LORENZO

servidor

ISAAC ASIMOV's

Vida y Tiempo

Primera parte - Vida pasada

En todas las recopilaciones de mis ensayos siempre he tratado de poner cierto orden. Esto no resulta fácil, ya que estos ensayos fueron escritos en diferentes momentos con distintos propósitos y sin que hubiera pensado relacionarlos de ningún modo. Podría imponer un orden mecánico, colocando los ensayos en orden cronológico de publicación -o en orden alfabético- o según su menor (o mayor) extensión, o incluso caprichosamente. Sin embargo, cuando es posible, prefiero hacer del orden algo más racional; algo que tenga sentido y haga que este libro sea más que la suma de sus partes.

En este sentido, trataré de disponer los ensayos referentes al remoto pasado de la vida al principio y al lejano futuro de la vida al final, progresando regularmente (o con toda la regularidad que pueda, considerando la miscelánica naturaleza de los ensayos) desde el pasado hacia el futuro. Pero no quiero sujetarme a esto. Empezaré, por ejemplo, con una visión global de la vida, trabajo que escribí una vez para la Collier's Encyclopaedia.

Vida

Uno de los primeros sistemas que aprendemos para clasificar los objetos es hacerlo en dos grupos: vivientes y no vivientes.

En nuestros encuentros con el universo material raras veces hallamos dificultad alguna en este caso, ya que solemos tratar con cosas que están claramente vivas, tales como un perro o una serpiente de cascabel; o con cosas que claramente no están vivas: un ladrillo o una máquina de escribir.

Sin embargo, el intento de definir el concepto "vida" es difícil y sutil. Y ello resulta enseguida evidente si nos paramos a pensar. Imaginemos una oruga arrastrándose sobre una piedra. La oruga está viva, pero la piedra no; eso es lo que se supone enseguida, pues la oruga se mueve y la piedra no. Pero, ¿qué sucedería si la oruga se arrastrase por el tronco de un árbol? El tronco no se mueve aunque esté tan vivo como la oruga. ¿Qué pensaríamos si una gota de agua se deslizara hacia abajo por el tronco del árbol? El agua en movimiento podría no estar viva, pero el inmóvil tronco del árbol sí.

¿Sería mucho pedir que alguien adivinase que una ostra está viva si encontrara una (por vez primera) con el caparazón cerrado? ¿Se podría distinguir fácilmente, con una mirada a un grupo de árboles en pleno invierno, cuando todos se quedan sin hojas, cuáles están muertos y darán hojas en primavera, de los que están muertos y no darán hojas? ¿Se podría distinguir una semilla viva de una semilla muerta, o incluso de un grano de arena?

En este sentido, ¿resulta siempre sencillo asegurar si un hombre está sólo inconsciente o completamente muerto? Los adelantos médicos modernos están convirtiendo en algo trascendental decidir el momento exacto de la muerte, lo cual no siempre resulta fácil.

Sin embargo, lo que llamamos "vida" es lo suficientemente importante para intentar llegar a una definición. Podemos empezar enumerando algunas de las cosas que pueden hacer los entes vivos, y que las cosas no vivas no pueden hacer; a ver si acabamos con una distinción satisfactoria para esta particular división dual del Universo.

1. Una cosa viva muestra su capacidad de movimiento independiente contra una fuerza. Una gota de agua se desliza hacia abajo, pero sólo porque la gravedad tira de ella; no se está moviendo por "su propia voluntad". Sin embargo, una oruga puede reptar hacia arriba contra la fuerza de la gravedad.

Las cosas vivas que parecen carecer por completo de movimiento se mueven, sin embargo, en parte. Una ostra puede permanecer pegada a su roca durante toda su vida adulta, pero puede abrir y cerrar su caparazón. Es más, absorbe agua hacia el interior de sus órganos y obtiene alimento, así que tiene partes que se mueven constantemente. Las plantas también pueden moverse, orientando sus hojas hacia el sol, por ejemplo; y hay continuos movimientos en la sustancia que forman.

2. Una cosa viva puede sentir y adaptarse. O sea, puede volverse consciente, en cierto modo, de cualquier alteración en su entorno, produciendo entonces una alteración en sí misma que le permita seguir viviendo en las mejores condiciones posibles. Para dar un sencillo ejemplo: usted puede ver que se le aproxima una piedra y enseguida se apartará para evitar la colisión de la piedra contra su cabeza.

