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ISAAC ASIMOV's

Vida y Tiempo

La vida se desarrolló en el agua, ésta vive aún en el agua, debe contar en cada momento con el agua como base de los cambios químicos que constituyen la vida.

Ustedes podrán pensar que el hombre será lo bastante inteligente como para no matar un recurso tan vital, como para no llenarlo de inmundicias. Pues bien, si piensan ustedes tal cosa... están equivocados.

Agua

¿Saben ustedes la magnitud que tiene un kilómetro cúbico?

Imagínense un cubo vacío -un kilómetro de longitud, un kilómetro de anchura y un kilómetro de altura- e imagínense ese cubo lleno de agua. Piensen en ese kilómetro cúbico de agua vaciado sobre la isla de Manhattan. Si tal agua permaneciese en una Manhattan que estuviese desnuda y llana, y el líquido no se escapara, cubriría toda la isla hasta una profundidad de 17, 5 metros. La profundidad de ese agua sería igual a la altura de un edificio de cinco pisos.

Eso es un kilómetro cúbico de agua.

La cantidad total de agua existente en la Tierra es de 1. 280.000.000 kilómetros cúbicos.

Toda ese agua es llevada por la gravitación terrestre a las más bajas zonas de la superficie de la Tierra, formando así como un aguazal, llamado el océano, que cubre el 70 por ciento de tal superficie. Sólo el 30 por ciento de la superficie de la Tierra es lo bastante alto como para emerger sobre la parte superior de tal aguazal, formando los continentes y las islas.

El océano posee una superficie de 360.000.000 kilómetros cuadrados, una extensión dieciséis veces superior a la de la Unión Soviética. Al menos en un lugar tiene una profundidad de 11 kilómetros, aunque su profundidad media alcanza los 3, 7 kilómetros.

Lo que es más. Este agua es la posesión permanente de nuestro planeta. Existe una fina llovizna de moléculas de agua que, a través de complicados procesos, se pierde en el espacio exterior, pero costaría muchos centenares de millones de años que tal pérdida resultase perceptible. Se consume algo de agua en diversos cambios geológicos, químicos y biológicos, en ocasiones con y en otras sin intervención humana. Sin embargo, el proceso describe un círculo y el agua es vuelta a producir. Mil doscientos cincuenta millones de kilómetros cúbicos de agua es lo que tenemos, tuvimos y tendremos.
Así, pues, ¿cómo podemos hablar de restricciones de agua?

Si el agua de los océanos fuera pura, no tendríamos que preocuparnos; pero tal agua no es pura. El agua es un excelente solvente y los océanos no sólo contienen agua, sino una variedad de materias sólidas que consisten en cloruro de sodio, que es la sal ordinaria de mesa. Cada kilómetro cúbico de agua del océano contiene unos 40.000.000.000 de kilogramos de sólidos disueltos.

El océano contiene miríadas de formas de vida que están adaptadas y florecen en tal solución salina. Sin embargo, la vida en tierra firme, ya sea vegetal o animal, no puede aprovechar el agua de los océanos. Si los seres humanos tuvieran a su disposición sólo agua oceánica, no tendrían agua para beber, ni agua para lavarse, ni para regar sus plantaciones, ni agua para sus procesos industriales. En breves palabras, no existiría civilización humana ni, por supuesto, vida humana.

Si la gravedad fuera la única fuerza a la que estuviera sujeta el agua de la Tierra, tal agua estaría en su totalidad en el océano y sería completamente salada. Toda la superficie de la Tierra estaría seca y, con excepción de las proximidades de las playas, tan estéril como la Luna.

Pero esto no es así. Existe una fuente de energía que basta para sacar agua del océano en gran escala: se trata del calor solar. La superficie del océano se evapora, particularmente en las regiones cálidas tropicales, y grandes cantidades de vapor de agua penetran en la atmósfera.

