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Tengo escrito otro ensayo destinado a una guía de programas de televisión. Dado que, a través de la Guía de TV, llego a millones de personas a las que de otro modo nunca hubiera podido acercarme y quienes no están de acuerdo con mis puntos de vista laicos, espero cartas con todo el estoicismo del que soy capaz. En el caso de este ensayo, se pusieron objeciones a mi descripción de la Biblia en el sentido de que da crédito a la teoría de que las enfermedades las causan los malos espíritus. Encuentro fastidioso discutir sobre el significado de la Biblia, pero la he hojeado y he hallado un versículo relacionado con lo antedicho: "Ya atardecido, le presentaron muchos endemoniados [a Jesús], y arrojaba con una palabra los espíritus, y a todos los que se sentían mal los curaba. " (Mateo 8, 16.) Uno puede argüir que la palabra "demonios" y "espíritus" no debe ser tomada al pie de la letra, y que cumplen el mismo propósito que nuestros presentes términos "gérmenes" y "bacterias". Sin embargo, lo que importa es saber si nuestros religiosos contemporáneos recurren al simbolismo para ocultar su propio desconcierto ante unas concepciones bíblicas que ellos consideran primitivas. Por desgracia, en el pasado (incluso ahora también) la mayoría de la gente interpretó esos versículos literalmente, siguieron al pie de la letra tales interpretaciones y produjeron un daño incalculable a nuestro mundo. Lo que causa daño no es tanto el estar equivocado, sino, aferrarse al error humano denominándolo verdad divina. Si existe una blasfemia imperdonable, seguramente será ésa. |
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Antes de las bacterias |
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En los tiempos anteriores a la concepción científica del Universo, era frecuente creer que todos los misteriosos fenómenos que nos rodeaban eran obra de seres invisibles y sobrenaturales: buenos, malos e indiferentes. Entre los malos espíritus se contaban aquellos que producían calamidades a los seres humanos: se apoderaban de sus cuerpos y les causaban enfermedades. ¿Cómo se podía uno desprender de los malos espíritus y curar las enfermedades? Por un lado, mediante conjuros mágicos; por otro lado, con pociones nocivas, ya que éstas debían disgustar al espíritu y forzarlo a abandonar el cuerpo. Los antiguos egipcios ya habían desarrollado elaborados métodos, tanto mágicos como químicos, para combatir los malos espíritus y esto ha seguido así hasta nuestros tiempos. Aún hoy, los remedios populares están llenos de hechizos y pociones. La Biblia respaldó esta teoría de los malos espíritus causantes de las enfermedades, puesto que los Evangelios describen cuidadosamente cómo Jesús curaba las enfermedades expulsando a los demonios. Como resultado de ello, era muy frecuente en la Edad Media y Moderna tratar de forma brutal a los mentalmente enfermos, en un esfuerzo para expulsar de ellos a los malos espíritus, Incluso en nuestros días apoyamos esa teoría en películas tales como El exorcista. El primer paso notable para apartarse de la teoría de los malos espíritus lo dieron los antiguos griegos. Hacia el año 400 a. de J. C., Hipócrates y sus seguidores sugirieron que la enfermedad no era una invasión desde el exterior, sino un trastorno interior. Según ellos, las varias sustancias que componían el cuerpo tenían un equilibrio adecuado en las personas que se encontraban bien, y un desequilibrio (a causa de una sustancia superabundante y otra deficiente) en la gente enferma. Hacia el 300 a. de J. C., un médico griego, Erasistrato, sospechó que la principal causa de este desequilibrio en el cuerpo obedecía a una superabundancia de sangre. Esto dio paso al sistema de sangrar a los pacientes para curarlos; tal cosa se siguió haciendo durante dos mil años y ayudó a matar a innumerables personas que no habrían fallecido si se les hubiese dejado solos con su enfermedad. En fecha tan tardía como 1799, la sangría contribuyó a matar a George Washington, quien padecía una enfermedad de la que seguramente se habría recuperado si los doctores se hubiesen mantenido apartados. |