De forma análoga, las plantas pueden sentir la presencia de luz y agua, pudiendo responder al extender sus raíces hacia el agua y los tallos hacia la luz. Incluso todas las formas de vida primitiva, demasiado pequeñas para verlas a simple vista, pueden sentir la presencia de comida o de peligro; y pueden responder de forma para incrementar sus oportunidades de encontrar lo primero y evitar lo segundo. (La respuesta puede no tener éxito; usted puede no apartarse a tiempo para evitar la roca, pero lo que cuenta es el intento.)

3. Una cosa viva se transforma por metabolismo. Con esto queremos decir que puede ocasionalmente convertir material existente en su entorno en sustancia propia. Este material puede no ser inmediatamente aprovechable, de modo que debe ser descompuesto, humedecido o tratado de cualquier otro modo. Puede ser sometido a cambio químico, de modo que grandes y complejas unidades químicas (moléculas) son convertidas en otras más pequeñas y más simples. Entonces las moléculas simples son absorbidas por la estructura viviente; algunas son descompuestas en un proceso liberador de energía; el resto son incorporadas a los complejos componentes de la estructura. Cualquier cosa no aprovechable es eliminada. Las diferentes fases de este proceso reciben a veces nombres distintos: ingestión, digestión, absorción, asimilación y excreción.

4. Una cosa que vive crece. Como resultado del proceso metabólico, puede incorporar más y más del entorno en su propia sustancia, con lo cual aumenta de tamaño.

5. Una cosa viva se reproduce. Puede, merced a una variedad de métodos, producir nuevas cosas vivas semejantes a ella.

Cualquier cosa que posea tales habilidades da la clara impresión de estar viva; y cualquier cosa que no posea ninguna parece claramente no viva. Sin embargo, el asunto no es tan sencillo.

Un ser humano adulto ya no crece, y muchos individuos nunca tienen hijos. No obstante, los seguimos considerando vivos aunque ya no crezcan y no se reproduzcan. Bueno, el crecimiento se produce en cierta etapa de la vida y la capacidad de reproducción está potencialmente ahí.

Una polilla advierte una llama y responde, pero no de forma adecuada; vuela hacia la llama y perece. Sin embargo, la respuesta del animal ha sido lógica, pues ha volado hacia la luz. La llama al descubierto representa una situación excepcional.

Una semilla no se mueve; parece que no siente ni responde. No obstante, si se le ofrecen las circunstancias apropiadas, empezará repentinamente a crecer. El germen de la vida está ahí, aunque permanezca dormido.

Por otro lado, los cristales en solución crecen, y se forman nuevos cristales. Un termostato en una casa siente la temperatura y responde de forma adaptativa, evitando que la temperatura suba o baje demasiado.

También tenemos el fuego, el cual podemos considerar como consumidor de su combustible, descomponiéndolo en sustancias más simples, incorporándolas a su estructura ígnea y eliminando la ceniza que no puede aprovechar. La llama se mueve constantemente y, según sabemos, puede crecer fácilmente y reproducirse, a veces con resultados catastróficos.

Sin embargo, ninguna de estas cosas está viva.

Así que deberemos considerar con mayor profundidad las propiedades de la vida. La clave está en algo afirmado anteriormente: que una gota de agua puede sólo deslizarse hacia abajo en respuesta a la gravedad, mientras que una oruga puede ascender contra la gravedad.

Hay dos tipos de cambios: uno que representa un aumento en una propiedad llamada entropía por los físicos, y otro que representa una disminución en tal propiedad. Los cambios que aumentan la entropía se producen espontáneamente, o sea, "que desean producirse simplemente por sí mismos".

Ejemplos son el descenso de una piedra por una ladera, la explosión de una mezcla de hidrógeno y oxígeno para formar agua, el salto de un muelle, la oxidación del hierro.

Los cambios que disminuyen la entropía no se producen espontáneamente. Ocurrirán sólo por el influjo de la energía procedente de alguna fuente. Así, pues, una roca puede ser empujada cuesta arriba; el agua puede ser separada otra vez en hidrógeno y oxígeno mediante una corriente eléctrica; un muelle puede ser comprimido por una acción muscular y la herrumbre de hierro puede fundirse y convertirse de nuevo en hierro, mediante el suficiente calor. (La disminución de entropía está más que equilibrada por el aumento de entropía en la fuente de energía, pero esto ya es otra cuestión.)

