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Me siento inclinado a considerar al hombre como villano y héroe, al mismo tiempo, del Universo que conocemos. El hombre es más poderoso que inteligente; siente más interés por algo que reporte ventajas a corto plazo que posibilidades de supervivencia a largo plazo. Quizás el hombre no es capaz más que de una ventaja a corto plazo y ése es, a lo mejor, el aspecto autolimitador natural de la clase de poder que supera a la sabiduría. Posiblemente conduce a una inevitable autodestrucción, de modo que los restos de vida "inferior" puedan tomar posesión del mundo. Los supervivientes podrán entonces proceder, sin él, a un nuevo y diferente (¿o mejor?) modo de vida futuro. Éste pertenece a una serie de artículos que escribí en un intento de tratar de comprender nuestra tendencia al suicidio. Quizá será un vano intento, pero al realizarlo, en la pequeña medida de mis posibilidades, consigo dormir mejor por las noches. |
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El hombre: un desequilibrador |
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Si queremos sinceramente comprender la grave amenaza demográfica que nos acecha, antes debemos saber algo acerca de la historia de la vida en la Tierra y cómo llegamos a ser lo que somos hoy. Del mismo modo en que vivimos en el presente, somos asimismo producto de todo lo que ha existido antes. Con esta y otras preguntas similares en mente, tratemos de arrojar algo de luz sobre todo este confuso panorama. Para ello debemos arrancar desde el principio, de esos nebulosos eones en los cuales, según los científicos, se manifestaron las primeras formas de vida. Las más viejas rocas conocidas con algún resto fósil apreciable pertenecen al período cámbrico, de aproximadamente hace unos 600 millones de años. La vida había existido probablemente unos miles de millones de años antes de alcanzar una forma microscópica, pero sólo en el período cámbrico descubrimos organismos sustanciales, si bien primitivos. Así, pues, parece lógico empezar la discusión en ese punto del tiempo. En el período cámbrico, todas las formas de vida, de las cuales los trilobites son los más típicos, viven en el mar; todos son invertebrados. La vida es indiferente; el alimento consiste en partículas inanimadas en el agua; no hay depredadores. En el período silúrico, los vertebrados -una nueva clase de criatura con un esqueleto interno, combinando fuerza y movilidad- han aparecido y son ya abundantes. Pero estos primeros vertebrados son criaturas pisciformes relativamente simples, mostrando sólo los rudimentos del progreso. También han aparecido las primeras plantas de tierra firme y está a punto de dar comienzo la explosión de vida sobre la tierra. Durante más del 90 por ciento de la historia de la Tierra, la superficie del planeta ha permanecido estéril y muerta, pero ahora la vida vegetal está empezando a superar la línea de la pleamar. |
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La vida animal sigue en el período devoniano. Las arañas, caracoles e insectos viven en las plantas terrestres. Peces con aletas cortas y gruesas y ojos saltones se mueven torpemente por tierra, para encontrar otra agua en charcos. Los anfibios desarrollan la capacidad de vivir en tierra durante largos períodos, al menos en la edad adulta. Se desarrollan huevos especiales que pueden ser incubados en tierra; en el período carbonífero, los animales se volvieron capaces de pasar en tierra firme toda la vida. Este período conoce asimismo magníficos bosques de helechos, que con el tiempo se convertirán en las cuencas carboníferas de los tiempos actuales. Los reptiles habitantes de la tierra firme tuvieron su gran momento en los períodos pérmico y triásico, y conforme se hicieron más grandes y más especializados, proliferaron en muchas direcciones de la especialización genética. Algunos de esos reptiles más tarde regresaron al mar; otros desarrollaron dedos largos y palmeados, así como alas. Algunos reptiles del triásico se hicieron muy grandes y se convirtieron en dinosaurios, los animales de mayor tamaño que han vivido sobre la tierra. Casi al mismo tiempo, a algunos pequeños reptiles les creció pelo y la sangre se les volvió caliente, con lo cual se convirtieron en los primeros mamíferos. En el período jurásico, a reptiles lagartiformes les salieron plumas y también la sangre se les volvió caliente, transformándose en una nueva clase de criatura voladora: el ave. En el período cretáceo siguiente, los reptiles dieron su última prueba de vigor, alcanzando su tamaño máximo, y entonces casi todos se extinguieron. Al final de este período, los dinosaurios habían desaparecido y las aves y los mamíferos dominaban la tierra. En el período Terciario, los mamíferos desarrollan un alto grado de metabolismo, lo cual les permite adaptarse a extremos climatológicos; al mismo tiempo, su cerebro se vuelve más complicado. Los primates, en particular, desarrollan un gran cerebro en comparación con el tamaño de su cuerpo, con una superficie notablemente arrugada, lo cual probablemente permite la presencia de células grises adicionales. En algún momento de esta época, quizá no mucho antes del alba del Pleistoceno, hace un millón de años, algunos de los grandes monos se convirtieron en los homínidos bípedos que son los antecesores del hombre moderno. |
