LORENZO

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ISAAC ASIMOV's

Vida y Tiempo

En 1975, la Sociedad Astronómica del Pacífico me concedió el Premio Dorothea Klumpke-Roberts "por una extraordinaria contribución para la mejor comprensión y apreciación pública de la Astronomía".

Me sentí sumamente halagado y satisfecho, por supuesto, pero tal satisfacción se vio aminorada al enterarme de que, para corresponder al premio, debía escribir un artículo para la revista de la Sociedad. En dicha revista colaboran astrónomos profesionales y el nivel de los trabajos es muy elevado.

Me costó algo vencer mi estupor, pero, finalmente, conseguí escribir el siguiente ensayo, que la Sociedad publicó sin ninguna señal de descontento.

La cara de la luna

Es posible que el fenómeno astronómico más importante en los cielos sea el completamente accidental de que la Tierra posea un satélite tan grande y situado de tal modo que podamos ver su cara, con cierto detalle y sin necesidad de instrumentos.

Resulta claro que esto obedece a algo accidental. Venus que, en cuanto a tamaño, es gemelo de la Tierra, no posee ningún satélite. De hecho, si se consideran los planetas del sistema solar aparte la Tierra, los satélites que existen poseen masas que no son más que pequeñas fracciones en comparación con sus planetas. Si, a la luz de esto, nos pidieran que adivináramos el tamaño del satélite de la Tierra sin conocimiento previo de la actual situación, supondríamos que no tendría más de unos doscientos kilómetros de diámetro, como mucho.

Pero, en realidad, nuestro satélite, la Luna, posee un diámetro de 3.475 kilómetros: una cifra que representa más de la cuarta parte del diámetro de la Tierra, En comparación con su planeta, la Luna es, con mucho, el mayor satélite del sistema solar.1 

Supongamos que la Tierra es exactamente como es, en tamaño y rotación, pero que sólo hay estrellas en el cielo y que los seres humanos pueden existir de algún modo y observar tales cosas.

La Astronomía sería una ciencia de lo más aburrido y poco interesante. El cielo parecería una esfera que rotase lentamente, tachonado por rayitas de luz. No habría nada que hacer con esas estrellas, salvo admirar su belleza, sus diferentes grados de luminosidad, colores y formas, así como distinguir arbitrarias constelaciones. (Y una cosa más: a juzgar sólo por las estrellas y por la diferencia en sus posiciones con respecto al horizonte conforme uno se desplazara por la superficie de la Tierra, se podría asegurar, con bastante convicción, que la Tierra es una esfera.)

Añadamos el Sol. Hoy tenemos día y noche, y por la forma en que las estrellas cambian su posición de noche a noche, podría parecer que también el Sol se mueve alrededor de la Tierra, aunque con un ritmo distinto al de las estrellas. Se podría alegar que el Sol estaba encajado en una esfera igual que las estrellas, pero en una esfera transparente y que, por lo tanto, no podía ser vista, pues giraba a velocidad diferente a la de la esfera estrellada.

Ahora añadamos esos planetas que son visibles a simple vista -Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno- de modo que el cielo poseyera todos los cuerpos visibles con excepción de la Luna.

Resultaría que tendríamos una esfera para cada uno de los diferentes planetas, puesto que cada uno se mueve a un ritmo diferente. Además, ya que los movimientos no son constantes sino que varían de forma más bien complicada, la definición de las reglas que gobiernan los movimientos de esas esferas requeriría mucho tiempo, paciencia e ingenio, como, de hecho, así sucedió.

Al final, resultaría que la estructura sería tan abultada que se impondría el criterio de aceptar la proposición menos evidente de que el Sol es el centro del sistema planetario, y no la Tierra; y que era la Tierra la que rotaba veinticuatro horas, no el cielo. Ésta fue la tesis finalmente presentada por el astrónomo polaco, Nicolás Copérnico, en 1543.

En resumidas cuentas, podría parecer que, sin la Luna en el cielo, la historia de la Astronomía podría desarrollarse exactamente en la forma en que, en realidad, lo hizo.