Por lo general, tenemos razón al suponer que cualquier cambio que es producido contra una fuerza resistente, o cualquier cambio que convierta algo relativamente simple en algo relativamente complejo, o que transforme algo relativamente desordenado en algo relativamente ordenado, disminuye la entropía, y que ninguno de esos cambios se producirá espontáneamente.

No obstante, las acciones más características de las cosas vivas tienden a producir una disminución en la entropía. El movimiento viviente a menudo va contra la fuerza de la gravedad y otras fuerzas resistentes. El metabolismo, en su conjunto, tiende a formar moléculas complejas a partir de moléculas simples.

Todo esto se hace a expensas de la energía obtenida del alimento o, en último extremo, de la luz solar; el cambio total de entropía en el sistema que incluye alimento o el sol supone un aumento. Sin embargo, el cambio local, que afecta directamente a la criatura viva, es una disminución de entropía.

El crecimiento del cristal, por otro lado, es un efecto puramente espontáneo que supone un aumento de entropía. No es más señal de vida que el movimiento del agua deslizándose hacia abajo por el tronco de un árbol. Igualmente, todos los cambios químicos y físicos en un fuego suponen aumento de entropía.

Así, pues, estaremos más en lo cierto si definimos la vida como una propiedad mostrada por esos objetos que pueden -de forma efectiva o potencialmente, aun en su totalidad o en parte- moverse, sentir y responder, transformarse por metabolismo, crecer y reproducirse de un modo en que disminuyan su almacenamiento de entropía.

Dado que una señal de disminución de entropía es el aumento de organización (o sea, un número creciente de partes componentes interrelacionadas en una forma progresivamente compleja), no resulta sorprendente que, por lo general, las cosas vivas están más altamente organizadas que sus vecinos no vivientes. La sustancia que forme incluso la forma de vida más primitiva es mucho más abigarrada y complejamente interrelacionada que la sustancia constituyente del más complicado mineral.

.

Pudiera ser que una forma más sencilla de definir la vida supusiera el descubrimiento de alguna clase de estructura o componente que sea común a todas las cosas vivas y que esté ausente de las cosas no vivas. A simple vista, esto resulta excesivamente difícil. Las cosas vivas cambian tanto de apariencia que resulta fácil suponer que si bien pueden tener ciertas capacidades en común carecen de cualquier estructura en común.

Así, pues, aunque todas las cosas vivientes pueden moverse, algunas lo hacen por medio de las piernas, otras por medio de aletas, alas, escamas ventrales, cilios, superficies planas inmóviles, etc. La capacidad de moverse se tiene en común; pero no hay ningún método de movimiento que parezca ser común a todos.

En realidad, la variedad de vida es tal que gran parte del esfuerzo de los primeros biólogos fue dedicado a la clasificación de formas de vida: se intentó colocarlas todas en un ordenado sistema de grupos a fin de que pudieran ser estudiadas con mayor facilidad y mejores resultados.

Por ejemplo, todas las formas visibles de vida parecía que debían ir a parar a uno de dos extremadamente amplios grupos: plantas y animales.

Las plantas están sujetas a la tierra o flotan pasivamente en el mar, mientras que los animales, por otro lado, frecuentemente poseen la capacidad de un movimiento rápido voluntario. Las plantas disfrutan de la posibilidad de utilizar la energía solar directamente para su metabolismo, aprovechando para ello el componente verde llamado clorofila. Los animales carecen de clorofila y obtienen su energía de los complejos componentes de los alimentos que ingieren. (Naturalmente, comen plantas, consiguiendo así su energía procedente de la luz del sol; o comen otros animales que han ingerido plantas y obtienen su energía de la luz solar de forma indirecta.)

Esta división entre plantas y animales puede ser incluso extendida al mundo microscópico, pues hay pequeños organismos, invisibles al simple ojo humano, que comparten propiedades clave con las plantas mayores, o con los animales mayores.

(Sin embargo, algunos arguyen que las cosas vivas microscópicas difieren lo suficiente de los organismos mayores como para garantizar una tercera división separada para sí mismos. Los que argumentan así llaman protistas a los organismos microscópicos.)

Los reinos vegetal y animal están a su vez divididos en otras clasificaciones más detalladas llamadas filos. Los filos están a su vez divididos en otros grupos cada vez más detallados; primero clases, después órdenes, familias, géneros y, finalmente, especies.