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Como resultado de toda esta actividad increíblemente compleja, en la actualidad existen millones de especies de entes vivos. Cada uno de ellos existe en un equilibrio dinámico con su entorno. Cuando ese entorno es alterado, las especies se adaptan a él en un proceso que llamamos evolución orgánica. Este proceso dinámico se produce continuamente, pero cuando el entorno se transforma demasiado de repente, o de manera forzada, las especies afectadas se ven sometidas a un cambio mayor del que pueden asimilar. En el marco del entorno, cada individuo depende, para vivir con comodidad, de otros individuos de su propia especie o de otras. Sólo las formas de vida muy simples podrían vivir en una Tierra que no las contuviera más que a ellas. Lo que es más, toda la vida depende del entorno inorgánico que la rodea. La vida depende del aire, del agua, del suelo. Sin este entorno vital no viviente, no podría existir ninguna forma de vida tal como la conocemos. La ecología se preocupa, precisamente, de esta interdependencia de individuos y especies y la dependencia de la vida de la no-vida. El medio ambiente de la Tierra representa un equilibrio complejo y dinámico que siempre está fluyendo. Los individuos de una especie se comen a los de la otra, y cada especie se beneficia. El comedor es alimentado y el comido, eliminado. Cada individuo, cada especie trata, naturalmente, de comer así como de evitar ser comido. Si cualquier especie o grupo de especies es extraordinariamente afortunada en ese intento, su número aumenta a expensas del resto, hasta que la Naturaleza abate a los vencedores y restablece el equilibrio. Ya como cazador primitivo y recolector de alimento hace muchísimo tiempo, el hombre dio señales de convertirse en una amenaza para la ordenada estructura del medio ambiente. Llegó a ser lo bastante listo como para desarrollar la facultad del habla, de modo que pudo cazar y vivir en una sociedad cooperativa y flexible sin precedentes. Ideó y perfeccionó herramientas -empezando con bastones y huesos, siguiendo con piedras afiladas- y éstas aumentaron su poder y flexibilidad. En esto no había nada particularmente nuevo. Los perros y lobos cazaban también en manadas. Las piedras afiladas eran imitaciones de colmillos y de garras, e incluso los arpones y flechas, cuando fueron ideados, simplemente imitaron el trabajo de aves de presa poseedoras de garras. Lo importante fue la velocidad con que el hombre desarrolló estas habilidades. Mientras que la evolución mejoraba lentamente la eficiencia de otras especies durante millones de años, la inteligencia del hombre cambió y mejoró sus sistemas únicamente en milenios. Otras especies de comparable tamaño no fueron capaces de ello. Entonces, también, el hombre primitivo realizó un avance tecnológico que fue único: algo frente a lo cual no podía resistir ninguna criatura. El hombre dominó el fuego. El calor del fuego le ayudó a invadir las regiones más frías del mundo, hasta entonces inaccesibles para él. La invención de la cocina le permitió aprovechar alimentos que, en otras circunstancias, habrían sido demasiado difíciles de masticar o digerir; con ello, la dieta del hombre se vio enriquecida. Asimismo, la hoguera en la que cocía el alimento también mantenía a distancia a los depredadores. La cada vez mayor eficiencia del hombre como cazador, aun cuando era todavía salvaje, lo ayudó a consumar la extinción de algunas de las muchas especies que cazaba: el mamut, por ejemplo. El hombre era sólo mínimamente destructivo, sin embargo, mientras siguió siendo cazador y recolector de alimentos, así como escaso en número: quizás existían diez millones de seres humanos en todo el mundo. Los animales podían seguir corriendo, ocultándose y reproducirse lo bastante bien como para sobrevivir. Posteriormente, hace unos diez mil años, se produjo el desarrollo de la agricultura y del pastoreo. El hombre domesticó plantas y animales. Deliberadamente crió y cultivó aquellos que le proporcionaban leche, huevos, lana, fibras, trabajo y