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ISAAC ASIMOV's

Vida y Tiempo

La responsabilidad de este artículo incumbe a Dan Button, el editor de Science Digest. Almorcé con él poco después de la elección de Jimmy Carter, y a Button se le ocurrió que, si Jimmy iba a recibir consejos de todas partes, también los podría recibir de mí. Sobre todo, si era un consejo que Science Digest pudiera publicar a tiempo para la toma de posesión.

La idea me divirtió. ¿Por qué no?

Estaba seguro de que le podría dar algún buen consejo al Presidente, aun cuando yo estaba seguro de que él no lo consideraría. Escribí el ensayo siguiente, que apareció en el mes de la toma de posesión. Ha aparecido en diversas publicaciones, provocando bastante correspondencia. Sin embargo, yo tenía razón: no se vio ningún indicio de que nadie del Gobierno tomara mis reflexiones en serio.

Quizá la catástrofe esté más cerca de lo que imaginamos y se produzca antes de que demos pasos en dirección correcta... cuando ya sea demasiado tarde, por supuesto.

Una carta abierta al presidente

Querido Presidente Carter:

No soy de los que creen que un Presidente puede hacer milagros y, con un simple movimiento de la mano, cambiar el mundo. El poder de un Presidente tiene sus limitaciones, que van desde la intratabilidad de las leyes físicas del Universo a la terquedad de la opinión pública.

De todos modos, un Presidente puede orientar las cosas en cierto sentido, actuar cuando la Constitución y los acontecimientos lo permiten, así como persuadir cuando la opinión pública esté indecisa.

Permítame empezar por considerar el problema de nuestras disponibilidades energéticas.

Los norteamericanos utilizan una proporción de energía per cápita superior a la de cualquier otro país del mundo, y esto obedece a nuestro elevado nivel de vida. Este elevado nivel de vida se ha creado sobre la base de que nuestro territorio ha sido rico en recursos energéticos (carbón y petróleo) y porque nuestra sociedad ha reunido unas características que han hecho posible para nosotros explotar estos recursos.

Pero el petróleo se está agotando. La producción norteamericana llegó a su punto culminante en esta década y ya ha empezado a disminuir inexorablemente. Incluso recurriendo a nuevos recursos de Alaska y de la plataforma continental, el petróleo propio se habrá agotado virtualmente para el año 2000. No podremos solucionar el problema con las importaciones. Al margen del peligro de ser cada vez más dependientes del petróleo extranjero, la producción mundial alcanzará su punto culminante dentro de diez años y entonces empezará a disminuir inevitablemente.

Así, pues, tal como usted ha dicho en numerosas ocasiones durante su campaña electoral, deberemos desarrollar un plan energético racional para la nación.

Podríamos conservar nuestras presentes disponibilidades energéticas y, desde luego, deberíamos hacerlo así, pero, con la mejor voluntad del mundo, sólo podríamos ahorrar cierta cantidad, lo cual únicamente serviría para retrasar el día funesto que puede llegar dentro de dos décadas.

Tendremos que aprovechar más el carbón y el aceite de pizarra bituminosa, pero ambas cosas podrían tener graves consecuencias ambientales. Deberemos desarrollar unos empleos más sofisticados de cosas tan antiguas como la energía eólica y la energía hidráulica; asimismo deberemos pensar en cosas tan nuevas como la energía de las mareas y del oleaje. Esto nos brindaría una prórroga, pero también representaría un tiempo limitado, ya que todo eso no sería suficiente.

Podríamos cultivar plantas que produjesen un alcohol que sirviera de combustible, pero tales plantas robarían espacio a las plantas que deberíamos cultivar para alimentarnos, con lo que nos tendríamos que enfrentar a una lucha por estos dos medios de subsistencia.

Tendremos que recurrir más seriamente a la energía de fisión nuclear, pero usted está formado en este campo y conoce los riesgos y peligros que ello supone. Deberíamos echar mano de la energía de fusión nuclear -mucho más completa que la de fisión y, posiblemente, mucho menos peligrosa- pero aún no se ha llegado a controlar la fusión y todavía no sabemos si se podrá hacer.

Se podría pensar en el empleo de la energía geotérmica y en el empleo directo de la energía solar. Ambas cosas son prometedoras, pero serían precisas grandes inversiones de capital.

Es muy posible que, con una combinación de todos los referidos recursos, los Estados Unidos y toda la Humanidad en general puedan salir adelante. Pero existe otro modo de obtener energía, el cual es, en mi opinión, mejor y más valioso que cualquiera de los antes mencionados...