Aunque podemos aducir, con toda razón, que la cosa no hubiera podido ser así sin la Luna, ya que sin la cara visible de nuestro satélite en el cielo posiblemente la Humanidad nunca se hubiera sentido impulsada a estudiar el firmamento con detalle. Se habría limitado sólo a admirarlo.
¿Qué diferencia supone la Luna? Añádase este satélite al cielo y veámoslo.

La Luna, igual que el Sol, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno se mueven en el marco de las estrellas, con su propia velocidad característica, y requieren una esfera separada propia. Por esta razón, los siete están unidos como planetas ("vagabundos"). (Únicamente en los tiempos modernos hemos separado el Sol y la Luna del resto a causa de las especiales características que los diferencian de los otros.)

Desde luego, la Luna se mueve con mayor rapidez que cualquier otro de los cuerpos errantes, pero esto en sí no posee demasiada importancia. Ello significa sólo que la Luna está más cerca de la Tierra de lo que está el resto y, en definitiva, uno de los planetas tiene que ser el más próximo.

Pero de los planetas, en realidad de todos los cuerpos celestes, sólo el Sol, la Luna y algún cometa muy ocasional pueden ser distinguidos como algo más que un punto de luz. De todos éstos, los cometas aparecen tan raramente que no ejercen ningún efecto en los cuerpos humanos normales, salvo el hecho de que producen un temor supersticioso. El Sol, a pesar de ser un gran cuerpo, es demasiado brillante para ser mirado más de un momento, excepto cuando está oscurecido por la niebla, e incluso entonces aparece como un círculo de luz sin rasgos característicos ni especial interés.

Por otro lado, la Luna es de luz mucho más suave y puede ser observada durante períodos indefinidos de tiempo. Asimismo, su estudio es fácil de realizar, ya que, al revés que el Sol, la Luna no es siempre un círculo de luz. La Luna cambia su forma, y se mueve de acuerdo con un ciclo regular de fases. (La existencia de fases no es única, sucede sólo que la Luna está lo bastante cerca como para permitir al ojo humano distinguir tales fases cambiantes. Venus y Mercurio también siguen un ciclo de fases, igual que la Luna, pero están demasiado lejos como para poder observar tales fases sin ayuda telescópica.)

El ciclo de fases de la Luna es ideal para atraer la atención. Dado que la Luna se mueve alrededor de la Tierra en una órbita sólo ligeramente elíptica, siempre parece poseer el mismo tamaño y la regularidad de su ciclo de fases no es confundida por cambios simultáneos de tamaño y velocidad de aparente movimiento por el cielo. Esto hizo del cambio de fases un provechoso campo de estudio en los días en que la Astronomía era rudimentaria en grado sumo.

Además, el cambio de fases de la Luna recorre su ciclo completo en algo más de veintinueve días, que es una conveniente extensión de tiempo.

Para el agricultor y cazador prehistóricos, el ciclo de las estaciones (el año) era particularmente importante, pero resultaba difícil apreciar que, por término medio, las estaciones se repetían cada 365 días y una fracción. El número era demasiado grande como para no perder la cuenta fácilmente.

Era mucho más sencillo y práctico calcular veintinueve o treinta días desde cada nueva luna hasta la próxima, y después contar doce o trece nuevas lunas para cada año.

Así, pues, el siguiente paso, una vez la Humanidad hubo observado los regulares cambios de fases de la Luna, era hacer un calendario que sirviera para llevar la cuenta de las estaciones del año en relación con las fases de la Luna.

Alexander Marshak, en su libro The Roots of Civilization, se muestra persuadido de que, mucho antes del comienzo de la Historia, el hombre primitivo marcaba piedras en un código cuyo objeto era llevar la cuenta de las nuevas Lunas.

Gerald Hawkins, en Stonehenge Decoded, se muestra igualmente persuasivo en el sentido de que Stonehenge era un observatorio prehistórico que también estaba dedicado a llevar la cuenta de las nuevas lunas, así como a predecir los eclipses lunares que se producían, ocasionalmente, en el plenilunio (y asustan menos si uno sabe de antemano que se van a producir).

