LORENZO

servidor

ISAAC ASIMOV's

Vida y Tiempo

Indudablemente, este ensayo y el anterior fueron concebidos como una unidad y pudieron haber sido escritos como tal.

Sin embargo, como todos los ensayos que escribo, los destiné primero a una revista; las revistas permiten sólo una determinada extensión, que suele ser corta, ya que debe darse cabida a más textos aparte de mi inmortal prosa.

Astounding no podía aceptar ensayos científicos que contuvieran más de 7.000 palabras (excepto en circunstancias muy especiales) y si en mi mente bullían 14.000 palabras, como en el caso presente, tenía que dividirlas en dos ensayos, procurando que ambos tuvieran sentido independientemente, a fin de poderlos publicar.

Por supuesto, hubiera podido rehacer los dos ensayos para este libro y refundirlos en uno largo; pero he preferido no hacerlo así. Como norma, prefiero que mis artículos aparezcan lo más posible en su forma original; además, dos ensayos cortos son más asimilables que uno largo"

Más allá de los filos1

En el capítulo anterior -La marcha de los filos- llegué a la conclusión de que había dos amplias divisiones -filos- de criaturas vivientes que estaban más desarrolladas que otras, en el sentido de que tenían el mayor control sobre su entorno. Estos dos eran el filo de los artrópodos (incluyendo langostas, arañas, ciempiés, insectos, etc.), y el filo de los cordados, que incluye los peces, las serpientes, las aves, a los hombres, etcétera.

Cuidadosamente, traté de no tomar una decisión acerca de cuál de los dos era el más avanzado. Por un lado, al ser hombres y, por lo tanto, cordados, nos podría parecer natural que los cordados somos los más avanzados. Por otro lado, es innegable que la masa vital de los artrópodos es muchísimo mayor que la de los cordados.

Al hombre se le puede considerar el amo de la Tierra, pero, sin duda, ha fracasado en su intento de dominio de los insectos que lo molestan, y ello a pesar de esfuerzos heroicos. Los cordados molestos han sido eliminados por el hombre; a veces con una terrible rapidez.

Quizás ésta es la razón por la que muchos de nosotros tenemos la desagradable sensación de que si los cordados -inclusive el hombre- desaparecen de escena, los insectos -los más aptos de los artrópodos- seguirán desarrollando su vida normal.

Sin embargo, a pesar de las dudas que podamos tener, si nos limitamos al individuo cordado y al artrópodo individual, no hay competencia: el cordado es el claro vencedor.

Para ver la razón, consideremos la vida en tierra.

La vida en tierra es más bien un retoño de la vida en general, pues alrededor de cinco sextos del total de materia viviente habita en los océanos. No obstante, el control del entorno, que da la medida del "progreso" de un organismo es potencialmente posible en mayor medida en tierra que en el mar. Consecuentemente, la vida en tierra tiene más probabilidades en su favor en la competición para el dominio. La razón es fácil de explicar.

La vida en el mar está rodeada de agua, mientras que la vida en tierra está rodeada de aire. El agua es setenta veces más viscosa que el aire a temperaturas normales y es mucho más difícil moverse a través de ella. Éste es el punto clave.

Una criatura capaz de movimiento rápido posee mejor control de su entorno y, por lo tanto, está más avanzada -siendo todas las demás cosas iguales- que una criatura incapaz de movimiento rápido. Pero, en el mar, la criatura destinada a un movimiento rápido debe ser aerodinámica; de otro modo gastaría inútilmente una enorme cantidad de energía para vencer la resistencia del agua. Un ejemplo de aerodinamismo puede verse de inmediato en los tiburones y peces.

Sin embargo, las criaturas de tierra deben estar destinadas para un movimiento rápido a través del mucho menos denso aire, sin ser aerodinámicas. Cuando los descendientes de una línea de criaturas de tierra no aerodinámicas regresa al mar, va adquiriendo la antedicha forma. Puede verse algo de esto en las nutrias y patos, más aún en las focas y pingüinos, alcanzando casi la perfección tanto las marsopas como las ballenas.

La desventaja del aerodinamismo es la siguiente: inhibe la existencia de apéndices que podrían romper el aerodinamismo y destruir la eficacia de movimiento. Pero es precisamente mediante el empleo de apéndices como las criaturas pueden valerse mejor en su medio y someterlo a su voluntad. Una zarigüeya utiliza su cola para agarrarse de una rama; un elefante su trompa para manejar objetos tanto grandes como pequeños; un mapache sus garras, y un simio sus manos, etcétera.

En definitiva, una criatura aerodinámica se queda sin medios de ataque sobre su medio. La ballena constituye el más impresionante ejemplo en este sentido. La ballena es uno de los dos tipos de criaturas cuyo cerebro es más grande que el humano. El otro tipo es el elefante, un animal indiscutiblemente inteligente.

El cerebro de la ballena, a diferencia del del elefante, no es sólo mayor que el humano, sino que, además, está más densamente convolutado. Existe la razonable posibilidad, por lo tanto, de que una ballena pueda ser -potencialmente, al menos- más inteligente que un hombre. En definitiva, las marsopas y delfines, parientes pequeños de la ballena, son innegablemente inteligentes, más que la mayoría de los mamíferos. Una marsopa comparada con un cachalote, puede ser igual que un simio comparado con un hombre.

Pero, supongamos que una ballena fuera potencialmente más inteligente que un hombre: ¿cómo podría demostrar su inteligencia? Tiene cola y dos aletas que están perfectamente adaptadas para una poderosa natación y para nada más. No posee apéndices con los que manipular el mundo exterior y, a causa de la necesidad de aerodinamismo, no puede tener ninguno. Toda la inteligencia que una ballena pueda tener queda únicamente en potencialidad; es una prisionera de la viscosidad del agua.

O consideremos el calamar gigante, un miembro del filo de los moluscos. Ciertamente, en todo el mundo no hay criatura más altamente desarrollada que no es artrópodo ni cordado. En algunos aspectos, de hecho es mejor que los artrópodos y cordados. Posee grandes ojos, por ejemplo, más grandes que cualesquiera otros en el mundo, similares a, y quizás en potencia, mejores, que los ojos independientemente inventados por los cordados.

