LORENZO

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ISAAC ASIMOV's

Vida y Tiempo

Casi puedo seguir los acontecimientos diarios por el tipo de artículos que me piden que escriba. Si hay en perspectiva el lanzamiento de una nave espacial a Marte, puedo estar completamente seguro de que me pedirán un montón de artículos sobre Marte.

Ya que a mediados de los años setenta se produjeron una serie de importantes terremotos, sospeché que se extendería la opinión de que la Tierra se estaba descomponiendo a pedazos por alguna razón mística y espectacular. Sabía que estas teorías de destrucción serían expuestas con particular ardor por personas que no sabían nada sobre el tema.

Esto significaba, yo estaba seguro de ello, que me solicitarían artículos que describieran terremotos considerando el asunto desde el punto de vista científico. Mis previsiones resultaron ser ciertas.

Cuando me pidieron que abordara el tema en una publicación tan corriente como Think, el órgano interno de la IBM, aproveché la oportunidad para ello y el siguiente ensayo es el resultado.

La tierra se encoge de hombros

¿Qué desastre natural puede producirse sin avisar y matar a un millón de personas en cinco minutos?

Un terremoto.

Si su respuesta era un tsunami, se trata casi de lo mismo, Un tsunami es iniciado por un terremoto centrado bajo el suelo del océano.

Todos los que han vivido la experiencia de un gran terremoto (y han sobrevivido) están de acuerdo en que el terror que causa es inenarrable.

Parece violar el curso de la Naturaleza. Se espera que llueva, que los ríos se desborden, que el verano sea caluroso y que el invierno sea frío. Los excesos o deficiencias en tal sentido pueden afectar la comodidad; sin embargo, todo el mundo está prevenido. Y puedes escapar, puedes encontrar cobijo.

Pero, ¿qué sucede con un terremoto? Es el propio suelo el que se conmueve y resquebraja cuando la madre Tierra se encoge de hombros. ¿Quién espera que falle la eterna solidez de la Tierra? Y, cuando lo hace, no hay sitio adonde ir. Todos los refugios se convierten en trampas mortales. Sólo se puede esperar hasta que el suelo vuelva a ser sólido... pero, ¿se puede volver a confiar en ese suelo?
Los que no han vivido la experiencia de un terremoto, raramente piensan en ello. Si hay terremotos en alguna parte, suelen producirse en otros lugares en el espacio o en el tiempo, o ambas cosas al mismo tiempo.

Hasta el año 1976...

Repentinamente, en ese año nos vimos bombardeados por desastres en Guatemala, en México, en Italia, en China. En todas partes el suelo estaba temblando. En todos los lugares las casas se derrumbaban. En todos los sitios la gente acampaba en las calles o huía.

¿Qué estaba sucediendo? ¿Es que la tierra se estremecía cada vez más? ¿Le había ocurrido algo a nuestro planeta? ¿Se estaba descomponiendo?

Probablemente no. Como en el caso de cualquier otro fenómeno natural, las incidencias varían de año en año. Hay algunos años en los que los terremotos son más numerosos y dañinos, y otros en que no lo son tanto.

Así, pues, ¿por qué parece que están las cosas tan mal? Existen tres razones para ello.

En primer lugar, las comunicaciones han mejorado enormemente desde la Segunda Guerra Mundial. No hace aún muchos años que extensas regiones de Asia, África e incluso de América del Sur vivían completamente aparte de nosotros. Si se producía un terremoto en una remota región de Turquía, Irán, China o Chile, sólo llegaban breves noticias al público norteamericano. Podía encontrarse un pequeño suelto en una página interior del periódico, con el titular "Terremoto en China", pero después no se oía ya ni una palabra. Ahora, cualquier terremoto se describe enseguida y con detalle en las primeras páginas. Los resultados incluso pueden ser vistos en la televisión.

En segundo lugar, nuestros intereses globales son mucho mayores. Ya no estamos tan aislados como hace unas décadas. Una vez hubo un periodista de Denver que dijo que una pelea de perros en las calles de la ciudad de Denver era para sus lectores más interesante que un terremoto en China, y tenía razón. Aun cuando entonces se informara de los terremotos, nadie se preocupaba de ellos, a menos que sucedieran en California, y entonces era California la que se preocupaba. Sin embargo, en la actualidad el mundo se ha hecho pequeño y los norteamericanos saben que cualquier cosa que suceda en el mundo puede afectarlos a ellos directamente, de modo que prestan mayor atención.

En tercer lugar, la población mundial ha crecido. En los pasados cincuenta años se ha doblado y ahora alcanza los cuatro mil millones. Las ciudades han crecido aún más deprisa que el medio rural, así que no sólo hay más gente en conjunto, sino que se halla en mayores y más densas concentraciones. A menudo habitan en casas destartaladas, decenas de millares de ellas, juntas sin solución de continuidad, y que no están preparadas para soportar un estremecimiento de tierra. Añadamos a esto que las obras de los hombres son mucho más complejas y costosas que las del pasado. Así, pues, cuando ahora se produce un terremoto, es probable que mate a más gente bajo los escombros de casas que se derrumban ya que esto causa más desastres que el temblor de tierra en sí hubiera causado cincuenta años atrás. Así que los terremotos parece que van a ser de peores efectos.