Son las especies las que representan una clase única de cosa viva. El hombre es una especie única; el león representa otra; la vulgar margarita, otra.

No obstante, el número de especies diferentes es enorme. Hay alrededor de 400.000 especies distintas de plantas y sobre unas 900.000 especies diferentes de animales. (Constantemente se descubren nuevas especies.)

Así, pues, ¿qué pueden tener en común 1.300.000 especies que difieren tanto entre sí como los hombres y las lombrices de tierra, las ballenas y las ostras, las alondras y el musgo, los robles y los renacuajos, las algas marinas y los elefantes? (Y esto sin mencionar los muchos millares, o incluso millones, de especies extintas desde los trilobites hasta la boa gigante.)

El ojo humano solo no puede dar la respuesta. Sin embargo, mediante el uso del microscopio, se obtuvo la respuesta hace mucho tiempo. En 1838, un botánico alemán, Matthias J. Schleiden, sugirió que todas las plantas estaban formadas por unidades microscópicas separadas llamadas células. En 1839, un zoólogo alemán, Theodor Schwann, extendió esta noción a los animales.

Cada célula es una unidad independiente, separada de las demás por una membrana y capaz de demostrar en sí misma las diversas habilidades asociadas con la vida. Una célula, o partes de ella, puede moverse, sentir y responder, transformarse por metabolismo, crecer y reproducirse.

Los organismos lo bastante grandes como para ser vistos sin ayuda de instrumentos están formados por un número mayor de células. Un ser humano adulto contiene unos cincuenta billones (50.000.000.000.000). Cada célula en un organismo multicelular semejante está tan adaptada a la presencia de las demás que ya no puede vivir aislada. Sin embargo, hay algunas células que, en realidad, son capaces de vivir independientemente. La mayor parte de las formas de criaturas microscópicas están formadas de células únicas; son organismos unicelulares. E incluso las criaturas mayores empiezan su vida como células únicas. Cada ser humano tiene su comienzo como un óvulo fecundado: una célula.

No obstante, aunque los organismos pueden variar enormemente, las células microscópicas de que están compuestos no se diferencian apenas. Una célula de ballena se parece mucho más a una célula de ratón que la ballena en sí se parece al ratón.

Todas las plantas y animales están formados de células, y las partes de un organismo vivo que no están compuestas de células activas no están vivas. (La corteza de un árbol no está viva, ni el pelo de un animal, ni las plumas de un ave, ni las conchas de una ostra; lo cual no quiere decir que el organismo pueda vivir necesariamente sin esa porción no viviente.) Ninguna cosa no viva está formada de células activas; aunque un organismo recién muerto está formado por células muertas. (Algunas células pueden seguir viviendo brevemente después de la muerte de la criatura; sin embargo, antes de que pase mucho tiempo, todas las células mueren.)

La frase "células activas" significa que las células pueden realizar las acciones características de la vida, así que ahora estamos definiendo la vida como la propiedad de cosas formadas por células que poseen la capacidad de moverse independientemente, sentir y responder adaptativamente, transformarse por metabolismo, crecer y reproducirse.

Esto elimina cualquier posibilidad de imaginar que tengan vida cosas no celulares como los cristales y el fuego.

Sin embargo, todavía queda una causa de confusión. En 1892, un bacteriólogo ruso, Dmitri Ivanovski, descubrió un agente patógeno tan pequeño que podía pasar fácilmente a través de un filtro ideado para impedir el paso de hasta la más pequeña bacteria. Así fueron descubiertos los virus, que son mucho más pequeños que las células y que, aislados, no muestran ninguno de los criterios de vida. Realmente, incluso se pueden cristalizar y en el tiempo en que esto fue descubierto, se creía que la cristalización era una propiedad que no podía ser asociada con nada que no fueran sustancias químicas no vivas.
Sin embargo, una vez en contacto con las células, las partículas de virus individuales pueden penetrar la membrana de la célula, provocar reacciones metabólicas específicas y reproducirse. En ciertos casos y en condiciones especiales, muestran inequívocas propiedades asociadas con la vida. Así, pues, ¿los virus están o no están vivos? Si la vida se define en términos de células, los virus no están vivos, ya que son mucho más pequeños que las células. Pero, ¿puede la vida ser definida de una manera aún más fundamental y útil hasta el punto de incluir asimismo los virus? Para comprobar si esto es así, consideremos las sustancias de que están compuestas las células.