El calamar tiene diez apéndices, en forma de tentáculos, que pueden retorcerse como ofidios; cada uno de los tentáculos es finamente sensible y están equipados con ventosas para asir con fuerza. Sin embargo, los tentáculos no afectan la forma aerodinámica, ya que cuando el calamar decide moverse con velocidad, su manto aerodinámico hiende el agua mientras que los tentáculos se arrastran por detrás sin interferir. De hecho, ya que el calamar se mueve rápidamente por propulsión a chorro, ni siquiera necesita las aletas que, en el caso de los tiburones, peces o ballenas, rompen indudablemente la perfección de la línea aerodinámica.

No obstante, la viscosidad del agua sale victoriosa, incluso sobre la superflexible adaptación del calamar. Esos tentáculos deben moverse a través del agua cuando manipulan su entorno y sólo pueden hacerlo en movimiento lento. (Traten de agitar un bastón dentro del agua y comprenderán a lo que me refiero.)

Para resumir, pues, el apéndice es raro en el mar, y no existe el apéndice que permita una rápida movilidad. Sin embargo, el apéndice de la movilidad rápida es común entre las criaturas de tierra, y esto es lo que ha permitido que éstas sean las dueñas de la Tierra y no las criaturas marinas.

De todos modos, vivir en tierra firme también ofrece desventajas. Una de ellas está relacionada con la gravedad. En el mar, gracias a la fuerza ascensional del agua, la gravedad es virtualmente inexistente. A un pez le resulta tan fácil flotar hacia arriba como hacia abajo.

Sin embargo, en tierra, la fuerza de la gravedad es apenas diluida por el leve efecto de flotación en el aire propio de cada criatura al nivel celular. Todas las criaturas vivientes que invaden la tierra deben enfrentarse con este problema de un modo u otro.

Hasta la aparición de los artrópodos y cordados, todos los tipos de vida animal que invadieron la tierra firme fueron derrotados por la gravedad. Optaron por rendirse y se movieron sobre el suelo reptando lentamente, teniendo el cuerpo en contacto con la superficie en todos o en casi todos los puntos. Observemos un gusano de tierra.

El desarrollo de caparazones por parte de los moluscos, que en el mar supuso un avance, en tierra resultó ser una desventaja. El caracol de tierra no sólo tiene que luchar contra el efecto de la gravedad sobre su propio cuerpo, además tiene que acarrear sobre su lomo el peso de un caparazón.

Una criatura reptante que necesite todas sus energías para avanzar lentamente, mal puede desarrollar apéndices de movimientos rápidos. Por lo tanto, han perdido la primera ventaja de la vida sobre tierra. Bajo el nivel de artrópodos y cordados, pues, las formas más desarrolladas de vida se hallan en el agua.

Para desarrollar apéndices de movimiento rápido, una criatura de tierra necesita piernas que lo aguanten y que eleven la principal porción del cuerpo claramente sobre el suelo, desafiando la gravedad. Pero unas piernas sólo formadas de suaves tejidos nunca podrán aguantar un cuerpo aunque sea de discreto volumen. Las piernas necesitan una dureza. Tanto los artrópodos como los cordados incluyen tipos de criaturas con piernas duras. Para decidir cuál de los dos tipos es más avanzado, establezcamos qué tipo utiliza el mejor endurecedor.

En el caso de los artrópodos, el endurecedor está en la parte exterior de la pierna en forma de quitina. En el caso del cordado, se halla en el interior de la pierna en forma de hueso. En general, un exoesqueleto -el del exterior- es mejor para efectos defensivos. Un endoesqueleto -el del interior- es el mejor para fuerza estructural. (Por ejemplo, el caballero llevaba su armadura por fuera, mientras que un rascacielos lleva sus vigas de acero en el interior.)

En realidad, un exoesqueleto limita el crecimiento. Si los suaves tejidos internos crecen, entonces debe ser descartado el duro exoesqueleto; si no, el crecimiento debe detenerse. En los artrópodos, el exoesqueleto es periódicamente descartado y remplazado por uno nuevo y mayor. Una gran cantidad de energía vital es necesaria para la perpetua fabricación de exoesqueleto. Lo que es más, durante el período de muda, el organismo se queda indefenso.

Un endoesqueleto no limita el crecimiento. Los huesos por dentro pueden crecer libremente por acreción, mientras que el tejido que lo rodea también crece fácilmente.

Así, pues, el individuo cordado puede crecer más que el artrópodo, y ser más fuerte. Los músculos del cordado, que poseen soportes internos en vez de un caparazón externo, son más eficientes. En todos los casos, el cordado, más grande, fuerte y rápido, posee un mejor control de su entorno y, por lo tanto, está más desarrollado que el artrópodo.

(No hay que dejarse engañar por esas historias de que los saltamontes pueden saltar varias veces su propia altura y de que las hormigas pueden levantar un peso varias veces superior al suyo, y de que si ambos poseyeran el tamaño del hombre podrían hacer maravillas. En realidad, si alguno de estos animales tuviera el tamaño del hombre y pudiesen seguir vivos, es completamente seguro que un saltamontes no podría dar un salto tan alto como el que puede dar un hombre; una hormiga tampoco podría hacer lo que es capaz de realizar un humano.)

A decir verdad, no todos los cordados poseen igual grado de desarrollo. El filo de los cordados está dividido en nueve clases, y de ésas, las tres primeras incluyen descendientes degenerados de cordados muy primitivos. Estos descendientes más bien parecen gusanos y moluscos por fuera, y sólo un zoólogo encontraría alguna razón para clasificarlos en nuestro propio filo.

Sin embargo, esas primitivas criaturas -o sus más respetables antepasados- primero endurecieron sus cuerpos con un bastoncito interno de cartílago, una sustancia parecida a la quitina en términos de flexibilidad y dureza, si bien por completo distinta químicamente.

Por añadidura, los primeros cordados al parecer inventaron la segmentación y la hemoglobina, cosas ambas que fueron anteriormente inventadas de forma independiente por los anélidos, el filo al que pertenece el gusano de tierra. También efectuaron progresos completamente originales al desarrollar un hígado, en el cual fueron eficientemente concentradas muchas de las funciones químicas del cuerpo, así como arcos en la garganta, que hicieron más eficiente la respiración.

