LORENZO

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ISAAC ASIMOV's

Vida y Tiempo

Segunda parte - Vida presente

Se me pidió que escribiera un artículo en honor del trigésimo aniversario de la fundación de las Naciones Unidas. Así lo hice, aunque me sentí lleno de triste decepción. Tengo bastantes años como para recordar la esperanza e ideales con los que se fundaron las Naciones Unidas. Sería una organización que, al revés de la antigua difunta Liga de Naciones, debía estar por encima del nacionalismo destructivo y ser portavoz de la Humanidad unida.

Su propio nombre lo indicaba. La nueva organización no tenía que ser sólo una "liga" de naciones independientes y egoístas; tales naciones debían estar "unidas" en la búsqueda común de metas comunes. Pero, por desgracia, la estupidez del hombre parece invencible. Las Naciones Unidas se han convertido en un despreciable foro utilizado para las ambiciones privadas nacionalistas, mientras las naciones forman insensatas alianzas apresurándose a ver quién tiene el honor de acelerar la destrucción de la Humanidad.

Y, sin embargo... supongo que los discursos hostiles son preferibles a los actos hostiles; las Naciones Unidas ofrecen un foro que, si bien ahora se emplea de forma indebida, en el futuro puede tener mejor destino.

Así, pues, escribí el artículo siguiente, poniendo cuidadoso énfasis en mi propia visión globocéntrica del mundo.

El mito del aislamiento

La historia de la civilización es comparable al ensanchamiento de las ondas concéntricas en el agua. Cada siglo, un hecho político o militar en un lugar ha hecho que sus efectos se sintieran paulatinamente más lejos de ese lugar. Cada siglo, una sociedad particular ha sido cada vez menos ignorante de las conmociones que se producían en otros lugares. Por ejemplo:

En el año 1650 a. de J. C., a los griegos no les preocupó que el Imperio Medio egipcio, a unos 750 kilómetros de distancia, hubiera caído en manos de los invasores hicsos. Sin embargo, en el 525 a. de J. C., la conquista de Egipto por parte de los persas asustó tanto a Grecia que este país reconoció que se enfrentaba con una crisis. Posteriormente, Grecia ya no permaneció históricamente indiferente a los acontecimientos en el Mediterráneo oriental.

En el 215 a. de J. C., el duelo mortal entre Roma y Cartago no produjo ningún eco entre los britanos, confinados en su pequeña isla, situada a unos mil quinientos kilómetros del teatro de los acontecimientos. En el año 407 d. de J. C., sin embargo, la situación de Italia con respecto a los invasores fue de sumo interés para los britanos, ya que la presencia de Alarico en la Italia del norte, le costó a Bretaña su guarnición romana y, durante un tiempo, su civilización. Ya nunca más en su historia, la isla permaneció al margen de los acontecimientos producidos en la Europa occidental.

Hasta un año tan cercano a nosotros como 1935, la mayoría de norteamericanos podían aún vivir indiferentes a lo que sucedía en Europa, a 4. 500 kilómetros de distancia. No obstante, al cabo de treinta años, los norteamericanos estaban persuadidos de que lo que ocurría en Saigón, a 15.000 kilómetros de distancia, era de importancia tan vital como lo que sucedía en Kansas, puesto que debían morir decenas de miles de norteamericanos.

Los Estados Unidos ya no pueden permanecer impasibles a las convulsiones que se van produciendo por el mundo. En realidad, ninguna nación puede hoy permanecer indiferente.

Suponer que cualquier grupo de personas debe preocuparse sólo de sí mismos y sus inmediatos vecinos es propio de vivir en un mundo de fantasía. Las cosas ya no son así.

Los más estrechos contactos establecidos por la Humanidad a lo largo de su historia han sido el resultado del avance de la tecnología.

El progreso de la tecnología ha ampliado el alcance de varias sociedades, permitiéndoles hallar sus recursos a distancias cada vez mayores, al tiempo que también ha aumentado sus necesidades y apetitos por esos recursos.