El hecho de que el ciclo de las fases lunares no encaje en la rápida alternación de día y noche, o en la lenta alternación de las estaciones (un mes sinódico = 29, 53 días = 0, 081 de año), significaba que mientras la confección de un calendario era una labor bastante simple para el hombre primitivo y conseguía llegar a una aproximación útil, ello ofrecía la suficiente complejidad para inducir a las generaciones posteriores a una cada vez más sofisticada consideración de los movimientos comparativos del Sol y de la Luna.

Fue la imperiosa necesidad práctica de elaborar un calendario basado en las fases de la Luna, sobre la siempre cambiante forma de la cara de la Luna, la que impulsó a los humanos a desarrollar la Astronomía. Si la Luna no hubiera estado en el cielo, si el calendario lunar no hubiera conducido a los hombres a realizar una cuidadosa observación del cielo nocturno, ¿habríamos avanzado en el terreno astronómico?

De no haber sido por eso, hoy quizá no tendríamos Astronomía, así como tampoco las otras ramas de matemáticas y de Ciencias que la Astronomía ayudó a desarrollar.

Entonces también el hecho de que el cambio de fases era tan útil sólo podía favorecer la noción de la existencia de una deidad benevolente, la cual, por su amor a la Humanidad, había dispuesto los cielos en un calendario que guiaría a la Humanidad por los derroteros seguros para conseguir una segura provisión de alimentos. Cada nueva luna era celebrada como un festival religioso en muchas culturas primitivas, y el cuidado del calendario era encomendado casi siempre a manos sacerdotales. (La misma palabra "calendario" deriva del verbo latino "proclamar", puesto que cada mes sólo empezaba cuando la luna nueva era oficialmente proclamada por los sacerdotes.)

Debemos concluir, pues, que una parte considerable del desarrollo religioso de la Humanidad, de la creencia en Dios como un padre benevolente más que como un tirano caprichoso, puede atribuirse al cambiante rostro de la Luna.

Además, el hecho de que el detenido estudio de la Luna fuera tan importante en el control de las vidas diarias de los seres humanos hizo suponer que otros planetas también serían importantes. El rostro de la Luna pudo contribuir de este modo al desarrollo de la astrología y, a través de ello, a otras formas de misticismo.

Para ser, en amplia medida, el fundamento de algunos aspectos de la religión de la Humanidad, el misticismo y la Ciencia derivan, en cierto modo, de la existencia de la Luna en el cielo.

Los antiguos filósofos griegos encontraron estéticamente satisfactorio dividir el Universo en dos partes: la Tierra y los cuerpos celestes. Para hacer tal cosa, ellos fundamentaron en propiedades las diferencias existentes. Así que: Los cuerpos celestes eran todos luminosos, mientras que la Tierra no lo era.

Los cuerpos celestes no cambiaban, mientras que en la Tierra todo crecía y se marchitaba, se alzaba y decaía, nacía y se deterioraba.

Los cuerpos celestes se movían en órbitas circulares que eran regulares o irregulares en una forma repetida regularmente; mientras que, en la Tierra, los movimientos característicos de los objetos eran hacia arriba y hacia abajo o de forma por completo irregular.

En breve: los cuerpos celestes eran perfectos, y la Tierra no lo era.

Esta clase de división del Universo era elegante y simétrica, teniendo la virtud de complacer a las mentes académicas, quienes deseaban eliminar cualquier evidencia que pudiese perturbar la bonita imagen. Y había pruebas contra tal imagen, a pesar del hecho de que los filósofos la mantuvieron hasta el 1600. En realidad, había una gran imperfección en la imagen, y ésta se hallaba en la cara de la Luna.

A simple vista resultaba claro que la Luna, al menos, de entre los cuerpos celestes, no poseía luz propia, sino que era tan oscura como la Tierra. La relación de las fases con las posiciones relativas de la Luna y del Sol permitió ver claro, incluso en los tiempos antiguos, que la Luna brillaba sólo por reflejo de la luz solar. El cambio de fases no constituía una alteración real en la forma de la Luna, sino que era el resultado de la cambiante perspectiva desde la cual era contemplado un hemisferio lunar iluminado por el Sol.