Las células contienen una mezcla enormemente compleja de sustancias, pero éstas están formadas sólo por unos pocos elementos. Casi todos los átomos que contienen son de unas seis clases diferentes: carbono, oxígeno, hidrógeno, nitrógeno, fósforo y azufre. Hay cantidades menores de otros átomos, tales como de hierro, calcio, magnesio, sodio, potasio, e indicios de cobre, cobalto, cinc, manganeso y molibdeno. Sin embargo, no hay nada en estos elementos en sí que dé ninguna clave acerca de la naturaleza de la vida. También son bastante comunes en las cosas no vivas.

Los átomos en la célula están agrupados en moléculas que, en líneas generales, se clasifican en tres tipos: hidratos de carbono, lípidos y proteínas. De éstos, las moléculas de la proteína son, con mucho, las más complejas. Mientras que las moléculas de hidratos de carbono y lípidos suelen estar formadas por átomos de carbono, hidrógeno y oxígeno solamente, las proteínas invariablemente incluyen también átomos de nitrógeno y de azufre. Mientras que las moléculas de hidratos de carbono y de lípidos pueden ser descompuestas en simples unidades de dos a cuatro clases, la molécula proteínica puede ser descompuesta en unidades simples (aminoácidos) de no menos de veinte variedades diferentes.

Las proteínas son de particular importancia en relación con los millares de diferentes reacciones químicas que se producen constantemente en las células. La velocidad de cada reacción diferente es controlada por una clase de moléculas proteínicas llamadas enzimas: una enzima diferente para cada reacción. La célula contiene un gran número de enzimas diferentes, cada una presente en ciertas cantidades y, a menudo, en ciertas posiciones dentro de la célula. El modelo de la enzima determina el modelo de las reacciones químicas y, de este modo, controla la naturaleza de la célula y las características del organismo constituido a base de las células.

Las propiedades de la molécula de las enzimas depende de la particular disposición de aminoácidos que posea. El número de disposiciones posibles es inconcebiblemente grande. Si una molécula está formada por 500 aminoácidos de 20 clases diferentes (el promedio de una proteína), el número total de disposiciones posibles puede llegar a ser hasta de 101100 (una cifra que podemos escribir como un 1 seguido por 1.100 ceros). Entonces, ¿cómo consigue la célula formar la particular disposición necesaria para obtener enzimas particulares de todas esas posibilidades?

La respuesta a esta pregunta parece hallarse en los cromosomas, pequeñas estructuras filiformes en un pequeño cuerpo llamado el núcleo, habitualmente situado cerca del punto central de la célula.

Cuando la célula está en proceso de división, cada cromosoma forma otro justamente igual que él mismo (réplica). Las dos células hijas formadas al final de la división tienen su propio juego duplicado de cromosomas.

Los cromosomas están formados de proteína asociada con una célula aún más compleja llamada ácido desoxirribonucleico, usualmente abreviado como ADN. El ADN contiene en su propia estructura la "información" necesaria para la construcción de enzimas específicas, así como para la reproducción de sí misma a fin de poder continuar la construcción de enzimas específicas en las células hijas. Cada criatura posee las moléculas ADN para formar sus propias enzimas, y no otra.

¿Es posible que igual que ciertos organismos pueden consistir en células individuales, otros aún más simples puedan consistir en cromosomas individuales? Aparentemente, así es, pues los virus son muy semejantes a cromosomas individuales e independientes.

Cada virus está compuesto de una capa exterior de proteína y una molécula interior de ADN (o, en algunos casos, una molécula similar, ácido ribonucleico o ARN). El ADN o ARN consigue introducirse en una célula y allí supervisa la producción de enzimas designadas para producir más moléculas víricas del tipo exacto que invadió la célula.

Si, entonces, definimos la vida como la propiedad poseída por cosas que contienen al menos una molécula activa ADN o ARN, tendremos lo que necesitamos. Las células de todas las plantas y animales, así como de todos los organismos unicelulares, incluso las moléculas de todos los virus, contienen al menos una molécula ADN o ARN (y, en el caso de las células, muchos millares). Mientras estas moléculas son capaces de guiar la formación de enzimas, el organismo está vivo con todos los atributos de la vida. Las cosas que nunca han estado vivas, o que estuvieron una vez vivas y ya no lo están; no poseen moléculas activas de ADN o ARN.