La energía solar directa, tal como se recibe en la superficie de la Tierra, se ve bloqueada hasta cierto punto por la atmósfera incluso en un día despejado. Donde existe una interferencia atmosférica especial en forma de nubes, neblina y niebla, el bloqueo es aún mayor. Y, por supuesto, el bloqueo es absoluto por la noche.

Así, pues, dado que la energía solar está diluida y los aparatos de conversión resultan poco eficaces, tal energía debería ser captada en una extensa zona si se quisiera obtener un rendimiento aprovechable. Deberían ser cubiertos de baterías solares varios miles de kilómetros cuadrados de zona desértica sudoccidental (en donde da más la luz del sol).

¿Y por qué no utilizar el espacio? ¿Por qué no tener varias estaciones de energía solar situadas en órbita sincronizada alrededor de la Tierra, a unos treinta mil kilómetros sobre la superficie, cada uno de ellos moviéndose, más o menos encima de un solo lugar sobre el ecuador de la tierra?

Una estación de energía solar podría recibir plenamente la energía solar, sin los obstáculos de la atmósfera y de los fenómenos atmosféricos. La cubriría la sombra de la Tierra sólo brevemente cada noche y en el momento de los equinoccios; pero no así en otras ocasiones, y cuando una estación esté cubierta por la sombra, las demás recibirán la luz del sol. Podría convertir la luz del sol en un rayo de microondas que podrían ser recogidas y utilizadas con mucha mayor eficiencia que la propia luz solar, con lo cual las zonas de captación sobre la superficie de la Tierra serían mucho más pequeñas y más fáciles de cuidar.

Finalmente, las estaciones energéticas en el espacio nos darían algo mucho más importante aún que la energía.

El mundo, en la actualidad, está dividido en más de cien naciones rivales, cada una de las cuales considera que sus propios deseos y necesidades están por encima de todo. Al menos dos de esas naciones están capacitadas para destruir la civilización en cuestión de horas si decidiesen ir a la guerra. Aun cuando no se llegase a la guerra, los recursos y energía gastados en mantener las maquinarias de guerra rivales son algo que la Humanidad no podrá permitirse por mucho más tiempo.

Al margen del peligro material, el antagonismo y la rivalidad entre naciones ya no es concebible porque consumen esfuerzos de la razón, manifestaciones emocionales, intensidades de energía y ambición que son inútilmente derrochados cuando se emplean para tales fines. Sólo hay una guerra que puede permitirse la especie humana: la guerra contra la extinción. El esfuerzo por la supervivencia humana tendría que absorber toda nuestra razón, emoción y energía, porque todo esto será completamente necesario si deseamos conquistar la supervivencia. Cualquier lucha en otro sentido sería trivial y, en cualquier caso, dejaría de tener significado si se perdiese la gran batalla.

No es que esta guerra por la supervivencia sea algo que sólo deba preocupar a nuestra nación. Todos los grandes problemas vitales que ahora afectan a los Estados Unidos también afectan a todo el mundo. Los problemas de superpoblación y deterioro del suelo, los problemas de escasez de recursos y de contaminación; los problemas de alienación y terrorismo, etc., etc., afectan a todo el Globo.

Estos problemas no podrían ser satisfactoriamente resueltos por ningún país dentro del marco de sus fronteras, por grande, rica y poblada que sea esa nación. La propia Tierra ya resulta demasiado pequeña, y las naciones están demasiado interrelacionadas económica y ecológicamente, para que tenga sentido cualquier solución sobre una base puramente nacional. Tendrá que haber cooperación internacional, mucho más estrecha que la existente hasta ahora, si es que deseamos resolver estos problemas.

Conforme pasen los años, pudiera ser que la intensificación de estos problemas fuerce a una cooperación semejante, pero es muy probable que las disputas, rivalidades y antagonismos reduzcan la eficiencia de tales soluciones, y se llegue al completo fracaso.

De algún modo, les tendría que resultar claro a las naciones del mundo -y, algo más importante: a la gente del mundo- que la cooperación real entre las naciones puede reportar enormes beneficios que son muy deseables, y que, de otro modo, se perderían.

Y en este punto regresamos a la idea de las estaciones de energía espaciales.

Todas las formas de energía obtenidas en la Tierra tienen delimitaciones geográficas. Del mismo modo en que hay regiones ricas en petróleo, también hay otras regiones que son más ricas que otras en energía de mareas, en energía hidráulica, en energía geotérmica, en disponibilidades de uranio y en acceso a los mares. Y mientras eso sea así, las tentaciones de rivalidad serán imposibles de eliminar.
Sin embargo, el espacio está equidistante de todas las regiones de la superficie terrestre. La energía obtenida del Sol en el espacio pertenecería a todo el mundo y no se podría establecer ningún tipo de frontera. Las estaciones energéticas en el espacio, según cómo, podrían estimular la cooperación.