Pero, obviamente, esto no está en particular destinado a hacer posible la vida sobre la tierra conquistando la gravedad.

La siguiente clase de cordados, los ciclóstomos -de los cuales la lamprea es el ejemplo más familiar-, dieron un paso en esa dirección extendiendo el único bastoncito atiesador cartilaginoso hasta convertirlo en un esqueleto completo, fortaleciendo con ello mucho el cuerpo y dándole menos aspecto vermiforme. Además, inventaron los ojos, independientemente de la invención del molusco. También el sistema circulatorio experimentó mejoras: se desarrolló un corazón bicameral para conducir la sangre por los vasos sanguíneos, creándose asimismo los glóbulos rojos en los que guardaría la hemoglobina. Ambos progresos hicieron mucho más eficientes los transportes de alimento, oxígeno y materia fecal.

A continuación hay que referirse a la clase de los peces, la cual está dividida en varias subclases de las cuales la más primitiva, la de los elasmobranquios -tiburones, etc. -, inventó algunos de nuestros más útiles instrumentos: mandíbulas, dientes y dos pares de piernas.

Los esqueletos tanto de las lampreas como de los tiburones, si bien son completos están compuestos únicamente de cartílago. Éste es un atiesamiento suficiente para la vida en el agua -los tiburones han triunfado ampliamente en este medio-, pero no es lo bastante fuerte para aguantar a una criatura medianamente voluminosa contra la fuerza gravitacional que encontraría sobre tierra.

Pero otra subclase de peces, los teleósteos, utilizó un método mediante el que el esqueleto se vio reforzado por sales inorgánicas tales como el fosfato de calcio. De este modo el cartílago fue convertido en hueso y los teleósteos son los "peces huesudos".

Para la vida sobre tierra son necesarios más cambios. Un organismo debe ser capaz de utilizar directamente el oxígeno de la atmósfera. En esta dirección, el teleósteo inventó una vejiga de aire mediante la cual podía aumentar o reducir a voluntad su facultad de flotar, ayudándolo esto a la natación vertical. En algunos miembros de otra subclase de peces, los crosopterigios, la vejiga de aire se convirtió en un pulmón.

Los crosopterigios son un ejemplo del hecho de que, a menudo, los perdedores en el juego de la vida son quienes realizan mayores progresos. Por una razón u otra, los crosopterigios tuvieron menos éxito en su lucha con el medio que los teleósteos. La mayor parte de las especies de los crosopterigios están ahora extintas. Algunos descendientes aún existen aprendiendo a desenvolverse en medios tan indeseables, que los teleósteos no tienen ninguna razón para seguirlos hasta allí, ya que triunfaron en los ricos pastos del mar abierto. Los crosopterigios se retiraron al agua estancada, a los fondos abisales, y a tierra firme. Somos los descendientes del tercer grupo.

La siguiente clase de los cordados son los anfibios, de los cuales los más conocidos representantes modernos son las ranas y los sapos. Ellos realizaron la transición. Los pulmones anfibios, trabajando a pleno rendimiento en la vida adulta, consiguieron un sistema circulatorio propio, el cual hizo necesario un corazón tricameral. Por añadidura, los anfibios inventaron el oído. (En general, al ser el aire más transparente que el agua, las impresiones sensoriales tenían más alcance en el ambiente de tierra que en el mar. Las criaturas de tierra pudieron modelar mejor sus sentidos que las criaturas de mar. Sentidos más agudos suponían un aumento en el control del ambiente y esto, también, ayuda a hacer la vida en tierra más adelantada que la vida en el mar.)

Así resultó que los anfibios fueron los primeros cordados que invadieron la tierra firme, elevaron sus cuerpos sobre las piernas y caminaron. Desde luego, caminaron despacio y torpemente, pero lo hicieron.
Hacia el final de la Era paleozoica, los cordados anfibios y los escorpiones e insectos artrópodos compitieron en tierra firme, y por vez primera empezó a vislumbrarse con claridad una victoria de los cordados.

Pero los anfibios aún estaban atados al mar, o al menos a un ambiente acuático de algún tipo, durante el período del nacimiento y primer desarrollo. Fue la siguiente clase, la de los reptiles, la que hizo la invención crucial: un huevo que podía ser empollado en tierra.

Un huevo semejante tenía primero que estar envuelto por una membrana que fuera porosa a los gases -para que el embrión en desarrollo pudiera respirar-, pero que pudiera retener el agua para que tal embrión no se secara. Para fertilizar tal huevo, la fertilización debía tener lugar antes de que se formara la cáscara y, por ello, el esperma debía ser depositado dentro de la hembra y no sólo sobre los huevos ya puestos.

De nuevo, el huevo debía ser lo bastante grande para contener el alimento y el agua necesarios para el embrión durante todo el período del desarrollo. Esto significaba que el embrión debía desarrollar membranas especiales con las que pudiera aprovechar el contenido alimenticio del huevo.

Los reptiles desarrollaron todo esto y se convirtieron en animales realmente de tierra. Algunos de ellos dieron unos retoques al sistema circulatorio desarrollando la cuarta, y última, cámara del corazón, de modo que se formaron dos completas y coordinadas bombas de la sangre.

Los reptiles alcanzaron su apogeo en el Mesozoico, cuando los dinosaurios gigantes sacudieron la tierra.

Pero la conquista de la gravedad significaba que sólo había sido vencido uno de los obstáculos de la vida en tierra. Hubo asimismo otro: el cambio de temperatura.

La temperatura del mar es virtualmente constante. En casi todo su volumen esta temperatura constante está muy cerca del punto de congelación. En los trópicos una delgada capa de la superficie posee una temperatura más alta, pero incluso en esa zona restringida es aún moderadamente constante.
Una vez que una criatura se adapta a la temperatura de su región marina, ya no necesita ninguna adaptación para enfrentarse con los cambios.