Las criaturas vivas representan diferentes niveles de complejidad y organización. Una criatura grande suele ser más compleja que una pequeña del mismo tipo, al menos porque tiene más partes interrelacionadas. Por lo general, los animales son más complejos que las plantas. Por ejemplo, los animales tienen tejidos particularmente complejos, tales como los músculos y los nervios, de los que carecen las plantas. A causa de esto, se puede considerar que un ratón es más complejo que un roble.

Las estructuras más complejas que se hallan en el organismo animal son los cerebros; y éstos son sumamente complejos en ciertos mamíferos. El que posee mayor cerebro es el hombre, junto con los elefantes y las ballenas. Por ejemplo, el cerebro Humano pesa alrededor de un kilo y trescientos sesenta gramos y está compuesto por diez mil millones de células nerviosas conectadas quizás a otras mil, siendo cada célula nerviosa individual enormemente compleja por sí misma. Estudiando más la complejidad de los cerebros de elefantes y ballenas, parece oportuno decir que el cerebro humano es la cosa más altamente organizada que conocemos.

Naturalmente, este nivel de organización no se consiguió de sopetón, sino que fue el producto de, como mínimo, tres mil millones de años de lentos cambios. Los propios cambios se produjeron por casuales imperfecciones en las réplicas de ADN, lo cual condujo a los correspondientes cambios en la estructura de la enzima y, con ello, del modelo de reacción en las células. Estos cambios particulares sobrevivieron porque, por una u otra razón, resultaron beneficiosos para el organismo en las particulares condiciones que lo rodeaban. (Tal teoría de la evolución por la selección natural fue publicada la primera vez por el biólogo inglés Charles Darwin, en 1859.)

Pero, ¿cómo empezó todo este proceso? Incluso ahora, cada célula se forma a partir de otra célula previamente existente. Cada molécula de ADN es producida por otra molécula de ADN previamente existente. Sin embargo, seguramente la vida no siempre existió, ya que hubo un tiempo en que ni siquiera la Tierra existía. Así, pues, ¿cómo llegó a existir la primera célula, las primeras moléculas de ADN?

Muchos suponen que algún ser sobrenatural creó la vida. No obstante, los científicos prefieren no buscar explicaciones en lo sobrenatural. Ellos suponen, más bien, que las leyes conocidas de la física y de la química bastan para ofrecer posibles mecanismos para los orígenes de la vida.

¿Puede haber venido la vida de otro mundo? La más popular versión de esta teoría fue publicada la primera vez en 1908, cuando un químico sueco, Svante Arrhenius, sugirió que unas esporas vivientes fueron conducidas a través de las grandes distancias del espacio por la presión de la luz estelar.

Algunas de ellas caerían en la joven Tierra y así darían nacimiento a la vida. Pero esto sólo pospone el problema: ¿cómo se originó la vida en el planeta del que procedían las esporas?

.

En los años recientes, los científicos han empezado a considerar en su totalidad la composición química del Universo. Se cree que el Universo está compuesto en un 90 % por hidrógeno. Cuando se formó la Tierra, su atmósfera debió de ser por ello rica en hidrógeno y componentes que contuvieran hidrógeno. Si consideramos el hidrógeno combinado con otros elementos comunes, podemos imaginar la atmósfera de la Tierra, al principio, consistente en metano (hidrógeno combinado con carbono), amoníaco (hidrógeno combinado con nitrógeno), y agua (hidrógeno combinado con oxígeno).

¿Qué sucedería si tales componentes y otros como ellos fueran expuestos a un baño de energía procedente del sol? ¿Al absorber la energía, formarán componentes más complicados?

En 1952, el químico norteamericano Stanley Lloyd Miller, preparó una mezcla de sustancias químicas que, según se cree, existían en la Tierra primitiva. Las sometió a la energía de una descarga eléctrica durante una semana; después analizó la mezcla. Comprobó que, desde luego, se habían formado compuestos más complicados. En particular, se formaron dos o tres de los más sencillos aminoácidos que forman parte de la composición de las proteínas.

Desde entonces, muchos grupos han realizado experimentos similares, y se ha descubierto que los componentes básicos asociados con la vida pueden ser formados de esta manera a partir de los muy sencillos componentes que se encontraban probablemente en la primitiva tierra.