¿Cómo podría caber duda alguna acerca de ello? Aun cuando uno no tuviera en cuenta las posiciones relativas de la Luna y del Sol como representantes de un sutil argumento convincente sólo para los teóricos, quedaba en pie el hecho de que cuando la luz del Sol era interceptada por la Tierra, el brillo de la Luna llena desaparecía lentamente. Cuando el eclipse se producía totalmente, la luz solar quedaba interceptada del todo (excepto la pequeña cantidad que pasaba a la Tierra filtrada por su atmósfera) y la Luna se oscurecía.

Otro fenómeno que todo el mundo podía advertir era cuando la Luna estaba en su fase creciente, presentando sólo una estrecha franja curvada de luz. El resto de la Luna podía entonces ser vista a veces brillando con cierta luz propia. Esto era llamado "la Luna vieja en los brazos de la Luna nueva".

¿Era sólo visible en ausencia de la luz solar esa débil luminosidad solar? Podía aducirse más convincentemente que este fenómeno demostraba que la Tierra, como la Luna, también brillaba por la luz solar refleja. Mediante un sencillo razonamiento geométrico de la situación, cuando la Luna aparecía creciente para un observador en la Tierra, nuestro propio planeta podría aparecer "lleno" a los ojos de un observador situado en la Luna. La vieja Luna en los brazos de la nueva Luna era, pues, iluminada por la espléndida luz de la Tierra llena, y podíamos ver la oscuridad de la Luna por su débil reflejo de la luz terrestre.

Al observar la cara de la Luna a simple vista, resultaba, pues, posible utilizar las fases y eclipses lunares y la aparición en su momento del creciente, para demostrar que la Luna y la Tierra eran ambos cuerpos no luminosos y que ambos brillaban por reflejo de la luz solar. La división teórica no era tan clara como hubiera tenido que ser. Al menos un cuerpo celeste, la Luna, era muy parecido a la Tierra en algunos aspectos, mientras que la Tierra, según cómo, tenía mucho de cuerpo celeste.

Otro fallo en la doctrina de la perfección de los cielos fue también revelado por la cara de la Luna. Tal cara no ofrecía una superficie de brillo uniforme, como hubiese requerido la perfección; en la cara lunar se observaban manchas, las cuales aparecían bien visibles con la Luna llena. Parecía que la Luna estuviera sucia y deteriorándose, como si participara de la mutabilidad que se creía era característica de la Tierra e inexistente en el cielo.

Todo esto hubiera debido ser considerado si los filósofos hubiesen admitido dos mundos, Tierra y Luna, ambos no luminosos e imperfectos, mientras que los demás cuerpos celestes podían aún ser considerados como luminosos y perfectos.

Sin embargo, esto era aparentemente inaceptable porque la autoridad filosófica y religiosa se habían fundamentado en demasiada medida sobre la proclamación de la unicidad de la Tierra y su papel como el único cuerpo celeste imperfecto, así como el único mundo.

Las manchas sobre la superficie de la Luna y su no-luminosidad podían ser explicadas, sin embargo, señalando que, de todos los cuerpos celestes, la Luna era el más cercano a la Tierra y, por lo tanto, el más expuesto a las imperfecciones terrestres. La explicación no era válida. En lo referente a la cuestión de que la luz terrestre iluminara la Luna, fue algo ignorado hasta los tiempos modernos.

Mientras los filósofos elaboraban su bello cuadro del Universo, la sabiduría popular supo aproximarse más a la realidad (como suele suceder más veces de las que los científicos están dispuestos a admitir).

Para un observador corriente de la Luna, resultaba imposible no intentar crear una imagen basándose en las manchas sobre la cara de nuestro satélite. Dado el natural antropocentrismo de la Humanidad, resultaba muy tentador imaginarse que aquellas manchas representaban un hombre, sucediendo así en el mejor conocido ejemplo de nuestra cultura.

Algunos han creído que el "hombre en la Luna" es descrito en la Biblia (Números 15, 32-36) como habiendo recogido leña en sábado. En la Biblia se dice que ese hombre fue lapidado, pero se crearon leyendas en el sentido de que el individuo fue puesto en la Luna para recibir mayor castigo. Allí lo acompañan un espino, representando las ramas que había recogido, y un perro.