La atmósfera puede sólo contener un vapor de agua limitado y el aire frío puede contener menos que el aire caliente. Cuando el vapor de agua se eleva a las altas regiones frías de la atmósfera o cuando se desplaza hacia el Norte o hacia el Sur, lejos de los trópicos y en regiones más frías, ese vapor de agua se condensa en nubes formadas de gotitas de agua o de cristales de hielo. De vez en cuando, el agua se precipita fuera de la atmósfera, en forma de lluvia o de nieve, siendo restituida al océano, de donde procede.

Sólo alrededor del 1/30.000 de las disponibilidades de agua de la Tierra está en la atmósfera, como vapor de agua, de un golpe; pero esta cantidad constituye el equivalente de 45.000 kilómetros cúbicos de agua y es una magnitud comprensible en términos humanos.

El punto crucial es el siguiente: cuando el agua del océano se evapora, sólo el agua se convierte en vapor; la materia sólida se disuelve en el océano y permanece detrás. Esto significa que el vapor de agua en la atmósfera, y la lluvia y la nieve que se forma de él, es "agua dulce", y es precisamente tal agua la que los humanos pueden beber, la que utilizan para lavarse, la agricultura y la industria.

Pero, ¿adonde se va el agua dulce cuando se precipita?

La mayor parte cae directamente en el océano, por supuesto, y enseguida se mezcla y se pierde en el agua salada. Algunas de las masas de vapor de agua se desplazan sobre tierra firme, con lo cual se producen precipitaciones de lluvia y de nieve.

A veces, claro está, la gravitación se impone y algo de agua dulce que cae sobre tierra firme regresa al océano. Sin embargo, esto cuesta tiempo. En cualquier momento dado, hay alrededor de 33.700.000 kilómetros cúbicos de agua dulce en la atmósfera y en tierra. Esto significa que, de toda el agua de la Tierra, el 97, 4 por ciento es agua salada, y el 2, 6 por ciento es agua dulce.

Incluso una cantidad tan sólo de 33.700.000 kilómetros cúbicos de agua dulce parece algo inimaginable e imposible de consumir por los seres humanos, pero sigamos...

El agua dulce puede caer sobre la superficie de la Tierra en forma de lluvia o de nieve, según la temperatura del aire y de la tierra. Si cae en forma de lluvia, se hundirá en el suelo y rocas porosas hasta que final e inevitablemente alcance una capa de roca no porosa. Entonces empieza a depositarse como agua subterránea.

La fuerza de la gravedad puede causar que el agua subterránea se infiltre más en el interior de la tierra y, casualmente, regrese de nuevo al océano. En ruta puede encontrar tierra lo suficiente fina que le permita emerger a la superficie y engrosar estanques y lagos, o dar nacimiento a manantiales y ríos. Casi toda esta agua al aire libre regresa al océano más rápidamente que si lo hiciera infiltrándose por el suelo. (Desde luego, parte del agua se evapora directamente y puede regresar al océano mediante precipitación, o puede precipitarse sobre tierra, repitiendo nuevamente el ciclo.)

Y mientras que el agua líquida sobre tierra se infiltra hasta llegar al océano, unos 120.000 kilómetros cúbicos de lluvia o de nieve caen cada año sobre tierra firme para renovar el aprovisionamiento.
Si cae nieve sobre tierra firme, tiende a acumularse, ya que es sólida y no fluye en el sentido corriente. En las estaciones más cálidas, sin embargo, la nieve puede fundirse, causando el mismo efecto que si hubiera caído lluvia.

En regiones muy frías, puede no existir el suficiente calor veraniego para fundir enteramente la nieve invernal y, en tal caso, la nieve se acumula y se amontona año tras año y, bajo la presión de su propio peso, se convierte en hielo. Por ejemplo, en la Antártida existe una capa de hielo que cubre 14.000.000 de kilómetros cuadrados de tierra (1 1/2 veces la extensión de China o de los Estados Unidos), con una profundidad promedio poco superior a los dos kilómetros. El volumen de hielo acumulado en la Antártida alcanza, pues, los 33.000.000 de kilómetros cúbicos. En Groenlandia existe una cantidad algo menor, y hay una dispersión en otras regiones polares y en la cumbre de las montañas.