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Otra teoría acerca de las enfermedades hizo recaer la culpa en la influencia de las estrellas en malas combinaciones. Esta teoría astrológica ha dejado su huella en la palabra italiana influenza, "gripe", que forma parte de varios idiomas. También se creyó que causaba enfermedades el mal aire, que traducido al italiano da "malaria". En los tiempos antiguos, nadie pareció advertir que algunas enfermedades eran contagiosas. Sin embargo, en la Biblia había detalladas descripciones acerca de la manera en que la gente que padecía varias enfermedades de la piel (agrupadas bajo el término genérico de lepra) era aislada de la población general. Esto obedecía más a razones religiosas que a un temor de infección. Esta pauta fue seguida en la Alta Edad Media europea, y a causa de que tal aislamiento parecía reducir la incidencia de tales enfermedades de la piel, prosperó la idea de que el aislamiento podía ser efectivo en otros casos. Así, pues, en el siglo XVI se extendió ampliamente la práctica de la "cuarentena". La cuarentena ayudó a detener la propagación de una enfermedad, mientras que no guardar tal cuarentena contribuía a su extensión. De este modo, la gente empezó a comprender que las enfermedades podían ser contagiosas. Entonces, en el siglo XIV, cuando la Muerte Negra se desencadenó con una furia sin precedentes, el hecho del contagio, ya latente en la conciencia de todo el mundo, quedó demostrado de forma inequívoca. Una vez se hubo comprendido lo del contagio, se creó una progresiva aversión a mantener contacto con la gente enferma, así como con todo lo que tocaban, con lo cual empezó a imponerse la noción de la higiene. Sin embargo, tal noción experimentó un desarrollo muy lento. En una fecha tan próxima a nosotros como 1847, un médico húngaro, Ignaz Semmelweis, fracasó en su intento de obligar a los doctores de un hospital vienés a que se lavaran las manos antes de traer al mundo a los niños. Semmelweis fue expulsado y los médicos dejaron de lavarse las manos. El número de mujeres que fallecieron a consecuencia de la fiebre puerperal descendió drásticamente en el breve intervalo en el que los médicos se lavaban las manos; cuando se dejaron de lavar las manos, la mortalidad volvió a aumentar. En 1546, un médico italiano llamado Girolamo Frascatoro publicó un libro que representaba la primera consideración razonada acerca del proceso del contagio. Tras describir los varios modos en que se puede propagar una enfermedad, sugirió que debían de existir cuerpecillos, demasiado pequeños para poder ser vistos, que estaban presentes en las personas enfermas y que podían pasar, por contacto directo o indirecto, a las personas sanas. En las personas sanas, aquellos cuerpos diminutos se multiplicarían y causarían también la enfermedad. |
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En realidad, Frascatoro tenía razón, pero dado que tales cuerpecillos no podían ser vistos ni detectados de ningún modo, ello no supuso un progreso efectivo sobre la teoría de los malos espíritus. En 1683, Leeuwenhoek consiguió distinguir cosas aún más pequeñas, las cuales hoy conocemos como bacterias. De todos modos, aún hubo de pasar otro siglo para que los microscopios fueran lo bastante perfectos como para permitir observar las bacterias con cierto detalle. En 1786, un biólogo danés, Otto Friedrich Müller, publicó un libro en el que, por vez primera, las bacterias fueron descritas y clasificadas. ¿Eran las bacterias los cuerpecillos que Frascatoro había imaginado que existían? Para que esto fuera así, debían ser descubiertos tipos específicos de bacterias en todas las personas con una enfermedad determinada, pero no en los individuos que no tuvieran tal enfermedad. El desarrollo de una enfermedad debe mostrarse acompañado por la aparición de las bacterias. Esto fue demostrado por el químico francés Louis Pasteur, así como por el médico alemán Robert Koch, hacia 1860 y 1870. Con esta "teoría de las enfermedades por gérmenes", los médicos empezaron la conquista del contagio que, en un siglo, permitió doblar las expectativas de vida humana de treinta y cinco años a setenta años. |
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