos, con incalculables e imprevisibles consecuencias. Es de esperar que la sabiduría humana (algo que no siempre ha brillado) encauce de forma útil y positiva los referidos conocimientos.

Tales avances posibilitarían unas industrias e investigación que aprovecharían un entorno que comprendería (según el tiempo y el lugar) vacío alto, frío intenso, radiación intensa, etc., lo que aumentaría la habilidad humana para cooperar con las leyes de la Naturaleza.

Se construirían centrales energéticas en órbitas sincronizadas, que captarían energía solar para uso humano, con mucha mayor eficacia que resultaría posible en la superficie de la Tierra; con ello se resolverían nuestros actuales problemas de escasez de energía y de contaminación, o, al menos, los aliviaría. Todos esos beneficios materiales, y otros, se conocerán tan pronto como la gente considerara con incredulidad o hilaridad las acusaciones formuladas en el siglo XX en el sentido de que las exploraciones espaciales son un derroche de tiempo y recursos, y todos los hombres públicos que se hayan manifestado en tal sentido alcanzarán una poco envidiable fama de cómica falta de visión.

Sin embargo, no quiero referirme aquí sólo a los beneficios materiales, sino a algo más. Después de todo, nada material del espacio puede tener para nosotros el valor del inmaterial beneficio de convencer a las gentes de que la Humanidad constituye un todo; también sería de incalculable valor el fortalecimiento de un Gobierno mundial con capacidad ejecutiva que hiciera, por lo tanto, viable la civilización.

Pero, ¿podrá semejante colonización fortalecer el concepto de Gobierno mundial y hará posible la existencia y desarrollo de una Ley mundial?

Si prescindimos de suposiciones gratuitas como medio de obtener una visión clara del futuro, deberemos recurrir a la analogía y buscar en la Historia episodios que puedan arrojar luz sobre el futuro.

Cuando hoy pensamos en la colonización, enseguida la relacionamos con una sociedad tecnológicamente superior que se establece en una tierra ocupada por "nativos". Una avanzadilla de la sociedad colonizadora oprime y explota entonces a los "nativos", engordando a sus expensas. Este tipo de colonización está superada y ahora se considera oprobiosa.

Sin embargo, semejante modelo de colonización no puede aplicarse a la colonización del espacio, donde (al menos en las inmediaciones de la Tierra, y quizás en todo el sistema solar) no existe vida inteligente, o vida de ninguna clase, para desplazar, maltratar o explotar.

Así, pues, ¿debemos estudiar situaciones del pasado cuando alguna sociedad ocupaba un país vacío (al menos en lo referente a vida inteligente) y establecía prolongaciones de sí misma?

Es probable que tal comparación no resulte provechosa. Las últimas ocasiones en que ocurrió esto a escala continental fue cuando los antepasados de los indios pasaron de Siberia a Alaska y se extendieron por los continentes americanos, y cuando antepasados de los aborígenes viajaron por las islas indonesias desde Asia hasta Australia. Mucho más tarde, sucedió lo mismo, a una escala oceánica, cuando, en el primer milenio de nuestra Era, los polinesios recorrieron el océano Pacífico y poblaron las islas que fueron encontrando.

No obstante, estos colonizadores pertenecían a sociedades "prehistóricas" y aún no poseían ciudades ni escritura, esos signos de lo que llamamos "civilización". No tenemos muchos detalles de tales aventuras colonizadoras prehistóricas para poder arrojar luz sobre lo que sucedería si se produjese una colonización del espacio por parte de sociedades que han alcanzado un grado de civilización que las ha situado al borde del suicidio.

Pero no han existido aventuras colonizadoras civilizadas trascendentales que se aventuraran en territorios desiertos. Para cuando la civilización hubo florecido en el Oriente Medio, no había territorios despoblados al razonable alcance de tal civilización.

Lo siguiente es descubrir aventuras colonizadoras que crearan su propia tierra despoblada haciendo retroceder a los "nativos", exterminándolos, o ambas cosas. Aunque sea moralmente censurable, la consecuencia es que la sociedad colonizadora crea una colonia a su imagen y semejanza, sin un significativo residuo de "nativos" para explotar y, en este sentido, puede considerarse una analogía posiblemente útil para la colonización del espacio y sus consecuencias.

Pensemos en los griegos del primer milenio antes de Jesucristo. El mundo occidental moderno ha heredado de los griegos su filosofía, arte, literatura, ciencia, e incluso importantes aspectos de su religión. Generalmente, nosotros los occidentales sentimos simpatía por los griegos y nos identificamos con ellos en sus luchas contra los "bárbaros" no griegos; en particular en lo referente a su guerra contra el Imperio persa.