Todo incluido, existen 33.000.000 de kilómetros cúbicos de hielo en la Tierra, representando esto alrededor del 98 por ciento de toda el agua dulce que tenemos en nuestro planeta.

El hielo no continúa acumulándose indefinidamente, por supuesto. Su propio peso hace que se aplaste y empuje hacia fuera. Las grandes extensiones de hielo que están al borde del océano a veces se rompen, desprendiéndose grandes fragmentos que flotan por el océano como icebergs, hasta que se funden y son restituidos al agua marina. Desde la cumbre de las montañas, ríos de hielo llamados glaciares son empujados hacia abajo, y acaban por derretirse.

El hielo, aunque es una forma de agua dulce, por lo general no se puede aprovechar. La superficie de tierra cubierta con una capa de hielo permanente es tan estéril como la tierra que carece de agua. La Antártida es la región de nuestro planeta más desprovista de vida.

Esto nos deja con sólo el agua dulce líquida para uso directo de la vida en tierra, y la cantidad total de agua dulce líquida en nuestro planeta es de sólo 645.000 kilómetros cúbicos.

Esto representa sólo el 1/20 del 1 por ciento de toda el agua de la Tierra; y es con ese 1/20 del 1 por ciento con el que debemos arreglarnos.

¿Pueden ser suficientes 645.000 kilómetros cúbicos de agua potable? Si imaginásemos tal cantidad repartida equitativamente entre todos los humanos, a cada uno de nosotros nos tocarían 160.000 metros cúbicos. Lo que es más, si cada ser humano tuviera igual participación en la lluvia o en el agua que cae, obtendría 30.000 metros cúbicos de nueva agua dulce cada año, la cual remplazaría la que ha utilizado o desperdiciado.

¿Qué relación tiene todo esto con las necesidades humanas?

Supongamos que consideramos los Estados Unidos, en donde el agua se usa más pródigamente en una base per cápita y donde, al ser todas las cosas igual, la falta se notaría primero.

Suponiendo que un norteamericano medio bebiera ocho vasos de agua cada día, consumiría 0, 6 metros cúbicos en un año, lo cual casi no representa nada. El agua se utiliza para otros usos en el hogar, como, por ejemplo, fregar los platos, lavar la ropa y bañarse. Todo incluido, el norteamericano medio consume en su casa 200 metros cúbicos de agua al año.

Aun eso no es mucho. Necesitamos una gran cantidad de agua para nuestros animales domésticos, para nuestros cultivos, para nuestras industrias. Por ejemplo, hacer un kilo de acero requiere 200 kilos de agua, y hacer crecer un kilo de trigo requiere 8.000 kilos de agua.

Todo incluido, el agua que necesita Estados Unidos alcanza los 2. 700 metros cúbicos por año y persona.

En las regiones del mundo en que la industria está poco desarrollada y los métodos agrícolas son simples, el agua necesaria por persona y año no pasa de los 900 metros cúbicos. Así que la cifra global media que necesita cada habitante del mundo son 1. 500 metros cúbicos al año.

Esto parece esperanzador. Las necesidades promedias de 1500 metros cúbicos por persona y año es una fruslería que supone el 1 por ciento de las disponibilidades del mundo, e incluso el pródigo uso norteamericano del agua está muy por debajo del 1, 6 por ciento de las disponibilidades mundiales.
Así, pues, ¿cómo podemos hablar de escasez de agua?

Pues, sí señor. Examinemos bien las cosas.

En primer lugar, el agua potable líquida no está equitativamente repartida entre la población de la Tierra.

En algunos lugares es superabundante y se halla presente en cantidades mayores de las que el ser humano puede usar, o usa. Como un caso extremo, consideremos el río Amazonas, que atraviesa las húmedas y ecuatoriales regiones de América del Sur. El Amazonas es el río más grande del mundo y descarga en el océano, en un año, la suficiente agua potable como para abastecer con 1. 800 metros cúbicos a cada habitante del planeta. Bastaría con este caudal para atender a todas las necesidades de la Humanidad si pudiera ser salvado y distribuido. En realidad, el ser humano apenas aprovecha el caudal del Amazonas.