Así, pues, mientras los filósofos no querían conceder especial importancia a las manchas de la superficie lunar, el pueblo llano veía un hombre en la Luna. Para la gente sencilla, la Luna no era sólo un mundo, sino un mundo habitado.

En definitiva, la cara de la Luna, a pesar de todo lo que dijeran los más rigurosos filósofos, dio paso al concepto de la pluralidad de los mundos.

Después de todo, una vez que se creó la noción de que al menos una de las luces celestes podía ser algo más que una luz, se tuvo que dar un paso muy pequeño para suponer que todas las luces eran asimismo algo más que luces. Si la Luna era un mundo, un mundo habitado, entonces, ¿por qué no suponer que todos los cuerpos celestes estaban habitados?

No sabemos cuándo se empezaron a relatar los primeros cuentos de lo que hoy llamamos viajes espaciales; sin embargo, el más antiguo que ha llegado hasta nosotros se remonta al siglo II a, de J. C. En aquel tiempo, el escritor sirio Luciano de Samosata escribió acerca de una nave que fue elevada al cielo por un golpe de mar. En el relato se describen seres inteligentes habitantes de la Luna, así como referencias a la guerra que éstos libraban contra los seres inteligentes del Sol, a causa de su conflictiva ambición de colonizar Venus.

La teoría de la pluralidad de los mundos no se limitó a creadores de leyendas o a visionarios. Las deducciones que podían hacerse sobre la cara de la Luna inspiraron la herejía incluso entre las filas de los filósofos.

El cardenal alemán Nicolás de Cusa, en un libro publicado en 1440, sostuvo que la Tierra giraba sobre su eje y se movía alrededor del Sol; que en el espacio no había ni "arriba" ni "abajo"; que el espacio era infinito, y, finalmente, que las estrellas eran otros soles que tenían en su entorno otros mundos habitados en número infinito.

En todo esto, Nicolás de Cusa estaba muy de acuerdo con los conocimientos de la moderna Astronomía, pero Nicolás no pudo probar entonces ninguna de sus teorías. Por inspiradas que fueran, no pasaron de ser simples especulaciones, las cuales no tuvieron ningún efecto en la Ciencia de su época.

Para él fue preferible así, ya que al no producir sus teorías ninguna conmoción, no despertó el odio de nadie y se le permitió vivir en paz el resto de su vida.

Pero entonces, en la época de Nicolás de Cusa, el "establishment" religioso y filosófico era pacífico y seguro. Siglo y medio más tarde, el filósofo italiano Giordano Bruno proclamó en voz alta unas teorías similares a las de Nicolás, en un momento en que la religión en Europa estaba dividida en facciones contendientes y en que las teorías de Copérnico trastornaban el orden astronómico establecido. Las disensiones contra la ortodoxia no podían ser toleradas bajo tales circunstancias y, en 1600, Bruno fue quemado en la hoguera por herejía.

Incluso en los tiempos de Bruno, eran frecuentes las discusiones entre quienes sostenían la teoría de la pluralidad de los mundos y quienes aceptaban la unicidad de la Tierra. Nadie podía demostrar categóricamente ninguna de las dos teorías; se limitaban a vociferar.

Sin embargo, en 1608 se construyeron los primeros telescopios primitivos, en Holanda, y, en 1609, el científico italiano Galileo Galilei se construyó uno algo mejor y lo enfocó hacia el cielo.

Mirara donde mirase, Galileo hizo descubrimientos revolucionarios. Al observar la Vía Láctea, por ejemplo, vio que estaba formada por miríadas de débiles estrellas. Y, desde luego, dondequiera que mirase, podía ver más estrellas a través de su instrumento de las que podía observar a simple vista. Esto permitió fijarse en que en el cielo había cosas que nadie había podido ver antes. Por ésta, y no por otra razón, podía argumentarse que la sabiduría de los antiguos tenía que ser limitada y no debía ser seguida con los ojos cerrados.