Ahora el alcance es mundial. En la actualidad todo el mundo compite por los recursos mundiales. Ninguna nación, por grande, populosa, rica y avanzada que sea puede ya mantener a su gente, su complejidad y sus ambiciones ilimitadas utilizando sólo la tierra, el mar y el aire dentro de sus propias fronteras políticas. Cada nación necesita a las demás y es necesitada por éstas.

Hay naciones ricas en algunos aspectos y pobres en otros. Existen asimismo naciones pobres en todos los sentidos. Sin embargo, no hay naciones que sean lo suficientemente ricas como para permanecer autárquicas.

Sólo el mundo entero como una unidad es rico en todos los aspectos, siempre que limitemos nuestra natalidad y seamos más prudentes en el uso de nuestra energía.

La Humanidad tiene graves problemas planteados. Muchos de ellos pueden atribuirse a nuestros avances tecnológicos, pero son los efectos secundarios de los beneficios que hemos recibido.

La idea de que podremos resolver nuestros problemas ahora abandonando la tecnología no es realmente posible, y nadie lo quiere realmente, ni siquiera los que creen que desean un regreso a formas de vida más simples.

En aspectos menores tales como renunciar a los cepillos de dientes eléctricos o a los controles de apertura de las ventanillas del automóvil, a fin de reducir el despilfarro de energía, o regulando el modo en que tratamos las basuras, supone algún ahorro, pero demasiado pequeño.

Considérese, por ejemplo, el más grave problema de la Humanidad: su desmedido aumento de población. Considérese el creciente aumento de la población mundial, que puede agotar los recursos alimentarios mundiales, sus fuentes de energía, su espacio vital y destruir su ecología. Los orígenes de este problema son el desarrollo, en la década de los sesenta del siglo XIX, de la teoría de las enfermedades por gérmenes, y en la forma como entonces la ciencia médica procedió a conseguir nuevas victorias sobre las enfermedades una década tras otra. Rápidamente descendió la mortalidad en amplias zonas del mundo, mientras que el índice de natalidad ha venido aumentando progresivamente hasta la cifra récord actual del 2 % anual: 200.000 bocas adicionales cada día.

Ahora bien, ¿deberemos abandonar nuestra ciencia médica y permitir que la peste mate a centenares de millones de personas y, de este modo, disminuir la densidad demográfica? ¿Quién de nosotros podrá estar seguro de que sobreviviremos, y quién se alegrará de sobrevivir en un mundo sumido en el caos de unas plagas? Seguramente la mejor alternativa será conservar nuestra avanzada ciencia médica y utilizarla para idear métodos de control de natalidad, así como de mortalidad, manteniendo tal criterio en todos los problemas que debamos afrontar.

La Humanidad sólo puede seguir su avance hacia delante. Dar marcha atrás provocaría una catástrofe inimaginable. Aun cuando seguir adelante supusiera marchar hacia el desastre, dar marcha atrás no nos salvaría. Puede ser que, en definitiva, no haya escapatoria, pero si ésta existiese, sólo puede hallarse en una dirección: hacia delante. Se tendrán que efectuar más avances en el campo de la tecnología; avances, tengamos esperanza de ello, que sean mejor utilizados que en el pasado.

Si estos progresos nos plantean problemas, ésa es la naturaleza del Universo, y no tenemos más remedio que continuar hacia delante para resolver tales problemas,, a su vez, mediante mayores avances tecnológicos -y entonces resolver los nuevos problemas que surjan-, y así sucesivamente.

Si esto parece una tarea ingrata, desagradable e interminable, considérese entonces, por favor, la alternativa catastrófica.

Pensemos en los diversos problemas que debe afrontar hoy la Humanidad: crecimiento ilimitado de la población, recursos en disminución, contaminación en aumento, una ecología que se deteriora, agobiantes gastos militares, violencia creciente y, en todos los aspectos, los descorazonadores síntomas de una sociedad que se vuelve psicótica.

Todo esto tiene algo en común: afecta a toda la Humanidad y, por tanto, no son válidas las soluciones locales.

Cuando la tecnología proporciona las soluciones, éstas deben ser aplicadas a escala mundial, con cooperación internacional, si es que realmente se desea que constituyan soluciones.