El terremoto de San Francisco de 1906, por ejemplo, que fue el peor que habían conocido los Estados Unidos, duró cuarenta y siete segundos, mató a cuatrocientas personas, quemó cuatro millas cuadradas a causa del fuego subsiguiente y produjo unos daños que ascendieron, en conjunto, a los 500 millones de dólares. Imaginemos un terremoto de la misma intensidad y duración en el San Francisco de hoy; pensemos que la ciudad está tan poco preparada como en 1906. No me atrevo a considerar la enormidad de los daños que se producirían.

¿Qué provoca los terremotos?

El antiguo mito griego lo atribuía a gigantes rebeldes a quienes Zeus había encerrado bajo tierra. Ocasionalmente, los gigantes, irritados por sus cadenas, cambiaban de postura y la tierra temblaba.

Los filósofos griegos, huyendo de lo sobrenatural, sugirieron, por otro lado, que el aire estaba atrapado bajo tierra y que estos vientos encerrados eran los que hacían estremecerse a la tierra de vez en cuando.

La ciencia moderna, durante bastante tiempo, no fue mucho más lejos en sus teorías, si bien se aprendió a detectar y medir los terremotos con fina exactitud.

En 1855, el físico italiano Luigi Palmieri inventó el primer sismógrafo útil, un instrumento introducido en un lecho de roca, y provisto con una pluma (hoy en día se utiliza un rayo de luz) capaz de producir una línea oscilante que se movía si la tierra temblaba. Cuando diversos sismógrafos, ampliamente distribuidos, detectan el mismo terremoto, pueden determinarse su epicentro e intensidad.

En 1935, el sismólogo norteamericano Charles Francis Richter inventó la "escala Richter" para medir la intensidad de los terremotos. La intensidad la da el logaritmo del máximo desplazamiento indicado por el sismógrafo a una distancia determinada desde el centro del terremoto. Cada número representa una intensidad que es un determinado número de veces mayor que el de la cifra inmediatamente inferior.

En esta escala, el número 2 representa un movimiento apenas perceptible, mientras que 6 representa un terremoto capaz de causar importantes daños. Todo lo que pase de 7 supone un terremoto catastrófico.

El terremoto de Guatemala del 4 de febrero de 1976 alcanzó el 7, 6 de la escala de Richter. El de San Francisco de 1906 y el más inmediato de Pekín de 1976, fueron de 8, 2 en la escala de Richter. Nunca se ha registrado nada superior a 8, 9, y tal terrible terremoto liberaría la energía equivalente (sin la radiactividad ni el calor, por supuesto) de cien grandes bombas H.

Pero, ¿qué provoca los terremotos? La respuesta sólo se supo en los años sesenta, tras estudios del suelo oceánico en primer lugar y, especialmente, la gran grieta del centro del océano.

La corteza terrestre no es de una sola pieza, sino que consiste en grandes bloques en contacto. En algunos lugares a lo largo de las junturas entre los bloques -indicadas por las fracturas oceánicas- de las profundidades de la Tierra surgen lentamente materias incandescentes, forzando la separación de dos bloques.

En otros lugares, como resultado de ello, dos bloques son empujados y chocan entre sí. Donde se juntan los bloques puede haber pandeo y formación de montañas; de otro modo, un bloque puede deslizarse hacia abajo, desplazándose a las altas temperaturas inferiores y fundiéndose.

Cuando dos bloques se ven forzados a juntarse, existe la posibilidad de deslizamiento hacia un lado, de modo que los bloques permanecen inmóviles mientras que las fuerzas que producen el deslizamiento aumentan cada vez más hasta que, de pronto, vencen la resistencia friccional. Entonces se registra un repentino movimiento y las vibraciones de ese movimiento constituyen el terremoto.

La mayor parte de los terremotos se producen en la proximidad de esas junturas entre los bloques: alrededor del Pacífico, por ejemplo, y en una línea Este-Oeste a través del Mediterráneo y Asia central. Existen "fallas" menores, fuera de las junturas de los bloques, que ocasionalmente provocan terremotos, si bien son menos comunes y menos potentes que los otros.

En 1976, las plataformas africana e india aparentemente se movieron hacia el Norte, de forma perceptible (cuestión de un par de centímetros) y esto, al parecer, causó convulsiones desde el norte de Italia hasta las Nuevas Hébridas.

¿Podemos predecir los terremotos?

En teoría, sí podemos hacerlo. Conforme la presión -que causa que un lado de la falla se deslice contra el otro- aumenta, se registran en el suelo algunos cambios menores antes de que se produzca la convulsión, y estos cambios, de un modo u otro, pueden ser registrados.