Sin embargo, los antiguos griegos en ningún momento de su historia constituyeron un Reino único con un gobierno central. Existía una "congenie" de ciudades-Estado cuya situación normal era de sospecha mutua y hostilidad, surgiendo fricciones cuando cualquiera de ellas mostraba signos de creciente poder.

Los griegos, en realidad, jamás pudieron unirse contra un enemigo externo. Su mayor aproximación a la unidad se produjo en su guerra contra Persia, entre el 500 y el 450 a. de J. C. y, aun entonces, amplios sectores del mundo griego permanecieron neutrales, llegando, en algunos casos, a alinearse con el enemigo.

Esto era así a pesar del hecho de que los griegos reconocían compartir una herencia común, un idioma común, así como literatura y religión comunes. Esto era así a pesar de que los griegos reconocían constituir una unidad, al menos hasta el extremo de que agrupaban a todos los no griegos bajo el calificativo de "bárbaros".

Después de su afortunada guerra contra Persia, los griegos no pudieron mantener ni siquiera la limitada unidad que supuso aquella contienda y, a causa de su división, fueron presa fácil para Macedonia y, después, para Roma.

¿Es que no hubo suficiente base para que hubiese prosperado un espíritu panhelenista?

Sí, existía tal base, e incluso se registró una fuerte manifestación de energía colonizadora que, en ciertos aspectos, podría ofrecer una analogía con la colonización del espacio proyectada para el siglo XXI.

Los griegos, entre el 750 a. de J. C. y el 550 a. de J. C. llevaron a cabo una gran expansión, estableciendo colonias por toda la costa mediterránea desde el más lejano extremo oriental del mar Negro hasta las costas atlánticas de España, en el extremo occidental.

Hicieron retroceder a los no griegos que habitaban en aquellas regiones y crearon extensiones de su propia cultura helénica.

Sin embargo, el período de colonización no creó el necesario espíritu de unión. Por un lado, cada colonia era una ciudad-Estado independiente que enseguida se ponía a hacer la guerra a su ciudad-Estado vecina, hasta el punto de que tenían dificultades para luchar contra el imperialismo competidor de los fenicios, cartagineses, etruscos y, finalmente, no pudieron hacer frente al empuje romano.

Además, cada colonia era el producto de la aventura colonizadora de una sola ciudad-Estado: Mileto era una colonia de Atenas; Siracusa, de Corinto; Bizancio, de Megara; Taras, de Esparta, etc. Muchas de las colonias fundaban a su vez otras colonias.

Cualquier vínculo político o emocional que pudieran formar las colonias nunca era con el mundo griego como un todo, sino, como mucho, con su ciudad madre. El resultado era que cuando las ciudades se hacían la guerra, cada una de ellas recurría a ciudad madre o hija para que le prestara ayuda, con lo cual se exacerbaba la desunión.

Un curioso paralelo con la experiencia griega lo constituyeron las aventuras colonizadoras de Europa occidental, entre el 1400 y el 1800 de nuestra Era. Igual que había sucedido con los griegos, la Europa occidental nunca había estado unificada en ningún momento desde la caída del Imperio romano de Occidente, en el siglo V, excepto en la breve época de Carlomagno, alrededor del 800 de nuestra Era. Como en el anterior caso, esta desunión persistió a pesar de una tradición, idioma, culto, literatura y religión comunes.

La unión no se produjo a pesar de la gran aventura de la colonización.

Es bien cierto que parte de la colonización se efectuó en África y en Asia, estableciéndose el dominio de una minoría europea sobre una mayoría no europea. Si consideramos que eso supone una aberración, ahí están las colonizaciones de las Américas y de Australia, en donde los habitantes nativos fueron desplazados o destruidos estableciéndose en sus territorios la cultura colonizadora, tal como antes había sucedido en el período colonizador griego.

En el caso europeo, de modo distinto al de los griegos, las colonias no fueron independientes desde el principio. En lugar de ello, cada nación europea mantenía sus colonias estrechamente vinculadas con ella, y las explotaba económicamente. (En su momento, esas colonias se rebelaron y se independizaron, por supuesto.)

