LORENZO

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ISAAC ASIMOV's

Vida y Tiempo

Hace unos años, advierto que me voy haciendo algo viejo, al menos según el calendario.

Sin embargo, no he sentido ningún cambio dentro de mi cabeza. Siento algunos leves achaques físicos, pero mentalmente me encuentro tan vivaz como siempre.

Ustedes podrán replicar que yo no puedo darme cuenta de mi decadencia. Si mis procesos mentales pierden su -flexibilidad y versatilidad, estaría juzgando con un cerebro en deterioro, y no podría advertir mis deficiencias. Si estuviera en los últimos grados de senilidad, y mi cerebro en plena decadencia, ¿cómo podría saber que había perdido mis facultades?

Por fortuna, tengo un modo para demostrar mi buena forma. Escribo como siempre y mis escritos parecen tan buenos como de costumbre, y ello no sólo en mi opinión, sino también en la de mis editores y lectores, que no tienen ninguna razón para mentirme.

No sé hasta cuándo podré conservarme así, pero espero seguir de este modo mientras viva. ¿Por qué no va a mantener un cerebro en forma sus funciones, con razonable eficiencia, igual que lo hacen los músculos? Si los reyes suecos pueden jugar al tenis a los ochenta años, yo podré seguir escribiendo ensayos cuando tenga la misma edad, si vivo lo bastante. Todo ello me conduce al tema del siguiente ensayo.

Adiós a la juventud

Supongamos que podemos sobrevivir.

Existen muchas razones para creer que la Humanidad y su civilización se van a enfrentar a terribles crisis en un inmediato futuro, pero aun cuando la Humanidad sobreviva, la civilización no lo conseguirá.

De todos modos, imaginemos que no sólo nosotros sino que también sobrevive nuestra civilización.
¿Cuáles serían las condiciones que harían posible la supervivencia? Para contestar a esto deberíamos considerar la naturaleza de la crisis que hace improbable la supervivencia.

En primer lugar, es una cuestión demográfica. La población del mundo alcanza ahora cerca de los 4.000 millones, más que nunca en el curso de la Historia. Por añadidura, esa población aumenta en este momento, en una proporción del 2 por ciento anual, y tal proporción es la más elevada que se conoce hasta la fecha.

Combinando las dos cifras, podemos ver que habrá 80 millones de personas más para alimentar el próximo año, y otros 80 millones el siguiente. Este crecimiento anual irá aumentando cada año junto con la población. Lo que es más, la gran mayoría de esa gente adicional nacerá en países no industrializados que estarán en muy mala situación para alimentar nuevas bocas. En el año 2000, a menos que se produzca un desastre, la población mundial sobrepasará los 7.000 millones.

Sin embargo, no puede descartarse que se produzca un desastre. Ya hoy resulta difícil alimentar a 4.000 millones. Con restricciones energéticas y una inflación a escala mundial, resulta difícil adivinar cómo se van a aumentar las disponibilidades de comida en las próximas décadas, o al menos mantenerlas al presente nivel. Los fertilizantes y pesticidas son cada vez más caros; la energía para bombas de irrigación y maquinaria agrícola también se ha encarecido. La productividad agrícola descenderá, consecuentemente, y el hambre hará su aparición.

Si, en el año 2000, nos vemos en condiciones de esperar una civilización laboriosa y estable para el siglo XXI, ello se deberá sólo a que habremos resuelto el problema demográfico. No hay otra alternativa. Aun cuando descubramos nuevas fuentes de energía, nuevos sistemas de alimentación y de distribución de alimentos, se conozca una nueva Era de paz mundial, y se desarrolle todo maravillosamente en los próximos treinta años, esto sólo concederá a la Humanidad un breve respiro.

Si, para el año 2000, la población alcanza en realidad los 7.000 millones y la cosa se puede resistir, y si sigue aún creciendo con un índice del 2 por ciento anual, esto significará 140 millones de personas adicionales cada año y, para el año 2040, alcanzar una población total de 15.000 millones de individuos. ¿Cuánto tiempo podría soportar tal masa humana nuestro pequeño y maltratado planeta?