El químico norteamericano, Sidney W. Fox, empezó con aminoácidos y los sometió a calor. Encontró que se formaban moléculas proteínicas, las cuales, al añadirles agua, se adherían para formar pequeñas microesferas del tamaño aproximado de pequeñas bacterias. ¿Podría ser éste el origen de las primitivas células?

A los componentes les costaría mil millones de años aproximadamente llegar a ser lo bastante complejos, así como a las células ser lo suficientemente complicadas para formar cosas que podamos reconocer como formas elementales de vida. Una vez ha sucedido esto, las células vivientes competirían unas con otras para el alimento y las que fueran más eficientes sobrevivirían a expensas de las demás. Con el tiempo, las células crecerían cada vez más organizadas y complejas.

Originalmente, las células tendrían que utilizar como alimento los complejos componentes formados por la lenta acción de la radiación ultravioleta del sol. En el proceso, el metano y amoníaco presentes en la atmósfera se transformarían en dióxido de carbono y en nitrógeno.

Eventualmente, ciertas células desarrollaron el empleo de la clorofila, lo cual les permitió utilizar la luz visible del Sol como una fuente de energía, en un proceso llamado fotosíntesis. Esto les posibilitó formar moléculas complejas con mucha mayor rapidez.

En la fotosíntesis se consume el dióxido de carbono y el oxígeno es liberado como un producto de desecho. En su momento, la atmósfera de dióxido de carbono y de nitrógeno se convertiría en la atmósfera de oxígeno y nitrógeno que tenemos hoy.

¿Es posible que la vida se iniciara sólo en un momento determinado, y que a partir de la forma inicial de vida, se haya desarrollado toda la vida presente? Esto explicaría, quizá, la razón de que todas las especies tengan una similitud química básica. ¿O empezó en diversas ocasiones, con cada forma de vida básicamente similar a todas las demás porque sólo una forma de química puede originar sustancias lo bastante complejas como para demostrar propiedades de vida?

Resulta imposible comprobar esto observando cómo se forma bajo nuestras narices la vida en la Tierra, tal como sucedió en el remoto pasado. Hace miles de millones de años, la vida tuvo una oportunidad de formarse porque aún no existía ningún tipo de vida. Hoy en día, cualquier molécula complicada que se formase para crear vida sería rápidamente comida por alguna forma de vida ya existente.

Pero, ¿qué podemos decir acerca de otros planetas? No solemos creer que otros planetas del sistema solar sean capaces de mantener vida. La vida terrestre está adaptada a las condiciones de la Tierra, de modo que la mayor parte de formas de vida requieren oxígeno y agua, una temperatura moderada, la ausencia de sustancias venenosas, gravedad y presión atmosférica no demasiado distinta de la que actualmente existe, etcétera.

Así, pues, la Luna no nos parece apta para nuestra forma de vida porque carece de aire y de agua. La fina atmósfera de Marte no posee oxígeno y tiene muy poca agua.

Sin embargo, aun cuando hombres y otras altamente organizadas criaturas no podrían vivir por sus propios medios en la Luna o en Marte, es posible que se hayan desarrollado criaturas prosistoides. Bajo la superficie externa de la Luna hay suaves temperaturas en donde pueden existir pequeñas cantidades de agua y gases retenidos. En tal sitio podría vivir una pequeña población de bacterias. En Marte existe incluso la posibilidad de que existan simples plantas semejantes a los líquenes.

Si existen actualmente estas formas de vida extraterrestre, y fueran como la nuestra propia, químicamente, ello constituiría una sólida prueba en favor de sólo una posible base química de la vida. Si no fuera como la nuestra, resultaría fascinante estudiar una segunda (o tercera) base química de vida que ahora no podemos concebir.

No es de extrañar que los científicos espaciales se muestren muy rigurosos en la esterilización de todos los objetos hechos por el hombre y que vayan a parar a otros mundos. Si contaminamos alguno de estos mundos con nuestras propias bacterias, perderían su significado los más excitantes experimentos en la historia biológica.

¿Y qué acerca de la vida altamente desarrollada? ¿Qué podemos decir acerca de la inteligencia?

Parece que no hay ningún mundo en nuestro sistema solar que pueda mantener vida altamente desarrollada basada en una química de vida terrestre. Para ello, tendríamos que mirar a planetas que circunden otras estrellas.