Además, la tarea de construir semejantes estaciones espaciales es tan enorme que podría constituir un proyecto internacional. Ello no sólo supondría un inmenso ahorro de recursos para los Estados Unidos, sino que brindaría a los pueblos del mundo una tarea (de provecho inmediato para ellos mismos) a la que todos podrían contribuir. Cautivaría su imaginación, levantaría su moral y aumentaría sus esperanzas. La construcción y mantenimiento de tales estaciones tendría carácter global y harían resultar ridículas las ambiciones a menor escala. Lo que es más: una vez estuvieran construidas las estaciones antedichas, resulta evidente que si la Humanidad incurriera en las anteriores rivalidades, tales estaciones dejarían de funcionar por falta de mantenimiento. Esto ofrecería un fuerte incentivo para continuar con la cooperación.

Las técnicas desarrolladas para la construcción de tales estaciones podrían ser utilizadas para construir otras estructuras espaciales. Podrían existir observatorios espaciales para el estudio de la Astronomía y de otras ciencias. Podría haber laboratorios espaciales en los que se podrían llevar a cabo, con escaso riesgo para la propia Tierra, peligrosos experimentos en física nuclear y en ingeniería genética. Sería posible la existencia de, fábricas que podrían aprovechar las peculiares propiedades del espacio -tales como alto vacío, altas y bajas temperaturas, fuerte radiación-, para efectuar procesos industriales y producir aparatos difíciles de fabricar sobre la superficie terrestre.

Conforme se vayan haciendo más cosas en el espacio, será cada vez más necesario desprenderse de problemas accesorios. Si se empieza a enviar gente al espacio, en breve tiempo estableceríamos colonias espaciales.

Los materiales para construir esos observatorios, laboratorios, fábricas y colonias podrían ser obtenidos casi enteramente de la Luna. En un futuro previsible, la Luna podría ser una inagotable fuente de materiales de todas clases (con excepción de hidrógeno, carbono y nitrógeno). Además, la Luna no tiene una ecología natural que nosotros pudiéramos perturbar.

De nuestras actividades espaciales pueden resultar tres grandes consecuencias definitivas, además de obtener energía y conseguir la cooperación mundial:

1. Habría suficiente sitio para colonias espaciales que permitirían un nuevo crecimiento de la Humanidad, después de que se haya detenido ese crecimiento (como tendrá que ser en un próximo futuro) sobre la superficie de la Tierra.

2. Cada vez más industrias de la Tierra serán trasladadas al espacio, donde el problema de la escasez de recursos (gracias a la Luna) y de la contaminación (merced al gran volumen del espacio) serán mucho menos importantes que en la Tierra. Al reducirse en la Tierra la extensión dedicada a la industria, esa superficie liberada podría convertirse en una especie de parque natural, el cual todo el mundo encontraría sumamente atractivo comparado con la situación actual. Lo que es más, devolveríamos su belleza a la Tierra sin perder las ventajas materiales de la industria y la elevada tecnología.

3. Las gentes de las colonias espaciales servirían de vanguardia de la Humanidad en la exploración y colonización de puntos más alejados en el espacio. Las personas que deban convivir en pequeños mundos y estén acostumbrados a los viajes espaciales, tendrían menos problemas psicológicos para realizar prolongados vuelos espaciales que los individuos criados en la superficie de la Tierra.

La importancia de esto puede advertirse si recordamos los progresos que la Humanidad ha realizado hasta ahora, mediante la constante ampliación de sus actividades por todo el planeta, el constante aumento de la sofisticación de sus métodos de transporte y comunicación, su cada vez mejor conocimiento de las leyes de la Naturaleza. Pero la Tierra ahora está llena, en realidad demasiado, y no podemos hacer nada más si tenemos que permanecer confinados en los estrechos límites de la superficie planetaria. Ciertamente, de tal modo sólo entraríamos en decadencia hasta perecer. Así que debemos expandirnos hacia los ilimitados horizontes espaciales.

Realizar todos estos proyectos no es cuestión de cuatro años, Presidente Carter; ni siquiera de ocho años, suponiendo que usted fuera reelegido en 1980; pero se podría empezar a hacer algo. Este proyecto podría ser ofrecido como una meta al pueblo de los Estados Unidos -no, mejor dicho, a toda la población mundial- y esto usted podría hacerlo mucho mejor que yo.

Entonces usted podría tener una orientación espacial, Presidente Carter; usted podría comenzar la planificación, a escala internacional, de los pasos que deberemos dar por el único camino que, según creo, puede conducirnos a salvar la civilización.

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Actualización 12 de marzo de 2004

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