No, desde luego, tarde o temprano deberá ser resuelto el problema demográfico, o si no esta civilización desaparecerá bajo el peso de la miseria humana, y cuanto más pospongamos tomar una decisión inteligente, más horrible será la situación que tengamos que afrontar. Si llega tal situación, la población humana descendería drásticamente como resultado de un elevado índice de mortalidad. Los supervivientes nunca volverían a tener la capacidad para reconstruir una civilización tecnológica, puesto que las fuentes fáciles de energía estarían casi por completo destruidas, las reservas metálicas de la Tierra estarían dispersas, mientras que el suelo se hallaría arruinado y se habría convertido incluso en parcialmente radiactivo como consecuencia de la guerra nuclear.

Así, pues, si vamos a suponer que habrá una civilización funcionando en el siglo XXI, será mejor que demos por sentado que se habrá hallado una solución al problema demográfico ya en el año 2000. Para entonces, la población mundial estará de acuerdo (teniendo como única alternativa la desesperación y la ruina) en detener el aumento demográfico, e incluso en reducir la población a un nivel razonable: quizá no más de 1.000 millones de personas.

Una forma de producir tal descenso de población es permitir que el índice de mortalidad alcance un punto algo superior a nuestro actual elevado índice de natalidad. Desde luego, nadie en sus cabales aprobaría nada semejante. ¿Quién aceptaría que el hambre, la enfermedad y la violencia se encargaran de reducir la población mundial, excepto pensando que tales cosas sucederían sólo en otras partes del mundo, mientras los suyos se quedaban a salvo en alguna isla de prosperidad?

Sin embargo, tal cosa es imposible. La Tierra ahora es tan interdependiente económicamente que un desastre de gran magnitud que sucediera en cualquier parte afectaría a toda la Humanidad. Si medio mundo quedara en ruinas, la otra mitad también se hundiría.

Nos resta la alternativa mucho más humanitaria de hacer descender el índice de natalidad hasta que sea inferior a nuestro actual índice de mortalidad. Si queremos imaginar un floreciente siglo XXI, también deberemos tener en cuenta que para el año 2000, el mundo habrá tenido, de un modo u otro, que reducir su índice de natalidad, manteniendo tal reducción durante un siglo por lo menos.

Pero si la civilización sobrevive, podremos esperar que la Ciencia y la Medicina continúen obteniendo victorias sobre la enfermedad y alargando la vida, siempre que se mantenga la reducción de la natalidad. Y, si tal es el caso, entonces deberemos mirar hacia una sociedad sustancialmente distinta a la que jamás se ha conocido en la Tierra.

Durante casi toda la historia de la especie humana, la Humanidad ha vivido en condiciones en las que era elevado el índice de mortalidad. Las expectativas de vida variaban de veinticinco a (muy ocasionalmente) treinta y cinco años, con lo cual estaban equilibrados los índices de mortalidad y natalidad y la mitad de la población tenía menos de treinta años. Cuando el índice de natalidad era considerablemente más elevado que el índice de mortalidad, de modo que la población crecía rápidamente en el extremo juvenil de la escala, la mitad de la población estaba por debajo de los quince años. A través de la mayor parte de la Historia, el número de personas con más de cuarenta años nunca alcanzó más del 20 por ciento del total, mientras que el número que superaba los sesenta y cinco seguramente nunca llegó a más del 1 por ciento del total.

En esencia, pues, casi todas las sociedades que la Humanidad ha conocido consistían ampliamente en gente joven. La gente madura constituía una minoría y los viejos eran una rareza.

En una sociedad en la cual fuera reducido el índice de natalidad y las expectativas de vida alcanzaran los setenta años, entonces, por primera vez en la Historia de la raza humana, el factor predominante ya no sería la juventud.

Si el índice de natalidad y el de mortalidad fueran iguales, la mitad de la población sobrepasaría los setenta años y al menos dos tercios tendrían más de cuarenta años. Y si el índice de nacimientos fuera más bajo que el de defunciones, como sería necesario en el siglo XXI si queremos que sobreviva la civilización, entonces el porcentaje de los ancianos aumentaría aún más.