En tierra, sin embargo, la temperatura varía en gran medida. Las criaturas de tierra pueden evitarlo viviendo bajo las rocas, en grietas, en madrigueras o en cuevas, desplazándose hacia el Sur en el invierno y hacia el Norte en el verano, invernando con tiempo frío o pasando el verano en estado de estivación. Sin embargo, todo esto representa retiradas y mecanismos de evitación.

El éxito siempre se halla en el camino de la ofensiva. Fue necesario inventar un mecanismo que asegurase una temperatura constante en el interior del cuerpo fuera cual fuese -dentro de unos límites- la temperatura existente fuera del mismo.

Dos grupos diferentes de primitivos reptiles hicieron independientemente el necesario descubrimiento, incluso antes de que hubiera empezado la gran época de los reptiles. Un grupo se desarrolló en la clase de los mamíferos, como nosotros; y la otra, algo más tarde, en la clase de las aves. Ambos tenían acondicionamiento de aire interno, una forma de almacenar calor en una forma controlada, de modo que la temperatura del cuerpo se mantuviera dentro de unos estrechos límites.

En ambos casos, la temperatura corporal fue mantenida a una altura considerablemente mayor que la temperatura habitual del entorno. Había una razón para esto, ya que las reacciones químicas -y por lo tanto los movimientos corporales resultantes- se aceleraron con una mayor temperatura. La temperatura más elevada hasta la cual no se produce demasiado daño en las delicadas moléculas de la proteína supone un mejor control del entorno y un mayor desarrollo.

Pero para mantener una elevada temperatura corporal había que disminuir la proporción de pérdida de calor hacia la atmósfera. Esto se consiguió conservando cerca del cuerpo una capa de aire relativamente inmóvil, ya que el aire era aún uno de los mejores aislantes.

Las aves hacen esto atrapando el aire entre un juego de escamas modificadas llamadas plumas; los mamíferos lo hacen reteniendo el aire mediante un juego de escamas modificadas llamadas pelos. (Las plumas constituyen el sistema más eficiente de los dos, dicho sea de paso.)

Las aves optaron por el aire, redescubriendo el viaje tridimensional que los anfibios habían perdido al abandonar el mar. Sin embargo, al hacer esto, las aves comprobaron que los hechos aerodinámicos de la vida limitaban su tamaño drásticamente, con lo cual sus potencialidades quedaban reducidas de antemano. El vuelo también implicaba la conversión de un par de patas en alas: algo muy hermoso para su función, pero nada más.

De modo que el futuro quedaba en manos de los mamíferos, los cuales conservaban sus cuatro extremidades bastante disponibles, pudiendo asimismo aumentar su tamaño.

Las ventajas de los mamíferos sobre los reptiles fueron en su momento decisivas. Al poseer una temperatura interna constante, podían mantener una completa actividad durante la noche así como durante las estaciones frías, mientras que los reptiles permanecían inactivos y en relativa desventaja.
La posesión de pelo, además, significaba la exposición de una piel fina al entorno, y eso es importante.
Los primeros cordados hicieron una serie de intentos para añadir sobre y por encima del atiesamiento interno del hueso, un escudo externo de algún tipo. La tentación de buscar protección es, en apariencia, casi irresistible. El primer pez fue acorazado, igual que los primeros anfibios y reptiles.

En cada caso, el coste fue demasiado alto. Las criaturas acorazadas sólo consiguieron convertirse en moluscos. El caparazón hizo disminuir la importantísima movilidad; sustituyó la ofensiva por una pasiva defensa, y ello fue contraproducente al poner una barrera entre el mundo exterior y el organismo interior. Las criaturas acorazadas invariablemente cayeron ante los ataques de las que carecían de caparazón. Los últimos supervivientes hoy son las tortugas, que son los más primitivos y, en su conjunto, los menos afortunados de los reptiles que existen.

Al convertir las escamas en pelo, los mamíferos se volvieron mucho más sensibles frente a su entorno, mucho más capaces de responder a él y, al hacerlo, de controlarlo. Algunos primitivos mamíferos hicieron un último intento de desarrollar una coraza externa, pero fracasaron. Los últimos descendientes que quedan de ellos son los armadillos.

El control de la temperatura hizo otra cosa por los mamíferos, así como también por las aves. Hizo necesaria la invención de un mayor cuidado de las criaturas. O, si ustedes quieren expresarlo de una forma más conmovedora, la sangre caliente inventó el amor maternal.

El control de la temperatura se mantiene más fácilmente en un organismo grande que en uno pequeño. (Todas las partes de la masa de un organismo producen calor, pero el calor se pierde sólo en la superficie. Una criatura más pequeña tiene más superficie por unidad de volumen, por lo tanto pierde calor en mayor proporción.) Esto significa que el momento más crítico en la vida de un mamífero, en lo que se refiere al control térmico, es cuando es más pequeño, cuando es joven o, sobre todo, cuando se halla en estado embrionario.

Una criatura marina puede abandonar sus huevos donde los haya dejado y marcharse. La temperatura constante del mar se encargará de ellos. Una criatura de tierra sin control térmico puede tomar precauciones rudimentarias. Una tortuga, por ejemplo, puede enterrar sus huevos en la arena caliente y dejar la cosa en manos de la insegura acción solar.

Una criatura de tierra con control térmico -un ave, por ejemplo- no puede tontear. Sus huevos no sólo requieren calor, sino cierta temperatura constante. No hay suficiente tejido vivo dentro del huevo para proporcionar semejante temperatura, así que debe ser proporcionada desde fuera: en concreto, por el cuerpo de la madre.

Bajo condiciones de control térmico, la supervivencia de las especies requiere el desarrollo de instintos que hagan que las aves construyan nidos, incuben huevos y alimenten a las crías... lo cual resulta bastante molesto para los animales.

Sin embargo, el resultado es un fuerte descenso en la mortalidad infantil entre las aves, en comparación con los reptiles. En la medida en que la joven ave se ve libre de ciertas presiones ambientales a las que están sujetos los jóvenes reptiles, esto representa un progreso evolutivo de las aves con respecto a los reptiles.