Ninguna reducción de la natalidad mediante el empleo de procedimientos químicos o mecánicos, inclusive las recompensas, la presión social o la educación, servirán de nada si no se aplican en todo el mundo.

Aumentar las provisiones de alimentos mediante un cultivo ordenado y sistemático de los océanos, desarrollar nuevas clases de granos mediante una más eficiente distribución del fertilizante será inútil si no se aplica a escala mundial.

Si se quieren apartar del cuello de la Humanidad el dogal de los derroches en gastos militares y la fatal espada de la guerra, ¿pueden ser quitados de un grupo de naciones mientras otras mantienen la amenaza?

En un mundo que se ha hecho interdependiente en grado sumo, no pueden existir islas de seguridad y cordura. Si una sociedad altamente industrializada necesita los recursos del mundo, no se puede mantener a sí misma si todo el mundo no lo puede hacer. La seguridad parcial es un mito.

Si vamos a recurrir a la tecnología para resolver estos problemas, de nuevo deberemos ampliar nuestro campo de visión. Los días en que una nación -o cualquier grupito de naciones- disfrutaban del monopolio de la ciencia es algo que pertenece al pasado y no volverá. La creciente complejidad de nuestros conocimientos crecientes acerca del Universo hace necesario utilizar a toda la Humanidad como poder cerebral y fuente de información.

Todo el mundo representa el potencial cerebral que necesita la Humanidad en su conjunto. Todo el mundo representa la fuente de recursos y el sumidero de desechos para toda la Humanidad. Todo el mundo padece de los varios problemas mundiales y debe formar parte de las diversas soluciones mundiales.

En los años cuarenta, la bomba nuclear fue desarrollada por algo que los norteamericanos triunfalmente denominaron "técnica yanqui". En realidad, fue creada por los esfuerzos combinados de científicos de doce o más naciones. Al recordar los nombres de los más notables -Fermi, Teller, Szilard, Einstein, Bohr, Frank, Chadwick- recordamos asimismo el papel desempeñado por Europa en este campo.

Desde entonces, el mundo ha tenido que cooperar en proyectos que son globales por naturaleza. La Antártida ha sido y es explorada internacionalmente. El clima mundial es asunto de preocupación global, y la ONU, cual centro meteorológico mundial, recibe información de todos los rincones del planeta, información de utilidad para todos los países del mundo.

¿Cómo podemos cultivar el mar y cómo extraer minerales del fondo del océano? ¿Cómo podríamos aprovechar el calor interior de la tierra o controlar las mareas? ¿Cómo conseguiremos curar el cáncer? ¿De qué manera acabaremos con el hambre? Todos los grandes problemas contemporáneos requieren el máximo esfuerzo de los científicos de todos los países.

El mayor logro tecnológico que nos aguarda hoy en día -el de encontrar un modo de poner la fusión controlada de energía al servicio de la Humanidad- debe obtenerse mediante una cooperación mundial; los científicos de Estados Unidos, Gran Bretaña, la Unión Soviética y otros países deberán intercambiarse los conocimientos libremente.

¿Habrá alguien tan atrevido como para suponer que otro gran logro tecnológico del siglo XXI -la colonización del espacio y la exploración humana del sistema solar- puede hacerse sin la ayuda de toda la sociedad de nuestro planeta?

Suponer lo contrario, en este presente grado de complejidad social, industrial y de información, no puede ser más que una vana ilusión.

Vivimos en una pequeña bola de roca que constituye una sola pieza.

Sin embargo, hemos heredado una organización de naciones-Estado propia del siglo XIX y de antes. Casi todos nosotros estamos persuadidos, en cierto modo, de que las necesidades y deseos de nuestra propia nación son de mayor importancia que los de cualquier otra. Nuestra "seguridad nacional" (ésa es la frase) debe ser defendida con armas terribles y con hombres arrojados y, si es necesario, protegida por una ilimitada violencia. Todos los daños causados en cualquier parte del mundo quedan justificados mientras nuestro país obtenga algún beneficio.