En realidad, en los Estados Unidos ya se conoce un anticipo de esta situación; en este país las expectativas de vida han aumentado mientras ha descendido la proporción de nacimientos.

En 1900, cuando las expectativas de vida en Estados Unidos alcanzaban sólo los cuarenta años, había 3,1 millones de personas que tenían más de sesenta y cinco años, con una población total de 77 millones, o sea, alrededor del 4 por ciento. En 1940 había 9 millones de personas con más de sesenta y cinco años entre una población total de 134 millones, o sea, el 6,7 por ciento. En 1970, había 20,2 millones de individuos con más de 65 años, entre una población total de 208 millones; o sea, alrededor del 10 por ciento.

Para el año 2000 habrá 29 millones de personas que sobrepasarán los 65 años, entre una población estimada que llegará a los 240 millones; o sea, el 12 por ciento.

Si queremos que sobreviva la civilización, comprobaremos cómo se extiende esta tendencia. Ello supondrá una despedida a la juventud y la bienvenida a un mundo en el que predominarán las personas maduras y ancianas.

¿Cómo podría ser un mundo mayoritariamente poblado por personas maduras y ancianas?

Muchos pensarían enseguida lo siguiente:

Un mundo en que las personas mayores de cuarenta años formasen una sustancial mayoría, vería cómo el espíritu, el afán aventurero y la imaginación de la juventud decaerían hasta morir a causa del amaneramiento y conservadurismo de los ancianos. Sería un mundo en el que la carga de la innovación y de la aventura descansaría sobre los hombros de unos pocos, mientras que el peso de los viejos haría hundirse poco a poco la sociedad humana. Un mundo de gente entrada en años -muchos insistirán en ello- tendría una sociedad estática y decadente en la que desaparecerían todos los valores más caros al hombre.

¿Sería esto así realmente? ¿Es verdad que la gente mayor es como un peso muerto? ¿Podrían suponer una fuerza de estancamiento? La dificultad de contestar a estas preguntas reside en el hecho de que la Humanidad nunca ha conocido la experiencia de una sociedad entrada en años.

En casi todas las sociedades que la Tierra ha conocido -sólo con excepción de la nuestra- los viejos constituían una rareza y, por tal razón, se les daba un valor. Las pocas personas que sobrevivían hasta una edad provecta podían recordar cómo eran las cosas antes de que los demás hubieran nacido. Él o ella era el depositario de antiguas experiencias, el archivo de la tradición, como una biblioteca y un oráculo.

Pero todos aquellos valores, naturales en una cultura preindustrial, ahora han pasado. La gente vieja abunda demasiado como para ser reverenciada por su longevidad. Tampoco nadie necesita sus recuerdos ni conocimiento de antiguos sistemas, pues ahora registramos las cosas en papel, en microfilme o en computadoras.

En los tiempos antiguos, los ancianos eran quienes gobernaban la Iglesia y el Estado. La palabra "sacerdote" viene del griego "anciano"; y la palabra "senador" viene del latín "viejo". Pero ahora, con la presente abundancia de viejos, valoramos la juventud y el vigor en el gobierno, y los políticos se tiñen el pelo y hacen gimnasia para estar en forma.

En sociedades en las que la tecnología cambió lentamente, era el viejo artesano, con amplia experiencia y depurada técnica, quien era contratado para hacer una obra bien hecha. Ahora la tecnología cambia rápidamente, y es el sonrosado licenciado el más solicitado, pues esperamos que nos aporte los más modernos procedimientos. Para dejar sitio a estos jóvenes, retiramos forzosamente a los viejos que han cumplido sesenta y cinco años o menos, les regalamos un reloj o una invitación para que se sienten en el banco de un parque.

En pocas palabras, la noción de que la gente madura y los ancianos son como un peso muerto sobre la sociedad es algo muy moderno, surgido del hecho de que su número ha aumentado y sus funciones han desaparecido.

¿Qué sucedería si esta noción moderna es acertada? ¿Qué pasaría si los antiguos hubiesen estado equivocados, valorando a los de mucha edad sólo porque eran muy pocos y confundían la debilidad con sabiduría? Si esto fuera así, el panorama para el siglo XXI sería muy sombrío porque, si la civilización sobrevive, entonces conoceríamos una sociedad de ancianos.