Los mamíferos van aún más lejos: en períodos. La clase de los mamíferos está dividida en tres subclases. La primera es la de los prototerios, que incluye el ornitorrinco. Éstos aún muestran muchas características de los reptiles y su sangre aún no es del todo caliente; sin embargo, poseen pelo, lo cual no tienen los auténticos reptiles.

Los prototerios ponen huevos, igual que los reptiles, pero el embrión ya ha avanzado bastante en su desarrollo para cuando es puesto el huevo, de modo que el período de incubación, con todos sus peligros especiales, queda reducido.

Además, los prototerios fueron los primeros en inventar un suministro especial de alimento para la cría, perfectamente ajustado para sus necesidades nutricias. Hablamos de la leche, formada en el cuerpo de la madre y proporcionado a la criatura por medio de las glándulas mamarias: de ahí la palabra "mamíferos".

La siguiente clase de los mamíferos es la de los metaterios, que incluye a los marsupiales tales como las zarigüeyas y los canguros. Aquí ya se ha dado un nuevo paso. La puesta de los huevos es tan retrasada que primero se incuban. Ahora surge un embrión en un estadio primario de su desarrollo. Estos embriones tienen la suficiente fuerza corno para llegar a las glándulas mamarias de la madre, las cuales están encerradas en una bolsa especial. El joven completa su desarrollo en esta bolsa.

La tercera y última subclase de los mamíferos es la de los euterios, o lo que llamamos el "mamífero placentario". En este caso, la criatura se desarrolla en mucho mayor grado en el interior del cuerpo de la madre. Se desarrolla un órgano especial, la placenta, a través del cual el embrión en crecimiento puede absorber alimento del sistema circulatorio de la madre, pudiendo asimismo descargar en él desechos orgánicos. Esto hace posible un más largo período de gestación; en algunos casos períodos lo bastante largos como para que la criatura nazca casi con la capacidad de cuidar de sí misma.

El desarrollo de las glándulas mamarias en el ornitorrinco reduce la presión ambiental sobre la criatura hasta un nivel aún inferior al de los pájaros. La bolsa de los marsupiales reduce aún más esta presión. La placenta de los animales placentarios hace descender mucho más tal presión ambiental.

La comparación queda claramente de manifiesto por el hecho de que donde las tres subclases de mamíferos compitieron directamente, ganaron los placentarios. Con excepción de unas pocas especies de zarigüeyas en las Américas -en donde sobreviven merced a unos especiales poderes de fertilidad-, los únicos mamíferos ovíparos y marsupiales existentes son los que quedan en Australia, Australia se separó de otras tierras antes de que se desarrollaran los animales placentarios. En todos los demás sitios, donde aparecían los placentarios, los otros animales desaparecían.

Así, pues, los mamíferos placentarios son los actuales amos de la Tierra.

Pero no todos los mamíferos placentarios están igualmente desarrollados. Una cosa que los distingue entre sí es el desarrollo del cerebro. Incluso los mamíferos más simples aventajan en poder cerebral al resto de la vida organizada, pero algunos mamíferos son más cerebrales que otros.

El buen desarrollo del cerebro de los mamíferos es probablemente la consecuencia de la vida en tierra firme, de una piel suave y del progreso general de los órganos sensoriales. En consecuencia, los mamíferos se vieron sometidos a una gran cantidad de impresiones sensoriales y se obtuvo un valioso elemento para la supervivencia en el posterior desarrollo de un sistema de contabilidad -para expresarlo de algún modo- a fin de seleccionar estas impresiones y dar respuestas.

Pero se necesitaba una cosa más. Aún quedaba la cuestión de los apéndices, que son el mayor regalo de la vida en tierra. Sin embargo, para ofrecer su máxima utilidad, un apéndice debe ser útil de diversos modos. Siempre existe el peligro de la superespecialización.

En ese sentido ya he mencionado las alas del ave. Es un apéndice de movimiento rápido, pero sólo puede hacer una cosa. Igualmente, las maravillosas patas de los caballos, ciervos y antílopes son unos instrumentos excelentes para dejar atrás al enemigo, pero carecen de utilidad para otro propósito.

Por otro lado, los mapaches y osos caminan sobre las plantas de los pies, de forma primitiva -igual que hacemos nosotros- y sus garras les sirven para muchas funciones. Los miembros de la familia de los canes, y también algunos de los roedores, conservan la habilidad de utilizar sus patas como instrumentos de exploración. El elefante ha desarrollado una trompa que es lo más parecido al tentáculo de un calamar que haya creado criatura alguna sobre la tierra.

La utilización de tales apéndices aumenta el número de impresiones sensoriales que debe asimilar el animal. De nuevo se agranda el cerebro y su capacidad se intensifica. (La ballena es una excepción; tiene un gran y complicado cerebro sin apéndices generalizados. Quizá su cerebro es un legado de un inteligente antepasado que vivió en tierra firme; en definitiva nada sabemos de los antepasados de las ballenas. O quizá se trata sólo de una respuesta a la necesidad de coordinar de cincuenta a ciento cincuenta toneladas de materia viviente.)

Obviamente, los diversos apéndices útiles alcanzan el punto culminante en el orden de los primates -los simios y nosotros- en los cuales al menos dos, y a veces las cuatro extremidades terminan en manos, cuyos dedos individuales son capaces de desarrollar un movimiento más o menos independiente. En los más desarrollados miembros de los primates, uno de los dedos, el pulgar, está bien desarrollado y puede ponerse frente a los cuatro restantes, convirtiendo con ello la mano en una posible pinza.
No debe sorprendernos que los primates sean los más cerebrales de los mamíferos y el hombre, que posee las manos más desarrolladas es, justamente, el más cerebral de los primates.

Al utilizar su cerebro, el hombre fue capaz de extender los dos inventos más fundamentales de la vida en tierra. Aprendió a controlar el fuego, extendiendo así la noción de la calentura de la sangre. Otros mamíferos y aves pueden controlar su temperatura interna, pero el hombre consiguió asimismo controlar la temperatura externa. El hombre también fue perfeccionando el empleo sistemático de herramientas, las cuales lo equiparon con unos apéndices artificiales de movimientos rápidos y completamente especializados. Conquistó todas las ventajas de la especialización sin abandonar ninguna de las ventajas de la no-especialización.