Hay cambios, por ejemplo, que se mencionan como "dilatación". Conforme aumenta la presión en las rocas subterráneas, se producen pequeñas grietas que van haciéndose mayores. No hay suficiente agua subterránea para llenar desde el principio esas grandes grietas, de modo que la densidad total de las rocas disminuye ligeramente. Eso significa que las ondas vibratorias que pasan a través de la roca lo hacen a una velocidad inferior a la normal. Pero, después, el agua se filtra en esas grietas mayores y las llena, con lo que las ondas vibratorias elevan su velocidad y entonces la falla está a punto de ceder.

En ese momento, los cambios en la roca cuando empieza a ceder poco antes de un terremoto incluyen un descenso en la resistencia eléctrica, un abultamiento del suelo, así como un aumento de la afluencia de agua desde abajo. La creciente afluencia de agua puede ser indicada por un aumento en la huella presente de gases radiactivos en el aire, gases que hasta entonces han permanecido aprisionados en las rocas. También hay aumentos en el nivel de agua de manantial, así como un incremento del barro.

De forma extraña, una de las señales más importantes de un inminente terremoto parece ser un cambio general en el comportamiento de los animales. Caballos normalmente tranquilos cocean y echan a correr, los perros aúllan, los peces saltan. Animales como serpientes y ratas, que por lo común permanecen ocultos en agujeros, de pronto salen al exterior. En California, investigadores del comportamiento que han estudiado las reacciones del chimpancé, han observado que este animal se pone inquieto y pasa más tiempo de lo corriente sobre el suelo durante uno o dos días antes del terremoto.

No debemos creer que los animales tienen la capacidad de predecir el futuro o que posean extraños sentidos de los cuales nosotros carezcamos. Viven en más íntimo contacto con el entorno natural y llevan unas vidas difíciles que los obligan a prestar más atención a los pequeños cambios, cosa que nosotros no hacemos. Los temblores que preceden a la convulsión real los sobresaltan; los extraños sonidos que surgen del roce de los labios de las fallas también serán motivo de alarma.

En China, donde los terremotos son más frecuentes y devastadores que en otras partes del mundo, se hacen grandes esfuerzos para predecir los temblores de tierra, y la población es movilizada para que sea sensible a las alteraciones. Se informa acerca del comportamiento extraño de los animales, así como sobre las variaciones del nivel del agua de los pozos, y también de extraños sonidos que surjan del suelo. De este modo, los chinos afirman haber previsto devastadores terremotos con un día o dos de antelación y haber salvado muchas vidas, en especial cuando se produjo un temblor de tierra en la China nororiental, el 4 de febrero de 1975, el cual alcanzó el 7, 3 de la escala de Richter. (Por otra parte, no existe ningún indicio de que los chinos estuvieran de algún modo preparados para el monstruoso terremoto que se produjo al sur de Pekín en 1976.)

También en los Estados Unidos, se está tomando más en serio la predicción de los terremotos. Nuestro fuerte es la alta tecnología y, probablemente, nos orientaremos en ese sentido. La precisa detección de cambios en los campos locales magnéticos, eléctricos, y gravitacionales podría ser útil, por ejemplo, como sería el control diario de cambios en el nivel y contenido químico del agua subterránea, las propiedades del aire y así sucesivamente.

Sin embargo, sería necesario señalar con exactitud la posibilidad de que se produzca un terremoto. El esfuerzo que se realizaría con una evacuación rápida causaría más trastornos personales y económicos que los daños producidos por un terremoto menor. Y si el terremoto fuese menor o no se produjese, la movilización sería un desastre sin paliativos. Además, si un aviso de terremoto resultase una falsa alarma, el siguiente aviso no sería considerado y entonces sí que ocurriría una tragedia.

Probablemente, para aumentar las posibilidades de predecir un terremoto con razonable seguridad, deberían realizarse una serie de mediciones, así como sopesar la relativa importancia de sus valores cambiantes. Uno puede imaginarse que las oscilantes lecturas de una docena de agujas diferentes, cada una de ellas midiendo una propiedad diferente, podrían ser transmitidas a una computadora, que pesaría constantemente todos los efectos y brindaría una cifra global que, al pasar cierto punto crítico, indicaría la necesidad de evacuación con una alta probabilidad de que no se tratase de una falsa alarma.
¿Podrían ser evitados los terremotos? No existe ningún sistema práctico mediante el cual podamos modificar la roca subterránea, pero el agua subterránea ya es otra cuestión. Si se excavan profundos pozos separados varios kilómetros a lo largo de la línea de una falla, y si se obliga al agua a entrar en ellos pudiendo salir luego, las presiones subterráneas podrían ser aliviadas y se podría, en tal caso, abortar un terremoto.

Por el contrario, sería posible provocar pequeñas convulsiones a intervalos. Un grupo de convulsiones menores, espaciadas en el tiempo, liberaría, en total, tanta energía como una gran convulsión. Las pequeñas convulsiones no causarían ningún daño.

Existen esperanzas.

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Actualización 12 de marzo de 2004

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