Pensemos en ello. Supongamos que consideramos, en primer lugar, qué nos parecería a todos nosotros un evidente ejemplo de la inferioridad de la edad. Es indiscutible que la gente mayor no es tan fuerte ni saludable como los jóvenes, ni tampoco son capaces de realizar trabajos duros durante mucho tiempo.

Dado que esto es así, ¿no resulta claro que la creciente población de ancianos contribuiría poco al trabajo mundial reclamando, por el contrario, muchos cuidados de la sociedad, y que la cada vez menor población de jóvenes no podría soportar tal carga?

Ahora bien, consideremos, por otra parte, que si la sociedad florece en el siglo XXI, habrá unos continuos progresos científico-técnicos. Podría conocerse una transformación semejante a la que conoció la sociedad en los dos últimos siglos: de un pesado trabajo manual se pasó a la mecanización. Seguirá afirmándose la presente tendencia hacia la automatización y el uso de computadoras, con lo cual disminuiría progresivamente la necesidad de trabajos físicos duros.

En el siglo XXI, el trabajo en el mundo no será primordialmente una cuestión de músculo y nervio, por lo cual no se requerirán condiciones atléticas. El hecho de que los cuerpos de las personas se debiliten con el paso de los años no supondrá que descienda sustancialmente su contribución en las tareas de la sociedad.

También podremos esperar que la Medicina y sus ciencias auxiliares continúen progresando, y deberemos recordar que esto implica más que una mera prolongación de la vida. Podemos ver esto claramente si consideramos lo que ya ha sucedido.

La gente hoy vive, por lo general, dos veces más tiempo que nuestros antepasados de hace siglo y medio. Pero eso no es todo. También somos más saludables y fuertes, casi siempre, a cualquier edad, que nuestros antepasados lo eran a esa misma edad.

No era sólo que la gente muriese joven en los días anteriores a la Medicina moderna. Aun cuando vivieran, habían tenido que soportar el quebranto de repetidos ataques de enfermedades infecciosas, que ahora nosotros podemos prevenir o curar fácilmente; tenían que vivir basándose en dietas perjudiciales que a menudo eran gravemente deficientes en vitaminas y otros factores nutritivos esenciales; no podían curar sus dentaduras averiadas ni las infecciones crónicas, ni tampoco mejorar los efectos de una disfunción hormonal o de docenas de otros trastornos.

Como resultado de todo ello, los ancianos de hoy son vigorosos y "jóvenes" en comparación con la época medieval de caballeros y castillos.

Podemos imaginar que esta tendencia continuará en el futuro si sobrevive la civilización. La ciencia médica, al haber superado otros problemas, ya empieza a ocuparse del propio problema del envejecimiento, y pueden llegar a obtener algunas victorias parciales. Es posible que los ancianos del siglo XXI no lo sean tanto comparados con los actuales.

Entre el mayor vigor de los ancianos y las menores exigencias de esfuerzos físicos de parte de ellos, en el próximo siglo los conceptos de "juventud" y "vejez" pueden volverse confusos y el creciente porcentaje de ancianos no representaría una mengua física para la sociedad.

Ahora bien, aunque hagamos disminuir la importancia de la decadencia física que solemos asociar con los que envejecen, aún es posible argumentar que una población de ancianos puede perjudicar a la sociedad de otros modos. Considerémoslo.

Conforme sea menos necesario el músculo a causa de la creciente mecanización, al tiempo que el progresivo empleo de computadoras sustituya las labores mentales monótonas y repetitivas, la Humanidad conocerá un mundo en el que se necesitará precisamente la más preciada característica de nuestra especie: el cerebro el cual permite el pensamiento creativo e innovador. Éste es el trabajo que las máquinas y computadoras dejarán a los seres humanos.

Quizá podríamos temer que la gente de edad avanzada sea la menos amante de innovaciones. Siempre ha sucedido que la creatividad y la innovación han sido características de los jóvenes. Si estudiamos la historia de las conquistas humanas, encontraremos innumerables casos de gente joven incorporando las cosas nuevas, sorprendentes y revolucionarias contra la cerrada oposición de los viejos.