Y, de este modo, el hombre es el amo del Universo y...

¿Adónde queremos ir a parar?

Es posible imaginar un hombre más grande y mejor, un "superman", pero ésta no puede ser la respuesta. Los dinosaurios más grandes y mejores acabaron por extinguirse. El tamaño sólo no lo es todo. Así como tampoco lo es el poder cerebral únicamente.

Actualmente, la multicelularidad puede estar agotada. Pudiera ser que el organismo multicelular haya alcanzado su límite. En quizás unos 600.000.000 de años no ha surgido ningún filo con nuevos organismos. En el filo de los cordados -el último en aparecer- no ha nacido ninguna nueva clase al menos en 250.000.000 de años. En la clase de los mamíferos -los más desarrollados de los cordados- no ha surgido nada mejor que el mamífero placentario en 100.000.000 de años.

Puede haber pasado el tiempo de los grandes experimentos. Lo que ahora tenemos es tan sólo un refinamiento constante de experimentos ya realizados.

Pero todo esto ya había sucedido antes.

Hace mil millones de años, la vida unicelular había alcanzado su apogeo. Después de muchas victorias, tales como el descubrimiento del almacenamiento del alimento y de la fotosíntesis, las células alcanzaron sus límites. La evolución llegó a un callejón sin salida, o habría tenido que dar un paso revolucionario. Las células se desarrollaron en colonias de células y después en organismos multicelulares.

Ahora la multicelularidad ha alcanzado su callejón sin salida, también. ¿Se estará preparando un nuevo paso espectacular? Puede producirse, otra vez, una nueva combinación para formar una criatura de orden superior, un ser multiorganísmico. Tal combinación puede ser más que sólo física, ya que la combinación física sólo formaría un organismo multicelular mayor. (De hecho, la combinación física de organismos fue probada, en cierto modo, con el invento de la segmentación. Fue un avance, aunque no tan fundamental como el de la multicelularidad.)

Muchas variedades de criaturas forman grupos que actúan con cierta primitiva coordinación. Se mueven juntos, se alimentan juntos. Si uno se asusta, el resto huye. Incluso pueden combinarse para protegerse contra un enemigo común, si bien generalmente se limitan a correr. O se pueden combinar para cazar una presa y entonces, a menudo, disputan por los despojos.

Tales rebaños, manadas o bancos de peces son el equivalente de las colonias de células en el nivel celular. Aunque puede ser conveniente para los grupos permanecer juntos, ello no es vital. Cada individuo del rebaño, si es necesario, puede vivir por su propia cuenta.

Debemos buscar algo mejor que eso.

En el anterior ensayo, yo empleaba un criterio fundamental para distinguir entre un organismo multicelular y una simple colonia celular. En un organismo multicelular, las células individuales llegan a ser tan especializadas que ya no pueden vivir independientemente y las células componentes están subordinadas al grupo hasta el punto de que sólo existe conciencia de grupo.

Ningún grupo de organismos presenta plenamente tales características, pero hay indicios de comienzos de ello. Los casos más claros se dan en el filo de los artrópodos, y en su más avanzada y reciente clase: los insectos.

Los tres principales grupos de "insectos sociales" son las abejas, las hormigas -ambos pertenecientes al orden de los himenópteros- y las termitas, que pertenecen al orden de los isópteros. Estos tres muestran especializaciones entre los organismos constituyentes, igual que los organismos multicelulares muestran especializaciones entre las células constituyentes. En el caso de las termitas, las especializaciones van tan lejos que hacen imposible la vida a ciertos individuos fuera de la sociedad: una de las características de una auténtica criatura multiorganísmica. La reina de las termitas no puede vivir sin sus auxiliares. Las termitas soldado tienen las mandíbulas tan grandes que no se pueden alimentar por sí mismas. Deben ser alimentadas por obreras.

Además, tales sociedades están más avanzadas que cualquier organismo individual, no sólo de su propio tipo, sino de cualquier tipo. Una sociedad de incluso individuos primitivos puede derrotar a un individuo muy avanzado. Cuando se pone en marcha un ejército de hormigas, el cazador deportivo -con rifle y todo lo demás- sólo tiene un modo de salvarse: apartarse del camino cuanto antes.

Existe un relato muy conocido, llamado Leiningen y las hormigas, que trata del dueño de una plantación que comprobó que su tierra se hallaba en el paso de un ejército de hormigas y decidió permanecer en su sitio y luchar. Leiningen era un individuo superior: valiente, con recursos, inteligente, y luchó como un demonio. Logró salir vivo de aquella lucha por los pelos.

Ustedes pueden opinar que la proporción era terrorífica -millones de hormigas contra un humano- pero se equivocarían. La proporción estaba equilibrada incluso numéricamente: un hombre contra una sociedad de hormigas.

Desde luego, infinidad de individuos hormiga fueron muertos, pero ello no afectó a la sociedad de hormigas. Leiningen perdió piel y sangre, billones de sus células individuales, pero se recuperó y no sintió la pérdida.

Fuera de la clase de los insectos y del filo de los artrópodos, hay un ejemplo de una sociedad que empieza a ser más que una colonia de organismos. Me refiero, por supuesto, a la sociedad humana. Incluye individuos especializados; no físicamente especializados, desde luego, pero sí mentalmente especializados. Algunos de ellos están tan especializados que no pueden vivir al margen de la sociedad, y nos volvemos a encontrar con otra característica.

Yo, por ejemplo, me crié en la ciudad y he vivido -con un moderado éxito- como parte de una compleja sociedad durante toda mi vida. Por supuesto, como muy bien, pero, desgraciadamente, no sé cultivar alimentos; no tengo experiencia en recolectar alimentos y ni siquiera sé cocinar. Conduzco un coche, pero casi ni sé levantar su capó. Soy dueño de una casa, pero no sé reparar ninguna parte de ella. Miro la televisión y utilizo muchos electrodomésticos, incluyendo una máquina de escribir eléctrica, pero soy un ignorante en cuestión de cables eléctricos.