Allí, las posibilidades parecen buenas. Sólo en nuestra Galaxia hay alrededor de 135.000.000.000 de estrellas. De acuerdo con modernas teorías de formación de planetas, casi todas esas estrellas deben de poseer un sistema planetario. Algunas de las estrellas serán más bien como nuestro Sol, y algunas de éstas tendrán, al menos, un planeta como la Tierra a la distancia adecuada.

En 1964, el astrónomo norteamericano Stephen H. Dole, teniendo en cuenta toda la información posible, estimó que el número de planetas como la Tierra sólo en nuestra Galaxia podría ser de 645.000.000. (Y se calcula que pueden existir alrededor de cien mil millones de otras galaxias.)

En cualquier planeta muy similar a nuestra Tierra, los cambios químicos tendrían lugar de un modo parecido a como se produjeron aquí. La vida se formaría, pero aun cuando se formara sobre la misma base química, nadie podría decir cómo aparecería estructuralmente. Considerando en cuántas maneras diferentes se desarrolló la vida en la Tierra y cuántos centenares de millares de especies diferentes formó, parece improbable que no se formara allí una variedad similar salvaje, y sería casi imposible encontrar allí una especie muy parecida a algunas especies de aquí.

Así, pues, algunas formas de vida extraterrestre pueden desarrollar inteligencia y esa inteligencia, al menos, puede parecerse a la nuestra. Por desgracia, no hay forma de calcular las probabilidades del desarrollo de la inteligencia.

Aun cuando la inteligencia se desarrollara sólo una vez en cada millón de planetas con vida, habría sobre 600 tipos diferentes de seres inteligentes sólo en nuestra Galaxia.

Por desgracia, el Universo es vasto. Nuestra propia Galaxia es tan inmensa que aun cuando 645.000.000 de planetas estuvieran colocados a distancias regulares, el más próximo a nosotros se hallaría a una distancia de dos docenas de años luz, y la inteligencia más cercana (suponiendo que existiese) no estaría más cerca de 25.000 años luz.

No podemos saber sí se podrán salvar tales distancias. Quizá las diversas inteligencias están aisladas entre sí para siempre, o a lo mejor si alguna de ellas está más avanzada que nosotros, posiblemente vendrá a visitarnos algún día (cuando estemos preparados según ellos) y nos invitarán a ingresar en una Organización de la Galaxia Unida.

¿Qué podemos decir de formas de vida radicalmente distinta a la nuestra, basada en diferentes clases de química, viviendo en ambientes completamente hostiles (a nosotros)? ¿Se podría pensar en la existencia de una vida basada en la silicona, en lugar de la nuestra, basada en el carbono, en un planeta caliente como Mercurio? ¿Podría existir una vida basada en el amoniaco, en lugar de la nuestra basada en el agua, en un planeta frío como Júpiter?

Sólo nos cabe especular. Hoy por hoy no podemos asegurar nada.

Podemos preguntarnos, sin embargo, si los astronautas humanos, explorando un planeta extraño, estarían seguros de reconocer la vida si la encontraran. ¿Qué pasaría si la estructura fuese tan diferente, las características tan extrañas, que no pudieran advertir que estaban ante algo lo bastante complejo y organizado como para ser llamado vida?

.

Por tal causa, tendremos que afrontar una necesaria ampliación de la definición precisamente aquí en la Tierra en el próximo futuro. Recientemente, los hombres construyen máquinas que cada vez pueden imitar mejor la acción de las cosas vivas. Éstas no sólo incluyen cosas que puedan imitar las manipulaciones físicas (como cuando unos ojos electrónicos nos ven venir y nos abren la puerta) sino también objetos que pueden imitar las actividades mentales de los hombres. Tenemos computadoras que hacen algo más que sólo computar: traducen del ruso, juegan al ajedrez y componen música.

Llegará un momento quizás en que las máquinas serán lo suficientemente complejas y flexibles como para reproducir las propiedades de la vida de forma tan amplia que incluso nos preguntaremos si poseen vida.

Si esto es así, tendremos que inclinarnos ante los hechos. Deberemos ignorar las células y el ADN y preguntar solamente: ¿qué puede hacer esta cosa? Y si puede desempeñar el papel de la vida, entonces deberemos decir que posee vida.

Las marcas y productos mencionados son propiedad de sus respectivos propietarios

Actualización 12 de marzo de 2004

volver

siguiente a la portada de la colección de ensayos

Notas sobre el documento