Sin embargo, tal como sucedió con los griegos, las colonias fueron establecidas por unidades políticas aisladas pertenecientes a la cultura general. Ninguna colonia se sentía vinculada con el mundo europeo en general, sino sólo con naciones individuales. Como resultado de todo ello, las colonias no estimularon la unión, sino que exacerbaron la desunión, y las rivalidades coloniales entre las grandes potencias colonizadoras se convirtieron en una nueva ocasión para las interminables guerras que asolaron Europa, del mismo modo en que antes habían asolado Grecia.

Ahora consideremos un tercer caso. En el período desde 1600 hasta 1750, Inglaterra (más tarde Gran Bretaña) estableció una serie de colonias en la costa centroriental de Norteamérica (desplazando a los indios e incluso destruyéndolos en forma de genocidio).

Estas colonias conocieron varios grados de autogobierno, pero tuvieran los vínculos que tuviesen con la madre patria, desde luego eran independientes entre sí. No había modo mediante el que la gente de Massachussets pudiera intervenir en las leyes que gobernaban Virginia, o viceversa.

En la Guerra de Independencia, de 1775 a 1783, bajo la presión de la lucha, las colonias se unieron en una frágil alianza no más sólida que la unión de las ciudades-Estado griegas contra Persia, Tampoco fue una alianza unánime -igual que sucedió con los antiguos griegos-, puesto que los colonos de Nueva Escocia, Terranova, el Canadá superior e inferior y las Islas de las Indias occidentales no se unieron a la rebelión. De hecho, apoyaron de todo corazón a Gran Bretaña. Lo que es más, incluso dentro de las trece colonias que se consideraban rebeldes, al menos tantos colonos lucharon al lado de Gran Bretaña como a favor de la independencia.

La guerra acabó finalmente con la independencia norteamericana, pero esto no contribuyó a fortalecer la alianza de los trece esencialmente independientes "Estados". Pocos observadores políticos europeos creyeron que los "Estados Unidos" permanecerían unidos durante mucho tiempo.

La Unión persistió por cierto número de razones, pero una de ellas consistió en una decisión crucial de abnegación por parte de los jóvenes Estados... una decisión cuya sabiduría y trascendental efecto ha sido subestimado por la posteridad.

Los nuevos Estados se habían establecido en principio al este de los Montes Allegheny, pero el territorio de la nueva nación se estiraba en dirección oeste, hacia el río Mississippi. Las cartas reales que habían establecido originalmente las colonias convertidas en Estados eran vagas en cuanto a fronteras y generosas en conceder cualquier extensión hacia el Oeste. El resultado fue que nueve de los Estados entraron en litigio por las tierras del Oeste. La tierra situada al norte del río Ohio, por ejemplo (el territorio del Noroeste), fue reclamado enteramente por Virginia y, en parte, por Pennsylvania, Connecticut, Massachussets y Nueva York.

Si tales litigios hubiesen persistido, se habría producido una constante causa de disputa entre los Estados, con lo cual se habrían repetido las antiguas experiencias griegas y europeas. Si las reclamaciones se hubieran resuelto y las tierras occidentales hubiesen sido distribuidas entre los Estados de acuerdo con algún compromiso, se habrían creado imperialismos conflictivos y cada expansión del territorio nacional hubiera sido motivo para interminables rivalidades. Finalmente, la nación se hubiera convertido en escenario de cruentas luchas entre subnaciones.

Lo que realmente sucedió fue que uno de los Estados sin reclamaciones hacia el Oeste, Maryland, se negó a incorporarse a la Unión aun con las débiles condiciones de alianza que habían existido durante la Guerra de Independencia, hasta que se hubiera renunciado a todas las reclamaciones y se hubiesen cedido todas las tierras del Oeste al débil y casi impotente Congreso.

Uno, por uno, para satisfacer a Maryland, los diversos Estados renunciaron a sus reclamaciones sobre el Oeste.

Con ello no sólo se eliminó una causa de rivalidad, sino que el cuerpo legislativo central, el Congreso, ganó algo con todo ello. El Congreso era tan débil en los años siguientes a la Guerra de Independencia como lo son hoy las Naciones Unidas. Igual que las Naciones Unidas, el primitivo Congreso no recaudó impuestos, sino que debió mendigar contribuciones de los Estados componentes de la Unión, contribuciones que llegaban, a veces, tarde, mal y nunca.

Pero el Congreso ya podía disponer de las tierras del Oeste. ¿Qué haría con ellas?