Sin la continuada e intensiva ayuda de otros miembros de la sociedad humana, no podría sobrevivir durante mucho tiempo. Solo en la isla de Robinsón Crusoe, preferiría una muerte rápida a una muerte lenta. Creo que hay millones de personas como yo.

Pero, ¿qué es lo que mantiene a una sociedad junta, una auténtica sociedad en la que el individuo componente esté deseando morir por el bien de la sociedad? En el caso de los insectos, se trata de algo que llamamos "instinto", una norma de conducta imperativa que priva al insecto individual de libertad de acción. No es sólo que el insecto individual quiera morir por el grupo, es que no puede hacer nada más.

Pero, ¿qué mantiene junta a una sociedad humana? Desde luego, el instinto no. El único instinto que tenemos sobre el particular es aquella voz interior que nos dice: "¡Al diablo con los demás! Corta y lárgate. " Este instinto es obedecido casi siempre. Lo sorprendente es que a veces no es obedecido.
He dicho anteriormente que la inteligencia no era suficiente por sí misma. Obviamente, si se le añaden otras cualidades que sean desventajosas, la extinción está a la vuelta de la esquina. Un animal inteligente que esté demasiado limitado en el clima que puede tolerar, o en la comida que pueda ingerir, o en los parásitos que pueda resistir, no tendrá ningún éxito. El elefante y los grandes simios son ejemplos de fallos inteligentes.

Pero cuando el primer homínido se alzó sobre sus patas traseras, ¿qué le hizo triunfar si el gorila ya lo había conseguido y es un fracaso?

Estoy seguro de que, durante centenares de miles de años, los primeros homínidos estuvieron al borde del fracaso. Fue el paso crucial de la formación de una sociedad tribal lo que realmente lo puso en el camino de su triunfo. No me refiero a simples manadas, al estilo de los babuinos, sino a una auténtica sociedad en la cual el total era algo más que la suma de las partes.

Me parece que esto fue posible gracias al desarrollo de un medio de comunicación que fue lo suficientemente complejo y flexible para expresar ideas abstractas, algo que no fuera sólo un alarido de terror o un simple grito de advertencia.

Mediante tal comunicación -peculiar, según sabemos, del Homo sapiens- todo el conocimiento acumulado de una generación podía ser legado a la siguiente. Un joven absorbía en sus años mozos lo que a un viejo le había costado toda su vida aprender; posteriormente, el joven aprendía más por su cuenta. La generación siguiente recibiría un mayor caudal de conocimiento.

Pero aprender del viejo suponía venerar a éste; un nuevo sentimiento que sólo podían tener los humanos: la tradición.

"Éste es el modo en que se hacen las cosas. Éste es el modo en que siempre se han hecho las cosas; éste es el modo en que, según dijeron nuestros antepasados, tendría que ser hecho. Y porque sus espíritus nos contemplan y no deben ser enojados, éste es el modo en que deben hacerse y se harán. "

No hay necesidad de comentar más este aspecto. Todos conocemos los poderes de la tradición. Mantendrá unida a una sociedad con mayor firmeza que un instinto. Llámese a ello "deber" o "patriotismo", o "altruismo" y cualquiera de nosotros llegará al punto en que ofrendará su vida individual por el bien del grupo, que puede ser uno pequeño llamado la familia, uno mayor denominado la nación, o incluso otro aún más grande, que conocemos como Humanidad.

Y si fue la comunicación oral la que creó la tribu y las primeras culturas, fue la comunicación escrita la que hizo nacer las ciudades y florecer las civilizaciones.

Pero, ¿son la ciudad y el hormiguero la expresión última del ser multiorganísmico? A mí me parece que no. Ambos están sólo en los comienzos del potencial social.

Las sociedades de insectos han logrado, mucho mejor que lo ha hecho la sociedad humana, especializar físicamente a sus miembros, así como generalizar la conciencia del individuo con respecto a la sociedad. Sin embargo, su método de hacer esto les ha costado la flexibilidad. Cada insecto individual en la sociedad puede dar sólo unas respuestas muy limitadas a determinados estímulos.

La sociedad humana se ha especializado mucho menos y ha conservado una mayor individualidad. Sin embargo, ha compensado todo ello al poseer una flexibilidad más práctica.

El siguiente paso -creo yo- tendría que ser la combinación de los dos: una sociedad que combine una conciencia de insecto con respecto a la colectividad junto con una flexibilidad al estilo humano.

Así, pues, ¿qué tipo de organismo dará este trascendental paso en la evolución?

Para responder a la pregunta, miremos todo el historial de la evolución. A través de toda la historia de la evolución, parece que cuando una vez un particular tipo de organismo ha realizado un importante avance, es un subtipo de ese tipo y después un subtipo de ese subtipo el que realiza los siguientes avances trascendentales. En la evolución no viene nada de detrás.

En otras palabras, una vez que los cordados han evolucionado y a fuerza de esqueletos internos demuestran estar claramente en mejor situación para controlar el medio que los moluscos, la suerte está echada. Una posterior evolución no hace más que aumentar la superioridad de los cordados en general sobre los moluscos en general. Del mismo modo, los cordados de tierra aumentaron su superioridad sobre los cordados de mar, los mamíferos aumentaron su superioridad sobre los reptiles y los humanos sobre los no humanos. Ningún grupo que haya perdido alguna vez la supremacía ha dado nacimiento a descendientes que hayan recuperado tal superioridad.

Así, pues, al nivel de filo, los cordados y artrópodos están claramente en primer y en segundo lugar, respectivamente, desde el momento del primer desarrollo claro hace quinientos millones de años más o menos, y nunca han renunciado a esas posiciones. Éstos ahora se hallan menos que nunca en peligro de abandonar la supremacía, la cual está muy segura dado que no han surgido nuevos filos desde la aparición de los cordados.

Ambos filos están divididos en clases. En los cordados, los mamíferos van por delante de todas las demás clases. En los artrópodos, los insectos ocupan el primer lugar.

Los mamíferos e insectos han estado aumentando su supremacía desde su primer desarrollo claro y corren menos peligro de perderla que nunca.

Este proceso continúa, como se muestra en la figura de la página siguiente, en donde las flechas no indican líneas descendentes, sino sólo la dirección de un mayor control del entorno. El subrayado de un grupo de organismos significa "callejón sin salida".