Esto es cierto en todos los terrenos, incluso en la Ciencia, en la cual, sobre todo, la regla es la del cambio constante. Max Planck, quien descubrió la teoría de los cuantos, revolucionando la Física, dijo que el único sistema para que la Ciencia llegara a aceptar una teoría radicalmente nueva era esperar a que muriesen todos los científicos viejos. Y la mayoría de la gente estaría de acuerdo con esto, aun cuando hay muchos ejemplos en la Historia de personas de avanzada edad sumamente sensibles a las innovaciones.

En tal caso, ¿qué podríamos esperar de un mundo en el que los viejos sobrepasan cada vez más numéricamente a los jóvenes? Por muy joven, fuerte y vigorosa que esté desde el punto de vista físico la persona entrada en años, ¿qué ventaja supondrá ello si son una fuerza intolerablemente estática? El mismo aumento de bienestar físico y la longevidad pueden servir sólo para hacer más inmóviles a los ancianos, lo cual resultaría nocivo para la sociedad.

¿Llegaremos a conocer una sociedad del siglo XXI en la que los individuos serán fuertes y vigorosos, pero en la que el conjunto permanecerá mentalmente inmóvil? ¿Veremos una minoría de individuos creativos, lo suficiente numerosos como para evitar que la sociedad se hunda en la apatía y el aburrimiento?

Pero, ¿sucederá realmente así? ¿Es por completo imposible imaginar una combinación de edad y creatividad? ¿Puede uno ser viejo y, sin embargo, estar dispuesto a experimentar lo nuevo?

¿No es posible, después de todo, que nosotros mismos hayamos creado el conservadurismo de los ancianos al considerarlo como algo natural? Ya es sabido que hay profecías que se cumplen por sí mismas.

Si a la gente se le dice durante toda la vida que, con los años, dejarán de ser productivos y creativos, ellos, por supuesto, lo creerán. Se hundirán en la molicie porque han sido preparados para ello durante años. Quizá no sería así si nos mentalizaran en sentido contrario.

Hemos visto ejemplos de profecías que se cumplen por sí mismas en otros grupos. Los niños que proceden de un ambiente hogareño deprimido, o que sufren los prejuicios de un maestro, y de quienes se espera que den un bajo rendimiento en la escuela, suelen, desde luego, dar un bajo rendimiento. Cuando, por alguna razón, de esos mismos niños se espera que lo hagan bien con algún otro profesor, entonces lo harán bien. Quizá si nos ponemos a pensar que los ancianos lo van a hacer bien...

El ideal norteamericano contemporáneo es la ausencia de prejuicios étnicos y sexuales. Esperemos que lleguemos a aprender a dejar que cada individuo cumpla en la sociedad las funciones que más le gusten, sin ser coartado por ninguna consideración acerca de su origen racial o de su sexo. Con toda probabilidad, esto llegará a convertirse en un ideal mundial.

Asimismo, deberemos dejar de sentir prejuicios hacia los ancianos. Un hombre debería hacer el trabajo que puede y desea realizar sin ser coartado por ninguna consideración relativa a su edad. Y si vamos a dejar de sentir prejuicios hacia los ancianos, será mejor que nos fijemos en un aspecto fundamental. A través de la Historia, una vital ventaja social ha sido reservada casi enteramente para los jóvenes. Me refiero a la educación...

Consideremos por un momento el factor de la educación...

En general, el promedio de educación que recibe el joven varía con la posición social y económica, así como con la estructura económica de la sociedad. El bien situado puede brindar a sus jóvenes un período de estudios más largos que el que puede ofrecer el pobre. De igual modo, una sociedad industrializada, con una gran complejidad de sus partes, requiere una educación más larga e intensiva que la recibida en una sociedad no industrializada.

En la historia de los Estados Unidos, en donde se ha conocido un constante aumento del nivel de vida y de industrialización, el período medio de educación ha sido cada vez mayor.

Sin embargo, a pesar de la gradual extensión del período de educación, ésta continúa asociándose con la edad juvenil. Persiste la fuerte impresión de que hay un momento de la vida en que se ha completado la educación, y ese momento suele llegar a una edad bastante temprana.