Al estudiar Júpiter, Galileo descubrió cuatro pequeños satélites que lo rodeaban. Esto constituía la prueba visible de que, en definitiva, la Tierra no era el centro en torno al cual giraban todos los cuerpos celestes, según se creía en la Antigüedad. Al menos cuatro cuerpos giraban en torno a Júpiter y la teoría de Copérnico en el sentido de que los planetas giraban en torno del Sol pareció entonces menos absurda.

Al observar Venus, Galileo comprobó que este planeta seguía fases igual que la Luna. De nuevo esto había sido predicho por la teoría de Copérnico, pero no por la Ciencia ortodoxa. También brindaba una prueba visible de que Venus, como la Luna y la Tierra, no poseía luz propia y, por lo tanto, podía ser un mundo. Esto también fue confirmado por el hecho de que, en el telescopio, los diversos planetas se expansionaban en pequeños círculos de luz semejantes a la Luna. También éstos eran cuerpos extensos y parecían rayas de luz sólo a causa de la gran distancia a la que se hallaban.

Galileo descubrió también que el Sol tenía asimismo manchas negras, un golpe para la idea de la perfección de los cielos que afectó hasta al concepto del cuerpo, considerado como el ideal absoluto de perfección.

Sin embargo, todas esas observaciones no habían alcanzado un elevado nivel. Los satélites que rodeaban Júpiter eran como rayitas de luz moviéndose alrededor de una raya más grande. Las fases de Venus eran sólo delgados crecientes y semicírculos. No ofrecían una prueba directa de la existencia de mundos, eran sólo esotéricos fragmentos de datos de los cuales debía deducirse la existencia de tales mundos, y, por lo tanto, no ofrecían ninguna prueba concluyente por sí mismos.

Pero estas observaciones no se quedaron solas. En definitiva, si uno tiene un telescopio, ¿qué mirará primero? Seguramente hacia la Luna.

Y esto es lo que hizo Galileo. Antes de mirar hacia cualquier otra cosa, observó la Luna. Al ser estudiada la cara de la Luna a simple vista, había dado nacimiento a la noción de la pluralidad de los mundos. Al ampliarse merced a la observación del telescopio de Galileo, supuso más, ya que Galileo, lisa y llanamente, vio un mundo.

Galileo pudo distinguir cordilleras y lo que parecían cráteres volcánicos. Asimismo vio manchas oscuras que recordaban los mares. La Luna no era una esfera plateada completa y perfecta, ni siquiera una perfecta esfera oscura plateada por la luz solar. Su superficie era muy áspera, quebrada, imperfecta, semejante a la de la Tierra. Era un mundo.

Esto era algo que no ofrecía lugar a dudas. No cabían las deducciones, ni siquiera brindaba argumentos para discutir. Constituía una prueba a los ojos de cualquiera.

Por fin, excepto en el caso de los astrónomos que preferían sus libros de texto a sus ojos, no hubo dificultades en aceptar el concepto de la pluralidad de los mundos. Y una vez se aceptó la Luna, encajaron todas las demás pruebas.

El efecto del descubrimiento de Galileo acerca de que la Luna era un mundo quedó bien patente por el hecho de que enseguida se hicieron populares las novelas interplanetarias. El público corriente estaba claramente impresionado.

El astrónomo alemán Johannes Kepler escribió una historia titulada Somnium, publicada póstumamente en 1634. Su héroe era llevado a la Luna por unos espíritus y ya que la Luna de Kepler no estaba habitada por seres inteligentes, hizo aparecer extraños animales y plantas que crecieron rápidamente durante las dos semanas del día lunar, y entonces murieron.

Un clérigo inglés, Francis Godwin, escribió una historia mucho más popular titulada Man in the Moon, publicada en 1638. El protagonista de Godwin huyó a la Luna en un carro tirado por grandes gansos, los cuales se suponía migraban a la Luna regularmente. Godwin describió la Luna como un mundo muy semejante a la Tierra, aunque mejor.

En 1650, Cyrano de Bergerac, el escritor y duelista francés, publicó su Viaje a la Luna, en el cual describía siete distintas formas fantásticas de realizar el viaje. Uno de los sistemas era el uso de cohetes, en lo cual sin duda estuvo acertado. Resulta interesante que Cyrano sugiriese este método en un relato de ciencia-ficción, una generación antes de que el científico inglés Isaac Newton estableciese firmemente esta teoría científica.