En otros lugares, las disponibilidades de agua líquida potable son bajísimas y dejan regiones de la Tierra áridas o semiáridas. En el pasado, tales regiones sólo daban la vida que permitían tales escasas disponibilidades de agua. Sin embargo, la aparición de seres humanos ha introducido un cambio.
La tecnología avanzada ha permitido que se obtenga agua de pozos profundos y de ríos distantes. El éxito en este sentido ha convertido algunas regiones desiertas en vergeles con próspera agricultura, industria y grandes poblaciones. Todo esto tiende a aumentar hasta el límite permitido por períodos de precipitaciones naturales o intensas. Pero cuando las lluvias están ausentes por años y se presenta la sequía (como sucede tarde o temprano), la tierra se desertiza y la vegetación muere, lo cual produce situaciones de emergencia, tal como sucede algunas veces en el Oeste de los Estados Unidos.

Otro ejemplo lo constituye la región del Sahel, al sur del desierto del Sahara. Allí la población ha aumentado y el uso del agua se ha hecho más fácil gracias a técnicas importadas. Pero se presentó una sequía de tres años, a mediados de los setenta, y murieron cien mil personas.

Así, pues, una excesiva explotación del medio ambiente por parte del hombre ha llevado a su deterioro. Técnicas agrícolas torpes han estropeado en gran cantidad enormes extensiones del suelo de la Tierra. Los rebaños de animales domésticos, las cabras en particular, han matado mucha vegetación.
Si se estropean la parte superficial del suelo y la vegetación, la tierra es menos capaz de absorber y retener la lluvia. La lluvia se escapa más rápidamente, acelerando el deterioro del suelo, con lo que la tierra pierde su fertilidad y se crean y extienden los desiertos: un proceso al que ahora se llama "desertización".

Finalmente, la industria humana, que utiliza el agua potable de ríos y lagos como alcantarilla para los desechos químicos y térmicos, y una población creciente que los llena con detritos biológicos, contaminan nuestras disponibilidades de agua potable cada vez más, haciéndolas cada vez más inaprovechables.

Júntese todo esto y se verá cómo la escasez de agua -a pesar de la aparente abundancia- no es una posibilidad futura, sino un innegable hecho presente.

Bueno, pues, ¿qué podemos hacer?

Existe una serie de posibilidades.

1. Dado que la fuente de agua es el océano y ya que toda el agua que de él se evapora a él regresa tarde o temprano, no sería malo tratar de acelerar tal evaporación. Al desalinizar el agua del océano, de una forma o de otra, podríamos obtener un aprovisionamiento directo e ilimitado de agua potable. Sin embargo, hacer tal cosa costaría un gasto de energía. Naciones ricas en energía y pobres en agua, tales como Kuwait y Arabia Saudita, obtienen agua potable de esta manera, pero son naciones escasamente pobladas con necesidades limitadas. Para llegar a una desalinización del agua del océano en gran escala, necesitaremos nuevas fuentes de energía que no han sido aún descubiertas.

2. Ya que el agua que cae sobre el océano se pierde por completo, cualquier cosa que produzca precipitaciones sobre tierra firme, a expensas de la lluvia sobre el océano (o sea, producir inundaciones), sería buena. Se puede conquistar terreno al mar en algunos terrenos favorables para ello, como Holanda, pudiendo recibir lluvia que, de otro modo, caería sobre el agua; pero esto sólo puede dar rendimientos limitados. La manipulación de las nubes, o métodos aún más sofisticados que se desarrollen en el futuro, pueden ser fructíferos en dirigir las precipitaciones de lluvia precisamente hacia las zonas donde sea ésta necesaria. Sin embargo, el beneficio para una región suele perjudicar a otra, de modo que los resultados ecológicos (y políticos) pueden ser desagradables.