En cierto modo, esto le presta un aspecto desagradable a la educación. La mayoría de la gente joven, que padece con la disciplina de una escolarización forzosa y las incomodidades de un profesorado incompetente, considera con envidia que la gente adulta no necesita ir a la escuela. Una de las recompensas de la edad adulta -al menos así les parecerá a los jovencitos rebeldes- constituye la liberación del yugo educacional. Para ellos, el aspecto ideal de abandonar la infancia es no tener que estudiar nunca nada más.

Los sistemas educativos actuales, así como el concepto de que la educación es el castigo de los jóvenes, constituyen factores altamente negativos. El jovencito que abandona prematuramente la escuela y no recibe ninguna educación adicional, porque se pone a trabajar inmediatamente, aparece ante sus compañeros como una persona ya adulta. Por otra parte, el adulto que intenta aprender algo nuevo, a menudo es observado con cierta burla por mucha gente y se considera que vuelve a una segunda infancia.

Al asociar la educación sólo con los jóvenes, y al hacer socialmente difícil a las personas corrientes un aprendizaje posterior al período normal de estudios, dejamos al ciudadano medio con sólo la información y aptitudes adquiridas de adolescente. Después nos quejamos de la falta de habilidades de las personas entradas en años.

En un siglo XXI, que se inclinará decididamente en el sentido de la edad avanzada, el aspecto más efectivo de la falta de prejuicios contra la edad será romper enteramente con la tradición y convertir la educación en un derecho para todo el mundo. No tendrá que considerarse que la educación debe detenerse automáticamente a cierta edad o a cierto nivel. Podrá detenerse para un individuo si éste así lo decide libremente; y quienes decidieron interrumpir su formación, después podrían reanudarla asimismo con toda libertad.

Un mundo sin prejuicios contra la edad y de educación universal tendrá más sentido si recordamos que el siglo XXI será una época en la que se emplearán avanzadas computadoras e imperará la automatización. El trabajo que deberá realizarse para mantener en funcionamiento la sociedad requerirá no sólo el esfuerzo de una minoría de la población (esa minoría cuyos gustos y aptitudes les harán escoger libremente un trabajo u otro). ¿Y qué hará el resto?

Podemos imaginar un mundo idílico en el cual la mayoría de los humanos sólo se dedique a "divertirse", pero divertirse es bastante difícil. Un niño que se queja de que "no tiene nada que hacer" es objeto de muy poca simpatía por parte de padres muy ocupados, pero el niño lo pasa muy mal de cualquier modo. ¿Qué sucedería si tuviéramos millones de personas sin saber qué hacer?

La educación tendría que ser orientada hacia el ocio. La mayor cantidad de gente posible debería aprender los diversos sistemas conducentes a llevar una vida agradable. Cualquier cosa que usted haga con interés y bien le causará a usted un placer, así como también a los demás. Y aprenda usted lo que aprenda -tallar madera, diseño de computadoras o tenis- la mayor satisfacción la obtendrá después enseñando a otros, utilizando quién sabe qué nuevos procedimientos técnicos o psicológicos que estarán para entonces al alcance de la Humanidad.

Al ser enseñar y aprender las grandes tareas de la vida, la presión social se inclinará por un aprendizaje continuado, y en un extenso período de vida parecería natural embarcarse en un nuevo campo de conocimiento o actividad cada nueva década más o menos.

El premio será aprender nuevas cosas durante toda la vida y parece muy razonable suponer que la gente que se haya mentalizado a seguir aprendiendo cosas durante toda su vida, aprenda realmente nuevas cosas a lo largo de su existencia.

En un mundo semejante, el cambio de los criterios de edad en favor de las personas entradas en años no supondrá el comienzo de una decadencia en la creatividad y en la innovación. Quizá será muy al contrario.

Sin embargo, hay otro motivo de preocupación, aun cuando las formas física y mental de los individuos sean perfectas. ¿Qué podríamos decir de la especie en su conjunto?

Si las generaciones duran mucho y la población disminuye, ¿no se retardará el proceso de la evolución humana? Si se ofrece un ambiente estable, con la Humanidad protegida, mediante una maquinaria protectora, de cualquier cambio o trauma inesperados, ¿no se detendría el curso de la evolución de la Humanidad?