alimento. Esto alteró algo el equilibrio normal, y de diversos modos. Las tierras de cultivo debían ser regadas y, como resultado, la faz de la tierra experimentó una transformación. (Los animales influyen también en el medio ambiente -el castor y su construcción de presas, por ejemplo- pero ninguno en una escala tan devastadora como el hombre.) El hombre también alteró el equilibrio de la Naturaleza al favorecer el crecimiento de ciertas plantas y animales, así como exterminando especies competidoras. Durante miles de años, la cantidad de tierra dedicada a la agricultura fue aumentando paulatinamente. Fue creciendo de forma incesante el cultivo de trigo, cebada y algodón, por mencionar sólo tres plantas. Entretanto, otra vida vegetal se vio en franco retroceso. Mientras aumentaba el ganado: ovejas, cabras, cerdos, caballos, vacas, etc., descendió la variedad y el número de otros animales. Con una cantidad de alimento asegurada, la Humanidad creció numéricamente y tuvo tiempo libre para desarrollar otras artes y tecnología: alfarería, cestería, textiles, ladrillos, metales... ciudades, la escritura, la ciencia. Para 1800 había en la Tierra 900 millones de personas; el planeta empezaba a mostrar las huellas del uso hecho del mismo por el hombre. Los bosques eran talados y las praderas fueron aradas; en todas partes tenía que haber granjas y pastos si el hombre deseaba vivir. |
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Desde luego, no toda esta actividad redundó en beneficio del hombre. Cuando un medio ambiente inmensamente complejo empieza a ser alterado, se producen efectos secundarios difíciles de prevenir o incluso de prever. Cuando los algodoneros crecían silvestres en grupos separados, por ejemplo, en algunos de ellos vivían insectos como parásitos, pero estos insectos que vivían en los algodoneros tenían una provisión de alimento limitada, ya que encontraban dificultades en desplazarse de grupo a grupo de algodoneros. Sin embargo, en grandes plantaciones de algodoneros, los insectos encontraron una enorme provisión de alimento, ya que las plantas estaban casi una junto a otra. Conforme el hombre extendió la agricultura y la ganadería por todo el mundo, ciertas especies de insectos y de ratas se multiplicaron con él, afligiéndolo con terribles plagas. El hombre, al aumentar incesantemente de número, se convirtió en una buena presa para las pulgas, piojos y bacterias. Los contagios se hicieron más fáciles y se sucedieron las epidemias de extensión mundial. No obstante, el hombre sobrevivió, y los nuevos factores que introdujo en el ecosistema mundial parecían, en su conjunto, favorecerlo. En un momento dado, empezó a aprovechar intensivamente las grandes fuentes de energía inanimadas. Empezó a utilizar el fuego para calentar el agua en un espacio cerrado, e hizo que el vapor en expansión realizara tareas útiles. Para el año 1800, el motor de vapor comenzó a introducir importantes nuevos cambios en la sociedad; la Humanidad, por su parte, se había convertido en un factor tan influyente en la fábrica global de la vida que casi cada innovación del hombre, por pequeña que fuese, alteraba esa fábrica de la vida, a menudo en gran medida. Con la aparición del motor de vapor y la Revolución Industrial, la Humanidad creó una vasta tecnología en el espacio de escasamente dos siglos. Los transportes se desarrollaron de una forma tan impresionante que los alimentos podían ser llevados fácilmente de un lugar a otro; por su parte, la mecanización de la agricultura y la utilización de fertilizantes químicos aumentaron la cantidad de alimentó transportado de este modo, con lo que se redujo el hambre. El nacimiento de la moderna medicina, la introducción de métodos efectivos de higiene, la desinfección con cloro, la elaboración de insecticidas y antibióticos, etc., todo se combinó para derrotar a las enfermedades que antes el hombre había sido incapaz de combatir. Con todo ello, el índice de mortalidad descendió bruscamente. Al tiempo que aumentaron las expectativas de vida, también aumentó la población. En el año 1971, la población mundial era de 3. 600.000.000 de individuos, cuatro veces más que en 1800; este crecimiento sigue a un ritmo vertiginoso, tal como hemos señalado antes. |