3. Puesto que la nieve que cae sobre las capas de hielo es inútil para nosotros, debemos desarrollar métodos para explotar el agua potable congelada de los icebergs, en lugar de permitir que vaguen inútilmente por el mar. Podemos imaginar tales icebergs (en particular los de la Antártida), remolcados a lugares como Chile, o incluso por los trópicos hasta el Oriente Medio o Los Ángeles. Suena un poco a ciencia-ficción, pero es factible. (Derretir las extensiones de hielo es algo que debe ser descartado en cualquier circunstancia. Si todo el hielo de la Tierra fuese derretido, el agua iría a parar al océano, elevando el nivel del mar sesenta metros y anegando todas las zonas costeras bajas, densamente pobladas, del mundo.)

4. Teniendo en cuenta que la evaporación de agua de los lagos y del terreno constituye un importante factor de pérdida de agua potable, deben ser desarrollados sistemas para reducir la evaporación. Para lograr esto podrían ser colocados sobre el agua potable al descubierto películas de moléculas simples o ciertos alcoholes sólidos, o una capa de bolas de plástico. Israel, Chile, Italia y los Estados Unidos han realizado experimentos en tal sentido, pero el viento y el oleaje suelen romper la capa inhibidora, y si ésta permaneciese, existiría el peligro de limitar la renovación de oxígeno del agua que hubiese debajo.

5. Ya que la pérdida del agua de los ríos en el mar representa un despilfarro de agua potable, se deberían realizar todos los esfuerzos para efectuar una utilización más eficiente de este agua antes de permitir que se pierda en el mar. En este caso, un factor complicado es que todas las regiones por las que atraviesan los ríos consideran que tienen derecho a su agua; diferentes Estados, provincias o naciones podrían luchar violenta e interminablemente para obtener los mejores beneficios de tal aprovechamiento.

6. Puesto que las disponibilidades de agua potable en el planeta están muy desigualmente repartidas, el agua debe ser considerada como un recurso regional y, en última instancia, mundial. Del mismo modo en que el petróleo es producido en regiones de riqueza petrolífera y es enviado a regiones que carecen de este recurso, el agua debe ser producida y expedida, quizás, en grandes contenedores de plástico arrastrados por el mar por remolcadores. (En los tiempos anteriores a la refrigeración, una importante industria de Nueva Inglaterra consistía en cortar hielo de lagos y ríos helados enviándolo a otras partes, a veces por barco a considerables distancias.)

7. Dado que las disponibilidades de agua subterránea, suponen, en total, cuarenta veces el volumen del agua existente en ríos y lagos, tendría que intentarse por todos los medios explotar el agua subterránea más eficientemente, teniendo en cuenta no extraer más de la que pueda ser remplazada por proceso natural.

8. Habida cuenta de que las existencias de agua potable son cada vez más escasas, se deberán hacer todos los esfuerzos posibles para no desperdiciar nada. Esto significa que la contaminación de lagos, ríos y del agua subterránea debe ser mantenida a mínimo nivel.

9. Finalmente, y sobre todo, debemos comprender los límites del crecimiento. Conforme aumenta la población humana, asimismo cada vez es mayor la demanda de agua potable, no sólo para beber y lavarse, sino para la agricultura necesaria a fin de producir cantidades crecientes de alimentos, así como para la industria que manufactura los productos necesarios a la sociedad.

Si la población no se controla, el constante crecimiento de la población humana puede anular cualquier avance que podamos realizar en el aprovechamiento de las disponibilidades de agua potable; el colapso subsiguiente puede ser más catastrófico cuanto más tiempo pase.

Con ingeniosidad, buen sentido, buena voluntad y (lo más importante de todo, quizá) buena suerte, aún podríamos crear un floreciente y feliz planeta, pero el tiempo de gracia concedido para realizar semejante empresa es ya peligrosamente corto.

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Actualización 12 de marzo de 2004

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