¿No podría suceder que la especie humana quedase estancada? Al crear un cómodo presente, ¿no negaríamos las potencialidades de un futuro progresista? ¿No podría perderse el auténtico destino de la especie en un ambiente amorfo causado por nuestro excesivo afán de brindar seguridad al individuo?
Quizá no necesariamente. A través de toda la larga historia de la vida justo hasta el presente, y en el caso de todas las especies -inclusive la nuestra- la evolución ha progresado al azar. Ello ha supuesto extraños cambios genéticos, ciegas matanzas de individuos, con lo cual la selección natural ha avanzado en esta o en la otra dirección.

No podemos condenar este proceso, ya que ha dado sus resultados. Al menos ha producido al hombre. Sin embargo, es un proceso que requiere tiempo. Desde la primera formación de una burbuja de materia que se pudiera considerar viva, costó al menos tres mil millones de años formar al hombre.

Una vez el hombre estuvo formado, surgió algo sorprendentemente nuevo: un cerebro lo bastante complejo como para conducir la evolución a un nuevo estadio intencional.

La Humanidad no es como otras especies, pasadas o presentes. Ha desarrollado la capacidad de utilizar técnicas de avanzada ingeniería biológica. Estas técnicas seguirán perfeccionándose y, gracias a ellas, aprenderá a controlar su propia evolución.

Una de las tareas del siglo XXI será hacer un mapa de todos los genes humanos, determinando su estructura y su funcionamiento, tanto solos como en combinación con otros genes. Será una tarea formidable, y todas las combinaciones genéticas no podrán ser comprobadas en un tiempo determinado.
No obstante, se podrán efectuar progresos y podrán ser establecidos "postes indicadores" para la modificación, reposición y recombinación de genes. Los resultados podrán ser experimentados en células individuales, en tejidos, órganos y, en su momento, en organismos intactos.

Sin que pretendamos señalar con exactitud las técnicas biológicas que serán desarrolladas, de todos modos podremos estar seguros de que la Humanidad se desplazará en alguna dirección predeterminada, a pasos lentos, pero millones de veces más deprisa que un ciego azar.

Esto se presenta ante nosotros como una formidable e impresionante tarea, y sólo pensar en posibles errores estremece. Pero, sin duda, los ingenieros de la evolución del siglo XXI serán razonablemente hábiles en su trabajo, cometerán menos errores de lo que tememos y serán cuidadosos para no hacer algo irreparable.

Aun cuando consideremos que un programa orientado hacia la educación y el ocio evitará cualquier decadencia de la iniciativa individual y de la creatividad, y que el desarrollo de la ingeniería genética impedirá cualquier detención de las especies, puede argüirse que todo esto no evitará el lento estancamiento de la Humanidad.

El mundo del siglo XXI, tal como lo estamos describiendo, es un mundo sin crecimiento físico. No se podrá permitir que la población crezca; en realidad, deberá disminuir. Ni tampoco podrá haber una continua expansión en el uso de recursos, ya que la Humanidad nunca olvidará la limitada capacidad de la Tierra tras las experiencias que se habrán conocido al final del siglo XX.

Por supuesto, habrá continuo crecimiento de los conocimientos y de la sofisticación con la que se desarrollará la tecnología humana, pero éste no es un factor obvio y debería, en todo caso, dedicarse enteramente a hacer de la Tierra un hogar confortable para una población limitada. La tendencia de la Humanidad sería hacia el establecimiento de una política estable de no-crecimiento.

Sin embargo, la Humanidad siempre ha vivido en el riesgo y en la aventura; quizás ha sido la posibilidad de fracasar lo que ha hecho tan excitante la persecución del éxito. Con el éxito asegurado, ¿con qué fin se emplearía la iniciativa individual, y con qué propósito de mejora de la especie se utilizaría la ingeniería genética? A falta de horizontes, ¿no puede llegar a perder su sentido la Humanidad?