Así, pues, parecería que el siguiente paso tendría que ser dado por subdivisiones de los "ganadores" del último paso; subdivisiones, en otras palabras, que son descendientes de los insectos sociales o del hombre.

Ahora me parece que los insectos deben ser descartados. En primer lugar, las sociedades de insectos están claramente en segundo lugar con respecto a la sociedad humana en lo que al control del entorno se refiere, y en la evolución no viene nada de detrás. (Recuerden, no digo que los insectos no sobrevivan al hombre a pesar de esto.) En segundo lugar, ellos ya están demasiado especializados y son demasiado inflexibles para cambiar su condición y obtener la necesaria flexibilidad para constituir una sociedad multiorganísmica superior. En la evolución, la especialización es invariablemente una calle de una sola dirección y únicamente conduce a más especialización.

El único posible antecesor de la sociedad multiorganísmica es, pues, el hombre, quien, físicamente, es un animal relativamente poco especializado, excepto por su cerebro; y en el aspecto mental, a causa de su relativamente escasa cantidad de instintos, tampoco está especializado.

La posibilidad de que un hombre pueda ser el antecesor de la sociedad multiorganísmica se ve reforzada por el hecho de que él representa, por vez primera en la historia de la evolución, un organismo que es consciente de la competición con otros organismos y hará seguramente un esfuerzo especial para eliminar a cualquier nuevo grupo que amenace su absoluta superioridad. Los superchimpancés, a menos que aparezcan con una superioridad infinita con respecto a sus propios antecesores, serán eliminados tan pronto el hombre advierta su aparición, salvándose sólo unos pocos para ser sometidos a observación científica.

De este modo podría parecer que, eventualmente, una familia de seres humanos que se han juntado a un nuevo nivel en una sociedad multiorganísmica puede ser capaz de realizarlo. Si no los descubren demasiado pronto, vencerán.

Un mecanismo más clásico para la evolución es suponer al hombre dividido en grupos que están completamente separados geográficamente, de modo que todas las mutaciones experimentadas produzcan especies separadas incapaces de entrecruzarse. Una de esas especies nuevas desarrollaría entonces la sociedad multiorganísmica y serían con respecto a las restantes especies lo que representa el hombre frente a los mamíferos, o quizá lo que representa el hombre comparado con la ameba.
Por supuesto, en la Tierra ya no hay ninguna posibilidad para una completa separación geográfica de ningún grupo de hombres y mujeres durante un período lo bastante prolongado como para que se produzca tal fenómeno. Claro que puede producirse una guerra nuclear devastadora que deje sólo unos pocos supervivientes y una tecnología completamente desintegrada.

Sin embargo, llegará el día en que se establecerán colonias en otros planetas, en mundos fuera del sistema solar, quizás. Entonces sería posible el aislamiento "geográfico". Los hombres aventurándose por el espacio pueden llegar a ser como el crosopterigio que salió del mar para aventurarse en tierra. Parten como experimentadores y acaban como vencedores.

Desde luego, para un ser humano en nuestro actual estado de desarrollo resultará repugnante concebirse a sí mismo como una mera unidad en una sociedad multiorganísmica, sin voluntad propia y, siempre que fuera necesario, dispuesto a ser sacrificado, con sangre fría, por el bien de la comunidad.

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Pero, ¿serán las cosas así? Es extremadamente difícil imaginar cómo será constituir una parte de una sociedad multiorganísmica, pero supongamos que consideremos la situación análoga de las células en un organismo multicelular.

Las células componentes no pueden vivir separadas del organismo, pero en el organismo siguen siendo unidades bioquímicas. Éstas producen sus propias enzimas, dirigen sus propias reacciones, tienen membranas que las separan de sus compañeras, crecen y se reproducen por su cuenta en muchos casos.

En una sociedad multiorganísmica, el individuo podría conservar una buena proporción de independencia mental y física. Podría tener ideas propias, poseer su propia individualidad y también formar parte del gran todo.

En cuanto a lo de ser sacrificado a sangre fría... no, a menos que fuera necesario. Las células de la piel mueren de forma natural mientras el organismo vive, igual que los ciudadanos de un país mueren mientras la nación vive. Otras células pueden morir si se presenta la ocasión por el bien de la causa, pero incluso en nuestra imperfecta sociedad también deben morir policías, bomberos, soldados, mineros...

No permitimos que nuestras células sean muertas sin razón. Merced a una sensación conocida como "dolor" procuramos proteger nuestras células componentes y evitamos, por ejemplo, cualquier arañazo o alfilerazo. Una sociedad multiorganísmica sería tan cuidadosa de sus componentes y, sin duda, sentiría algo así como dolor si se le hiciera daño a alguno de ellos.

Y entonces se habría conseguido algo positivo. Al pasar de una célula a un grupo de células, resulta posible para la totalidad de las células apreciar bellezas abstractas tales como una sinfonía o una ecuación matemática, las cuales nunca podría concebir por separado una célula. Puede existir el equivalente celular de esas bellezas en las ondulaciones de una corriente de agua o en la inundación de un minúsculo fragmento orgánico, pero, ¿quién puede discutir que un hombre no alcanza un mayor grado de relación con el Universo que la ameba? ¿O que el hombre pueda imaginar que las células individuales de su cuerpo -que debe compartir en cierto modo en la complejidad de sus relaciones con el Universo- pueden volver a ser sólo otras tantas amebas?

Y, por analogía, ¿quién sabe qué inimaginables sensaciones, qué nuevos niveles de conocimiento, qué infinitas penetraciones en el Universo llegarán a ser posibles para una sociedad multiorganísmica? Seguramente habrá algo entonces que se compare con una sinfonía tal como la oye el hombre, del mismo modo en que se compara esa sinfonía con la ondulación de una corriente de aire tal como es sentida por una ameba.


1 Filo: En los sistemas filogenéticos, serie de organismos que se consideran originados unos de otros a partir de una misma forma fundamental. Filogenia: Parte de la biología que se ocupa de las relaciones de parentesco entre los distintos grupos de seres vivos.

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Actualización 12 de marzo de 2004

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