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El incesante aumento de la industrialización desde 1800 ha estado cambiando también el fondo inanimado de la vida. Primero el carbón, después el petróleo y el gas han sido quemados en cantidades cada vez mayores, a fin de proveer a las necesidades de energía de un número cada vez mayor de humanos exigiendo progresivamente mejores condiciones de vida. El resultado ha sido una inundación de hollín y de impurezas que han contaminado la atmósfera, mientras que los desechos químicos envenenan las aguas y las basuras se amontonan en todos los rincones del planeta. La introducción de la fisión nuclear ha sumado recientemente el nuevo problema de cómo hacer desaparecer los residuos radiactivos. Asimismo, la riqueza mineral se extrae de la corteza terrestre cada vez más intensamente, a fin de mantener la tecnología que sostiene los pilares de un nivel de vida cada vez más alto. Desde luego, todos esos recursos son devueltos tarde o temprano a la tierra, pero eso no ayuda. Los minerales son extraídos de concentraciones que se han formado por un lento cambio geológico durante millones de años, pero los minerales son devueltos en una pequeña mezcla, lo cual hace sumamente difícil que puedan volver a concentrarse. Y cada vez hay más gente: las ciudades y los suburbios se extienden; nuevas ciudades nacen y crecen; se construyen casas, casas y más casas, cruzando los límites de los campos en todas las direcciones y en todas partes. Más gente significa más animales para proveer las necesidades humanas, más plantas para el hombre y para sus animales, así como menos espacio para otras criaturas vivientes. Por supuesto, hay criaturas que se han adaptado al entorno creado por el hombre, y medran en él: por ejemplo, las ratas urbanas. (Su número ahora iguala el de la población humana en las ciudades norteamericanas.) También existen los insectos, bacterias y virus que no dan por ahora muestras de retirarse. Se multiplican de forma tan rápida y viven -como individuos- tan brevemente que su índice de cambio evolutivo es lo bastante rápido para adaptarse a los cambios que la Humanidad produce. Pero aun cuando la situación haya mejorado en lugares determinados, en su conjunto, las cosas van de mal en peor. La sobrecarga del ecosistema del mundo está aumentando a un ritmo cada vez mayor, y no ofrece ningún consuelo encontrar lugares en donde las cosas se mantengan en su justo equilibrio. |
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Se puede argüir, por ejemplo, que el mundo está aún subpoblado sólo porque naciones como el Canadá no necesitan preocuparse, por ahora, de su índice de natalidad. Sí, pero, ¿qué hay de Holanda?, pongamos por caso. Este país posee una elevadísima densidad de población y, sin embargo, es una nación cómoda, hermosa y civilizada, Holanda, igual que el resto de los países industrializados, depende para sus materias primas de zonas del mundo en donde, irónicamente, el nivel de vida es mucho más bajo que el anterior país. De hecho, se puede aducir que Holanda goza de tal riqueza precisamente porque tan gran parte del mundo, si bien es rica en recursos, tiene un nivel de vida muy bajo. Si todo el mundo estuviera tan industrializado -y tan poblado- como Holanda, agotaríamos peligrosamente los recursos que ahora consideramos tan seguros. Bien, entonces, ¿cuándo acabará todo? ¿Qué decir acerca del último informe publicado en el sentido de que, si no se pone remedio, la población humana podría doblarse en los próximos treinta años? ¿Se trata todo esto sólo de especulaciones interesantes, o encierran el mayor peligro con el que jamás ha tenido que enfrentarse la Humanidad? Veamos... |
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Se ha calculado que el peso total de la vida vegetal en la Tierra alcanza los veinte billones de toneladas. Esta masa depende de la energía de la luz solar. Pero a nuestro planeta llega sólo una parte de la energía solar, de la cual las células de las plantas sólo pueden aprovechar una pequeña fracción. Así, pues, aumentar la cantidad total de la vida vegetal, y ello de una forma sustancial, sería sumamente difícil. Sin embargo, toda la vida animal depende del reino vegetal para su alimentación. (Algunos animales comen otros animales, los cuales, a su vez, devoran otros animales, pero, en un momento dado, la cadena alimentaria termina con algún animal que come plantas.) Como regla general, hay una proporción de diez a uno en cuanto a peso entre el que es comido y el que come. Así, pues, los veinte billones de toneladas de vida vegetal existentes en la Tierra pueden mantener dos billones de toneladas de vida animal. En casos cuando la vida animal aumenta más de los límites normales, la vida vegetal es comida con mayor rapidez de lo que puede reproducirse. Entonces las disponibilidades totales alimentarias descienden y la vida animal se extingue por inanición hasta que se restablece el equilibrio. |