Pero eso constituye un mito. No hay forma de garantizar la seguridad de una nación más que garantizando la seguridad de toda la Humanidad. Todos los esfuerzos para proteger una nación, una pequeña porción de la Humanidad, mediante el poder de las armas, aparta cerebros y recursos del esfuerzo de resolver los problemas del mundo. Ello hace menos posible la preservación de la seguridad de toda la Humanidad y, por lo tanto, de cualquier nación de las que forman la Humanidad.

También en este caso la salvación se halla en una concepción global. Es la única opción sensata.
Pero, ¿adoptará la Humanidad esa solución sensata? No estamos obligados a ello. Siempre cabe la alternativa de elegir el camino de la locura, el que seguimos actualmente, para terminar en una catástrofe absoluta dentro de quizá no más de treinta años.

Si se elige el camino de la locura (y ello parece lo más probable), no es porque la gente desee una catástrofe. Ello se debe a que nadie es capaz de ver que- toda la Humanidad unida es la mínima unidad viable en la Tierra.

Si, por el contrarío, se elige, contra todo pronóstico, el camino de la cordura, ello significará que las naciones-Estado que ahora representan a las gentes del mundo y que se enfrentan entre sí con la amenaza constante de la guerra, deberán aprender a cooperar tan estrechamente que, por último, constituirán un Gobierno mundial.

Resulta triste que algo tan esencial para la supervivencia como un Gobierno mundial produzca tantos sentimientos adversos. Es como si quienes así sienten viesen en un Gobierno mundial un aparato para forzarlos a renunciar a sus más apreciados modos de vida en beneficio de una pandilla de "extranjeros".
Bien, reflexionemos acerca de ello. Muchos de nuestros más arraigados modos de vida tendrán que ser modificados. Un menor índice de natalidad y unas restricciones alimentarias nos producirán diversas actitudes. Si el nombre del juego es supervivencia, cambio es la lengua en que se escribe ese nombre. Y si eso les sirve de consuelo, no sólo ustedes deberán cambiar de modo de vida, sino también todos esos "extranjeros".

Sin duda, podremos recurrir a nuestro lenguaje para sobreponernos mejor a la impresión. Podemos dorar la píldora hablando de "cooperación internacional", o de "diálogo multinacional", o de una "conferencia global de emergencia". No importa el nombre que se le dé mientras haya un modo de gobernar el mundo globalmente.

Por fortuna, tenemos un embrión de ello en las Naciones Unidas y, por suerte, es algo a lo que estamos acostumbrados y ya no nos asusta demasiado.

Nacida después de concluida la Segunda Guerra Mundial, la ONU es la respuesta viva al hecho de que nuestro planeta es demasiado pequeño como para vivir separado en naciones-Estado.

A las Naciones Unidas les falta el poder de imponer directamente sus decisiones a las naciones miembro y, a menudo, parece sólo una inútil máquina parlante. Sin embargo, representa una idea.
Las Naciones Unidas representan la idea de una preocupación colectiva por los problemas y necesidades de la Humanidad, la idea de un camino concertado hacia la seguridad.

Puede evolucionar hacia algo más efectivo si la estrecha mentalidad nacionalista desaparece. La ONU puede convertirse en el núcleo de una organización mundial que reúna los brazos y cerebros de toda la Humanidad para acometer los problemas mundiales y tratar de hallar las soluciones óptimas. Desde luego, la necesaria cooperación de los científicos del mundo y de las naciones que apoyan a estos científicos para abordar problemas tan claramente internacionales como el medio ambiente, la población y el control de epidemias pueden muy bien servir como prototipo para una cooperación internacional más profunda, intensa y permanente en otros tipos de problemas.

De este modo, la ONU puede servir para mantener la seguridad de la Humanidad y permitir el nacimiento de una nueva sociedad, en el siglo xxi, que viva dentro de los límites de los recursos mundiales y se lance hacia delante en busca de nuevos horizontes fuera de la Tierra.

Si no se hace así, seremos destruidos.

La elección nos corresponde a nosotros y, para nuestro bien, más vale que no esperemos demasiado. Si no nos encaminamos por la senda de la cordura y de la vida, en los próximos treinta años, como mucho, habremos caído irremediablemente en la alternativa de la locura y de la muerte.

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Actualización 12 de marzo de 2004

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