Esta oleada de novelas interplanetarias, inspirada en la mejor observación, por parte de Galileo, de la cara de la Luna, resistió el paso del tiempo. Edgar Allan Poe, Julio Verne y H. G. Wells escribieron sendas historias sobre viajes a la Luna. Después de Wells, los viajes espaciales se convirtieron en tema común de la ciencia-ficción.

Y, de nuevo, merced a la existencia de la cara de la Luna, que ya había desempeñado un papel tan importante en el desarrollo del pensamiento humano, fue posible que los viajes interplanetarios pasaran de la ficción a la realidad.

Que la Luna aparezca tan grande como se ve en el cielo -que haya una cara visible de la Luna- se debe a una combinación de su tamaño y de su proximidad a nosotros.

Se halla a 381.000 kilómetros de la Tierra. Esto representa una gran distancia, pero, desde luego, no una distancia excesiva. Es sólo 9, 5 veces tan grande como la circunferencia de la Tierra y los primeros cohetes primitivos capaces de transportar al hombre por el espacio podían recorrer esta distancia en sólo tres días. Concediendo un día para la exploración y después el regreso, el primer intento de exploración de la Luna no supondría más de una semana.

Constituye un desafío, pero no un desafío imposible.

Imaginemos cuál hubiera sido la situación si no hubiera existido la cara de la Luna en el cielo, si la Luna no existiera. En tal caso, el cuerpo más cercano alcanzable por nosotros habría sido Venus, que, incluso en su momento de mayor proximidad, se encuentra a 40.000.000 kilómetros de la Tierra, o 105 veces más lejos que la Luna.

Posiblemente, Venus no podría ser explorado en un viaje de sólo una semana. Costaría quizás un año y cuarto. El hecho de permanecer encerrado en una nave espacial durante un año y cuarto, con el fin de poder realizar la más sencilla exploración interplanetaria posible, hace parecer dudoso que alguien haya soñado alguna vez realizarlo.

La Luna es, necesariamente, el primer paso que debemos dar, igual que en un juego de niños en el que podemos probarnos y desarrollarnos.

También podemos suponer que la Luna existiera, pero que no mostrase su cara debido a que se hallara más lejos o fuera más pequeña. Si estuviera a 3.200.000 kilómetros, aparecería en nuestro cielo como una brillante raya de luz y no mostraría una cara claramente distinguible. En tal caso, deberíamos pensar en un viaje de ida y vuelta de dos meses, en lugar de una semana. Quizá demasiado difícil para ser un primer paso.

¿Y si fuera pequeña? Cuanto más pequeña fuera la Luna, menos parecería un mundo y hubiera despertado menos interés. No habría representado un suficiente desafío como para forzarnos a enviar allí algo más que una sonda no tripulada.

En cualquiera de los casos, pues, en que el cielo hubiera carecido de la cara de la Luna, nosotros podríamos haber desarrollado la Era espacial hasta el punto de colocar satélites de todas clases en la proximidad de la Tierra, y hubiésemos enviado sondas espaciales no tripuladas a explorar los demás cuerpos del sistema solar; pero la cosa no hubiese pasado de ahí. Nunca se nos hubiera ocurrido enviar naves tripuladas, puesto que no existiría en el espacio ningún cuerpo interesante que pudiéramos soñar alcanzar, o ningún cuerpo que pudiésemos alcanzar y que ofreciera algo más que un mínimo interés.

En pocas palabras, el hecho de que exista en el cielo la cara de la Luna ha hecho posible el desarrollo de los viajes espaciales. Ha sido la superficie de la Luna, a través de una serie de influencias que se remontan a los albores de la prehistoria, la que hizo posible que una nave espacial alunizara, el 20 de julio de 1969, y que dos hombres pudieran salir de dicha nave y caminar sobre... la superficie de la Luna.


1 En 1978, esto ya no es verdad. Plutón parece tener un satélite de casi su mismo tamaño. (N. del A.)

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Actualización 12 de marzo de 2004

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