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Si durante los próximos tres siglos el índice de la población sigue aumentado al ritmo actual, el hombre representará alrededor del diez por ciento del peso total de la vida animal sobre la Tierra. Los animales que el hombre alimenta y utiliza con diversos propósitos harán el resto. La vida salvaje será prácticamente eliminada. Dentro de poco más de cuatro siglos, el peso de la Humanidad equivaldrá al peso total actual de toda la vida animal, y la densidad demográfica, por término medio y en todo el mundo, será más elevada de lo que es hoy sólo en la isla de Manhattan. ¿Pueden ustedes imaginarse una Tierra consistente en un enorme complejo estructural, residencial e industrial al mismo tiempo, que cubra toda la superficie del Globo, incluyendo la tierra firme y el mar? ¿Pueden ustedes concebir un techo del mundo consistente en un inmenso océano de algas creciendo a la luz del sol, a fin de proporcionar alimento y oxígeno a la inmensa población de la Tierra? En ese mundo tendría que haber un forzoso equilibrio ecológico consistente en una sola especie animal: el hombre y su alimento. ¿Deseamos realmente una Tierra poblada casi en su totalidad por hombres y algas? Si no, ¿cómo se podría mantener un equilibrio ecológico? A menos que los avances de la Ciencia sean rápidos y la organización social humana perfecta, el hambre, las epidemias y la agitación social podrían acabar con el incremento del índice de población y eliminar la explosión demográfica. La única alternativa razonable sería, al parecer, detener el incremento de la población haciendo descender el índice de natalidad. Pero, ¿cómo? Existe un fuerte impulso, tanto biológico como social, a tener hijos. Existen grandes controversias acerca de los métodos de hacer descender el índice de natalidad, e incluso sobre el valor de hacerlo por los medios que sea. ¿Qué hacer? ¿Tiene la Ciencia una respuesta? ¿Puede la denominada "nueva biología" ser apartada de los problemas médicos que ahora ocupan su atención principal y llevada a la cuestión específica de la natalidad? Existe un centro de placer en el cerebro que, cuando es estimulado eléctricamente, produce sensaciones de éxtasis. Todos los placeres ordinarios de la vida parecen proporcionarnos placer sólo hasta el punto en que activan ese centro en nuestro cerebro. ¿Sería posible, pues, que todo el mundo pudiera disponer de un aparato que le permita activar su propio centro de placer a voluntad? ¿Se convencería uno de que tal aparato puede remplazar los inferiores placeres del sexo? ¿No llegaría tal cosa a hacer descender a cero el índice de natalidad? Tal solución supondría nuevos problemas tan malos o peores que el anterior. Si la gente pudiera manipular sus propios centros de placer, ¿desearían algo más? ¿Qué valor le darían a los inferiores e indirectos placeres que ahora obtienen de la creación artística o de la investigación científica, o satisfaciendo los pruritos de curiosidad y ambición? Si debemos destruir el carácter para salvar al hombre, ¿qué habremos salvado? |
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Quizá no se trata de ajustar a la gente físicamente, sino sólo psicológicamente. El psicólogo de Harvard, B. F. Skinner, cree que los hombres y mujeres normales son casi por entero producto de las influencias ambientales que los rodean. En opinión de Skinner, nadie hace lo que elige, sino sólo lo que le dicta su entorno. Si Skinner tiene razón, sería necesario corregir el medio ambiente, de modo que los individuos actúen según deben hacerlo en una sociedad superpoblada. Simplemente apretaríamos los botones ambientales particulares que hicieran a las personas menos ansiosas de tener hijos, más cuidadosas para frenar la contaminación, más consideradas con la vida natural y más dados a pensar antes en el grupo que en ellos mismos. Pero, ¿podría esto funcionar? En primer lugar, ¿funcionan los seres humanos tal como cree Skinner? No todos los psicólogos lo creen así. Y aun cuando Skinner tenga razón, ¿quién decidiría el tipo de comportamiento más acertado para resolver los problemas humanos? ¿Y quién instalaría los botones? ¿Y quién los apretaría? ¿Y no sería necesario un medio ambiente especial para formar a pulsadores de botones con la habilidad apropiada para ello? ¿Y quién apretaría los botones para formar a los propios pulsadores de botones? Desde luego, no podemos esperar soluciones definitivas. Tendrá que haber contribuciones en todos los sentidos. Los científicos deberán desarrollar nuevos métodos de control de natalidad, así como una mejor comprensión del cerebro humano; los psicólogos deberán desarrollar nuevas técnicas y dirigir la conducta humana; los conservacionistas deberán idear nuevos métodos para preservar el medio ambiente, y los sociólogos y estadistas deberán crear nuevas instituciones para evitar la guerra. |
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