El 13 de julio de 1787, estando sólo presentes 18 miembros del Congreso (tan débil era el organismo), fue aprobada la Northwest Ordinance, Por aquella Ordenanza se decidía que cuando la población alcanzase cierto nivel, podrían formarse nuevos Estados en el Territorio del Noroeste y estos nuevos Estados serían iguales que los antiguos en todos los aspectos políticos y sociales. Ningún Estado sería superior a otro porque fuera más antiguo o porque hubiera sido de los trece fundadores. Si este punto no hubiese quedado claro, la Unión se habría convertido en una mezcla de antiguos Estados dominantes y otros más recientes dominados, con lo cual se hubiera dado pie a nuevas rebeliones.

Los nuevos Estados, igual que las colonias griegas, gozaban de una situación idéntica a la de los antiguos Estados, si bien, de forma contraria a las colonias griegas, mantenían fuertes vínculos políticos con la potencia colonizadora. Estos fuertes vínculos políticos no fueron, como en el caso de las colonias europeas, para un solo sector de la cultura colonizadora, sino para la cultura en su totalidad. Los nuevos Estados pasaron a formar parte de un gobierno central que, en 1787, se hizo muchísimo más fuerte mediante la elaboración de una constitución federal que fue rápidamente adoptada por los diversos Estados. (Esta adopción significaba que los Estados cedían voluntariamente puntos clave de su soberanía: de nuevo un ejemplo inteligente en grado sumo de abnegación.)

Ésta fue otra razón por la que la colonización americana, en la forma de nuevos Estados, fortaleció la Unión, a diferencia de los anteriores ejemplos griego y europeo.

Los nuevos Estados americanos no fueron fundados oficialmente por viejos Estados americanos en particular. La mayoría de los inmigrantes procedían de los Estados próximos, pero cualquiera podía trasladarse de un Estado a otro. El resultado fue que no se formaron bloques de Estados dependientes de otro. Por ejemplo, no existió un bloque de Estados de Virginia, o un bloque de Estados de Nueva York, etc.

Las discordias y peligros que ello hubiera provocado quedaron bastante claros en un caso en que se formaron tales bloques, aunque tal situación no fue culpa del modo en que se formaron los nuevos Estados.

Por desgracia, mientras los Estados habían sido aún colonias, habían importado esclavos de África, creando una sociedad amo-esclavo que no habría hecho ninguna falta. Lo poco inteligente de esta decisión llegó a neutralizar todo el buen sentido que se había empleado en el establecimiento de la Unión.

Conforme pasó el tiempo, algunos de los Estados prohibieron la esclavitud, naciendo una creciente hostilidad entre ellos y los otros Estados que la permitían. Por desgracia, los dos grupos no estuvieron dispersos, sino que formaron dos bloques compactos.

Las consecuencias mostraron lo que habría sucedido si los Estados Unidos se hubiesen descompuesto en media docena de esferas de influencia. En 1859, cuando Kansas estaba a punto de convertirse en un Estado, sin que se supiera si iba a ser o no esclavista, ambas partes intentaron influir en el voto enviando inmigrantes, armándolos y provocando la violencia. El resultado fue una guerra civil en Kansas.

Al cabo de dos años, hubo una Guerra Civil en toda la nación.

Los Estados Unidos sobrevivieron, pagando un alto precio, parcialmente porque sólo había dos bloques. Uno podía ser derrotado y el otro quedar victorioso, Si hubieran existido media docena de bloques, las cambiantes alianzas que se hubiesen formado entre los bloques recelosos de la fuerza de sus vecinos habrían imposibilitado una solución al problema y los Estados Unidos se habrían desintegrado.

Sin embargo, más sorprendente que el triunfo de la Unión en 1865 fue la subsiguiente reconciliación. Los derrotados Estados esclavistas, postrados y humillados, no perdonaron ni olvidaron fácilmente, y aún hoy no lo han hecho por completo, pero se contuvo el espíritu de venganza. El amargo recuerdo de una derrota no produjo posteriores revueltas, o un movimiento guerrillero, o una perenne corriente independentista que recurriese a potencias extranjeras. En lugar de ello, la reconciliación, si bien lenta, ha sido real y los Estados Unidos han permanecido fuertes y unidos.

¿Cómo se consiguió esto? En parte, la razón de ello quizá sea el accidente histórico de que, en las décadas inmediatamente posteriores a la Guerra de Secesión, lo que restaba del Oeste fue colonizado, formándose una docena de nuevos Estados. Estos nuevos territorios fueron ocupados por hombres procedentes tanto del victorioso Norte como del derrotado Sur, en una base de perfecta igualdad. Tales Estados no debían fidelidad a ninguno de los dos bandos, sino sólo a la nación como un todo. Con la gran empresa de colonización del Oeste se pudieron curar las heridas del pasado.