De cualquier modo, no faltarían horizontes. La Humanidad ya ha podido salir de la Tierra. En seis veces distintas, dos hombres han caminado sobre la Luna. En principio, se brinda a la Humanidad una pluralidad de mundos.

En las presentes circunstancias, tales exploraciones espaciales no son prácticas. Conforme aumenta la población, la Humanidad deberá concentrar cada vez más sus esfuerzos en la tarea de sobrevivir. El pequeño esfuerzo que ya hemos hecho, justamente para llegar a la Luna y nada más, escandaliza a mucha gente que opina que tal gasto hubiera debido efectuarse en mejorar las condiciones de vida en la Tierra. En las próximas décadas, cuando las necesidades de la Tierra crezcan con terrible rapidez, la posibilidad de encontrar los recursos para desarrollar la exploración del espacio disminuirán con igual rapidez.

Pero en un mundo con bajo índice de natalidad y población disminuyendo, en un mundo en el que la tecnología haya sobrevivido y progresado, el panorama sería enteramente distinto.

En un mundo sin guerra (ya que a menos que se encuentre un modo de evitar el increíble despilfarro de energía y recursos que representan incluso los ejércitos en tiempos de paz, nuestra civilización no sobrevivirá) la exploración del espacio servirá como sustituto emocional. Será la aventura, que podrá ser compartida por todos los sectores de la Humanidad. Será como una guerra contra enemigo común: las vacías distancias del Universo.

Con técnicas avanzadas, los vuelos espaciales no serán tan caros ni peligrosos como ahora. Será posible no sólo alcanzar la Luna, sino crear un espacio habitable bajo su corteza que, inicialmente, recibirá los necesarios suministros de alimentos, agua y maquinaria, A partir de eso, mediante unos cuidadosos trabajos y el aprovechamiento de la propia corteza de la Luna, la colonia selenita podrá finalmente vivir independientemente de la Tierra.

Seguramente, la siguiente etapa será el viaje hasta Marte -más largo-, y hacia finales del siglo XXI es muy posible que lleguen a existir tres mundos humanos, cada uno de ellos marcadamente diferenciado de los otros dos.

La iniciativa y el ingenio humanos, que aún existirán en un mundo de gente entrada en años, encontrará mucho espacio para la expresión en el establecimiento, la expansión y la mejora de los dos nuevos mundos. Y esos nuevos mundos, en sus primeros períodos, pueden ser sociedades de jóvenes.
Las nuevas técnicas de ingeniería genética encontrarán su aplicación en controlar y guiar las obvias necesidades para los cambios en la anatomía y fisiología humanas que adapten debidamente a los nuevos pioneros de la vida en la Luna y en Marte.

En realidad, no habrá posibilidad de que la Humanidad sufra del aburrimiento que se produce en un mundo demasiado seguro y tranquilo. Costará bastante tiempo que la Luna y Marte ofrezcan a sus nuevos habitantes unas condiciones de vida seguras y tranquilas. Mucho antes de que se haya conseguido esto, la Humanidad habrá emprendido viajes más lejanos.

Más allá de Marte están las vastas extensiones del sistema solar exterior, con mundos tan increíblemente enormes como Júpiter, de tamaño mediano como los diversos satélites, y tan pequeños como los asteroides. En el siglo XXII se deberá ver el modo de explorar y aprovechar mejor esos mundos.

Y rebasando el borde del sistema solar se hallan las estrellas en números gigantescos. No sé si alguna vez podremos vencer el límite de la velocidad de la luz y será posible realizar viajes a las estrellas. No puedo decir si la Humanidad podrá construir enormes naves que cumplan la función de mundos y recorran el espacio sucediéndose a bordo las generaciones. Tampoco tengo modo de adivinar si la Humanidad, al explorar el Universo, encontrará otros seres inteligentes que puedan ayudar o perjudicar. Pero, suceda lo que suceda, existe un horizonte, y mientras éste exista, la Humanidad no se aburrirá nunca.

Si podemos superar las próximas décadas y sobrevivir a las crisis inmediatas que nos amenazan, existe la posibilidad de que lleguemos a gozar de un sistema solar habitado por unos humanos dichosos cuyos recursos no se agoten nunca.

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Actualización 12 de marzo de 2004

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