Si convenimos, pues, que la civilización griega y la europea occidental se hicieron mucho daño por su falta de capacidad para unirse, mientras la civilización norteamericana desarrolló un poder con libertad sin precedentes en una zona muchísimo mayor de las que antes hubieran sido sometidas a semejante experimento, y si además estamos de acuerdo en que los sistemas de colonización griego y europeo no fortalecieron su unión interna, mientras que el sistema de colonización norteamericano sí lo consiguió, y esto fue quizá la clave de la fortaleza norteamericana, entonces, ¿qué podemos decir acerca de la próxima colonización del espacio en el siglo XXI?

1. Para empezar, la cultura colonizadora tendría que estar unida, de distinto modo a Grecia y Europa -que no lo estuvieron- y sí como los Estados Unidos, aun cuando semejante unión fuera excesivamente débil. Deberemos tener esta esperanza, ya que la civilización del siglo XXI no es posible que sobreviva sin algún modo de cooperación global y dado que ya existe un modelo de ello en la forma de las Naciones Unidas (aunque nadie podría imaginar un Gobierno más débil e ineficaz).

2. Las colonias espaciales no deberían ser tan completamente independientes en cuanto sean capaces de acceder a semejante independencia, como sucedió en el caso griego; tampoco deberían estar sometidas a una dependencia humillante que las forzase a una rebelión y a una total independencia, como en el caso europeo. De cualquier modo, los resultados no conducirían al Gobierno global. En lugar de ello, las colonias espaciales tendrían que estar unidas a la Tierra en condiciones que les garantizasen los completos derechos y privilegios de las instituciones de la Tierra, como en el ejemplo norteamericano. Podemos tener confianza en que esto sea así, puesto que las colonias espaciales no se podrán valer por sí mismas durante un período de tiempo y les costaría llegar a una completa independencia, así como dado que la opresión colonial está pasada de moda, esperemos, de modo definitivo.

3. Las colonias espaciales no tendrían que sentirse vinculadas políticamente (como en el caso europeo) ni emocionalmente (como en el caso griego) a una sola entidad colonizadora del gran conjunto, pues ello fomentaría la rivalidad y la desunión. Tales colonias tendrían que sentirse vinculadas sólo con el Gobierno central (como en el caso norteamericano).

Este tercer requisito es el más crucial, puesto que parece el más difícil. Para que esto sea posible, el Gobierno global debería hacerse cargo de las empresas colonizadoras, y tal colonización debería efectuarse bajo los auspicios mundiales. Todas las colonias tendrían que estar abiertas para la colonización, sin restricciones, para gente de cualquier lugar de la Tierra y, desde luego, tendría que fomentarse el establecimiento de una población bien mezclada en cada colonia.

Deberíamos huir, como de la peste, de la formación de colonias enteramente pobladas por norteamericanos, o por rusos, o por uruguayos... o por cualquier otro grupo que sintiera alguna vinculación especial con alguna zona de la Tierra en particular.

Por el contrario, una colonia bien mezclada podría ser como un microcosmos de la Tierra y permanecería al margen de las rivalidades locales de la potencia civilizadora. Desde luego, no podemos esperar la perfección. En cualquiera de las colonias podría surgir cierta nostalgia, consecuencia de los distintos orígenes étnicos. Esto lo estamos comprobando hoy en los Estados Unidos y existe una gran diferencia con las mortales rivalidades que resultan cuando los grupos opuestos están armados y dispuestos a convertir el odio en violencia.

Y entonces, conforme aumentara el número de colonias, cada una de ellas tendría problemas sin ninguna relación con los localismos terrestres, y tales localismos cada vez perderían más su significado, con lo cual el Gobierno global sería cada vez más fuerte y significativo.

Así, pues, mi conclusión es que si la colonización del espacio se realiza con la misma inteligencia y amplitud de miras con que se desarrolló la colonización del Oeste americano, ello constituirá un vasto proyecto que unirá a la Humanidad tanto en la empresa como en las consecuencias, y puede ser el camino mediante el cual podamos establecer un sistema legal mundial práctico, por primera vez en la Historia y, con ello, dar carácter permanente a la civilización.

Así, a los que exclaman que la exploración espacial es demasiado cara, sólo les puedo preguntar: ¿qué precio tiene la supervivencia?

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Actualización 12 de marzo de 2004

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